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El caos del Cuerno de África

A mediados de noviembre de 2019, tras semanas de violencia en las aulas que conllevaron docenas de muertos, diecisiete estudiantes amhara de la Universidad de Dembi Dolo fueron secuestrados, al parecer por un grupo oromo, que los habría ocultado en algún lugar de la selva.

A finales de diciembre de 2019, el grupo terrorista Al Shabab acabó con la vida de al menos 80 personas en un atentado perpetrado en Mogadisco. Pero el goteo de muertos sigue fluyendo, por acumulación de atentados menos lesivos, hasta el día de hoy.

La conflictividad del Cuerno de África tiene mucho que ver con los problemas internos de los dos Estados más poblados de la zona: Etiopía y Somalia. Frente a la lectura tópica que culpa a las grandes potencias de todo lo malo que ocurre en el mundo, una mirada atenta a esa realidad muestra que su concurso no es necesario para hundir a cualquiera de esas sociedades en el caos. La precipitada salida de los Estados Unidos de Somalia, a principios de los años 90 del siglo XX, no solucionó nada. Lo cual nos remite, una vez más, a la necesidad de investigar el papel de los actores internos, antes de embarcarnos en análisis más abstractos acerca de la conducta actual o potencial de los grandes poderes.

Tampoco parece que la pobreza lo explique todo. Aunque seguramente explique (siempre lo hace) una parte de la verdad. Porque mientras Somalia es uno de los Estados menos agraciados del orbe y no se atisba la luz al final del túnel, Etiopía está creciendo a muy buen ritmo, a partir de tanto de sus políticas, como de las inversiones extranjeras (China e India, sobre todo) de modo que las expectativas generadas entre la población local son bastante más halagüeñas. Lo cual no impide, como hemos visto, que algunas matanzas se desarrollen incluso en sus universidades.

Lo que sí es una constante es la cronificación de las luchas intestinas, la explotación de viejos agravios -reales o exagerados o inventados, depende de los casos- así como la inquina entre diversas etnias (en Etiopía) o entre diversos clanes de la misma etnia (en Somalia). Trasladado a la práctica política cotidiana, esos ingredientes integran la receta perfecta para entorpecer (en Etiopía) o impedir (en Somalia) la constitución de un Estado digno de tal nombre. Pero se trata de un proceso que se retroalimenta constantemente, ya que esa debilidad del Estado es, a su vez, la que impide generar algo de orden en medio de tanta inestabilidad, económica, social e institucional.

Ambas sociedades comparten la tendencia a la instrumentalización política de cualquier avatar histórico que sea susceptible de reabrir viejas heridas, probablemente mal cicatrizadas. Algunas de esas rencillas, aunque arraigadas en lógicas pre-estatales, ya están dando pie a la aparición de nacionalismos que recuerdan mucho a los que operan en el seno de las sociedades occidentales.

Todo lo demás, desde el crimen organizado basado en los tráficos ilícitos, hasta el yihadismo; desde la aparición de los señores de la guerra hasta el fenómeno de la piratería marítima, puede y debe ubicarse en ese contexto, aunque el nivel de la correlación varía en función de cada caso. La falta de líderes políticos con auténtica visión de Estado, muy dependientes de las exigencias planteadas por sus propias etnias o clanes, no ha contribuido a limar asperezas. Aunque ya se atisba en el horizonte una nueva generación de gobernantes africanos, capaces de levantar la mirada más allá de la atracción que supone la satisfacción de intereses parroquiales, el camino que deberán recorrer está repleto de obstáculos… sobre todo internos. De manera que no es fácil atisbar una solución a corto plazo.

La reflexión académica final consiste en comprender que, pese a todas las explicaciones corte estructuralista que podamos plantear (a las cuales me adhiero, pues tienen su peso), y pese al rol que podamos atribuir a las grandes potencias de cada etapa histórica (no podemos prescindir de sus acciones, ni de sus omisiones), no es ni posible (en el plano empírico), ni adecuado (en el teórico) desarrollar ningún análisis que prescinda del papel que juegan los actores internos. Y ahí se incluye tanto la perspectiva histórica del mismo, como la estrategia de las actuales elites políticas.

El problema final, que se deduce de todo ello, es que la tendencia a la venganza, la falta de solidaridad, los egoísmos, y la conversión de una sana rivalidad en cruel enemistad, constituyen la norma más que la excepción, al margen de cuál sea el terreno de juego seleccionado como objeto de estudio. Siendo interesante constatar que el análisis de estos casos también muestra la falacia consistente en pensar que la uniformidad lingüística o religiosa contiene alguna garantía de paz social, desmintiendo muchos tópicos del nacionalismo volkgeist. Porque, si bien es cierto que en Etiopía compiten colectivos con diversas culturas, lenguas y religiones, en Somalia quienes se enfrentan entre sí, muchas veces de un modo especialmente sangriento, comparten linaje, lengua y religión…

Quien quiera profundizar más sobre esta cuestión puede leer mi documento La (cruda) realidad del Cuerno de África: los problemas internos de Etiopía y Somalia, publicado recientemente en el Instituto Español de Estudios Estratégicos.

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Josep Baqués

Josep Baqués es Profesor de Ciencia Política en la Universidad de Barcelona y Subdirector de Global Strategy

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