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India como actor estratégico

https://global-strategy.org/india-como-actor-estrategico/ India como actor estratégico 2021-05-18 12:18:00 Josep Baqués Blog post Estudios Globales India
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Cuando hace un cuarto de siglo Brzezinski definía qué es un actor (player, como él señala) geoestratégico, enfatizaba el hecho de que, para merecer tal consideración, dicho actor debe tener la voluntad y la capacidad de definir sus propias líneas de acción (por contraposición a los roles puramente reactivos, propios de los Estados que no alcanzan tal estatus) y de ponerlas en práctica, en su entorno (ya sea regional, o global).

Es interesante comprobar que, a sus ojos, Francia y Alemania lo eran (cabe decir que lo siguen siendo) porque son capaces de condicionar en su propio beneficio a organizaciones como la UE. Lo cual significa que el hecho de estar integrado en una organización internacional no te hace perder dicho estatus. Aunque esa pérdida sí que puede producirse en función del tipo de rol que cada uno desempeñe en dichas organizaciones (vicario, seguidista o incluso, por emplear una terminología tan del agrado del propio Brzezinski, vasallo).

Asimismo, él opinaba que el Reino Unido había dejado de ser un actor geoestratégico, precisamente por no tener una idea clara de su rol en Europa y, en particular, en la UE (aunque lo segundo es un mero síntoma de la enfermedad, que realmente radica en lo primero).

Por otro lado, contra lo que algunos opinan, el rol de actor o jugador geoestratégico no depende solo ni principalmente del presupuesto de defensa. Porque, siempre según el asesor de presidentes estadounidenses que está sirviéndome a modo de marco para la exposición de este análisis, Estados como Turquía o Irán sí estaban -¡Ya en aquel entonces!- asumiendo ese rol de actores estratégicos, al combinar esa voluntad de ser y de hacer (la frase es mía, pero hay que reconocer que queda bonita, ¿no?) con unas capacidades militares dignas, así como con otros instrumentos de poder, incluso blando, que parten de la convicción de ser los adalides de sendas herencias históricas de alcurnia (cultura otomana y mundo chiíta, respectivamente, que les permite tender puentes con Estados ubicados muy lejos de sus fronteras, pero que comparten esa forma de entender la vida).

Así vemos como, una vez más, los clásicos de la geopolítica dan en el blanco (considero a Brzezinski parte de ese selecto club, por méritos propios, pese a que se trata de un rockero no tan viejo). Incluso en lo que respecta al Reino Unido: el Brexit también puede ser leído como una tentativa de recuperar ese estatus, dado que la UE estaría copada por los intereses franco-alemanes. Es decir, que la misma razón que lleva a Francia y Alemania a quedarse es la que conduce a su vecino del otro lado del charco a marcharse: la misma razón (reitero, intencionadamente, para que se entienda la tesis de fondo). Mientras que las previsiones de Brzezinski respecto a los dos Estados islámicos citados son tan adecuadas que apenas merecen comentarios adicionales (no debemos perder el tiempo en explicar lo obvio).

Pues bien, establecido en la primera mitad del análisis el marco de referencia, mi intención es resumir en esta segunda parte, el rol de un Estado llamado a crecer en protagonismo, como actor estratégico, en los próximos lustros: India.

Tras décadas de no-alineamiento (aunque su posición tampoco fuera equidistante) en buena medida motivado por el sustrato gandhiano de sus primeros gobiernos, no menos que por su pasado como colonia británica, desde Nueva Delhi sus gobernantes están adoptando posturas crecientemente proactivas.

En efecto, tras años en los que India se ha limitado a cerrar las heridas de un proceso de independencia traumático (pese a tener como adalid a Gandhi, por cierto), lo cual incluye varias guerras indo-pakistanís -ya incluyo el “Pakistán oriental” & Bangladesh- (que, no nos engañemos, en su espíritu tienen mucho de guerras civiles, pese a tratarse de guerras formalmente interestatales) parece que por fin busca su propio espacio en el mundo, de modo proactivo, para satisfacer las crecientes expectativas de una economía y de una sociedad a la que el viejo modelo se le está quedando pequeño.

Sus crecientes relaciones con Irán (que incluye la obtención de facilidades portuarias en la entrada del Golfo Pérsico) así como su presencia militar en Omán (base aeronaval de Duqm); sus magníficas relaciones con varios Estados del Índico, con la mirada puesta en el Canal de Mozambique, así como su renovado énfasis en las islas Andamán y Nicobar; su cada vez mayor implicación en los asuntos de seguridad regional, que incluye diversos convenios para el control y la seguridad marítimos firmados con Indonesia, Vietnam o Tailandia, que en algunos incluye también la obtención de facilidades portuarias; etc, auguran un cambio de tendencia que certifica, asimismo, lo que el propio Brzezinski ya apuntaba hace 25 años: siendo como era India un actor regional, estaría sentando las bases para terminar siendo un actor global.

A todo ello le acompaña un rol también activo en diversas organizaciones internacionales o sucedáneos (OCS y BRICS) que pueden serle útiles como plataformas para contener rivalidades (China), proyectar poder económico (debe mejorar su balanza comercial) y tejer poder blando (como quiera que siempre se ha dado una extraña relación -positiva, quiero decir- entre los gandhianos y las armas nucleares, India se ve obligada a compensar eso mediante gestos que la aproximen a dinámicas cooperativas). Al final, todo ello forma parte de un plan, bien trazado, que responde a la mejor manera de defender su interés nacional a los próximos lustros.

La suma del poder potencial y militar de India invita a pensar que más pronto que tarde aparecerá (es decir, emergerá) en el tablero mundial, como un actor de máxima relevancia geopolítica, incluso para arbitrar otras pugnas (Estados Unidos versus China, especialmente en el mar o los mares de China). Aunque, como no todo iban a ser buenas noticias, no es menos cierto que una mirada atente a sus problemas internos muestra debilidades nada fáciles de resolver que, como señala el enfoque realista neoclásico de Schweller, le impiden desplegar todo su potencial. Pensemos en los naxalitas (que amenazan la propia unidad del Estado) o en las tensiones, cíclicas, con los musulmanes, incluyendo versiones yihadistas. Porque, como señala Schweller no hay nada más contraproducente que la falta de consenso (o, directamente, la fragmentación) de una sociedad (y de sus elites) cuando de perseguir los intereses nacionales se trata.

Para profundizar más sobre el tema, puede consultarse este artículo recién publicado, en co-autoría con Andrea Arrieta, en la Revista General de Marina.

Josep Baqués

Josep Baqués es Profesor de Ciencia Política en la Universidad de Barcelona y Subdirector de Global Strategy

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