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Análisis de tendencias geopolíticas a escala global

https://global-strategy.org/analisis-de-tendencias-geopoliticas-a-escala-global/ Análisis de tendencias geopolíticas a escala global 2018-01-08 18:34:55 Josep Baqués Blog post Estudios Globales Asia Pacífico Estados Unidos Europa Geopolítica Rusia
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Muchas han sido las explicaciones sugeridas para comprender la distribución de poder mundial tras el fin de la Guerra Fría. Descartada la hipótesis del mundo bipolar, varios autores señalaron que en la última década del siglo XX emergía un mundo unipolar liderado inequívocamente por los EEUU (v. gr. Krauthammer, 1990; Mastanduno, 1997). Sin embargo, pocos años después de haber tomado nota de esa realidad, las explicaciones más recurrentes tratan de compatibilizar el hecho de que los EEUU siguen siendo la potencia dominante en términos militares[1] con el hecho de que, en clave económica, la tendencia lo es, claramente, a un mayor reparto del poder (Nye, 2003).

Efectivamente, algunos Estados están acercándose a los estándares de producción, comercio y capacidad financiera de los propios EEUU, hasta el punto de convertirse en sus acreedores, pese a ser importadores de los recursos naturales y las fuentes de energía más básicos (caso de China). Otros han sabido sobreponerse a importantes crisis y, cual ave fénix, han logrado renacer de sus cenizas demostrado, además, un fuerte compromiso del Estado con un proyecto político a largo plazo para volver a asumir mayores cuotas de poder, basándose en su enorme capacidad de extracción y venta de hidrocarburos (caso de Rusia). Este hecho, unido a la pujanza de la India, a la consolidación de la UE como potencia económica o a que la cronificación de la crisis japonesa no ha impedido que siga siendo la tercera potencia mundial en estos menesteres (a lo que debemos añadir un notable esfuerzo de modernización de sus FFAA), contribuye a pensar que las tendencias al multipolarismo son persistentes de manera que con toda probabilidad van a confirmarse en los próximos lustros. Quizá incluso en el apartado militar, dada la lógica correlación que suele certificarse a medio y largo plazo entre el potencial económico de los Estados, sus responsabilidades en el ámbito de la seguridad y su gasto en defensa. De hecho, incluso se ha aludido a que, en términos más vinculados al papel de los actores transnacionales, será cada vez más complicado hablar de polos de poder[2] debido a que éste será mucho más difuso y disperso, además de ser menos reducible a lógicas puramente estatales.

De la lectura de algunos documentos oficiales de los EEUU se deduce que algo de ello ya ha sido aceptado desde Washington, aunque sea a regañadientes y con matices. Por ejemplo, la National Military Strategy del año 2011 indica que estamos ante “a changing distribution of power” que sería el preludio de una “evolution to a `multi-modal world´”. Todavía no se emplea el concepto multipolarismo, pero sí la tendencia hacia el mismo (Rielage, 2015: 7)[3]. Tanto es así que desde el mundo académico se viene intentando codificar esa transición entre el mundo unipolar del que se parte y el multipolar al cual se tiende, mediante conceptos intencionadamente híbridos como el uni-multipolarismo (Huntington, 1999)[4]. Sea como fuere, mientras durante casi medio siglo las relaciones internacionales estuvieron presididas por una gran claridad geopolítica, basada en la existencia de dos superpotencias y del consiguiente bipolarismo, las de nuestros días están presididas por una triple consideración, que presidirá este análisis, a saber:

  • por el momento son relaciones menos reducibles a esquemas tradicionales basados en la identificación de polos internamente homogéneos en cuanto a su potencial demográfico, económico, cultural y a sus capacidades militares;
  • lo anterior induce a pensar que se trata de relaciones especialmente dinámicas, que siguen estando en plena transición hacia un modelo más perfilado;
  • la tendencia dominante lo es hacia una lógica multipolar (probablemente asimétrica) en la que algunas potencias regionales (claramente China) se verán empujadas, por motivos estructurales vinculados a la seguridad energética, a competir por el poder con la primera potencia mundial del momento (EEUU). Potencia que, a su vez, difícilmente podrá sostener por sí sola el statu quo en los diversos frentes del tablero mundial, tanto por razones económicas y financieras internas como por el incremento gradual de las capacidades disuasorias ajenas. Esta tesis ha sido sostenida por intelectuales muy críticos con el poder estadounidense, para quienes hace tiempo que ha perdido su hegemonía (Wallerstein, 1984; Wallerstein, 2007)[5]. Pero lo significativo, es que otros autores nada sospechosos de hacer lecturas de la situación geopolítica sesgadas en contra de los intereses estadounidenses admiten que la mejor opción para Washington es la gestión de un escenario de poder evanescente, en el que Washington se tome muy en serio los indicios acerca de su debilidad, hasta el punto de que deberían primar tanto la paulatina delegación de las responsabilidades primarias de seguridad en actores regionales (Huntington, 1999: 49), como la búsqueda de partenariados capaces de tejer nuevas alianzas a escala planetaria a fin de huir de las relaciones de suma-cero (Brzezinski, 1998).

Ahora bien, para cerrar un diagnóstico más preciso acerca de las tendencias geopolíticas que con mayor probabilidad van a asentarse en los próximos años, conviene atender primero a la situación de los principales actores estatales en cuanto a sus necesidades, a sus aspiraciones, a las áreas prioritarias de irradiación de poder o al impacto que puedan tener esas variables en las demás grandes potencias.

1. Tendencias geopolíticas de los EEUU

Las trayectorias de las grandes potencias, como ocurre con otros seres vivos, presentan curvas que al comienzo son ascendentes, que luego parecen estabilizarse en algún punto de máxima pujanza y que finalmente entran en una fase evanescente. Los EEUU no constituyen una excepción. Los comienzos fueron titubeantes debido al escaso alcance de la doctrina Monroe (1823) pero sobre todo debido a la presencia de importantes dilemas y disfuncionalidades internas, relativas a una deficiente administración del Estado, así como a una excesiva descentralización política inicial que impidieron una consolidación de su inmenso potencial económico y militar hasta bien entrado el siglo XX (Zakaria, Rose, 1998).

Una vez superados esos problemas, la crisis de 1929 fue más bien una ventana de oportunidad, al estimular el liderazgo estatal y las inversiones públicas de corte keynesiano más allá de lo que había sido frecuente en una sociedad que ostentaba otro tipo de valores, de corte más individualistas. A la postre fue el partido demócrata el que lideró ese dilatado camino, ya sea bajo el liderazgo de Roosevelt, primero o el de Truman, más adelante (el mandato de este último se prolongó hasta 1953). En esa etapa se sentaron las bases de una superpotencia que fue capaz de balancear a la URSS cuando ésta gozaba de mayor empuje (coincidiendo con las fechas señaladas en estos primeros párrafos) para después, ya con otros liderazgos en ambos lados, ir decantando todas las balanzas posibles a favor del “bloque occidental” (económica, moral, política y militarmente) hasta abocar a la URSS a la renuncia a esa competición.

Ahora bien, existen señales que nos invitan a pensar que los EEUU ya han entrado en su fase de senectud como superpotencia. Tras unos no tan dorados años 90[6], en los que se hablaba recurrente de la existencia de un mundo unipolar dotado de un nuevo Leviatán -en su versión más amable- en el que los demás Estados podrían apresurarse a cobrar los “dividendos de la paz” en forma de reducción de los gastos en defensa, las cosas están cambiando. En parte, debido a la emergencia de otros actores de los que hemos hablado en los anteriores epígrafes de este análisis de tendencias. Pero, en parte también, debido a los problemas de los propios EEUU. Especialmente en su capacidad financiera, muy dependiente de terceros, bastante mermada tras los esfuerzos realizados para responder al 11-S y frecuentemente amenazada de suspensión de pagos[7]. Esta situación podría tener un impacto negativo en el despliegue de fuerzas, en las inversiones en defensa porque de hecho ya ha implicado algunos recortes en programas significativos. Las dificultades de Washington para imponer su agenda en Afganistán (2001-…) e Irak (2003-…) han sido mencionadas por doquier y no es el momento de hurgar en la herida, aunque sí lo sea de no olvidar en qué contexto estamos trabajando.

Por consiguiente, lo presumible es que la credibilidad de los EEUU a la hora de ejercer su capacidad disuasoria vaya mermando. Sin embargo, existen razones para pensar que esta fase evanescente será de lenta decantación. Históricamente hablando, eso ha sucedido en otros casos en los que estaba en juego el liderazgo mundial[8]. De modo que, presumiblemente, a 15 años vista los EEUU seguirán siendo uno de los actores más relevantes del mundo o quizá, todavía, el primus inter pares. Las razones que se pueden esgrimir para fundamentar esa doble reflexión (evanescencia, pero también resiliencia) son tratadas en los siguientes epígrafes.

2. Rentabilizando puntos fuertes: EEUU como el “rey de los mares”

Los EEUU han pasado de ser uno de los principales exportadores de crudo del mundo (hasta los años 50 del siglo XX) a ser uno de los primeros importadores (hasta fechas recientes). Con políticas como el fracking los EEUU han logrado reducir su propia dependencia en fuentes de energía, incrementando con ello su seguridad energética y reduciendo su vulnerabilidad (Waltz, 1979). Ello le permite reducir una de sus principales hipotecas para tener las manos (más) libres a la hora de afrontar otros retos.

Pero el interés de los EEUU sigue pasando por mantener abiertas las principales rutas comerciales (las principales son marítimas) que posibilitan tanto sus propias actividades comerciales como el mantenimiento del orden internacional vigente, así como el flujo de hidrocarburos desde su territorio a otros Estados o entre ellos. En buena medida es una responsabilidad “sistémica”, aceptada para garantizar que el modelo productivo vigente sigue adelante. Pero también se trata de aportar garantías a aliados fuertemente dependientes de la venta (Arabia) o de la compra (Japón) de hidrocarburos. La apuesta de Washington es lo suficientemente firme como para seguir asumiendo buena parte de los gastos en defensa necesarios para ello. Pero eso significa que las FFAA de los EEUU se verán obligadas a mantener su presencia en el Océano Índico, en Extremo Oriente y en la Península Arábiga. Los retornos esperados por Washington son directos e indirectos (desde la venta de armas a la garantía de esas exportaciones).

Este escenario, que sería muy del gusto de Mahan, ha provocado que la US Navy sea la marina de guerra más importante del mundo con mucha diferencia. Aunque su razón de ser cuando de proteger rutas comerciales se trata puede vislumbrarse como puramente defensiva, lo cierto es que su capacidad de despliegue por todos los rincones del orbe, unida a una potente red de bases navales -algunas de ellas con buques preposicionados, como Diego García- la convierte asimismo en una excelente arma ofensiva en caso de tener que ser empleada de ese modo (Mahan, 1897: 67)[9]. Dicho con otras palabras, durante los próximos lustros los EEUU seguirán gozando de una supremacía naval incuestionable en todos los mares excepto, quizá, en el mar de China[10]. Esto hace suponer que en Pekín tendrán la conciencia clara acerca de que la protección de sus (crecientes) intereses comerciales en las costas de África, América y Europa pasará durante algún tiempo más, simplemente, por no enfrentarse militarmente a los EEUU.

En síntesis, aunque ante el rearme naval chino en curso algunos autores han insinuado que en los próximos años podría plantearse una suerte de New Cold War at Sea (Redden & Saunders, 2015: 109) esta hipótesis todavía está lejos de poder cumplirse. La diferencia es demasiado grande. Lo cual no es óbice para afirmar, como ya se ha hecho, que China sí podría generar una guerra fría… en el mar de China.

2.2. Los riesgos asociados a no cumplir los compromisos actuales

Las redes de aliados que Washington ha ido tejiendo a lo largo de estos años se sostienen, entre otras cosas, por medio del compromiso de los EEUU con la defensa (o hasta con la supervivencia) de dichos socios. Esa circunstancia arrecia en la medida que varios de ellos se sienten amenazados por algunos de los Estados ya citados en otros apartados. China amenaza los intereses japoneses y surcoreanos mientras Rusia hace lo propio con los de los Estados bálticos y los europeos del Este, por no citar a los “casi” socios occidentales ucranianos y georgianos. Si los EEUU pretenden seguir liderando (una parte d)el mundo, es perentorio que hagan honor a dichos compromisos, de modo que lo más probable es que no ahorren esfuerzos en esa dirección, aunque este círculo vicioso contribuya a su (lento) desgaste.

Las razones que llevarán a los EEUU a actuar de ese modo no son éticas, ni mucho menos aleatorias, sino pragmáticas. En todos los casos citados, las dudas que puedan surgir o que se puedan trasladar desde el Pentágono podrían incentivar el realineamiento de algunos Estados (v. gr. que Filipinas juegue al bandwagoning y que acepte el liderazgo chino, sin descartar que sus bases militares también cambien de manos). A su vez, la constatación de ese hecho (o de la impunidad de este hecho) podría tener un efecto dominó, que convertiría la presencia de los EEUU en la zona en algo meramente periférico. En ese sentido, lo más probable es que Washington emplee también mecanismos de soft power a fin de complementar su estrategia de disuasión, así como de compensar la llamada china a generar órdenes alternativos de poder en el mundo, con pretensiones antiimperialistas.

A su vez, un eventual descenso de la presión ejercida por Washington en esos escenarios implicaría que algunos de sus socios más fieles (v. gr. Japón) tuvieran incentivos para emanciparse de su tutela, aún a costa de verse obligados a reforzar sus arsenales, eventualmente también nucleares. Todo lo cual redundaría en una pérdida de prestigio y en una reducción de la capacidad disuasoria de los EEUU. Por ese motivo, sus gobernantes tratarán de no rebajar el valor de esos activos. Ni siquiera es descartable que ocurra algo similar en Alemania -aunque ese escenario parezca algo más alejado, lógica y cronológicamente- De ese modo, es probable que la hipótesis de Mearsheimer, relativa a una definitiva retirada de Europa y una posible retirada de Asia, se desarrolle de modo tan gradual que ni siquiera se consume dentro del escenario que estamos analizando (hasta 2035-2040) aunque a largo plazo sea razonable (inevitable, de hecho).

En efecto, la complejidad de esa pinza estratégica formada por Estados con intereses tan diversos como China y Rusia, pero capaces de trabajar de consuno cuando de debilitar a los EEUU se trata, impedirá que se certifique en el período apuntado la pretendida retirada de sus tropas de suelo europeo, aunque lo más probable es que sí se confirme como tendencia que el grueso de las mismas se trasladen al Este de Suez, de modo que una fórmula de compromiso consistiría en que parte de las responsabilidades disuasorias necesarias en Europa sean encomendadas a la OTAN e incluso a la UE, entre otras cosas porque eso permite minimizar el impacto de algunos déficits que están teniendo una solución más bien discreta entre las potencias europeas (transporte estratégico). A su vez esta dinámica impedirá que los EEUU planteen seriamente la disolución de la OTAN o el decoupling con la PESD, pese a algunas veleidades recientes de algún residente de la Casa Blanca.

En definitiva, existen motivos sistémicos suficientes como para suponer que en los próximos lustros los EEUU mantendrán su determinación a la hora de sostener una política de alianzas que abarca los cinco continentes, con especial énfasis en Europa (gracias a la renovada presión rusa) y, sobre todo, Asia (gracias al auge chino). Siendo igualmente cierto que no parece que ni Rusia ni China estén en condiciones objetivas de afrontar un hipotético conflicto de alta intensidad contra Washington, ni que estén interesados en romper la baraja de tal modo que aboquen a los EEUU a esa tesitura. Aunque eso no es óbice para afirmar, tal y como se desarrolla con detalle en el documento de “zona gris”, que sí se atrevan a plantear órdagos de menor enjundia, ante los cuales sea poco previsible una intervención más contundente de las FFAA estadounidenses, pero que permitan que los dos gigantes asiáticos consoliden sus propias zonas de influencia contra la voluntad del gobierno norteamericano.

2.3. Incentivos internos para mantener el statu quo

Para comprender el papel actual o potencial de un Estado en el sistema político mundial es conveniente analizar qué elementos internos promueven un cambio o, por el contrario, lo constriñen, máxime si se trata de una gran potencia (Rose, 1998; Schweller, 2006). Así las cosas, a la hora de plantear tendencias hay que tener en cuenta el peso de variables conectadas con ese ámbito. En algunos casos, una vez rellenadas de contenido, serían presumiblemente desfavorables a esa tendencia. Pero en otras, en cambio, podrían jugar a favor de dicha tendencia.

Contraproducentes podrán ser los esfuerzos realizados en los últimos años en varios conflictos no plenamente resueltos. Aunque no hay que exagerar la nota (nada que ver con Vietnam) no es menos cierto que el desgaste sufrido en Afganistán e Irak podría pasar factura. También a nivel social. No en vano, mientras que en 2003 hasta un 70 % de la ciudadanía estadounidense apoyó la guerra contra el régimen de Saddam Husein, diez años después ese porcentaje había bajado a la mitad (Naranjo, 2015: 15). Algo similar, aunque menos pronunciado, ha sucedido con la de Afganistán (Gallup, 2014). En ese sentido, la duración de las campañas, la necesidad de ir enviando más y más tropas -aunque de forma discontinua-, la lejanía de la zona de conflicto y el constante goteo de bajas, pueden contribuir a que la “Doctrina de las 0 bajas” se asiente definitivamente en una sociedad muy involucrada con sus ejércitos[11]. Sabemos que esto opera a modo de hipoteca en muchos gobiernos occidentales, y todo parece indicar que, aún con matices con respecto a los Estados europeos menos proclives a las intervenciones militares en el extranjero, la situación en los EEUU será bastante similar.

En sentido favorable a mantener el esfuerzo requerido para ser la principal potencia mundial a lo largo de los próximos lustros debe señalarse el papel del complejo militar-industrial. En efecto, en los EEUU posee un gran prestigio y no pocos detractores, pero, sobre todo, posee una enorme funcionalidad. Porque lejos de ser un lastre para la buena marcha de su economía, constituye uno de sus principales motores, generando un enorme volumen de negocios que no sólo se hace palpable a través de los contratos con las FFAA de los EEUU, sino también mediante las exportaciones a terceros, muy interesantes para la balanza comercial del Estado[12]. Además, se calcula que el Pentágono da trabajo a unos dos millones de personas -de los cuales cerca de 800.000 son civiles y el resto militares- una vez descontado un millón de reservistas. A lo que habría que sumar el impulso dado en el campo del I+D+i, que finalmente beneficia también a otros sectores de la economía (o del saber) y que sigue manteniendo a los EEUU en una privilegiada posición a nivel mundial.

2.4. A modo de conclusión

Todo ello no es óbice para poder afirmar que en el contexto de esta gestión de la evanescencia los EEUU vayan a ir modificando su papel en el mundo. En consonancia con lo ya apuntado, aunque los compromisos adquiridos se mantengan, Washington será muy selectivo a la hora de intervenir en nuevos conflictos, máxime si ello implica la posibilidad de que sus tropas queden empantanadas durante lustros sin que eso se justifique a través de resultados ostensibles que la opinión pública norteamericana pueda asumir como beneficiosos. Es más probable que Washington vaya aceptando paulatinamente que su papel es menos el de sheriff y más el de off-shore balancer (Mearsheimer, 2001; Zhengyu, 2015: 17-18) siguiendo el ejemplo que antaño dibujó el Imperio británico y que le permitió seguir siendo influyente hasta fechas bastante recientes. Eso no obsta nada, evidentemente, a que algunas intervenciones puedan llegar a ser especialmente contundentes. De hecho, es probable que en algún momento los Estados Unidos sientan la necesidad de desarrollar alguna operación militar con el fin de mostrar que sus compromisos siguen siendo firmes y que su disuasión es tal cosa (no existe disuasión si no existe credibilidad).

Tendencias geopolíticas a escala global: el caso de China

Hace siglos, China se convirtió en una potencia económica y militar con una gran capacidad de proyección. En pleno siglo XV docenas de sus buques –enormes para la época- surcaban el Mar Rojo, la costa Este de África y alcanzaban el Cabo de Buena esperanza. Ese impulso todavía podía notarse en pleno siglo XVII (Rozario, 2005: 55 y Michel & Beuret, 2009: 74). Sin embargo, con el paso del tiempo, conflictos intestinos combinados con la llegada de potencias extranjeras, ansiosas por colonizar su costa, llevaron al “Imperio del Centro” a la irrelevancia estratégica, fatalmente confirmada con la invasión japonesa en los años treinta del siglo XX.

Esta breve introducción es útil para comprender que los indicios acerca de la progresiva expansión china son una sorpresa muy relativa. Probablemente la excepción hayan sido los 300 años de introspección por los que han pasado los chinos y muy especialmente los últimos 150 años de decadencia económica, política y militar. Por lo tanto, lo que actualmente notamos es lo natural en una sociedad que (casi) siempre ha hecho gala de una tremenda capacidad de emprendimiento económico, de potencial agrícola, de producción manufacturera, de innovación militar (conocido es el caso de la pólvora aplicada a la artillería) así como de tenacidad política.

El punto de inflexión se halla en la asunción del poder por parte de Deng Xiao Ping (1978). Desde entonces China se apresta a recuperar la centralidad perdida, con no pocos agravios dirigidos contra las potencias rivales en el interior de su mochila nacional y nacionalista (Brzezinski, 1998: 164) debido a que en Pekín suele atribuirse parte de la culpa del socavón chino a las potencias extranjeras. Pero lo valiente no quita lo cortés, de modo que China procede de un modo prudente, siguiendo las enseñanzas de Sun-Tzu, sin combatir (mientras sea posible), elaborando un discurso benévolo e incluso retóricamente anti-imperialista que es capaz de atraer a Estados en vías de desarrollo de todo el mundo. Lo que lógicamente significa que es capaz de provocar que algunos de esos Estados abandonen el patrocinio occidental que había sido la norma en las últimas décadas.

En los próximos años China va a perseverar en esta dirección, pensando cada vez más a escala planetaria. Y lo podrá conseguir en la medida en que la capacidad de seducción de ese discurso “sur-sur”, supuestamente basado en la no injerencia en los asuntos internos de cada Estado (Gaspar, 2005: 61-63) sea más fuerte que la evidencia que esconde tras de sí o bien en la medida en que los intereses de los cortejados converjan con los chinos hasta el punto de convertir ese discurso benévolo en mera orfebrería.

Lo cierto es que el comportamiento chino se asemejará cada vez más al que nos tienen acostumbradas las potencias occidentales. Un buen anticipo lo tenemos en el cambio de discurso de los jerarcas: en la cumbre del Partido Comunista de 2002, Jiang Zemin aceptó trabajar en pos de una nueva realidad que, no pudiendo llamarla “clase media” (por sonar demasiado burgués) fue definida como “nuevo estrato de ingresos medios” (sic)[13]. En general, la añeja retórica revolucionaria ha dado pie a una política basada en el xiaokang (moderación), que algunos atribuyen a la progresiva sustitución de las pulsiones maoístas por el discurso confuciano (Kissinger, 2012: 490-491)[14]. Lo relevante es que detrás de ese cambio de lenguaje existe un cambio de tendencia social: los jóvenes chinos serían, detrás de los estadounidenses, los más fervorosos defensores del libre mercado en el mundo (Osnos, 2014: 311). La respuesta a estas tendencias la podemos encontrar en la teoría neo-institucionalista de Acemoglu y Robinson, para quienes las economías extractivas acaban hundiéndose, arrastrando con ellas al régimen llamado a protegerlas (Acemoglu & Robinson, 2012). De modo que la única solución para China es que su elite lidere las reformas necesarias para convertir al Estado en un verdadero Estado de Derecho, limitando la corrupción, garantizando la seguridad jurídica así como el derecho de propiedad y transformando la economía en una auténtica economía de mercado.

China está en ese camino, aunque de modo gradual, de manera que los cambios semánticos aludidos dan cobertura ideológica y mediática al establishment así como a las viejas generaciones de chinos, generando una sensación de continuidad –más psicológica que real- mientras se pretende abanderar alguna nueva versión de la tan manida tercera vía que algunos expertos se preguntan si podría ser una versión del no menos manido “capitalismo de Estado”[15] (Shi & Ganne, 2009: 262). Al margen de las palabras empleadas para camuflar o edulcorar realidades, la tendencia más verosímil en los próximos 15 años será la de consolidar esa dinámica, que es fácilmente trasladable al escenario global, al menos en lo económico[16]. No en vano, China se está convirtiendo en uno de los principales defensores del libre comercio en el mundo, a través de un modelo discreto pero imparable, alejado de las grandes multinacionales occidentales (Choplin & Pliez, 2015)[17]. Aunque el camino para culminar esa suma (o esa intersección) de políticas será largo y será lento, sin que sea descartable que surjan disensiones internas, ora sea entre nostálgicos de la revolución que recelan del proyecto; otrora entre quienes desean acelerarlo en clave democrática.  

Para afrontar el análisis de las tendencias geopolíticas chinas, se tomarán en consideración los factores estructurales que vuelven a impulsar a Pekín hacia la satisfacción de su particular versión del “destino manifiesto”. Pero se planteará en dos apartados distintos, en función de un criterio geográfico (geopolítico, de hecho) que permita trabajar la incidencia de sus políticas en su entorno regional (en el Mar de China y en Asia Central) por una parte y en el resto del mundo (América Latina y África) por otra parte.

3.1. Asia para los asiáticos (chinos): la versión china de la Doctrina Monroe.

Tras décadas de conflictos, desgobierno y hasta hambrunas, el primer objetivo de China es la consolidación de su proyecto nacional. Proyecto que, en buena medida, aún está forjándose. La legitimidad de las dictaduras, a falta de otros argumentos, depende de su eficacia. Eficacia económica pero también política, esta vez medida en clave nacionalista (una vez confirmada la sustitución de lo que pudiera quedar del comunismo como cemento social). Así que la primera obsesión china es la integridad territorial y la soberanía. Podría aducirse que se trata de un lugar común, pero las vicisitudes en relación con territorios como Tíbet y Sinkiang, sumadas al siempre delicado caso de Taiwán, confirman que la sensibilidad china al respecto es especialmente elevada. A eso hay que añadir el temor chino a una excesiva contaminación cultural e ideológica procedente de Occidente (Kelly, 2006: 86; Newmyer, 2012: 153). O, lo que sería el peor de los escenarios, a una mixtura entre los efectos de esa contaminación, con su discurso pro-derechos humanos a la cabeza, y las reivindicaciones territoriales de las provincias díscolas.  

 En ese sentido, China recela del posicionamiento de terceros en el conflicto latente de Taiwán mientras que su reacción podría ser furibunda en el caso de notar injerencias externas en cualquier enclave continental administrado desde Pekín. Dicho lo cual, su empeño es vertebrar el conjunto de su territorio en dirección este-oeste (e incluso sureste-noroeste) mediante la construcción de las infraestructuras necesarias (ferrocarril, carreteras asfaltadas, fábricas, escuelas, oleoductos y gasoductos, etc). Se trata de un proyecto ambicioso, que lleva años gestándose, que suele ser conocido como “Plan Oeste” o “Plan de Desarrollo del Oeste” (Correa & González, 2005: 127) y que en los próximos lustros podrá ser exprimido a todos los niveles, tras conectar las prósperas ciudades de la costa con las zonas desérticas –pero abundantes en recursos- del interior del país.

En todo caso, la política exterior china está fuertemente condicionada por su realidad económica. Sus 1.400 millones de habitantes necesitan más energía, materias primas y alimentos de los que China es capaz de producir por sí misma. Desde principios del siglo XX a la actualidad, China ha visto como su consumo de metales pasaba del 10% al 25% mundial, siendo el mayor consumidor de aluminio, cobre, plomo, hierro, níquel, zinc y estaño (Gómez de Ágreda, 2010: 851). Además, pese a que China es uno de los principales productores de hidrocarburos del mundo, desde hace más de 25 años tiene que importar petróleo y gas para su propio consumo (Sirvent, 2016: 73). Teniendo en cuenta que amplias capas de su población están abrazando el estatus de clase media y teniendo en cuenta que en China se está llevando a cabo la transición energética para sustituir al carbón, lo que el futuro previsible va a deparar es un fuerte incremento de la demanda de crudo. Cualquier corte de suministros sería fatal para su economía, pero sería aún peor para la estabilidad de su sistema autoritario.

La inmensa mayoría de las importaciones chinas de crudo pasan por el estrecho de Malaca. Se calcula que son scerca del 80% del total que llega a China (Qiyu, 2015: 25) ya que provienen de Arabia Saudí, Angola, Irán y Sudán, por este orden[18]. El problema de Pekín es que los EEUU han priorizado su presencia en Asia y eso ha conllevado la renovación de su presencia en Okinawa o el refuerzo de la que tenían en Filipinas (no sólo en Subic Bay, sino también en Palawan). Lo cual, unido a las fuerzas desplegadas en la base naval de Singapur, dota a Washington de una gran capacidad de presión sobre las políticas chinas, hasta el punto de poderse hablar de un “bloqueo aeronaval en potencia” (Guangqiang & Youzhi, 2005: 233-234). Ni que decir tiene que los chinos han tomado buena nota de ello, asumiendo que los EEUU están llevando a cabo un asedio estratégico contra sus intereses.

El gobierno de Pekín ha tomado cartas en el asunto mediante una suma de medidas que prometen convertir el Mar de China en uno de los puntos más calientes de la geopolítica mundial en los próximos lustros. Por un lado, ha desarrollado capacidades A2/AD (Anti-Access/Area Denial)[19] específicamente pensadas para mantener a los grupos de combate de la US Navy alejados de sus costas (Baqués, 2014: 86-87). Por otro lado, ha diseñado y ha comenzado a construir una marina de guerra oceánica, que no hace ascos a la capacidad de proyección de fuerzas más allá de las aguas costeras, al menos hasta los confines de la primera cadena de islas[20]. Recientemente, China ha abandonado su doctrina Near Cost Capabilities a favor de una doctrina Near Seas Active-Defense Capabilities (Nan Li, 2011: 122-123) sin que ese refuerzo exponencial de su poder naval haga suponer que se vayan a detener ahí (Baqués, 2013)[21].

Paralelamente, China está tejiendo su propia red de bases navales y puertos logísticos conocida como “Collar de perlas”, que se extiende desde Camboya hasta Sudán, pasando por Birmania, Bangladesh, Sri Lanka, Pakistán y, quizá, Yemen del Sur[22]. Más aún, en los casos en los que existen islas o archipiélagos en disputa, se observa una tendencia creciente de China a reclamarlos e incluso a ocuparlos, con la mirada puesta en fortificarlas y/o en construir en ellas aeródromos y otras instalaciones militares. No parece que el hecho de que algunos de esos enclaves estén administrados por aliados de los EEUU o integradas en su ZEE, haya sido o vaya a ser un obstáculo para el gobierno de Pekín.

La suma de estas circunstancias admite dos lecturas, una más crédula y otra más incisiva. La primera es que China desea implicarse más en la protección de las rutas de acceso de los preciados petroleros y gaseros que le traen el indispensable oro negro, pero motu propio, sin tener que depender de terceros, lo cual podría ser entendido incluso como una estrategia cooperativa con los principales Estados occidentales[23]. Lo que parece evidente es que actualmente a China le interesa más garantizar la seguridad marítima que generar o participar en conflictos que la entorpezcan (Dutton, 2009: 15). La segunda[24], que China se prepara para estar en condiciones de disuadir a la US Navy -al menos a medio plazo- del empleo de la fuerza en el Mar homónimo. Sea cual sea la explicación elegida, el hecho objetivo del incremento sustancial del poder naval chino en la zona, unido a la evidencia de que en caso de conflicto contaría con todas las facilidades logísticas que le conferiría el hecho de combatir en casa y de contar con una tupida red de apoyos en las costas de varios vecinos, convierte en plausible la posibilidad de que cualquier acción ofensiva llevada a cabo por la US Navy en ese teatro sea respondida con la fuerza por el gobierno de Pekín.

Mientras China se prepara para afirmar su poder de modos más contundentes, cuida las relaciones con aquellos Estados vecinos que aún no han mostrado su complicidad dando facilidades para la consolidación del “Collar de perlas”. Lo hace fomentando sus inversiones (que en muchas ocasiones integran capital privado) de un modo cauto pero muy eficaz. Se trata, como casi todo lo que sucede en el gigante asiático, de una política orquestada pensando en el largo plazo. Años ha, Huntington ya constataba que los chinos controlaban el 35% de las ventas en Filipinas; que poseían el 70% del capital privado invertido en Indonesia; que 9 de los 10 mayores grupos empresariales existentes en Tailandia estaban controlados por los chinos, suponiendo un 50% del PIB de dicho Estado (Huntington, 1997: 202) mientras que en fechas más recientes otros autores indican que el 60% de las empresas extranjeras existentes en Pakistán también son chinas (Martins, 2005: 271). Esta tendencia irá a más en los próximos años, favoreciendo una ampliación de su red de alianzas, en detrimento de los intereses geoestratégicos de los EEUU.

Por lo tanto, todo parece indicar que en los próximos lustros asistiremos no sólo al refuerzo de las capacidades aeronavales chinas sino también a un más que probable cambio de doctrina de gran envergadura, que consiste en que un Estado integrado en el Rimland[25] trate de transformarse en una auténtica potencia marítima. Algo que ha sucedido pocas veces en la historia y que siempre ha tenido efectos desestabilizadores (Zhengyu, 2015: 13)[26]. Sea como fuere, en China están dispuestos a demostrar que la presencia estadounidense en la región está de más (Ríos, 2005: 167), mientras que a través de la continua presión sobre los aliados que todavía conserva Washington en la zona buscan aprovechar cualquier debilidad de los EEUU para erosionar la confianza entre la primera potencia mundial y esos aliados (Redden & Saunders, 2015: 109) sobre todo en lo que se refiere a Japón y a Filipinas (Green, 2013). Aunque algunos analistas ya han identificado que China puede acabar consiguiendo lo que nadie había logrado en estos últimos años: que Japón también despierte de su letargo para convertirse en una gran potencia militar (Newshaw, 2017). Algo que, por otro lado, hace años dejó apuntado uno de los maestros de la geopolítica (Mearsheimer, 2001).

3. 2. La teoría de los vasos comunicantes entra en escena: conflictos en Asia Central

En Pekín son conscientes de las dificultades que podría conllevar un conflicto abierto en el Mar de China para los flujos de suministros de hidrocarburos, así como para el de exportaciones de productos manufacturados en los buques portacontenedores que mayoritariamente siguen la misma ruta -por el estrecho de Malaca- aunque en sentido inverso. De manera que están abriendo una ruta continental complementaria. Antes comentábamos que el primer proyecto chino es vertebrar su propio Estado (y su propio mercado interior) de Este a Oeste. Pues bien, este esfuerzo no se detiene en Sinkiang, sino que ya se está prolongando hacia el interior de Kazajstán. Mientras que su objetivo último, bajo el rótulo de la Nueva Ruta de la Seda, consiste en llegar al mediterráneo, a través de Asia Menor. En realidad, Kazajstán opera como el principal nudo de comunicaciones entre China y el resto del mundo, facilitando que los remolques, vagones y contenedores transportados por la red de carreteras y de ferrocarriles chinos sean reembarcados en “puertos secos” kazajos hasta sus nuevos destinos, ubicados a miles de kilómetros de distancia.

El transporte de mercancías chinas por tierra incluye varias líneas férreas que la conectan con Europa central y occidental, caso de la Chongqing-Duisburg, la Chengdu-Lodz, la Suzhou-Varsovia, la Zengzhou-Hamburg, la Yiwu-Madrid o la Wuhan-Lyon. Todas ellas fueron abiertas a partir del año 2011. Se trata de una alternativa (conocida como “ruta sur”) al tren transiberiano que parte de Vladivostok (“ruta norte”) ofreciendo un considerable ahorro de kilometraje en el recorrido hacia Europa, de modo que todas esas rutas ya discurren, o lo harán en los próximos años, por suelo kazajo (sin necesidad de desviarse, por lo tanto, hacia esa ciudad costera rusa, aunque por el momento deben pasar por la Rusia blanca (normalmente, por Moscú) antes de llegar a sus destinos. En el futuro, esta ruta va a desviarse hacia el Caspio, a través de Turkmenistán, para culminar en el eje Azerbayán-Georgia-Turquía[27], de modo que ya no se deberá pasar por suelo ruso.

Claro que Kazajstán no sólo es útil para China como base logística avanzada. China ha puesto sus ojos en ésa y otras repúblicas ex soviéticas de Asia Central porque ahí se encuentren algunas de las mayores reservas de petróleo, gas natural, uranio y minerales raros del mundo, fundamentalmente extraídos de la cuenca del Caspio. La intención de Pekín no es forzar las cosas desde un punto de vista militar, por supuesto, sino llegar a acuerdos económicos que garanticen que la energía requerida pueda llegar directamente a suelo chino, esto es, sin necesidad de que ni siquiera cruce por territorio ruso.

Como botón de muestra, la construcción de un oleoducto que conecta directamente Kazajstán con China, tras unos 2.200 kilómetros de recorrido. La lectura de las razones chinas para desarrollar este faraónico proyecto está clara porque esta opción no era la más barata (Correa & González, 2005: 128). Quizá se trate de una decisión sensata, vista la situación del mar de China, pero no es políticamente neutra, ya que en este caso el recelo se traslada a una Rusia que ya contaba con suministrar ese crudo a través del oleoducto transiberiano, con terminal en Vladivostok, que incorpora un ramal con llegada a la localidad china de Daqing. En realidad, las inversiones chinas en Kazajstán se han multiplicado a partir del año 2011, incluyendo el equivalente a billones de dólares para la construcción de plantas hidroeléctricas, de trenes de alta velocidad que atravesarán el país de norte a sur, de instalaciones petroquímicas, de minas de uranio y, de paso, de un complejo universitario sino-kazajo (Koch, 2013: 115).

Las dudas rusas en relación con el auténtico rol de China y la exacta medida de sus aspiraciones no se detienen ahí. Las relaciones entre China y Rusia también están enrarecidas por la cuestión siberiana que, con toda probabilidad, generará más controversias en los próximos años. Siberia es una inmensa región, rica en recursos[28], pero su talón de Aquiles es que está muy poco poblada. Además, en los últimos tiempos muchos jóvenes rusos se han trasladado al Oeste de los Urales para ganarse mejor la vida, de manera que las necesidades de mano de obra barata no cualificada vienen siendo cubiertas por trabajadores chinos que cruzan la frontera porque, siendo modestos, los salarios siberianos superan los niveles de vida de las regiones pobres del norte de China. La tendencia no hará más que incrementarse, debido a que una población de origen ruso envejecida no podrá competir demográficamente con los vástagos de los jóvenes trabajadores chinos que, dada su particular situación, de paso podrán librarse de las trabas administrativas fomentadoras del control de la natalidad propias del gobierno de Pekín.

Esta ecuación es diabólica para Moscú, que no atina a frenar la brecha demográfica creada ni la tendencia a que crezca, a pesar de no dar facilidades para regularizar la situación de esos emigrantes, probablemente porque a las abundantes mafias locales ya les va bien la situación creada (Weitz, 2008: 9). La preocupación rusa llega al extremo que se teme una anexión de facto a China de porciones sustanciales del territorio siberiano (Weitz, 2008: 5). Sea como fuere, al avance chino hacia el Este y hacia el Norte parece imparable. En ambos casos se emplean métodos pacíficos, aunque en el caso de Siberia podría llegar a crearse una zona gris.

Muchos años después de que Mackinder escribiera sus textos más emblemáticos, la historia parece devolverlos al primer plano de la actualidad. Eurasia vuelve a la palestra, con Siberia y algunos de los territorios que cuando el británico escribía estaban integrados en la Rusia zarista en una posición estratégica (Mackinder, 1904: 311-313)[29]. El riesgo estriba en que las relaciones entre dos colosos como China y Rusia se deterioren de modo irreversible. De darse el caso, se replantearían también las relaciones con los EEUU, en la medida en que sería verosímil pensar en un realineamiento de Washington y Moscú para frenar el ímpetu chino. Ahora bien, la previsión de este escenario puede contribuir a que China mantenga el perfil bajo de su expansión, a fin de no generar excesivas suspicacias. No, al menos, hasta que en Pekín estén más preparados en el plano militar (Penghong, 2015: 68). Estas dinámicas, por lo demás, están detrás de la relativa parálisis de la Organización para la Cooperación de Shangai (OCS) que, tras años de existencia, no despliega todo su potencial. Situación que explica bien la teoría de las ganancias relativas (Grieco, 1988). Las ambiciones chinas son directamente proporcionales a las suspicacias rusas, mientras que las repúblicas musulmanas de Asia Central que también son miembros de dicha organización se dejan cortejar, para de ese modo no depender exclusivamente de ninguno de los dos colosos. Pero la situación en la región es cualquier cosa menos estable.

China más allá de Eurasia: la búsqueda de nuevos mercados en otros continentes

El mercado chino tiene dimensiones globales. La necesidad de obtener recursos energéticos y materias primas así como la de vender sus manufacturas han derivado en una tendencia expansiva que no conoce fronteras. La marina mercante china ya es la tercera del mundo en tonelaje (GRT). Se calcula que un solo buque portacontenedores chino posee una capacidad de carga equivalente a todo el comercio anual entre el Báltico y Escandinavia de hace unos pocos siglos (Rielage, 2015: 8). Ocho de los diez puertos más importantes del mundo están en la costa China (Sirvent, 2016: 70-71). Además, la tendencia dominante es que China alquile y mejore en su propio beneficio algunas de las más importantes infraestructuras portuarias del resto del mundo, como ya ha ocurrido con uno de los muelles principales de El Pireo y como está ocurriendo en Cherchel. Varios millones de ciudadanos chinos se han trasladado al extranjero por motivos laborales, ya sea por su cuenta, ya sea como ingenieros, capataces u operarios de alguna de las inversiones monitorizadas por su Estado[30]

Como consecuencia de esta expansión, Pekín ya es uno de los principales socios comerciales de los Estados africanos. Sus inversiones en África pasaron de 490 millones de dólares en 2003 a 9.33 Billones en 2009 (Yung, 2015: 48). Su penetración en el mercado latinoamericano también ha sido espectacular. Y en todos esos lugares la tendencia es claramente creciente. No hay marcha atrás. Afortunadamente para la geopolítica mundial, no estamos hablando de los escenarios más “calientes”. No, al menos, en lo que se refiere a posibles enfrentamientos entre las grandes potencias. Pero se trata de elementos que contribuyen a la comprensión de que China ya juega la partida en el tablero global, no sólo en el regional. Brzezinski, en 1997, preveía que China haría los deberes, consolidándose primero como una potencia regional, para pasar a postularse como potencia global hacia el año 2020… y no andaba equivocado. La consideración que habría que añadir es que es la misma hoja de ruta que han seguido los grandes Imperios y que, como los grandes Imperios de antaño, el nuevo Imperio chino hará del éxito en la explotación de los recursos mundiales la clave de su prosperidad interna e incluso de la supervivencia de su proyecto político.

En África China está muy bien posicionada. Conocido es el celo puesto en controlar las zonas de las que extrae petróleo, como Sudán. Pero el volumen de las inversiones ha justificado la creación de un Foro de Cooperación China-África (FOCAC) de mayor alcance, cuya primera conferencia de ministros se llevó a cabo en 2006, con la asistencia de 48 Estados. La política china incluye ayuda al desarrollo, subvenciones, becas para estudiantes locales, construcción de instalaciones deportivas y de escuelas, etc. Pero el principal gancho chino en África es la construcción de infraestructuras, especialmente vías férreas, carreteras asfaltadas y obras hidráulicas (sobre todo presas) debido a la crónica carencia de las mismas en dicho continente (Cardenal & Araujo, 2011: 18-19).

Ni qué decir tiene que estamos ante tentáculos de una política exterior bien orquestada. La inyección de dinero para la gestión de la crisis de Darfur o para paliar el desastre causado en Somalia por el maremoto del año 2000 están relacionadas con la existencia de reservas, respectivamente, de petróleo y de uranio (Martins, 2005: 262). Aunque lo más característico de la implantación china es lo que se conoce como Modelo Angola, cuyo principal rasgo es la aceptación del pago en especie por parte de los Estados de la región cuando les toca devolver lo prestado por los chinos (normalmente en forma de hidrocarburos, que constituyen la garantía de esos créditos). Esto resulta especialmente interesante para Estados en vías de desarrollo con poca capacidad de pago, hasta el punto de que pueden preferirlo a las líneas de crédito del FMI/BM.

Más allá de lo económico, la penetración china en África no está exenta de impactos geopolíticos de mayor envergadura, como el que se está consumando en Djibouti, un pequeño Estado de influencia francesa estratégicamente situado, que alberga una base naval china con capacidad para reabastecer de víveres y combustible a los buques de guerra que están operando en el Índico y el golfo de Adén[31]. La tónica dominante en los próximos años será que China intente ganar terreno en Estados que se habían acercado a las potencias occidentales. Mientras que la tendencia más palpable en los últimos tiempos es la exitosa tentativa China de asentarse en el norte de África, en la que ocupa un lugar destacado la adaptación del puerto de Cherchel como uno de los principales nudos comerciales del mediterráneo. Pero no pasa desapercibido que la modernización de las FFAA argelinas se está llevando a cabo en parte mediante la compra de material chino de última generación[32]. Lo que parece indicar que en los próximos años las dos rutas de ida y vuelta de importaciones y exportaciones chinas (la Nueva Ruta de la Seda y la ruta marítima del estrecho de Malaca) confluirán en el eje El Pireo-Cherchel.

En cuanto a América Latina, al análisis no es muy distinto. Aunque quizá sea más matizado, ya que las distancias y la peor calidad del crudo amazónico confieren un papel algo distinto a esos Estados. Desde luego, el americano es un mercado capaz de adquirir manufacturas chinas a gran escala. China coloca ahí, sobre todo textil (incluyendo calzado), electrodomésticos y maquinaria semi-pesada, provocando en algunos casos el hundimiento de la industria local del sector, cosa que ya ha sucedido en México y Venezuela (Cornejo, 2005: 227 y 242). Pero, ante todo, Latinoamérica tiene asignada la misión de suministrar a China materias primas y forrajes. Son emblemáticos el caso de la soja (todos los Estados de MERCOSUR); lana (Uruguay); mineral de hierro (Brasil y Perú); cobre (Chile); harina de pescado (Perú) y maíz (México).

Igual que en África, China ha logrado su aceptación en foros locales de cooperación política y económica, como la OEA (observador permanente), el Banco Interamericano de Desarrollo (observador) y el Banco de Desarrollo del Caribe (miembro). Además, forma parte de los mecanismos de diálogo de MERCOSUR, CARICOM y Pacto Andino. Con todo, la relación bilateral más estrecha la mantiene con Brasil que, además de ser el representante latinoamericano de los BRICS, mantiene un programa conjunto de satélites con China, comparte la explotación de yacimientos petrolíferos marítimos  (Petrobras junto con SINOPEC) así como la extracción de uranio y el desarrollo del programa nuclear carioca para uso civil.  Esta influencia se refuerza con las ventas de armamento a diversos Estados sudamericanos, con especial énfasis en los del ALBA[33]. Se da la circunstancia de que hasta 2005 este mercado no había recibido ningún producto chino (Nixon, 2016), mientras que en los últimos dos lustros se ha podido comprobar de abundante material militar, en muchos casos sustituyendo a Rusia como proveedor[34].

Conclusiones para China

La reclamación china para ser tratada de igual a igual por los EEUU ya no es el reclamo de un Estado vulnerable, sino que crecientemente está avalada por la realidad, a tenor de sus capacidades económicas y financieras (Kissinger, 2012: 493).

La política oficial del “ascenso pacífico” constituye una ventana de oportunidad que podría ser aprovechada para que las relaciones con los EEUU no sean las propias de un juego de suma-cero, aunque tampoco es previsible que sean las propias de una asociación (parternship). En la práctica, podría llegarse a una especie de “co-evolución” en la que cada uno de los actores respete al otro y que incluso contenga algunos mecanismos de cooperación -contra el terrorismo y/o para defender las principales rutas comerciales- (Kissinger, 2012: 525-526).

Los cisnes negros acechan dentro de la propia China, como lo demuestran algunas obras que pueden ser consideradas como semi-oficiales y que ya emplean un lenguaje más duro, sin tapujos, reclamando para China algo más que una mera equiparación con los Estados Unidos. En el procedimiento a seguir, esos autores requieren un golpe de timón en el mundo y en lo que respecta a los fines se reclama la posición de primus inter pares mundial para China, limitando de hecho las aspiraciones de los EEUU –pero también de Rusia o India- en Asia (eso con seguridad) y, probablemente, más allá (Kissinger, 2012: 504-507 y fuentes directas).

Pero un exceso de celo por parte de China podría provocar un realineamiento de las demás grandes potencias mundiales contra los intereses demasiado explícitos o demasiado vehementes de Pekín. Escenario ya previsto por Mahan, por ejemplo.

Tendencias geopolíticas en Europa: Rusia

Rusia se halla en la tesitura de recuperar parte del brío perdido con la disolución de la URSS. Su rol es el propio de una potencia regional con aspiraciones a hegemonizar un espacio que desde Moscú es definido como “extranjero próximo” (Near Abroad) en Europa Oriental y el Cáucaso. No estamos, por lo tanto, ante una potencia con intereses auténticamente globales o no, al menos, con capacidad para proyectarse militarmente a grandes distancias de su propio territorio. De hecho, Rusia no se comporta como una potencia revisionista a escala global, conformándose en buena medida con el statu quo vigente, mientras que a nivel europeo no sólo es revisionista (Krastev, Leonard y Wilson, 2009: 19) sino que, en la práctica, sus recientes intervenciones han generado la peor situación de inestabilidad conocida en las últimas décadas (Fox & Rossow, 2016: 3; Herbst, 2016: 189; Johnson, 2017: 15). Lo relevante, a nuestros efectos, es que esa política más agresiva también se extiende (potencialmente hablando) más allá de los Urales, mirando hacia Asia Central, en competencia con China. La razón de ello estriba en que, además de Ucrania, Bielorrusia y los Balcanes, las líneas rojas trazadas por Moscú incluyen varias de las repúblicas ex soviéticas de la región y muy especialmente Kazajstán (Krastev, Leonard y Wilson, 2009: 20).

Asimismo, dentro de la misma lógica de recuperar parte del terreno perdido a partir de 1991, Rusia se muestra proactiva en su interés por combatir el radicalismo islámico allende sus fronteras, así como en asegurarse salidas al mediterráneo, no sólo a través del Mar Negro, sino incluso a través de Siria. En este análisis se expondrán monográficamente las principales tendencias en los escenarios europeo y asiático, añadiendo un apunte final acerca de las posibles derivadas más allá de ambas regiones.

El escenario europeo

El final de la Guerra Fría generó en Europa central y oriental lo que algunos analistas han definido como un “agujero negro” (Brzezinski, 1998: 95). Partiendo de esa base, la política exterior rusa es una de las más claras: frenar la expansión occidental hacia el Este, iniciada tras el fin del mundo bipolar. Expansión que está siendo vehiculizada a través de la OTAN y de la UE, siendo coherente con los deseos últimos de los EEUU. No podemos dejar de recordar que fue en el contexto de la cumbre de la OTAN de Bucarest (2008) en la cual se debatía el ingreso de Georgia y Ucrania, que se constata un cambio de tono en la política exterior rusa, que ha pasado a ser mucho más agresiva en relación con los Estados de la OTAN y sus acólitos (Trenin, 2009: 142-143). Esa parece ser la tendencia que seguirá en los próximos años, vista la experiencia del conflicto de Ucrania. Llegado el caso, como corolario de esta política, Moscú también aspira a recuperar hasta donde pueda la influencia rusa en el Báltico, en el Cáucaso, en el Mar Negro y en Europa Central. Esta estrategia es presentada como esencialmente defensiva por varios motivos. A saber:

Por un lado, debido a que la vara de medir las respectivas áreas de influencia se retrotrae a los momentos álgidos del avance zarista (normalmente) o de la extinta URSS (como mínimo). Lo cual significa que, idealmente, las expectativas rusas pueden llegan hasta el Vístula (Karber, 2015: 44). Eso les permite plantear el dilema no como su propia “expansión” sino más bien como mera “recuperación” de su influjo sobre esos territorios, frente a un avance occidental sin precedentes.

Por otro lado, porque la historia demuestra que el corredor geográfico de la Europa Central, con abundantes llanuras que constituyen una suerte de autopista natural y con unos pocos ríos vadeables como único obstáculo remarcable, ha sido aprovechado por las potencias occidentales para alcanzar el corazón mismo de Rusia (la Francia napoleónica a principios del siglo XIX o la Alemania de Hitler a mediados del XX) cosa que nunca ha sucedido en sentido opuesto (a no ser como reacción defensiva ante la agresión previa, como en la toma de Berlín, en 1945). La sensación que hoy en día es dominante en Moscú es, precisamente, que a través de medios más sutiles que los empleados antaño, las principales potencias de Europa occidental estarían cumpliendo ese viejo programa que les lleva a extender sus vanguardias (casi) hasta Moscú. Dicho con otras palabras, el control más o menos explícito de Ucrania, Georgia, Moldavia o los Estados Bálticos es visto como un cinturón de seguridad cuyo sentido último sería proteger los centros de poder rusos.

En todo caso, este proyecto ruso se alimenta de un discurso más elaborado que enfatiza la existencia de un ”mundo ruso” (Russiky Mir) forjado por lazos históricos, étnicos y hasta religiosos, enfatizando el papel de Rusia como capital de un modo de ser eslavo[35] e incluso, en ocasiones, el papel de la lengua rusa como fuente de cohesión. Sus características frente a las sociedades occidentales serían su menor individualismo, su apego a los valores tradicionales, así como su resistencia a la secularización (Herbst, 2016: 199). Como puede observarse, estamos ante una versión sui generis de la civilización ortodoxa postulada hace años por Huntington (Huntington, 1997)[36]. Es importante retenerlo a efectos de este análisis porque en los próximos lustros Rusia va a arreciar en la defensa de esta imagen del mundo, tanto como discurso de consumo interno como a modo de fuente de legitimidad internacional, con los consiguientes efectos desestabilizadores en Europa.

Este programa político fue asumido por Putin desde sus primeros días al frente del gobierno: la reconstrucción de la esfera de poder rusa ha sido siempre su principal motivación (Johnson, 2017: 9). Los factores objetivos, como el establecimiento de líneas rojas o amortiguadores (buffer) contra la presión occidental se mezclan con consideraciones subjetivas, fácilmente compartibles por muchos ciudadanos rusos (Fox & Rossow, 2016: 1) como el sentimiento de humillación acumulado con la caída de la URSS, con su desmembración y con el rol claramente subsidiario de intereses ajenos jugado a lo largo de la última década del siglo XX e incluso en los primeros años del siglo XXI en conflictos como el de la extinta Yugoslavia (incluyendo el caso de Kosovo).

En realidad, como ya he insinuado antes, este anillo exterior que los rusos suelen identificar como “extranjero próximo” prácticamente rodea al país. Es decir, involucra también a Estados como Moldavia y a los caucásicos (Armenia incluida, aunque Georgia esté a la cabeza de las preocupaciones rusas). Como quiera que esté en juego la salida al mar del petróleo del Caspio, todo parece indicar que Rusia seguirá presionando a Georgia y siendo un actor relevante en el conflicto de Nagorno-Karabaj, en competencia con los intereses turcos y azeríes.

El dilema de Asia Central

El otro gran reto de la política exterior rusa en los próximos años se dilucidará en Asia Central. Lo que está en juego es la explotación de enormes reservas de hidrocarburos, así como el control de los gasoductos y oleoductos que permiten comercializarlo, en principio hacia Europa (pero también hacia China). Aunque también es una región importante por sus reservas de minerales raros, incluyendo uranio (Gulnur, 2008: 94). El Estado clave en cuanto a producción es, con diferencia, Kazajstán que, además, es el 9º del mundo en cuanto a extensión y está considerado un buen lugar para invertir[37]. Aunque otros Estados con notables aunque inferiores recursos, caso de Turkmenistán, son especialmente relevantes en el mapa de la distribución mundial de crudos.

La región, geopolíticamente hablando, es muy compleja. Porque Turquía tiene la mirada puesta en ganar influencia en esos Estados. Ese programa puede parecer muy atrevido, pero tiene sentido dado que, salvo Tayikistán, todos esos Estados son de estirpe turcómana (como también lo es Azerbaiyán, al otro lado del Caspio). De hecho, desde hace algunos años Estambul promueve en beneficio de esos Estados tanto políticas de acercamiento cultural (que incluyen la generación de miles de becas para que los estudiantes locales cursen sus carreras en suelo turco)[38] como de ayuda económica e inversiones. No han faltado, prácticamente desde la independencia de esos Estados, las cumbres de países turco-hablantes. Ni tampoco vínculos en materia de defensa, relativos a la instrucción de militares de los Estados de Asia Central (Brzezinski, 1998: 152), todo lo cual sugiere la existencia de un plan bien establecido por parte del gobierno de Ankara[39]. Ni que decir tiene que detrás de esas relaciones de vecindad, étnicamente fundadas, están en liza las rutas de paso de las principales arterias de los hidrocarburos e incluso la posibilidad de que Turquía se consolide como anfitrión de las principales terminales del crudo asiático, para su ulterior distribución a Europa. Este hecho, unido al rol de las grandes potencias (EEUU, Rusia y China) están dando pie a lo que algunos consideren, recordando tiempos decimonónicos y con algún protagonista cambiado –que no Rusia- una reedición del Gran Juego (Amineh, 2008: 85; Koch, 2013: 115).

De hecho, la región es tan compleja y estratégicamente tan importante, que lo que veremos en los próximos años es un interés creciente de China al respecto. El motivo, de nuevo, es su necesidad de controlar las rutas de acceso de los hidrocarburos. Pero para China es algo más que una cuestión crematística: necesita diversificar sus fuentes, pensando en la eventualidad de un bloqueo del estrecho de Malaca. A fortiori, la ventaja que tendría para China el hecho de llegar a acuerdos puntuales con esas ex repúblicas soviéticas es que Pekín también podría dejar de depender de Rusia para esos suministros (concretamente, los provenientes del ramal del oleoducto ESPO, con destino a Vladivostok, que llega a Daqing). En la actualidad, ya está operativo un oleoducto que conecta Kazajstán con China sin pasar por suelo ruso (desde Atirau, en el Caspio, hasta Alashankou, en la región de Sinkiang) si bien por el momento también es aprovechado por los rusos a través de Gazprom.

En el fondo, la implicación de China implicaba una oferta que el gobierno kazajo no podía desaprovechar ya que, al hacerlo menos dependiente de los viales rusos, el gobierno de Astaná acrecienta su margen de maniobra, así como, por ende, su soberanía real (Marketos, 2009: 4). La política de Nazarbayev, después de unos flirteos iniciales con la idea de una gran patria rusa euroasiática, se ha decantado por una versión extrema del multilateralismo. Política que algunos atribuyen a su necesidad de contrapesar la tradicional influencia rusa (Koch, 2013: 112). Pero eso, claro está, es motivo de nerviosismo en el Kremlin[40].

Claro que, más allá de las rutas de importación de hidrocarburos, el proyecto chino de la Nueva Ruta de la Seda convierte estos territorios en estratégicos también para el fomento de sus exportaciones de productos manufacturados. Prueba de ello es el espectacular “puerto seco” de Khorgos[41], basado en un magnífico nudo ferroviario[42] ubicado en pleno desierto kazajo (aunque muy cerca de la frontera china), alrededor del cual el gobierno kazajo se está apresurando a construir ciudades de nuevo cuño, qua hasta hace muy poco ni siquiera estaban en los mapas, como Nurkent, que en poco tiempo ha superado con creces los 100.000 habitantes y que algunos ya califican, un tanto apresuradamente, como la “Nueva Dubai”.

Nótese que estas rutas continentales, como ya aconteciera con los hidrocarburos, pueden pasar a través de Rusia, o bien a través de Turkmenistán y de Turquía, pero puenteando a Rusia. De modo que Rusia está haciendo lo posible por evitar que la cuña formada por Turquía, las repúblicas musulmanas de Asia Central y China la conviertan en un actor secundario en el negocio de las exportaciones de gas al importante mercado europeo. Ese es y será uno de los ejes de su política en la región, de modo que no ahorrará medidas para presionar al gobierno kazajo, probablemente en el marco de la zona gris, aunque sin descartar una guerra híbrida “a la ucraniana”. Hay que tener en cuenta que el norte de este inmenso país es de mayoría eslava y rusófona. Así como que esos ciudadanos de origen ruso quedaron resentidos con la pronta deriva nacionalista (pan-turca) de los nuevos gobiernos kazajos (Brzezinski, 1998: 135-136) mientras que la situación no ha hecho más que empeorar con las políticas de discriminación a favor de la población turcómana, muy ostensible en los últimos años. Precisamente, uno de los factores más importantes a la hora de dilucidar hasta qué punto Rusia podrá defender sus intereses en Kazajstán en los próximos lustros tiene que ver con el ritmo del descenso del porcentaje de población ruso-hablante en ese país.

De llegar a tiempo para que Rusia pueda rentabilizar dicha ventaja, la situación sería grave, ya que en este caso no estaríamos hablando de la disputa de ciudades o de pequeñas provincias, con efectos simbólicos o disuasorios. En realidad, Kazajstán podría ver como casi la mitad de su territorio se escinde, ya sea para formar una república pro-soviética (a modo de protectorado) ya sea para terminar anexionada por la propia Rusia. De esta manera la ecuación que presidirá la geopolítica de Asia Central a lo largo de los próximos años puede entenderse en toda su amplitud.

Los objetivos de Rusia… ¿Más allá de su anillo de seguridad?

Recientemente, Rusia ha intervenido militarmente en Siria. Contribuir a sostener el régimen de Al Assad le permitirá mantener las facilidades que el gobierno sirio ofrece a la marina de guerra rusa en el puerto de Tartus. Aunque las capacidades de esta pequeña base naval se han sobredimensionado, no se puede obviar que, junto al interés por seguir controlando la península de Crimea, constituye un buen indicio de que Rusia pretende mantener cierta capacidad de proyección en el mediterráneo.

Pero las razones del apoyo ruso al régimen sirio van mucho más allá de mantener alguna presencia militar en ese país cuando se restablezca la paz. El Kremlin quiero dejar claro que su compromiso en la lucha contra el terrorismo islamista es inequívoco. Pero también que ese compromiso no es subsidiario del modo en que los EEUU creen que debe llevarse a cabo esa lucha. Los dos mensajes no son incompatibles, pero marcan la fuerte personalidad de la apuesta rusa. Probablemente porque Rusia está lanzando un mensaje a los millones de musulmanes del interior de Rusia (chechenos o no) e incluso a los ciudadanos musulmanes de los Estados de Asia Central que puedan apoyar a gobiernos deseosos de soltar amarras definitivamente con Moscú. De modo que en los próximos años veremos cómo se incrementa por doquier la presión de Moscú hacia esos colectivos.

Por lo demás, aunque Rusia no tiene veleidades globales[43], sí mantiene el interés –ya citado- por alejar lo más posible a la OTAN de su zona influencia. Sabemos, asimismo, que el gobierno de Putin ha interpretado las diversas “primaveras” (de colores, árabes) como una estrategia occidental para cambiar regímenes y/o cambiar el alineamiento internacional de algunos Estados. En este sentido, la intervención en Siria también aspira a poner freno a una revolución que comenzó –no lo olvidemos- como la postrera primavera árabe y que además amenazaba con contagiar a través de ese fenómeno a Estados vecinos (como Irán) con los que Rusia mantiene una buena relación. Por lo tanto, de acuerdo con el prisma ruso, vuelve a tratarse de (y a poder argumentarse como) una estrategia puramente defensiva cuyo objetivo último es evitar el avance de los intereses occidentales en dirección a las fronteras rusas.

Conclusiones para las tendencias rusas

Rusia tiene dos frentes abiertos. Uno en Europa y otro en Asia Central, siendo el Cáucaso una suerte de perno sobre el que pivotan los dos, ya que por un lado Moscú proyecta sobre esa zona su anillo defensivo europeo y, por otro lado, el Cáucaso constituye uno de los puntos de tránsito preferentes de los hidrocarburos. Mientras que los objetivos en el escenario europeo están claros: definir líneas rojas a la OTAN y, en la medida de lo posible, recuperar zonas de influencia, la situación en Asia se presenta más complicada (e implica a más actores relevantes). El gran rival de Rusia en Asia Central será China, que está interesada en potenciar una Nueva Ruta de la Seda como prolongación de su Proyecto China 2000 y como complemento continental de sus rutas marítimas (o como alternativa, si en algún momento esas rutas marítimas son bloqueadas por los EEUU). Que la relación entre Rusia y China se dirima en el seno de la OCS -sin entrar en juegos de suma cero- o bien como una disputa por el control de esos territorios, será una de las variables más relevantes de las próximas décadas.

A todo ello debe unírsele la silenciosa pero efectiva expansión china en Siberia, aprovechando su enorme superioridad demográfica en la extensa frontera (Weitz, 2008: 4-5; Jacobs, 2015). De modo que el sumatorio de las políticas chinas podría alterar de modo decisivo la política de alianzas a escala global, realineando a Rusia con Occidente, para frenar de consuno el auge chino. Aunque para ello, llegado el caso, es probable que Occidente tenga que dejar de presionar a Rusia en el escenario europeo, haciendo algunas concesiones de acuerdo con la recomendación de algunos de los más relevantes autores realistas, aunque puedan resultar incómodas a ojos de ucranianos, moldavos, georgianos, letones y/o estonios. Ya se sabe… cuando se juega en el tablero mundial, en ocasiones deben sacrificarse peones o incluso alfiles a fin de ganar (o de no perder) la partida.

En síntesis, en los próximos lustros Rusia insistirá en una política cuyos verbos más explicativos son “recuperar” (márgenes de seguridad, status y prestigio) y “competir” (por el mercado de los hidrocarburos) de manera que el primero de esos verbos se conjugará, sobre todo, en Europa y el Cáucaso, mientras que el segundo se conjugará en Asia Central.

El caso de la UE. Las dificultades para generar una política de defensa común

En Europa han existido varias tentativas de generar mecanismos de seguridad colectiva propios, sin contar con la membresía de los EEUU. Destacan la CED y la UEO. Sin embargo, no tuvieron éxito, ya que la primera pretendía ser una organización de elevadas pretensiones, pero al fin y al cabo non nata, mientras que la segunda tuvo una existencia letárgica[44], hasta terminar sus días virtualmente fagocitada por la UE, ante el impulso de la PESC/PCSD[45].

Esta breve introducción muestra que la pretensión de avanzar hacia una defensa común europea que, además, no contenga a los EEUU no debe ser tarea fácil. Y no lo está siendo. Desde la firma del Tratado de Maastricht (1992) la UE es la encargada de fomentar esta dinámica. Los primeros tiempos incluyeron impulsos significativos, como los acaecidos tras la Cumbre franco-británica de Saint-Malo y su derivada inmediata, en los Consejos de Colonia y Helsinki (junio y diciembre de 1999). Lo hicieron en forma de expectativas vinculadas a la generación de fuerzas, al transporte estratégico de las mismas, así como a las capacidades logísticas necesarias para sostener ese esfuerzo a grandes distancias (Baqués, 2002: 146)[46]. Pero esas capacidades jamás se han concretado[47].

A lo largo de estos años, la UE se ha beneficiado de sucesivas ampliaciones, mientras que varios Tratados sucesivos han hecho lo posible por desarrollar la PESC inicial en forma de PCSD. Pero lo han hecho a costa de mucha ingeniería jurídica, con la mirada puesta en permitir que los Estados que no deseen asumir mayores responsabilidades en este terreno puedan no vincularse a las acciones y posiciones comunes adoptadas por la UE. De manera que el último paso ha sido la vertebración de los mecanismos de “doble velocidad” en este ámbito. En el fondo, se trata de un modo sutil de admitir la dificultad de avanzar en la dirección de una defensa común “a 28”, mediante la técnica de institucionalizar la dificultad.

Los motivos que están detrás de la falta de cohesión europea son diversos, todos relevantes a los efectos de este análisis. La heterogeneidad de los Estados miembros, especialmente en cuanto a la diversidad de agendas de política exterior, de sus áreas de influencia y hasta de sus tradiciones, ocupa el primer plano. Pero la presencia de lagunas en algunos multiplicadores de fuerza tampoco contribuye a la confianza de los europeos, pese a algunos esfuerzos notables realizados al respecto en los últimos lustros[48]. Los Estados con los mayores presupuestos de defensa raramente han estado unidos, de manera que algunos han tendido a tomar decisiones a rebufo de los deseos de Washington (Reino Unido, pero también Italia, Holanda y Dinamarca entre los más constantes, a los que en los últimos tiempos se han sumado los PECOs), mientras que otros han adoptado posturas más autónomas (Francia, Alemania y Bélgica, entre ellos). Pero ni siquiera puede afirmarse que la “introvertida” Alemania y la “extrovertida” Francia tengan tantos puntos en común[49], pese a lo que suelen recoger los discursos oficiales al respecto (Heisbourg, 2000: 21). No hay indicadores que permitan vislumbrar que esta circunstancia vaya a cambiar.

Del brexit y otras turbulencias

El impacto que la salida del Reino Unido de la UE pueda tener en la PCSD admite diversas lecturas. La más evidente (la euro-pesimista) advierte de la pérdida del principal contribuyente militar, que además mantiene una limitada capacidad de despliegue estratégico por sus propios medios. Sin embargo, una de las más frecuentes (la euro-optimista) consiente en afirmar que, dada la postura tradicionalmente pro-estadounidense de Londres, el brexit va a liberar al resto de Estados miembros de dicha servidumbre. En realidad, el alivio lo será para París y para Berlín pero no tanto para la toma de decisiones en el seno de la UE porque, según hemos recordado en el apartado anterior, son muchos los Estados predispuestos a no soliviantar a Washington o incluso a alinearse con lo que se indique desde Washington, aunque eso conlleve una disminución de la autonomía europea en materia de seguridad y defensa. Simplemente, porque esos Estados entienden que sus respectivos intereses nacionales están mejor satisfechos bajo el paraguas de los EEUU (y de la OTAN).

Conscientes de ello, tanto Merkel como Macron admiten que la Europa a dos velocidades será un hecho en el terreno de la seguridad y de la defensa… en el mejor de los casos. Efectivamente, el campo de la seguridad es especialmente sensible a las razones de Estado. Por ejemplo, el mal resuelto debate acerca de los refugiados ha enfrentado abiertamente la línea oficial representada por el eje París-Berlín con la oposición del Grupo de Visegrado (Polonia, Hungría, Chequia y Eslovaquia). Signo inequívoco de que las nuevas incorporaciones complican los delicados consensos iniciales, entre otras cosas porque su ingreso en la UE estuvo presidido por la exigencia de convergencias en materia económica, pero hubo muy poco énfasis en una hipotética convergencia en materia de seguridad y defensa.

Tampoco es fácil el acuerdo entre los Estados miembros en lo concerniente a las aportaciones al esfuerzo común, de modo que los comportamientos al estilo free-rider[50] han sido denunciados (v.gr. Missiroli, 2003: 81) y probablemente seguirán presentes. Cuestiones como la existencia de un presupuesto de defensa europeo están sobre la mesa desde hace muchos años (Serra, 2001: 103), pero nada concluyente se ha concretado, de modo que cuando se alcance alguna meta en ese sentido, es probable que su valor sea más simbólico que real[51]. Por consiguiente, más allá de la participación de (algunos) Estados miembros en operaciones multinacionales no cabe esperar grandes avances en materia de PCSD.

La relación de la UE con los EEUU tampoco va a significarse por las grandes complicidades. Por una parte, podemos conocer la agenda estadounidense mientras que la europea, si es que existe, es mucho más difusa y bastante menos proclive a traducir en acciones comunes las intenciones previamente declaradas. Aunque es cierto que algunos objetivos compartidos son evidentes (v. gr. la lucha contra el terrorismo transnacional, las medidas contra la proliferación de armas de destrucción masiva y, hasta cierto punto, el fomento de la democracia y la defensa de los derechos humanos) no necesariamente lo son las estrategias a seguir para alcanzarlos. Aunque, una vez más, resulta complicado aludir a una estrategia realmente europea. Según algunos, tenemos mentalidades (demasiado) distintas, hasta el punto de definir proyectos que también lo son (Kagan, 2004: 65).

Por contra, la presión rusa sobre Europa del Este sí puede tener un efecto balsámico para las relaciones entre Washington y la práctica totalidad de las capitales europeas, aunque el precio a pagar por ello sea, a su vez, el refuerzo de las relaciones sino-rusas. Es posible y hasta probable que en los próximos lustros los Estados europeos refuercen sus FFAA orientándolas hacia la necesidad de potenciar sus capacidades disuasorias de cara a un enfrentamiento en Europa del Este (guerras híbridas, que siempre incluyen un componente convencional; guerra urbana; ciberdefensa, etc). Se trata de una cuestión estructural o sistémica (en el sentido académico que les dan a estas expresiones Kenneth Waltz y John Mearsheimer). Algo que no vendrá dado por la voluntad, sino por la necesidad, de manera que su verdadero alcance tendrá que ver con dos variables adicionales: el rol de los EEUU (porque a mayor implicación de Washington existirá menor necesidad de que la mayor parte del esfuerzo se haga desde las capitales europeas) y la entrada en liza del elemento subjetivo en la percepción del riesgo (más en la línea señalada por Stephen Walt). Dicho con otras palabras, en la confluencia entre un progresivo desapego de los EEUU y la máxima percepción de riesgo por parte de los Estados europeos encontraremos incrementos significativos de los presupuestos de defensa. Pero en los demás escenarios, comprobaremos que la defensa europea languidece, con más o menos disimulo. Si los EEUU desean mantener su liderazgo a medio plazo, provocarán este efecto colateral.

Impacto de las dinámicas geopolíticas en España

España seguirá haciendo aportaciones a las intervenciones en el extranjero, normalmente vinculadas a la OTAN o a la PCSD. Las relaciones con los demás socios son y seguirán siendo buenas, incluyendo tanto a los EEUU como a los demás miembros de la UE. Porque junto al impacto de estas intervenciones en la estabilización de zonas en conflicto, en la disuasión hacia terceros o en la represión de la violencia ajena, no podemos omitir que se trata de una fuente de prestigio internacional nada desdeñable. De todos modos, no es descartable que haya que renegociar a la baja el número y la intensidad de esas contribuciones a la seguridad colectiva, que han terminado implicando a numerosas unidades de los tres ejércitos en sucesivas rotaciones.

Las ondas expansivas de la geopolítica mundial también alcanzarán a nuestro país en los próximos lustros. Quizá con mayor clarividencia que nunca. Ello es debido al carácter proactivo de las grandes potencias. Pero sin que nuestro caso tenga nada de extraordinario. Por ejemplo, China penetrará nuestros mercados del modo pacífico y amable (y por supuesto adecuado a derecho) tal y como suele hacerlo en otros lares. Las grandes empresas chinas invertirán de modo creciente en España, optando en muchos casos por adquirir el capital -y el control- de las nacionales. La Nueva Ruta de la Seda, de resabios mackinderianos, ya llega a Fuenlabrada por carretera y por vía férrea. No es algo extraño a lo que también sucede en Francia, Alemania o Italia. La ofensiva comercial marítima, de perfil mahaniano, ha conseguido facilidades en puertos como el de Barcelona[52] y está negociando con el de Algeciras[53]. A lo que deben sumarse los progresos chinos en Estados vecinos, como Argelia (esta vez en el puerto de Cherchel). Parece que nuestro país agrada especialmente a Pekín como terminal de llegada de sus productos, así como lanzadera de posibles importaciones de, por ejemplo, alimentos.

En cambio, los intereses de Rusia no llegan tan lejos, o no al menos de forma directa. Cuestión distinta es que el Kremlin esté aprovechando el órdago catalán para desestabilizar, empleando para ello una política destinada a generar confusión desde las redes sociales, en una línea similar a la utilizada para influir en las recientes elecciones de los Estados Unidos. Moscú no tiene interés específico en España, ya que queda demasiado lejos de su área de influencia. Ni siquiera somos dependientes del gas natural ruso a diferencia de lo que ocurre, con mayor o menor claridad, al norte de los Pirineos. Pero Moscú aspira a fomentar las desavenencias en Cataluña para de ese modo debilitar a un Estado miembro de la OTAN. Esta estrategia puede repetirse en el futuro en otros Estados europeos (puesto que muy pocos son mono-culturales) y, desde luego, puede reproducirse en nuestro propio país (vinculado al caso catalán o a otros similares/potenciales). Con todo, su posición es complicada, dado que este tipo de reivindicaciones de corte nacionalista proliferan en su “extranjero próximo” (no siempre en la dirección que le conviene a Putin) mientras que todavía pueden darse en el seno de la misma Rusia (habrá que ver cómo evoluciona la situación en Siberia, por ejemplo).

Al margen de esas derivadas geopolíticas, España tiene planteados viejos retos en Ceuta y Melilla, que en los próximos lustros pueden sufrir nuevos estímulos. La lenta pero progresiva decantación demográfica favorable a la población musulmana (Arteaga, 2014: 156-158) puede ser empleada a modo de arma arrojadiza por el Reino de Marruecos, máxime si éste detecta problemas internos y requiere de algún federador externo para unir a su población o para contentar a los más críticos con el gobierno de Rabat. Este fenómeno es bastante más acusado en Melilla que en Ceuta, aunque se puede comprobar en ambos casos, de modo que la tendencia es que vaya a más, de modo inexorable, en la medida en que los diferenciales en las tasas de nupcialidad y natalidad son acompañados por un abandono gradual de esas plazas por parte de sus antiguos residentes. A su vez, teniendo en cuenta las conexiones de las redes yihadistas y que en España Ceuta, Melilla y Cataluña son los focos en los que se constata una mayor radicalización, es probable que las respectivas tensiones se retroalimenten.

Para minimizar el impacto de ese terrorismo transnacional en el Magreb, lo más probable es que el Sahel se consolide como una de las regiones de atención preferente en nuestra política exterior y en nuestra política de defensa en los próximos lustros. El control de la zona, unido al apoyo a los gobiernos locales, a la contribución a la modernización de sus administraciones y a la mejora de sus infraestructuras, puede mejorar la legitimidad de esos Estados ante su propia población para de ese modo disminuir la de los terroristas que operan en su seno. Precisamente porque no se trata de políticas con efectos a corto plazo, es esperable que nuestra presencia en la zona se prolongue en el tiempo y que se intensifique. Esos esfuerzos provocarán una mayor complicidad con las FFAA de Estados bien posicionados en la zona, como Francia, lo que puede ser aprovechado para fomentar las pulsiones europeístas.

Conclusiones finales (tentativas):

El conjunto de las afirmaciones precedentes pone de relieve que los EEUU tienen por delante años en los cuales seguirá siendo una de las principales potencias del mundo, a pesar de la emergencia de China y de la resiliencia de Rusia. Pero eso debe complementarse con la imagen de una superpotencia que ya ha pasado sus mejores épocas, de modo que deberá ser muy hábil para gestionar su haber. La situación de los próximos años contiene invitaciones a evitar los juicios maximalistas. Al fin y al cabo, los Estados Unidos siguen siendo una gran potencia en todos los parámetros imaginables. Su apuesta por proteger el comercio mundial, tanto a nivel de principios/valores, como en lo que concierne a la seguridad física de rutas, yacimientos, inversores y mercados, se mantendrá incólume, más allá de algunos devaneos con lógicas proteccionistas, que en ningún caso serían una novedad[54].

Pero Washington también tratará de no abandonar los compromisos alcanzados con sus aliados por otros motivos, esto es, debido a que, si eso aconteciera, se encontraría frente a dos problemas. Por un lado, la posibilidad de que florezcan dinámicas de bandwagoning pro-chino o incluso (aunque menos probable) pro-ruso y, por otro lado, la posibilidad de que otros aliados decidan emanciparse de la tutela de los EEUU generando mecanismos de disuasión (incluso nucleares) que quedarían muy lejos de la capacidad de control de Washington.

La combinación de ambas realidades (potencia que da los primeros síntomas de cansancio, pero también interés por mantener su liderazgo global) puede provocar que los EEUU apuesten por otro tipo de implicación en la seguridad planetaria, menos intensiva en personal

El papel de Rusia quedará autolimitado a su “extranjero próximo”, hasta el punto que a la presión occidental sobre el mismo se verá añadida la china (en Kazajstán, por ejemplo). Ni el estado de su economía -demasiado dependiente de los hidrocarburos- ni su posición geográfica en el heartland -con evidentes dificultades para consolidar sus salidas al mediterráneo y más allá- auguran otro papel. Pero el hecho de que Rusia esté mirando hacia Europa, las tensiones acumuladas entre sus vecinos, y su no desdeñable capacidad para crear zonas grises o para tomar parte en guerras híbridas (Fox & Rossow, 2016: 4) son todos ellos factores que determinarán la permanencia de un rol relevante para Moscú.

Es más, Rusia será decisiva en el reparto del poder en el mundo, no tanto por su propio potencial como porque en muchos momentos de los próximos años decantará la balanza del poder global. El gran debate será si se consolida un eje Pekín-Moscú, tras llegar a acuerdos razonables en los asuntos de Siberia y Kazajstán o si, por el contrario, se confirma una gran alianza anti-china, desde Vancouver a Vladivostok. Lo primero parece más probable. Lo segundo lleva años en la agenda y ha sido avalado por elites tanto estadounidenses como rusas (desde Kissinger y Brzezinski[55] a Medvedev[56]).

En cuanto al papel de China, la principal diferencia con los EEUU reside en que los tentáculos de Washington llegan mucho más lejos y mucho más rápido que los chinos, a todos los niveles (económico, militar y mediático, sobre todo). Ahora bien, mientras que en los dos últimos la diferencia es todavía grande, en el primero de ellos las distancias se han reducido sobremanera. Esa tendencia en el nivel económico va a dar sus frutos en el período trabajado. Para ello, partimos de la base que China perseverará en las reformas necesarias para adaptarse a las lógicas de mercado, para garantizar la seguridad jurídica de sus socios e inversores y para desarrollar un incipiente Estado de Derecho. Sobre todo porque, de no hacerlo, su proyecto político podría sucumbir, como ya ha sucedido con otras economías extractivas, aparentemente sólidas, comenzando por la vieja URSS (Acemoglu & Robinson, 2012). Esta situación, como tantas otras del escenario geopolítico previsible, no está guiada ni por ideologías, ni por voluntarismos de cualquier otro tipo sino por motivos estructurales.

Dicho lo cual, en los otros dos ámbitos apuntados (militar y mediático) las diferencias entre China y los EEUU se irán reduciendo lenta pero paulatinamente. La razón de ello reside, por una parte, en la doble combinación de un cada vez mayor gasto en defensa chino (con tecnologías cada vez más avanzadas y con una doctrina más asertiva) y las renovadas dificultades de los EEUU para sostener o modernizar su inmenso aparato militar así como, por otra parte, en una cada vez mayor escenificación de un soft power chino adaptado a las necesidades de Estados en vías de desarrollo (más interesados en conseguir vías de financiación alternativas a las del FMI/BM, en mejores condiciones y acompañadas de fuertes inversiones en grandes infraestructuras, que en promover derechos civiles y políticos) así como en las crecientes dificultades de los EEUU para seguir ejerciendo un liderazgo moral sobre el a veces llamado “mundo libre”.

Análisis publicado por el autor en el Instituto Español de Estudios Estratégicos.

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[1] A partir de cualquiera de los baremos objetivables: presupuesto de defensa, capacidad de despliegue estratégico y liderazgo en la I+D vinculada al campo militar.

[2] Nye llega a hablar de un mundo “apolar” en cuestiones como el cambio climático, la inmigración, las pandemias, las redes delincuenciales del crimen organizado, etc, a lo que quizá habría que añadir la gestión del ciberespacio. Quizá el diagnóstico sea exagerado. Pero contiene su parte de verdad, en la medida en que unas FFAA muy poderosas no garantizan el éxito (ni siquiera a través de la disuasión) contra esos retos. De manera que las respuestas deberán ser necesariamente consorciadas, incluso entre Estados que en otros ámbitos mantienen una acerada rivalidad.

[3] En el año 2005, Hu Jintao aludió a la necesidad de “democratizar las relaciones internacionales” en la Asamblea General de las Naciones Unidas. Algo que Kissinger relaciona con la apuesta por un mundo multipolar (Kissinger, 2012: 500. Años después, el Libro Blanco de la Defensa chino del año 2013, hace gala de la lógica multipolar como si ya estuviera llamando a nuestras puertas, de manera que el papel de la República Popular China sería el de no obstaculizar una tendencia que tiene vida propia, por causas estructurales.

[4] La explicación de Huntington referida al advenimiento de un mundo “unimultipolar” data de 1999, pero contiene una imagen bastante adecuada de las relaciones de poder vigentes, tratando de integrar en un único plano lo que Nye desarrolla en tres niveles distintos de análisis. En el mundo “uni-multipolar” existe un “superpower”, así como varios “major powers” (Huntington, 1999: 36). Pero hay que tener en cuenta que Huntington –como en el fondo Nye- piensa que en el futuro el mundo será irremisiblemente multipolar, de modo que la lógica uni-multipolar es, simplemente, la que mejor explicaría la transición (en marcha) entre el mundo unipolar y el multipolar.

[5] Wallerstein entiende que estamos en un momento histórico en el que, simplemente, no hay hegemón alguno (Wallerstein, 2007: 15-28). Algo que, de acuerdo con su marco teórico, es lo más usual a lo largo de la historia, porque las transiciones entre liderazgos suelen ser más dilatadas que las etapas en las que se ejercen de modo incontestado esos liderazgos. La tesis de Wallerstein adquiere sentido en la medida que el baremo principal de su noción de hegemonía es económico (Wallerstein, 1984: 37-43) con derivadas de tipo de ideológico y culturales, entrando menos en el campo estrictamente militar, que es el último en notar esas tendencias subyacentes.

[6] Aunque el balance sea favorable pensando en la Guerra de Irak de 1991 e incluso en la decisiva colaboración aportada en el conflicto de Yugoslavia, no podemos omitir el fiasco de Somalia.

[7] Los EEUU estuvieron al borde de la misma en octubre de 2013 y otra vez en octubre de 2015.

[8] Recordemos el caso británico. Los primeros síntomas de sus dificultades se aprecian hacia el final de la etapa victoriana, pero su contribución fue decisiva para ganar la 2º GM… aunque no es menos cierto que el titánico esfuerzo desplegado en la misma fue, a su vez, el tiro de gracia a su Imperio.

[9] Éste es, en realidad, el espíritu de Mahan: disponer de una Armada capaz de afrontar una batalla decisiva contra sus rivales más poderosos, aunque el fin último sea el control de las rutas comerciales.

[10] En función de cómo vayan perfilándose los sistemas A2/AD chinos, así como de los ritmos de creación de la flota de alta mar del Imperio del medio.

[11] La opinión pública es voluble y ha dado auténticos bandazos en función de los acontecimientos. Por ejemplo, la posibilidad de enviar más tropas a Irak en fechas recientes (2014) se vio favorecida, según las encuestas, por la decapitación de los periodistas Foley y Sotloff, en parte por el hecho en sí, pero sobre todo por poner en la agenda de los riesgos para la seguridad nacional al ISIS. Pero la opinión pública es voluble en ambas direcciones…

[12] A título de ejemplo, pero con la mirada puesta en mostrar que la industria de defensa de los EEUU sigue siendo vigorosa, pensemos en la reciente visita de Trump a Arabia Saudita, que habría acordado ventas por un valor de 110.000 millones de dólares (incluyendo 4 fragatas LCS; 48 helicópteros CH-47; más de 150 carros M-1A2, 350 misiles aire-superficie AGM-154, etc) ampliables hasta los 350.000 millones en el curso de la próxima década.

[13] La cosa no queda ahí. En esa misma cumbre se deja de hablar del Partido Comunista Chino como “partido revolucionario” para definirlo como “partido en el poder”, lo que da a entender que más que avanzar en la línea del viejo proyecto maoísta, se pretende convertir en el defensor de un status quo del que ya son parte, como poco, las crecientes inversiones extranjeras, esa misma clase media y la apertura económica y financiera al mercado internacional (vid. Osnos, 2014: 61-62).

[14] Llama la atención que en 2011 se erigió una estatua en honor de Confucio en la plaza de Tiananmen.

[15] La expresión forma parte de ese arsenal conceptual que Lenin tuvo que emplear después de la Revolución de octubre de 1917 para explicar que no solo no había llegado el comunismo, sino ni siquiera la fase de transición denominada dictadura del proletariado. La cuestión tiene su enjundia, porque Lenin admitía que el capitalismo de Estado, como todo capitalismo, incluye la extracción de plusvalía, esto es, la explotación de la clase trabajadora. Mientras que la fase anterior es, directamente, el capitalismo de libre mercado. Viniendo de la Revolución Cultural, ese es el camino y ése el punto de llegado previsible (desde un punto de vista lógico).

[16] El mercado más grande del mundo está en Yiwu, a 300 kilómetros de Shanhai. Nació como un centro de producción manufacturera y comercial destinado a conectar diversas provincias chinas pero ha progresado a través de una clara vocación exportadora. Aunque en China existen clusters que ya nacen con esa vocación exportadora. A su vez, sus productos llegan a Aubervilliers, Prato (Florencia) o Fuenlabrada, entre otros centros de distribución y venta.

[17] Algo que llama más la atención a contraluz, atendiendo a algunas decisiones de Trump, de corte proteccionista.

[18] Esto explica que el porcentaje de hidrocarburos importados por China que pasan por el estrecho de Ormuz, aunque importante, sea sustancialmente menor: un 40% (Penghong, 2015: 66).

[19] Incluyendo los misiles anti-buque Deng Feng DF-21 de más de 1.500 km de alcance y los radares OTH asociados a esos sistemas; los misiles antiaéreos Hong-Qi-9 (réplica del acreditado S-300 ruso) y los nuevos cazas stealth J-20.

[20] Cadena cuyos principales eslabones son el sur de Japón, Luzón, Borneo y la costa vietnamita, incluyendo en su interior la mayor parte de las islas y archipiélagos actualmente en disputa.

[21] Incluyendo de 3 a 4 grandes portaaviones dotados de catapultas de la clase Shandong de 315 metros de eslora, 3 LHD de la clase 075, de 250 metros, al menos 6 LPD, así como una cantidad muy respetable de buques de combate de superficie. Estos buques tienen prestaciones algo inferiores a sus equivalentes de la US Navy, pero constituyen una fuerza muy poderosa, teniendo en cuenta que los chinos podrían concentrarlos en esa área de operaciones. Teniendo en cuenta los ritmos (lentos) de fabricación de buques de ese porte, cabe esperar que los primeros estén operativos hacia 2019-2020 y que hacia 2030 lo estén todos ellos, probablemente con refuerzos derivados de nuevos programas de rearme.

[22] Algunas de estas facilidades no son todavía equivalentes a la de una base naval permanente. En todo caso, la política china es expansiva. Además, se complementa con el ambicioso proyecto consistente en crear un nuevo canal navegable por grandes buques en el istmo de Kra, en Tailandia, que llegado el caso les permitiría soslayar el estrecho de Malaca y obligaría a los EEUU a alargar las rutas de ataque de sus fuerzas contra los buques chinos.

[23] La participación de la marina de guerra china en las operaciones anti-piratería del Índico occidental son una buena muestra de ello.

[24] Una tercera lectura es posible, aunque se trata de la menos enfatizada por la doctrina. Se trataría de sostener que China está potenciando su marina de guerra pensando en la India que, a su vez, está en pleno rearme naval. Las conexiones entre ambas políticas parecen evidentes, aunque probablemente los recelos operen en sentido opuesto (Baqués, 2016). Por otro lado, aunque cualquier refuerzo de sus capacidades navales será útil para que Pekín mantenga a raya a su vecino, la hipótesis de un enfrentamiento armado con la India sería, estratégicamente hablando, un escenario nefasto para China. La razón estriba en que China se vería forzada a desviar su atención -y parte de sus buques de combate principales- del epicentro de su política que está y seguirá estando en el Mar de China, en la 1ª cadena de islas (Yung, 2015: 57).

[25] Aquí se emplea esta palabra en el sentido que le dio Spykman.

[26] Casos como el de la Francia napoleónica o la Alemania de Guillermo II son emblemáticos de esa transición… y de los problemas derivados de la misma.

[27] La nota discordante la da Georgia, ya que es el único Estado no-turcómano involucrado. Su distanciamiento de Rusia seguirá acumulando efectos estratégicos de calado…

[28] Petróleo y gas (se calcula que el 80% de las reservas rusas están en Siberai); madera (el 40% de la capacidad de tala legal rusa está en suelo siberiano; y agua potable (el lago Baikal contiene aproximadamente el 20% de las reservas mundiales del líquido vital).

[29] Mackinder siempre concedió mucha relevancia a Mongolia, una parte de cuyo territorio histórico también pertenece a China en la actualidad. Por lo demás, es curioso que tantos años después de que escribiera su obra el ferrocarril –a la sazón, el medio de transporte que según Mackinder tenía virtudes superiores a los buques de carga- esté viviendo su segunda juventud.

[30] Yung alude a 5.5 millones en 2011, si bien apunta a que su incremento es geométrico. Además, el problema para el cómputo de la mano de obra china es que en muchas ocasiones opera en la clandestinidad. En todo caso, la tendencia más palpable es su crecimiento en suelo africano, desde Argelia hasta Angola.

[31] http://www.focac.org/eng/zfgx/dfzc/t1477707.htm

[32] A tener en cuenta la adquisición de tres “corbetas” de diseño chino C-28 (en realidad fragatas de 120 metros de eslora, con los que también llegan los misiles chinos C-802 de más de 200 kms de alcance), así como la de varias docenas de cañones ATP PLZ-45 de 155/45mm.

[33] Como mercado receptor de armamento, América Latina tiene más potencial que el continente africano debido a la escasa capacidad de gasto de los Estados de África negra, exceptuando Nigeria. Sea como fuere, el 22% de las adquisiciones de armamento en África en el período 2011-2015 se llevaron a cabo en China.

[34] Destaca la compra por parte de Venezuela de 8 aviones de transporte táctico Y-8 así como de 24 aviones K-8W (entrenadores avanzados con elevadas capacidades de combate, especialmente para misiones CAS y COIN). Bolivia también ha adquirido 6 K-8W, así como 6 helicópteros utilitarios Z-9.  En cuanto a blindados, Venezuela ha aportado por la empresa china NORINCO que ha vendido varias unidades de los vehículos VN-1 (40 unidades, de transporte de personal), VN-16 (25 unidades, vehículo de reconocimiento con cañón de 105mm) y VN-18 (25 unidades, VCI con cañón de 30mm) que están en el rango de las 25-30 toneladas, por un valor superior a los 500 millones de dólares. A través de otros dos contratos distintos, también adquirieron 194 blindados de transporte de personal 4×4 NV-4, empleables en funciones de orden público, así como 18 MRLS NR-5 de 40x122mm, 18 morteros ATP de 81mm SM-4, etc.

[35] Este discurso fue abrazado por intelectuales del prestigio de Alexander Solzhenitsyn, que en sus últimos años de vida le dio una aureola hasta romántica. Pero su viabilidad práctica dependía mucho de la implicación de Ucrania, aunque sólo fuese a través de la CEI (Comunidad de Estados Independientes) que a día de hoy puede considerarse un proyecto fallido. Además, las dudas ucranianas han repercutido negativamente en el fervor de Estados como Bielorrusia a la hora de abrazar sin ambages esta lógica (Brzezinski, 1998: 119). Por lo tanto, Rusia se enfrenta al reto de retroalimentarlo. El hecho de que zonas del Donbas se adhieran a pies juntillas a esta lógica –también en el sentido de oponerla a la idiosincrasia occidental- puede contribuir a su refuerzo, mucho más allá de lo que significan los km2 del Este de Ucrania dominados por las Repúblicas de Donetsk y Lugansk.

[36] Huntington advierte que la recuperación de la religión ortodoxa tras la desaparición del socialismo real ha sido espectacular, con más de un 30% de rusos menores de 30 años que se declaran creyentes (Huntington, 1997: 114). Se trata de una tendencia claramente opuesta a la que se da en Occidente. El propio Huntington la vincula al fenómeno de la “venganza de las religiones” que desde Occidente sólo se aprecia en el mundo islámico.

[37] Otro dato relevante es que su PIB supera al de las otras cuatro repúblicas de Asia Central juntas.

[38] Estas políticas están teniendo éxito. La prueba es que el porcentaje de ruso-hablantes se ha ido reduciendo a medida que pasaban los años, si bien Turkmenistán y Uzbekistán son los Estados más afectados, mientras que, aun asumiendo incomodidades, la realidad en Kazajstán es muy diferente, mientras que los ruso-hablantes de Kirguizistán, siendo minoritarios, están bien establecidos en ciudades importantes, incluyendo la capital (vid, Panfilova, 2014).

[39] Llama la atención el hecho de que la única de las 5 exrepúblicas soviéticas que mantiene abierta la posibilidad de la doble nacionalidad para sus ciudadanos es Tayikistán que es, a la sazón, la única de las cinco no turcómana.

[40] Lo que sí parece fuera de toda duda es que las multinacionales occidentales y especialmente las estadounidenses están perdiendo el tren en Kazajastán. Oficialmente, Nazarbayev apunta que no se trata de ningún dilema ideológico, ni de seguridad, sino que eso tiene que ver con la incapacidad de esas multinacionales a la hora de ofrecer los paquetes de ayudas o la construcción de infraestructuras al nivel en que sí lo hacen sus vecinos rusos y, sobre todo, chinos (Koch, 2013: 116).

[41] La paradoja geopolítica de este “puerto” logístico es que se trata del punto habitado más alejado de cualquier océano (sic).

[42] Como quiera que los anchos de vía empleados por los trenes chinos y los kazajos son diferentes, en Khorgos los contenedores se descargan de los primeros para, a bordo de los segundos, llegar hasta Europa central y occidental.

[43] Esta afirmación no excluye su apoyo a regímenes como el venezolano, que ha incluido algún despliegue puntual de fuerzas, como la presencia en La Guaira de una flotilla encabezada por el crucero de propulsión nuclear Pedro el Grande, a finales del año 2008, en el contexto de unas maniobras conjuntas en las que también se integraron dos bombarderos Tu-160. Algo similar, pero sin bombarderos, ocurrió en agosto de 2013, con el atraque en La Guaria de otra flotilla, esta vez liderada por el crucero convencional Moskva (ex Slava). En ambas ocasiones lo que se detecta, además de reforzar las posiciones rusas en el mercado de exportación de armamento de la región, es un guiño a un enemigo declarado de Washington y, quizá, hasta un toque de atención a los EEUU por su presión contra los intereses rusos en Europa del Este y el Cáucaso –algo bastante evidente a tenor de la coincidencia de las fechas del primer despliegue y el conflicto de Goergia-, como queriendo demostrar que las FFAA de Rusia también pueden operar en el “patio trasero” de los EEUU (Baqués, 2009: 93-94). Pero a pesar del firme compromiso de Moscú con el régimen bolivariano, nada parece indicar que la presencia rusa en la zona vaya a ser no ya permanente, sino ni siquiera persistente.

[44] Como curiosidad, valga recordar que la UEO llegó a ser conocida como la “bella durmiente”, habida cuenta que no celebró ni una sola reunión entre 1973 (fecha de ingreso del Reino Unido en la UE) y 1984.

[45] Su disolución fue anunciada en 2010 y sus actividades terminaron en 2011.

[46] Se alude a una fuerza de 60.000 efectivos, desplegables en un plazo máximo de 2 meses a cualquier lugar del mundo, de modo que puedan mantenerse en la zona de operaciones durante, al menos, un año. Con lo cual, dadas las rotaciones necesarias, estaríamos hablando de una fuerza real de 180.000 ó 240.000 efectivos, a los que habría que añadir los medios aeronavales propias del esfuerzo conjunto requerido.

[47] No al nivel previsto en 1999. Notoriamente, los Battle Groups son una versión bastante más modesta de ese objetivo inicial. Lo cual es significativo a los efectos de un análisis de tendencias.

[48] El papel de la Agencia Europea de Armamento promete ser estimulante en este terreno, puesto que además podría fomentar las economías de escala, la interoperabilidad entre los ejércitos, así como la simplificación de las cadenas logísticas. Por no hablar de las sinergias fomentadas entre los Estados miembros.

[49] Las discrepancias se incrementan si analizamos la complejidad de sumar a la PESC/PCSD a Estados neutrales o neutralizados a través de sucesivas ampliaciones (Irlanda, en 1973) pero muy señaladamente a partir de la de 1995 (Suecia, Austria, Finlandia).

[50] Missiroli se refiere a Estados cuyo interés por la UE tiene poco que ver con la defensa y que tienden a implicarse menos de lo que sería razonable en una lógica de burden-sharing. Esto afecta tanto a la participación en operaciones como, simplemente, al esfuerzo presupuestario en defensa. El trasfondo de todo ello sigue siendo el papel de los EEUU y de la OTAN como principales garantes de la seguridad continental.

[51] Lo más probable es que se avance en la línea de la creación de unidades transnacionales, inspiradas en la filosofía del escuadrón AWACS de la OTAN. Es interesante la reciente iniciativa del Escuadrón “conjunto” franco-alemán (combinado, de hecho) de aviones C-130J (de diseño estadounidense, por cierto).

[52] La compañía china Hutchinson Port Holdings ha hecho inversiones por valor de más de 150 millones de euros con el fin de mejorar infraestructuras del puerto de la ciudad condal en su propio beneficio, y pretende triplicar esa inversión en próximas fechas.

[53] Ya que desde algunos de sus muelles operan buques de carga de grandes dimensiones, incluyendo los que transportan más de 18.000 contenedores por unidad.

[54] Últimamente, han llamado la atención algunas afirmaciones de Donald Trump tendentes a proteger al mercado de los EEUU de productos que llegan del extranjero. Siendo cierto, no lo es menos que desde hace décadas, con otros presidentes, los EEUU mantienen políticas proteccionistas de sus productos agrarios. Conceptualmente hablando, también podríamos recordar el alegato de Adam Smith en favor de la Navigation Act, de obvias connotaciones proteccionistas.

[55] Son muchos los autores realistas o neorrealistas que apuestan porque los EEUU y la OTAN reconozcan una zona de influencia rusa en el Este de Europa, en vez de continuar con la presión ejercida hasta la fecha (Herbst, 2016: 205-206). Eso facilitaría el acuerdo citado. Esta apuesta también fue sostenida, más tiempo ha, por Mahan (1897: 21). Asimismo, sería congruente con el escenario descrito por Huntington en su obra más célebre, ya que las civilizaciones cristiana y ortodoxa (que también lo es) tienen más puntos en común que con la sínica (Huntington, 1997). Pero todo ello está supeditado al papel de China en los próximos lustros. El hecho de que su poder económico, militar y político siga creciendo a este ritmo será el principal acicate para forjar una amplia coalición en contra.

[56] Medvedev ya apuntó en 2008 que a su entender la civilización europea incluye tres brazos: Europa. EEUU y Rusia. Los resabios huntingtonianos son tan evidentes como el añadido, del que conviene tomar nota.

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Josep Baqués

Josep Baqués es Profesor de Ciencia Política en la Universidad de Barcelona y Subdirector de Global Strategy

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