Global Strategy Report, 11/2025
Para citar como referencia: Baqués, Josep (2025), “Corbett o el dominio de la defensiva… con matices”, Global Strategy Report, 11/2025.
Resumen: Julian S. Corbett se erige como la antítesis de Alfred T. Mahan en la estrategia naval. Mientras Mahan defendía la ofensiva y la aniquilación de la flota enemiga, Corbett, influenciado por Clausewitz, abogaba por una estrategia más defensiva, entendiendo la guerra como una continuación de la política. Su concepto central, la “flota en potencia”, postula que una flota inferior pero activa puede disuadir a un adversario superior, evitando la batalla decisiva y ganando tiempo. Aunque los ejemplos históricos muestran que rara vez conduce a la victoria, la teoría de Corbett destaca la importancia de la movilidad y la defensa activa como herramientas para influir en el curso de una guerra naval.
Introducción
Julian S. Corbett suele ser considerado como la alternativa a Alfred T. Mahan, cuando se trata la estrategia marítima. Mahan sería más partidario de la ofensiva; mientras Corbett lo sería de la defensiva. Todo ello, con muchos matices, que expondremos a lo largo del artículo. Pero no deja de ser una introducción adecuada, a fuer de básica, que nos permite entrar en materia.
Lo primero que llamará la atención a quien afronte la lectura de Corbett, y ya esté versado en los estudios estratégicos, es la profunda sintonía, muchas veces explícita, entre Corbett y Clausewitz. Se trata, bien es verdad, de una relación asimétrica. Porque el prusiano apenas entra, muy puntualmente y con cierta notoria incomodidad, en consideraciones del ámbito marítimo, mientras que el británico es prolífico en referencias a la guerra terrestre y, sobre todo, al carácter eminentemente conjunto de la guerra. En ambos casos, su sensibilidad por el otro medio (dominio, diríamos hoy) es muy superior a la mostrada por Clausewitz.
Un Corbett en la estela de Clausewitz
Ahora bien, dicho esto, Corbett es, en muchos aspectos, un discípulo de Clausewitz. No olvidemos que se llevan cerca de un siglo, siendo sus principales obras de 1832 y de 1911, respectivamente. Lo que facilitó que Corbett estudiara, y digiriera con toda tranquilidad las aportaciones de su antecesor. Entonces, procederemos a conocer los más notables, citando directamente al de Londres…
Comenzando por lo más esencial, Corbett hace suya la idea basal de la teoría de Clausewitz, según la cual “la guerra, en un sentido fundamental, es una continuación de la política por otros medios” (Corbett, 1911: 9). Más allá de eso, aunque no emplee la palabra “trinidad”, el inglés lleva a cabo una aproximación indirecta, que nos acerca a lo que ello implica. Apunta que…
“consecuentemente, el primer requisito [desideratum, en el original] de un plan de guerra es que los medios adoptados deben estar lo más alineados que se pueda [must conflict as little as posssible] con las condiciones políticas a partir de las cuales la guerra se desarrolla [spings]” (Corbett, 1911: 13).
Otro tópico clausewitziano recogido por Corbett es la “fricción”. En efecto, a su entender, el estudio de la guerra, o la estrategia misma, no pueden ser considerados como una ciencia, sino, más bien, como un arte, debido a la constante incidencia de este factor. Así, dice, los expertos en estrategia saben que unas hipotéticas “leyes” de la guerra, “solo pueden engañar [mislead] en la práctica, debido a la fricción a la que quedan sometidos por un incalculable número de factores, de modo que la fricción es más poderosa que la ley” (Corbett, 1911: 6).
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Hay que tener en cuenta que este escepticismo ha alumbrado, en tiempos recientes, la obra de Colin Gray, a la sazón, uno de los principales expertos mundiales en el campo de la estrategia, y también, a su manera, discípulo de Clausewitz, pero poco dado a citar a Corbett. Así, de acuerdo con el enfoque que le da Gray, pero que bien podrían firmar Clausewitz y, en lo que ahora nos incumbe, Corbett… “la guerra es un viaje a lo desconocido” y no solo es, como decía el prusiano, “el reino del azar”, sino también “el reino de la sorpresa” (Gray, 2015: 69 y 70).
Sin embargo, hay un primer matiz, muy relevante, que debemos aportar a este axioma de la fricción y del carácter acientífico de la estrategia. Porque Corbett no dice que la estrategia no tenga utilidad. El arte la tiene, mientras los científicos hacen experimentos, tantas veces fallidos. Según su criterio, que también es compatible con una lectura clausewitziana de su obra, la estrategia, el arte de la guerra desempeñan un rol indispensable, que consiste en indicar “lo que es normal” en una guerra, dada la información disponible en cada caso. Lo que dota de cierta previsibilidad al mando. No absoluta (lo acabamos de ver), pero sí un punto de partida razonable. En sus propias palabras: “siguiendo un método histórico y comparativo, podemos detectar que incluso el factor humano no es completamente indeterminable. Con lo cual podemos aseverar que ciertas situaciones se producirán normalmente” (Corbett, 1911: 6).
En todo caso, para Corbett el estudio teórico de la estrategia es importante, sí. Pero no hay que sobrevalorarlo. Así lo indica, expresamente [against over-valuation]. Entonces, busca una postura intermedia, argumentada, también muy de la cosecha de Clausewitz: “la teoría de la estrategia debe ser vista no como sustituta del razonamiento y de la experiencia, sino como un medio que puede fertilizarlos” (Corbett, 1911: 7).
Por lo demás, cabe añadir, entre los planteamientos de raíz clausewitziana, esa idea de la guerra como choque de voluntades, también tan arraigada en el prusiano, y que subyace en la obra de Corbett. Pero, como también le sucediera al Jefe del Estado Mayor prusiano en la batalla de Waterloo, sabe que la “guerra absoluta”, a lo que quizá se tienda, es poco frecuente en la práctica. En palabras del prusiano… “¿Debe la teoría dejarnos aquí, y continuar elaborando alegremente conclusiones y normas absolutas? Si así fuere, no tendría ninguna utilidad en la vida real. No: debe tener en cuenta el factor humano […] El arte de la guerra trata de la vida y de las fuerzas morales”. De modo que, finalmente, cuando la “ley de los extremos” pierde vigor, la “finalidad política se reafirma” (Clausewitz, 1999: 292 y 286, respectivamente). Siendo así que el británico, igual que su predecesor, se centrará en la “guerra real” (otra expresión que comparten) incluyendo muchas versiones de una guerra limitada. De manera que el primer y principal reto de esa dupla, formada por el “hombre de Estado” y el “general” no es otro que (acertar en) determinar la naturaleza de la guerra (Corbett, 1911: 13-14).

Pero es a partir de aquí, que Corbett comienza a marcar distancias con Clausewitz. Porque es escéptico con la ofensiva a toda costa y más, si cabe, con la idea de que el objetivo de toda guerra tenga que ser la destrucción de las fuerzas enemigas (en este caso, de su flota). Es interesante que esto lo escriba Corbett, siendo británico, a sabiendas de que eso implica que su obra se dé de bruces contra lo que podríamos definir como el espíritu de Nelson. Mayor mérito, si cabe, el de quien no se conforma con la línea tenida por oficial u oficialista, con el ánimo de hacernos pensar un poco más. Motivo más que suficiente para abrir un nuevo epígrafe en este artículo.
Corbett se emancipa…
Si bien lo hace gradualmente, sin aspavientos, y con muchos matices. Para empezar, sabemos que Corbett está por lo conjunto, avant la lettre. Ahora podemos añadir que admite que las guerras se ganan en tierra firme y que remata el argumento apuntando que es casi imposible que una guerra pueda decidirse mediante acciones navales por sí solas. Sin embargo, Corbett se centra, de inmediato en lo que da en llamar “estrategia marítima”, que, de un modo similar a como lo hiciera Mahan, la distingue de la “estrategia naval”[1]. Según su criterio, la “estrategia marítima” es el conjunto de principios que rigen [governs] una guerra en la cual el mar es un factor sustancial. En ese caso, la “estrategia naval” remite, más bien, al arte operacional (aunque esta palabra no sea empleada en 1911) ya que se refiere a los movimientos de la flota, enmarcados en la “estrategia marítima” definida en primera instancia. Sea como fuere, y sin perjuicio de lo que son aclaraciones terminológicas indispensables, en este punto la obra de Corbett ya ofrece una música muy diferente a la que hubiera admitido Clausewitz. En efecto, aunque las guerras se terminen ganando o perdiendo en tierra firme, pues, como dice sarcásticamente Corbett, el ser humano no es un animal marino, ahora resulta que, para poder ganar esas guerras, el concurso de las estrategias marítimas y navales pasa a ser fundamental.
La diferencia más importante entre Clausewitz y Corbett se refiere a la búsqueda, o no de una batalla decisiva que pueda llegar a destruir el centro de gravedad del enemigo. En esto, Mahan está más cerca de Clausewitz que Corbett. Hay bastante consenso al respecto. Solo con una superioridad abrumadora sería recomendable proceder a la concentración de fuerzas necesaria para preparar tal batalla. En efecto, “Corbett no cree que la concentración de fuerzas navales en el mar sea la ley estratégica más alta y simple. Al contrario, observa que el principio de concentración se ha convertido en una especie de santo y seña que ha causado más daño que bien […] “A corollary of this point is Corbett’s argument that complete or full concentration at sea is impossible, because from the very beginning of the conflict, a substantial number of ships must be diverted for protection of such vulnerable interests as overseas trade and other resources” (Handel, 2000: 109-110).
Seguidamente, Corbett dedica un capítulo de su libro a distinguir entre guerra ofensiva y guerra defensiva. Pero hace que ambos conceptos pivoten sobre uno, previo, más importante: distingue entre la “guerra positiva” y la “negativa”. En su obra no son conceptos valorativos, de índole moral, sino tipologías de guerra, establecidas en función de la naturaleza de esta, vinculada a su objetivo.
Así, en la “guerra positiva” vemos que su razón de ser es “arrebatar alguna cosa” [to wrest something] al enemigo, pudiendo tratarse de tierra firme, del control de rutas marítimas comerciales, o de alguna base naval especialmente importante. Y esto es lo que puede hacer, razonablemente, que las principales líneas de acción emprendidas en estas guerras sean de carácter ofensivo. Por el contrario, las “guerras negativas” son aquellas en las que el objetivo no pasa de prevenir que el enemigo adquiera alguna ventaja, con lo cual, lógicamente, su “dirección general será defensiva” (Corbett, 1911: 15).
Esto es importante para entender el resto de las reflexiones de nuestro estratega, ya que será perfectamente posible que la parte que inicia una “guerra positiva” desarrolle algunas acciones defensivas, y viceversa. Los ejemplos fluyen, y, aunque vistos desde España, alguno de ellos denote cierto patriotismo británico, tienen sentido. Por ejemplo, refiriéndose a la Guerra de Sucesión española, plantea que, para Gran Bretaña, la guerra era “negativa”, ya que se trataba de evitar que la unión de las dos coronas en la casa de Borbón convirtiera el Mediterráneo, en expresión literal de Corbett, en un “lago francés”. Como respuesta, defensiva en su espíritu, los británicos se hicieron con el control de Gibraltar, así como de Menorca que son, sin embargo, el resultado de operaciones ofensivas en su formato. Es verdad que, contra muchos tópicos al uso, la Royal Navy estuvo décadas dedicada, casi exclusivamente, a la defensa de sus costas y, a lo sumo, a la de las Antillas y Jamaica, sobre todo debido a una crónica falta de personal capaz de tripular sus buques de guerra (Hattendorf, 2014: 48), a lo qu se puede sumar la inestabilidad de sus finanzas. De modo que esto dificultaba el tomarse en serio una estrategia basada en la “guerra positiva”, en los términos en los que la plantea Corbett.

Esto sería, en esencia, lo mismo que sucedió casi dos siglos más tarde, en otras latitudes, cuando los japoneses ocuparon la península de Corea, a raíz de la guerra ruso-nipona de 1905. Pues antes de la guerra todo parecía indicar que Rusia, que ya tenía un pie en Manchuria, se haría también con el control militar de Corea, donde ya había empresas rusas[2].
Con esto queremos adelantar que, para entender la obra de Corbett es conveniente tener en mente una imagen flexible o, al menos, no dogmática, de lo que sea ofensivo o defensivo. Siendo así, ya podemos adentrarnos en la teoría más conocida de Corbett, esto es, en su análisis de la flota en potencia (Fleet in Being).
Y Corbett se va a la guerra: la flota en potencia
Es importante contextualizar lo que sigue. De hecho, vamos a proceder a una doble contextualización, antes y durante la redacción del libro de Corbett. Primero, pues, la historia del concepto de flota en potencia, que ni inventa Corbett, ni comienza con él. Después, el modo en el que aparece en su libro.
En primer lugar, esto de la flota en potencia surge como un concepto polémico y hasta peyorativo, en Gran Bretaña. Pues remite a la conducción de una batalla, la del cabo Beveziers (1690), en la que la flota del almirante Tourville, derrotó a la angloholandesa que estaba bajo las órdenes de Lord Torrington. Fue en la llamada guerra de los nueve años. Pero no es eso lo que más nos interesa. Torrington trató de eludir el combate hasta el último momento, pues su flota era inferior a la gala (75 navíos contra 56). Alegaba que era más útil mantenerse a una distancia prudencial de los de Tourville, porque de ese modo podía desincentivar la ofensiva francesa, pues en ese momento, la flota enemiga navegaba muy cerca de la costa británica. Su posición en el mar y su capacidad para retrasar la batalla naval subsiguiente, impidieron que la flota de Tourville asaltara la costa británica, pese a obtener una victoria táctica en alta mar.
Pero el desempeño de Torrington fue puesto en tela de juicio (de hecho, tuvo que responder de su derrota ante el Parlamento británico). Así que, todavía en 1891, su memoria tuvo que ser rescatada y su reputación salvada, por un libro escrito por el almirante Philip Colomb, titulado Naval warfare, en el que consolida para la literatura militar el concepto fleet in being, que, hasta ese momento, apenas había sido pronunciado por el propio Torrington, en su apresurada defensa ante los diputados británicos, casi 200 años antes. Colomb, en el prefacio a la segunda edición de su libro, apunta, literalmente, que, en una guerra, “mientras las pérdidas de territorio son frecuentes cuando no existe una flota en potencia, dejan de darse cuando existe una flota capaz de interferir” (Colomb, 1895: ix). En todo caso, es, desde su origen, un concepto polémico. Cosa que se agravó cuando Mahan, en su biografía de uniu ne querido Nelson, aprovechó para arremeter contra Colomb, Torrington y cualquiera que osara postular la idoneidad de la flota en potencia. Así, mientras Mahan elogia la campaña de Nelson en Córcega, en 1794, lanza un par de cargas de profundidad contra los defensores de la flota en potencia, tildando este concepto como un absurdo [extreme misconception] y haciendo una pregunta maliciosa, que es retórica en su contexto: “Is it probable that, with the great issues of 1690 at stake. Nelson, had he been in Tourville’s place, would have deemed the crossing of the Channel by French troops impossible, because of Torrington’s ” fleet in being “? (Mahan, 1899: 117).
Obviamente, hoy sabemos que esto no amilanó a Corbett. Más bien al contrario. En este punto se convierte, en la práctica, en un anti-Mahan. Este debate les persigue hasta el día de hoy. Y ha tenido otras ramificaciones, en el ínterin. Por ejemplo, Castex también se posicionó al lado de Mahan (es decir, con Nelson), contra Colomb (esto es, contra Torrington).
En segundo lugar, pero ya dentro del propio libro de Corbett, el tema tarda en aparecer. El tratado de la flota en potencia aparece con su obra ya muy madurada, en la Parte III, dedicada a la “conducción de la guerra naval”. Y, dentro de ésta, en un capítulo dedicado a los “métodos para disputar el control del mar” [Methods of Disputing Command].
Es relevante, porque, entonces, la noción de flota en potencia suele equipararse a la opción disponible para las marinas de guerra que se hallan en inferioridad (de medios, tecnológica, o ambas) y, por ende, suele equipararse a una lógica puramente defensiva. Sí, eso es lo que suele hacerse, incluso en parte de la literatura especializada, con demasiada frecuencia. Pero, en lo que queda del artículo, que es su núcleo principal, habrá sorpresas.

En primer lugar, la defensa no es vista sino como la búsqueda de una mejor ocasión para pasar al ataque. En efecto, dice Corbett, tanto en la guerra terrestre como en la naval, la defensa es una solución para “aplazar” [to defer] las operaciones hasta que aparezca una coyuntura en la que el desarrollo de la guerra, en términos políticos o militares redefina el “balance de fuerzas”, de modo que se pueda pasar al ataque (Corbett, 1911: 97). Mientras tanto, hay que preservar la flota en potencia, tratando de evitar una “acción decisiva” del enemigo, no solo contra su objetivo principal, sino incluso contra la propia flota en potencia.
La cuestión es que aquí aparecen diferencias significativas entre las campañas terrestres y las navales. Porque, en el primer caso, la preparación de trincheras u otras fortificaciones, puede ser suficientes y son, en todo caso, necesarias, para consolidar posiciones, a la espera de tener el viento a favor. En cambio, en el mar no hay trincheras, ni nada parecido (sin perjuicio de que el francés valore muy positivamente la guerra de minas, para ofrecer cierta cobertura, pasiva, a la flota en potencia). Entonces, la respuesta, en el mar, aunque defensiva en el fondo, debe ser más dinámica. Contundentemente, afirma el británico, que la “clave de la defensa naval es la movilidad, no permanecer parado” (Corbett, 1911: 98).
Entonces, como prolongación del argumento anterior, y para hacerse entender, lo que pregona nuestro autor, como guerra naval defensiva, es una auténtica “guerra de guerrillas” en el mar. Así, “la concepción de Corbett sobre flota en potencia implica exactamente lo contrario: una flota inferior de gran actividad, actuando en todo momento y lugar donde pueda obtener alguna ventaja” (Letelier, 2016: 64). Con esto entendemos que el mero internamiento de la flota en un puerto, para ser empleada a duras penas como una batería de costa, en el mejor de los casos (malos ángulos de tiro, buques que se estorban mutuamente, blancos fáciles, ante la dificultad de maniobrar dentro de la rada, etc), no responde al concepto de flota en potencia. Es por ese motivo que Mahan cuestionó el desempeño ruso en Port Arthur, calificando sus buques de guerra como fortress fleet, con ironía (Thursfield, 1914: 55). Contra esa tendencia, se requiere, precisamente para desempeñarse como una auténtica fleet in being, la presencia de una actitud activa, que podría definirse como un animus pugnandi. Pero esto no es gratuito. Más bien, impone requisitos doctrinales, y hasta psicológicos, o de mentalidad, a quienes optan por una defensa activa, guerrillera según hemos visto, basada en el empleo selectivo de una flota en potencia.
En lo doctrinal, se trata de aprovechar cualquier ocasión para el contrataque; e incluso de prepararlo, planteando trampas al enemigo. Obviamente, no es tan fácil hacerlo contra una gran potencia, dotada, más allá de los buques de combate que sean, de grandes facilidades para la obtención de inteligencia, por vía aérea o hasta satelital. Ya que, de esta manera, uno de los ingredientes típicos de la teoría clásica de la flota en potencia, que es (o era) la sorpresa, queda anulado, o muy aminorado.
Aun así, con todo, no es un tema baladí: los submarinos son muy difíciles de detectar desde el aire, o desde satélites. Casi imposible, antes de lanzar sus armas. Entonces, para entender el concepto, que es de lo que se trata en este artículo, planteo lo siguiente: en las guerras del futuro, como en las del pasado, los buques de superficie de una flota en potencia pueden ser protegidos por barreras de submarinos propios o incluso pueden ser empleados para atraer a una flota superior, a aguas infestadas de submarinos propios[3]. Lo mismo sucede con las minas, especialmente en aguas poco profundas[4], o con trampas, futuristas (o mejor, futuribles) tendidas pensando en el empleo de drones, ya sean navales o aéreos. Todo eso, en lo conceptual, es compatible con la noción de flota en potencia. En cambio, la mera espera en puerto, no lo es.
En todo caso, como decíamos, el aspecto psicológico (o de mentalidad) es muy importante en cualquier guerra (yo diría que decisivo) de modo que no va a ser menos si nos planteamos el escenario de una flota en potencia. Corbett ofrece alguna muestra de ello, sin entrar en detalles. Pero apunta que “la fuerza y la energía que surgen del estímulo moral proporcionado por el ataque son de una importancia práctica tal que sobrepasa casi cualquier otra consideración” (Corbett, 1911: 16). “Casi”, dice. Claro. Porque no se trata de atacar a modo suicida, ni contra cualquier enemigo, en cualquier circunstancia. Sin embargo, lo que nuestro autor pretende decirnos, sí está claro. Especialmente, si le damos la vuelta a la frase. Pues, a sensu contrario, se entiende mejor: una actitud permanentemente defensiva, corroe el ánimo del combatiente, desgastándolo lentamente, hasta llegar al peligroso punto de la desmoralización. Razón de más, y de mucho peso, para que el mando que opta por la flota en potencia no deje de llevar a cabo maniobras o acciones reales de combate, aunque sean limitadas, de carácter ofensivo. Ciertamente, “Una flota que permanece en puerto, aun cuando logre con ello importantes efectos, pierde su esencia de combate, lo que repercute en sus dotaciones. La solución es la defensa activa, que aun cuando no obtenga resultados importantes mantiene el espíritu combativo y la eficacia de las dotaciones, e incluso gana el respeto del adversario” (Letelier, 2016: 69). Lo cual es coherente con el espíritu que subyace al conjunto de la obra de Corbett.
Puntos débiles de la teoría de Corbett
Los ejemplos que emplea para mostrar la utilidad de su teoría, debidamente interpretados, se vuelven en su contra. Efectivamente, las flotas en potencia han podido ser útiles para retrasar la derrota, pero raramente para conseguir la victoria (Corbett, 1911: 97).
Así, en la Guerra de los Siete Años, en la segunda mitad del siglo XVIII, los franceses lograron evitar, de este modo, que los británicos se hicieran con el Canadá. Y lo consiguieron… Durante cinco años. Pero, al final, venció el país que, en esa coyuntura, disponía de la flota más poderosa. Así lo admite Corbett en otro libro, dedicado monográficamente a analizar esa guerra. “Así terminó la campaña. Es innegable que los franceses habían ofrecido una espléndida resistencia ante la cantidad y los recursos que se les oponían, pero, aun así, era evidente que el sueño de Galissoniere y Duquesne se desvanecía” (Corbett, 1918: 335).
Posteriormente, ya en el siglo XIX, Napoleón optó por un enfoque similar, en la vertiente marítima de su guerra de expansión por todo el continente, logrando prolongar la guerra en tierra firme unos años más -hasta veintitrés, duró- hasta que se certificó su derrota final.
También pudo jugar un papel similar la flota del almirante Cervera en la Guerra de Cuba. Durante algunas semanas, su mera presencia en el mar ralentizó las operaciones estadounidenses. Así lo recoge un historiador británico: “el ministro de Marina de los Estados Unidos telegrafió al almirante Sampson: `es indispensable saber si los cuatro cruceros españoles están en Santiago´. El envío de las tropas de desembarco depende de la contestación” (Thursfield, 1914: 54). Por lo tanto, no puede decirse que fuera un planteamiento irrelevante. Pero, asimismo, aquello duró lo que duró.

En pleno siglo XX, ya en la Segunda Guerra Mundial, la Kriegsmarine optó por lo mismo, ubicando no solo submarinos, sino también grandes buques de superficie (cruceros pesados y acorazados incluidos, con el Tirpitz como caso más emblemático), en la costa atlántica, desde Burdeos hasta el Cabo Norte, con la mirada puesta en disuadir a los aliados de enviar refuerzos a la URSS por la ruta de Murmansk. Hay que tomar nota de que hubo algún éxito local, como la destrucción del convoy PQ-17, en julio de 1942. Pero no se pudo evitar la derrota final, ni siquiera pudo evitar el ulterior aprovechamiento de esa misma ruta, en plena guerra[5].
Algo similar le pasó a la Regia Marina, en la misma guerra, pero en el escenario mediterráneo. Su mera presencia frenó, algunas veces (pero no siempre) el tránsito de los convoyes británicos por el Canal de Sicilia, en la ruta Portsmouth-Gibraltar-Malta-Alejandría (también de vuelta encontrada). Pero no impidió que algunos convoyes decisivos cruzaran por ahí, ni propició la caída de Malta, mientras que la única ocasión en la que la flota latina zarpó para aprovechar lo que creían una ventana de oportunidad temporal, aplicando rigurosamente la doctrina de Corbett, acabó en desastre[6].
Más cerca todavía de nuestros días, tal parece haber sido la estrategia marítima argentina, para evitar que las Malvinas fueran recuperadas para el reino Unido, en mayo de 1982. La flota apenas fue expuesta, con lo cual sufrió pérdidas relativamente menores (excluyendo el obsoleto crucero ARA General Belgrano). Sin embargo, lo cierto es que Argentina perdió esa guerra, es decir, las Falkland. Y, en esta ocasión, sin retrasar los planes británicos, pues la Royal Navy actuó, en todo momento, como si Argentina no tuviera marina de guerra. Algunos apuntan que la pasividad mostrada por la marina de guerra argentina en esa guerra fue tan ostentosa que, en puridad de conceptos, no actuó como una auténtica flota en potencia (Letelier, 2016: 66). Es decir, no está nada claro que la obra de Corbett ampare tal dejación de funciones[7].
Conclusión
A todo esto, conviene tomar nota de que también ha habido casos en los que un empleo inteligente de la flota propia en los términos previstos por Corbett, ha sido el principio del éxito, partiendo de una situación desfavorable. El ejemplo más claro sería la batalla de Midway, tras el desastre de Pearl Harbor. Entre diciembre de 1941 y junio de 1942, esa habría sido la estrategia adoptada por la US Navy que, en Midway, aprovechó esa isla como cuarto portaaviones, supliendo así una desventaja inicial en alta mar, venciendo en la batalla y pasando a partir de ese momento a la ofensiva. Ahora bien, a nadie se le oculta que, además de esa buena gestión de sus propios medios, hubo otros factores, ajenos a la estrategia naval, y vinculados a la superioridad industrial de los Estados Unidos, que resultaron decisivos para la victoria final. En definitiva, la estrategia de la flota en potencia puede ser útil, siempre y cuando la fuerza teóricamente inferior, no sea muy inferior o, haciendo un juego de palabras, si es una medida temporal, a sabiendas de que la flota en potencia de hoy pude llegar a ser, potencialmente superior, si se logra ganar el tiempo suficiente (es decir, en un tiempo no muy dilatado, ya que la guerra está en marcha). Todo eso es verdad. Ahora bien, permanecerá intacto, probablemente, el escepticismo reinante en los demás casos, que han sido, son, y serán muchos, en los que no se dé esta circunstancia.
Referencias:
Clausewitz, Carl Von (1999 [1832]). De la guerra. Madrid: Ministerio de defensa.
Colomb, Philip H. (1895/2nd ed.). Naval Warfare. Its Rulling Principles and Practice with Historically Treated. London: W. H. Allen & Co. Ltd.
Corbett, Julian S. (1911). Some Principles of Maritime Strategy. London: Filiquarian Publishing, LLC.
Corbett, Julian S. (1918). England in the Seven Years´s War. London: Longmans, Green, and Co.
Gray, Colin S. (2015). The Future of Strategy. Malden (MA) & Cambridge (UK: Polity Press.
Handel, Michael I. (2000). “Corbett, Clausewitz and Sun-Tzu”, en Naval War College Review, 53 (4): 107-124.
Hattendorf, John (2014). “The Idea of a “Fleet in Being” in Historical Perspective”. Naval War College Review, 67 (1): 43-60.
Letelier, Rafael (2016). “Flota en Potencia, la vigencia de un antiguo concepto estratégico”, en Revista de Marina, nº2, pp. 62-71.
Mahan, Alfred T. (1899/2n ed.). The Life of Nelson. The Embodiment of the Sea Power of Great Britain. Boston: Little, Brown, and Co.
Thursfield, James R. (1914 [1913]). La guerra naval. Barcelona: Elzeviriana, Borrás , Mestres y Cía.
[1] En realidad, lo que Mahan distinguía era el “poder naval” (brazo militar) del “poder marítimo” (marina mercante, rutas comerciales, etc), de forma que el primero era un subconjunto del segundo.
[2] Ahora se hace raro recordarlo, pero la guerra rusojaponesa de 1905 fue la primera gran guerra en la que una potencia occidental (pues como tal era considerada la Rusia zarista, por doquier) fue derrotada por un Estado no occidental.
[3] Obviamente, hay que jugar con el alcance de las armas respectivas. Los submarinos propios deberían posicionarse por delante de la flota en potencia (no bajo las quillas de sus buques) de modo que, si la flota enemiga goza de portaaviones, se aseguren de que la flota más poderosa esté a más de 1.000-1.200 kms de la flota en potencia y, si no es así, a más de 150-180 kms. Pero no quiero perderme en detalles técnicos, dada su inutilidad. Porque para un profesional (de la Armada) son obvios. Y para quien no lo sea, difíciles de entender. Quedémonos, pues, en lo conceptual, que no es poco.
[4] La guerra antisubmarina (ASW) y la de minas (MCM) han recibido una atención más bien residual desde el final de la Guerra Fría, y eso constituye un problema, que a menudo queda eclipsado por los grandes programas de construcción de grandes buques de combate de superficie (DDGs/FFGs).
[5] En la Navidad de 1943, en uno de los últimos combates entre acorazados de la historia, el HMS Duke oy York (35.000 tsd; 10x356mmm) echó a pique al Scharnhorst (32.500 Tsd; 9x280mmm). El Tirpitz (43.000 tsd; 8x381mm)sería neutralizado, en un fiordo noruego, por aviones Lancaster de la RAF, en noviembre de 1944. Moraleja: si la superioridad del adversario es muy grande, de poco vale la flota en potencia, o en acto.
[6] Batalla de Matapán, marzo-abril de 1941. En Roma y Berlín creían que la Royal Navy no tenía ningún portaaviones y sí un solo acorazado en Alejandría. Pero en realidad, era fuerte en uno (HMS Formidable) y tres, respectivamente (HMS Warspite, HMS Valiant y HMS Barham). Un error, grave, de inteligencia, pues, debido a que el Eje no se percató de que dos acorazados habían reparado sus averías y el portaaviones había llegado a Egipto vía Canal de Suez.
[7] Excluyo, ciertamente, el comportamiento de la aviación naval, que fue ejemplar, más allá de la valoración de los resultados obtenidos, con algunos claroscuros, que en todo caso podrían ser objeto de otra discusión.
Editado por: Global Strategy. Lugar de edición: Granada (España). ISSN 2695-8937
