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¿Cambio de poder en Europa?

https://global-strategy.org/cambio-de-poder-en-europa/ ¿Cambio de poder en Europa? 2023-02-08 11:50:14 Enrique Fojón Blog post Estudios Globales Europa

Los peligros para una sociedad pueden ser letales sin necesidad de ser inmediatos ni de parecerlo. Uno de esos peligros es la visión prevalente contraria a las evidencias un determinado periodo y el dogmatismo con que se mantienen las ideas, presunciones y actitudes que la configuran. Independientemente de la libertad de expresión y de los medios de comunicación, esa visión se configura peligrosamente predispuesta a aislarse de la realidad.

Europa en el cambio de era

Los cambios geopolíticos se evidencian de diferentes formas: gradualmente, a largo plazo o de repente, en este último caso como consecuencia de ‘acontecimientos’ cuyas proporciones a veces se califican de ‘históricas’. La entrada en el nuevo año 2023 ofrece la oportunidad de efectuar un balance de los resultados de la evolución global, más concretamente en Europa y su entorno. En este sentido, es muy probable que el año 2022 se consolide como la referencia para enmarcar un cambio de época.

La guerra en Ucrania provoca en Europa el efecto de que las sinergias evolutivas se desplacen en direcciones opuestas. Las percibidas, se presentan mediante visiones favorables, tales como el fortalecimiento de Europa, la rápida reacción de la UE en la desvinculación energética de Rusia, la cuantiosa ayuda financiera y militar a Ucrania, la apariencia de unidad en Europa y Occidente puesta de manifiesto en nueve rondas de sanciones sin precedentes o el apoyo expreso al mantra del Orden Mundial basado en reglas.

Sin embargo, las sinergias más profundas se desplazan en dirección opuesta,  debilitando y dividiendo a la Unión Europea: un conflicto duradero en su vecindad oriental que desde Bruselas no se pudo evitar, el coste enorme de la reconstrucción de Ucrania, que espera ser asumido por Europa, divisiones dentro de la UE que sólo se intensificarán por la política futura hacia Rusia, un cambio del centro de gravedad europeo hacia el Noreste de la Península Europea, con el consiguiente debilitamiento del núcleo franco-alemán, hasta ahora considerado como el motor insustituible de la integración europea. 

La relación con el gran socio transatlántico es similar. Las sinergias superficiales se desplazan favorablemente para los Estados Unidos, la Rusia de Putin está en un atolladero de guerra sin un final favorable concebible, su poderío económico y militar se debilita inexorablemente.  Occidente pugna por mantener la apariencia de unidad bajo el liderazgo de Biden, mientras que la UE balbucea autonomía estratégica, a la vez que aparenta estar totalmente alineada con la OTAN, a la que optan dos nuevos miembros procedentes del edén del neutralismo. La relación OTAN-UE se antoja asimétrica.

En este ámbito, las corrientes más profundas también se desplazan en la dirección opuesta; la presión sancionadora está entregando a Rusia en los brazos de China como un socio menor, circunstancia que la diplomacia estadounidense pasó la mayor parte de la Posguerra Fría tratando de evitar. Las sanciones occidentales a Moscú sirven de estímulo de acercamiento para los regímenes autoritarios y las potencias intermedias (BRICS+) que encuentran puntos de unión al considerar hipócrita a Occidente ya que perturba en su beneficio el Sur Global. Los BRICS buscan reducir su dependencia de Occidente, facilitando de esta manera el camino para que China expanda su propia influencia, con permiso de la India. Algunos de estos países se han apresurado a afirmar su autonomía estratégica, incluso manteniendo la etiqueta de socios formales de Occidente.

A su vez, la Turquía de Erdogán aprovecha la guerra de Ucrania para avanzar en el escalafón geopolítico, circunstancia que le permite hostigar provocativamente desde dentro a la OTAN en una variedad de aspectos. ‘Durmiendo con su enemigo’ podía titularse la figura para Grecia. Por su parte, el pasado mes de octubre, Arabia Saudí redujo la producción de petróleo, elevando los precios y desafiando al presidente estadounidense Biden. En diciembre acogió al presidente de la República Popular China, Xi Jinping, como preludio de un incremento en la cooperación energética entre China y los estados del Golfo. China ya es el mayor inversionista en Irán también, donde el impulso para resucitar el acuerdo nuclear JCPOA se ha perdido definitivamente tras la invasión rusa de Ucrania.

El escenario provoca curiosidad: ¿Esta fragmentación es la semilla de un beneficio a largo plazo para Occidente? ¿La erosión de la Gran Convergencia, favorece realmente los intereses de Washington? ¿El escenario de otra Guerra Fría, Beijing-Washington sería ventajoso para Occidente? Las Guerras Frías tienen una desagradable tendencia a elevar la temperatura cuando la confrontación se intensifica por profecías autocumplidas.

La evidencia indiciaria de que se está ante un nuevo escenario surge de la necesidad de respuestas a preguntas como: ¿De qué sirve el Consejo de Seguridad de la ONU cuando uno de sus miembros permanentes ha llevado a cabo una invasión militar contra otro estado soberano? ¿Cómo puede funcionar el comercio mundial cuando la corte de apelaciones de la OMC permanece inactiva y las políticas proteccionistas contravienen directamente las reglas del libre comercio? Los indicios conducen a un escenario de transición desde el disfuncional sistema internacional actual por obsoleto, un contexto de instituciones globales agotadas herencia de un orden mundial basado en reglas, a un decrépito entorno global de características hobbesianas, en el que se materializan los fundamentos de la Escuela Realista, donde la anarquía pretende confinarse mediante la habilitación del marco de la competición de grandes potencias. 

También se presenta como tendencia que el desarrollo económico en 2023 no sea favorable para el Sur Global, si es que se mantiene un dólar fuerte y tasas de interés en aumento que ya alimentan una crisis de deuda en el mundo en desarrollo y crisis energéticas y alimentarias que amenazan con estallidos sociales en países que ya están expuestos a conflictos civiles. Si esto se traduce en desestabilización y nuevas oleadas migratorias y de refugiados desde el borde sur del Mediterráneo, de nuevo será Europa la primera en verse expuesta a las consecuencias. Lo anterior no es una perspectiva prometedora para Europa, a no ser que 2023 consiga sorprendernos positivamente.

¿El final del mito de una Europa pacífica?

Cuando, no hace mucho, en el contexto de la UE se empezaron a emplear términos como ‘geopolítica’ o ‘autonomía estratégica’, se consideraba que cuando se hacía referencia al empleo del poder, incluido el factor militar, se entraba en algo muy alejado de los fundamentos europeístas.

Desde los comienzos de la concepción de ‘Europa’ y especialmente tras el rechazo de la Comunidad Europea de Defensa por parte de la Asamblea Nacional francesa en 1954, las instituciones surgidas del proceso de integración europea se centraron más en la economía que en la seguridad, ya que la Alianza Atlántica era el actor estratégico que asumía el cometido. Desde entonces, gran parte de la discusión sobre el poder europeo se ha centrado en las herramientas más que en los objetivos. Ya en la década de 1970, las Comunidades se concibieron como un ‘poder civil’.

Sin embargo, aunque era cierto que la propia Comunidad Europea tenía ‘mucho poder económico’ y ‘escasa fuerza armada’, no era una realidad independiente, pues los países de la Europa occidental integrados en la OTAN contaban con capacidad militar, algunos con la nuclear. No obstante, la idea de ‘poder civil’, normalmente, se aplica de manera integral a Europa, como si incluso los estados miembros, a diferencia de las instituciones europeas, careciesen de poder militar. Esta caracterización de la ‘Europa’ comunitaria, heredada por la UE, como antítesis de un poder geopolítico, ha conformado durante mucho tiempo la dialéctica sobre el poder europeo ‘blando’ y su encaje en la relación transatlántica tras la Guerra Fría. Circunstancia que inspiro al estadounidense Robert Kagan a comparar Europa con Venus y a Estados Unidos con Marte, en un ‘retorno de la Historia’ que invalidaba a Fukuyama.

La vaga idea de una Europa ‘civil’, es congruente con la conceptualización ideológica de la actual integración europea como un ‘proyecto de paz’, que difunde una percepción generalizada del europeísmo ideológico como guía mundial. La idea de la integración europea como un ‘proyecto de paz’ no ha sido siempre un mito, dado que el rechazo de las potencias occidentales europeas a emplear el instrumento bélico después de 1945, fue mucho más limitado y específico de lo que a los ‘proeuropeos’ les gustaría imaginar porque, aunque dejaron de concebir el empleo de la fuerza militar de ‘unos contraotros’, mantuvieron  la capacidad y la disposición a emplearla fuera de la geografía europea, particularmente para suprimir los movimientos de independencia en sus colonias, hasta que finalmente las perdieron entre las décadas de los 50 y 70. Más tarde continuaron desplegando el potencial militar de diversas formas en el período posterior a la Guerra Fría, admitiendo que no fue significativo el patrocinado por la propia UE.

Si en este contexto se entiende la ‘geopolítica’ en términos del empleo del poder en su acepción ‘dura’, no está nada claro el alcance del significado de una Europa más ‘geopolítica’. Claramente, se pretende que los estados miembros de la UE vayan más allá en el desarrollo de una política común de seguridad y defensa que permitiese el empleo estratégico del factor militar a través de la propia UE en lugar de la OTAN. Difícil planteamiento, dado que la UE no es un actor estratégico.

El proyecto de Maatricht estaba destinado a reemplazar al elemento sustantivo de las relaciones internacionales, el poder, por reglas; inicialmente entre los países que formaban parte del proyecto europeo que, con vocación misionera, exportaría su modelo a la política internacional. El proyecto europeo excluía su evolución a Gran Potencia, algo excluyente desde el europeísmo. La consideración de ‘Potencia Normativa’, habilitaba a la UE como el instrumento adecuado para la transformación de la política internacional mediante el derecho. Sin embargo, la evolución del contexto internacional durante las últimas décadas, ha aportado las sinergias contrarias a los ideales constituyentes, forzando a la UE a adaptarse a la realidad política internacional.

En un contexto mundial marcado por la Competición entre Grandes Potencias, junto con una relación más estrecha entre las políticas económicas y de seguridad las Políticas propias de la Comisión como las relacionadas con la unidad de mercado europea, como el comercio, la inversión, la competencia, la tecnología o las finanzas, se han convertido en estratégicas por su relación con la seguridad, lo que ha alentado a la Comisión a afirmar su papel como actor ‘geopolítico’. En este sentido hay que admitir que por ‘Geopolítica Europea’ se debe entender una visión del mundo que rompe con la clásicamente interdependiente y liberal del mundo en la que la UE basó su esencia. Los conceptos son útiles siempre que se traduzcan en políticas, de lo contrario, se convierten en deseos y su utilidad limitada a la esfera académica.

Es probable que esta versión de la ‘geopolítica’ fuese la que la Presidenta de la Comisión empleo en 2019 cuando se refirió a la creación de una ‘Comisión geopolítica’. La implicación fue, por lo tanto, que la Comisión se centraría menos en las reglas y pensaría en términos más realistas sobre cómo podría desplegar su poder, particularmente el poder económico que le otorgaba el tamaño de su mercado. Se preocuparía menos por la consistencia y apuntaría a pensar más estratégicamente o, de otra manera, más políticamente.

Esta ‘securitización’ crea desequilibrios pues la seguridad internacional cae de lleno en el ámbito de las políticas nacionales de los estados miembros de la UE y, por lo tanto, de la cooperación intergubernamental. En ese ámbito, a las instituciones supranacionales como la Comisión solo les corresponde poderes formales.

Incluso podría crearse el ‘ejército europeo’ del que se ha hablado profusamente. Pero quienes abogan por tales pasos para crear un ‘coalición’, deben ser precisos. Una mayor integración de la política de seguridad y defensa haría que la propia UE fuera más ‘geopolítica’ y menos ‘democrática’. Los que preconizan lo primero proclaman que la aprobación de dicha política haría por un nuevo procedimiento se sólo necesitaría el acuerdo por mayoría de los miembros del Consejo y obligaría a todos. En ese caso se estaría hablando de otra Europa.

La realidad se ha ido imponiendo rápidamente. Si en la hipótesis de que la UE hubiera adoptado un enfoque ‘geopolítico’ para el Brexit, habría sopesado que el Reino Unido era un importante proveedor de seguridad para Europa en un momento en que aumentaban tanto las amenazas de la Competición Estratégica, como la incertidumbre ‘trumpista’ sobre la garantía de seguridad de Washington. En ese caso se podrían haber hecho concesiones al Reino Unido, incluso si al hacerlo socavara la integridad del mercado único. Pero en cambio, la UE mantuvo su enfoque tradicional basado en reglas. De manera similar, tras la invasión rusa de Ucrania, Bruselas recurrió al manual, a la opción de la adhesión, es decir, al enfoque tradicional de ‘vecindad’ pero, por razones estratégicas y de procedimiento, se vio incapaz de ofrecer a Ucrania una vía acelerada para ingresar a la UE.

En cierto sentido, una Europa Geopolítica podría identificarse como el resultado de una evaluación realista del sistema internacional, que se traduce en una mayor aceptación de la naturaleza conflictiva del sistema mundial, una disposición a reducir sus vulnerabilidades, una menor confianza en la capacidad de la interdependencia económica para pacificar las relaciones internacionales y una disposición para la confrontación política cuando la situación afecte a los intereses propios. Dicho esto, la UE no niega su herencia kantiana y liberal, porque sigue predicando que la resolución pacífica de los conflictos sigue siendo la forma más adecuada de regular las relaciones mundiales. También preconiza que ‘la fuerza de la norma es preferible a la norma de la fuerza’.

¿El futuro?

Los acontecimientos del conflicto político-militar entre Rusia y Occidente por la cuestión ucraniana son un vivo ejemplo de la interacción entre el contexto y la agencia objeto de la teoría de las Relaciones Internacionales. El contexto global, dentro del cual es fácil contemplar la aguda manifestación más del actual choque de intereses, anuncia el final de un período caracterizado por la relativa hegemonía de los países occidentales en la política y la economía mundiales, lo que se traduce en su incapacidad para configurar un nuevo Orden Mundial.

La práctica de la política internacional todavía viene determinada por la apreciada ventaja de Estados Unidos y Europa Occidental, por un lado, y por la creciente potenciación de sus principales oponentes: China y Rusia. Como resultado, si los factores objetivos en el desarrollo de la política internacional y la economía mundial determinasen el repliegue de los antiguos líderes a nuevas posiciones, entonces se estará ante el incierto escenario propio del advenimiento de un nuevo Orden Mundial, una perspectiva completamente incierta.

La actual reconfiguración de las relaciones de poder en el contexto internacional, es muy probable que sea uno de los factores que sustentan la estrategia rusa. Es evidente comprobarlo en hechos tales como la votación en la Asamblea General de la ONU sobre las resoluciones adoptadas por los países occidentales como parte de su campaña antirrusa. A pesar de que, desde el punto de vista del derecho internacional formal, condenar a Rusia no sería un problema para ella, un número creciente de países prefieren ejercer la moderación, absteniéndose o evitando votar tales resoluciones.

Por supuesto, esto contribuye a la infraestructura de organizaciones creadas en las últimas dos décadas que no están orientadas hacia Occidente y no están sujetas a su voluntad: los BRICS, la OCS y la Unión Económica Euroasiática. La causa es que muchos países no sienten la necesidad de apoyar incondicionalmente a Occidente en su campaña contra Moscú, algo que no responde directamente a sus intereses ni a sus principales objetivos de desarrollo; estos estados no tienen reclamos particulares contra Rusia. En general, cabe señalar que la reacción de países no occidentales a las acciones rusas desde febrero de 2022 ha sido extremadamente suave. 

La metamorfosis.

La invasión rusa de Ucrania ha supuesto una sacudida tanto para la Unión Europea como para la OTAN, poniendo de manifiesto la influencia de los países de la Europa Central y Oriental, lo que está coyunturalmente configurando la tendencia a un nuevo equilibrio de poder, cuyo centro se aleja de la ‘Vieja Europa’, hacia los más ‘recientes’ miembros del Este. Estos países han forjado sus experiencias en la ocupación soviética, lo que alimenta sus renuencias a ceder parte de su restablecida soberanía a Bruselas.

Desde el principio de la guerra, Polonia y los Estados Bálticos han impulsado la motivación política-moral de apoyo a Ucrania, llenando un vacío casi total al comienzo de las hostilidades, cuando los líderes de la ‘Europa Tradicional’, Francia y Alemania, valoraban sus lazos con Moscú y aparentaban ‘lentitud’. Pero la guerra también ha traído nuevas sinergias para la ampliación de Europa, bien como Unión o Comunidad Política, a los Balcanes Occidentales y ofertas de candidatura para Ucrania y Moldavia.En círculos políticos, esta ‘energía’ se identifica con la confirmación de que ‘Europa ya no puede ser gobernada desde París y Berlín’.

La presión verbal de Europa Central y del Este también ha resultado crucial para que Berlín autorizase la cesión a Ucrania de carros de combate, lo que forzó a Washington a darle cobertura política cediendo sus propios carros. Se ha hecho notar que el hecho de que Polonia se convierta en un poder militar en rápida expansión con nuevas capacidades militares, le confiere la cualidad de actor importante tanto en la Unión Europea como en la OTAN.

Alemania y Francia también han tenido que afrontar el fracaso de su tradicional política de seguridad europea empleando la colaboración con Rusia, El presidente Emmanuel Macron persiste en ser interlocutor de futuras negociaciones de paz entre Moscú y Kiev, llegando incluso a hablar de dar garantías de seguridad a Rusia, lo que ha provocado el rechazo en una parte de Europa, no solo en el Este

Los países de Europa Central y Oriental se consideran como ‘los luchadores por la libertad en la UE que defienden sus valores, enfrentándose a la dictadura’. Se sienten reivindicados en sus antiguas advertencias geopolíticas sobre el neoimperialismo de Moscú, la vulnerabilidad que suponía la dependencia de Europa de la energía rusa, parte y la ingenuidad en la forma que la Europa Occidental practicaba la diplomacia y el comercio con el vecino del Kremlin.

La guerra también ha dejado obsoleto el proyecto de Macron de una Defensa Europea ‘autónoma’. Debilitada dentro de Europa, al menos por ahora, Francia también tendrá menos influencia en una OTAN más activa y agresiva. La Alianza depende más de las capacidades militares y el liderazgo estadounidense que antes de la guerra y se espera que se amplíe pronto con la incorporación de Suecia y Finlandia como nuevos miembros.

A pesar de llevar un año de guerra, Berlín todavía tiene la esperanza de que Ucrania pueda llegar a un ‘arreglo’ con Rusia para que Alemania pueda reanudar sus exportaciones y buscar una solución al problema energético. El hecho de ‘ceder’ en el tema de los carros de combate, aportando una cantidad simbólica, es una forma de ganar tiempo. El impulso de la política exterior de Alemania proviene de sus corporaciones industriales. La indefinición de Alemania sobre la ayuda a Ucrania es una extensión lógica de una estrategia que ha servido bien a su economía desde la Guerra Fría hasta la decisión de bloquear la adhesión de Ucrania a la OTAN en 2008 y a el diseño geopolítico del Nord Stream.

Una tendencia de futuro

La guerra de Ucrania aún no ha terminado, por lo que no se puede conocer ni su desenlace ni sus consecuencias. Lo que puede inferirse es que, sin importar cómo termine, se conformará un nuevo contexto mundial.  Hasta ahora, la Unión Europea ha logrado permanecer unida a pesar de las convulsiones desde 2020, pero el efecto de estos cambios en la política de la UE puede desvanecerse con el tiempo. Las tendencias proteccionistas en China y, en menor medida, en los Estados Unidos darán a una justificación a los miembros de la UE que apoyan la intervención estatal para sus puntos de vista, lo que significa que tales políticas probablemente persistirán. Pero es poco probable que el Norte de Europa permanezca pasivo ante las políticas fiscales promovidas por el Sur de Europa por temor a un aumento del riesgo de nuevas crisis de deuda en el Sur. Además, el escepticismo de algunos países de Europa del Este con respecto a una mayor integración política y económica de la UE probablemente chocará con las opiniones más favorables a la integración en Europa Occidental. Desde una perspectiva de seguridad, ante la potenciación militar de China no provocará la reacción de los estados europeos de la misma manera que lo hizo la invasión rusa de Ucrania, lo que dará lugar a debates internos sobre el futuro de la OTAN y la integración de la defensa en Europa. Esto significa que, si bien los cambios no representan una amenaza existencial inmediata para la UE, se están plantando las semillas para nuevas confrontaciones que probablemente alcanzarán su punto culminante más adelante en la década, y cuando lo hagan, la unidad del bloque volverá a ser puesta a prueba.

No habrá regreso al statu quo ante.

Enrique Fojón

Coronel de Infantería de Marina (R) y Doctor en Relaciones Internacionales. Ha sido jefe de la Unidad de Transformación de las Fuerzas Armadas y asesor del Ministro de Defensa español.

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