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España y la Guerra Civil: evolución de la doctrina militar

https://global-strategy.org/espana-y-la-guerra-civil-doctrina-militar/ España y la Guerra Civil: evolución de la doctrina militar 2019-01-18 10:12:22 Carlos Javier Frías Sánchez Blog post Estudios de la Guerra Guerra Civil española

Desde el punto de vista doctrinal, la Guerra Civil española es un conflicto ‘atípico’, en el sentido de que se combatió tanto con procedimientos incluso anteriores a los desarrollados en la Gran Guerra, como con otros plenamente ‘experimentales’, más avanzados que los empleados en los años finales de ese conflicto. Por las fechas en las que se produjo (1936-1939), no es sorprendente que las potencias exteriores que intervinieron intentasen comprobar la validez de sus desarrollos doctrinales de los últimos veinte años.

La situación estratégica española en los años comprendidos entre el final de la guerra europea y el inicio de nuestra Guerra Civil es muy diferente de la de nuestros vecinos europeos, lo que se traduce en necesidades igualmente distintas desde el punto de vista militar. Estas diferencias explican la pervivencia en España de formas de organización y de empleo de las Armas que ya habían sido abandonadas en Europa como consecuencia de la experiencia de la Gran Guerra.

Desde el punto de vista económico, la Gran Guerra se revela como un conflicto esencialmente ‘industrial’: los métodos de combate desarrollados durante ese conflicto implicaban un enorme esfuerzo económico e industrial que sólo estaba al alcance de los Estados más ricos e industrializados. Para la España eminentemente rural y agrícola de principios del s. XX, la adopción de las tácticas de combate basadas en el empleo masivo de la Artillería en conjunción con carros de combate y Aviación estaba simplemente fuera del alcance de las capacidades económicas e industriales del país.

La guerra de Marruecos

Desde principios del siglo XIX, España está sumida en la interminable Guerra de Marruecos, todavía plenamente activa al final de la Gran Guerra, y de características sumamente diferentes de las del escenario europeo:

  • se combate en una zona muy amplia para la entidad de las fuerzas desplegadas, lo que implica una muy baja densidad de ocupación del terreno: no existe un ‘frente’ al estilo europeo, y las operaciones son una combinación de unidades móviles ‘interarmas’ de entidad limitada (rara vez de entidad superior a la actual Brigada) – las ‘columnas’ -, en combinación con una red de puestos fortificados fijos y relativamente aislados,
  • se lucha contra un enemigo disperso y poco fortificado (que no presenta blancos rentables para el empleo masivo de la Artillería) y en muchos casos indistinguible de la población civil de la zona (lo que dificulta la elección de objetivos a batir), en un terreno desprovisto casi completamente de vías de comunicación (poco apto por ello para el empleo de medios motorizados o para cualquier operación que requiera grandes movimientos logísticos).

En realidad, la Guerra de Marruecos era un conflicto colonial, con algunas características típicas de un conflicto de contrainsurgencia, pero en ningún caso requería – ni probablemente admitía – el enfoque ‘industrial’ del campo de batalla europeo. La guerra en Marruecos la hacían pequeñas columnas semiindependientes, en operaciones limitadas a unos pocos miles de hombres y muy coordinadas con la labor política de negociación con las diferentes cabilas.

El número de bajas producido era relativamente bajo (insignificante si se compara con los producidos en los campos de batalla de la Gran Guerra), exceptuando episodios puntuales como el ‘desastre de Annual’. La Artillería se empleaba como un medio de suministrar potencia de fuego adicional a la de la Infantería, organizándose en unidades pequeñas (en general, Baterías), empleando habitualmente el tiro directo a distancias cortas y haciendo uso abundante de la munición shrapnel (de metralla), que había desaparecido de Europa en 1914. Es decir, la Artillería se empleaba como se hacía en Europa antes de la revolución que supuso la Gran Guerra.

Las deficiencias de este tipo de tácticas se pusieron trágicamente de manifiesto durante el citado ‘desastre de Annual’, en el verano de 1921. Si el Ejército español hubiese tenido una doctrina similar a las vigentes en Europa desde 1918 y hubiese dispuesto de un armamento acorde a ella, resulta muy dudoso suponer que ninguna de las cabilas rifeñas hubiese podido hacer frente a las ‘tempestades de acero’ típicas de los campos de batalla europeos de la Gran Guerra.

No era solo un problema de medios, sino también de doctrina. Como ejemplo, las cinco Baterías de cañones presentes en Annual (16 Schneider de montaña de 70/16 y cuatro Schneider de tiro rápido de 75/22.) podían disparar unos seis disparos por minuto y por pieza (haciendo una media entre la cadencia relativamente baja de los 70 mm de montaña – entre 2 y 12 dpm – y la elevada de los 75 mm – hasta 20 dpm -), resultando un total aproximado de 600 kg de munición por minuto: ningún ataque rifeño hubiera tenido éxito frente a esa cantidad de fuego, si se hubiera podido concentrar el tiro de todas esas piezas sobre un solo objetivo, aplicando la explicada ‘maniobra de los fuegos’. Sin embargo, al seguir empleándose en tiro directo (como en 1914), no fueron capaces de concentrar sus fuegos, por lo que su efecto fue muy limitado. Es cierto que tampoco se disponía de la cantidad de munición necesaria para efectuar fuegos de ‘estilo europeo’, ni de los medios logísticos precisos para alimentar este tipo de combate: simplemente, España no se lo podía permitir.  Como ejemplo, los cuatro Schneider de 75/22 desplegados en Abarrán (la posición más avanzada y expuesta de todo el dispositivo español) disponían de 90 disparos por pieza: menos de cinco minutos de fuego a cadencia máxima.

En cualquier caso, las peculiaridades del escenario marroquí hacen que las lecciones de la reciente Guerra Europea se considerasen de limitada utilidad para el problema militar español del momento. Además de ello, la neutralidad de España en la Gran Guerra se había revelado muy beneficiosa para la economía española, al tiempo que la constatación de las enormes pérdidas sufridas por los contendientes ponía de relieve el coste económico y humano de un nuevo conflicto europeo, en el que España no parecía tener ningún interés en participar.

Todos estos factores parecían reforzar la tendencia de considerar las lecciones aprendidas de la Gran Guerra como algo poco adecuado a las necesidades militares españolas. Solo en 1925, tras el final del conflicto marroquí, se actualizó una doctrina (el Reglamento de Empleo Táctico de Grandes Unidades de ese año) de clara inspiración en la ‘bataille conduite’ recogida en la doctrina francesa de 1921. Sin embargo, significativamente, ese mismo año, se creaban Escuadrones de Lanceros a caballo en el Tercio de Extranjeros, algo impensable en la doctrina francesa posterior a la Gran Guerra. Pese a las críticas que recibió la nueva doctrina, ésta permaneció inalterada hasta la Guerra Civil, aunque su aplicación fue limitada.

Las divisiones políticas internas del Ejército se acentúan durante la República (reflejo en realidad de las divisiones de la sociedad española en su conjunto). La inestabilidad política e institucional y el constante recurso al Ejército en cuestiones de orden público dejaron en un segundo plano cualquier modernización doctrinal posterior al Reglamento citado de 1925 durante todo el periodo republicano (1931-1936).

En 1936, el Ejército español está dividido entre las unidades peninsulares y las desplegadas en el Norte de África, con características diferentes. Las unidades peninsulares se encuentran crónicamente mal equipadas, mal armadas y poco adiestradas, como consecuencia de la lógica prioridad concedida a las unidades desplegadas en operaciones en Marruecos, mientras que las unidades africanas están mejor equipadas y fogueadas por años de duros combates. Sin embargo, la experiencia de estas últimas se circunscribe al escenario colonial marroquí, muy específico, y no siempre bien adaptado a las condiciones de una guerra contra un enemigo siquiera moderadamente avanzado.

Las divisiones del Ejército se denominan desde la Ley de Bases de 1918 como “Divisiones Orgánicas”, y su función en tiempo de paz es similar a la que se preveía en el resto de Europa para los Cuerpos de Ejército en igual situación: mantener la estructura de reclutamiento e instrucción para la tropa de leva de su zona de responsabilidad, con la idea de estar en condiciones de constituir una Gran Unidad División para su empleo en combate.

Así, las Divisiones Orgánicas son estructuras esencialmente administrativas, que requieren un proceso de movilización para estar en condiciones de combatir. Las Divisiones españolas, cuya organización se definió en detalle en 1925, mantenían todavía en 1936 la estructura de dos Brigadas de Infantería a dos Regimientos cada una, de forma similar a la organización general europea anterior a las reformas de 1916-17. Durante el periodo republicano, los Regimientos pasaron de tener tres Batallones a tener solo dos. Cada Batallón contaba con un solitario Schneider 70/16 como “cañón de Infantería”, a imitación de los Ejércitos europeos posteriores a la PGM (que, sin embargo, fueron mucho más generosos en la dotación de cañones para su Infantería). La Artillería de la División se organizaba en una Brigada con dos Regimientos, uno de cañones (en general, el Schneider 75/22) y otro de obuses (Vickers 105/22, con el Schneider 105/11 en las unidades de montaña). Cada Regimiento tenía tres Grupos, organizados a tres Baterías de cuatro piezas, con un total de 36 piezas por Regimiento, y 72 en el total de la División. Un Escuadrón de Caballería a lomo, un Batallón de Zapadores, junto con un Grupo Logístico, un Grupo de Sanidad y otro de Transmisiones, además de otras unidades menores (como una escuadrilla de aviones de reconocimiento y una unidad de aerostación) completaban la División.

Como reserva de Ejército, existía una División de Caballería, con tres Brigadas de dos Regimientos cada una, a dos Grupos a lomo, dos Brigadas de Montaña cada una con dos Regimientos a dos Batallones, dos Regimientos de carros de combate ligeros (con una decena escasa de viejos Renault FT-17, un FIAT 3000 y seis obsoletos Schneider CA1 en total), siete Regimientos de Infantería (desplegados en defensa de las tres principales bases navales – Ferrol, Cartagena y Cádiz – y los dos archipiélagos), cuatro Regimientos de Artillería pesada (con dos Grupos a tres Baterías de cuatro piezas, uno de obuses Schneider de 155/13 y otro de cañones Krupp 155/27) y otros cuatro de Artillería de Costa (con piezas fijas de 381/45, de 152,4 mm y obuses Ordoñez de 240 mm, junto con antiaéreos Vickers de 105 mm, desplegados en el estrecho de Gibraltar, y en los puertos de Cartagena, La Coruña y Mahón), y un Regimiento de Zapadores minadores, dos de Zapadores ferroviarios, y uno de Aerostación (perteneciente al Arma de Ingenieros). El mismo cometido desempeñaban otra veintena de unidades tipo Batallón: ametralladoras, artillería antiaérea, pontoneros, telégrafos, aviones de caza y aviones de bombardeo.

La organización de la División no era popular entre los profesionales españoles, por varios motivos: se trataba de una mezcla poco clara de la orgánica europea anterior a la Gran Guerra (inicialmente, con doce Batallones de Infantería por División, que se convirtieron en solo ocho durante el periodo republicano y basada en cuatro Regimientos, en lugar de la estructura “triangular” generalmente adoptada al final de la Primera Guerra Mundial), pero con una dotación artillera mayor (consecuencia de la experiencia en ese conflicto), lo que la hacía muy grande y relativamente poco móvil.

Sin embargo, la mayoría de los tratadistas españoles consideraba que, ante la inexistencia de grandes cursos de agua en la Península Ibérica, los frentes fortificados de la Gran Guerra no serían posibles en España, por lo que las unidades deberían combinar la defensa apoyada en fortificaciones en los pasos montañosos, con el combate móvil. Y una División como la descrita parecía excesivamente grande para defender un paso montañoso y demasiado pesada para ejecutar con eficacia un combate móvil. Una de las alternativas propuestas a esta organización fue la “Brigada Mixta”, que se explicará posteriormente. En cualquier caso, el único conflicto reciente había sido la Guerra de Marruecos, para el que la División descrita resultaba excesivamente grande y poco adecuada. Posteriormente, los acontecimientos políticos impidieron ninguna reforma orientada a la mejora del empleo táctico de las unidades.

En 1935, en línea con la idea de defender el territorio desde los pasos montañosos, el Gobierno de Gil Robles transformó las ocho Divisiones Orgánicas existentes en dos Divisiones de Montaña, dos Divisiones Mixtas (montaña e Infantería ligera), y preveía la motorización de las cuatro Divisiones restantes, reemplazando monturas por vehículos, modernización que nunca se llevó a efecto.

En contraste, las unidades del Ejército de África se encuentran ya organizadas para el combate, pero adaptadas al escenario africano: no existen Grandes Unidades (Brigada, División o superiores), sino que las diferentes “columnas” se constituían para cada operación especifica con Batallones, Compañías, Baterías…  aportados por los Regimientos desplegados en el Protectorado; las unidades “africanas” tienen una experiencia limitada en la ejecución de operaciones de gran entidad, pese al gran éxito organizativo de la complejísima operación del desembarco de Alhucemas (1925). A cambio, son unidades veteranas y con una alta profesionalización.

Las principales unidades del Ejército de África eran dos “Tercios” de la Legión (unidades tipo Regimiento), cada uno con tres “Banderas” (unidades tipo Batallón), cinco Grupos de Regulares Indígenas (unidades tipo Regimiento), cada uno con tres “Tabores” de Infantería (unidades tipo Batallón) y otro de Caballería a lomo, junto con seis Batallones de Cazadores, cuatro Batallones de Ametralladoras, cuatro Batallones de Zapadores y otros cuatro de Transmisiones. La Artillería era casi inexistente (esencialmente, piezas de costa fijas). Además, desplegaban en el Protectorado dos Escuadrillas de aeronaves de observación y bombardeo y otra de hidroaviones.

En 1936, España es un país relativamente poco poblado y escasamente industrializado, poco adaptado al tipo de guerra ‘industrial’ aparecido en Europa en la Primera Guerra Mundial. La partición del país en dos zonas simplemente agudizó esa inadaptación, al dividir aún más los ya limitados recursos, haciendo todavía más difícil la adopción de las tácticas ‘modernas’ desarrolladas en la Primera Guerra Mundial.

Esta falta de medios humanos y materiales se tradujo en una baja densidad de ocupación de los frentes que se constituyeron, y en unas capacidades artilleras también reducidas. Como consecuencia, la Guerra Civil es un conflicto mucho más móvil que la Primera Guerra Mundial, permitiendo un papel destacado de la Caballería (especialmente en las fases iniciales del conflicto). La movilización de recursos de los beligerantes y los respectivos apoyos internacionales hacen que los medios disponibles vayan creciendo conforme avanza el conflicto, incrementando la letalidad del campo de batalla y reduciendo esa movilidad. El desarrollo de la Batalla del Ebro (1938) ya recuerda las cruentas batallas de la Gran Guerra, pese a que las fortificaciones de campaña empleadas fueron relativamente improvisadas, y por ello, menos eficaces. La división interna del Ejército, el licenciamiento de los reclutas decretado por el Gobierno de la República, la desconfianza hacia los Mandos de la tropa republicana (que llevó en muchos casos a la sustitución de los cuadros militares profesionales por líderes políticos y sindicales), la organización de milicias improvisadas y la propia concepción de las ‘Divisiones Orgánicas’ como elementos de movilización (que precisaban un cierto tiempo para estar en condiciones de combatir), permiten el avance inicial del Ejército de África con escasa oposición. En estos compases iniciales del conflicto todavía no existen frentes definidos, y el Ejército de África opera de forma similar a la que está habituado en el Protectorado: columnas organizadas ad-hoc, de entidad relativamente reducida, que se mueven de forma casi autónoma por grandes espacios, con una oposición muy poco organizada y dispersa. Sin embargo, las unidades africanas tienen un importante ‘talón de Aquiles’: su reducida entidad. En efecto, los efectivos de las fuerzas desplegadas en África alcanzaban escasamente los 34.000 hombres (sobre un total de 156.000 efectivos del conjunto del Ejército), una fuerza apreciable frente a las tribus marroquíes, pero absolutamente insuficiente para ocupar un país de la extensión de España, o, simplemente, para tomar una ciudad siquiera mediana frente a una oposición decidida. Cuando finalmente el Ejército de África llega a Madrid, el Gobierno de la República ya ha tomado medidas defensivas que impiden la toma de la ciudad con las reducidas fuerzas con las que llega el General Franco. A los poco más de 20.000 soldados del Ejército de África que llegan a la capital se enfrentan más de 60.000 milicianos y las primeras ‘Brigadas Internacionales’. Además de ello, ninguno de los bandos combatientes tenía experiencia en el ataque a posiciones fortificadas, ni la Artillería española del momento estaba en condiciones de ejecutar los complejos, detallados y masivos bombardeos de los campos de batalla europeos desarrollados en la Primera Guerra Mundial. En otro orden de cosas, el fracaso parcial del levantamiento militar había llevado a que las zonas industrialmente más ricas y pobladas de España quedasen en manos republicanas, lo que dejaba al Ejército de África casi como la única baza de Franco para ganar la guerra. Franco simplemente no se podía permitir una masacre como Verdún o el Somme, en la que sacrificase su única unidad militarmente competente, frente a un enemigo potencialmente superior en términos humanos, económicos e industriales. En consecuencia, una toma en fuerza de Madrid quedaba fuera de sus capacidades a partir del otoño de 1936. La estrategia de Franco a partir de ese momento tiene mucho de ‘aproximación indirecta’: la búsqueda de victorias parciales en teatros secundarios, que permitiesen minar progresivamente la superioridad inicial del bando republicano. En cambio, las Fuerzas Armadas de la República, a instancias del General Vicente Rojo, intentaron repetidamente forzar una batalla decisiva, que le permitiese acabar con la superioridad cualitativa del Ejército de Franco e imponer la superioridad material y numérica de la República: Brunete, Belchite, Teruel, el Ebro… son operaciones que buscaban esa batalla decisiva, que Franco rehuyó mientras sus recursos fueron inferiores a los del Ejército republicano, y que solo aceptó cuando estuvo seguro de vencer, ya en el Ebro en 1938. En cualquier caso, en aspectos puramente doctrinales, la Guerra Civil española es, en cierta medida, una regresión a los procedimientos anteriores a 1914. Las capacidades de los Ejércitos combatientes no permitían la densidad de ocupación del terreno ni los complejos sistemas de fortificación del Frente Occidental de la Primera Guerra Mundial, ni sus Artillerías respectivas podían proporcionar los potentes fuegos a disposición de alemanes, franceses o británicos, ni la coordinación entre Artillería, Ingenieros e Infantería llegó a los niveles de eficacia alcanzados en esa guerra. Como consecuencia, la Guerra Civil fue un conflicto mucho más móvil que la Primera Guerra Mundial, lo que parecía dar la razón a los que argumentaban que la situación del Frente Occidental en la Gran Guerra no sería la norma en los conflictos futuros, sino la excepción. Solo la Batalla del Ebro, en la fase final de la guerra y cuando el Ejército nacional había aumentado enormemente en tamaño y potencia de fuego tuvo una cierta semejanza con las sangrientas batallas de Flandes o de Picardía de la Gran Guerra. Las exitosas operaciones de la Caballería del Ejército nacional, junto con la movilidad de las grandes operaciones de ambos bandos, parecían dar la razón a los que consideraban que las unidades a lomo todavía tenían un papel insustituible en el campo de batalla moderno. Por otro lado, desde hacía mucho tiempo, el Ejército español había adoptado el ‘orden abierto’ como consecuencia natural de la experiencia de las operaciones en la Tercera Guerra Carlista, en Cuba y en Marruecos, por lo que, en ningún caso, se dieron casos de ataques en formaciones cerradas, como sí ocurrió en los campos de batalla europeos de 1914.

La introducción de armamento moderno tampoco proporcionó grandes novedades: los carros recibidos de Alemania e Italia (bando nacional) o la URSS (bando republicano) se emplearon de formas variadas, pero las conclusiones alcanzadas no fueron unánimes.

Inicialmente, el Ejército nacional recibió de Alemania 41 carros modelo Panzer I-A y 24 cañones anticarro PaK 35/36 de 37 mm (como parte de la Legión Cóndor), en septiembre de 1936. El Panzer I-A era un modelo esencialmente experimental, escasamente blindado y armado únicamente con dos ametralladoras. En total, 121 ejemplares de estos carros participaron en el conflicto (100 del modelo A y 21 del modelo B, ligeramente mejorados en cuanto a motor y transmisión, pero con igual armamento y blindaje).

Los cañones de 37 mm que llegaron con los carros se concebían como un medio de protegerlos del ataque de otros ingenios similares, frente a los que sus ametralladoras poco podrían hacer. Estos medios se organizaron en una plana mayor, dos compañías de carros de combate, una de transportes, una de mantenimiento, una unidad de Parque y un equipo de adiestramiento contra-carro. Hacia finales de octubre de 1936 llegará una compañía contra-carro adicional. Aunque, en principio, los alemanes se desplegaron en España en calidad de instructores, también combatieron, especialmente en las primeras etapas del conflicto.

Por parte italiana, en el verano de 1936 se empiezan a suministrar a Franco algunos Carri Veloce CV 3/33 y CV 3/35 (también llamado L3/35, la versión más empleada en España), una pequeña tanqueta armada con dos ametralladoras de 7,7 mm situadas en un afuste fijo hacia el frente, y tripulada por dos hombres, de las que llegaron a España entre 130 y 160 unidades, junto con algunas decenas de obsoletos coches blindados Lancia 1ZM. La mayoría de estos medios llegan a partir de 1937, cuando empieza el despliegue en España del Corpo di Truppe Volontarie (CTV), unidades de voluntarios italianos del Partido Fascista encuadrados en ocasiones por mandos regulares del Ejército italiano. Estos Carri Veloce son los únicos medios acorazados de que disponen los italianos en España. Como los Panzer I, sus posibilidades de éxito en combate frente a carros con cañón eran nulas.

Casi simultáneamente llegan a España carros y coches blindados soviéticos. Ya en septiembre de 1936 llega a Madrid una quincena de carros de combate T-26B (un total de 281 llegaron a España). Estos carros son de concepción mucho más moderna que los diminutos Panzer I, y, sobre todo, están armados con un potente cañón de 45 mm, capaz de destruir cualquier blindado en servicio en la época, al tiempo que su blindaje los hace invulnerables al fuego de ametralladora de los Panzer I o de los CV 3/33 o CV 3/35 italianos.

Los carros soviéticos intervinieron por primera vez en combate el 29 de octubre de 1936, en un ataque de flanco desde el sureste contra las columnas nacionales que se aproximaban a Madrid desde el noroeste. A diferencia de los Panzer alemanes, los carros soviéticos se emplearon reunidos, con la finalidad de efectuar una penetración en profundidad en la retaguardia nacional. La recién constituida I Brigada Mixta, mandada por Enrique Líster, debía romper el frente nacional y apoyar el avance de los carros. Se trataba de la aplicación, a pequeña escala, de las ideas contenidas en el entonces casi inédito manual PU-36 de Tukhaschevski, ya comentado.

Sin embargo, la Infantería republicana no disponía de vehículos para seguir el avance de los carros, que pronto se adelantaron hasta perder el contacto, encontrándose en una zona poco conocida, sin ninguna instalación vital a la que atacar (Puestos de Mando, unidades logísticas, Artillería – aunque destruyeron una solitaria batería de Schneider 75 mm -…) y en la que los defensores nacionales no entraron en pánico por ver a los carros avanzar en su retaguardia, sino que se atrincheraron en los pueblos (especialmente en Illescas y Seseña), desde donde frenaron el tímido avance de la Infantería republicana. La intervención de los CV 3/33 y CV 3/35 del Ejército nacional se saldó inevitablemente con la destrucción de varios de ellos y la retirada de los restantes. No obstante, los intentos de los carros soviéticos por desalojar a la Infantería nacional de los pueblos terminaron en la pérdida de varios T-26, por fuego de Artillería ligera o por cántaros y botellas de gasolina – los primeros ‘cócteles Molotov’ -, y la retirada de los restantes. En principio, las causas del fracaso se atribuyeron a la falta de instrucción de los infantes republicanos (que ciertamente existía), pasando por alto la carencia de vehículos que permitiesen a la Infantería acompañar el avance de los carros. Pese a ello, en octubre de 1937, en los repetidos ataques a las posiciones del Ejército nacional en Pina de Ebro, el Ejército republicano concentró de nuevo sus carros, esta vez en un compacto grupo de 50-55 T-26B y BT-5 (con igual armamento, pero más rápidos y mejor protegidos que los T-26B; 50 de estos carros llegaron a España), transportando cada uno de ellos algunos infantes para dar protección inmediata a los carros. Como en Seseña-Illescas, la Infantería no puedo seguir el ritmo de los carros, y los escasos infantes que transportaban los medios acorazados se revelaron insuficientes para aprovechar la ruptura conseguida. Pese al ‘empleo en masa’, el objetivo del ataque de Pina de Ebro no era una penetración profunda en la retaguardia nacional (caso del de Seseña-Illescas) sino el mucho más modesto de la ocupación del pueblo de Pina de Ebro.

En cierta forma, el Ejército republicano descartaba las operaciones en profundidad de los carros. Continuando esa ‘regresión doctrinal’, en la batalla de Teruel (diciembre de 1937), los carros disponibles se dispersaron a razón de un Batallón por División del Ejército republicano, renunciando completamente a las acciones independientes o profundas. A esta renuncia contribuyó poderosamente la caída en desgracia de Tukhaschevski (fue arrestado el 10 de mayo y fusilado el 12 de junio de 1937), principal impulsor de las ideas doctrinales contenidas en el PU-36. A partir de esa fecha, los mandos soviéticos renunciaron a aplicar las ideas doctrinales de Tukhaschevski (ante el riesgo de ser acusados de ‘contrarrevolucionarios’) y volvieron a las tácticas ‘ortodoxas’ de 1918.

Como puede verse, los repetidos fracasos de los carros soviéticos en sus operaciones cuasi-independientes forzaron a retornar a su empleo como apoyos de la Infantería o como reservas para cerrar las brechas en el frente. Para los soviéticos, la experiencia española – y la situación política interna, en el marco de las ‘purgas’ de Stalin – apuntaban a que los carros no eran capaces de operar más que en apoyo de su Infantería.

En el lado contrario, contrariamente a la creencia popular, tributaria de la propaganda de la blitzkrieg de la Segunda Guerra Mundial, el empleo inicial de los carros alemanes en España fue muy ‘conservador’ empleándose como medio de apoyo a la Infantería en la ofensiva nacional sobre Madrid. Como ejemplo, las dos Compañías de Panzer I disponibles en 1936 se asignaron como refuerzo de una Agrupación Táctica, con la misión de apoyar a la Infantería en el asalto a las posiciones fortificadas de los republicanos en Pozuelo de Alarcón (Madrid), el 29 de noviembre, apoyados por Aviación. La intervención de los T-26B soviéticos, armados con su cañón de 45 mm. obligó a retirarse a los Panzer I alemanes, mostrando las limitaciones derivadas de su reducido armamento y blindaje.

De la misma forma, en las operaciones subsiguientes en la misma zona, el Ejército de Franco se organizó en cinco Brigadas, cada una de ellas apoyada por una Compañía de carros de combate (tanto Panzer alemanes como CV 3/33 o CV 3/35 italianos), dispositivo que evidencia el papel de mero apoyo que se concebía para los carros de combate. Es interesante recordar que la doctrina alemana de 1934 preveía que los carros, operando en estrecha cooperación con la Infantería y apoyados por la Artillería, los Zapadores y la Aviación participarían en la batalla de ruptura del frente, en el lugar decisivo y con el fin de penetrar en la posición defensiva enemiga y alcanzar la zona de despliegue de la Artillería enemiga…

El empleo de los Panzer en la Guerra Civil fue plenamente coherente con esa doctrina, que, sin embargo, sí preveía un posible empleo de los carros en operaciones en profundad, junto con otras unidades motorizadas en operaciones independientes. Sin embargo, la neta inferioridad de los Panzer I y los CV 3/33 y CV 3/35 italianos frente a los T-26B o BT-5 hacían inviables los intentos de emplear los carros en penetraciones profundas en la retaguardia enemiga, dada su incapacidad para enfrentarse a los carros soviéticos. Además, la carencia de esas ‘otras unidades motorizadas’ que citaba la doctrina alemana impedía la aplicación del enfoque ‘interarmas’ que constituía la esencia de esa doctrina desde la Gran Guerra. Como consecuencia, más por necesidad que por doctrina, el empleo de los carros se limitó al apoyo a la Infantería, y siempre dentro del alcance de la Artillería propia. En cualquier caso, este empleo de los Panzer suponía el retorno al modo de empleo desarrollado en los años finales de la Gran Guerra (aunque con la importante mejora de la estrecha cooperación con la Aviación).

La experiencia de la Guerra Civil demostró la absoluta indefensión de los carros armados solo con ametralladoras frente a los que disponían de cañones, y también la necesidad de una mejor protección frente a las cada vez más abundantes armas contracarro, lo que validó el diseño básico de carros de combate que ha llegado hasta nuestros días: blindaje suficiente (lo que implica un peso relativamente elevado) y torre giratoria dotada de un cañón capaz de destruir a otros carros. Sin embargo, el fracaso de las operaciones independientes de carros obligó a volver al empleo de los carros como apoyo a la Infantería, lo que parecía cuestionar la necesidad de grandes velocidades o de amplias autonomías para estos ingenios.

Quizá la principal novedad en el aspecto doctrinal de la Guerra Civil fue el impacto de la Aviación sobre las operaciones terrestres. De forma mucho más acusada que en la Gran Guerra, la Aviación se reveló como un factor fundamental en el desarrollo de las operaciones terrestres. Tan temprano como en la Batalla del Jarama, en febrero de 1937, solo la superioridad en calidad y cantidad de la Aviación republicana pudo impedir el colapso de su frente defensivo. Algunos autores defienden que la ‘madurez’ del Ejército (republicano) del Centro fue el elemento clave que posibilitó el éxito defensivo republicano en Guadalajara.

Sin embargo, según observadores profesionales contemporáneos de le época, este éxito se debió fundamentalmente a los ataques de la Aviación republicana (soviética) sobre las fuerzas italianas, casi inmovilizadas por el mal tiempo a lo largo de las escasas carreteras de la Alcarria (la penuria de los italianos en medios de cadenas – y la baja calidad de los vehículos disponibles, esencialmente carros CV 3/35, de cadenas muy estrechas y motores poco potentes – restringía la movilidad de las unidades motorizadas italianas a las carreteras), y a la falta de instrucción de las unidades de voluntarios italianas, que llevó al pánico frente a los ataques de la Aviación republicana. El papel de las tropas terrestres republicanas se limitó a explotar el pánico de los italianos y a capturar las grandes cantidades de material abandonadas en la huida.

A lo largo del conflicto, las capacidades de la Aviación para cooperar con las fuerzas terrestres fueron creciendo, al tiempo que se desarrollaban procedimientos cada vez más eficaces para coordinar ambos tipos de fuerzas. Este fenómeno fue mucho más acusado en el bando nacional: la progresiva superioridad aérea que fue alcanzando el bando nacional permitió aprovechar la experiencia acumulada para perfeccionar procedimientos, proceso que no fue posible en el bando republicano, dada su inferioridad en las etapas finales de la guerra. De hecho, la experiencia en España fue uno de los elementos claves para la aparición de la blitzkrieg alemana, en la que la Aviación jugaba un papel fundamental.

La Guerra Civil introduce una novedad organizativa destinada a perdurar: la organización en ‘Brigadas Mixtas’. Como se ha citado, esta organización se propuso casi desde el momento en que se definió la ‘División orgánica’ en 1925, y se fue adoptando en las Brigadas de Montaña (creadas en mayo de 1931, y compuestas de dos ‘Medias Brigadas’ de Infantería a dos Batallones cada una, un Regimiento de Artillería – con dos Grupos de obuses -, una Compañía de Zapadores, un Grupo de Transmisiones y un elemento de apoyo logístico).

Cuando el gobierno republicano decide crear un ‘nuevo Ejército’, opta por organizarlo sobre la base de ‘Brigadas Mixtas’, compuestas, en su estructura inicial del 18 de octubre de 1936, de un Cuartel General, cuatro Batallones de Infantería, un Escuadrón de Caballería, un Grupo de Artillería de campaña, un Grupo mixto de Zapadores y Trasmisiones, y unidades de servicios. La organización en Brigadas Mixtas permitía un más rápido despliegue de unidades, puesto que las comparativamente pequeñas Brigadas (unos 3.800 efectivos) podían organizarse y equiparse sin tener que esperar a disponer de la totalidad de los más de 20.000 efectivos de la ‘División orgánica’ para poder iniciar sus operaciones.

Este factor era fundamental en un momento en que el avance del Ejército nacional amenazaba con ocupar la capital, mientras que las apresuradamente organizadas, poco disciplinadas e inexpertas milicias se mostraban incapaces de frenar el avance del Ejército nacional. Las Brigadas Mixtas, en su concepción teórica, desplegaban nada menos que 108 ametralladoras ligeras y 36 pesadas. Sin embargo, la continua expansión numérica del Ejército republicano, el reducido control del Gobierno republicano sobre los recursos disponibles (en manos en muchos casos de partidos y sindicatos) y las pérdidas en combate fueron reduciendo paulatinamente el equipamiento de estas Brigadas: en 1937, las ametralladoras se redujeron a 98 ligeras y 32 pesadas y en 1938 el Grupo de Artillería quedó reducido a una sola Batería, y se redujeron de nuevo las ametralladoras a 24 de cada tipo.

Estructura teórica de la Brigada Mixta del Ejercito Popular (octubre de 1936)

En el Ejército republicano, la División era una Unidad de composición variable, que, bajo un Cuartel General, solía agrupar tres Brigadas Mixtas y algunas unidades menores (un Grupo de Artillería, un Batallón de Ametralladoras…). La función de la División era coordinar la acción de sus Brigadas, cada una de ellas capaz de ejecutar una acción independiente, lo que daba, en teoría, una enorme flexibilidad al conjunto.

Las aparentes ventajas de esta organización no se tradujeron en una mayor eficacia en combate. Las razones para ello nacen, más que del propio concepto de la Brigada Mixta, de las condiciones particulares del Ejército republicano:

  • Cada Brigada requería un Cuartel General capaz de planear y ejecutar operaciones interarmas independientes, mientras que la disponibilidad de mandos preparados para esas labores en el bando republicano era muy limitada. En consecuencia, la organización en Brigadas dispersó al ya escaso número de Oficiales capaces de ejercer estas funciones, lo que hizo bajar la calidad general de todos los Cuarteles Generales y la eficacia de cada una de las Brigadas.
  • La falta de mandos artilleros hizo que técnicas de tiro complejas (como el tiro indirecto) no fuesen posibles, lo que llevó a un empleo fraccionado de la Artillería, que nunca llegó a organizar las grandes masas de fuegos centralizados de la Gran Guerra, ni siquiera a menor escala. En consecuencia, la Infantería republicana nunca llegó a recibir un apoyo de fuego eficaz, lo que se tradujo en grandes pérdidas. Además de ello, la Artillería disponible era escasa y heterogénea, y muchas veces se componía de piezas incapaces de ejecutar otra técnica que la del tiro en puntería directa.
  • El fraccionamiento político del Ejército republicano hizo también que los apoyos entre Brigadas organizadas sobre milicias de distinto signo político fuesen complejos. De la misma forma, cuando el desgaste de los Batallones de infantería obligaba a retirar del frente a la Brigada, sus todavía eficaces apoyos (los Zapadores o el Grupo de Artillería) tendían a permanecer en retaguardia, ‘reconstituyéndose’ junto con su Infantería, antes que apoyar a otra Brigada de distinta filiación política.
  • El Ejército republicano siempre careció de mandos intermedios, por lo que estuvo permanentemente aquejado de problemas de disciplina. Las unidades republicanas carecían de iniciativa en ausencia de órdenes y tendían a derrumbarse ante la presión enemiga. Los osados e imaginativos planes del Estado Mayor Central del General Vicente Rojo siempre estuvieron fuera de la capacidad de ejecutarlos de las unidades de la República.
  • Los carros soviéticos – los medios más poderosos de toda la guerra – quedaron centralizados bajo mando soviético. Su intervención en combate rara vez se coordinaba con los mandos republicanos españoles, lo que hacía imposible planear operaciones que combinasen la acción del resto de las Armas con los carros. En estas condiciones, no es sorprendente que su rendimiento fuese muy pobre.

En su conjunto, pese a la leyenda popular, la Guerra Civil nunca se concibió como un ‘laboratorio’ para experimentar nuevas armas o ideas tácticas. Sin embargo, por razones obvias, los diferentes Ejércitos que apoyaron a cada uno de los dos bandos (soviéticos a la República y alemanes e italianos a Franco), intentaron poner en ejecución sus propias ideas doctrinales, desarrolladas esencialmente en los años posteriores a la Primera Guerra Mundial. Y el resto de naciones avanzadas recogieron e interpretaron – con mejor o peor fortuna – las experiencias de los combates en España. No obstante, las especialísimas condiciones del conflicto español y los desarrollos internacionales (como las citadas ‘purgas’ de Stalin) afectaron de forma decisiva al desarrollo de los combates, distorsionando los efectos de las doctrinas y de las armas empleadas, llevando a interpretaciones erróneas de lo ocurrido en España. No es sorprendente que las lecciones extraídas – incluso por observadores muy competentes – fueran poco concluyentes.

Como ejemplo, la vulnerabilidad de los carros soviéticos T-26 – nacida de su escaso blindaje – fue considerada por los franceses como una validación de su propio concepto de carro pesado de apoyo a la Infantería (materializado en la producción del Char de Bataille B-1) y como una confirmación de sus ideas de que los carros eran excesivamente vulnerables para ejecutar operaciones profundas sin el apoyo de su Infantería y su Artillería.

Por su parte, los soviéticos consideraron que los fracasos de sus tímidos intentos de aplicación de las ideas doctrinales del PU-36 confirmaban la necesidad de retornar a los métodos ‘ortodoxos’ que el ‘traidor’ Tukhaschevski había suprimido. Sin embargo, las lecciones sobre la vulnerabilidad de sus carros supusieron un importante acicate para potenciar la producción de los exitosos T-34 y KV-1.

Quizá los que extrajeron las mejores lecciones del conflicto español fueron los alemanes. Por un lado, porque el pobre papel jugado por sus Panzer I confirmaba la necesidad de dotarse de carros más pesados y provistos de cañón; por otro, porque consideraron acertadamente que los repetidos fracasos de los  intentos de penetración en profundidad de los carros soviéticos en la retaguardia de las tropas nacionales, se debía a la falta de cooperación y de movilidad de la Infantería y la Artillería republicanas, más que a una doctrina equivocada; que una emboscada contracarro en la zona donde el enemigo había roto el frente era sumamente eficaz contra los ataques de carros sin apoyo de Infantería; y – quizá la lección más importante -, que la Aviación era extraordinariamente eficaz contra tropas motorizadas, al estar limitado su movimiento a las carreteras. Todos estos elementos fueron piezas fundamentales en el concepto alemán de la blitzkrieg.

Para el Ejército español, la Guerra Civil apenas supuso una pequeña modernización de doctrina, llevándolo al nivel alcanzado en Europa en 1918. En realidad, el Ejército de Franco había vencido con cierta holgura en todos sus enfrentamientos con los republicanos, incluso frente a materiales muy modernos, como los carros T-26 y BT-5. Como consecuencia, las lecciones extraídas fueron escasas. El impacto doctrinal fue tan limitado como para seguir manteniendo la estructura ‘cuaternaria’ de la División, cuando toda Europa había adoptado ya alguna versión de la estructura ‘triangular’. Los carros disponibles (esencialmente, T-26 capturados) se asignaron al Arma de Infantería y no se preveía otra función para ellos que el apoyo a los infantes a pie en la ruptura del frente (a semejanza de los franceses y en coherencia con el uso que hicieron de ellos alemanes y soviéticos durante el conflicto). La Caballería siguió manteniendo esencialmente unidades a lomo…

Carlos Javier Frías Sánchez

Carlos Javier Frías Sánchez es General de Brigada y Director de la Escuela de Guerra del Ejército de Tierra español

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