Global Strategy Report, 3/2026
Resumen: El artículo analiza la dificultad de mantener un alistamiento naval excelente en un contexto social y normativo cada vez más orientado a la conciliación. La aplicación acrítica de criterios propios del trabajo civil al personal embarcado genera absentismo, deteriora la moral y reduce la operatividad real de las unidades. Se examinan distintas alternativas —reducción de ciclos operativos, tripulaciones reforzadas, doble dotación y dotaciones “huérfanas”— y se concluye que ninguna solución aislada es suficiente. La propuesta pasa por combinar restricciones específicas a la conciliación en la mar, un incremento selectivo de dotaciones y una compensación económica adecuada, con el objetivo de preservar la disponibilidad operativa sin agotar a las tripulaciones ni infrautilizar unos medios navales costosos y escasos.
Para citar como referencia: Vila González, Manuel (2026), “La conciliación en la mar no es sostenible”, Global Strategy Report, 3/2026.
Introducción
En 2023 el Centro de Pensamiento Naval puso en marcha una iniciativa para reflejar una Visión de la Armada a Largo Plazo (VALP) que buscaba la manera de conseguir la “excelencia” de la institución (Pérez, 2023). El resultado del estudio se publicó en 2024, en forma de artículos temáticos, en dos números extraordinarios de Cuadernos de Pensamiento Naval.
Una de las ponencias fue elaborada por quien entonces era director de la Escuela de Guerra Naval, quien describió las razones de la dificultad de un alistamiento adecuado en la Armada y propuso como solución más inmediata y realista rebajar el ambicioso nivel que la Armada se exige (Enrech, 2024).
El dilema de la excelencia en el alistamiento
La búsqueda de la excelencia en el caso del alistamiento es esquiva y se nos presenta en forma de aparente contradicción, teniendo en cuenta que, para lograrla, esto es, para conseguir la máxima operatividad de nuestra fuerza naval, necesitamos contar tanto con una (relativamente) absoluta dedicación del personal, como con la máxima disponibilidad de las unidades. Pero las tripulaciones necesitan descanso y adiestramiento, como es lógico, y los barcos requieren mantenimiento, en sus bases e incluso en el astillero, donde además se les va modernizando a lo largo de su vida para evitar obsolescencias de sus equipos y sistemas.
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La experiencia demuestra que la resistencia de las dotaciones en navegación es menor que la de sus monturas, si gozan de un buen sostenimiento. La tripulación condiciona la maximización del tiempo operativo de los buques de guerra, cuya excelencia está basada en la optimización de su disponibilidad temporal a pleno rendimiento. Su comportamiento en operación está condicionado tanto por su grado de alistamiento, como por la propia excelencia de sus tripulantes, que a su vez depende de su adiestramiento y de los días de mar en un periodo determinado, dado que hay un mínimo para que el desempeño de la unidad sea eficaz, y probablemente un máximo para no zaherir su moral por la vía de un cansancio excesivo.
Se ha de encontrar el equilibrio entre la maximización del tiempo operativo de las unidades y la optimización del periodo de embarque de sus tripulaciones, que permita un perfecto adiestramiento y sea compatible con la vida (personal y profesional) más allá de la navegación. La excelencia trata de eso.
Análisis de la situación actual del alistamiento de las unidades
Pues bien, el actual ciclo teórico de actividad tipo para una fragata (o patrullero) es de dos años: seis meses de inmovilización del buque (para las labores de mantenimiento y gradual modernización) y descanso y formación de la tripulación, seis de instrucción (para lograr el grado de operatividad adecuado) y doce de disponibilidad total para las operaciones. Mantener ese alto nivel de alistamiento (6/6/12) es un reto muy exigente y solo es posible si se tiene en cuenta que hay varios grados de alistamiento en función de la seriedad de la amenaza a la que la unidad esté preparada para enfrentarse: si se pretende mantener el nivel de capacidad operativa para operaciones de combate y alta intensidad, doce meses es probablemente imposible, al menos en tiempos de paz.
Confiando en que se consolide el incremento presupuestario en marcha (lo cual, conociendo nuestra historia, no deja de ser una asunción arriesgada), y que por lo tanto hayan dejado de ser un problema definitivamente tanto el sostenimiento de las unidades, como sus gastos de operación, el núcleo de problema reside en el personal embarcado, dado que a la necesidad de estar a plena disposición para salir a la mar por tiempo indefinido durante un año, una vez la unidad ha sido calificada, se opone tanto una inconveniente congelación de cursos o cambios de destino en el ínterin, como (sobre todo) un “absentismo” cada vez más elevado, por una u otra causa, muy relacionado con la evolución de la mentalidad de la sociedad española (de la que los marinos son parte), más proclive que nunca a la “conciliación”, que, lejos de mitigar, la política del Ministerio fomenta.
La conciliación no es sostenible
Hay muchos destinos en las Fuerzas Armadas, en general, y en la Armada en particular. Pero ninguno es tan exigente como estar embarcado a los efectos de ejercer determinados “derechos”, más propios de la sociedad civil y aún de quienes trabajan en puestos militares en tierra (fundamentalmente si son administrativos) en tiempos de paz.
Lo cierto es que no es de recibo que las unidades no puedan completar sus dotaciones cuando zarpan, como consecuencia de la importación de reglas ajenas al oficio impuestas desde fuera de la institución con el bienintencionado motivo de relajar las exigencias propias de las misiones de la Armada en la mar para favorecer la convivencia familiar y por lo tanto (se infiere) para mejor retener el talento que tanto cuesta captar y formar.
Esa consecuente y creciente falta de compromiso[i], tanto con la Armada, a la que se antepone el bienestar familiar cuando toca navegar, como con los compañeros, que han de suplir las ausencias con más esfuerzo[ii], perjudica la operatividad de las unidades, así como la moral y la resistencia del resto de los tripulantes, que todo es uno a la hora de impedir la excelencia que se pretende.
En esas condiciones, y dado que quienes pertenecen a la Armada lo hacen de forma voluntaria (como bien dice el almirante Enrech), debe articularse un cambio de normativa, si acaso específico para las tripulaciones de las unidades navales, de forma que se restrinja esa práctica y desaparezca, en consecuencia, ese problema acuciante. Si ser militar español es ya un orgullo, ser marino de la Armada es todo un título, y eso exige un plus de compromiso con España, y es así como bien podría demostrarse. Ser marino, más allá de su voluntariedad, es una clara vocación. Exijamos a los miembros de la Armada de hoy lo que sus antecesores (hasta hace bien poco) tenían: un plus ultra en relación al resto de los militares. Y recompensémosles generosamente por ello, como es lógico.
La alternativa de la tripulación reforzada…
Ahora bien, hacer de la Marina excepción en lo que se refiere a las condiciones generales adoptadas por las Fuerzas Armadas, aunque más que conveniente es obligado (especialmente para el personal embarcado), puede que no sea del agrado de quienes dictan las reglas generales, con un criterio más político que operativo, por desconocer en detalle las particularidades específicas de las diversas unidades[iii], y con la probable intención de facilitar la captación y retención de personal para la milicia, por ejemplo, o de evitar agravios comparativos (inevitables, por lo demás) entre los diversos servicios o las diversas fuerzas.
Si ese cambio de normativa y reseteo de chip es inabordable, por unas razones u otras, puede haber una alternativa, que supondría, eso sí, admitir una ineficiencia sistémica y pagar innecesariamente por ella, pero que puede devenir en eficaz con la vista puesta en la necesidad de completar las dotaciones.
Sabemos que hay un absentismo crónico consentido a la hora de navegar de una determinada proporción de las tripulaciones. Supongamos, a efectos conceptuales, que es del 10% (algo sencillamente inimaginable hace apenas unos años y que ya se llega a superar). Si la estadística funciona, parece sencillo solventar el problema engrosando las tripulaciones de nuestros barcos artificialmente un 11%, e incidiendo aún más en la polivalencia del personal para que ningún servicio a bordo se quede cojo, lo que incrementa, por otro lado, el esfuerzo de quienes han de embarcar.
Así, asignaríamos 200 tripulantes a un escolta que requiera 180, o 222 a un barco de guerra cuya dotación teórica tenga que ser de 200 efectivos. De esa forma, considerando que el comportamiento del personal se mantiene en los parámetros a los que estamos acostumbrados, aseguraríamos que las unidades zarpan con sus dotaciones al completo, por el bien de su seguridad y de la operatividad de la nave.
… frente a la cruda realidad
Sin embargo, la alternativa de la tripulación reforzada adolece de dos problemas. Por un lado, se realimenta, es decir, que el hecho de que haya más personal disponible relaja la auto-exigencia de quienes podrían estar en condiciones de solicitar permiso o baja y en circunstancias normales no lo hacen, por mera responsabilidad. Saber que alguien les cubrirá rebaja inevitablemente el umbral del pundonor.
Como consecuencia, y por poner un ejemplo, allí donde había un 10% de absentismo, resuelto al incrementar la dotación un 11% (de 180 a 200 tripulantes), podría pasar a ser de un 15% (en lugar de mantenerse en el 10% y volver a la cifra original de 180), por el que en lugar de 20 faltarían 30 hombres en el momento de zarpar, para hacerlo, por tanto, con 170 marinos (frente a los 162 previstos, eso sí, con el absentismo original del 10% y sin exceso de tripulación).
A eso contribuye, desde luego, el hecho de que los marinos más cumplidores se plantearán la conciliación como una salida a una situación que juzgarán injusta, toda vez que la ingenua (auto)restricción de sus privilegios, comparados con los de sus compañeros, les hará parecer más pardillos.
En segundo lugar, la solución de la tripulación reforzada presenta una carencia irresoluble relacionada con la polivalencia que se pretende. Es imposible cubrir al máximo nivel todas las especialidades que demanda un moderno buque en operación por un número suficiente de personas que permita obviar el riesgo de que alguno de los destinos más demandantes de formación específica quede desguarnecido.
Una propuesta prudente: la reducción de los ciclos
El almirante Enrech considera que, si bien podría exigirse a las tripulaciones una disponibilidad tan elevada como la que teóricamente se requiere para completar adecuadamente el ciclo ahora en vigor en tiempo de crisis o de guerra, hacerlo en condiciones normales puede resultar demasiado exigente, por lo que propone modificar los ciclos, reduciendo su duración a 18 meses en lugar de 24, de manera que la última fase se acorte e iguale a las dos primeras (6/6/6 en vez de 6/6/12); de esa forma, el tiempo de máxima tensión (desplegado o en disposición inmediata de hacerlo) a la que estará sometido un tripulante será (a largo plazo) de un tercio del total de su tiempo en destinos a flote en lugar de la mitad.

Paralelamente, si consideramos que la intensidad del “estrés conciliador” (permítaseme esa alocución para mejor entender el conflicto de intereses que experimenta todo marino embarcado) es en periodo de instrucción la mitad del que se experimenta en la fase de plena operatividad[iv], con la propuesta de reducción de la duración de la última fase del ciclo de doce a seis meses podemos pensar que la disponibilidad no-conciliadora, disminuye de un 62’5% (= 50% [12 de 24 meses] + 0,5 x 25% [6 meses de 24]) a un algo más razonable 50% (= 33% [6 de 18 meses] + 0,5 x 33% [6 meses de 18]).
Es posible que esa reducción del estrés conciliador facilite un menor absentismo por la mejor predisposición del tripulante, pero sin restringir los supuestos conciliadores, la realidad es que la probabilidad de disponer de una excusa válida para no embarcar no se reduce sustancialmente por el mero hecho de alargar el periodo de muestra de seis meses a un año aleatoriamente seleccionado.
Dando por buena la propuesta del almirante, no obstante, aceptamos que un eventual cambio en la normativa de la Armada sobre los permisos del personal embarcado para restringir el absentismo en periodo de navegación puede solucionar parcialmente la dificultad actual de completar las dotaciones. Aunque es posible que no resuelva el problema del agotamiento y eventual desmotivación[v] provocado por la elevada exigencia en periodos de alta disponibilidad.
Sin embargo, asumir con realismo esa conclusión, es decir, admitir que se ha de minimizar el eventual agotamiento de los recursos humanos embarcados de la Armada, incapaces, transcurrido el primer cuarto del siglo XXI, de soportar la actividad propia de sus predecesores del último cuarto del XX, es reconocer tanto la disminución de la resiliencia de nuestra sociedad (de la que los marinos emanan, inevitablemente), como nuestra propia e inexplicable falta de interés a la hora de poner remedio a un inevitable declive operativo de una de las instituciones que durante siglos ha mantenido el estandarte del buen hacer profesional al alimón con su absoluto alineamiento, en su ámbito, con los intereses nacionales.
Los perniciosos efectos secundarios
Por mucho que asumamos esa realidad, lo cierto es que, vista desde el prisma del alistamiento de la fuerza, esa prudente solución tiene una seria contraindicación: el número de unidades en fase de completa disponibilidad para su despliegue operacional se reduce considerablemente, de la mitad de los buques, a una tercera parte. Eso es algo que no nos podemos permitir: los recursos de la Armada son limitados y el previsto incremento presupuestario no va a evitar que lo sigan siendo, habida cuenta del volumen de necesidades pendientes en el “debe” de nuestra marina para poder asegurar la defensa de nuestros intereses nacionales allende los mares, que hemos de proteger en y desde la mar.
En esas condiciones, no podemos asumir, sin más, una reducción del 33% (del 50 al 33%) en la disponibilidad de nuestras unidades. No parece razonable ni aun en el caso de que pudiésemos afirmar que estamos hablando siempre del más elevado grado de alistamiento (enfrentarse a una amenaza de alta intensidad), lo que quizá solo sea una quimera[vi].
No obstante, si suponemos que podemos mantener de alguna forma un grado de operatividad máximo durante doce meses (y no los seis que la situación nos empuja a aceptar), la disponibilidad de las unidades se elevaría un 50% (del 33 al 50%), de tal forma que con una fuerza de escoltas oceánicos de 12 unidades (5 F100 modernizadas y 7 F110, sin ir más lejos), dispondríamos de 6 fragatas alistadas para las operaciones (caso 6/6/12) en lugar de las 4 resultantes de aplicar un ciclo 6/6/6.
La diferencia es sustancial, pues una vez atendidos nuestros compromisos OTAN con una unidad en cada una de las dos agrupaciones permanentes (lo que nos inmovilizaría de por sí cuatro escoltas de las doce en el caso 6/6/12, pero nada menos que seis si aplicamos el ciclo 6/6/6), dispondríamos de cuatro fragatas (6/6/12) en lugar de solo dos (6/6/6) para nuestras propias cuitas. Y un par de escoltas es una cantidad excesivamente reducida para proteger un grupo aeronaval/anfibio… si bien es verdad que llegado el caso en el que hiciesen falta nuestros barcos para encarar una crisis no compartida, las unidades desplegadas con los aliados volverían a casa a toda máquina para integrarse en la escuadra que tuviera que hacer frente a tal eventualidad[vii].
Está claro que, habida cuenta del esfuerzo económico y financiero que ha de hacer la nación para la incorporación de cada uno de esos modernos galeones a la lista de buques de la Armada, parece más razonable sacarles todo el jugo posible, en lugar de tenerlos atracados en su base[viii]. Ahora bien, si exprimir ese uso puede suponer minar la resistencia de sus tripulaciones (provocando una bajada del rendimiento, absentismo y abandono de la institución), habrá sido peor el remedio que la enfermedad, pues algunos de los barcos acabarían no ya solo atracados sino incluso desactivados por falta de personal, algo que, lejos de ser una exageración, está ocurriendo ya en la Royal Navy. En esa tesitura, ¿hay forma de cuadrar el círculo?
Una propuesta inabordable: la doble tripulación
Hasta ahora nos hemos centrado en la disminución de la duración de las fases del ciclo (de 6/6/12 a 6/6/6) para mejor asegurar que la plena operatividad teórica de las unidades lo sea también en la práctica, intentando rebajar el estrés conciliatorio de los tripulantes, cuya resiliencia se ha juzgado inferior a la de sus padres (a su vez bastante inferior a la de los suyos), como ocurre en general a lo largo y ancho del conjunto de los marinos europeos, o de forma transversal, en todos los oficios.
Pero al cuidar al personal, hemos desatendido el índice de operatividad de la Fuerza; un lujo que no nos podemos permitir. Buscando grandes remedios a los grandes males, cabe echar mano al concepto de la alternativa de la tripulación reforzada descrita, adaptándola para que la eficacia que se presumía conseguida entonces (dotación al completo en la mar) se torne, además, en eficiencia operacional desde el punto de vista de la maximización de la utilización de nuestros recursos materiales más preciados.
El equilibrio entre las dos ratios se nos resiste[ix]. Hasta ahora hemos dado prioridad al personal, estableciendo un límite que se puede considerar más razonable y pragmático que el teórico al que estamos acostumbrados para garantizar que el grado de alistamiento nominal coincide con el real y no es solo una expresión optimista o voluntarista de la situación. Para conseguirlo, la sobredimensión de las tripulaciones debería de ser mucho mayor del nivel de absentismo medio[x], pero ni que decir tiene que, si bien así podríamos cubrir todas las necesidades a bordo incluso con la polivalencia necesaria en muchos casos, la tentación para conciliar con la mínima excusa de cada tripulante, sintiéndose cubierto, se agigantaría. Por lo que tampoco parece una solución definitiva.
Así que llevando al extremo esa línea de pensamiento, cabría plantear una sobredimensión del 100%, es decir, establecer una doble tripulación por unidad, al estilo de lo que ocurre con los submarinos nucleares de nuestros aliados. De esa forma, reduciríamos el estrés conciliatorio a niveles óptimos sin perjudicar la plena disponibilidad operativa de las unidades en los niveles teóricos actuales (50%) incluso en periodos de paz, sin más que aplicar ciclos 6/6/12.
La doble dotación, no obstante, exige una disponibilidad de personal exagerada (para nuestros estándares de las últimas décadas), bien es verdad que en periodos más cortos, y plantea dificultades jurídicas y técnicas que solo cabría abordar con cambios profundos tanto en la reglamentación de los derechos ya aludidos para el personal embarcado, como en la mentalidad de la institución y en el pragmatismo del nivel político, motivos por los que sería una solución muy esquiva, salvo quizá en casos muy particulares, como los submarinos, donde las dotaciones son muy reducidas (en comparación con las de un escolta, por ejemplo) y donde la proporción anual de días de mar tiene más importancia que en ningún otro barco de guerra.
El caso particular del Arma Submarina
Por alguna extraña razón que a pocos lectores se les escapará, el compromiso de los submarinistas en mayor que el promedio de sus colegas, lo que no obsta para que las tripulaciones puedan sufrir las consecuencias de cierto absentismo conciliador. Los efectos de esas ausencias bajo el agua son aún más devastadores que en superficie.
La particularidad del submarino es que su presencia en cualquier escenario naval es más disuasoria que a la que puede aspirar cualquier otra unidad en solitario, por lo que es crucial la maximización del número de unidades que puedan estar plenamente operativas… o aun meramente navegando (Vila, 2022), dado que el destinatario del mensaje no tendría por qué conocer el grado de alistamiento de cada unidad si se hacen las cosas bien.
Podemos considerar que el ciclo a aplicar a un submarino se asemeja al propio de una fragata, con la particularidad de que el cansancio ligado a los días de mar es mucho mayor en inmersión, por lo que parece más evidente la necesidad de relajar el ciclo por el bien de las tripulaciones directamente a 6/6/6 desde un teórico e ideal 6/6/12, lo que sin embargo iría en detrimento de la ratio de disuasión aplicable al Arma Submarina[xi], motivo por el que con el fin de compaginar ambas necesidades cabría pensar en asignar dos tripulaciones a cada submarino, como hemos visto.
Comparando un ciclo estándar 6/6/6 con una dotación y un ciclo largo de 6/6/12 con dos, el estrés conciliatorio se reduce del 50 (9/18) al 37% (9/24) y el periodo de plena operatividad de cada tripulante del 33 al 25% (ver cuadro).
Doblar las tripulaciones en el Arma Submarina, de ser eso posible, pues, supondría poder pasar de ciclos 6/6/6 a 6/6/12 y por lo tanto incrementar un 50% tanto el tiempo de plena operatividad como la ratio de disuasión (hasta un elevado 75%, en este último caso). Evidentemente, ni el estrés conciliatorio se reduce a la mitad con esa duplicación, ni la efectividad operativa o disuasoria se dobla. Así pues, y al margen de la dificultad de encontrar y formar tripulaciones, la aplicación de la doble dotación tiene un rendimiento marginal limitado con relación a los recursos movilizados, pues si bien reduce el cansancio de las tripulaciones, no incrementa tanto la operatividad y pone en cuestión el verdadero nivel de instrucción de cada una de las plantillas.

Se puede seguir dándole vueltas al tema, así, si en lugar de doble tripulación se dispusiera de una y media por unidad, la operatividad de los buques en ciclos de 6/6/12 sería la misma que con dos (50%), si bien la dedicación extrema de la plantilla se elevaría al 33% (un 33% superior al 25% que nos permite la segunda tripulación completa), lo que aún permitiría, sin embargo, gestionar el personal.
Una propuesta derivada: las dotaciones huérfanas.
Para hacer factible la existencia teórica de medias tripulaciones adicionales por unidad, cabe concebirlas al completo, pero sin barco asignado (“dotaciones huérfanas”), de forma que una flotilla de cuatro SSK-AIP, por ejemplo, cuente con seis tripulaciones completas o una escuadrilla de seis escoltas, con nueve. No obstante, la determinación de la proporción de personal adicional adecuada al momento histórico que estamos viviendo no es algo que se pueda cuantificar tan fácilmente, y todo exceso es un lujo.
Lo que está claro es que disponiendo de una tripulación completa adicional por escuadrilla se cubrirían todos los puestos a bordo en cada tipo de unidad. Además, ese exceso[xii] permitiría compensar estadísticamente las bajas habituales en circunstancias normales, disminuyendo mucho (si no erradicando), las ausencias en las navegaciones mediante la sustitución del personal ausente por alguien capaz de hacer igualmente bien su trabajo.
Ese planteamiento podría equilibrar la reducción del estrés conciliatorio con la maximización del tiempo operativo de las unidades, si bien exigiría solventar una serie de dificultades de muy diverso tipo entre las que destacan las organizativas, habida cuenta de la necesidad de compatibilizar los periodos de instrucción de las dotaciones “sobrantes” tanto con los de las demás, como con los periodos de plena operatividad, lo que solo sería posible jugando con los diversos grados de alistamiento (y en particular con los dos primeros).
Sería preciso, además, estudiar y gestionar también el impacto psicológico de no pertenecer a un buque determinado, sino a la flotilla o escuadrilla en la que se encuadren las unidades, si bien las dotaciones “huérfanas de barco” podrían dejar de estarlo asignándose al gemelo digital correspondiente, donde adiestrarse en determinados procedimientos mientras estuviesen en la base.
El reto anfibio
El de los grandes buques es el ciclo teórico más exigente, por cuanto se alarga 36 meses, repartidos en fases de 6 (inmovilización y mantenimiento), 6 (adiestramiento) y 24 (plena disponibilidad para las operaciones), con una exigencia operativa para los marinos del 66% (= 24/36, un 33% más elevada que el 50% que veíamos para los escoltas, y que ya juzgábamos excesivo) y un grado de estrés conciliatorio del 75% (= [24+3]/36), lo que es poco menos que imposible[xiii].

Es evidente que si se pretende de verdad mantener este nivel de operatividad eficientemente (esto es, de forma que el grado de alistamiento teórico coincida con el real), los buques de asalto anfibio (LPD), los de reabastecimiento (AOR) o los portaviones anfibios (LHD, o mejor dicho, LRD, con la R de caRrier), parecerían ser buenos candidatos para disponer de doble tripulación[xiv]. Sin embargo, más allá de las necesidades del sostenimiento a tan largo plazo, de la gestión del personal, de su desarrollo profesional[xv] o de las dificultades prácticas de compatibilizar los periodos de adiestramiento de ambas dotaciones, el número de efectivos movilizados convierte este reto, en las actuales circunstancias, en inabordable.
Quizá la existencia de una cuarta dotación adicional para tres grandes buques de cualquiera de estos tipos permita alargar el periodo (y por lo tanto el índice) de plena operatividad, si a lo largo de la tercera fase las tripulaciones se pueden turnar o al menos relevar en parte en las diversas escalas de forma paulatina para que no se vea penalizada la efectividad alcanzada. Pero todo eso es mera teoría: la dificultad logística de hacer esos cambios en caso de crisis es evidente, y el adiestramiento de las dotaciones tendría que compatibilizarse con los periodos operacionales para ser de aplicación a toda la tripulación en un periodo tan largo, por lo que, de facto, es más un deseo que una posibilidad real.
En esas circunstancias, deberíamos pensar en ciclos 6/6/6 incluso para los grandes navíos, al menos en época de paz, por mucho que en periodo de crisis se puedan alargar hasta 6/6/12 (Pérez, 2025), lo que sin duda será más fácil con tripulaciones extra que con solo una por buque. Pensar en ciclos 6/6/24 no parece realista, por mucho que los buques anfibios tengan más en común con los mercantes que los escoltas, pues siguen siendo tripulados por personas.
La principal cuestión a solventar
La cuestión, por lo tanto, de ser factible crear dotaciones huérfanas, es básicamente de dónde vamos a sacar tanto personal, ahora que no parece que vaya a haber impedimento presupuestario (y una vez se revoquen los absurdos límites a las plantillas de las FF.AA.).
Se ha de conseguir que las solicitudes de acceso a la Armada en todos los empleos acaben siendo una avalancha, para lo que ayudaría recuperar parte de la función de reclutamiento, tan específico en la marina. No se nos antoja un empeño inabordable, dado que todos los años vemos que son muchos más los candidatos que solicitan entrar en la Escuela Naval Militar que las plazas que se ofertan, por ejemplo. Además, hay una evidente concentración en la procedencia de la marinería (y en general, de todo el personal de la Armada) en áreas muy específicas de la geografía nacional, por lo que darse mejor a conocer en todas partes es una obligación[xvi], incrementando la difusión de la cultura naval en colegios e institutos, incluso en la universidad, fuera de esas áreas. Las visitas de nuestros barcos a los diversos puertos nacionales, de tanto éxito popular, han de incentivar el enrolamiento. La Armada ha de poder poner en marcha campañas de captación de talento por doquier, y en particular en centros de FP de todo el país; y ha de hacerlo sin tutelas.
El banderín de enganche, de todas formas, no puede pretenderse que sea lo mucho que se parece la vida del marino a la de cualquier otro oficio, sino más bien lo diferente que es esa vida a todo lo que se estila en cualquier otra latitud profesional. Quizá nos llevemos la sorpresa de que aún hay una relativamente nutrida porción de la sociedad juvenil, mayor de la que esperamos, que lo que está buscando es un compromiso real con una causa noble y que tiene ganas de aprender y trabajar, no dejándose arrastrar por la corriente.
La Armada dispone de unos veinte mil efectivos en la actualidad (un número escuálido que se ha mantenido estable a lo largo de la última década) y ha de incrementar sus efectivos a corto plazo entre cuatro y seis mil, si bien el plan derivado de la visión Armada 2050 debería elevar las plantillas en los próximos quince años bastante más, lo que obliga ya a reaccionar para modificar las leyes que lo impiden. A treinta años vista, si se mantiene el ritmo inversor como debería ser previsible[xvii], el tamaño de la Armada más que duplicará al actual, consecuencia tanto de haber doblado el presupuesto anual en términos de participación en el PIB, como de haber incrementado el peso de la Armada en el reparto de las partidas del ministerio y haberlo igualado al de cada uno de los dos ejércitos.
¿Existe una solución?
Ninguna de las soluciones analizadas es válida por sí misma. Pero una combinación de todas ellas puede ser la solución. Por un lado, se han de restringir los supuestos de conciliación: las Fuerzas Armadas han de ser la excepción a una regla que está perjudicando la productividad nacional sin fomentar a cambio la natalidad, de acuerdo con los datos oficiales, u obtener otro rendimiento social adicional conocido (más allá de un pretendido agradecimiento electoral). Dentro de ese marco, la Armada debe ser el caso más extremo, particularmente en lo tocante al personal embarcado.
Por otro lado, el incremento de las tripulaciones, y en particular vía dotaciones huérfanas por escuadrilla o flotilla, puede ayudar a paliar las carencias a las que tanto nos cuesta acostumbrarnos a la hora de hacernos a la mar.
Finalmente, un reconocimiento explícito a los días efectivos de mar y un aumento de la compensación económica (Moreno, 2025), pueden acabar por ayudar a solucionar el problema.
Con todo ello quizá sea posible conservar el ciclo 6/6/12, en lugar de tenerlo que reducir a 6/6/6 (al menos en tiempo de paz… aunque estemos siempre en crisis), para no tener que renunciar a un aprovechamiento más adecuado de nuestro material.
Las empresas no dejan de trabajar bajo la mayor exigencia pese al absentismo, también creciente, y a pesar de la rotación de su personal, en ocasiones con tasas que superan el 20% anual. El sistema (los procedimientos) permiten, junto al compromiso de los más profesionales, que eso sea posible, acortando los periodos de adaptación de los recién llegados; mientras, siempre será mejor que haya alguien en un puesto en lugar de nadie, pues a poco que haga mientras aprende, disminuirá el impacto de una ausencia. La Armada no puede ser menos.
Conclusiones
Más allá de la Infantería de Marina (que también tiene sus peculiaridades), las unidades de la Armada no son organizaciones formadas por agrupaciones de soldados, como sucede en los ejércitos, sino barcos de guerra que no pueden ejercer su papel protagonista sin la perfecta conjunción de quienes los dotan de vida.
Esa particular condición de los marinos (rara especie híbrida, mitad militar, mitad nauta) exige una dedicación y un compromiso profesional superior al ya elevado nivel que se observa en las FF.AA. en general, lo que ha de implicar tanto una mayor severidad a la hora de establecer las reglas de conciliación del personal embarcado (necesariamente más vocacional que los profesionales de muchos otros ámbitos), como una justa recompensa.
Los largos ciclos operativos de las unidades que forman parte de la Armada provocan periodos de máxima disponibilidad y tensión demasiado prolongados, lo que repercute de una u otra forma en su verdadero grado de alistamiento, más allá del teórico. Reduciendo la duración de la fase de completa operatividad se puede aminorar ese problema. Así, parece razonable fijar ciclos 6/6/6[xviii]en época de paz y prolongar en caso de crisis el periodo de plena operatividad a doce meses (6/6/12).
Sin embargo, esa solución provoca, como consecuencia, que disminuya el número de unidades operativas concomitantes, haciendo menguar el aprovechamiento de los recursos materiales de la Marina, que debido al esfuerzo que a la sociedad supone su adquisición y sostenimiento, debe maximizarse sin contemplaciones.
Para compatibilizar ambos requisitos contrapuestos se puede incrementar el número de dotaciones y simultanear su adiestramiento en la fase dos, pero el reto para conseguir ambos objetivos es de órdago, aunque no sea algo ajeno a lo que algunos de nuestros aliados ya son capaces de hacer en sus flotas submarinas nucleares. Aun así, no es realista pensar que podamos hacer semejante cosa ante la crónica escasez de “afición” que, además, se va a necesitar para dotar un mayor número de naves en los próximos años; de ser factible, por otro lado, no parece que nos fuera a solucionar el índice de operatividad de nuestras unidades, sea por un adiestramiento presumiblemente menos exigente (y por lo tanto de un grado de alistamiento menor en algunos momentos), sea por los muchos problemas colaterales que no solo no se arreglarían, sino que correrían el riesgo de agravarse como consecuencia de la condición humana, tan presente hasta en las mejores familias.
Así pues, aunque la solución más evidente al entuerto pasa por convertir el ciclo 6/6/6 en el normal en periodo de paz para todas las unidades, e incrementarlo a 6/6/12 en caso de crisis, no podemos resignarnos a tener que renunciar a alcanzar una mejor optimización de nuestros escasos recursos, por lo que la presumible solución viene de las dotaciones reforzadas (incluso creando dotaciones huérfanas en las escuadrillas), y adaptando la vigente Ley de 1999 de Personal de las FF.AA. a la realidad de la Armada en lo tocante al personal embarcado (que debe ser debidamente compensado económicamente en consecuencia), pues todos los caminos explorados llevan a esa Roma del sentido común que perdimos en el tránsito de los derechos y obligaciones a los derechos a secas, y que se ha extendido por todos los ámbitos de la sociedad afectando, también, a los reductos de máxima responsabilidad donde nos jugamos nuestra supervivencia, como puede ser el caso.
Referencias
Enrech Acebo, José Luis (2024), “Alistamiento de la Fuerza”, Cuadernos de Pensamiento Naval, Nº 38 [VALP parte I], Madrid: Escuela de Guerra Naval
Marica, Andrea (dir.) y Rebollo Díaz, Pedro (coord.) (2025), Hacia un sistema de seguridad integral. Conciencia de seguridad y defensa como pilar de la resiliencia en las sociedades occidentales, Madrid: Bosch Ed.
Moreno Montero, Beatriz (2025), “La problemática del impacto operativo de las medidas de conciliación a bordo de los buques de la Armada”, Revista de Estudios Estratégicos, Madrid: ESFAS-CESEDEN
Pérez Ramírez, Enrique (2023), “La excelencia en la Armada”, Cuadernos de Pensamiento Naval, Nº 35, Madrid: Escuela de Guerra Naval
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Rodríguez Garat, Gonzalo (2025), “La Armada y la gestión de los recursos en tiempos de paz y crisis”, Cuadernos de Pensamiento Naval, Nº 39 [VALP parte II], Madrid: Escuela de Guerra Naval
Vila González, Manuel (2022), “La triple utilidad estratégica del submarino anaerobio en España”, Cuadernos de Pensamiento Naval, Nº 33, Madrid: Escuela de Guerra Naval
[i] No es algo tan reciente, pues hace veinte años, antes de que las ausencias fueran un “derecho”, el absentismo ya alcanzaba el 7% cuando las fragatas salían a navegar. El problema es que ha ido a más y ahora mismo la cifra ronda el doble.
[ii] Molestia lógica que parece soliviantar a la Asociación de Tropa y Marinería Española, (que denuncia que a los ausentes se les perciba negativamente por el resto de la tripulación), quizá por su carácter proto-sindical.
[iii] Un ejemplo paradigmático es el de los periodos de preaviso “ridículamente elevados” para las unidades de la Armada (Enrech, 2024).
[iv] Es una mera suposición motivada por el hecho de permanecer en la base durante la fase de adiestramiento y de que la proporción de días de mar es menor que en la de plena operatividad y no va a superar el 50%.
[v] Todo el mundo se va a comparar con sus pares mejor tratados (como los miembros de los ejércitos), con independencia de que sus circunstancias difieran: es condición humana, y, por lo tanto, inevitable.
[vi] La experiencia parece demostrar que la idea de que se puede mantener el nivel 1 de operatividad (combate) a lo largo de los doce meses en un ciclo 6/6/12, es, más que nada, una aproximación teórica.
[vii] Además, es esos casos se puede incrementar el número de unidades operativas durante unos meses adelantando la incorporación de las que estén en periodo de instrucción y alargando a su vez la última fase, lo que solo puede entenderse una solución no sostenible (Pérez, 2025).
[viii] Tampoco eso es exactamente así, pues los buques no preparados para el combate pueden realizar otras misiones menos demandantes, siquiera sea mostrar el pabellón en zonas no comprometidas o participar en cometidos de seguridad marítima.
[ix] La de los buques en condiciones de completo alistamiento y la de la máxima disponibilidad del personal.
[x] ¿Y llegar quizá a un 20, 25, 33, 50%?
[xi] Resultado de considerar la suma de los días de mar (no solo en fase de plena operatividad, sino también en fase de adiestramiento) más los días de plena operatividad en el puerto, todo ello entre días totales del ciclo.
[xii] Un 25% adicional (1,25 tripulaciones por barco) en una escuadrilla de cuatro unidades, un 20% en una de cinco o un 17% en una de seis.
[xiii] Por su “absoluta incompatibilidad con cualquier política de personal y de mantenimiento, por muy laxa que sea” (Pérez, 2025).
[xiv] De ser eso posible, cabría pensar que con tres buques semejantes al (o derivados del) Juan Carlos I se podría disponer de dos portaviones anfibios operativos simultáneamente, y lo mismo es aplicable a los LPD y a los AOR.
[xv] Sin duda esta es otra asignatura pendiente para lograr la excelencia que se pretende; el VA Rodríguez Garat (Rodríguez, 2024) se hace eco de esta necesidad y aborda la problemática de compatibilizar publicación de vacantes con ciclos de alistamiento.
[xvi] Al hilo de lo que cabe preguntarse cómo es posible que las Comandancias de Marina no dispongan de unidades asignadas (¡siquiera sea un esquife!).
[xvii] Para asegurarlo es imprescindible promulgar en las cortes una ley de financiación de la defensa respaldada por una amplia mayoría del arco parlamentario que estabilice a largo plazo la dotación presupuestaria para las FF.AA.
[xviii] Pero eso sí, con un grado de alistamiento máximo (amenaza de alta intensidad) en la fase de plena operatividad, como es el caso de la US Navy.
Editado por: Global Strategy. Lugar de edición: Granada (España). ISSN 2695-8937



