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Hacia una definición del concepto de Gray Zone

https://global-strategy.org/hacia-una-definicion-del-concepto-de-gray-zone/ Hacia una definición del concepto de Gray Zone 2017-04-04 18:43:50 Josep Baqués Blog post Estudios Globales Teoría estratégica Zona gris y estrategias híbridas
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A lo largo de los últimos dos o tres años ha podido observarse que en los debates acerca de la nueva tipología de conflictos ha surgido con fuerza el concepto Gray Zone. Un concepto que pretende tener un gran potencial explicativo (sobre todo pensando en conflictos futuros) pero que requiere de un ulterior esfuerzo de precisión en la medida que, como su propio nombre delata, se mueve intencionadamente en un terreno ambiguo (entre el blanco y el negro; es decir, entre la paz y la guerra). Conviene, por lo tanto, distinguirlo de figuras afines, a fin de establecer las relaciones que puedan existir entre unas y otras, así como enfatizar lo que de específico contiene esa “zona gris”. La pretensión última es poder contar con un marco teórico adecuado para poder desarrollar a partir del mismo análisis empíricos de conflictos reales o potenciales en los cuales pueda ser de aplicación este concepto, siempre con la mirada puesta en comprender mejor las posturas de los diversos actores, los medios empleados para alcanzar sus metas, así como sus consecuencias más probables.

Para la elaboración del concepto de Gray Zone he seguido los siguientes pasos: en el siguiente epígrafe se desarrolla el Planteamiento de la cuestión así comolas razones que justifican la necesidad del concepto “Gray Zone”.Para ello, se pone especial énfasis en su relación con la Guerra Híbrida (en adelante, HW). De esta manera, al final del apartado 2.1. Cambios en el modo de hacer la guerra e impacto en las grandes potencias, se plantea una propuesta inicial para enfatizar las diferencias entre ambos conceptos; mientras que en el apartado 2.2. Déficits detectados entre los analistas y planificadores de los EEUU, se recogen los retos que la Gray Zone (GZ, en adelante) está planteando entre los expertos de los Estados occidentales, con especial énfasis en los propios EEUU.

El tercer epígrafe, ¿Qué es la Gray Zone? constituye el epicentro del análisis a fin de elaborar el concepto requerido. En el apartado 3.1. Hacia un concepto de Gray Zone, se exponen los principales criterios empleados para delimitar la GZ, así como las variantes de este fenómeno. Mientras que en el apartado 3.2. Actores de la Gray Zone, se indican qué actores generan GZs: qué tipos de Estados, en qué circunstancias y, en su caso, qué otros actores no estatales pueden y hasta suelen beneficiarse de esta lógica.  

Elcuarto epígrafe, Atributos y herramientas de la Gray Zone,se articula en un apartado único 4.1.Características de la intervención en la GZ, en el quese definen los adjetivos del concepto (los rasgos que suelen identificarlo), al mismo tiempo que se recopilan los instrumentos que suelen ser empleados para generar o para consolidar zonas grises. En ambos casos (atributos y herramientas) se toman en consideración factores tan relevantes que pueden (deben) formar parte de un concepto como el que aquí se pergeña. En realidad, lo que se pretende en última instancia es definir el “tipo ideal” de la “Gray Zone” –siguiendo, por lo tanto, unos parámetros similares a los propuestos por el científico social Max Weber-[1]. “Tipo ideal” que queda recogido en un epígrafe final de conclusiones, elaborado a partir de las características enfatizadas en los apartados anteriores.

Planteamiento de la cuestión y necesidad del concepto “Gray zone”

Cambios en el modo de hacer la guerra e impacto en las grandes potencias

Para la elaboración de esta exploración partimos de la premisa –ampliamente compartida entre la doctrina- que las fuerzas armadas occidentales, así como las de los EEUU en particular, están razonablemente bien preparadas para afrontar las guerras convencionales desarrolladas entre Estados. Sin embargo, un análisis diacrónico de la realidad susceptible de generar una mínima capacidad de prospectiva sugiere que ese tipo de guerras serán más la excepción que la norma. E incluso que, de un tiempo a esta parte, ya está siendo así. En efecto, la mayoría de los conflictos armados desde el final de la Guerra Fría han sido conflictos intra-estatales[2], sin perjuicio de que en algunos de ellos se constate una intervención más o menos solapada de otros Estados. 

Los motivos de esta evolución son muchos y muy variados, pero tienen que ver con factores estructurales que impiden (o dificultad enormemente) la repetición de las viejas guerras entre potencias (ya que las convierten en algo difícilmente sostenible tanto en el plano argumental como en el material) Esos factores abarcan un abanico de elementos que van desde el riesgo de escalada nuclear hasta la consolidación del fenómeno de la globalización económica[3], pasando por cambios sustanciales de corte sociológico, todavía no consolidados, pero cada vez más transversales a la población mundial. Esos cambios se podrían definir como cosmopolitas o posmodernos y se caracterizan por generar una creciente sensación de rechazo a la guerra (en parte debido a la paulatina generación de vínculos y sensibilidades transnacionales). La intersección entre esos elementos –a los que cabría añadir la condena pública que suele acompañar a la contestación de las reglas del derecho internacional- incrementa exponencialmente la penalización que se debería soportar entre propios y extraños si se opta por una guerra convencional entre Estados[4].

Una primera derivada de este escenario puede vislumbrarse a partir de la experiencia real (así como de la agitación académica) surgida al albur de las denominadas guerras híbridas. Podemos considerar como HW, siguiendo a uno de los principales teóricos de dicho fenómeno, a la que combina “simultaneously and adaptively (…) a fused mix of conventional weapons, irregular tactics, terrorism, and criminal behavior in the battlespace”[5]. En este concepto, a diferencia de lo que ocurre con otras aproximaciones, se pone especial énfasis no sólo en la coordinación a nivel estratégico, sino también operacional e incluso táctico[6]. Coordinación que beneficiaría a las diversas fuerzas empleadas, hasta el punto de que sería cada vez más complicado diferenciar sus respectivas aportaciones[7].

La ventaja de la HW radica en que, por su propia naturaleza, incorpora una dificultad añadida a las grandes potencias, a pesar de estar dotadas de excelentes capacidades vinculadas a la Revolución en los Asuntos Militares vigente (RMA, en adelante). En efecto, la mayor parte de las nuevas tecnologías, doctrinas y orgánica vinculadas a dicha RMA derivan de la necesidad de los EEUU (y de la OTAN) de derrotar a una gran potencia militar como la URSS (o el Pacto de Varsovia) en un contexto en el que la guerra nuclear era proscrita debido a las previsibles consecuencias de la MAD (Destrucción Mutua Asegurada). De ahí doctrinas como FOFA (Follow-On-Forces-Attack) o como la Air-Land Battle. De ahí, también, el enorme esfuerzo en C4ISTAR (Mando, Control, Comunicaciones, Computadoras; Inteligencia, Vigilancia y Adquisición de objetivos) o en el desarrollo de las smart weapons, con especial relevancia de las que pueden golpear a grandes distancias del objetivo, a fin de mantener a salvo el grueso de las fuerzas propias. La lista de medios desarrollados a partir de ese esfuerzo inicial sería muy dilatada, pero como hitos se podría citar los sistemas AWACS (luego J-STARS); MLRS (luego HIMARS); SLCM y ALCM Tomahawk; aviones stealth; drones; bombas GBU; satélites y bombas JDAM…

Frente a todo ello, la HW pretende ser un modo de evitar que los enfrentamientos armados se produzcan de acuerdo con los escenarios más favorables a la implementación de la fuerza por parte de las potencias vanguardistas en materia de RMA[8]. La HW evita que los actores con menor potencial militar combatan de acuerdo con los reglas de los Estados más poderosos y con ello concede algunas posibilidades de alargar un conflicto –ahora asimétrico- que asumido a modo de guerra convencional podía haber implicado una rápida derrota; asimismo, la HW permite desgastar a todos los niveles (social, económico, político y militar) a la potencia implicada para terminar provocando su defección y su retirada. Algunos expertos consideran que los EEUU están preparados no sólo para ganar guerras convencionales, sino también para hacer un digno papel en guerras COIN (por ejemplo). En cambio, la “hibridación” –el blurring– así como la transición de la lógica descrita por Huber a la descrita por Hoffman complica sobremanera la adecuada gestión de esos conflictos armados.

Con raíces tan antiguas -o más- que las guerras convencionales, las HW están recobrando un gran protagonismo, en parte debido a la irrupción de nuevas tecnologías que sí son aprovechables por actores más débiles (v.gr. ciberespacio; tecnologías de la comunicación y de la información); en parte, debido a la proliferación de los actores capaces de incentivarlas o de tomar parte en las mismas (pseudo-Estados; warlords; milicias de inspiración nacionalista o religiosa o mixta…). Pero quizá no sea extraño al énfasis en las HW el hecho de que la reciente intervención de Rusia en Ucrania (lato sensu considerada: a estos efectos incluyo tanto Crimea como el Donbas) también ha sido explicada de acuerdo con el paradigma de las guerras híbridas. Lo cual aporta como novedad que alguno de los Estados más poderosos del mundo puede hacer suyo (y adaptar en consecuencia) un formato que hasta la fecha era considerado más propio de actores internacionales especialmente débiles.

En realidad, en la HW de Ucrania, Rusia es el Estado fuerte sólo si lo comparamos militarmente con la misma Ucrania. Pero sigue siendo el Estado débil, si lo comparamos con otros Estados susceptibles de avalar la progresiva integración de Ucrania en las instituciones europeas y, quizá, llegado el momento, en la OTAN. Es decir, cuando Rusia emplea fórmulas de un perfil asimilable a la HW en suelo ucraniano, lo hace siendo todavía el Estado débil en comparación con los EEUU. Lo que significa que desde la perspectiva de Moscú se plantea este formato de intervención en suelo ucraniano, ciertamente bastante más limitado que el que sería propio de una guerra convencional, precisamente para minimizar el riesgo de una hipotética respuesta de los EEUU en un escenario –el Este de Europa- de gran relevancia geopolítica. Porque, dados los enormes costes de todo tipo vinculados a la aceptación de una escalada militar en la zona, (incluso) para el gobierno de los EEUU sería bastante complicado propiciar una intervención más contundente en beneficio del gobierno de Kiev.

Pero el concepto de HW, siendo útil, puede ser insuficiente para alcanzar una adecuada comprensión acerca del modo en que algunos actores internacionales –y, como veremos más adelante, también transnacionales- tratan de aprovecharse de los constreñimientos de todo tipo al empleo de la fuerza en una guerra convencional por parte de aquellas potencias que se consideran garantes del status quo vigente. Decimos que puede ser insuficiente en la medida que, al fin y al cabo, una HW es ya un conflicto abierto –aunque en sí misma no sea una guerra convencional- que, por definición, implica el uso de la fuerza y que además contiene –también de acuerdo con su propio concepto- ingredientes propios de una guerra convencional. Dicho con otras palabras, al emplear estrategias de HW, quien acude a dicho expediente sigue arriesgándose (a pesar de todo) a que terceros tomen medidas de represalia que, en su caso, podrían gozar del respaldo del derecho internacional.

La hipótesis de partida es que en situaciones como la de Ucrania y analizándolo desde el punto de vista de Rusia, la opción por la HW es la menos mala –dadas las circunstancias- pero que no deja de ser una postura reactiva, ante la caída de un gobierno afín vinculado a lo que de acuerdo con el lenguaje de Moscú forma parte integrante del “extranjero próximo”[9]. Pero cabe la posibilidad –es razonable- de que en previsión de este tipo de escenarios, algunos Estados trabajen de modo proactivo con la mirada puesta en la obtención de grandes réditos geopolíticos sin ni siquiera forzar el estallido de una guerra abierta (híbrida o convencional). Decimos que es razonable porque ello supone que el Estado revisionista del status quo podría soslayar los inconvenientes ya citados sin apenas dejar resquicios a la posible intervención militar de las potencias erigidas en defensoras del status quo -a diferencia de lo que acontece con una HW-. Para ello, es posible que las potencias revisionistas traten de actuar al límite de lo permitido por el derecho internacional (pero tratando de no cruzar el umbral que configura los ilícitos), mediante una serie de estrategias y con un abanico de instrumentos que, por su propia naturaleza, van más allá de lo que asumimos como relaciones habituales en tiempo de paz (basadas en el principio de la bona fide).

Sin perjuicio de que en un apartado posterior de este análisis se aborde con mayor detalle la delimitación del concepto correspondiente, parece evidente que lo que se recoge en esta primera reflexión es la intuición de la existencia de una “zona gris” o GZ que, sin llegar a constituir una guerra abierta, ya no se corresponde con la normalidad de las prácticas internacionales en tiempo de paz. Máxime cuando, de acuerdo con lo indicado anteriormente, su sentido –el sentido último de la GZ- es evitar que las capacidades disuasorias en manos de las potencias defensoras del status quo (que aquí identificamos con las occidentales en general y con los EEUU en particular) realicen adecuadamente esa función preventiva[10], así como evitar que esa capacidad militar sea activada cuando se constate la ineficacia de la disuasión. A tenor de lo dicho, la GZ es el modo en que se va a concretar un desafío por parte de un actor para el que la posibilidad de desarrollar una HW sigue siendo –pese a sus características y prevenciones- excesivamente imprudente (porque pueda delatar a los actores en liza o precipitar su intervención, aunque sea limitada), excesivamente costosa (en vidas, en términos diplomáticos, en clave política interna, etc) o excesivamente arriesgada (en la medida en que pueda ser suficiente para activar mecanismos de respuesta, esta vez por parte de terceros).

De lo anterior se infiere que si las HW ya ponían en duda que las respuestas propias de la RMA vigente sigan siendo útiles para afrontar la nueva tipología de conflictos (de hecho, hemos visto que ése era uno de los objetivos de la HW) la irrupción de la GZ puede generar la virtual obsolescencia conceptual de dicha RMA[11], así como condenar a la irrelevancia a bastantes de los medios tecnológicos antes citados, cuanto menos en lo que se refiere a enfrentar los conflictos que se prevén más difundidos en el siglo XXI: conflictos que en muchas ocasiones ni siquiera se transformarán en guerras. De hecho, la explotación de la GZ facilitaría que actores con una capacidad económica y militar relativamente reducida pudieran hacer frente con perspectivas de éxito a actores cuyo ingente gasto militar terminaría convirtiéndose, ipso facto, en ineficiente[12], contribuyendo de paso a su deslegitimación (incluso a ojos de sus propias sociedades).

Déficits detectados entre los analistas y planificadores de los EEUU

La literatura generada entre los expertos estadounidenses respecto a la GZ muestra una gran preocupación acerca de este fenómeno, así como un escepticismo proporcionado a dicha preocupación respecto a la actual capacidad de los EEUU para afrontar el reto planteado. Las razones esgrimidas son diversas, pero la primera y principal es, precisamente, la tendencia a plantear el dilema guerra-paz o bien en términos binarios[13] o bien a considerar ese espacio a modo de un vacío conceptual[14]. Frente a ambos problemas, señalan que es preciso llenar de contenido a la GZ. Hemos señalado que existen prácticas diseñadas para vulnerar la bona fide propia de las relaciones internacionales, prácticas que responden a estrategias conscientemente planificadas para generar cambios relevantes en el escenario geopolítico. En ese sentido, la tentativa de resumirlas en el concepto abstracto de paz por el mero hecho de que aún no constituyen una guerra abierta parece más propio de un ejercicio de miopía política que de un análisis riguroso de la realidad.

En todo caso, asumir el reto de conceptualizar la GZ también implica enfrentar dinámicas y prejuicios arraigados en los Estados occidentales en general, así como en los propios EEUU en particular. Algunos de ellos son más bien de orden psicológico o sociológico que de tipo ideológico. Es conocido el creciente rechazo a la guerra. Pero eso no sólo afecta a la guerra convencional[15]. Se extiende a lo que podría denominarse como “Unrestricted Warfare” que, por su propia naturaleza, tiende a englobar aspectos propios de la HW y, al menos potencialmente, de la propia GZ[16]. Pero identificar dinámicas catalogables como “grises” sin que haya estallado un conflicto armado puede encontrar resistencias porque significa cuestionar (el contenido de) la paz formalmente existente. De hecho, también implica cuestionar el concepto mismo de paz, en aras a una potencial imposición de medidas compensatorias que tengan una naturaleza análoga -lo que implica aceptar el órdago de participar en el terreno de juego de la GZ- o bien, llegado el momento, incluso medidas de índole militar. Medidas que, por otro lado, al alejarse de las doctrinas de implementación de la RMA vigente a las que estamos tan habituados, tampoco resultan especialmente cómodas para los planificadores militares[17].

Por otro lado, como quiera que la GZ opera en una etapa de paz formal, los conflictos cuyo epicentro es dicha GZ son los conflictos centrados en la sociedad civil por antonomasia. En efecto, podría aducirse que todos lo son, en mayor o menor medida. Pero los que se desarrollan en la GZ, lo son por excelencia, ya que una vez señalados los objetivos de la desestabilización pergeñada, los costes de su desenlace recaerán directamente sobre la población afectada. Los gobiernos occidentales también están mal preparados para ese tipo de diagnósticos, en la medida que los enfrentan a un dilema de difícil solución (relacionada con los perjuicios derivados de la acción o de la inacción así como el cálculo de costes adyacente). Para comprender el verdadero alcance de este dilema, valga poner como ejemplo el dilema ético representado por la presencia de escudos humanos en un escenario de combate de una guerra abierta, ora sea una HW, otrora una guerra convencional (aunque son muy frecuentes en las primeras, caracterizadas por violentar intencionada, sistemática y explícitamente las reglas de ius in bello/DIH[18]). Pues bien, comparativamente, el dilema planteado por una GZ es mucho más terrible, porque toda una población opera a modo de un inmenso escudo humano[19]. Lo cual genera, en definitiva, nuevos problemas conceptuales tanto en la fase de identificación y definición del problema como en la de implementación de decisiones.

Esto significa que las incomodidades detectadas en las sociedades occidentales a la hora de afrontar el reto de la GZ también alcanzan al proceso político de toma de decisiones. En las democracias avanzadas las garantías exigidas por las respectivas Constituciones –con los lógicos matices y peculiaridades de cada caso- tienden a complicar los diagnósticos, a retrasar las respuestas y a burocratizar la gestión de los conflictos. Conflictos que al ser planteados por ciertos Estados (u otros actores) que carecen de esas restricciones, les confieran ventajas competitivas no desdeñables en términos puramente prácticos[20]. En realidad, el problema se plantea al tomar conciencia de que la GZ opera sobre lo que podríamos definir como la “Fase 0” de la respuesta occidental. Fase eminentemente política, que puede (suele) verse comprometida por todos esos aspectos.

A tenor de la experiencia acumulada en diversos conflictos armados preexistentes y dadas las peculiares características de una zona intermedia entre la paz y la guerra, suele añadirse que el problema de los Estados más avanzados en la gestión de la GZ no se planteará sólo al nivel de las elites gubernamentales (v. gr. poder ejecutivo versus legislativo o relaciones entre gobierno y oposición) sino también entre servicios o entre agencias, incluso cuando todos dependen del gobierno. Al respecto, algunos expertos recuerdan que la cooperación entre Departamentos (léase ministerios) o entre agencias (por ejemplo, de inteligencia) deja mucho que desear, de modo que puede contribuir a empeorar las cosas en el marco de la GZ, algo a lo que no son ajenos los actores que van a incentivar el empleo de estrategias “grises” en los próximos años, con la mirada puesta en explotar estas debilidades.   

Por todo ello se detecta la conciencia, ampliamente compartida entre los expertos, de que la complejidad del reto no podrá resolverse con “varitas mágicas” ni con “balas de plata”[21], ni con respuestas fragmentarias o demasiado simplistas/superficiales. Los desafíos planteados por la GZ requerirán, con toda seguridad, una nueva teoría del conflicto –que sea capaz de integrar en un continuum la propia GZ, la HW y la guerra convencional, contando con sus solapamientos y con sus intersecciones, llegado el caso. Una teoría de la que aún se carece, de acuerdo con la opinión de esos mismos expertos[22].  

Mientras eso no se logre, los EEUU verán muy limitadas sus capacidades de intervención en la GZ –es interesante plantear el caso de los EEUU a modo de ejemplo ya que se trata, al menos aparentemente, del más proactivo de los Estados occidentales-. De hecho, dadas las circunstancias actuales, lo más normal es que no se pueda anticipar al problema, de manera que o bien no intervendrán en ningún momento (con lo cual quienes actúen de acuerdo con los parámetros de la GZ alcanzarían sus objetivos, sin más) o bien intervendrán cuando ya sólo sea factible la implementación de la fuerza militar (con los subsiguientes problemas éticos y de legalidad internacional subyacentes… especialmente cuando quien haya fomentado la GZ haya jugado bien sus propias cartas). Dicho con otras palabras, la ausencia de un adecuado marco teórico condena a los EEUU (así como a otros Estados occidentales identificables como propensos a respetar el status quo) a ser, pese a las apariencias antes señaladas, puramente reactivos[23].  La misma conclusión se puede plantear en términos algo más académicos, considerando que los EEUU (e insistimos de nuevo, también otros Estados occidentales) estarían abusando de presupuestos funcionalistas (vinculadas al institucionalismo liberal predominante a día de hoy entre los expertos en relaciones internacionales) sin querer aceptar que otros actores aplican criterios constructivistas que, al menos en cuanto se refiera a su impacto demostrado, deberían poder ser contestadas del mismo modo.

¿Qué es la Gray Zone?

Hacia un concepto de Gray Zone

Nuestro punto de partida es la confirmación, por la vía de los hechos, de la presencia de dinámicas de conflicto alejadas de las guerras convencionales que, a su vez, no se limitan a las acciones propias de las HW, sino que incluyen medidas que ni siquiera contemplan el empleo de la fuerza armada. Medidas que, a pesar de este último dato, difícilmente pueden quedar integradas en la lógica de la bona fide que rige en el derecho internacional y en las relaciones internacionales en tiempo de paz. Por lo tanto, en una primera aproximación, ampliamente consensuada entre los expertos, la Gray Zone se explica a sensu contrario, es decir, como un conjunto de actitudes, instrumentos y estrategias que no son ni “White” (paz, de acuerdo con la citada bona fide) ni “Black” (guerra abierta, híbrida o convencional). Este planteamiento logra, además, resolver el inconveniente de las tesis binarias denunciadas por Mazarr y Freier, entre otros (vid. supra). Aunque aún haya que definir con más detalle la GZ, de esta manera al menos se asegura la entrada en la agenda de este espacio intermedio.

A modo tentativo y a modo de primera hipótesis, la GZ podría ser considerada como una variante sui generis de la HW. Cuanto menos en el sentido de que la GZ se añade a una tendencia a la creciente “hibridación” de los riesgos, de las amenazas o hasta de los conflictos que ya han estallado. Ambos conceptos tendrían cosas en común, caso del alejamiento de las guerras convencionales como instrumento de política exterior de los Estados. Esa intuición es válida, al menos a modo de diseño de trazo grueso (que más adelante puliremos) hasta el punto de que en algunos textos podemos leer conceptos como “Gray Wars”[24]. Asimismo, en otros escritos se hace referencia a “Hybrid or Gray zone” de modo unitario[25] y también se pueden rastrear textos en los que la GZ es ubicada entre la paz y las “Traditional wars”[26]. Sin embargo, hasta los principales teóricos de la HW admiten que en la GZ se incluyen muchos elementos que no se dan en las HW[27]. Lo cual sugiere que la noción de GZ trae consigo un nuevo arsenal conceptual, para el que sin perjuicio de la posible (y hasta probable) existencia de solapamientos o de continuidades, es precisa desarrollar una tarea analítica como la que aquí se desarrolla. Por lo demás, una lectura más atenta de las tesis de Olson y Echevarría demuestra que, pese a las licencias semánticas comentadas, en sus obras también se puede detectar la tendencia a marcar distancias entre GZ e HW[28].

Una posibilidad para resolver esta primera cuestión es distinguir guerras de amenazas, para llegar a la conclusión de que lo que sí existen son “Hybrid Threats”. Amenazas que todavía no han dado pie a una guerra abierta, pero que anuncian la presencia de conflictos latentes de intereses así como la incomodidad de (alguno de) los actores implicados con el status quo vigente. En la medida en que sea cierto el diagnóstico establecido en el epígrafe 2.1., lo más probable es que esas amenazas no deriven en una guerra convencional. De modo que en función de diversos parámetros que pueden requerir un estudio ad hoc (Estados concretos implicados en cada caso; juego de alianzas/equilibrios internacionales; presencia de variables geopolíticas y geoeconómicas interpuestas, etc) el actor que plantea esa amenaza podrá optar por sustanciarla a través de dinámicas de GZ o bien, en casos más excepcionales (pero no completamente descartables) a través de una “Open Warfare”. Ahora bien, si el diagnóstico de nuestro epígrafe 2.1. es correcto, esa “Open Warfare” será una HW con mayor probabilidad que una guerra convencional[29]. De este modo, el concepto capaz de abrazar tanto a la GZ como a la HW sería, efectivamente, el de “Hybrid Threat”. Lo haría a modo de preámbulo (potencialmente igual) para unas y otras. Un preámbulo que, a su vez, operaría como marco y como detonante o advertencia. Pero ello no obsta a que, en sí mismos, los conceptos GZ e HW mantengan su propia idiosincrasia. Y esa será la línea en la que perseveraremos en los párrafos siguientes.

Por lo tanto, la inmensa mayoría de los expertos consideran que la GZ se opone, ya sea a la existencia de una “Open Warfare” –con independencia del tipo de guerra de la que estemos hablando- (es el caso de Chambers, Koven[30], Echevarría[31] o Freier[32]), ya sea a la existencia de una “Overt Warfare” (caso de Mazarr[33], Brands, o Votel et aler[34]). Esto es así, precisamente, para evitar las implicaciones de todo tipo (políticas, diplomáticas, jurídicas, económicas, sociales, etc) de derivar hacia una guerra abierta. En todos los casos, la GZ supone que no estamos en una HW, puesto que –por definición- una HW incorpora ingredientes propios de una guerra convencional, ya sea por el carácter abierto (o parcialmente abierto) del enfrentamiento armado, ya sea por el tipo de armas y tácticas desplegadas. No obstante lo cual, a partir de esta primera aproximación al concepto, planteada a sensu contrario, queda igualmente claro que la doctrina mayoritaria asume que la GZ no es incompatible con la existencia de operaciones encubiertas protagonizadas por militares (aunque también por otras agencias del actor implicado). De todo ello daremos cumplida cuenta en el siguiente epígrafe de este análisis.  

Por el momento, como refuerzo del punto anterior, hay que decir que en todo caso la GZ debe su existencia –o su continuidad- a que no se traspase el umbral que define las guerras abiertas. Umbral que, consecuentemente, permitiría (o exigiría) la respuesta internacional. A su vez, ese umbral es definido a través de un doble rasero. Por un lado, el que está contenido en las normas del DIP vigente, fundamentalmente la CNU. Pero también, por otro lado, aquél que tiene que ver con la experiencia acumulada y la práctica estatal[35]. El segundo rasero es más bien empírico (politológico) y atiende a los parámetros entre los que razonablemente se moverán los EEUU, la OTAN (u otros actores regionales con responsabilidades en materia de seguridad colectiva) a la hora de posicionarse a favor o en contra de una intervención. Por lo tanto, para que la GZ sea plenamente efectiva, respondiendo a su propia función –es decir, limitando y controlando el riesgo de escalada hacia una “Open” u “Overt” warfare- habrá que estar atento tanto a las implicaciones jurídicas como a las político-estratégicas de las medidas que se vayan adoptando, tratando en todo momento de que no se cruce ninguno de esos umbrales (no necesariamente idénticos)[36].

Se ha planteado, asimismo, un interesante debate acerca de hasta qué punto las dinámicas propias de la GZ constituyen una alternativa al inicio de una guerra abierta o tan sólo una preparación para desarrollar en el futuro una guerra abierta (probablemente en forma de HW). Si consideramos que el concepto de guerra abierta incluye las guerras híbridas y las convencionales, o incluso que hasta las guerras convencionales más citadas en los manuales contienen importantes componentes híbridos[37] la primera lectura parece prudente: la auténtica oposición se establece entre la GZ y las guerras (“Black Zone”, en definitiva). En ese sentido, es coherente plantear la Gray Zone como alternativa conceptual y empírica a la Black Zone. Constituye, en definitiva, un medio no-violento, o bien una campaña dotada de una violencia en gran medida encubierta y en todo caso limitada, que ni siquiera constituye su ingrediente principal.

Sin embargo, no es menos cierto que el establecimiento de un espacio conceptual definible como GZ puede ser útil también para preparar a todos los niveles (social, ideológico, logístico, comunicativo, de obtención de inteligencia, en ocasiones económico, etc) un escenario que pueda convertirse en lo que en términos anglosajones podríamos definir como el “future battlespace”. En esta segunda lectura, el despliegue de argumentos propios de una GZ puede ser el preludio de un conflicto armado, es decir, lejos de ser su alternativa, sería su condición de posibilidad. La GZ pasaría a ser parte integrante de una estrategia planificada a más largo plazo[38]. Tanto es así que al final de ese intencionado continuum podría ser complejo distinguir el momento exacto en el que se pasa de las dinámicas propias de la GZ a las que ya serían específicas de una HW[39]. La lógica inherente a este segundo planteamiento es doble: además de la ya citada de abonar el terreno pensando en una futura guerra abierta, el Estado que active la GZ tratará de que su oponente tenga dificultades para identificar el momento (punto de inflexión) a partir del cual se traspasan los umbrales del conflicto armado susceptible de generar una respuesta internacional.  

Por último, algunos autores advierten que la GZ podría (debería) ser también útil para enfrentar con posibilidades de éxito las dinámicas post-conflicto (armado). Precisamente porque la victoria militar no suele ser un criterio suficiente para determinar que los objetivos han sido cubiertos. La razón estriba en la posibilidad de que la situación social, política o económica vuelva a empeorar, entrando en una espiral de constante acción-reacción armadas[40].

En cualquiera de los tres escenarios que acabamos de poner sobre la mesa (GZ como alternativa, GZ como preparación y GZ como explotación de una guerra abierta) la GZ no sólo se define a partir de la mera utilización de estrategias o instrumentos específicos, alejados de la guerra abierta. Además de ello, forma parte de su definición que los objetivos pergeñados a través de la GZ sean los propios de una guerra, pero mediante otros instrumentos. La razón de ser de la GZ remite, por consiguiente, a “warlike aims”[41], “wartime-like objectives”[42] o “campaigns characteristic of warfare but without the overt use of military force”[43]. Esos fines equiparables a los propios de una guerra se extienden, según algunos analistas, a la provocación de cambios de régimen[44]. En cualquier caso, existe un amplio consenso al considerar que cualquier concepto de GZ que pretenda ser útil deberá incluir no sólo reflexiones concernientes a los medios a emplear, sino también a las metas a alcanzar. Los unos sin los otros difícilmente pueden recibir la catalogación de GZ.

Por todo lo visto anteriormente, la GZ constituye un concepto distinto de los que se vienen empleando hasta la fecha. Eso no es óbice para que la realidad a la que se alude se haya venido produciendo desde hace años, o siglos. Pero la relevancia del fenómeno obliga a codificarlo de un modo expreso, a fin de facilitar su análisis teórico y, llegado el momento, la puesta en marcha de mecanismos para combatir sus efectos. Aunque una mirada más incisiva puede incluir la conveniencia de aprender de lo acaecido hasta la fecha para de ese modo generar nuevas zonas grises en beneficio propio. Cabe destacar, en fin, que de todos los conceptos al uso, uno de los que más se acercan al de GZ es el de “Political Warfare”. Una vieja idea que fue bastante trabajada durante la Guerra Fría y que podría volver a la palestra, precisamente debido a dicha proximidad con la GZ[45]).

Actores de la Gray Zone

La generación de zonas grises ha sido vinculada en primera instancia a Estados. Sobre todo a Estados “revisionistas” o, más concretamente, “moderadamente revisionistas”[46] que se sienten incómodos con el status quo internacional vigente. Por lo tanto, los protagonistas no suelen ser ni las potencias hegemónicas (poco interesadas en alterar el orden existente) ni tampoco Estados demasiado pequeños o poco relevantes (poco dispuestos a asumir ningún riesgo, por pequeño que sea). No en vano, los ejemplos citados con más asiduidad son tres: Rusia (en relación con Ucrania –lato sensu considerada-); China (en relación con el Mar de China) e Irán (en relación con Siria y el Líbano). Pero, incluso dentro de este grupo de Estados, las referencias a Rusia y China son desproporcionadamente elevadas. La razón de ser estriba en que al generar una GZ en beneficio propio se estará jugando al límite de la legalidad y en esas circunstancias es conveniente gozar de cierta capacidad militar (disuasoria) precisamente para desincentivar que de la GZ se pase a la “Black Zone” a instancias de terceros. Por lo tanto, por paradójico que pueda parecer, el actor que despliegue una estrategia de creación de GZ para huir de la posibilidad de un enfrentamiento militar a gran escala, debería contar con unas no desdeñables capacidades militares, a fin de mantenerse en todo momento (o, al menos, mientras a él le interese) dentro de la escala de grises (sin verse forzado a cruzar ningún umbral). En ese sentido, la GZ rusa o china es más difícil de contestar militarmente (incluso por los EEUU) que la que pudieran establecer potencias menores –aunque emplearan los mismos medios-.

Ahora bien, los Estados interesados en generar zonas grises pueden (suelen) emplear para ello proxies, que pueden ser otros Estados, pero también actores no estatales. A título de ejemplo puramente especulativo (pero verosímil) llegado el momento, el Kremlin puede beneficiarse de las minorías eslavas de habla rusa que residen en diversos Estados de Asia Central, especialmente si mediante estrategias de GZ es capaz de aleccionarlas y vertebrarlas. Por el momento, su intervención en el Donbas, aunque muy precipitada y un tanto forzada por la rápida evolución de los hechos, se basa en el apoyo a milicias locales culturalmente afines que, con el tiempo, han constituido pseudo-Estados. Del mismo modo, China puede servirse de las minorías étnicamente sínicas desperdigadas por diversos Estados del sudeste asiático (Filipinas, Singapur, Malasia, Birmania, etc) para asegurarse quintacolumnistas que en un primer momento divulguen un discurso pro-chino y, llegado el caso, sean susceptibles de ser movilizadas atendiendo a las directrices del gigante asiático. El caso de Irán es aún más palmario, en la medida en que se sirve de organizaciones de larga trayectoria como Hezbollah (a conjugar con el carácter auto-atribuido de Teherán como paladín de la cusa chií en el mundo) para tejer su propia GZ.

Pero en otros casos se puede observar que ni siquiera es imprescindible contar con esa afinidad étnica, lingüística o religiosa entre el Estado que busca generar una GZ y los proxies con los que va a contar para explotarla. En esta línea, algunos expertos consideran que las “Primaveras árabes” constituyen una muestra aceptable de GZ, esta vez en beneficio de agendas occidentales[47]. En este caso, como es notorio, sin que existan afinidades como las arriba señaladas. Sin ánimo de exagerar la importancia de la preparación de tales zonas grises por parte de algunos Estados occidentales, el ejemplo es pertinente, como mínimo, a modo de hipótesis razonable de trabajo. Entre otras cosas porque también es posible que otros actores (estatales, en combinación con sus proxies) desarrollen la misma estrategia en suelo de esos Estados occidentales.

Así, pues, los actores no estatales pueden contribuir a la creación de zonas grises en beneficio de la estrategia de ciertos Estados. Pero se ha discutido hasta qué punto pueden ser, por sí mismos, los planificadores de una GZ (esto es, en su propio beneficio). No es una hipótesis descabellada. En este caso, es conveniente analizar el rol de las organizaciones terroristas. Algunos expertos se han opuesto a considerarlas en términos de GZ aduciendo que sus prácticas denotan, más bien, un empleo expansivo y brutal de la violencia, citando ejemplos como el genocidio al que Boko Haram somete a una parte de la población nigeriana. Este argumento parece sencillo: GZ y terrorismo son conceptos incompatibles, debido a que el terrorismo es demasiado “Black”[48]. Sin embargo, otros autores consideran que la naturaleza de los actores no es el factor decisivo y que los grupos terroristas pueden (suelen, de hecho) emplear muchos más instrumentos -antes, durante y después de los atentados terroristas- a fin de hacerse con el control de ciertos territorios así como con la complicidad de sus poblaciones[49]. Instrumentos que no serían muy distintos de los que pueden emplear los Estados que se encuentren en una tesitura similar. A fortiori, la extensión de la GZ a estos casos puede ser útil para advertir de la creciente implicación de estos grupos en nuevos escenarios, antes de que se produzca la escalada terrorista propiamente dicha.

Por último, la GZ puede ser generada por grupos insurgentes que aspiran a crear su propio Estado, sin necesidad de actuar como proxies de ningún Estado más poderoso o dotado de intereses geopolíticos de mayor alcance. Esta posibilidad ha sido insinuada a partir de la experiencia del Donbas[50]. A la hora de la verdad, el caso del Donbas contiene serias limitaciones, en la medida en que sólo parece viable a partir de la intervención de un Estado con posibilidades reales de aplicar esta lógica (Rusia, en este caso), devolviéndonos con ello al escenario previsto dos párrafos más atrás. Pero esta última posibilidad puede ser más rentable analíticamente para investigar lo acontecido con algunos warlords asiáticos y africanos[51], especialmente a partir del momento en el que logran establecer unas mínimas estructuras pseudoestatales, con la consiguiente capacidad de multiplicar su influencia a todos los niveles (desde el económico al cultural/educativo).

Atributos y herramientas de la Gray Zone

Características de la intervención en la Gray Zone

Con el fin de contribuir a la conceptualización de la GZ es conveniente tomar en consideración algunos atributos que, por su repetición y su relevancia práctica, forman parte de su definición. Es el caso de la “agresividad” de los objetivos trazados (que no necesariamente de las formas empleadas para alcanzarlos). Por lo tanto, cuando los expertos citan este atributo, lo hacen enfatizando que la GZ siempre busca forzar el status quo internacional. Algunos autores aluden incluso a que se trata de medidas “coercitivas”[52] lo cual no deja de ser curioso, cuando precisamente la GZ trata de escapar a la lógica de la violencia física. Pero la explicación deviene de las altas dosis de inseguridad jurídica y de tensión social que suelen estar asociadas a las dinámicas de GZ atendiendo al desafiante tono de sus metas finales que, según ya se ha comentado, son equivalentes a las que pueden lograrse, en otras circunstancias, a través del recurso a la guerra.

La GZ también se caracteriza por manejarse en la “ambigüedad” y en la “falta de claridad”[53], en las “invitations to misperception”[54], en un terreno “resbaladizo”[55], aprovechando o generando “desinformación”, “engaño” –cuando se alude a la GZ son usuales las referencias al término anglosajón “deception”-. Quienes están decididos a generar esos espacios que podemos considerar como GZ optan por emplear instrumentos que generen un “small footprint” y una “low visibiliy”, mientras potencian aquellas operaciones clasificables como “encubiertas” o, directamente, como “clandestinas”[56]. Cuanta mayor confusión se genere, más eficaz será la GZ, en la medida en que será más complicado elaborar un diagnóstico correcto y/o implementar las contramedidas más adecuadas.

A diferencia de las campañas militares, la GZ plantea alcanzar sus metas a más largo plazo[57]. En ocasiones se alude a un “strategic gradualism” para destacar que quienes optan por esta vía son conscientes de que los resultados pergeñados pueden no alcanzarse de inmediato. Incluso se afirma que quienes optan por la GZ ni siquiera aspiran a obtener “conclusive results in a specific period of time”[58]. Aunque es posible pensar que los planificadores de una GZ empleen horquillas temporales, parece evidente que se proyectan en el tiempo hacia plazos bastante generosos. La posibilidad de aprovechar la GZ para cubrir los algunos de los escenarios trabajados (GZ como alternativa a la guerra y GZ como preparación para la guerra) añade sentido a esta flexibilidad estratégica. Por lo tanto, sin perjuicio de cuál sea el objetivo final la GZ suele desgastar a los actores afectados, deteriorando su legitimidad, su modus vivendi, su cohesión social, su economía o todas esas cosas a la vez, en un proceso que puede (suele) conllevar varios años (e incluso muchos años) pero que es estratégicamente rentable en sí mismo considerado, ya que la relación coste-beneficio de esta estrategia es exponencial.

Los medios empleados para alimentar esta lógica son muy variados. Entre los más usuales y más citados está la propaganda política, aquí entendida como una información políticamente orientada y, además, distorsionada. Los medios de difusión empleados son de lo más diversos, desde el recurso a meros periodistas afines desplazados al epicentro de la GZ hasta el empleo de blogs y redes sociales de amplio espectro aprovechando las ventajas del ciberespacio. Pero también incluye la posibilidad de orquestar operaciones más propias de una auténtica IW (Information Warfare) que incluya a expertos en ciberseguridad, a miembros de los servicios de inteligencia e incluso a componentes de operaciones especiales[59]. De este modo el objetivo sería colocar la información propia, pero también hacer lo posible por evitar el acceso a la rival.

Sin embargo, las campañas de propaganda política son una herramienta condicionada, cuya utilidad depende de otra cuestión, más de fondo, cual es la finezza de la narrativa trasladada a la GZ. Una campaña de comunicación estratégica sin nada relevante que comunicar estará condenada al fracaso. Por ello, sin perjuicio de lo señalado en el párrafo anterior y como elemento distinto, muchos expertos aluden a la necesidad de elaborar un “relato” o una “narrativa” que, de hecho, pasará a ser uno de los principales ingredientes de la GZ. Esto incluye un abanico de opciones que pueden ir desde una mayor sofisticación de los clásicos discursos reivindicativos de corte victimista, hasta los proyectos de nation-building o de state-building más ambiciosos[60], generalmente apoyados en sesudos marcos teóricos de corte social-constructivista. Ni que decir tiene que para la elaboración de dicha narrativa es fundamental el adecuado conocimiento del contexto (geográfico, sociológico/humano e histórico) en el cual se genera la GZ[61].

El otro gran bloque de actividades tiene que ver con las medidas de presión económica y financiera. De nuevo, nos encontramos ante ingredientes tan usuales que constituyen sendos aspirantes a formar parte de la definición de la GZ. Puede tratarse de medidas tendentes a erosionar la legitimidad de los actores presentes en la GZ o bien a beneficiar selectivamente a alguno de ellos. Es decir, pueden abarcar desde sanciones hasta subvenciones, probablemente amparadas en la legalidad interna e internacional; asimismo pueden incluir desde la negación de créditos hasta la concesión de ayudas en condiciones más favorables a las del mercado. Tampoco son extraños a esta lógica los cortes de suministros de productos tan relevantes como las fuentes de energía (o la mera amenaza de llevarlos a cabo) así como la manipulación de sus precios[62]. Claro que para maximizar la eficacia de estas medidas, es fundamental su conexión (y su coherencia) con las apuntadas en los párrafos anteriores, referentes a la construcción y divulgación de narrativas capaces de seducir a sus receptores.  

En algunos casos esta “guerrilla económica” puede ser potenciada mediante el concurso de otros actores (esta vez, no estatales). Cabe destacar las redes de delincuencia organizada afines (o, cuanto menos, con potencial para identificar intereses compartidos). Su ámbito de actuación cubre, a su vez, un continuum que abarca desde la mera alteración artificial de los precios, hasta la realización de pequeños actos de sabotaje, pasando por la manipulación de los canales de suministro de bienes y servicios (algo especialmente útil cuando comienza a notarse la escasez y la consiguiente carestía de los mismos), a lo que debe añadirse la capacidad de estas redes para condicionar e intimidar a la población local[63]. Pero también pueden llegar a ser empleadas para cubrir fines similares las ONGs afines (o, de nuevo, con potencial para identificar intereses compartidos). Una vez más, la infiltración entre la ciudadanía, la capacidad para distribuir ayuda humanitaria y las complicidades generadas sobre el terreno son cuestiones influyentes a la hora de decantar hacia uno u otro lado de la GZ a los civiles afectados por este pulso, especialmente si se combinan con el resto de ingredientes.  

A su vez, el empleo de ciberataques puede ser una de las principales bazas para transformar una época de paz sustentada en la bona fide en una zona gris. Especialmente cuando esos ataques van más allá de la obtención de información y amenazan con ser empleados para el colapso y la caída de webs, para la denegación de servicios o incluso para la inhabilitación o la destrucción de infraestructuras. El objetivo no será tanto causar malestar entre la población local como mostrar la ineficacia de su gobierno e incrementar de ese modo la oleada de protestas contra el mismo.

La suma (o la intersección) de los elementos citados hasta el momento facilita que en la GZ se produzcan movilizaciones de la población civil. En muchas ocasiones, la clave del éxito de la GZ será, precisamente, esa implicación. En primera instancia, debido a la propia naturaleza de la GZ, esa implicación se sustanciará a través de mecanismos de protesta que podríamos calificar de ordinarios (por ende, perfectamente legales) como manifestaciones y huelgas. También aparecerán otros mecanismos de discutible legalidad, siempre al filo de la norma, como las acampadas permanentes en plazas públicas. Sin embargo, esas masas (o una vanguardia dentro de ellas) pueden ser aleccionadas para llevar a cabo intervenciones más incisivas, probablemente ilegales, pero todavía sin emplear armas: ocupaciones pacíficas de edificios oficiales y/o de infraestructuras críticas (preferentemente de transportes, de comunicaciones o de suministro de energía). Dando este último paso, la GZ podría ser útil para engendrar revoluciones que, en principio, emplearían estrategias no-violentas de movilización social o de resistencia civil –en función del carácter más o menos proactivo o reactivo de la GZ y del tipo de narrativa empleada en cada caso-[64]. De esta forma, la combinación de las herramientas recogidas en este cuarto epígrafe podría llegar a provocar el colapso de un Estado y de sus instituciones sin necesidad de emplear apenas violencia. Pero también podría buscarse una sobrerreacción del adversario (de la sociedad sometida a tales presiones, a través de su Estado) a fin de deslegitimarlo ante la opinión pública local e internacional o incluso para justificar –quizá con argumentos jurídicos- una escalada militar del conflicto (normalmente por parte del mismo Estado que ha estado alimentando la GZ por medio de proxies).

Lo importante, al final, es entender que una narrativa sin público, o una presión sin narrativa, o un chantaje económico sin una buena campaña de comunicación (que se base en esa narrativa) pueden ser hasta contraproducentes si de establecer una GZ se trata. La GZ requiere todos esos ingredientes. No alguno de ellos aislado de los demás. (de la misma manera que una HW no es tal si no existe un componente de guerra convencional o si falta el componente de guerra asimétrica). Al fin y al cabo, la pugna por la legalidad y la legitimidad también van de la mano del concepto GZ. Aunque desde un punto de vista filosófico la legitimidad no se agota en la legalidad, debido al tipo de propuesta inherente a la idea de GZ, resulta fundamental la habilidad de las partes para mantenerse dentro de la legalidad (o, al menos, para que así lo parezca). Así como la habilidad para destacar las irregularidades (desde ese mismo punto de vista legal) del comportamiento del adversario[65].

Por lo tanto, la GZ incluirá una “guerra incruenta” añadida: lo que algunos han denominado “law-warfare” o “lawfare”[66]. Algo a tener muy en cuenta debido a la especial sensibilidad que este tipo de denuncias tiene entre la opinión pública de los Estados occidentales (no tanto en otras latitudes). Ni que decir tiene que esta “guerra” legal contiene importantes retos para la diplomacia de las diversas partes en liza, lo cual deja entrever, una vez más, que la GZ es más verosímil cuando es generada por Estados relativamente poderosos (aunque no excluye, tal y como estamos indicando desde el principio, que pueda ser generada contra los intereses de Estados aún más poderosos).

Dicho lo cual, cabría plantearse… ¿Cuál es la intervención de las FFAA en la construcción de una GZ? No es menor. En muchas ocasiones puede sr auxiliar. Pero en ciertas fases puede ser indispensable para su éxito. Las FFAA del Estado que establece una GZ pueden ser necesarias para apoyar a la población local afín, en aras a cubrir el objetivo trazado desde el primer momento (independencia de una parte del territorio del Estado afectado; cambio de régimen; fomento de una dinámica revolucionaria, etc). Sin necesidad de rebosar el ámbito de la GZ, es decir, sin forzar un conflicto armado internacional de acuerdo con los parámetros indicados (que incluyen no sólo el Derecho Internacional, sino también la experiencia histórica) se pueden llevar a cabo operaciones de infiltración de agentes de inteligencia, así como de fuerzas de operaciones especiales (SOF) que serían especialmente útiles para fortalecer (o recrear) las condiciones más adecuadas en aras a exprimir el potencial (como multiplicadores de fuerza) de las herramientas ya indicadas (especialmente en lo referente a la obtención de HUMINT, a la propaganda política, operaciones de IW, adiestramiento de civiles movilizables, etc). Lo normal, dadas las circunstancias, sería que llegaran de paisano y sin portar armas (quizá de permiso, o de vacaciones). No ejercerían labores de acción directa (AD) sino más bien de “unconventional warfare” o de “information warfare”, apoyándose para ello en activistas locales. Incluso podrían señalar objetivos y proporcionar asesoramiento para destruirlos sin tener que ejecutar dichas misiones directamente. Es decir, podrían lograr que los ilícitos cometidos quedaran dentro de los márgenes de aplicación del derecho penal local.

En el mismo sentido (es decir, sin salir de los contornos de la GZ) las FFAA del Estado promotor de una GZ podrían desarrollar intervenciones cuyo objeto sería disuadir a los gobiernos perjudicados por el establecimiento de esa GZ de llevar a cabo acciones contundentes contra la misma (ora sea contra sus instrumentos, otrora contra los activistas involucrados en la promoción de dicha GZ). Si la narrativa de la que ya se ha hablado fuera adecuada, podría integrarse en una lógica (plausible) de defensa de sus propios connacionales o, como mínimo, de minorías étnicas afines residentes en la GZ. Pero no es descartable que, amparándose en los nuevos discursos cosmopolitas, el Estado que fomente el establecimiento de una GZ lo haga bajo la premisa (retórica) de la defensa de los derechos humanos de cualquier minoría.

Con todo, el mecanismo más usual para ejercer presión será efectuar maniobras militares en la frontera (en principio, sin cruzarla) con lo cual se pueden cubrir varios objetivos al unísono: generar el consiguiente efecto disuasorio sobre las autoridades locales, mostrar apoyo a los movimientos civiles implicados en la GZ y tener a las unidades perfectamente alistadas para intervenir en un my corto espacio de tiempo al otro lado de la frontera, si ello fuese necesario. Asimismo, se podrían generar zonas de exclusión aérea para blindar la GZ o se podría optar –lógicamente- por una combinación de las dos medidas señaladas en este párrafo, a modo de operación conjunta.

En la medida que las intervenciones indicadas hayan tenido éxito, las FFAA del Estado promotor podrían hacer llegar armas y municiones al interior de la GZ, a fin de preparar a los proxies locales para una hipotética escalada de la violencia (que probablemente implicaría la transición hacia una HW). En última instancia, las mismas vanguardias que en un primer momento estaban dedicadas a guiar a las masas para desarrollar acciones no-violentas pueden ser las que en otra fase del conflicto lideren acciones violentas. Esto puede resultar paradójico, pero en realidad entra dentro de la defensa puramente tacticista de las herramientas no-violentas, de acuerdo con lo previsto por sus propios adalides[67].

En otras ocasiones, cuando la GZ tiene que ver con aguas, islas o pequeños archipiélagos en disputa, es fundamental la coordinación de los esfuerzos tendentes a definirla. Normalmente, las actividades de buques pesqueros, la realización de prospecciones planteadas con lógica empresarial, o el desarrollo de misiones científicas constituyen mecanismos muy útiles para apoyar la creación de una GZ. El despliegue de unidades del servicio de guardacostas –en ocasiones ni siquiera integradas en las FFAA, aunque puedan tener naturaleza militar- con el argumento de proteger a los buques civiles antedichos puede reforzar esa situación de facto. Pero para que todo ello sea sostenible, resulta fundamental la cercanía de bases militares y/o una elevada capacidad para desplegar unidades navales de combate que disuadan a terceros Estados que deseen interferir en la definición de esa GZ (o en su progresiva expansión).

Conclusiones: elaboración del concepto “Gray Zone”

La hibridación entre lo militar y lo civil, o entre lo militar convencional y lo más propio de las fuerzas irregulares, constituye una nueva forma de promover y, llegado el caso, gestionar los conflictos. El concepto Hybrid Threat incluye diversas posibilidades, desde la Hybrid War (HW) a la Gray Zone (GZ). Mientras que la HW es un tipo de guerra, la GZ se caracteriza por no ser ni White (los conflictos dejan de gestionarse de acuerdo con los parámetros de bona fide), ni Black (sin llegar a cruzar los umbrales que permitirían o exigirían una respuesta armada, ya sea desde un punto de vista jurídico –atendiendo a los parámetros del derecho internacional- y/o desde una perspectiva político-estratégica –atendiendo a parámetros EEUU/OTAN-. De esta manera, la Gray Zone dificulta o hasta inhabilita la eficacia de los mecanismos clásicos de disuasión militar (con especial énfasis en la RMA vigente), incidiendo sobre todo en la “Fase 0” de cualquier conflicto (identificación y definición problema, así como propuesta de alternativas a nivel gubernamental) debido a su intencionada ambigüedad, máxime teniendo en cuenta los procedimientos propios de las democracias avanzadas (especialmente garantistas).

Por todo ello, el concepto GZ es más similar al de Political Warfare que al de HW.Forma parte de su definición que los fines perseguidos por estos medios sean de gran calado político, similares a los que sólo podrían conseguirse mediante una guerra abierta (warlike aims). En todo caso, laGZ puede ser una “alternativa a” esa HW o bien una “preparación para” una HW (no son incompatibles: una misma estrategia puede incluir ambas opciones, lo cual dota a quien la diseña de mucha flexibilidad). Incluso se podría emplear la GZ en un escenario post-conflicto (como “explotación de” una HW).

La GZ es un recurso especialmente útil para los Estados (moderadamente) revisionistas del status quo vigente. De hecho, el éxito de la GZ depende de disponer de buenas capacidades militares que permitan mantener la iniciativa (disuasión para reforzar los desincentivos a la intervención de terceros). En ocasiones, esos Estados se apoyarán en actores no estatales que operen como sus proxies. Pero los grupos terroristas y quizá hasta actores sub-estatales (v.gr. warlords) pueden generar zonas grises en su propio beneficio.

La GZ implica agresividad (en los fines), inseguridad jurídica (para la población civil); ambigüedad (proyectada hacia terceros), invitaciones al error (a todos los niveles), small footprint y low visibility, incluyendo operaciones encubiertas y/o clandestinas (para hacer viable lo anteriormente descrito); strategic gradualism (la GZ implica una lenta maceración); amplio despliegue de la propaganda política, de medidas de Information Warfare (incluyendo redes sociales) así como una apuesta prioritaria por la pugna entre narrativas (para vencer en la batalla por la legitimidad entre la opinión pública propia y extraña); medidas de “guerrilla económica y financiera”, sin descartar el papel de ONGs (para desgastar o beneficiar a los actores implicados en la zona gris y retroalimentar las dinámicas de lucha por la legitimidad/opinión pública ya indicadas); amplio uso de los ciberataques, en ocasiones llegando a amenazar con la denegación servicios; un fortalecimiento de las técnicas de resistencia civil no-violenta en beneficio de la propia causa; medidas de lawfare (law warfare); la implicación de los servicios de inteligencia y de fuerzas de operaciones especiales (ambos sobre el terreno) así como el alistamiento de unidades regulares, probablemente de los tres ejércitos (según escenarios) para evitar la transición de la Gray Zone a la Black Zone a instancias de terceros o bien para amenazar con hacer lo propio a instancia propia si ello se juzga conveniente (con la mirada puesta en no perder la iniciativa estratégica).

Análisis publicado por el autor en el Instituto Español de Estudios Estratégicos.

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[1] Vid. Max Weber.  Sobre la teoría de las ciencias sociales. Barcelona: Península, 1974 [1902], p. 61.

[2] Vid. Human Security Report (2013), Simon Fraser University, Vancouver, especialmente su capítulo 4.

[3] Hal Brands. “Paradoxes of the Gray Zone”. Philadelphia: Foreign Policy Research Institute, 2016 (february), p. 1.

[4] Salvando el caso, por supuesto, de hipotéticas guerras convencionales entre Estados cuya capacidad militar sea desproporcionada. De todos modos, aún en esta hipótesis, cabe pensar razonablemente que el Estado con menor potencial habrá tejido su particular red de alianzas (esté o no formalizada en el seno de alguna organización de seguridad colectiva) a fin de solventar ese déficit de partida –mediante alguna aplicación ad hoc de la teoría del equilibrio de poder- con lo cual podríamos regresar a esa suerte de bucle conceptual anunciado supra.

[5] Frank Hoffman. Future Hybrid Threats: An Update. Washington DC: Center for Strategic Research, 2012, p. 3.

[6] V. gr. la “Compound War” de Thomas Huber, en la que se marcan más las distancias entre esos diversos vectores y se reducen las exigencias de coordinación al nivel estratégico. Para una perspectiva más detallada de las diferencias entre HW y Compound Warfare puede consultarse: Josep Baqués. “Las Guerras Híbridas: un balance provisional”, DT 01/2015, IEEE.

[7] Por ello, es consustancial a la HW la noción de blurring, también empleada por Colin S. Gray. Another Bloody Century: Future Warfare. London: Weidenfeld & Nicolson, 2005.

[8] Eric Olson. “America´s Not Ready for Today´s Gray Wars”. Defense One, 2016 (December).

[9] Eufemismo popularizado, entre otros, por Brzezinski, que engloba a Estados considerados como satélites por parte rusa. Algo que, además, no deja de tener cierta plausibilidad histórica e incluso cultural (más allá de los cálculos geopolíticos más fríos) como es bien sabido (Vid. Zbigniew Brzezinski. El gran tablero mundial. Barcelona: Paidós, 1998, p. 105).

[10] Aunque no podemos olvidar que, por el mismo motivo -aunque adaptado a sus peculiares circunstancias- el General Gerasimov comenzó a diseñar su propia doctrina, quejándose de que nuevas estrategias (avaladas por Occidente) contribuían a que Rusia perdiera el control de lo que para ellos era su peculiar status quo en la post guerra fría.

[11] Michael J. Mazarr. Mastering the Gray Zone: Understanding a Changing Era of Conflict. Carlisle Barracks: U.S. Army War College Press, 2015, p. 88 y 115. Por mi parte, entiendo la RMA como conjunto de innovaciones tecnológicas, pero también doctrinales y orgánicas. Y es en ese sentido que su obsolescencia aparece de un modo más evidente, sin perjuicio de que algunos de sus elementos sean aprovechados por los propios generadores de una GZ.

[12] Philip Kapusta. “The Gray Zone”. Special Warfare, 28 (4), 2015 (october-december), p. 23.

[13] Vid. Hal Brands, 2016, op.cit.

[14] V. gr. Nadia Schadlow. “Peace and War: The Space Between”. War In the Rocks, 2014 (August).

[15] Atulio Echevarría II. Operating in the Gray Zone: An Alternative Paradigm for U.S. Military Strategy. Carlisle Barracks: U.S. Army War College Press, 2016, pp. 12-13.

[16] Steven Metz. “In Ukraine, Russia Reveals Its Mastery of Unrestricted Warfare”. World Politics Review, 2016 (April) y Michael J. Mazarr, 2015, op. cit, p.73.

[17] Nathan Freier. Outplayed: Regaining Strategic Initiative in the Gray Zone. Strategic Studies Institute, 2016, pp. 13-16.

[18] Vid. entre otros, Josep Baqués. “El papel de Rusia en el conflicto de Ucrania: ¿La Guerra Híbrida de las grandes potencias?.Revista de Estudios en Seguridad Internacional (RESI), Vol. 1 (1), 2015 y John Chambers. Countering Gray-Zone Hybrid Threats. West Point (New York): Modern War Institute, 2016, p. 21.

[19] Entre los teóricos de antaño que anticiparon criterios que hoy nos son de utilidad para definir la Gray Zone cabe destacar las aportaciones de Thomas Schelling, que enfatizaba, precisamente este aspecto (Vid. Thomas Schelling. Arms and Influence. Yale University Press, 1966, p. 27). Mientras que entre la nueva hornada de teóricos, esta idea ha sido recuperada por Mazarr, 2016, op. cit, p. 62.

[20] V. gr. Kapusta, op. cit, p. 23 y Chambers, op. cit,. p. 18.

[21] Vid. por su énfasis, Freier, op. cit, p. 4.

[22] Vid. por su claridad, el argumento de Mazarr, op. cit, p. 104.

[23] Vid. por su contundencia, Schadlow, op. cit, p.1.

[24] Eric Olson las define como “submilitary conflicts”. Ahora bien, nótese que las guerras híbridas no entrarían en esa catalogación, debido –como mínimo- al componente de guerra convencional que incorporan (Olson, 2016, op, cit, p. 1).

[25] Lo hace Atulio Echevarría, si bien seguidamente apunta que la GZ aparece “before the hostilities commence”, mientras que una HW incluye, por definición, hostilidades ya iniciadas (Echevarría, op. cit, 2016, pp. 18 y 25). Más adelante retomaremos el debate acerca de si la GZ es una alternativa o un preludio de una guerra abierta (ya sea HW o guerra convencional).

[26] En ocasiones, Freier opone GZ a “Traditional wars”, aunque otras veces la opone a cualquier “open provocation or conflict” (Freier, op. cit, pp. 3 y 4, respectivamente). Nótese que si la primera opción es la que se consolida, entonces GZ e HW podrían ir en el mismo paquete conceptual. Por el contrario, en la medida en que predomine la segunda –como sugiere la lectura de conjunto de la obra de Freier- la GZ no sólo no quedaría integrada en el mismo paquete conceptual que la HW sino que se definiría por oposición a la misma. También Philip Kapusta atiende a esta diferenciación entre GZ y “Traditional Wars” (Kapusta, op. cit, p. 20).

[27] Frank Hoffman. “On Not-So-New Warfare: Political Warfare vs Hybrid Threats”. War on the Rocks, 2014 (July).

[28] En cambio, de entre los textos analizados, los de Philip Kapusta y Mark Galeotti (Vid. Mark Galeotti. “Hybrid War and the `little green men´: How it works ans how it doesn´t, E-International Relations, 2015 (April, 16), p. 2) son quienes parecen desmarcarse de la doctrina dominante, de modo que en sus análisis los conceptos de GZ e HW quedan poco diferenciados, en la medida en que, como sugiere Kapusta, las “Traditional wars” no incluyen a las HW. Sin embargo, la presunta nitidez de la propia distinción entre guerras “tradicionales” e HW es discutida por otros analistas (Vid. infra).

[29] De hecho, Chambers apunta que la HW de Hoffman sería un ejemplo típico de “Open Warfare” deducible de la presencia de una “Hybrid Threat” inicial (Chambers, op. cit, p. 22).

[30] Vid. Barnett S. Koven. The Conflict of Donbas between Gray and Black: The Importance of Perspective. Baltimore: National Consortium for the Study of Terrorism, 2016, p. 2.

[31] En la opción asumida por Echevarrí, porque él centra las dinámicas propias de la GZ en la “pre-war phase of conflict” (op. cit, p. 25).

[32] Freier termina excluyendo de la GZ lo que él define como “warlike violence” (op. cit, p. 33).

[33] Mazarr alude a la GZ como el espacio conceptual en el que no se da un “overt use of military force” (op. cit, pp. 2-3). Nótese que, por lo tanto, sí se puede dar un uso encubierto de la misma. Más adelante afrontaremos la cuestión de “cómo” operar en la GZ.

[34] Joseph Votel et alter, admiten, en un contexto de GZ, las operaciones “covert or clandestine” que, en algunos casos, podrán o deberán ser realizadas por militares. Pero insiste en que incluso las operaciones COIN o, directamente, antiterroristas, son operaciones que ya van más allá de la GZ (vid. Joseph Votel & Charles T. Cleveland & Charles T. Connett & Will Irwin. “Unconventional Warfare in the Gray Zone”. Joint Forces Quarterly, 80 (1), 2016, p. 102).

[35] Chambers enfatiza más lo primero, pero Echevarría recuerda la importancia del segundo rasero en términos de práctica internacional.

[36] A no ser, claro está, que el actor que promueva dinámicas de GZ para satisfacer sus intereses considere que ha llegado el momento de pasar a una fase de “Open Warfare” (probablemente como HW).

[37] Interesante tesis, defendida especialmente por Mazarr y con especial ahínco por Echevarría (vid. Echevarría, op. cit, pp. 7-8). Si esto es cierto, la distinción entre estos dos tipos de guerras abiertas podría (debería) reconsiderarse. Profundizar en este aspecto nos llevaría muy lejos y es prescindible en este análisis. Pero no quería dejar de apuntarlo.

[38] Quien mejor refleja estas posibilidades es Mazarr (op. cit, p. 58).

[39] Vid. Chambers, op. cit. pp. 27-31.

[40] El trabajo de Schadlow es especialmente incisivo en este aspecto (op. cit, p. 1).

[41] Freier, op. cit, p. 33.

[42] Echevarría, op. cit, p. 13.

[43] Mazarr, op. cit, p. 2.

[44] Votel, op. cit, p. 107 y Mazarr, op. cit, p. 91

[45] Votel et al. se cuentan entre quienes consideran que la Guerra Fría fue una inmensa GZ, cuya vigencia se prolongó durante cerca de 45 años y que terminó con la implosión de la URSS y la disolución del Pacto de Varsovia, sin necesidad de que estallara una guerra abierta entre las dos superpotencias. Pero sin negar que en alguna ocasión –v.gr. la crisis de los misiles en Cuba- se estuvo cerca de ello (Votel et alter, op. cit, p. 102). Por su parte, Mazarr es muy explícito en este aspecto: “Gray Zone conflict is political warfare to a great degree”. Asimismo, cita a Kennan como fuente de autoridad, cuando hace décadas su precursor ya aludía (sin citarlas, claro está, como GZ) a las “measures short of war” adoptadas en la Guerra Fría (Mazarr, op. cit, pp. 48-49).

[46] Mazarr alude a Estados “measured revisionists” o incluso (más específicamente) “partially satisfied” (op. cit, p. 18), ya que en caso de que ese revisionismo sea más acuciante o más profundo es posible que la tentación de avanzar hacia una guerra sea más fuerte. Brands y Freier se acogen a la tesis del primero, A su vez, el argumento de Mazarr se apoya en las categorías fabulescas de Randall Schweller. Pero, a nuestros efectos, lo relevante es que el concepto empleado por Mazarr casa mal con todas las categorías de su precursor aunque, ciertamente, está más cerca de los “chacales” (vid. Schweller. “Bandwagoning for Profit. Bringing the Revisionist State Back In”. International  Security 19 (1), 1994, pp. 72-107, especialmente, pp. 100-104).

[47] Tesis sostenida por Mazarr, op. cit, p. 91. En el fondo, la Doctrina Gerasimov –que contiene muchas intuiciones propias de la GZ- apareció para denunciar este tipo de prácticas por parte de Occidente, en territorios que deseaban desestabilizar sin implicación directa (al menos en sus primeras fases), sino empleando agentes locales (vid. Charles Bartles. “Getting Gerasimov Right”. Military Review (January-February), 2016, pp. 30-38.)

[48] Brands, 2016, op. cit, p. 1.

[49] Kapusta, op. cit, op. 20; Olson, op. cit, p. 1; Freier, op. cit, p. 4.

[50] Vid. Koven, op. cit, pp. 14 y ss.

[51] Para un análisis de los warlords como actores y sus posibilidades de implantación en el territorio, puede consultarse Baqués, Josep. “Los grupos armados subestatales como fuente de inestabilidad: warlords, jefes de clan, milicias”, en VVAA. Actores armados no estatales. Retos a la seguridad global. Cuaderno de Estrategia nº 152, 2011, pp. 101-130.

[52] Hal Brands apuesta por hablar de “coercive and agressive in nature”, pero lo cierto es que la “agresividad” inherente a la GZ aparece en la práctica totalidad de los textos analizados, de modo que ahorramos al lector la lista exhaustiva de referencias bibliográficas.

[53] Chambers, op. cit, p. 27; Koven, op. cit, p. 2; Mazarr, op. cit, p. 2.

[54] Mazarr, ibídem, p. 109-110.

[55] Brands, op. cit, p. 1.

[56] Votel, op. cit, p. 102.

[57] El implícito de este punto no es otro que la conocida reflexión de Sun Tzu, de acuerdo con la cual todas las guerras deben durar poco, porque de lo contrario hasta el más fuerte de los antagonistas tendrá problemas de todo tipo (desde la logística hasta la política) que podrían dar al traste con su superioridad militar: “Una vez comenzada la batalla, aunque estés ganando, de continuar por mucho tiempo, desanimará a tus tropas y embotará tu espada (…) nunca es beneficioso para un país dejar que una operación militar se prolongue por mucho tiempo” (Sun Tzu. El arte de la guerra. Barcelona: Editorial Medí, 2013, p. 7). Notoria e intencionadamente, la GZ se mueve en otros parámetros.

[58] Mazarr, op. cit, pp. 58-60.

[59] Votel et alter, op. cit, pp. 104-105.

[60] Kapusta, op. cit, p. 24, Brands, op. cit, p. 2; Echevarría, op. cit, pp. 23 y 32.

[61] Es importante destacar este aspecto para no confundir lo que estamos indicando con las meras campañas de comunicación, aunque se las defina como comunicación estratégica (vid. Mazarr, op. cit, p. 119).

[62] V. gr. Freier, op. cit, p. 41, refiriéndose a modo de ejemplo a la capacidad rusa para presionar a través de los precios de los hidrocarburos que llegan a Europa occidental a través de Ucrania.

[63] Chambers, op. cit, p. 20. Nótese que se trata de un elemento compartido por las definiciones de HW. Lógicamente, el hecho de que exista participación activa de la delincuencia organizada es insuficiente para calificar un escenario como GZ o como HW. El veredicto dependerá del resto de ingredientes (sobre todo, de los que tienen que ver con que se haya entrado, o no, en una fase de guerra abierta).

[64] Votel et alter, op. cit, p. 106, aunque también se puede rastrear esta intuición en la obra de Chambers (op. cit, p. 40).

[65] V. gr. Freier, op. cit, p. 39-40.

[66] Echevarría, op. cit, p. 38.

[67] La estrategia basada en la no-violencia parte de la conveniencia (práctica) de no alterar esta regla de oro. Pero sus principales defensores dejan claro que no se trata necesariamente de un prurito ideológico (que pudiera vincularse a una deontología pacifista) sino que se trata de más bien de ser fieles a las técnicas más útiles en casos de (gran) asimetría de poder. De este modo, la acción no-violenta no se halla hipotecada “por razones éticas, religiosas o morales” (v. gr. Gene Sharp. La lucha política no-violenta. Criterios y métodos, Santiago de Chile: Ediciones CESOC, 1988, p. 37). De modo que una escalada hacia la violencia podría ser considerada como un fracaso táctico y empírico por Sharp, ciertamente, pero atendiendo a estos antecedentes teóricos es harto discutible que sus acólitos tuvieran objeciones más profundas que plantear a la transición de la no-violencia a la violencia comentada en este párrafo.

Josep Baqués

Josep Baqués es Profesor de Ciencia Política en la Universidad de Barcelona y Subdirector de Global Strategy

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