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Qué es la diplomacia coercitiva

https://global-strategy.org/que-es-la-diplomacia-coercitiva/ Qué es la diplomacia coercitiva 2023-02-14 14:07:00 Javier Jordán Blog post Política de Defensa Lecturas didácticas sobre estudios estratégicos Teoría estratégica

La diplomacia coercitiva consiste en la amenaza y, en ocasiones, el empleo limitado de la fuerza militar con el propósito de que un actor interrumpa una línea de acción y/o vuelva a la situación previa a la alteración del statu quo. La diplomacia coercitiva es un concepto relacionado con la disuasión porque ambas son formas de ejercer el poder y porque normalmente se recurre a la diplomacia coercitiva cuando fracasa la disuasión. Que un Estado cese su apoyo a un grupo terrorista, desmantele un programa de fabricación de armas de destrucción masiva, o devuelva una conquista territorial son ejemplos de líneas de actuación objeto de la diplomacia coercitiva.

El carácter específico de la diplomacia coercitiva radica en su adjetivo. En la diplomacia convencional priman la negociación y los medios pacíficos; la amenaza explícita o el uso de la fuerza son opciones remotas. Por el contrario, en la ‘diplomacia coercitiva’ el factor militar constituye un elemento fundamental del proceso.

El grado de coerción varía según los casos. Puede ir desde la amenaza formal, la demostración de fuerza desplegando efectivos militares en las proximidades de la frontera, hasta el ataque limitado contra determinados objetivos estratégicos, pasando por el bloqueo naval, y complementado todo ello con la imposición de sanciones económicas y otras medidas de presión no militares. Pero, aunque el umbral de violencia puede llegar a ser puntualmente alto, la diplomacia coercitiva se distingue conceptualmente de la guerra abierta porque:

La diplomacia coercitiva tiene éxito cuando consigue que el actor sobre el que se ejerce se detenga y dé marcha atrás en la acción política que motivó la crisis. El fracaso de la diplomacia coercitiva puede materializarse en dos posibles escenarios:

Por tanto, el grado de éxito o fracaso se mide en función de los resultados políticos obtenidos y de la magnitud de fuerza empleada. El proceso tendrá menos de diplomacia coercitiva y más de conflicto armado abierto cuanto mayor sea el nivel de violencia. Pero las opciones finales no se reducen a un triunfo o un fiasco absoluto. A lo largo del proceso los actores pueden modificar sus respectivas demandas, alcanzando acuerdos intermedios que eviten un enfrentamiento, y que satisfagan en mayor o menor medida a las partes implicadas.

El balance de la diplomacia coercitiva durante la Guerra Fría y los años inmediatamente posteriores revela la dificultad de su puesta en práctica. Según la obra colectiva coordinada por Alexander L. George y William E. Simons (1994), de siete casos de diplomacia coercitiva comprendidos entre la Segunda Guerra Mundial y la Guerra del Golfo de 1991, sólo dos tuvieron éxito: la diplomacia ejercida por la Administración Kennedy durante la crisis interna de Laos en 1961-1962, y la crisis de los misiles de Cuba en octubre de 1962. En este último caso, la diplomacia coercitiva resultó eficaz porque los objetivos eran limitados (retirada de los misiles soviéticos con capacidad nuclear de la isla), existía asimetría de intereses a favor de Estados Unidos, y porque las amenazas fueron acompañadas por incentivos (retirada de los misiles Júpiter norteamericanos de Turquía).

En un trabajo similar editado por Robert J. Art y Patrick M. Cronin (2003), que analiza varios episodios ocurridos en el periodo posterior a la Guerra Fría la proporción de éxitos se eleva a un tercio. Por otra parte, en el análisis realizado por Peter Viggo Jakobsen (2007) sobre treinta y seis casos entre los años 1990 y 2001, tres se resolvieron de manera pacífica, y en total sólo seis cosecharon un éxito duradero. Un caso posterior a ambos estudios, y donde la diplomacia coercitiva resultó eficaz, fue la respuesta española a la ocupación del islote de Perejil por parte de Marruecos en julio de 2002. Aunque el islote en sí no tiene valor económico o estratégico alguno, la acción suponía una vulneración del statu quo que podía tener como finalidad testear la determinación de la disuasión española sobre las ciudades y peñones del norte de África. La respuesta diplomática y militar puso fin a la crisis y permitió el regreso al statu quo sin que se produjera una escalada.

Sin embargo, otro ejemplo más reciente donde la diplomacia coercitiva no resultó eficaz fue el intento de evitar que el régimen de Bashar Al Assad utilizara armas químicas durante la guerra civil en Siria a lo largo de la década de 2010. La Administración Obama estableció como línea roja el empleo de armas químicas, amenazando con represalias militares. Amenaza que finalmente no cumplió, a pesar de que en agosto de 2013 un ataque con gas sarín por parte de las fuerzas del régimen sirio se cobró la vida de cientos de civiles en Damasco. Años más tarde, la Administración Trump ordenó el lanzamiento de misiles de crucero contra instalaciones militares del régimen sirio a principios de 2017 como represalia a un nuevo ataque con armas químicas. Sin embargo, las fuerzas de Al Assad continuaron empleando este tipo de sustancias hasta al menos 2019 (Arms Control Association, 2022). También hay otros casos donde ni siquiera se intentó la diplomacia coercitiva. Así, ocurrió con la anexión de Crimea por parte de Rusia en 2014, que fue seguida de sanciones económicas y condenas diplomáticas por parte de Estados Unidos y la Unión Europea pero donde no se contempló ningún tipo opción militar, debido a los enormes riesgos que entraña un conflicto armado directo con Rusia.

La eficacia de la diplomacia coercitiva no depende de reglas fijas, pues se encuentra sujeta -entre otros factores- al valor de lo que se exige y a la aversión del otro actor a aceptar las demandas, circunstancias que varían según los casos. En general, la diplomacia coercitiva es más difícil que la disuasión porque, si tiene éxito, resulta evidente que se han planteado demandas y que la otra parte ha cedido, con la humillación y los costes políticos que ello entraña pare quien es objeto de dicha diplomacia. La disuasión es sin embargo mucho más discreta y menos humillante para quien resulta disuadido (Freedman & Raghavan, 2018: 193).

Pero, aunque no exista una estrategia prestablecida, hay una serie de condiciones que favorecen la efectividad de la diplomacia coercitiva (Jakobsen, 2007; Freedman & Raghavan, 2018: 194):

Las condiciones que se acaban de exponer no garantizan el éxito de la diplomacia coercitiva. Y, además, es frecuente que la puesta en práctica de la coerción tenga que afrontar otros obstáculos (Jakobsen, 2008; Jentleson & Whytoc, 2005/2006):

Por tanto, aunque la diplomacia coercitiva parezca una opción rentable en términos de coste-beneficio (resultados políticos sustanciales a través de la amenaza o un empleo limitado de la fuerza) y como una alternativa a la guerra, en la práctica constituye una estrategia arriesgada y difícil de aplicar con éxito. Si el actor objeto de la coerción se niega a ceder, quien ejerce la diplomacia coercitiva se encontrará ante el dilema de aceptar la política de su oponente (normalizando ‘hechos consumados’), o seguir adelante con la escalada hasta alcanzar la victoria militar. Es comprensible que los gobiernos elijan otras opciones (desde mostrar “profunda preocupación” retórica, hasta imponer sanciones económicas de efectividad dudosa) antes que asumir los riesgos de la diplomacia coercitiva.

Referencias:

Arms Control Association (2022), “Timeline of Syrian Chemical Weapons Activity, 2012-2022”, Disponible en: https://www.armscontrol.org/factsheets/Timeline-of-Syrian-Chemical-Weapons-Activity

Freedman, Lawrence & Raghavan, Srinath (2018), “Coercion”, Williams, Paul D. & McDonald, Matt (ed.), Security Studies. An Introduction, London & New York, Routledge, pp. 196-205.

George, Alexander L. & Simons, William E. (eds.) (1994), The Limits of Coercive Diplomacy, Boulder, Westview.

Jakobsen, Peter V. (1998), Western Use of Coercive Diplomacy after the Cold War: A Challenge for Theory and Practice, London, Macmillan.

Jakobsen, Peter V. (2007), “Coercive Diplomacy”, Collins, Alan (ed.), Contemporary Security Studies, Oxford, Oxford University Press, pp. 225-247.

Jentleson, Bruce W. & Whytock, Christopher A. (2005/2006), “Who Won in Libya”, International Security, Vol. 30, No. 3, pp. 47-68.

Schelling, Thomas C. (1966), Arms and Influence, New Haven: Yale University Press.

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