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El papel de marina de guerra en la geoestrategia saudí

https://global-strategy.org/el-papel-de-marina-de-guerra-en-la-geoestrategia-saudi/ El papel de marina de guerra en la geoestrategia saudí 2019-05-15 19:27:35 Josep Baqués Blog post Estudios Globales Fuerzas militares Oriente Medio
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El contexto geopolítico de Arabia Saudita

Uno de los hechos más significativos del panorama geopolítico de los últimos años es el incremento del presupuesto de defensa de Arabia Saudita. Según datos del Banco Mundial, en el año 2017 habría superado el 10% del PIB (casi 70.000 millones de dólares)[1]. Por su parte, los informes periódicos del SIPRI indican que, en el año 2017, esa cifra se corresponde con una proporción del 4% del total mundial, sólo por detrás de los EEUU (35%) y de China (16%), pero ligeramente por delante de Rusia (3.9%) y de la India (3.8%)[2]. Eso significa que en poco más de un lustro ha superado a países como Francia, Reino Unido, Japón, Alemania, Italia y Brasil, además de ponerse a la altura de Rusia e India.

En el presente análisis daremos cuenta de los motivos de ese incremento. Pero nos centraremos en el apartado naval del mismo. Para ello, asumimos que la política exterior[3] saudí puede analizarse con base en tres anillos: un anillo externo, correspondiente al área de influencia del sunismo; un anillo intermedio, que integra las diversas orillas del Golfo Pérsico y del Mar Rojo; y un anillo interior, que abarca la península arábiga como tal. De ellos, la situación del anillo interno y del anillo intermedio influyen de modo directo en este nivel de gasto, mientras que el anillo exterior tampoco favorece ninguna relajación por parte de Riad.

-En el anillo geopolítico exterior, Arabia tiende a postularse como guardián de una determinada versión del sunismo (la wahabita), que aduce ser la más fiel al mensaje original de Mahoma[4] de modo que no sólo se opone al chiismo, sino también a otras versiones del propio sunismo (como los hermanos musulmanes o ciertas corrientes del sufismo). Esto conlleva, por ejemplo, su buena relación con la monarquía marroquí, con Pakistán, así como el apoyo ofrecido a Haftar contra el gobierno de Trípoli (en este caso, más por deméritos del segundo que por la devoción del primero). Pero también fundamenta las malas relaciones con Erdogan (alimentadas, es verdad, por el neo-otomanismo del líder turco). De hecho, Arabia Saudita interpreta el auge turco como una disputa que, más allá de lo puramente territorial, lo es por la hegemonía dentro del sunismo, a partir de diferentes aproximaciones a la ortodoxia (Venetis, 2014: 8). Se trata de un punto débil de la geopolítica saudí (Trias, 2016: 14) desde el momento en el que no se da algo semejante en la también variopinta comunidad chiita.

-En el anillo intermedio, Arabia mantiene una pugna regional en la que enfrenta a Irán, a modo de disputa por la hegemonía regional (Dorsey, 2016). Se trata de sociedades muy diversas (sunismo vs chiismo; mundo árabe vs. mundo persa; monarquía cesaropapista vs. república teocrática, alianzas con occidente vs. alianzas con polos de poder alternativos, etc), con el agravante de que ambas potencias regionales se postulan como defensoras de las gentes que practican sus credos respectivos (y de la coherencia de sus contenidos) aquende, sí, pero también allende sus fronteras. Desde la llegada al poder de Jomeini, en 1979, la imagen de Irán que persiste entre las élites saudís es la de una “amenaza existencial, con ambiciones imperialistas que amenazan el status quo del Golfo” (McGinn, 2018: 5). Irak también forma parte de este anillo de seguridad. Aunque quedan lejos los tiempos en los que Sadam Husein penetró en Kuwait, el nuevo rol de los chiitas iraquís (el 60% de su población lo es), el gobierno erigido en otoño pasado, así como la presión iraní sobre las autoridades y sobre el territorio iraquí (especialmente a través de las fuerzas Quds) preocupan mucho en Riad, no ya por el rol de Irak en sí mismo (muy debilitado económica y militarmente) como por la posibilidad de que se convierta en un proxy más de Irán en la región (Soage, 2018: 10-12). Las bazas saudís pasan por cortejar económica y diplomáticamente a aquellos chiitas que se sienten, ante todo, nacionalistas iraquís y que, por ende, desconfían de los planes de Teherán, pese a su comunión religiosa.

En el anillo geopolítico interior, Arabia Saudita se postula como el líder indiscutible de la península a la que da nombre… al menos sobre el papel. En efecto, Arabia ha pretendido integrar bajo su égida al conjunto de territorios que hoy son Estados independientes. La versión más modesta de ese objetivo, todavía vigente, es la representada por el Consejo de Cooperación del Golfo (creado en 1981), en el que, además de la propia Arabia Saudita, se integran los EAU, Omán, Qatar, Bahrein y Kuwait. Nótese, por cierto, la ausencia de Yemen. En todo caso, el perfil de esta organización es más bien bajo en materia de seguridad colectiva. Puede decirse que estamos ante un proyecto frustrado. En el siguiente apartado de este análisis comprobaremos las razones de este hecho.

El poder potencial de Arabia: vulnerabilidades y riesgos

Si utilizamos como parámetro la teoría neorrealista de Mearsheimer, observamos que para valorar las capacidades de un Estado es preciso tener en cuenta no sólo el poder militar, sino también el poder potencial, fundamentado en la demografía y la economía (Mearsheimer, 2003). Al aplicar el modelo al caso de Arabia Saudita, podemos comprobar que, en lo que respecta a dicho poder potencial, no es un Estado especialmente fuerte… ni sólido.

Poco más de 20 millones de personas son las que gozan de la ciudadanía saudí. El resto de los habitantes del país (para un total de unos 32 millones de almas) son emigrantes legales e ilegales procedentes, en su inmensa mayoría, de otros Estados musulmanes[5]. Aunque entre ellos se calcula que trabajan en Arabia un millón de cristianos (sobre todo, filipinos y, en menor medida, indios) que tienen vetada cualquier posibilidad de práctica pública de su religión. Además, las diferencias de derechos, estatus y sueldos entre los ciudadanos y los meros residentes son superlativas.

Entre quienes sí ostentan dicha ciudadanía se cuentan unos 2 millones de árabes chiitas. Se trata de familias arraigadas en el territorio, pero que históricamente han sufrido represalias, derivadas de la tradicional inquina de los wahabitas para con los chiitas, a los que consideran como politeístas (Teitelbaum, 2010: 73-74) y herejes (Venetis, 2014: 6). Las principales concentraciones de chiitas árabes están ubicadas al norte de Yemen (unos 400.000) y al norte de Bahrein/Qatar (unos 800.000). Los primeros son mayoritariamente septimanos mientras que los segundos son duodecimanos (es decir, de la misma corriente que impera en el vecino Irán). Hoy en día, las relaciones entre Riad y esas comunidades siguen siendo malas, entre otras cosas porque los líderes sunitas temen que, en caso de conflicto con Irán, esas gentes podrían jugar el rol de quintacolumnistas.

En lo económico, Arabia es el principal exportador de crudo a nivel mundial. Las demás industrias (aluminio, fertilizantes químicos o plásticos no convencionales, por ejemplo) tienen un papel menor, ya que el petróleo implica el 85% de las exportaciones saudís (Perifanis, 2017: 8). A su vez, el 90% de los ingresos fiscales están vinculados a la venta de crudo (Al-Tamimi, 2016: 1). Así que la dependencia de este producto es superlativa. Arabia es, en esencia, un monocultivo de petróleo, sometido a los vaivenes de sus precios, al impacto de su desmesurado consumo interno, a unas políticas de subvención de precios insostenible y a un descenso alarmante de las reservas, en parte debido a dicho consumo y a dichas subvenciones.

Un problema adicional reside en que muchos de sus pozos están concentrados en la zona poblada por la minoría chiita. Por ejemplo, el campo de Ghawar, del que Arabia extrae el 60% de su petróleo. Esa concentración convierte a esos pozos, en caso de conflicto armado, en un objetivo muy tentador para Irán (o para cualquier otro rival potencial). Por ello, la economía saudí podría ser desarticulada a partir bombardeos de precisión, o de sabotajes desde el interior o bien combinando ambas cosas.

Otro punto débil de Arabia Saudita es el agua potable, a pesar de la existencia de aguas freáticas, ya muy esquilmadas. Para resolver ese problema, Arabia se ha convertido en una inmensa central eléctrica, capaz de generar la potencia necesaria para sus grandes plantas potabilizadoras de agua de mar. Sin embargo, la fuente primaria de energía que se transforma en electricidad es también el petróleo. De modo que un hipotético rival de Arabia podría optar por atacar esos pozos, confiando en el efecto que eso tendría sobre el agua potable, pero también podría atacar directamente a las plantas potabilizadoras (muchas de ellas también ubicadas en las cercanías del Golfo Pérsico).

No es mejor la situación relativa a las rutas comerciales, sin el control de las cuales, de nada sirve ser el principal productor del mundo de crudo. Aunque Arabia está bien posicionada como proveedora de mercados emergentes como el chino, los petroleros que transportan el oro negro por la ruta del estrecho de Malaca deben repasar el estrecho de Bab-el-Mandeb o el estrecho de Ormuz. La cuestión es que tanto Yemen como Omán (además de Irán, por razones obvias) operan como obstáculos naturales en uno y otro caso.

La capacidad iraní para cerrar el estrecho de Ormuz es notable y sigue siendo asumida por propios y extraños como una opción dramática para todos -Irán incluido- pero plausible (Jordán, 2018: 735-736) dado que Arabia sería el Estado más perjudicado en primera instancia[6]. Prueba de ello es el debate virtual mantenido en agosto de 2018 entre el general iraní Alireza Tangsiri, que se jactaba de que su país podría bloquear el estrecho de Ormuz, y el ministro saudí de energía, Ibrahim al-Muhanna, que negaba esa posibilidad, tanto en la ruta del Golfo Pérsico, como en la del Golfo de Adén.

Más allá de quién tuviera más razón, o más razones, el hecho de que la discusión se planteara en esos términos es elocuente. Por ello, dando por descontada la animadversión del régimen de Teherán, las opciones de Riad pasan, como mínimo, por garantizar que la política exterior de los dos Estados peninsulares aquí citados sea compatible con sus intereses, ora sea a partir de una buena relación (lo deseable), otrora sea a partir de la presión (incluso militar). A ojos de Arabia Saudita, no se trata de una opción: se trata de una cuestión de supervivencia.

Sin embargo, eso también está lejos de ser realidad. Las relaciones de Riad con los Estados del anillo interior son francamente mejorables. Salvando, quizá, el caso de los EAU y de Kuwait, con los que sí se puede hablar de ciertas complicidades, sin perjuicio de que también se mantengan abiertas algunas reclamaciones territoriales, como la planteada por Abu Dabi en relación con el campo de crudo de Shaybah, ubicado a apenas 10 kms de la frontera común (Perifanis, 2017: 36-37)[7]. En los demás supuestos la situación es muy compleja, cuando no directamente negativa para los objetivos de Arabia. En el de Bahrein, es conocida la intervención militar en apoyo del gobierno de Manama, debido a las protestas antigubernamentales de una parte de importante de la población, que es de mayoría chiita (un 60% de la población del pequeño archipiélago), aunque en esa circunstancia también se hizo ver la impopularidad del régimen saudí entre capas más amplias del mundo árabe (Matthiesen, 2013: 126-128). Mientras que Omán, que es en sí mismo un caso atípico en el mundo musulmán (ni sunnita, ni chiita)[8], tiende a acercarse a Irán, precisamente porque teme más a Arabia que a su vecino de la ribera norte. Por eso ha apostado por balancear al gobierno de Riad, alejándose de la opción del bandwagoning pro-saudí. Con todo, los casos más complicados son los de Qatar y Yemen…

No es momento de extenderme en detalles. Baste recordar que Qatar llegó a un acuerdo con Turquía, en 2014, para el establecimiento de una base militar en su país[9]. Tras la ruptura de relaciones diplomáticas con Arabia, a partir de junio de 2017, Qatar ha retirado su apoyo a Riad en el conflicto con Yemen. Al final, el temor a que Qatar se convierta en el espolón del neo-otomanismo turco en la península arábiga sube enteros. Si bien el conflicto viene de lejos (desde 1932, con la creación del Estado qatarí, ya que Arabia era renuente a aceptar ese hecho) y se ha visto vitaminado por la postura qatarí, propensa a cantar las alabanzas de los hermanos musulmanes por doquier. Por otro lado, aunque los rumores de alineamiento con Irán son negados por Doha, la postura qatarí de establecer puentes con Teherán frente a las opciones más intransigentes de Riad parece evidente (Katzman, 2018: 10). Algo que Irán ha agradecido apoyando económicamente a Qatar a partir de la mencionada crisis de junio de 2017.

El caso yemení es más conocido. Los hutís (chiitas quintimanos) amenazan con hacerse con el poder en Yemen, lo que significa que podrían disponer de capacidad de chantaje en el Golfo de Adén, además de amenazar con convertirse en otro proxy de Irán, hasta el punto de que en Arabia ya se los compara con Hezbollah (McGinn, 2018:6). Si eso sucediera y si al unísono se confirmara la todavía incipiente alianza Omán-Irán, estaríamos ante el peor de los escenarios para la economía de Arabia Saudita y, a tenor de lo dicho, para su viabilidad como Estado, ya que sus exportaciones podrían quedar estranguladas.

En términos de Mearsheimer, puede apreciarse que el poder militar árabe ha ido incrementándose a lo largo de los últimos años, pero al mismo tiempo se advierte un desfase entre su escaso (demografía) y lábil (economía) poder potencial y el incremento del gasto en defensa. La conciencia de la situación de vulnerabilidad comentada en el primer y el segundo anillo geopolítico es la variable explicativa fundamental de esa potenciación de sus fuerzas armadas. Lo que la tesis de Mearsheimer a duras penas permite disimular es la probabilidad de que Arabia no logre mantener ese enorme esfuerzo a medio plazo. He ahí la ventaja de combinar poder potencial y poder militar en un mismo análisis. Pero eso es una razón añadida para hacernos más preguntas (más concretas) acerca de la actual apuesta de Riad, ya definitivamente enfocados hacia su poder militar. 

El poder militar: el papel de la marina de guerra en el escenario geopolítico saudí

Una de las principales bazas estratégicas de Arabia contra Irán es el apoyo a grupos armados que puedan desgastar al gobierno de Teherán, así como a sus aliados y proxies. Algo que actualmente sucede en Siria. La ventaja de esta apuesta, que encaja bien con lo que Mearsheimer define como bloodletting, es que ni siquiera requiere que las FFAA saudís se desplieguen sobre el terreno. A la postre, lo que se resiente es la capacidad de combate del resto de actores (Hezbollah, Al-Nusra, ejército sirio, etc).

Dicho lo cual, a Arabia está condenada a vivir volcada hacia el mar, ya que el líquido elemento es el cordón umbilical que permite la venta de crudo así como la entrada de las importaciones que su sociedad reclama. Sin embargo, históricamente, el mayor esfuerzo en defensa se ha hecho en el ejército de tierra y en el ejército del aire. Por ello, su marina de guerra tenía ciertas carencias, que (en parte) están siendo subsanadas, o bien que lo serán en un futuro próximo. Aunque le queda mucho por hacer.

En el caso del ejército de tierra, Arabia adquirió a lo largo de las últimas décadas una buena cantidad de carros de combate M-1 Abrams (más de 300), de VCI M-2 Bradley (400), de LAV Piranha (unos 3.000, en diversas versiones) y de los más añejos M-113 (unos 2.000). Lo planteo sólo como indicador, sin necesidad de incorporar otros datos relativos a más adquisiciones[10]. Estas fuerzas han sido empleadas en el primer anillo geopolítico (incluyendo la reciente intervención en Bahrein) y generan cierta capacidad de disuasión en relación a los conflictos que se puedan dar en el entorno del segundo anillo de seguridad. Por otra parte, cuando es preciso mover tropas por vía aérea, el ejército de tierra aporta una relevante capacidad de helitransporte, con 160 aeronaves de la familia UH-60 y 48 CH-47F Chinook.

En el caso de la fuerza aérea, Arabia ha adquirido en diversos lotes (algunos muy recientes) nada menos que 324 F-15 Eagle. Algunos de ellos vienen siendo empleados contra el Daesh, en el cielo sirio, así como en Yemen, contra los hutís. Los correspondientes a las tranchas más antiguas están siendo sometidos a programas de modernización, de modo que, salvando los lógicos problemas de atricción, la inmensa mayoría están en servicio. También se hizo con 120 Tornado (96 IDS y 24 ADV), que están siendo parcialmente reemplazados por 72 Eurofighter. Mientras que los F-5 (la mayor parte E/F) supervivientes de los 129 originales son complementados en labores de entrenamiento avanzado y ataque a tierra por un centenar de Hawk (entre ellos 44 Hawk-100 de reciente adquisición). De nuevo, la lista no pretende ser exhaustiva, pero sí pretende ser significativa. En cuanto a la capacidad de transporte aéreo, Arabia ha adquirido, también en diversos lotes, 74 C-130 Hércules (versión H o posteriores; 10 de ellos configurables como aparatos de reabastecimiento en vuelo)[11].

Frente a dichas inversiones multimillonarias, el papel de su marina de guerra a lo largo de las últimas décadas se antoja menor. A principios de los años 80 se contrató en Francia una serie de 4 fragatas del tipo F-2000 (115×12; 2.800Tpc; 30n) que serían, a la sazón, los más poderosos de la marina de guerra saudí en los siguientes 20 años y que en la actualidad están cubriendo sus últimos años de servicio. A principios del siglo XXI fueron complementadas por 3 fragatas F-3000/La Fayette (133×17; 4.800Tpc; 24n), ligeramente modificadas (y agrandadas) respecto al original galo. Buques, en realidad, relativamente modestos. Máxime si están llamados a desempeñar el rol de capital ship.

Llama la atención que se trata, hasta el día de hoy, de las únicas unidades dotadas de misiles antiaéreos (SAM), además de los otros sistemas habituales (artillería de doble uso; misiles antibuque; sonares de casco y VDS más torpedos antisubmarinos y helicóptero embarcado). También es significativo que las F-2000 sólo disponen del sistema de corto alcance Crotale (menos de 10 kms, con 24 misiles por fragata), mientras que las F-3000 ya incorporan el Aster 15, de 30 kms de alcance máximo, pero en un número de misiles que sigue siendo muy reducido (16 por buque). Dicho con otras palabras, la marina de guerra saudí estaba pensada para operar en aguas próximas a la costa, contando con superioridad aérea, de modo que, en caso de un enfrentamiento a gran escala con vecinos como Irán, pudiera ser defendida por los cazabombarderos de su ejército del aire. En la práctica, pues, era poco más que una versión -incluso exacerbada- de la vieja (e infausta) doctrina mussoliniana (aunque la idea venía de Italo Balbo)[12] según la cual hay Estados que son, en sí mismos, como inmensos portaaviones extendidos en el mar.

En todo caso, la viabilidad que pudiera tener ese argumento depende del punto débil de las FFAA iranís, a saber, la obsolescencia de su añeja flota de F-4, la dificultad para mantener una línea de vuelo significativa de F-14, así como el escaso número de Su-24 (12 aparatos) y la poca idoneidad para al ataque a objetivos de superficie de sus Mig-29 (25 aparatos) y de sus J-7 (35 aparatos) recibidos a lo largo de los últimos lustros. Si bien, a su vez, ese aspecto ha sido compensado en parte -al menos en lo que se refiere a las misiones de bombardeo- por la proliferación de misiles de crucero, como los Shahab/Ghadr.

Lo que sí se ha venido cuidando algo más por parte saudí es la guerra antisubmarina (ASW) y la capacidad de combate de superficie (ASUW), a partir de buques de menor porte, bien adaptados a las aguas interiores del Mar Rojo y del Golfo Pérsico. Es el caso de las 4 corbetas Badr (75×9.6m; 1.050Tpc; 30n) y de los 9 patrulleros Al Siddiq (59×8; 490Tpc; 34n)[13]. Todos ellos dotados con cañón de 76/62 mm (más CIWS Phalanx), SSM Harpoon y las primeras con el mismo sistema ASW que equipa, por ejemplo, al grueso de nuestras fragatas (SQS-56+Mk32xMk46) aunque, dadas sus dimensiones, carecen de helicóptero embarcado.

Ambas funciones son pertinentes, debido al papel otorgado por Irán al arma submarina[14], así como por la proliferación de unidades de combate de superficie[15]. Sensación reforzada por las frecuentes maniobras militares iranís en el Golfo de Omán, en la que el protagonismo ha recaído en pequeños patrulleros y submarinos (Cordesman, 2009: 85-86). En realidad, pues, Arabia se viene limitando a contrarrestar, a duras penas (a tenor de lo visto) las capacidades de su vecino chiita.

Pero la marina de guerra saudí no dispone de un solo sumergible, tiene una capacidad más bien escasa para la guerra contra minas (MCMV), con sólo 3 Sandown -siendo ésta una de sus principales lagunas- mientras que también brillan por su ausencia los buques de asalto anfibio. Todas ellas, carencias difíciles de justificar en una potencia con extensas costas, con cuellos de botella que controlar/proteger/forzar y con unos presupuestos de defensa ciertamente contundentes.  

Modernización de la marina de guerra saudí y nuevas perspectivas

El incremento de la tensión en el primer y el segundo anillo, en los términos vistos, está incidiendo en nuevos programas de modernización, de entre los cuales destacan los que afectan a la marina de guerra. La experiencia derivada de las operaciones en la costa yemení, la construcción de nuevas fragatas por parte de Irán[16], la toma de conciencia acerca de que el dominio del aire sí será objeto de disputa a medida que vayan entrando en servicio los cazabombarderos de 5ª generación Qaher, o acerca de la superioridad iraní en el terreno de los misiles de crucero, son factores que contribuyen al diagnóstico.

En ese sentido, la dificultad para controlar los accesos del Mar Rojo y del Golfo Pérsico, constituye, por sí misma, un argumento de mucho peso. Las redes de alianzas que se están tejiendo en el anillo intermedio de seguridad contribuye a alimentar las alarmas en Riad. La ostensible (y ostentosa) colaboración entre Qatar y Turquía; la incipiente colaboración entre Omán e Irán; la posibilidad de que Irak se convierta en un satélite de Irán, o la colaboración estructural entre Irán y Rusia… son, todos ellos, factores que ayudan a generar una sensación de creciente aislamiento por parte de Arabia[17]. Mientras que la política exterior de los EEUU no les confiere especial confianza (gestión del programa nuclear iraní y de la posguerra iraquí, en la era Obama; énfasis en extremo oriente, como tendencia a medio plazo).

De esta manera, mientras el ejército de tierra y el ejército del aire avanzan en la modernización de sus medios (programas que afectan, entre otros, a los M-1 y a los F-15 más antiguos), así como en la sustitución de los que están al final de su vida útil, la armada saudí está dando nuevos pasos, pergeñando un auténtico salto cualitativo.

-Por lo pronto, nuevos buques de combate de superficie multiplicarán la capacidad de guerra antiaérea. Tanto los 4 LCS (115×17.5; 3.800Tpc; 40n) como las 5 Avante-2200 (99×13.6; 2.800Tpc; 25n)[18] estarán dotadas con el VLS Mk41, que será empleado como lanzador de SAM ESSM. Las primeras, con 8 celdas y las segundas, con 16, lo que significa que los LCS dispondrán de 32 misiles por buque y las Avante-2200, de 64 misiles. La cifra puede parecer elevada, pero no lo es, teniendo en cuenta que Arabia ha encargado 532 de esos misiles. De este modo, cada uno de esos buques podría establecer un paraguas razonable a 50 kms de los buques de guerra citados, cubriendo una superficie de unos 7.800 km2 que, en principio, también gozaría de posibilidades frente a los temidos misiles de crucero iranís[19].

-Con ese paraguas y con los citados programas de su ejército del aire, las aguas del Golfo y del Mar Rojo deberían ser controladas por las FFAA saudíes, de modo que sus corbetas y patrulleros dotados de sistemas SSM y ASW+SSM tratarían de mantener a raya a los submarinos y patrulleros iraníes. Pero, como quiera que la amenaza representada por los primeros es especialmente difícil de contrarrestar, y que la mejor arma contra un submarino suele ser otro submarino, la marina de guerra saudí proyecta dotarse de varios sumergibles. Hace años que se maneja la cifra de 6 buques. Pero últimamente los indicios son más evidentes. Sobre todo, desde que en marzo de 2017 Arabia firmó un acuerdo de cooperación con Malasia que incluye el entrenamiento de marinos saudís en el manejo de submarinos. Se da la circunstancia de que Malasia opera 2 Scorpène, de tecnología francesa, esto es, la de uno de los tradicionales proveedores de la armada saudí…

-Las operaciones en aguas costeras, en Yemen, muestran la necesidad de mejorar las prestaciones del binomio buque-helicóptero, a fin de que los aparatos embarcados puedan operar como fuentes de inteligencia en tiempo real y como un primer vector de ataque, sin necesidad de arriesgar innecesariamente al buque de guerra. Este hecho, unido a la ya citada amenaza de los patrulleros y sumergibles iranís, requiere la potenciación de la aviación naval. Tales necesidades serán paliadas con la adquisición de 10 MH-60R Sea Hawk, dotados de torpedos ASW Mk. 46/50 y misiles ASM Hellfire (cuyas novedades respecto a los SH-60B son el radar APS-153 y el sonar calable AQS-22) que constituyen el complemento perfecto para su flota de fragatas (hasta ahora dotadas con los AS-565 Panther). Asimismo, se han iniciado los contactos con Boeing para la adquisición de entre 3 y 6 P-8 Poseidon, con amplias capacidades (radar APY-10; ASM Harpoon; ASW Mk 46/50; ELINT y SIGINT).

-Es importante constatar que, por el momento, la política de Riad parece ser más bien defensiva, habida cuenta de que desde hace 35 años mantiene en servicio los 2 AOR Boraida (una versión aligerada de los Durance) sin previsión de ampliar esa flota. Asimismo, mientras que Irán posee una flotilla anfibia no desdeñable, adaptada a operaciones en aguas costeras[20], Arabia Saudita sigue sin contar con ese tipo de buques. Ni qué decir tiene que una ulterior extensión del actual programa naval podría resolver, en todo o en parte, esas carencias. Pero, por el momento, la postura árabe es más bien prudente.

Conclusiones

La población de Arabia Saudita es relativamente escasa y no tan homogénea. La primera consideración obliga a Arabia a intensificar la apuesta por la modernización de sus FFAA, compensando esa limitación con la adquisición de equipos de última generación, intensivos en tecnología, pero no en personal. En relación con la segunda consideración, su geografía humana podría convertirse fácilmente en un talón de Aquiles, atendiendo además a la correlación entre la ubicación de sus minorías chiitas y algunos de sus principales recursos.

La economía de Arabia Saudita depende sobremanera de la exportación de crudo. Pero también, de hecho, de la importación de productos manufacturados. Al tratarse de la parte mayor de una inmensa península, las principales rutas comerciales son rutas marítimas. A ello debe unírsele la existencia de auténticos cuellos de botella, a la entrada del Mar Rojo y del Golfo Pérsico. El control de rutas y accesos es fundamental para la viabilidad económica de Arabia Saudita, pero es amenazado, de palabra y de obra, por Irán.

Las malas relaciones con varios Estados integrantes de lo que hemos denominado como primer anillo o anillo interior geopolítico (caso evidente de Qatar y, en menor medida, pero cada vez más, de Omán) así como la revitalización de Irán en el marco de lo que hemos definido como segundo anillo o anillo intermedio (siendo su apoyo a la cusa houtí un síntoma más de ello), unido a las pulsiones neo-otomanas turcas, generan en Arabia la sensación de pérdida de control de esos espacios, y explican la expansión de su presupuesto de defensa.

El tradicional énfasis de Arabia en la modernización de sus ejércitos de tierra y del aire está llegando también a su marina de guerra, quedando contrastado por el mayor y más consistente programa de modernización de su flota de buques de combate de superficie de su historia (con la entrada en servicio de 9 buques de entre 3.000 y 4.000 toneladas en los próximos años, llamados a sustituir a sólo 4 buques, de menores prestaciones); con el énfasis en el incremento de sus capacidades SAM (VLS Mk41xESSM en todos esos buques), hasta la fecha muy descuidadas; con una potenciación paralela de la aviación naval (MH-60R y P-8) y con el incipiente programa de obtención de submarinos. Todo ello con la mirada puesta en el control de las costas del conjunto de la península arábiga (propias y extrañas), así como de los estrechos ya indicados, cuanto menos pensando en Irán y los Estados peninsulares menos proclives a aceptar la agenda de Riad.

Pese a todo lo dicho, Arabia no está potenciando la capacidad de transporte de tropas desde el mar[21]. Sin duda, esta fase de su planeamiento se ha ralentizado, de manera que la confianza sigue depositada en sus numerosas flotas de C-130/CH-47/UH-60. Es decir, sigue dependiendo casi exclusivamente de la aportación de sus ejércitos del aire y de tierra. Sin embargo, del mismo modo que en otros campos su marina de guerra ya está recibiendo una renovada atención, es probable que en los próximos años seamos testigos de la llegada de la oleada modernizadora a la capacidad de transporte naval.

Artículo publicado en la Revista General de Marina.

Bibliografía

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[1] https://datos.bancomundial.org/indicador/ms.mil.xpnd.gd.zs

[2] www.sipri.org/sites/default/files/2018-08/yb18_summary_esp.pdf, pp. 6-8.

[3] No analizaré en este artículo los conflictos internos saudíes, sin perjuicio de que más adelante integre alguna consideración de relevancia en relación con su economía o con la distribución de su población.

[4] La divulgada por Al-Wahab, en el siglo XVIII. Se trata del fundador del wahabismo, a la sazón antecente directo del salafismo. Hay que tener en cuenta que este clérigo llegó a un acuerdo con Ibn Saud, el fundador de la dinastía homónima, a fin de ordenar las relaciones entre el poder religioso y el político en suelo árabe, a modo de un pacto fundacional. Pese a las vicisitudes propias de cada etapa histórica (como la dominación otomana finalizada junto con la 1ª GM), ésa ha sido la idiosincrasia propia de ese Estado.

[5] Por su parte, Irán supera los 80 millones de habitantes, de los cuales más de 60 millones son chiitas.

[6] En última instancia, el precio del crudo se incrementaría de modo considerable y eso afectaría a todos los importadores. Por ello, algunos analistas consideran que el auténtico objetivo de las amenazas iranís son los EEUU, especialmente tras el anuncio de Trump de reconsiderar el acuerdo nuclear al que llegó Obama (Rafizadeh, 2018). Si esto es así, Irán buscaría chantajear a Washington, con la mirada puesta en mantener ese acuerdo e, incluso, en reducir el régimen de sanciones.

[7] En la zona fronteriza con Kuwait sucede algo similar, de modo que se ha optado por la configuración de una zona neutral, en la que ambos Estados se reparten los beneficios al 50%. Lo relevante del caso es que la zona afectada estaba del lado de la frontera kuwaití…

[8] En Omán domina la rama Jariyí del Islam, en su acepción Ibadí, producto de una escisión temprana de dicha confesión (siendo el único país del mundo en el que ocurre tal cosa).

[9] Bautizada Tariq bin Ziyad, en honor de uno de los líderes de la conquista musulmana de España, a principios del siglo VIII (sic).

[10] Entre las cuales podríamos contar los 140 BMR-600 adquiridos en España a mediados de los años 80, así como blindados franceses, como los AMX-30 (290 carros) y los AMX-10 (550 blindados).

[11] De todos modos, uno de los problemas tradicionales de Arabia ha sido la insuficiente disponibilidad de pilotos cualificados para tripular esos aparatos. Durante años se pudo comprobar la existencia de carros de combate y de cazabombarderos almacenados, en perfecto estado, pero sin apenas señales de uso.

[12] En la versión italiana, eso fue la excusa para no construir portaaviones, en plena 2ª GM. En el caso de Arabia se había llegado al extremo de minimizar la capacidad de defensa de punto y a negar la de zona, por parte de sus buques de guerra.

[13] Estos buques van a ser sustituidos por otros de similar porte y armamento, del tipo La Combattante III, de los que ya hay 3 contratados.

[14] Cuenta con 3 Kilo, de 3.000Tpc; 1 Qaeen, de 1.200 Tpc; 2 Fateh, de 600Tpc; 1 Nahang, de 400Tpc y dos docenas de la clase Ghadir, de sólo 120Tpc.

[15] 14 La Combattante II, de 47 metros y 280Tpc y 10 Houdong, de 39 metros y 200Tpc, armados con SSM C-802, además de muchas unidades de menor porte.

[16] Las 6 Mowj, que están entrando en servicio en la actualidad. Se trata de una mejora de las 3 Alvand en servicio, con cañón de 76mm, SAM de medio alcance, SSM C-803 y helicóptero embarcado como principales novedades respecto a las Alvand.

[17] Es evidente que, dadas las distancias y las capacidades de los grandes aliados de Arabia ubicados en el anillo exterior -caso de Marruecos- la confianza que Riad pueda tener en su apoyo, en el caso de una guerra abierta, es muy reducida. El hecho de que Marruecos haya intervenido militarmente en el conflicto de Yemen no sería fácilmente trasladable, por motivos tanto políticos como militares en caso de escalada en la región.

[18] Estos buques sustituirán a las 4 F-2000, pero al mantenerse en servicio las 3 La Fayatte, la cifra total de fragatas dotadas de SAM de medio alcance (30-50 Kms), SSM, torpedos ASW y helicóptero embarcado, se incrementará hasta alcanzar la docena de buques.

[19] Ni que decir tiene que la incorporación de 3 a 5 fragatas AEGIS con VLS para SAM SM-2 sería la mejor opción para Arabia. Presupuesto para ello, lo tiene. Así que, siquiera sea como mera hipótesis de trabajo, podría contemplarse esa opción.

[20] 4 LST de 3.000Tpc, con capacidad para 12 carros de combate, 220 soldados y 1 helicóptero pesado; 3 LSM de 2.000Tpc, con capacidad para 9 carros y 140 soldados y 3 LSM de 1.300Tpc, con capacidad para 5 carros, unidades más ligeras al margen (varios LCU y howercraft).

[21] Curiosamente, Qatar sí ha encargado -a Fincantieri- un buque anfibio de notables dimensiones. Se trata de un LPD de la clase San Giusto ampliada (similar al que recientemente ha entrado en servicio en la Marina de guerra argelina).

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Josep Baqués

Josep Baqués es Profesor de Ciencia Política en la Universidad de Barcelona y Subdirector de Global Strategy

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