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ISHIGAKI, Japan - Photo shows a Chinese maritime surveillance vessel (C back) passing near Uotsuri Island, part of the Senkaku Islands in the East China Sea, on the morning of July 1, 2013. A total of four Chinese maritime surveillance vessels temporarily entered Japanese territorial waters near the Senkaku Islands that day, according to the Japan Coast Guard. (Photo by Kyodo News Stills via Getty Images)

China: ni norte, ni sur; ni pacifista, ni belicista; ni roja, ni azul

China es el país de las ambigüedades. Se dice comunista, pero a nivel interno se abre a las individualistas reglas del mercado, mientras se convierte en el principal adalid mundial del libre comercio; se define como parte integrante de los Estados del ‘sur’, pero es la segunda potencia económica del mundo, con una fuerte y creciente penetración -nada inocente- en los auténticos Estados del ‘sur’ y con notorias aspiraciones a ocupar el peldaño más alto del cajón; plantea un ‘ascenso pacífico’, pero asume el segundo presupuesto de defensa más generoso del orbe, con entre un 15 y un 20% del total del gasto mundial, solo por detrás del presupuesto de los Estados Unidos (aunque reduciendo distancias) mientras multiplica por cuatro, o por cinco, el presupuesto de defensa de Estados como Rusia. En estas condiciones, no puede extrañar que desde Pekín se articulen mecanismos de presión sobre sus vecinos que estén presididos por esas mismas ambigüedades: ni white, ni black.

En efecto, mientras el covid-19 todavía campa a sus anchas, la semana pasada se reprodujeron los incidentes entre buques chinos y japoneses en las proximidades de las islas Senkaku. Cuando no se trata de guardacostas chinos ahuyentando pesqueros japones, se trata de guardacostas japoneses impidiendo la entrada de pesqueros chinos. No en vano, las Senkaku son unas islas cada vez más célebres debido a la persistente disputa que sostienen ambas potencias por su soberanía.

Pero ni se puede decir que los episodios acaecidos estos últimos días sean episodios aislados (son ya cerca de una docena los incidentes similares, en esas islas, solamente en lo que va de año), ni se puede afirmar que el conflicto mismo por las Senkaku sea un episodio que pueda ser analizado al margen del contexto, mucho más amplio, que enmarca una competición geopolítica de alto voltaje que involucra a dos de los Estados económica y militarmente más poderosos del planeta.

Conviene recordar que, en principio, las Senkaku están administradas por Japón. Ése es el estatus quo vigente que protege el derecho internacional. Sin embargo, tras unas décadas en las que el país de los mandarines había mantenido un perfil más bien bajo en las relaciones con sus vecinos del mar (o de los mares) de China, en los últimos lustros el gobierno de Pekín ha dado muestras de una actitud bastante más asertiva.

Ese comportamiento pasa por reivindicar como propias diversas islas y pequeños archipiélagos cuya soberanía no ostenta. De hecho, China no tiene ninguna fijación por las islas Senkaku. No en particular. El hecho de que sean varios los frentes que han sido abiertos de forma coetánea delata que detrás de todo ello hay una estrategia perfectamente calculada: una política pública más, racionalmente calculada.

Los motivos que están detrás de esa política son diversos. Aunque, al fin y al cabo, sean concomitantes: hacerse con el control de ciertos recursos económicos (desde hidrocarburos a pesquerías); tomar posiciones en territorios aprovechables para establecer una avanzadilla de su sistema A2/AD (Anti-Access/Area-Denial), incrementando de ese modo su radio de cobertura; testar la capacidad de respuesta, pero sobre todo la voluntad de ejercerla, por parte de los Estados afectados por esos movimientos orquestados desde Pekín; ejercer presión sobre las alianzas que esos Estados mantienen con otras potencias poniendo a prueba, por ejemplo, la que existe entre los Estados Unidos y Japón desde el final de la segunda guerra mundial. Así como, en última instancia, dejar el terreno preparado para que algunos Estados de la región se adhieran a estrategias de bandwagoning pro-chinas, si finalmente se logra debilitar, entre los países vecinos, la sensación de estar protegidos desde Washington.

Esos objetivos son legítimos. Cabe decir que incluso son lógicos, en términos de realpolitik. Pero, para China, su persecución podría generar algún inconveniente. Como el que se deduce de la eventualidad de cruzar una línea roja que aporte un argumento para que cualquiera de esos Estados (Japón, Vietnam, Filipinas, o los propios Estados Unidos) identifique a China como Estado agresor. Cosa que sucedería si Pekín vulnerara del derecho internacional, generando un casus belli que, en última instancia, sea susceptible de merecer una respuesta contundente por parte de los defensores del status quo ante.

Para evitar esa posibilidad, China viene optando por emplear estrategias de zona gris que, como es evidente, no se deducen automáticamente del tipo de desconfianza típica del realismo político. La zona gris es algo más que eso. Porque incluye toda una serie de medidas, que sobrepasan en mucho la mera carrera de armamentos, basada en la desconfianza mutua. Pero lo que caracteriza a las medidas que son características de una zona gris es que son pacíficas, técnicamente hablando. De este modo, quién activa una zona gris siempre juega sus cartas al borde de la vulneración del derecho… pero en el lado adecuado de ese borde: sin traspasarlo.

El inconveniente inherente a las zonas grises es que suelen generar efectos a medio y largo plazo. Quien las emplea debe y suele tener paciencia estratégica: lo que preside las zonas grises es el gradualismo. Pero, a ojos de la parte débil, eso es más útil (y seguro) que provocar un conflicto armado. Y China lo es (todavía), si comparamos su potencial militar con el de los Estados Unidos. Máxime si Washington es capaz de tejer una alianza anti china en la región, contando con Japón como principal lugarteniente.

De ahí la importancia de emplear las herramientas propias de la zona gris, alejadas de cualquier veleidad bélica: la explotación de una narrativa y la consiguiente propaganda tendentes a erosionar la legitimidad del adversario; la movilización y la monitorización de civiles (ya sean funcionarios o bien ciudadanos no especialmente cualificados) para perseguir unos objetivos políticos que, dada su enjundia, son similares a los de una guerra; las medidas de guerrilla económica (boicots, chantajes, o amenazas de hacerlos), así como, ciertamente, una capacidad disuasoria suficiente para reducir los ya de por si escasos incentivos que pudieran tener las potencias defensoras del status quo para responder militarmente, habida cuenta de la ambigüedad a la que venimos aludiendo.

Así, pues, la zona gris constituye una suerte de trampa perfecta para los defensores del estatus quo. Porque si no actúan para anularla, o para acotarla, dicha zona gris amenaza con proseguir expandiendo sus efectos, mientras que una hipotética sobrerreacción de los defensores del status quo podría ponerlos, paradójicamente, en la situación de convertirse, ellos mismos, en los agresores.

Así que China, también en este aspecto, juega con la ambigüedad: asertiva, pero no agresiva; ni black, ni white; ni roja, ni azul: gray.

Quien desee profundizar en el tema puede leer mi artículo recién publicado: “El caso de las islas Senkaku como paradigma de zona gris”.

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Josep Baqués

Josep Baqués es Profesor de Ciencia Política en la Universidad de Barcelona y Subdirector de Global Strategy

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