Global Strategy Report, 9/2025
Resumen: En esta tercera entrega, el texto explora la idea de que el poder no solo es un medio para alcanzar fines como la seguridad o el placer. También puede ser tenido por un fin en sí mismo. A lo largo del mismo inicio la explicación sobre las que he llamado las “teorías finalistas” del poder, según las cuales los seres humanos experimentan satisfacción simplemente al ejercer su voluntad sobre el mundo. Sugeriré que esta tesis se remonta a la tradición filosófica clásica. Platón, en La República, distingue una parte del alma —la irascible— cuya motivación es la búsqueda de honores y reconocimiento, ambos íntimamente relacionados con el poder. Esta dimensión autónoma explica comportamientos que no responden a la lógica utilitarista. El pensamiento cristiano y autores como Aristóteles asumieron también esta pasión por el poder, aunque subordinándola al bien. En próximas entregas se abordará la tradición realista, que acepta el poder en toda su desnudez.
Para citar como referencia: Rodrigo Escribano Roca (2025), “¿Qué es el poder? (III): pasión, voluntad y finalidad”, Global Strategy Report, 9/2025.
Delirios de papel: sobre el poder y la inutilidad
Alguna vez las horas de oficina me sumen en un aburrimiento oceánico. No es inhabitual que, en estas ocasiones, emulando una tradición inveterada de los procrastinadores, agarre un folio usado y lo convierta en una precaria pelota de papel. Entonces flexiono los codos y con un gesto exagerado arrojo la bolita a la papelera. En la mayoría de los casos el intento fracasa estrepitosamente. La pelota describe una trayectoria errática, que la conduce a algún punto del suelo bastante remoto del destino que mi anticipación le había reservado. La bola queda detenida en medio de la habitación, como un monumento a mi falta de puntería y a mis problemas psicomotrices. Sin embargo, una de cada cien veces entra en la papelera. Es difícil describir mi satisfacción cuando esta hazaña se materializa. De percibirme como un torpe sin remedio, paso a sentirme como una estrella hercúlea de la NBA, cuya destreza ha sido capaz de barrer todos los obstáculos físicos que se interponían entre la bolita y el fondo del cubo. Cada vez que lo he logrado, he sentido un súbito deseo de que alguien hubiera estado allí presente para contemplar la majestuosidad de mis dotes atléticas. Es más, me imagino que me hallo en medio de un enorme estadio, bajo unos colosales focos que nos iluminan a mí y a la papelera, para deleite de una nutrida masa de fans que me aplauden enardecidos desde las gradas. Yo me levanto, saludo y ejecuto una larga genuflexión en un ademán de falsa modestia.
Si bien de este relato se podría colegir que adolezco de algunos problemas de autoestima, lo cierto es que lo que me sucede es bastante ordinario: los seres humanos gozamos incluso con las expresiones más banales y estériles de nuestro poder, elaborando frecuentemente fantasías en las cuales este se agiganta y nos brinda el reconocimiento de nuestros semejantes. Encestar una pelota de papel en un modesto cubo es una tontería sin importancia, pero no deja de ser una manifestación de la relación humana con el poder. En la entrega anterior ya sugerí que, de acuerdo con el trabajo reciente de Guido Parietti, podemos definir el poder como la capacidad de un agente para imaginar las posibilidades que su voluntad posee de proyectarse sobre la realidad y materializar las mismas.[1] La canasta de oficina que he descrito contiene dentro de sí todos estos elementos. Al principio solo estaban el folio y la papelera. Pero mi conciencia imaginó un acontecimiento futuro: que yo sería capaz de convertir ese folio en una pelota y lanzarla con precisión al fondo del cubo. Esa posibilidad activó mi voluntad y reconfiguró la realidad física. Un acto de imaginación creadora activó mi voluntad y reconfiguró la realidad tal y como existía, en este caso alterando mi contexto físico.
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No hay duda, por tanto, de que incluso algo tan prosaico como encestar papeles tiene que ver con el fenómeno del poder, si lo describimos como la relación mediante la cual nuestra voluntad transforma distintos elementos del mundo que nos rodea. Pero hay algo que debiera llamar la atención de esta anécdota, sobre todo si recordáis la entrega anterior de esta serie.[2] En ella describimos las teorías utilitaristas del poder, según las cuales este es un medio para que los seres humanos logremos acceder a una existencia placentera, cómoda y segura. La idea de Michael Mann es que los homo sapiens somos seres carenciales, es decir, que como individuos no podemos valernos por nosotros mismos. Por ello precisamos de establecer relaciones de cooperación que requieren que nuestras voluntades personales se acompasen, ya sea mediante la persuasión, la violencia o la permutación de bienes. Sea como fuere, de acuerdo con la teoría utilitarista el poder, este no sería nunca un fin en sí mismo, sino un medio necesario para dominar a la naturaleza, organizar nuestra coexistencia y maximizar nuestros placeres.
El problema de esta interpretación es que no explica bien la anécdota que acabo de compartir. Encestar una pelota de papel en un cubo de oficina no tiene nada de útil, ni forma parte de ninguna estrategia cooperativa para reportarle comodidad, gozo o seguridad a la comunidad a la cual pertenezco, ni siquiera a mí mismo. De manera intuitiva, la canasta que he descrito no debiera reportarme ningún disfrute psicológico, ni menos inspirarme fantasías megalómanas en que las multitudes celebran mi destreza. ¿De dónde provienen mi deleite, mi chute de autoestima, mi delirio de grandeza?, ¿son un mero onanismo mental? Existe una tradición de pensamiento sobre el poder alternativa a la utilitarista que ofrece una respuesta interesante: mi reacción celebratoria y exacerbada cuando encesto una pelota de papel en un cubo tiene que ver con que, como para todo hijo de vecino, la realización de mi voluntad y la constatación de mi propio poder son fines valiosos en sí mismos. Los seres humanos gozamos con la proyección, la expansión y el reconocimiento de nuestro poder, que es la expresión de nuestra voluntad en el mundo. Experimentamos el poder, además de como un medio para acceder a otros bienes, como algo que nos da satisfacción per se. Esta es la premisa central de las que llamaré las “teorías finalistas” del poder, que, como veremos en esta entrega y la siguiente, cuentan entre sus cultivadores con figuras tan destacadas como Platón, Aristóteles, Nietzsche, Byung-Chul Han, Martínez Marina y, en general, varios integrantes de la tradición realista.
La especie escaladora
Mi anécdota de la bola de papel puede parecer una anomalía, pero podemos extrapolarla a varias esferas de la vida colectiva. Pensemos en el montañismo. La práctica de ascender montañas por deporte hunde sus raíces, según lo narra el magnífico estudio de Peter Hansen, en el siglo XVIII.[3] Desde que Jacques Balmat y Michel-Gabriel Paccard alcanzaran la cumbre del Mont-Blanc en 1786, son muchos los que han incurrido en la temeridad de acudir a las cimas ignotas de las cordilleras que atraviesan el planeta. En ocasiones, esta pretensión de alcanzar las alturas ha comportado verdaderas tragedias, como cuando los montañistas británicos George Mallory y Andrew Irvine desparecieron en algún punto del Everest en 1924. Como algunos sabrán, el cuerpo de Mallory fue hallado en un perfecto estado de congelación en 1999, a unos cientos de metros de la cima.[4]
Sin embargo, estos peligros manifiestos no desalentaron la moderna pasión por la escalada de cimas ignotas. Es más, la misma ha llegado a convertirse en una empresa colectiva. A lo largo de los siglos XIX y XX surgió todo un ecosistema de clubes, escuelas y registros normados. Estos no solo generaron un acervo de saberes y técnicas que permitieron incrementar la efectividad de los montañistas. También le dieron pábulo a una lógica de competencia, que llevó a alemanes, británicos e italianos a pugnar por llevar la delantera.[5] Individuos, organizaciones e incluso países incurrieron en esta lógica de dominio de los ecosistemas cordilleranos mientras, además, lograban altas cuotas de reconocimiento. Los relatos escritos, reportajes, fotografías, video-documentales y objetos de merchandising han proliferado para nutrir a unos aficionados que se resarcen admirando a los conquistadores de cimas. Últimamente, tales glorias se han convertido en objeto de consumo, y son muchos los turistas que pagan sumas exorbitantes para acudir a la alta montaña, llegando incluso a colmatarla de basura y a privarla de su halo de romanticismo.[6]
Pero, detengámonos un momento a reflexionar sobre el fenómeno. ¿Qué utilidad les reporta este frenesí escalador a los montañistas, a los clubes de montaña, a los países y empresas que les patrocinan y a los fans que consumen sus anécdotas? Podría aducirse que la exploración de la alta montaña ha traído consigo descubrimientos importantes en materias como la geografía, la biodiversidad y la resistencia celular que han de contribuir a nuestra supervivencia sostenible. Sin embargo, la investigación científica discurre normalmente en paralelo a las expediciones organizadas para conseguir récords y poner el pie en picos ignotos. También podríamos aducir motivos de salud: la práctica de subir cordilleras mejora el estado físico de quienes la llevan a cabo e inspira a muchos a llevar un estilo de vida sano. Ahora bien, eso también lo consiguen el gimnasio y el senderismo, que no comportan el riesgo de morir congelado o asfixiado.
No nos llamemos a engaño, el montañismo como deporte tiene su relación con la ciencia y la salud, pero es colateral a las mismas. Su origen no reside tanto en un cálculo utilitario sobre sus beneficios, como en la pulsión de la cultura moderna por imponer la voluntad del ser humano sobre la naturaleza. Las novelas y obras artísticas que ha inspirado no versan por lo general sobre sus consecuciones cartográficas o médicas.[7] Su eje narrativo suele gravitar en torno a la capacidad de quienes coronan las alturas para demostrar los dones que nuestra especie tiene para imponerse a los obstáculos que le contrapone el mundo material. Nos fascina el montañismo porque encarna la vocación humana por ir más allá de los límites impuestos, por imaginar posibilidades todavía no realizadas. También porque su ejercicio conlleva el desarrollo de ingenios tecnológicos y sistemas de cooperación y competición. Todos estos atributos son propios del poder, entendido como uno de los estímulos de nuestra existencia social.
En congruencia con lo anterior, me atreveré a sugerir que el montañismo tiene más o menos el mismo valor utilitario que el baloncesto papirofléxico de oficina: en principio no contribuye al enriquecimiento, ni a la seguridad, ni a la comodidad de quienes lo practican, de quienes lo promocionan y de quienes lo admiran. Sin embargo, el ser humano no persigue solo lo estrictamente útil. Las teorías de la elección racional, que asocian nuestro comportamiento a la maximización lógica y calculada del placer, tienen limitaciones a la hora de explicar este tipo de pulsiones.[8] No tienen en cuenta nuestra voluntad de poder.
Explorar una montaña conlleva proyectar nuestra conciencia sobre paisajes ignotos, que a priori no puede explicar ni dominar. Supone arrojarnos a un espacio desconocido y, mediante una serie de actos que implican el despliegue de nuestras dotes intelectuales y espirituales, convertirlo en un espacio conocido, controlado, al cual asignamos nombres y en el cual colocamos banderas y símbolos, como mamíferos territoriales que dejan su huella sobre un fragmento del mundo para hacerlo propio y expresar su dominio.[9] La montaña ha sido un recurso particularmente efectivo para metaforizar la pasión humana por la expresión de su voluntad ordenadora y por el ejercicio del poder sobre la naturaleza. Eso explica la centralidad que tuvo en algunas obras artísticas como El caminante sobre el mar de nubes del pintor alemán Caspar David Friedrich. Este nos regaló una majestuosa estampa en la que un viajero mira de frente los picos brumosos y nevados de los Alpes, representando el potencial del individuo para dominar el paisaje que tiene ante sí mediante la fuerza avasalladora de su genio y de sus sentimientos.[10] El pensamiento político romántico enfatizó esta capacidad transformadora de la conciencia y las emociones humanas, sintetizando un principio doctrinal que es propio de la modernidad: que somos capaces de transformar el mundo natural y sociopolítico que tenemos ante nosotros mediante actos de poder que son el reflejo de nuestra voluntad creadora.[11]
Incluso es posible aducir que la modernidad, además de un proyecto racional para ser más ricos, morales, inteligentes y felices, consiste en un sistema de ideas que subliman la sed de la humanidad por expandir su poder.[12] Hay muchos otros ejemplos de comportamientos que no reportan en sí mismos beneficios materiales, pero que activan nuestra satisfacción ante el despliegue y el reconocimiento de nuestro poder individual o colectivo.
Este fenómeno no deja de ser una incógnita, ¿por qué gozamos por el mero hecho de lograr algo que nuestra voluntad haya dictaminado, por muy inútil que sea —ganar un juego trivial, escalar una valla—?, ¿por qué disfrutamos tanto ante el reconocimiento de ese mismo poder, sobre todo cuando una persona o comunidad nos confieren cierto estatus en virtud del mismo?, ¿por qué nos conmueve ser testigos del poder y subsumir nuestra individualidad en sus lógicas?, ¿por qué sentimos tamaña atracción por las competiciones deportivas, por los grandes desfiles militares o cívicos, por la grandiosidad de unos monumentos y edificios que materializan nuestra subjetividad sobre el espacio?, ¿por qué somos los escaladores de montañas, los acopiadores de récords, los oteadores de galaxias remotas, los constructores de imperios? Veamos qué claves nos sugieren las teorías finalistas del poder para darles respuestas a estas preguntas.
Seres irascibles: el poder en la tradición platónica
La idea según la cual el poder funciona como una motivación autónoma de la acción humana se remonta muy atrás en la historia del pensamiento. Pecando de fijación con Occidente, podemos rastrear este axioma en la Antigua Grecia. Comencemos por pensadores que no son sospechosos habituales de privilegiar al poder frente a otros fines de apariencia más elevada, como la sabiduría y el bien. Interroguemos a Platón. El aristócrata ateniense es tenido por uno de los fundadores del idealismo filosófico.[13] Su empeño en la construcción de un orden político en el que las máximas de la justicia se impusieran sobre las lógicas del dominio y la ambición personal refrenda su condición de idealista.
Ahora bien, un vistazo rápido a su libro La República nos da cuenta de que el filósofo de Atenas no se engaña respecto a la predisposición natural de los individuos a perseguir el poder como un bien en sí mismo.[14] Recordemos su célebre división tripartita del alma humana. Normalmente, cuando la estudiamos en colegios e institutos, fijamos nuestra atención en dos de sus partes, que son las más fáciles de comprender: la concupiscible y la racional. La primera refiere nuestro deseo de acceder a bienes materiales o del cuerpo, los cuales nos reportan placeres físicos de tipo carnal: comida, sexo, alivio del frío, etc. Las teorías de la elección racional que antes comentaba, y que se han constituido en el núcleo de la economía política neoclásica, tendrían a esta parte del alma por la prevalente en la fijación de nuestras disposiciones conductuales.[15] Según su versión más básica —explicada aquí en términos extremadamente simplificadores—, los seres humanos somos hedonistas: aspiramos a llevar a su máximo posible nuestros placeres corporales. De ello se deriva que nuestra racionalidad es de tipo instrumental. Es decir, la razón es el cálculo lógico que dicta nuestras elecciones de cara a la optimización de nuestro placer y la minimización de nuestro displacer.
Para Platón la razón no es eso. El alma racional es aquella que nos conduce al conocimiento, que nos impele a desentrañar las verdades universales que rigen el cosmos y que nos permite descubrir el bien, la bondad y la justicia. Su fin no es el placer, sino la realización del ser humano como ente inteligible que, a través de la sabiduría, se funde con la totalidad de la creación. Pero, ¿qué papel juega en todo esto el poder? Es aquí donde llegamos a la parte del alma platónica que normalmente comentamos menos: la irascible. El alma irascible es la fuente de nuestros actos de valor y de violencia. Una lectura detenida de La República nos revela que su origen último es nuestra necesidad de ostentar honores, es decir, nuestra necesidad de que nuestro poder y el de las colectividades a las cuales pertenecemos sea reconocido y respetado.[16] De acuerdo al filósofo ateniense, la parte irascible del alma actúa con autonomía de los deseos concupiscibles —materiales— y de la razón. En ocasiones, cuando se impone a sus dos trillizas, da lugar a individuos timocráticos,[17] es decir, a sujetos cuyo fin último en la vida es la acumulación de honores y, por consiguiente, de poder.
De cualquier modo, todos tendríamos una dimensión irascible en nuestra alma.[18] Una porción muy importante de nuestro comportamiento como seres sociales se explicaría por nuestra predisposición para adquirir poder y gozar del estatus que este lleva consigo, sin que haya otro fin ulterior más allá del deleite que proporciona en sí mismo. No es tan complicado constatar la potencia de esta teoría si hacemos un ejercicio introspectivo. En muchas ocasiones cuando nos peleamos con nuestros familiares y amigos, no lo hacemos de acuerdo a un criterio de acrecentamiento de nuestro placer o con arreglo a un ideal etéreo en torno a la justicia. Cuando pugnamos para determinar qué se ve en la tele, lo que se visita el fin de semana o la música que se escucha en el coche, muchas veces nos importa más la realización de nuestra voluntad sobre la ajena que el programa, lugar o single que sirve de excusa para nuestras batallas.[19]
Evoquemos algunas de las cosas que hacemos solo por el mero hecho de ver nuestra voluntad materializada y nuestro estatus socialmente reconocido. Por ejemplo, jugar horas y horas solo para llegar al nivel 100 y ser admirados y temidos por nuestros compañeros de algún para-verso virtual. Otro ejemplo: entrenar cotidianamente alguna destreza para obtener un título, premio o puesto que nos granjeará admiración y que ampliará las posibilidades de que nuestra voluntad sea tenida en cuenta y acatada por nuestros semejantes. Por último, también nos embriaga sumergirnos en algún desfile, manifestación o ritual público de grandes dimensiones y conmovernos ante la idea de que participamos de alguna comunidad —la clase obrera, la nación, las mujeres, la iglesia—. Dicha comunidad nos atrae porque es poderosa, es respetada y puede transformar el mundo mediante actos de voluntad colectiva.[20] No es que en todos estos procesos los criterios de tipo racional o apetitivo no se mezclen con la pasión por el poder y el estatus. Sin embargo, esta última sigue, de acuerdo a Platón, una lógica propia, que no se subordina necesariamente a las otras dos y sin la cual nuestra comprensión de la antropología humana es incompleta.
La idea del alma irascible, volcada hacia los honores y el poder, es incluso muy útil a efectos de explicar algunas dinámicas de las sociedades capitalistas de mercado. Tendemos a asumir que el capitalismo funciona porque satisface nuestras ansias de consumo y que estas tienen por finalidad saciar nuestros deseos materiales: comida, bebida, sexo, comodidad, etc. Sin embargo, deberíamos reflexionar con detenimiento. Una representación tan simple no explica de forma satisfactoria la tendencia de los grandes agentes económicos hacia la acumulación de capital.[21]
Lo diré en simple. ¿Por qué necesitan los multimillonarios al estilo de Elon Musk o Jeff Bezos seguir ganando dinero?, ¿no tienen suficiente capacidad adquisitiva para colmar todos sus deseos corporales, accediendo a todos los manjares, mansiones y lujos que puedan soñar?, ¿no cuentan también con recursos suficientes para despreocuparse de la materialidad y dedicar su existencia al estudio, la contemplación, la amistad o el amor? Es bastante evidente que les sobran ingresos para todo eso. Entonces, ¿por qué muchos magnates siguen volcados en la vida activa, luchando por agrandar sus empresas y derrotar a la competencia?, ¿por qué esa obsesión con romper las fronteras tecnológicas, pugnar para que sus imperativos de ganancia superen las regulaciones de los gobiernos e incluso expandir sus mercados al espacio exterior? Suena todo muy cansado, muy displacentero.
Platón ofrecería una respuesta simple a estas interrogantes: si los gozos concupiscibles siempre tienen un límite orgánico —la obesidad mórbida, la sobredosis, el agotamiento sexual—, la pasión por el poder es casi inagotable y se retroalimenta a sí misa. La lógica de los grandes magnates capitalistas no es primeramente la del lucro —tienen más dinero del que pueden convertir en bienes materiales— sino la del poder. El mercado capitalista es una malla de poder por permutación que, muchas veces, les vende a los consumidores medios para expresar o acrecentar su poder. Actúa en una suerte de espiral acumulativa de poder. Si no, ¿por qué compramos cosas de marcas lujosas? Es cierto, en muchas ocasiones tienen mayor calidad y durabilidad, pero hay muchas otras en que rige una lógica diferente cuando las adquirimos: aunque el polo de Lacoste o Tommy Hilfiger cueste el doble que un homólogo menos conocido y me de las mismas prestaciones o muy parecidas, puedo optar por los primeros solo porque son un símbolo de estatus de acuerdo a los imaginarios de la sociedad de mercado.[22] Los productos de lujo subrayan mi poder de compra, que es una de las formas más extendidas de poder en el mundo actual. No solo compro algo de marca porque tengo el poder para hacerlo, sino que al hacerlo expreso dicho poder y accedo al gozo psicológico que me proporciona mi alma irascible.
En un libro publicado en 2019 el politólogo estadounidense Francis Fukuyama, que se hizo célebre en los años 90 por afirmar que la democracia liberal acabaría con las luchas de poder que habían asolado a la humanidad, se retractó parcialmente de su idealismo interpretativo. Para ello recurrió a Platón.[23] Ante la victoria de Donald Trump en las elecciones estadounidenses de 2016, se preguntó, como tantos otros, el por qué muchos norteamericanos habían votado por un candidato cuyas políticas económicas de hecho les perjudicarían a nivel salarial y asistencial. Llegó a la conclusión de que los sociólogos y economistas no habían previsto la victoria de Trump porque seguían empleando las teorías de la elección racional y se habían olvidado del alma irascible, de la sed de los votantes por recuperar cuotas de poder y reconocimiento social. Según su juicio, muchos votantes de Trump eran ciudadanos blancos, de clase trabajadora y sin estudios que habían visto como su estatus simbólico descendía frente a las clases medias tituladas, los inmigrantes y los colectivos identitarios. La pérdida de reconocimiento y el miedo a extraviar del todo su situación de preponderancia en la sociedad americana les condujo a votar al candidato que les prometía una restitución y ampliación de su poder, al menos en el terreno cultural. De acuerdo a Fukuyama no podemos explicar los procesos político-sociales sin entender nuestra dimensión irascible, nuestra pasión por el poder como un bien en sí mismo.
Platón creó escuela. Su discípulo Aristóteles también le asignó al poder una lógica autónoma.[24] De acuerdo al mismo, existían tres formas de vida: una inferior, la voluptuosa —volcada en los placeres corporales—, otra superior, la ociosa —volcada en la búsqueda del conocimiento y la amistad—, y otra intermedia, la política, que estaba dirigida a la búsqueda de los honores y el poder público. [25] Para Aristóteles, como para Platón, el alma irascible y la vida política no eran malas. Por el contrario, ambos concebían nuestra pulsión por el poder como necesaria para generar las relaciones de cooperación que permitieran al ser humano vivir en comunidad. Aquel que aspiraba al poder respondía, en principio, a un impulso noble, pues para obtener poder duradero y sólido debía granjearse el reconocimiento de sus semejantes, haciendo el bien común. Ahora bien, ambos filósofos pensaban que, en una persona sana y en una sociedad justa el alma irascible y la vida política debían verse subordinadas a los dictados del alma racional y la vida contemplativa. Es decir, el poder debía ponerse al servicio de la búsqueda de la justicia y del conocimiento.
Los filósofos más célebres de la cristiandad adaptaron esa misma fórmula. De acuerdo a San Agustín[26] y Santo Tomás,[27] Dios nos concedió a los humanos libre albedrío para que pudiéramos desplegar nuestra voluntad y elegir el bien. No era posible que hiciéramos el bien si nos programaba como a autómatas, si nos negaba el poder de definir el decurso de nuestra vida terrena. El poder es algo necesario de acuerdo a la tradición filosófica cristiana y también sigue una lógica autónoma. La voluntad, es decir, el poder para actuar sobre el mundo, es un bien intermedio —superior a los bienes del cuerpo—. Sin la energía vital que representa no podríamos hacer cosas ni buenas ni malas. El problema, siempre según San Agustín y Santo Tomás, es que muy habitualmente los seres humanos olvidan que el poder es un medio para cultivar el conocimiento y el bien, acercándose a Dios, que es el fin último. Muchas veces, nos dicen, nos obnubilamos con nuestra propia voluntad de poder y la convertimos en un fin en sí mismo, incurriendo en el pecado de la soberbia. De ahí que muchas historias que dialogan con esta tradición hayan problematizado nuestra pasión por el poder, mostrando cómo, en última instancia, esta nos conduce a tratar de suplantar a la divinidad y a intentar fútilmente imponer nuestra voluntad sobre las leyes de la naturaleza y del cosmos. Hay muchos ejemplos en la literatura y la televisión, como el monstruo abominable del Doctor Frankenstein, las magias demoníacas de Fausto, los narco-crímenes nefandos de Walter White o los rituales genocidas de esa serie portentosa llamada Full Metal Alchemist.
Todas estas historias tratan de prevenirnos contra los excesos de nuestra voluntad de poder y subrayar la importancia de la ética. Sin embargo, por eso mismo asumen como cierto que el poder se configura como uno de los fines constitutivos de la vida humana. Ahora bien, existe una corriente de pensamiento que de algún modo rompe con las ataduras morales del platonismo y el cristianismo, y asume la importancia del poder en toda su desnudez. En la siguiente entrega escrutemos las máximas de la tradición realista, que lleva a sus últimas consecuencias la teoría finalista sobre el poder.
“Funded by the European Union. Views and opinions expressed are however those of the author(s) only and do not necessarily reflect those of the European Union or CSIC. Neither the European Union nor the granting authority can be held responsible for them.”
[1] Guido Parietti, On the Concept of Power: Possibility, Necessity, Politics (Oxford University Press, 2022).
[2] Rodrigo Escribano Roca, «¿Qué es el poder? (II): dominación, libertad y cooperación», Global strategy reports 6 (2025), https://global-strategy.org/que-es-el-poder-ii-dominacion-libertad-y-cooperacion/
[3] Peter H. Hansen, The Summits of Modern Man: Mountaineering after the Enlightenment (Harvard University Press, 2013).
[4] Oliver Webb-Carter, «A Corpse on Everest: George Mallory», Aspects of History (blog), 15 de agosto de 2021, https://aspectsofhistory.com/a-corpse-on-everest-george-mallory/.
[5] Jon Mathieu, The Third Dimension: A Comparative History of Mountains in the Modern Era (White Horse Press, 2011).
[6] Michał Apollo y Yana Wengel, Mountaineering Tourism: A Critical Perspective (Routledge, 2024).
[7] Caroline Schaumann, Peak Pursuits: The Emergence of Mountaineering in the Nineteenth Century (Yale University Press, 2020).
[8] Vicente Manzano-Arrondo, «Un psicópata llamado Homo Economicus», Análisis Económico 31, n.o 77 (2016): 7-26; Coen Simon, Esperando la felicidad: La filosofía del deseo (Grupo Planeta Spain, 2013).
[9] Peter Merriman, Space (Routledge, 2016).
[10] «El caminante sobre el mar de nubes», en Wikipedia, la enciclopedia libre, 9 de mayo de 2025, https://es.wikipedia.org/w/index.php?title=El_caminante_sobre_el_mar_de_nubes&oldid=167287698.
[11] John Morrow, «Romanticism and Political Thought in the Early Nineteenth Century», en The Cambridge History of Nineteenth-Century Political Thought, ed. Gareth Stedman Jones y Gregory Claeys (Cambridge: Cambridge University Press, 2015), 39-76.
[12] Consultar algunos clásicos: Michel Foucault, La arqueologia del saber (México: Siglo veintiuno editores, 1988); Norbert Elias, El proceso de la civilización (México, D.F.: FCE, 2009), http://public.ebookcentral.proquest.com/choice/publicfullrecord.aspx?p=4559249; François Hartog, Chronos: l’Occident aux prises avec le temps (Paris: Gallimard, 2020).
[13] La célebre disquisición de Popper sobre su idealismo utópico merece siempre una lectura: Karl R. Popper, La sociedad abierta y sus enemigos (Barcelona: Grupo Planeta (GBS), 2010).
[14] Platón, La República (Ediciones AKAL, 2009).
[15] Carl Ratner, Neoliberal Psychology (Cham, Switzerland: Springer, 2019).
[16] Merrick Anderson, «The Power of Courage in Plato’s Republic», JOURNAL OF THE HISTORY OF PHILOSOPHY 62, n.o 1 (enero de 2024), https://doi.org/10.1353/hph.2024.a916709.
[17] Timocrático proviene del griego antiguo τιμοκρατία (timokratía), que se compone de dos raíces: 1) τιμή (timḗ): significa honor, valor o estima; -κρατία (-kratía): significa gobierno o poder, derivado de κράτος (krátos), que significa fuerza o dominio.
[18] No tomemos “alma” como un concepto mistificado. En el lenguaje platónico designa al conjunto de disposiciones psicológicas que rigen nuestro
[19] Antonio M. Lozano Martín y Diego Becerril Ruiz, Sociología del conflicto en las sociedades contemporáneas. (Dykinson, 2017).
[20] Algunos clásicos sobre el asunto: George L. Mosse, La nacionalización de las masas: simbolismo político y movimientos de masas en Alemania desde las Guerras Napoleónicas al Tercer Reich (Madrid: Marcial Pons Historia, 2019); E. P Thompson, Making of the English Working Class (Open Road Media, 2016), http://public.eblib.com/choice/publicfullrecord.aspx?p=4356003.
[21] Dos escritos muy interesantes sobre la correlación entre capitalism y poder: Yanis Varoufakis, Tecnofeudalismo: El sigiloso sucesor del capitalismo (Deusto, 2024); Ellen Meiksins Wood, La democracia contra el capitalismo (Madrid: Verso, 2023).
[22] Sona Klucarova y Xin He, «Status Consumption and Charitable Donations: The Power of Empowerment», PSYCHOLOGY & MARKETING 39, n.o 6 (junio de 2022): 1116-28, https://doi.org/10.1002/mar.21658.
[23] Francis Fukuyama, Identidad: la demanda de dignidad y las políticas de resentimiento, Ediciones Deusto (Barcelona, 2019).
[24] Aristóteles, La Política (Santiago de Chile: Universidad Adolfo Ibáñez, 2017).
[25] Aunque peco de autopromoción, si quieren acceder a una explicación sencilla de las propuestas vitales del aristotelismo: Rodrigo Escribano Roca, Manual filosófico de supervivencia. ¿Cómo ser virtuoso, feliz y poderoso en el mundo de hoy? (Madrid: Marcial Pons, 2025).
[26] San Agustín de Hipona, El libre albedrío (San José, Costa Rica: Cooperativa Universitaria de Libros, Universidad de Costa Rica, 1983).
[27] Santo Tomás de Aquino, Suma de Teología (Santiago de Chile: Universidad Adolfo Ibáñez, 2017).
Editado por: Global Strategy. Lugar de edición: Granada (España). ISSN 2695-8937

