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Geopolítica crítica: ¿por qué es interesante… pero no tanto?

https://global-strategy.org/geopolitica-critica-por-que-es-interesante-pero-no-tanto/ Geopolítica crítica: ¿por qué es interesante… pero no tanto? 2023-09-20 08:39:46 Josep Baqués Blog post Estudios Globales Geopolítica

Global Strategy Report, 18/2023

Resumen: De unos años a esta parte, la geopolítica clásica ha sido cuestionada por una serie de autores, comúnmente englobados en la llamada “geopolítica crítica”. Que sea eso lo iremos descubriendo en las siguientes páginas, incluso de la mano de los propios protagonistas, sus definiciones, y sus respuestas a algunas de las críticas recibidas. Probablemente, este artículo podía haberse titulado “una crítica a la geopolítica crítica”. Pero es, de momento, una primera toma de contacto, en la que sin duda se puede profundizar, partiendo del guión aquí establecido.

Para citar como referencia: Baqués, Josep (2023), «Geopolítica crítica: ¿Por qué es interesante… pero no tanto?», Global Strategy Report, 18/2023.


¿De qué planeta viene este meteorito?

Igual que en el ámbito de las relaciones internacionales -de forma paralela, de hecho-, el (neo)marxismo ha aterrizado en el ámbito de la geopolítica. Aunque, en realidad, lo que expondremos se halla a caballo entre el (neo)marxismo y el social constructivismo, para terminar teniendo vida propia. Foucault no era marxista, y es uno de sus principales inspiradores, cuando menos en lo metodológico. Gramsci, que sí lo era, es otro de sus héroes intelectuales. Sea como fuere, el rango de las preocupaciones de lo que se viene denominando ‘geopolítica crítica’ se centra más en las narrativas que en la geografía. Lo que implica que, en muchos casos, es complicado saber si realmente estamos hablando de geopolítica, o no, sea cual sea la pretensión de sus autores.

Uno de los más celebrados, dentro de esta escuela, es el irlandés Gearóid O´Thuathail. En una de sus obras basales se dedica a marcar el terreno de lo que él mismo define como ‘geopolítica crítica’, a través de la obra homónima, publicada en 1996. Asimismo, otros autores con similares inquietudes lo acompañan en esta aventura, siendo especialmente relevante el caso de John Agnew, inglés de nacimiento, y estadounidense de adopción. Ambos tratan de ridiculizar la geopolítica clásica, por motivos que seguidamente expondremos, al considerarla un paradigma obsoleto, ideológicamente interesado (como si O´Thuathail o Agnew no lo estuvieran) y servicial o instrumental para con los poderes establecidos (sí, claro, del mismo modo que O´Thuathail y Agnew, entre otros, diseñan obras serviciales e instrumentales para los contrapoderes no menos establecidos). Es parte del problema: vuelven las crónicas de ‘buenos’ y ‘malos’. Vuelven Peter Pan y el capitán Garfio.

Tratando de sacar los colores a la geopolítica clásica…

Lo primero que ambos dejan claro es que eso que llamamos geografía no va de mares, de ríos y de montañas (eso es lo de menos), sino de ‘poder’, con lo cual no estamos ante una disciplina ‘inocente’ (O´Thuathail, 1996: 1-2). Entonces, gracias de nada: ya nos habíamos dado cuenta, y no es algo que niegue ninguno de los clásicos de la geopolítica. De eso escriben, y no lo esconden. Entonces, asumiendo que eso es demasiado elemental para ser original, nuestros autores intentan especificar un poco más.

En busca de la originalidad, aportan una de las ideas basales de esta escuela: la geografía no sería un producto de la naturaleza, sino de la pugna [struggle] entre actores que compiten entre sí por “organizar, ocupar y administrar el espacio” (O´Thuathail, 1996: 2). Entonces, se afanan en desterrar la sensación de que existen ‘visiones objetivas’ de lo que está ahí afuera, como si eso pudiese sustraerse a la percepción del observador que, a su vez, estaría dotado de un aura de cientificidad que lo aislaría de ese entorno [view of nowhere]. Una vez negada la plausibilidad de ese enfoque, solo quedaría reconocer que “todo lo que se ve y se conoce es una perspectiva, adoptada desde un punto de vista determinado” (Agnew, 2005: 17). Nada es ‘objetivo’; todo es ‘subjetivo’ y ‘cultural’, comenzando por la (presunta) ciencia (O´Thuathail, Hyndman, MacDonald, Gilbert, Mamadouh, Jones y Sage, 2010: 316).

Todavía más, nuestros autores, habiendo hallado la veta argumental más interesante para defender su propio punto de vista, no vinculan la geografía a cualquier disputa, sino que lo hacen al ‘expansionismo’, de tal suerte que la geografía es vista como una ‘imposición foránea’ de las grandes potencias a los pueblos colonizados, o subyugados de la forma que sea. Agnew apunta que “la imaginación geopolítica es uno de los elementos que definen la modernidad” (ídem). Lo cual, hay que advertirlo al lector, es malo, muy malo, según la concepción de los apóstoles de la geopolítica crítica, más bien conectados con la posmodernidad, que sería lo que ahora prima. Ya se sabe, en la línea de Lyotard: todas las narrativas con las que nos han educado son perversas; y en la de Derrida: hay que deconstruirlas. Ya, ya… ¿Y lo que surja, será noble, o será otro basurero de prejuicios, aunque sean otros prejuicios? Tenemos respuesta para ello, pero el lector deberá seguir leyendo un poco más, antes de avizorarla…

Desde este punto de vista, el gran problema de las escuelas de la geopolítica clásica, a nivel metodológico, sería su dualismo, de origen cartesiano (que O´Thuathail describe como ‘perspectivismo’ cartesiano). Es decir, se ceban con la tentativa de separar al sujeto que observa y el objeto observado (O´Thuathail, 1996: 23). A ojos de los autores de la geopolítica crítica, la verdad es de otro cariz: nuestra mirada no es neutral, sino que, a través de ella constituimos la geografía y, a su vez, ésta nos constituye a nosotros. ¿Suena muy esotérico? No tanto. Bueno… Al final no es tan diferente (tampoco) de lo que Mackinder comentaba acerca del influjo de las invasiones procedentes del Heartland, con su peculiar cultura guerrero-nómada (Mackinder, 1919: 141) o del modo en el que, según Mahan, aflora el espíritu comercial en ciertas naciones marítimas -pero no en todas, ni de la misma manera- (Mahan, 1897: 63-64; 2007: 117) o del modo en el que el clima influye decisivamente en las migraciones, o en la configuración de sociedades y formas de vida, según tanto Ratzel (1911, II: 15), como Spykman (Spykman, 1938: 41). Todo eso, ciertamente, nos constituye como sociedades diversas, con sus culturas y mentalidades a cuestas, según Mackinder, Mahan y Spykman. Todo lo cual no es óbice para que O´Thuathial los critique a todos por tomar la geografía como algo dado [just is] y, por lo tanto, por suprimir (según él) la interpretación necesaria para dotar a la geografía de significado [to be made meaningful] (O´Thauthail, 1996: 52). Es como si alguien criticara a Marx por no haberle dado importancia a la superestructura (sic). Ya, pero es que sabemos de ella, debido a Marx, y a su Prólogo a la Contribución a la crítica de la economía política, de 1859. Gramsci llegó más tarde, y partiendo de esa estela.

Nótese, en todo caso, que se insiste mucho en la idea de que la geografía no es una realidad, sino más bien una narrativa: sería, en definitiva, el fruto de un relato (por supuesto, interesado, y siempre guiado por la mala fe de quien dibuja los mapas). La geopolítica sería, pues, a lo sumo, una ‘práctica discursiva’, elaborada por grupos de intelectuales (occidentales) para servir a sus gobiernos (Cairo, 2005: xii). De ahí la vinculación con el social constructivismo, que antes hemos anticipado. Aunque eso no significa que los acólitos de la geopolítica crítica y los adalides de la escuela social constructivista estén de acuerdo en los detalles.

Sin ir más lejos, Agnew apunta que la geopolítica clásica solo arranca después de que los europeos ‘se encuentren con’ el resto del mundo, desde finales del siglo XV y a lo largo del siglo XVI (Agnew, 2005: 17). Por su parte, O´Thuathail opina que la geografía así asumida data del siglo XVI, pero añade que queda codificada a partir del Tratado de Westphalia (1648). ¿Cuál es el problema? Es es el punto de inflexión a partir del cual, según Wendt, aparecía con fuerza la lógica propia de la cultura lockeana, en contraposición a la hobbesiana. Dicho con otras palabras… lo que para los teóricos de la geopolítica crítica es el inicio de la catástrofe, para Wendt es el inicio de una nueva esperanza.

Aportaciones: de la teoría del geopoder a la teoría del ‘lugar’.

Sea como fuere, a partir de lo visto hasta ahora el terreno ya está abonado para su asalto final, desde un punto de vista conceptual. Así, O´Thuathail esboza el concepto de geopoder [geopower]. Nos dice que se lo debe, en buena medida a Foucault, si bien también cita la influencia que sobre él ha ejercido Gramsci. Sí, esos viejos conocidos nuestros. Muy bien. Sabemos a qué atenernos. Saldrá a relucir una filosofía de la sospecha. En el caso que nos ocupa… ¿Qué se sigue de ello?

  1. el geopoder no se deduce de la naturaleza, sino que lo hace de la típica relación, inextricable, entre ‘conocimiento y poder’ (O´Thuathail, 1996: 10);
  2. el geopoder surge como instrumento del imperialismo generado por el moderno sistema europeo de Estados, con el objetivo de tomar y disciplinar el espacio (ídem);
  3. por ese motivo, conoció un auge notable a finales del siglo XIX, ya que, en esa época, las grandes potencias coloniales se aprestaban a repartirse lo que quedaba del mundo no-colonizado (ídem: 15).
  4. el geopoder está estrechamente ligado al concepto mismo de soberanía, ya que la ‘geografización’ [geo-graphing] del orbe no fue más que su condición de posibilidad (ídem: 11).
  5. Finalmente, la ‘geopolítica’ surge como resultado de esa ‘geografización’ del mundo, a modo de una ‘ficción pertinente’ a los intereses de las grandes potencias (ídem: 15). Y, con eso, se cierra el círculo.

Entonces, lo que hacen los autores de la geopolítica crítica es proponer algunos ejemplos que muestren la perversidad de la geografía como geopoder y, por ende, de su vástago: la geopolítica clásica. Uno, que es muy básico, pero resultón, es el del modo en el que los EE. UU. dibujaban el mapa geopolítico centroamericano en plena Guerra Fría: O´Thuathail critica que Reagan definiera un ‘espacio azul’ – correspondiente al mundo libre- y que lo contrapusiera a otro espacio, esta vez ‘rojo’, con el que se pintaban Nicaragua y Cuba. Además de que algo similar sucediera a escala planetaria, al considerar al mundo soviético como el ‘imperio del mal’ (O´Thuathail, 1996: 59). Ciertamente, así era. Y cabe suponer, aunque nuestro autor no lo comente, que los mapas de Moscú operaban del mismo modo. Diría nuestro autor, si le interpeláramos por ello, que probablemente sí. Que es lo normal. Ok, perfecto. Pero, si todo es tan evidente, y tan normal… ¿Para qué teorizar tanto y, sobre todo, ¿cómo pretender que estamos ante una teoría supuestamente novedosa, o incluso hasta rupturista?

Un caso que siempre me pareció más incisivo es el de Bosnia, en plena guerra civil de la ex-Yugoslavia. Es más interesante, porque lo que ahí postula O´Thuathail es que, debido al modo de hacer los mapas, y al quedar fuera del área a proteger por la OTAN, en la Casa Blanca costó horrores (nunca mejor dicho) entender lo obvio: que se estaba a las puertas de un genocidio, y que el país más importante del mundo no se podía quedar con los brazos cruzados. Pero el modo en el que estaban ‘pintados’ los mapas que se manejaban desde Washington propició lo que nuestro autor define como ‘insensibilidad moral’ (O´Thuathail, 1996: 220).

Decía que es más incisivo, aunque este tipo de dilemas ya ha sido resuelto por los teóricos de la guerra justa, antes de que este irlandés descubriera América, a finales del siglo XX. Efectivamente, tal como señala Michael Walzer, tampoco cabe esperar, en el mundo real, que terceros Estados acudan en ayuda de gente que está en peligro, pero dentro de las fronteras de otro Estado, a partir de una intencionalidad purificada de todo interés. Por consiguiente, lo normal es que los Estados que estén en disposición material de intervenir, lo hagan cuando detecten una posible convergencia de su interés nacional y de la necesidad de entrar en suelo ajeno para resolver un problema que, inicialmente, no era suyo: “incluso las guerras justas tienen razones morales y políticas, y siempre será así, imagino, hasta la era mesiánica, en la que hacer justicia será un fin en sí mismo. Una sola y única motivación, una voluntad pura, es una ilusión política” (Walzer, 2004: 108). Tiene lógica, porque esa implicación se pagaría con dinero de los contribuyentes de los EE. UU. y podría poner en peligro la vida de los hijos de los llamados a pagar esos impuestos.

Pero podemos añadir más cosas, aprovechando a Walzer, y tomando siempre como referencia, o como pivote, las tesis de O´Thuathail. Por ejemplo, hay un caso que está en la misma línea que el de Bosnia, y que también plantearía lo que para este último sería un supuesto flagrante de geopolítica inhibidora de la actuación moralmente más justa. Pienso en la invasión soviética de Hungría, en 1956, en plena Guerra Fría. Es de cajón: la URSS invade un Estado independiente, por no ser lo suficientemente obediente a los postulados comunistas. Pero la OTAN no reaccionó. Ciertamente. ¿Por qué? De la teoría de O´Thuathail se deduce que, por culpa de los mapas, que habían pintado a Hungría del mismo color que a la URSS (pese a tratarse de un país soberano), y de un color distinto al de los países de la OTAN. Sí, bueno, se puede decir así, aunque todo sea bastante más complejo que como lo pinta, a su vez, la geopolítica crítica.

En realidad, la OTAN no actuó por prudencia, sea cual sea el color del mapa (eso es aleatorio, por supuesto). No intervino para evitar el estallido de la tercera guerra mundial. Eso es lo que describe y defiende (son cosas diferentes, pero Walzer las hace las dos) el teórico de la guerra justa, porque arrastrar al mundo a una guerra nuclear hubiera sido “moral y políticamente irresponsable” (Walzer, 1977: 95). El color del mapa no es, entonces, la causa de nada (como cabía esperar) sino una consecuencia de algo: es una forma de poner el semáforo en rojo. Semáforo que, a su vez, recoge el modo de evitar males mayores. ¿Querría O´Thuathail que la OTAN interviniera, a pesar del riesgo? ¿Es por eso, que no propone este ejemplo, tan claro, para potenciar su teoría? No, nada de eso. Probablemente, no ponga este ejemplo porque en él, los ‘malos’ son los marxistas: ¿mal negocio, no? Pero también, porque echaría por tierra su propia teoría: los mapas aportarían mucho sentido común a nuestras cosmovisiones. Y eso no puede ser, cuando se está teorizando su perversidad.

Tampoco es tan evidente que la ‘geografización’ del mundo juegue siempre en favor de los más fuertes. Él es irlandés, e Irlanda es una isla, cosa que, no pocas veces, se emplea para reclamar que el Reino Unido (que es una isla, también, pero, en todo caso, ‘otra’ isla) salga de allí. Ya, por el mapa, ¿no? Pero el propio O´Thuathail admite que Irlanda es mucho más, y mucho menos, que eso. Citaré sus propias palabras, para no dejar nada en el tintero:

“The Irish nationalist argument of a discrete Irish island being invaded by a foreign English Other is a determinist form of geographical reasoning that falsely equates national identity with island geography and ignores the fluidity of Ireland´s borders and social system” (O´Thuathatil 1996: 11).

Genial. Ya tenemos la prueba, ofrecida por el mismo autor que enarbola la teoría de la sospecha, acerca de que no es verdad, simplemente, que el argumento basado en el empleo interesado de la geopolítica sea patrimonio de las grandes potencias, deseosas de ampliar sus dominios. Gracias a este ejemplo, somos conscientes de que también los más débiles emplean una imagen demasiado banal de la geografía para sostener sus propias mentiras.

Todo depende de la narrativa, según este paradigma; la geografía es algo poco menos que inventado, a fuer de instrumental, de modo que la podemos constituir a través de nuestra mente, y de nuestro discurso, aunque, sorprendentemente, ahora resulte que no solo lo hacen los poderosos.

En todo caso, el problema quizá no sea si la URSS o si la OTAN; si el Reino Unido o si Irlanda. Probablemente, el problema que abona la crítica a la geopolítica crítica es su empecinamiento en construir una historia basada en una crónica de ‘buenos’ y ‘malos’, con las consiguientes narrativas a cuestas. Y en invitar a sus lectores a entrar a ese trapo, olvidándose, de paso, de las lecciones de la geopolítica clásica. En estos casos, conviene no perder de vista el objeto de análisis. Así lo entienden, asimismo, otros autores que consideran que la geopolítica crítica “pasa de una revisión de los postulados geopolíticos clásicos a un análisis del discurso, dejando de lado factores clave para el análisis geopolítico, como la propia condición geográfica” (Cabrera, 2020: 65). Al final, pues, hay que preguntarse si la geopolítica crítica es todavía geopolítica. Tanto es así, que el propio O´Thuathail admite, en las primeras páginas de uno de sus artículos, que una de las intervenciones de los asistentes a un congreso, organizado para dar pábulo a la geopolítica crítica, lo puso contra las cuerdas. El asistente dijo que hablar de critical geopolitics es equivalente a hacerlo de critical capitalism, es decir, que eso es tanto como ubicarse, a conciencia, fuera del ámbito criticado (O´Thuathail, Hyndman, MacDonald, Gilbert, Mamadouh, Jones y Sage, 2010: 315).

¿Cuál fue la respuesta del irlandés? Que esto de la geopolítica crítica es, en esencia, una suerte de foro [general gathering place] de encuentro de quienes critican la modernidad (ídem: 316). Y añade, a mayores, con ciertas dosis de cinismo, que, a la postre, si la geopolítica clásica era una “ficción pertinente”, la geopolítica crítica “reveals itself as a similarly convenient fiction of opposition” (ídem: 316). Nada menos, y nada más…

La sombra de la geopolítica clásica es muy alargada, lógicamente, y no es nada fácil zafarse de ella. Podemos leer, eso sí, apelaciones a novedades como la “dimensión afectiva del comportamiento humano”, lo cual es sorprendente, porque no es fácil atisbar tal cosa. A lo que añade la mucho menos novedosa intención de pensar más en actores no estatales, tan trabajados por los institucionalistas liberales, y menos en los Estados, en las naciones y demás obstáculos para el ‘cosmopolitismo’. Sin embargo, poco después de lanzar ese brindis al sol, comprobamos que se rectifica, para señalar que, mientras buscamos esa bondad perdida por algún rincón de la historia… “traditional State rivalry issues not should be ignored” (ídem: 316). Pues eso…

Pero todavía nos queda por ver la teoría del ‘lugar’ de Agnew. Otro gran hallazgo. O eso dicen los defensores de la geopolítica crítica. Veámoslo. El inglés juega a distinguir ‘lugar’ de ‘espacio’, asumiendo que la geopolítica clásica se refería tan solo a esto último. Por lo tanto, frente a un american space, él reivindica el papel de una american place. Bien… ¿Qué significa eso? Sobre todo, que mientras los ‘espacios’ son estáticos, cuando los asumimos como ‘lugares’ descubrimos que son dinámicos. ¿cómo? ¿Encima las montañas se mueven? ¿O es que los océanos se pueden desecar? No, la teoría crítica no llega a tanto. En cambio, propongo una metáfora, que creo útil para exponer el mensaje de la aportación de Agnew: no es lo mismo contemplar una casa, como un todo, que ir modificando sus habitaciones, transformando de ese modo esa casa y, además, generando diversos vínculos (incluso afectivos) con cada una de esas habitaciones. De alguna manera, pues, el ‘lugar’ es lo que dota de sentido al ‘espacio’: lo construye como algo específico, digamos.

He hecho lo posible por salvar lo que tenga de originalidad la teoría del ‘lugar’ postulada por el angloamericano. Pero todavía nos queda por ver cuál es su impacto práctico en el análisis geopolítico. Nos lo pone fácil, porque él mismo selecciona los ejemplos que le convienen. Es el caso del 11-S. Gracias a su teoría, dice, sabemos que los terroristas eran plenamente conscientes de la importancia simbólica del ‘lugar’ (que no mero espacio) al que dirigieron los aviones, convertidos en el arma del crimen. Aviones que, para mayor sorna, lo eran de compañías aéreas también estadounidenses (Agnew, 2002: 3). Realmente, ¿no es espectacular? ¡Qué haríamos, nosotros y hasta los terroristas, sin una teoría como la del ‘lugar’! Supongo que Agnew piensa que nadie contaminado por la geopolítica clásica podría haber llegado a su novedosa conclusión (sic). Como si, sin tantas florituras, la lógica del ‘lugar’ no estuviera presente en el ethos guerrero enfatizado por Mackinder, que, procedente de Mongolia, abraza a países como Rusia, que, por ende, no son solo un ‘espacio’, sino también un ‘lugar’ dotado de un sentido y de un significado específicos, a ojos propios y ajenos.

Referencias

Agnew, John (2003). Making Political Geography. Londres: Arnold. 

Agnew, John (2005 [1998]). Geopolítica. Una re-visión de la política mundial. Madrid: Trama editorial.

Cabrera, Lester (2020). “Geopolítica crítica: alcances, límites y aportes para los estudios internacionales en Sudamérica”, en Foro Internacional, 1 (259): 61-95.

Cairo, Heriberto (2005). “Prólogo” a Agnew, John. Geopolítica. Una re-visión de la política mundial, pp. ix-xvi.

Mackinder, Halford (1919). Democratic Ideals and Reality. New York: Henry Hold and Company.

Mahan, Alfred T. (2007[1890]). La influencia del poder naval en la historia. Madrid: Ministerio de defensa.

Mahan, Alfred T. (1897 [1890-1897]). Interés de los Estados Unidos de América en el poderío marítimo. Bogotá: Universidad Nacional de Colombia.

O´Tuahthail, Gearóid (1996). Critical Geopolitics. Londres: Routledge.

O´Thuathail, Gearóid; Hyndman, Jennifer; MacDonald, Freser; Gilbert, Emily; Mamadouh, Virginie; Jones, Laura; y Sage, David (2010). “New Directions in critical geopolitics: on introduction”, en GeoJournal, 73 (4): 315-325.

Ratzel, Friedrich (1911). The History of Mankind (5 Vols.). Kiel: Hanse books.

Spykman, Nicholas (1938), “Geography and Foreign Policy-I”, en American Political Science Review, 32 (1): 28-50.

Walzer, Michael (1977). Just and Unjust Wars. A Moral Argument with Historical Illustrations. New York: Basik Books Inc. Publishers.

Walzer, Michael (2004). Reflexiones sobre la guerra. Barcelona: Paidós.

Wendt, Alexander (1999). Social Theory of International Politics. Cambridge University Press.


Editado por: Global Strategy. Lugar de edición: Granada (España). ISSN 2695-8937

Josep Baqués

Profesor de Ciencia Política en la Universidad de Barcelona y director de la Revista de Estudios en Seguridad Internacional

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