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De la Guerra Hispano-Sudamericana (1865-1871) a la Guerra de Ucrania (III). Dos transiciones posimperiales fallidas

https://global-strategy.org/de-la-guerra-hispano-sudamericana-1865-1871-a-la-guerra-de-ucrania-iii-dos-transiciones-posimperiales-fallidas/ De la Guerra Hispano-Sudamericana (1865-1871) a la Guerra de Ucrania (III). Dos transiciones posimperiales fallidas 2024-04-23 16:52:18 Rodrigo Escribano Roca Blog post Estudios de la Guerra Guerra siglos XVI - XIX

El artículo anterior reflejó cómo la desintegración de los imperios español y soviético comportó un punto histórico de quiebre en sus núcleos territoriales. La enajenación de los virreinatos americanos y la implosión de la URSS afectaron de forma muy profunda a la España peninsular y a Rusia. La pérdida de peso económico, demográfico y geoestratégico fue dramática en ambos casos. Pero eso no fue todo. Sendos colapsos imperiales trajeron consigo la desvertebración de los sistemas políticos metropolitanos y de las ideologías que les daban cohesión.

La descomposición de la Monarquía Católica fue simultánea a la crisis de la cultura política del Antiguo Régimen en todos sus dominios. El quiebre de las instituciones corporativas y de los entramados de autoridad jurisdiccional que habían operado en todo el imperio dio lugar a enfrentamientos crónicos entre proyectos ideológicos dispares. Estos bascularon del republicanismo democrático al tradicionalismo contrarrevolucionario, pasando por el parlamentarismo liberal.[1] A este respecto, la historia postimperial de la España peninsular fue muy hispanoamericana. Al igual que sus homólogas de las jóvenes repúblicas ultramarinas, las élites españolas se sumieron en un bucle de conflictos crónicos, en los cuales se disputaron la fisonomía política e identitaria que debía asumir el nuevo Estado nación. La falta de acuerdos estables le dio pábulo al protagonismo inusitado de prácticas extrainstitucionales de poder, como el pronunciamiento military la insurrección urbana.[2]

En el mundo ruso la situación respondió a patrones comparables, como tratamos de reflejar en el artículo anterior. El hundimiento del socialismo real como horizonte de legitimidad no halló un sustito satisfactorio. La asunción nominal de la democracia parlamentaria liberal como modelo de Estado no garantizó por sí sola la eclosión de un sistema político pluralista e institucionalmente estable.[3] El capitalismo extractivo que se abrió paso en los años 90 no fue acompañado por la emergencia de una sociedad civil sólida, ni por una alternancia de partidos. El poder se aposentó en las manos de unas redes clientelares pseudomafiosas que sostuvieron el liderazgo presidencial, personalista pero precario, de Yelstin.

La España y la Rusia postimperiales amenazaron así con convertirse en Estados fallidos. Expresión inequívoca de ello lo fueron las veleidades internas que le dieron continuidad a sendos procesos de desintegración imperial: la guerra carlista y la guerra de Chechenia. Lo interesante es que los líderes político-intelectuales de ambos espacios asociaron la posibilidad de superar los desafíos de sus respectivos procesos de construcción estatal con la regeneración de su antigua grandeza geopolítica. Más interesante aún es que tales proyectos se cifraron en la creación de comunidades postimperiales que permitiesen establecer una esfera de influencia informal sobre aquellos territorios que en su día habían pertenecido a la Monarquía Católica y a la URSS. En lo que queda de artículo trataremos de explicar los desarrollos paralelos del panhispanismo y el euroasianismo ruso, entendidos como ideologías irredentistas cuya puesta en práctica culminó en la guerra hispano-sudamericana y la guerra ruso-ucraniana.

La pretensión de las élites españolas y rusas de establecer una suerte de hegemonía crepuscular sobre el resto de los territorios que pertenecieran a sus imperios siguió una trayectoria similar. En un primer momento, apreciamos intentos de edificar sendas comunidades postimperiales a partir de estrategias propias del poder blando. De ahí que sus ideólogos pusieran el acento en el sentido de familiaridad histórica y cultural que unía a las sociedades independizadas con las metropolitanas. Asimismo, los autores de estos planes apostaron por la articulación de instancias diplomáticas y jurídicas orientadas a reestablecer los vínculos económicos que se habían visto menoscabados con el fin de los respectivos imperios. En ambos casos, se aseveró que la cultura, la diplomacia y el internacionalismo postimperial podían engendrar por sí solos un escenario de regeneración hegemónica. Veremos cómo tales expectativas se vieron frustradas con rapidez. Esto debido a las limitaciones impuestas por los respectivos contextos internacionales y por la debilidad interna de los Estados español y ruso. Las decepciones dieron lugar, de manera coincidente, a replanteamientos en clave militarista e intervencionista del panhispanismo y el euroasianismo, dejando el terreno abonado para el estallido de guerras con los antiguos dominios imperiales.

En España, la discusión en torno al cariz que debían adoptar las relaciones postimperiales con las repúblicas hispanoamericanas presidió la década de 1830. Como narrábamos en el artículo anterior, los gabinetes que se sucedieron entre 1834 y 1836 asimilaron la pérdida irreversible de los virreinatos continentales y apostaron por el reconocimiento de las independencias republicanas. Todo ello lo hicieron presionados por las insistentes peticiones de las juntas de comercio de las ciudades portuarias del país.[4] Como nos revelan las actas de las reuniones sostenidas por el Consejo Real de España e Indias en 1835, la previsión gubernamental consistía en que la firma de tratados de comercio y amistad con los nuevos Estados, unida a una amnistía general, permitiría un restablecimiento más o menos expedito de los antiguos intercambios transatlánticos, revitalizando la maltrecha economía exportadora de la Península.[5] La previsión, también compartida por los diputados de las Cortes Constituyentes que aprobaron los reconocimientos en 1836, era que las simpatías raciales, lingüísticas e históricas derivadas del pasado imperial se unirían a las garantías del derecho de gentes para lograr que los gobiernos hispanoamericanos se aviniesen a concederle a España ventajas comerciales. También se anticipaba que asumirían sin reparos el pago parcial de la deuda virreinal y que repondrían los bienes incautados durante las guerras de independencia.[6] La confianza en que un sentimiento panhispánico espontáneo -parapetado en los tratados de comercio- regeneraría por sí solo la influencia de España se impuso durante unos años. La previsión compartida por los líderes históricos del liberalismo español durante esta década dictaba que la creación de una comunidad panhispánica basada en el comercio, el derecho internacional y las afinidades históricas contribuiría a la estabilización de los regímenes parlamentarios hispanoamericanos, así como a la propia consolidación de la Monarquía constitucional española.[7] Ello daría lugar al nacimiento de un bloque de Estados hispánicos unidos por el recuerdo positivo del imperio, por el intercambio comercial -lubricado por la afinidad de gustos- y por el constitucionalismo liberal. En lo que concierne al último punto, se sobreentendía que los españoles europeos y americanos lo habían conquistado simultáneamente al redactar la Constitución de 1812 y enfrentarse al absolutismo. Se preveía que, una vez sancionados los tratados, los Estados hispánicos -convenientemente liderados por España- se convertirían en un polo de poder geopolítico, revelándose capaces de contrarrestar las posibles injerencias de Estados Unidos, Francia y Gran Bretaña.[8]

El optimismo del panhispanismo internacionalista fue consustancial a la expectativa de refundar el poder global de la monarquía sobre nuevas bases talasocráticas. Los documentos ministeriales, los tratados estratégicos y la prensa comenzaron a elaborar una gran estrategia que entendió que España debía metamorfosearse en una potencia basada en el control parcial de las rutas marítimas que conectaban sus territorios en Europa, el Caribe y el mar de China. Dicho plan se vinculó a tres objetivos estratégicos fundamentales: garantizar la seguridad de Cuba, Puerto Rico y Filipinas; re-expandir el comercio hispano por los puertos americanos; y crear un circuito global de intercambio que le permitiese a España compartir las mieses de la Pax Britannica.[9]

La Rusia de los años 90 también debió asumir el reto de imaginar algún tipo de reacomodo postimperial que la resarciese de los sensibles retrocesos geoestratégicos que habían supuesto el fin del Pacto de Varsovia (1989) y el desplome de la URSS (1991). Ni Gorvachov, ni Yelstin, ni ningún grupo de poder relevante en el seno del Estado ruso se planteó la posibilidad de renunciar por completo al control sobre lo que ocurría en las repúblicas del Báltico, Bielorrusia, Moldavia, Ucrania, el Cáucaso y Asia Central. La cultura estratégica secular del imperio ruso tenía como uno de principios doctrinales la prevención de cualquier presencia enemiga potencial en estas regiones aledañas.[10] En este contexto, el neodemócrata Evgenii Ambarzumov actualizó el axioma geopolítico acuñando el concepto de Bllijnee zarubejie: “El Extranjero Próximo o Cercano”. En principio, el término tenía connotaciones hegemónicas, ya que entendía que los Estados desgajados de la URSS seguían constituyendo una suerte de comunidad en la que Rusia estaba llamada a ejercer el liderazgo.[11] Sea como fuere, la política exterior que acompañó a tal discurso en sus inicios optó por los recetarios del multilateralismo liberal. Su expresión institucional fue la Comunidad de Estados Independiente (CEI), la cual se gestó inmediatamente después de la desaparición de la URSS. Doce repúblicas se dieron cita en la misma: todas las antiguas integrantes de la Unión, salvo las repúblicas del Báltico. Este foro multilateral tuvo en sus orígenes el anhelo de articular estructuras compartidas de gobernanza político-económica y de coordinación militar. El fin último era vertebrar, por medio de la firma voluntaria de tratados, una confederación laxa, sustitutiva del viejo espacio imperial soviético. Como en el caso del panhispanismo internacionalista, se esperó que los antiguos vínculos económicos y la inercia de las afinidades históricas y culturales promoviese una integración espontánea, que reforzase a todos los miembros en su reconfiguración como democracias liberales. La fe en la CEI se complementó con un cierto occidentalismo en el diseño de la política interior. Entre 1991 y 1995, cuando Andréi Kórizev se situó a la cabeza del Ministerio de Asuntos Exteriores de Moscú, Rusia se incorporó al Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial, apoyó las sanciones internacionales contra Serbia y aceptó un acuerdo de paz con Moldavia que daba marcha atrás a toda forma de irredentismo agresivo. [12]  

Sin embargo, el único éxito evidente de la CEI consistió en canalizar el proceso de desarme nuclear de Bielorrusia, Kazajistán y Ucrania. En lo demás, su fracaso se hizo manifiesto de forma muy prematura. Para empezar, sus Estados integrantes demostraron un alto grado de disfuncionalidad a la hora de asegurar un orden interno basado en el consenso. Como en el caso de los países escindidos de la Monarquía Católica, la inadecuación entre las instituciones adoptadas y los proyectos antagónicos de las diversas redes de poder que operaban en su seno hipotecaron la posibilidad de una transición postimperial pacífica. Los guerras civiles se extendieron como la pólvora en el Transdniestr moldavo, Abjazia, Osetia del Sur, Nagorni-Karabaj (1992), Tayikistán (1992-1997) y Chechenia (1994-1996; 1999). En este contexto de beligerancia y anomia, una parte de la élite político-intelectual rusa comenzó a cuestionar que la CEI fuese un instrumento idóneo para asegurar una zona de influencia en el Extranjero Cercano. Cundía la impresión de que el poder blando que procuraba este esbozo de estructura supranacional generaba más gastos que resultados. Personajes como el ministro de Asuntos exteriores y Primer Ministro Yevgueni-Primakov abogaron por una política exterior más asertiva entre 1996 y 1998.[13]

Con todo, cuando Vladimir Putin llegó al poder en 1999, abrazó la idea de que la CEI era un instrumento válido para apuntalar los intereses de Moscú en las repúblicas escindidas de la URSS. En general, el primer putinismo entendió que era plausible que la Federación Rusa interpretase un papel relevante en el orden internacional liderado por los Estados Unidos. Putin confiaba en que el crecimiento explosivo de la economía nacional, espoleada por el boom de las materias primas energéticas en el mercado mundial, le insuflase nuevo aliento a la irradiación pacífica de la influencia rusa. En consecuencia, mantuvo la fe en que una política pacífica de integración regional homologable a los códigos del internacionalismo liberal sirviese para forjar una esfera poder que, además, convirtiese a Rusia en un socio regional esencial para el Occidente geopolítico.[14] La decepción, como en el caso hispánico, no tardaría en llegar.

Volvamos a España. Las anticipaciones de una reconexión posimperial instantánea pronto perdieron credibilidad. La firma de tratados bilaterales con las repúblicas avanzó de manera muy lenta.[15] Muchos gobiernos hispanoamericanos -particularmente algunos como los de Perú o Colombia- no estuvieron dispuestos a reconocer como propia la deuda de la época virreinal. Al mismo tiempo, se mostraron reticentes a conceder ventajas aduaneras excesivas a los comerciantes españoles. Incluso cuando se firmaron acuerdos que aceptaron el pago de la deuda y le dieron a España el trato de “nación más favorecida”, los beneficios no coincidieron con las brillantes anticipaciones que habían emitido los adalides del panhispanismo internacionalista. Cabe señalar que países como México, Ecuador y Venezuela ya les habían otorgado tratos preferenciales a los productos británicos, franceses y estadounidenses. En igualdad de condiciones, era evidente que el comercio español no podía competir, en especial en lo concerniente a la producción de bienes industriales y de lujo. [16]

Un estudio sistemático de las memorias e informes de los cónsules y diplomáticos que la Monarquía desplegó en las repúblicas entre 1838 y 1858 revela un fenómeno importante. Muchos de estos agentes asumieron el cargo confiando en que la influencia moral del panhispanismo y el poder normativo del derecho internacional -bajo el paraguas de los tratados- garantizarían la mansedumbre de los gobiernos hispanoamericanos ante las demandas de su ex metrópoli. Pero los cónsules y representantes que concurrieron a las regiones del Río de la Plata, México y Centroamérica pronto se percataron de que sus intentos de defender los intereses de los españoles asentados en las repúblicas estaban fracasando. La mayoría desplegó un lenguaje antirrepublicano. Sus cartas al Ministerio de Estado afirmaban que Hispanoamérica estaban cayendo en la barbarie después de la independencia. Destacaron cómo el modelo republicano que habían elegido sus líderes había roto con las tradiciones jurídicas y morales de la Monarquía española, reemplazándolas por el desorden público y el personalismo político.[17]

Semejante estado de cosas, desde su punto de vista, mantenía a las repúblicas al margen del estándar de civilización, de modo que no se podía esperar que sus sistemas legales garantizasen la protección de los súbditos españoles estipulada en los tratados. En este punto, las cartas de agentes como Domingo Velano -vicecónsul español en Veracruz durante el bloqueo francés de este puerto en 1839- y Carlos Creus -representante español en Montevideo durante el bloqueo anglo-francés- pedían estacionar buques en sus respectivos destinos, imitando así la diplomacia de cañoneras que Francia y el Reino Unido practicaban en la región. Su idea era que sólo la presencia permanente de la marina de guerra española podría ser garante de la seguridad de los españoles y de la expansión de su comercio. En su opinión, la esfera de influencia comercial y cultural que predicaba el panhispanismo sólo podía construirse mediante el uso del poder naval.[18] Los encargados de negocios radicados en Ecuador y Chile también reclamaron con insistencia el estacionamiento permanente de buques de la Real Armada en las aguas sudamericanas del Pacífico. Los más asertivos a este respecto fueron algunos miembros de las colonias de emigrantes españoles en ciudades como Lima o Quito. Muchos comerciantes y vecinos que pertenecían a esta le escribieron con insistencia la Reina y a los ministerios, solicitando que la Real Armada acudiera a aquellas costas para protegerles de los abusos que supuestamente sufrían frente a las arbitrariedades legales de sus países de acogida.[19]   Debido a la carencia de efectivos de la Marina Real, esto no fue posible hasta 1860. Sin embargo, la gran estrategia de España ya estaba en proceso de metamorfosis. El panhispanismo internacionalista evolucionaba hacia otro planteamiento que entendía que España solo podía promover la emergencia de una comunidad postimperial por medio de la proyección coactiva de su músculo naval. A esto se unió un paradigma intervencionista, que entendía que España debía apoyar la implantación de regímenes monárquicos o conservadores en toda Hispanoamérica. El plan fue proyectar un modelo de monarquía constitucional censitaria que se correspondiese con el ideario del Partido Moderado español.[20]

Se esperaba que la implantación de regímenes afines contribuiría a conjurar las guerras intestinas que aquejaban al mundo hispánico, estabilizando las soberanías nacionales. Todo lo anterior respondía a una motivación extra: la década de 1840 fue testigo de los éxitos del expansionismo estadounidense sobre México y el Caribe. Las élites de la España isabelina asumieron que la securitización de Hispanoamérica era necesaria para contener a la Unión y evitar, así, que acopiase el poder necesario para anexionarse Cuba y Puerto Rico. A partir de 1844, la opinión pública española comenzó a plantear las relaciones internacionales americanas como una gran disputa existencial entre las razas hispánica y anglosajona.[21] El panhispanismo recicló sus planteamientos iniciales, privilegiando un esquema interpretativo que entendía que España debía intervenir por medio de la Real Armada para re-expandir su influencia en Hispanoamérica y crear una estructura de seguridad que le permitiese mantener la posesión de sus enclaves caribeños y tener un papel mayor en el comercio transatlántico y transpacífico. Nuestras investigaciones han revelado cómo esta gran estrategia basada en el hispanismo racial, el navalismo y el intervencionismo fue calando en la mente oficial de los gobiernos españoles en la Década Moderada (1844-1854), para llegar a su apoteosis con el advenimiento al gobierno de la Unión Liberal en 1858.[22]

En el caso del occidentalismo ruso, las cosas no fueron mucho mejor. En los primeros años del gobierno de Putin,  la CEI seguía demostrando ser una quimera. En términos económicos solo contribuyó a que Rusia consiguiera la unión aduanera Bielorrusia y Kazajistán. Sin embargo, otros Estados, como Georgia, Ucrania, Azerbayán y Moldavia buscaron subrayar su autonomía mercantil y financiera fundando sus propios foros de integración comercial. Ahora bien, el verdadero cambio de tendencia en el putinismo devino de los desencantos que devinieron de las cooperaciones con la OTAN. A partir de 2001, Putin y sus ministros de asuntos exteriores quisieron alinearse con la lucha global contra el terrorismo, que representó el revival del intervencionismo estadounidense en Oriente Medio. La recompensa por la aquiescencia rusa en las invasiones de Irak y Afganistán fue, sin embargo, inexistente. Es más, en 2004 la OTAN incorporó a las repúblicas bálticas como miembros, irrumpiendo en un área que los imaginarios geopolíticos rusos habían conceptuado como parte del Extranjero Cercano. A ello se añadió el respaldo de Washington a las llamadas “revoluciones de colores”, que dieron lugar a gobiernos hostiles a Rusia en Georgia, Ucrania y Kirguizistán entre 2003 y 2005. Este fenómeno vino acompañado de un aumento de la sensación de inseguridad de las comunidades de etnia rusa que habitaban en aquellas repúblicas y que comenzaron a reclamar, en algunos casos, la defensa extraterritorial que podía proporcionarles Moscú.[23]  Esta coyuntura dio lugar a un cambio de paradigma en el putinismo y en opinión pública rusa, que comenzaron a hacer gala de un eurasianismo de rostro agresivo, que promovía el control del extranjero cercano por vía de una política exterior asertiva y militarizada. Esta se legitimó en la protección de las minorías rusas en el extranjero, en la securitización de las fronteras nacionales frente a la OTAN y en la idea de un conflicto existencial entre la civilización occidental y el mundo ruso. Bebiendo del caudal ideológico de la tradición eslavófila, intelectuales orgánicos como Aleksandr Dugin asociaron a Occidente con el individualismo, el materialismo y la depredación mercantilista, oponiéndolo a un bloque civilizatorio ruso que se definiría por su comunitarismo, su espiritualidad ortodoxa y su intelectualismo.[24] El fracaso del eurasianismo internacionalista y pacífico dejaba las bases establecidas para un nuevo ciclo de intervenciones que culminaría en la guerra ruso-ucraniana.

El panhispanismo y el eurasianismo de cuño internacionalista duraron muy poco como ideologías de transición postimperial. Sus aspiraciones hegemónicas, basadas en una fe hipertrofiada en los legados culturales del imperio, no tardaron en verse desmentidas por las circunstancias. La debilidad geoestratégica de España y Rusia se unió al carácter poco estable de los Estados sobre los que pretendían ejercer su influencia y a la situación de fuerza en que se hallaban sus némesis geopolíticas -Estados Unidos, Reino Unido y Francia-. Los conflictos congelados heredados del accidentado final de ambos imperios hicieron el resto, engendrando tensiones étnicas, económicas y estratégicas que terminaron por quebrar toda posibilidad de acercamiento consensual a los antiguos dominios. Descartada la hegemonía pacífica, las grades estrategias de ambas potencias postimperiales viraron hacia el intervencionismo. El estallido de una guerra era cuestión de tiempo.


[1] María Cruz Romeo Mateo y María Sierra Alonso, La España liberal: 1833-1874 (Madrid: Marcial Pons Historia, 2014).

[2] María Sierra, «La vida política», en Historia contemporánea de España, ed. Jordi Canal (Madrid: Fundación Mapfre, 2017), 297-345.

[3] Carlos Taibo, Rusia frente a Ucrania: Imperios, pueblos, energía (Los Libros De La Catarata, 2022), 15-26.

[4] Jerónimo Bécker, La independencia de América: su reconocimiento por España (Madrid: Establecimiento tipográfico de Jaime Ratés, 1922), 131-61.

[5] Archivo General de Simancas (AGS), Consejo Real de España e Indias, Secretaría, Legajo 1, 5. Extranjero, 2. Informe de la Comisión encargada de la “cuestión americana” (reconocimiento de la independencia de Méjico y Nueva Granada), pp. 5-6.

[6] Diario de Sesiones de las Cortes Constituyentes (en adelante DSCC): 1836-1837, 44, 45, 46, 1-12-1836 al 3-12-1836.

[7] Rodrigo Escribano Roca y Pablo Guerrero Oñate, «Navalism and Imperial Culture in Spain: The origins and celebration of the Chincha Islands War (1834-1868)», The Mariner’s Mirror, junio de 2023, 1-33.

[8] Rodrigo Escribano Roca, Memorias del Viejo Imperio: Hispanoamérica en las culturas políticas de España y Reino Unido (1824-ca. 1850) (Madrid: Marcial Pons, 2022).

[9] Rodrigo Escribano Roca y Pablo Guerrero Oñate, «Navalismo y panhispanismo como horizontes de regeneración imperial en España (1814-1862)», Anuario de estudios americanos 79, n.o 1 (2022): 1-34.

[10] Graeme P. Herd, Understanding Russian Strategic Behavior: Imperial Strategic Culture and Putin’s Operational Code (Routledge, 2022).

[11] Antonio Elorza, El ocaso de Occidente: Del sueño americano al regreso de los imperios (201-2023) (Editorial Renacimiento, 2023), 332-34.

[12] Arnaud Leclercq, La Russie, puissance d’Eurasie: histoire géopolitique des origines à Poutine (Paris: Ellipses, 2012).

[13] Andrei P. Tsygankov, Russia’s Foreign Policy: Change and Continuity in National Identity (Rowman & Littlefield, 2013), 33-46.

[14] Tsygankov, 200-208.

[15] Tratados de Paz y Amistad: 1836 México; 1841 Ecuador; 1845 Chile; 1846 Venezuela; 1850 Costa Rica; 1851 Bolivia; 1855 República Dominicana; 1860 Argentina; 1864 Guatemala; 1866 Salvador; 1879 Perú; 1882 Paraguay; 1882 Uruguay; 1894 Honduras. Juan Carlos Pereira Castañares, «España e Iberoamérica: un siglo de relaciones (1836-1936)», Mélanges de la Casa de Velázquez, n.o 28 (1992): 97-128.

[16] Ver: Carlos Malamud, «El reconocimiento español de las repúblicas latinoamericanas: el fin del “estado de incomunicación” entre las partes», en Ruptura y reconciliación: España y el reconocimiento de las independencias latinoamericanas, ed. Carlos Malamud y Cristóbal Aljovín de Losada (Madrid: Santillana, 2012), 15-36.

[17] Sirvan como ejemplo las comunicaciones de estos agentes diplomáticos establecidos en Costa Rica y México: AHN-FHMAE, PP 946-Caja 12206, Salazar a Ministerio de Estado, 14 de enero 1852, pp.1-2; AHN-FHMAE, 2566, Calderón de la Barca a Ministerio de Estado, México, 10 de octubre 1843, pp.3-4.

[18] AHN-ULTRAMAR, 4610, Exp. 18, D.C. Velano a Espeleta, Veracruz, 8 de noviembre de 1838; AHN-FHMAE, 1787, Creus a Ministerio de Estado, Montevideo, 28 de agosto 1845, pp.2-3.

[19] Rodrigo Escribano Roca y Pablo Guerrero Oñate, «The naval rearmament movement in times of the Liberal Union. Public opinion, strategic culture and navalism in Spain (1858- 1863)», War in History, abril de 2023, 1-30.

[20] Rodrigo Escribano Roca y Viñuela Pérez, «Teatro de desorden perenne. Hispanoamérica en los imaginarios antirrepublicanos del moderantismo español (1834-1854)», Ayer. Revista de Historia Contemporánea, n.o 9 (2023): 1-20, https://doi.org/10.55509/ayer/1273.

[21] Escribano Roca, Memorias del Viejo Imperio.

[22] Rodrigo Escribano Roca y Pablo Guerrero Oñate, «Diplomacia de las cañoneras a la española. Los orígenes de la Escuadra del Pacífico (1833-1863)», Illes i imperis, n.o 25 (21 de diciembre de 2023): 209-38, https://doi.org/10.31009/illesimperis.2023.i25.10.

[23] Taibo, Rusia frente a Ucrania, 47-52.

[24] Mark Bassin y Gonzalo Pozo, The Politics of Eurasianism: Identity, Popular Culture and Russia’s Foreign Policy (Rowman & Littlefield, 2017).

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