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Constantes y transformaciones: un mapa conceptual del conflicto contemporáneo

https://global-strategy.org/constantes-y-transformaciones-un-mapa-conceptual-del-conflicto-contemporaneo/ Constantes y transformaciones: un mapa conceptual del conflicto contemporáneo 2026-05-28 10:42:00 Samuel Morales Blog post Estudios de la Guerra

Entre el tecnodeterminismo y la inercia conceptual existe un marco analítico más útil: distinguir qué permanece invariable en la guerra —voluntad, política, logística, cohesión—, qué se erosiona, qué evoluciona y qué aparece cualitativamente nuevo. Este artículo construye ese mapa a partir de la evidencia empírica de los últimos diez años de conflicto.

El análisis de la guerra contemporánea comete sistemáticamente uno de dos errores simétricos. El tecnodeterminismo afirma que los drones, la inteligencia artificial y la guerra electrónica han transformado el conflicto de raíz, haciendo obsoletos los conceptos anteriores a 2020. La inercia conceptual, por el contrario, se resiste a reconocer que el entorno operativo ha cambiado de forma suficientemente significativa como para hacer insuficientes las doctrinas de los años noventa. Ambos producen malas decisiones y preparación inadecuada. El marco útil requiere distinguir con precisión qué permanece invariable, qué se está erosionando, qué evoluciona y qué aparece cualitativamente nuevo. Este artículo pretende construir ese mapa conceptual a partir de la evidencia acumulada en los conflictos de la última década.

Lo que permanece: las constantes que la fascinación tecnológica ignora

Clausewitz formuló la distinción más útil disponible: la diferencia entre la naturaleza de la guerra, lo que es en esencia, y su carácter, la forma concreta que adopta en cada época. La naturaleza es permanente porque refleja algo irreductible sobre el poder organizado y el conflicto humano. El carácter cambia con la tecnología, la economía, la organización social y la cultura estratégica de cada momento. Confundir ambas categorías es el error intelectual más costoso en el análisis estratégico, porque lleva a creer que los fundamentos han cambiado cuando solo han cambiado las herramientas, o a creer que las herramientas son las mismas cuando la transformación ha sido cualitativa.

La primera constante que permanece es la dimensión política de la guerra. No en el sentido superficial en el que normalmente los políticos la declaran, sino en el sentido clausewitziano preciso: la guerra no tiene lógica propia; solo adquiere sentido en relación con los objetivos políticos que la originan y que deben guiarla. La inteligencia artificial puede procesar objetivos más rápido que ningún analista humano. No puede decidir qué orden político debe reemplazar al que se destruye. Los fracasos de Afganistán e Irak no fueron fallas tecnológicas: fueron fallas en la comprensión de los fines políticos que la violencia debía servir. Israel puede destruir las capacidades militares de Hamas con una eficacia táctica considerable y encontrarse, como posiblemente así sea, en una posición estratégica peor si no tiene respuesta coherente para el orden político que debe seguir. La tecnología amplifica la capacidad de destruir con precisión, no sustituye la necesidad de saber qué construir después.

La segunda constante es la voluntad colectiva: la disposición de una sociedad a sostener el esfuerzo de guerra durante el tiempo necesario, absorbiendo los costes que implique. Rusia calculó que Ucrania carecía de esa voluntad cohesionada. El cálculo fue el error estratégico más costoso del siglo hasta la fecha. La voluntad no es observable en inventarios de armas ni en análisis de capacidades convencionales. Pero puede ser más determinante que cualquier diferencial de plataformas en conflictos que se prolongan más allá de los primeros días. Tiene además una propiedad bien documentada: reforzarse bajo presión exterior. Las sociedades amenazadas desde fuera desarrollan una cohesión de la que podían carecer antes de la agresión. El atacante que cuenta con la fragmentación interna del adversario puede encontrar exactamente el efecto contrario.

La tercera constante es la logística. El colapso de las columnas rusas hacia Kiev en 2022 no fue primariamente una derrota táctica: fue el resultado de planificación logística para setenta y dos horas que encontró una guerra de semanas. Y la crisis de munición revelada en las democracias aliadas occidentales, stocks diseñados para la guerra corta que la doctrina de posguerra fría había prometido pero inadecuados para la guerra larga que la realidad impuso, fue la segunda demostración del mismo principio que Napoleón había formulado dos siglos antes.

La cuarta constante es la cohesión de la pequeña unidad: los combatientes no luchan por abstracciones ideológicas sino principalmente por sus camaradas inmediatos. Esta cohesión, construida sobre la base del adiestramiento exigente y un liderazgo que genera confianza, es el combustible del combate sostenido que ninguna plataforma puede replicar y ningún algoritmo puede sustituir.

Lo que se erosiona: las ilusiones estratégicas de la posguerra fría

La primera ilusión que se disuelve con la evidencia acumulada es la de la guerra corta. Los stocks de munición diseñados para días revelan lo profundamente que la doctrina occidental internalizó la promesa de que la precisión reduciría el volumen necesario. La realidad de Ucrania fue la opuesta: en guerra de alta intensidad entre actores con voluntad sostenida, precisión y volumen son complementarios, no sustitutivos. Las tasas de consumo de proyectiles de artillería en el frente ucraniano superaron en los primeros meses la producción mensual combinada de varios aliados. La base industrial de defensa europea, optimizada para el tiempo de paz, no estaba, ni está, dimensionada para esta demanda.

La segunda ilusión es la de la superioridad aérea automática. En más de tres años de conflicto en Ucrania, ninguno de los dos bandos ha logrado dominio aéreo completo sobre el territorio del adversario. La proliferación de sistemas antiaéreos portátiles y de medio alcance, la guerra electrónica que degrada sistemas de navegación de aeronaves, y la dronización que crea saturación de amenazas a baja altitud han erosionado la ventaja histórica occidental en el dominio aéreo hasta el punto en que no puede darse por supuesta en teatros disputados. Los planificadores que asumen la superioridad aérea como condición de partida de cualquier operación necesitan revisar esa asunción con la evidencia disponible.

La tercera ilusión es la retaguardia segura. Los ataques rusos a la infraestructura energética ucraniana, subestaciones eléctricas, instalaciones de gas, centrales térmicas, no tienen como objetivo primario la capacidad militar. Buscan hacer insostenible la vida civil en invierno para erosionar la voluntad de resistencia. La separación clásica entre frente y retaguardia ha colapsado en el conflicto contemporáneo: el hogar, la red eléctrica, las comunicaciones, los sistemas de agua y la opinión pública son ahora parte del campo de batalla. Esta realidad tiene consecuencias directas sobre lo que significa prepararse para la defensa, que ya no puede limitarse a preparar las fuerzas armadas sin preparar simultáneamente la sociedad y las infraestructuras que las sostienen.

Lo que evoluciona: transformaciones reales en la forma de combatir

La precisión ha pasado de elitista a democrática. En 1991, las municiones guiadas de alta precisión eran patrimonio exclusivo de las grandes potencias occidentales. Hoy, el mismo satélite GPS que guía el misil de crucero de cien millones de dólares guía el dron FPV de doscientos euros. Esta democratización no iguala a todos los actores, la brecha entre capacidades avanzadas y modestas sigue siendo enorme en muchos dominios, pero reduce drásticamente el diferencial en el escalón táctico, donde se deciden las batallas. Cualquier actor con motivación suficiente puede generar efectos de precisión que antes requerían capacidades de primera línea.

La maniobra terrestre sigue siendo posible y necesaria, pero ha adquirido un coste radicalmente mayor. En el campo de batalla transparente, donde la concentración de fuerzas es visible en minutos para drones y satélites comerciales, concentrar fuerzas para llevar a cabo una acción ofensiva es detectable y atacable con fuego de precisión en menos de diez minutos. La maniobra exitosa requiere hoy ventanas temporales extremadamente cortas, dispersión como modo de operación por defecto y ciclos de concentración-golpe-dispersión medidos en horas, no en días. La ofensiva ucraniana en Járkov de agosto de 2022 ilustra este principio: concentración rápida, avance inmediato aprovechando el colapso defensivo ruso y dispersión antes de que el adversario pudiera reorganizarse.

Por otra parte, la diplomacia ha dejado de ser la fase previa a la guerra para convertirse en línea de esfuerzo durante toda su duración. La coalición que sostiene a Ucrania requiere trabajo diplomático continuo, industrial para coordinar la producción entre aliados, financiero para mantener los flujos de apoyo, narrativo para sostener la opinión pública de más de cuarenta países, y político para gestionar las diferentes sensibilidades sobre escalada; tan determinante para el resultado del conflicto como las operaciones terrestres. La sostenibilidad del apoyo exterior es una capacidad operativa tan real como la artillería.

Lo que aparece: instrumentos cualitativamente nuevos

El dron FPV no es simplemente una versión más barata de los sistemas de armas existentes: es un cambio de paradigma en la relación entre el coste de atacar y el coste de defender. Un FPV que destruye un blindado de tres millones de euros cuesta entre cien y quinientos euros. Esta asimetría de tres a cuatro órdenes de magnitud, combinada con la posibilidad de producirlos en decenas de miles mensualmente en talleres distribuidos, crea una presión estructural sobre las arquitecturas de defensa convencionales que ningún presupuesto puede resolver con la lógica de la posguerra fría. Los enjambres coordinados amplifican este efecto: no son un conjunto de plataformas que hacen lo mismo simultáneamente sino sistemas distribuidos con inteligencia colectiva que pueden dividir tareas, coordinar ataques desde múltiples vectores y adaptarse a pérdidas parciales sin perder efectividad global.

Además, la guerra electrónica ha vuelto al centro del combate después de décadas de marginación relativa en conflictos de contrainsurgencia donde los adversarios carecían de capacidades en ese dominio. En Ucrania, el jamming de comunicaciones, el spoofing de GPS, la interferencia de los enlaces de control de drones y la disciplina de emisiones se han convertido en competencias operativas básicas de todos los escalones. La paradoja que esto genera es central para entender el campo de batalla futuro: cuanto más digital se vuelve la guerra, más valiosas son las capacidades analógicas de supervivencia, el artillero que sabe calcular sin sistema digital, el navegador que sabe usar instrumentos inerciales, el comandante que ha practicado el mando cuando las comunicaciones fallan.

Por otra parte, el OSINT operacional ha transformado la inteligencia estratégica y táctica de forma que los servicios de inteligencia todavía parecen estar integrando. Organizaciones de analistas voluntarios sin acceso a ninguna base de datos clasificada produjeron durante el conflicto ucraniano evaluaciones en tiempo casi real que en calidad rivalizaban con la inteligencia formal de varios países aliados. La geolocalización de vídeos de redes sociales, el análisis de imágenes satelitales comerciales, el rastreo de transponders de aviones militares y la identificación de equipamiento a partir de fotografías publicadas por los propios combatientes: todas estas fuentes abiertas han democratizado la inteligencia de formas que tienen consecuencias en ambas direcciones, reducen la capacidad de sorpresa de todos los actores, pero otorgan ventaja a quien mejor gestione su propia firma informativa y engañe al adversario en ese entorno transparente.

Finalmente, no puede obviarse que la guerra narrativa en tiempo real ha convertido cada operación en un evento simultáneamente físico e informativo. El mismo ataque que destruye una posición militar produce imágenes que circulan en redes sociales en minutos, son analizadas por observadores en horas y condicionan posiciones de gobiernos aliados en días. Gestionar esa dimensión narrativa no es comunicación estratégica como complemento de las operaciones: es parte constitutiva de su diseño y ejecución.

El marco que resulta de estos cuatro cuadrantes no produce predicciones sino algo más útil: una estructura para pensar sobre el conflicto que evita tanto el tecnodeterminismo como la inercia conceptual. La guerra es más tecnológica, pero no menos humana. Más rápida en lo táctico, pero más prolongada en lo estratégico. Y su resultado depende de la capacidad de ecosistemas completos para sostenerse, adaptarse y aprender más rápido que el adversario. La unidad de análisis relevante ha cambiado de la plataforma al ecosistema.

La trinidad clausewitziana en el siglo XXI

La trinidad que Clausewitz articuló, la tensión dinámica entre pasión popular, genio militar y razón política no solo sigue siendo válidas, sino que podríamos afirmar que se ha vuelto más difícil de gestionar precisamente porque las tecnologías del conflicto contemporáneo actúan sobre cada uno de sus tres vértices con intensidades y velocidades sin precedentes.

El vértice de la pasión popular está sometido a operaciones de influencia sofisticadas que buscan moldearla en las sociedades propias y adversarias simultáneamente. Rusia no solo combate en Ucrania con misiles y artillería: combate también en el espacio informativo europeo con narrativas diseñadas para erosionar la voluntad de apoyo occidental. Hamas no solo combate en Gaza con fuerzas armadas: combate también con imágenes de víctimas civiles que movilizan la indignación global. Las democracias occidentales tienen que gestionar sus propias pasiones populares, la fatiga ante conflictos prolongados, la división sobre cuánto apoyo es apropiado, como variable operativa, no como dato exógeno.

El vértice del genio militar está siendo simultáneamente habilitado y amenazado por la tecnología. Habilitado porque la información disponible puede multiplicar las opciones del mando competente. Amenazado porque la presión de los sistemas digitales de mando y control puede sustituir el juicio creativo por la adherencia a lo que los algoritmos recomiendan, y porque la hipercentralización que la tecnología facilita puede suprimir exactamente la iniciativa que los conflictos complejos requieren.

El vértice de la razón política está sometido a la presión de la transparencia en tiempo real, que hace que cada decisión sobre el uso de la fuerza sea inmediatamente visible y juzgada por audiencias múltiples con criterios incompatibles entre sí. El gobernante que en 1944 podía tomar decisiones estratégicas difíciles en privado y explicarlas semanas después ahora debe gestionarlas bajo escrutinio inmediato de aliados, adversarios, prensa internacional, organizaciones internacionales y su propia opinión pública, con frecuencia en el mismo ciclo de noticias en que se toma la decisión. Esta compresión temporal de la rendición de cuentas es uno de los cambios más profundos en las condiciones del ejercicio del liderazgo político.

Así, esta trinidad más compleja no invalida el análisis clausewitziano. Lo hace más relevante, porque señala con precisión dónde se producen las tensiones que el liderazgo debe gestionar. El líder político que no entiende cómo las operaciones militares afectan a la pasión popular, propia y adversaria, producirá resultados que el genio militar no puede compensar. El mando que no está guiado por razón política coherente producirá victorias tácticas que se convierten en derrotas estratégicas. Y la sociedad que no tiene voluntad de sostener el esfuerzo limitará las opciones disponibles con independencia de la calidad técnica de los otros dos vértices.

Hacia un análisis integrado

El mapa conceptual que este artículo ha construido tiene una conclusión que merece ser enunciada con claridad antes de pasar al siguiente nivel de análisis: la suma de lo que permanece, lo que se erosiona, lo que evoluciona y lo que aparece no produce un cuadro de ruptura total ni de continuidad total. Produce un cuadro de complejidad creciente, donde las constantes clausewitzianas se ejercen en un entorno tecnológico, informativo y político radicalmente más exigente que el de cualquier período anterior.

Prepararse para ese entorno requiere evitar tanto la trampa del pasado, diseñar fuerzas para el conflicto anterior, como la trampa del futuro, diseñar fuerzas para una guerra de robots que todavía no existe y puede no llegar. Requiere capacidades que funcionen en el presente con lo disponible mientras se construyen las del futuro. Requiere doctrinas que incorporen las lecciones del campo de batalla real en ciclos de meses, no de años. Y requiere líderes que comprendan tanto las constantes permanentes, voluntad, política, logística, cohesión, como las transformaciones reales, drones, guerra electrónica, transparencia, industria, sin confundir unas con otras.

Samuel Morales

Samuel Morales es consultor en defensa en una empresa de consultoría tecnológica. Es Teniente Coronel en excedencia de la Infantería de Marina (DEM) de la Armada Española y antiguo alumno del Máster on-line en Estudios Estratégicos y Seguridad Internacional de la Universidad de Granada

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