• Buscar

Insurgencia y contrainsurgencia en las Alpujarras (1568-1571) Lecciones para el presente

https://global-strategy.org/insurgencia-y-contrainsurgencia-en-las-alpujarras-1568-1571-lecciones-para-el-presente/ Insurgencia y contrainsurgencia en las Alpujarras (1568-1571) Lecciones para el presente 2020-12-12 11:53:00 Javier Jordán Blog post War Studies Global Strategy Reports 2020 Guerra siglos XVI - XIX Insurgencia
Print Friendly, PDF & Email

Global Strategy Report, 57/2020

Resumen: Este documento analiza la Guerra de las Alpujarras, ocurrida en el antiguo Reino de Granada durante el reinado de Felipe II, con el fin de extraer lecciones generales válidas para el presente. Tras contextualizar la situación de la Monarquía Hispánica y de la comunidad morisca en ese momento histórico, se analiza los fines, modos y medios de los insurgentes así como la reacción por parte de las fuerzas contrainsurgentes en una dura campaña marcada por otros factores como la geografía y el juego geopolítico en el Mediterráneo.


Introducción. La guerra de las Alpujarras en contexto

Para entender la importancia de esta guerra y sus dinámicas internas es preciso situarla en un marco estratégico más amplio. La guerra tuvo lugar durante el reinado de Felipe II, rey de España entre 1556 y 1598. Cuando estalló el conflicto la Monarquía Hispánica abarcaba, además de los reinos de la Península Ibérica (con la excepción de Portugal, que fue incorporado en 1580), el Ducado de Milán, los reinos de Nápoles y Sicilia, el Franco Condado (este de Francia), los Países Bajos, las posesiones españolas en América así como diversos asentamientos en Asia, destacando entre ellos los de las islas Filipinas.

Entorno estratégico de la Monarquía Hispánica

Este inmenso imperio se enfrentaba en el año 1568 a dos serias amenazas estratégicas. Por un lado, una revuelta en los Países Bajos españoles, que comenzó a manifestarse en 1566, en la que convergieron las tradicionales disputas por el poder entre nobles, y entre estos y la monarquía, con las divisiones religiosas entre calvinistas en el norte y católicos en el sur (distribución que en buena medida coinciden con las actuales Holanda y Bélgica). Los Países Bajos constituían una pieza importante en el sistema económico de la Monarquía Hispánica y, a su vez, una baza en el envolvimiento estratégico de Francia –tradicional adversario de España– por el norte, al que se añadían las posesiones españolas en el este (Franco Condado y Milanesado) y el sur (Pirineos, Baleares, Cerdeña y Sicilia). A este interés geoestratégico de los Países Bajos, se sumaba el temor de que el éxito de una rebelión contra la Corona pudiera alentar levantamientos en otras posesiones.[1] En 1567 el grueso del ejército profesional, que tenía sus principales bases en Italia (Tercios de Cerdeña, Sicilia, Nápoles y Lombardía) fue enviado bajo el mando de Fernando Álvarez de Toledo, Duque de Alba, a sofocar la rebelión en Flandes. En julio de 1568 dichas fuerzas derrotaron a las tropas rebeldes comandadas por Luis de Nassau en la batalla de Jemmingen.[2] La Monarquía retomó así el control pero la situación distaba de ser estable, tal como se demostró en los años siguientes.

La otra gran amenaza estratégica era la expansión del imperio otomano en el Mediterráneo Occidental. Desde 1516 el imperio otomano había sometido a diversos reinos del norte de África en las actuales Libia, Argelia y Túnez aprovechando la descomposición política de los reinos musulmanes asentados en aquellos territorios. En la conocida como regencia de Argel, los piratas otomanos y berberiscos amenazaban con incursiones frecuentes la navegación y las poblaciones costeras de los territorios de la Monarquía Hispánica en el Mediterráneo Occidental. La respuesta de la Monarquía Hispánica planteo tres líneas de defensa 1) ocupando desde principios del siglo XVI diversos puertos de la costa africana para negárselos a los corsarios (Melilla, Vélez de la Gomera, Orán, Bugía o La Goleta), 2) manteniendo una potente escuadra de galeras en el Mediterráneo; y 3) mejorando la protección de la costa fortificando las grandes poblaciones costeras, trasladando las pequeñas al interior o a puntos elevados del terreno que facilitaran su defensa, construyendo una red de torres vigía en el litoral, organizando milicias concejiles, etc.[3]

A pesar de ello, la amenaza persistía debido a la proximidad de la costa norteafricana y a la pujanza del propio imperio otomano. En 1565, tres años antes del inicio de la guerra de las Alpujarras los otomanos realizaron una ambiciosa operación contra la isla de Malta, en aquel momento una posesión de la Monarquía Hispánica cedida a la orden de los Caballeros de San Juan. El asedio se prolongó durante cuatro meses y los otomanos fueron finalmente derrotados gracias a la resistencia de los defensores y a la llegada de un socorro bajo mando español de más de 9.000 efectivos enviados desde Sicilia.[4] A pesar de ser rechazados en Malta, los otomanos continuaron siendo una amenaza latente durante el desarrollo de la guerra de las Alpujarras. Además de prestar apoyo a los insurgentes granadinos, en 1570, en mitad de la rebelión alpujarreña, los otomanos arrebataron Chipre a Venecia. Su empuje no se redujo hasta que una coalición cristiana liderada por la Monarquía Hispánica logró derrotar a una gran escuadra otomana en la batalla de Lepanto, en octubre de 1571. El mando supremo de dicha escuadra cristiana recayó en Juan de Austria, hermanastro de Felipe II, y anteriormente responsable de la campaña militar en la guerra de las Alpujarras.

Situación de los moriscos antes la insurgencia

El 2 enero de 1492 el reino de Granada, último reino musulmán de la Península Ibérica, pasó a manos de la Monarquía Hispánica personificada en ese momento en los reyes Isabel y Fernando. En los acuerdos que establecieron los términos de la rendición los monarcas se comprometieron a respetar la fe islámica de sus nuevos súbditos. En paralelo los reyes encargaron a fray Hernando de Talavera, primer arzobispo de Granada, que iniciara una campaña de evangelización pacífica para lograr la conversión de los moradores del reino al cristianismo. Hernando de Talavera realizó un importante esfuerzo de inculturación aprendiendo árabe y traduciendo el catecismo. Mantuvo una actitud dialogante y amistosa con los líderes de la comunidad musulmana, hasta el punto de ser conocido como el alfaquí (‘sabio’ en árabe) santo.[5]

Sin embargo, la labor evangelizadora de Hernando de Talavera apenas logró conversiones. Cuando en 1499 los reyes visitaron Granada se alarmaron al comprobar que gran parte de la población seguía siendo musulmana. Más allá de la cuestión religiosa, la consolidación del poder político seguía pendiente en un momento en que la influencia del pujante imperio otomano se hacía sentir en el Mediterráneo Occidental. En consecuencia, los reyes enviaron a Francisco de Cisneros, Arzobispo de Toledo y consejero de confianza de la reina, con el fin de acelerar las conversiones.[6]

Hernando de Talavera y Cisneros chocaron frontalmente en los métodos. Cisneros intentó la conversión de los líderes musulmanes de Granada combinando incentivos con sanciones.[7] El malestar de la comunidad islámica se tradujo en una sublevación armada en el barrio del Albayzín, principal núcleo musulmán de la ciudad en diciembre de 1499. La revuelta en la ciudad se sofocó sin apenas víctimas gracias a los buenos oficios de Hernando de Talavera.[8] Pero poco después se revelaron las poblaciones musulmanas de las Alpujarras, a las que siguieron otras en la serranía de Ronda y en Sierra Bermeja. Aplacar estas revueltas requirió operaciones militares de envergadura dirigidas por el propio rey Fernando. Una vez sofocadas, en 1502 los reyes concedieron el perdón a cambio de la conversión al cristianismo de todos los musulmanes del reino de Granada o bien su exilio al norte de África, un camino que ya habían seguido numerosos musulmanes tras la caída del reino nazarí en 1492.[9]

Quienes decidieron permanecer pasaron de ser ‘mudéjares’ –musulmanes que vivían como minoría religiosa en los reinos cristianos de la Península Ibérica– a ‘moriscos’, musulmanes conversos al cristianismo o descendientes de estos. Desde el punto de vista socioeconómico los moriscos no se diferenciaban sustancialmente del resto de la población. No hubo confiscación general de propiedades privadas, siguieron con sus oficios, y en general sus nobles y sus élites económicas mantuvieron su estatus privilegiado.

La diferencia principal radicaba en la integración sociocultural. Los moriscos conservaban el árabe, sus vestimentas y costumbres propias, y muchos de ellos practicaban el islam a escondidas al tiempo que participaban en ritos cristianos recurriendo a la disimulación (taqiyya), permitida a los musulmanes en situaciones de persecución o peligro.[10] Al mismo tiempo, algunos moriscos mantenían contacto con los musulmanes andalusíes que habían emigrado al norte de África, incluyendo los corsarios que atacaban con frecuencia las costas españolas. Algunos de ellos prestaban ayuda a las incursiones berberiscas facilitando información o haciendo de guías en golpes de mano que se adentraban en el interior.

Un problema añadido eran los bandoleros musulmanes (conocidos como monfíes) que habitaban en las zonas montañosas y a los que se unían miembros de la comunidad morisca por deudas o tras cometer algún crimen. Los monfíes venían actuando desde la caída del reino islámico de Granada y constituían una forma de resistencia islámica a la conquista cristiana.[11] Como se verá, los monfíes jugaron un papel relevante en el inicio y desarrollo de la guerra.[12]

La esperanza de asimilar los moriscos con el mero paso de las generaciones se demostró vana. El aumento de los asaltos otomanos y berberiscos contra las costas españolas y el temor a una sublevación morisca que retornase al islam el antiguo reino de Granada hizo que el Emperador Carlos V (a la vez Carlos I, rey de España) dictara en 1526 diversas medidas para acelerar la asimilación cultural de los moriscos: prohibición de la vestimenta tradicional –y en particular que las mujeres no se cubriesen la cara–, obligación de mantener abiertas las puertas de las casas los viernes para impedir que las utilizaran como mezquitas, prohibición del rito de boda propio, escolarización de los niños para asegurar su educación cristiana, etc. Eran disposiciones que ya había aprobado la reina Juana (hija de Isabel y Fernando, y madre de Carlos) pero que se aplazaron a ruego de los moriscos. Con Carlos I tampoco llegaron a aplicarse por temor a iniciar una rebelión como la de 1499, quedando suspendidas de manera indefinida.[13] Lo último que necesitaba el Emperador era un nuevo frente militar cuando sus energías se concentraban en combatir a Francia, los luteranos alemanes y la expansión turca en Europa Oriental. A la vez, la comunidad morisca ofreció una importante compensación económica que contribuyó a aliviar las estresadas arcas imperiales. La integración sociocultural de los moriscos quedó pendiente de resolver.

El problema se reabrió en 1566. Por un lado, se estaban aplicando las medidas de la reforma católica emanadas del Concilio de Trento (finalizado en 1563). El sínodo provincial en Granada reiteró la necesidad de asimilar culturalmente a los moriscos, obligándoles a abandonar la herencia arabo-musulmana. La comunidad morisca suponía una anomalía religiosa pues, aunque eran oficialmente cristianos, la fe y ritos de muchos de ellos continuaban siendo islámicos.[14] En general se les veía como gentes que no querían integrarse o, peor aún, como informadores y colaboradores de los enemigos de la Corona. La connivencia de algunos moriscos con las acciones de los corsarios otomanos y berberiscos ponía en entredicho su lealtad, por lo que se les prohibió residir en poblaciones costeras. En 1563 se les vetó la posesión de armas de fuego (en 1553 ya se había obligado su registro pues algunos las pasaban a los monfíes, pero no había resultado eficaz).[15] Y en 1567 se requisaron los arcabuces y ballestas a aquellos pocos que contaban con licencia.[16] Asimismo, la red de pequeños destacamentos para defensa de la costa incluía como propósito evitar los contactos entre moriscos e incursiones del norte de África.

En el inicio de la crisis tuvo que ver el cambio de responsables políticos de la ciudad de Granada. El nuevo corregidor, Pedro de Deza, y el arzobispo, Pedro Guerrero, retomaron la idea de las medidas aplazadas por Carlos V. A ellos se opusieron figuras destacadas de la comunidad morisca, como Francisco Núñez Muley, miembro de la nobleza y con buenas conexiones en la corte de Felipe II. En una refutación escrita presentaba las diferencias culturales moriscas como signos identitarios que no desafiaban la lealtad a la Corona. Los moriscos también contaron con el respaldo de Íñigo López de Mendoza, marqués de Mondéjar, cuya familia había ostentado la autoridad militar de Granada desde los reyes Isabel y Fernando. El marqués de Mondéjar tenía una relación estrecha con la comunidad de morisca, apostaba por la coexistencia pacífica y era consciente de que imponer medidas de asimilación podía provocar un conflicto civil a gran escala. De hecho, el frágil equilibrio del reino de Granada se había mantenido durante décadas gracias a la mediación e interlocución de representantes de ambas comunidades, que habían minimizado los choques de convivencia y los abusos contra los moriscos.[17]

Los partidarios de la línea dura consiguieron que Felipe II retomara las medidas que su padre no había llegado a aplicar. El 1 de enero de 1567 la Corona promulgó la pragmática de asimilación de los moriscos, dando un plazo de un año para su cumplimiento.[18] Sin embargo, una medida tan potencialmente desestabilizadora no fue acompañada de un fortalecimiento de los medios coercitivos, sino solo de una mayor alerta de las fuerzas de orden presentes en la ciudad.[19] Consciente de ello el marqués de Mondéjar, responsable militar del Reino de Granada, pidió un incremento de efectivos con los que disuadir y sofocar una eventual rebelión. Su petición no fue atendida ya que se estimó que los moriscos no disponían de armas de fuego, adiestramiento militar, ni posibilidad de hacerse con puntos fuertes.[20] Para su defensa, el reino de Granada solo contaba con milicias concejiles, huestes nobiliarias y los pequeños destacamentos de la costa, que en 1567 fueron reforzados con apenas trescientos soldados. Como ya se ha señalado, el grueso del ejército de la Monarquía Hispánica tenía sus bases en Italia –desde donde combatían la expansión otomana y berberisca en el Mediterráneo– y gran parte de él se encontraba desplegado en aquellos momentos en Flandes. Las fuerzas presentes en Granada y en el reino vecino de Murcia podían hacer frente a incursiones limitadas del norte de África pero no estaban en absoluto preparadas para neutralizar una insurrección morisca a gran escala.[21] No existía un plan de contingencia para este escenario.

Durante los meses posteriores los líderes moriscos de Granada intentaron negociar una nueva moratoria pero chocaron con la determinación de las autoridades civiles y religiosas de la ciudad.[22] En paralelo comenzó a fraguarse una rebelión en el seno de la comunidad morisca, al tiempo que se intensificó la actividad violenta de los monfíes, degradándose la seguridad en el reino de Granada a lo largo de 1568.[23] En la primavera de ese mismo año hubo un primer complot para tomar el control de la ciudad de Granada el día del Jueves Santo, aprovechando que los cristianos estarían descuidados con la fiesta. Sin embargo, se suspendió al filtrarse la información y reforzarse la seguridad.[24]

Al mismo tiempo, los conspiradores aprovecharon una cofradía y hospital cristiano compuesto por moriscos para recorrer las distintas poblaciones bajo el pretexto de pedir limosna. Gracias a ellos confeccionaron una especie de censo de hombres en disposición de tomar las armas, establecieron contactos y planificaron en detalle la revuelta.[25] En diciembre de 1568 los cabecillas de la revuelta eligieron como líder a Fernando de Válor y Córdoba, un noble morisco miembro de la Cancillería (gobierno local) de la ciudad de Granada. Los reyes Isabel y Fernando habían reconocido los privilegios de sus antepasados tras la conquista del reino.[26] Fernando de Válor cambió su nombre por Muhammad ibn Umayya (más conocido como Aben Umeya). Su familia decía provenir de los califas Omeyas, por lo que su designación aludía también a la restauración del califato en la Península. Fue coronado en secreto nuevo monarca del reino musulmán de Granada en el barrio del Albayzín de Granada el 25 de diciembre de 1568.

Fernando de Válor, más conocido como Aben Umeya. Fuente: Grabado de la novela Los Monfíes de las Alpujarras (1859) de Manuel Fernández y González

Se fijó como fecha de inicio de la sublevación general el 1 de enero, aniversario de la entrada de los cristianos en la ciudad.[27] La conspiración pretendía levantar el barrio del Albayzín (situado en una colina en el corazón de la ciudad) y a la vez dar un golpe de mano contra la fortaleza militar de la Alhambra (situada en otra colina) para desde allí ocupar el resto de la ciudad y extender la rebelión a las poblaciones de mayoría morisca de los territorios vecinos. Sin embargo, el asesinato de unos cristianos en el interior de la Alpujarra el 23 de diciembre desencadenó los acontecimientos antes de lo previsto.[28]

Análisis estratégico de la insurgencia

A continuación se exponen las líneas principales del conflicto armado siguiendo un esquema de fines-medios-modos en el caso de los insurgentes que irá seguido de un epígrafe posterior sobre la respuesta política y militar de la Monarquía Hispánica. Las principales fuentes utilizadas son las tres crónicas sobre la guerra de Luis De Mármol Carvajal, Diego Hurtado de Mendoza y Ginés Pérez De Hita. Se prestará especial atención a la primera. Luis De Mármol fue testigo principal de los hechos y en su obra ofrece un relato sumamente detallado de los orígenes y desarrollo de la rebelión. Aunque tomó parte activa en la guerra, ofrece una visión ecuánime, sin edulcorar los errores cometidos por las fuerzas cristianas que agravaron y prolongaron del conflicto. La crónica de Luis de Mármol es considerada la mejor fuente sobre la guerra por la historiografía contemporánea.[29]

Fines de los insurgentes

La insurgencia no estaba unificada al comienzo de la revuelta, tampoco en sus objetivos. El sector moderado aspiraba a la suspensión del decreto real mediante una revuelta pero sin que esta significase una ruptura completa con la Corona. En él había miembros de la antigua nobleza musulmana que seguían ocupando un estatus privilegiado en la sociedad española. Por otro lado, el ala radical, que rápidamente se hizo con el control de la insurgencia, aspiraba a la independencia política y reinstauración de un reino musulmán en Granada. Desde el punto de vista territorial, el reino de Granada no se limitaba a la ciudad y a sus poblaciones vecinas, sino que abarcaba gran parte del Sudeste de la actual España (mapa 1). Su cercanía geográfica con el norte de África facilitaba la conexión con los reinos musulmanes de la otra ribera del Mediterráneo. Por razones prácticas, los insurgentes asumían que el nuevo reino sería vasallo del imperio otomano y de la regencia de Argel a cambio de protección.

Territorio del antiguo reino de Granada

Medios de los insurgentes

Los insurgentes movilizaron una parte sustancial de la población morisca en el ámbito rural del reino de Granada, en particular a la asentada en las poblaciones de las zonas montañosas (Sierra Nevada, Sierra de Baza, Sierra María) y de los valles circundantes. Los moriscos del barrio del Albayzín en Granada –aproximadamente unas 10.000 personas– no se sumaron a la revuelta por su precipitado adelanto y la rápida reacción de la guarnición de la ciudad.[30] Por el mismo motivo tampoco lo hicieron la mayor parte de los habitantes de la vega de Granada, ni del valle de Lecrín que comunica Granada con la costa. La mayoría de la población morisca cercana al mar abandonó los pueblos para unirse a los alzados en las Alpujarras. Los insurgentes tampoco lograron hacerse con la ciudad de Almería al fracasar el complot planeado.[31]

Al inicio de la rebelión los insurgentes apenas contaban con entre 3.000-4.000 combatientes. Entre ellos, los miembros de las milicias moriscas de las localidades de cierta entidad (llamados ‘gandules’) y varios cientos de monfíes contaban con cierto adiestramiento militar, en especial los últimos en golpes de mano y combate en las montañas. El resto era en su mayoría población rural sin formación ni experiencia militar. A lo largo de la guerra la cifra se incrementó hasta alcanzar aproximadamente los 16.000 efectivos, debido principalmente a dos factores. En primer lugar la progresiva extensión de la rebelión que amplió la base demográfica de la insurgencia, así como el inicio una incipiente administración supeditada a un consejo de gobierno con capital en Ugíjar, en plena Alpujarra. El nuevo rey musulmán, Aben Umeya, nombró una red de cuadros religiosos, civiles y militares para gobernar los territorios sublevados. También estableció alianzas matrimoniales con las principales familias de las regiones alzadas, mediante tres casamientos consecutivos. No obstante, su mandato fue breve y su poder efectivo tenue, muriendo asesinado en octubre de 1569 por su mal gobierno y el temor a que pactase la rendición con los cristianos. Le sucedió su primo Diego López ‘Aben Aboo’, apoyado por el ala radical de la insurgencia.[32]

En segundo lugar, el incremento de las fuerzas insurgentes se explica por la llegada de combatientes de distinta procedencia. Luis De Mármol habla literalmente de ‘muxehedines’ (muyahidines) llegados del norte África que combatían con “guirnaldas de flores en la cabeza que habían jurado vencer o morir […] que no temen a la muerte, con vana esperanza de gloria eterna, se meten en grandes peligros para la vida”.[33] Este tipo de combatientes constituían una suerte de voluntarios extranjeros que combatían el yihad allí donde este se presentase.[34] No es por tanto arriesgado considerarlos un precedente de los muyahidín extranjeros que combatieron en Afganistán contra los soviéticos en la década de 1980 y que más tarde han estado presentes en otros en la década de 1990 (Bosnia y Chechenia), en Irak tras la invasión de 2003 y hasta hace poco en el conflicto de Siria.

También participaron piratas berberiscos que en algunos casos se unieron a los insurgentes y que en otros, según las fuentes, aprovecharon la contienda para saquear a los propios moriscos.[35] La regencia de Argel sacó de las cárceles a los presos musulmanes dispuestos a combatir a favor de los moriscos.[36] También, participaron fuerzas regulares otomanas capitaneadas por sus propios oficiales. Dichas fuerzas, de entidad reducida, se integraron en la jerarquía insurgente, muy cercanas al rey Aben Aboo, e influyeron en el rechazo de las ofertas cristianas de rendición y en la prolongación del conflicto.[37] A pesar de su reducido tamaño actuaron como un multiplicador de fuerza.

En cuanto al armamento, inicialmente los insurgentes contaron con un arsenal pobre que poco a poco mejoraron gracias a las armas capturadas cristianas o incluso compradas a miembros de las milicias cristianas.[38] También jugaron un papel importante los envíos de armas desde el norte de África, vendidos o suministrados desde la regencia de Argel, por las diásporas de musulmanes del antiguo reino musulmán de Granada o bien adquiridas a mercaderes de Tánger y Tetuán, lugar este último donde se intercambiaba un cristiano cautivo vendido como esclavo por un arcabuz.[39]

En el momento de mayor apogeo el ejército morisco llegó a contar con ocho mil arcabuceros. Las armas de fuego –en especial el arcabuz– desempeñaron un papel crucial por el carácter abrupto del terreno.[40] No obstante, una gran carencia de los insurgentes fue la artillería. Aunque excepcionalmente lograron hacerse con algunas piezas, la falta de cañones les impidió asaltar las fortificaciones cristianas, dificultando así la ocupación de ciertos puntos clave en la costa y de poblaciones amuralladas del interior.[41] El sostenimiento de la guerra fue posible gracias a la extracción de recursos del territorio controlado. Las zonas montañosas incluían valles fértiles que permitieron mantener la población; y a ello se añadió el saqueo del oro y la plata de las iglesias, de las propiedades cristianas, y de algunos moriscos adinerados que no quisieron unirse a la rebelión, incluida la venta de centenares de mujeres y niños cristianos cautivos en los mercados de esclavos del norte de África.[42]

Por último, la geografía fue un factor que los insurgentes supieron aprovechar. La rebelión tuvo su centro en el interior las Alpujarras. Es una región que se prolonga aproximadamente 90 kilómetros de este a oeste en una serie de valles y barrancos rodeada de sierras al norte (Sierra Nevada, con alturas superiores a los 3.000 metros) y al sur, en este último caso descendiendo hacia el Mediterráneo.

Vista satélite del teatro de operaciones insurgente donde se observa el carácter accidentado del terreno

Este teatro de operaciones, que al comienzo de la insurgencia no contaba con ninguna guarnición permanente de entidad (las fuerzas estaban desplegadas en Granada y en pequeños destacamentos costeros contra las incursiones piratas), proporcionó refugio a los sublevados y dificultó en extremo las operaciones militares de contrainsurgencia, no sólo por la dificultad de progresar con un ejército numeroso sino sobre todo por la vulnerabilidad a la que estaban sometidas las líneas de suministros en una región que favorecía las emboscadas y donde los insurgentes conocían bien el terreno. A ello se añadió el hecho de que la rebelión se inició en pleno invierno, con lluvias y nevadas que hicieron aún más difícil el avance y sostenimiento de las tropas cristianas.

Modos de los insurgentes

Los insurgentes desarrollaron tres grandes líneas de actuación estratégica: movilización del conjunto de la población morisca; acciones armadas para expandir y mantener el control del territorio sublevado; y búsqueda de apoyos externos, particularmente del imperio otomano.

La movilización de la población morisca se apoyaba en el carácter fuertemente identitario del conflicto, y encontró eco en los distintos estratos sociales de dicha comunidad. Si bien, los moriscos de la ciudad de Granada no se unieron en bloque a la rebelión, sí hubo un trasiego continuo de individuos que desde poblaciones no alzadas se unían a los insurgentes, prestaban ayuda material o pasaban información sobre los preparativos militares. La guarnición militar de Granada y el carácter suicida de una rebelión en el barrio del Albayzín –que sólo habría tenido éxito de haber dado un golpe sorpresa, tal como habían planeado inicialmente los insurgentes– disuadieron a la población morisca favorable a la rebelión.[43]

En paralelo las crónicas dejan constancia de numerosos moriscos –también de distintos estratos sociales, y tanto del campo como de la ciudad– que por distintas razones, bien por considerarla una causa perdida o simplemente por el deseo de vivir en paz, prefirieron mantenerse al margen de la insurgencia.[44] Eso explica que en algunos casos los insurgentes maltratasen y se llevaran obligados a moriscos de poblaciones asaltadas. En otras ocasiones los rebeldes mataron y confiscaron las propiedades de moriscos que no quisieron alzarse, siguiendo una de las primeras órdenes que impartió Aben Umeya al tomar el control de la Alpujarra.[45] Esta tensión estuvo presente en el seno de la insurgencia durante todo el conflicto. Nada más comenzar las matanzas de cristianos en los pueblos alzados de las Alpujarras y constatarse el carácter extremadamente radical de la insurrección hubo miembros de la aristocracia morisca que abogaron por la rendición a cambio del perdón real. Uno de los más destacados fue Hernando El Zaguer, suegro de Aben Umeya, que acabaría siendo asesinado por los contrarios a la negociación.[46] A lo largo de la rebelión hubo diversas purgas contra quienes deseaban negociar, hasta que perdida la esperanza de victoria, durante la primera mitad de 1570, la mayoría de los insurgentes acabaron aceptando las ofertas de rendición. Por su parte, el ala radical capitaneó la insurgencia desde un primer momento y protagonizó la última resistencia hasta ser aniquilada en la segunda mitad de 1570 y comienzos de 1571.

Lógicamente la fase crítica de la movilización tuvo lugar al inicio, cuando el éxito era una incógnita envuelta en peligro. Para vencer la resistencia, los insurgentes articularon una causa atractiva con los siguientes elementos: agravio por las medidas de asimilación forzada, difusión de profecías religiosas que anunciaban la liberación de los musulmanes de Granada,[47] y una lógica racional sobre las posibilidades de alcanzar la victoria valorando la sobre-extensión de la Monarquía Hispánica con la revuelta en Flandes y la pujanza militar del imperio otomano.[48] Todo ello se enmarcaba en un proyecto político-identitario-religioso común: reinstauración de una entidad política islámica independiente. Conviene recordar que en 1568 apenas quedaban testigos de la conquista del reino de Granada (año 1492) o de la posterior revuelta mudéjar (1499-1501), y que la inmensa mayoría de los moriscos habían sido bautizados con nombres cristianos nada más nacer. Pero aun así la insurgencia se consolidó. En menos de una semana ciento ochenta poblaciones se habían unido a la rebelión.

A esto también contribuyeron dos tácticas empleadas por líderes rebeldes. Por un lado, lo que a día de hoy se denominarían ‘noticias falsas’: los cabecillas anunciaron por los pueblos de las Alpujarras que el barrio del Albayzín se había alzado y que habían tomado el control de la fortaleza de la Alhambra.[49] En segundo lugar, instigaron la matanza sistemática de los cristianos de los pueblos de las Alpujarras (donde no había guarniciones militares permanentes), que siguió un patrón común en diversas poblaciones: algunos moriscos comienzan a asaltar casas de cristianos matando a sus moradores, el resto de cristianos se refugia en la torre de la iglesia –único recinto fortificado del pueblo–, los moriscos saquean la iglesia y asedian o prenden fuego a la torre. En algunos casos ofrecen rendición y escolta para que abandonen el pueblo, y a continuación traicionan la promesa y matan a los hombres y esclavizan a las mujeres y niños.[50] Solo en algunos casos excepcionales algunos moriscos ayudaron a salvar a amigos o vecinos cristianos.[51] La tortura y masacre de cristianos –con particular ensañamiento sobre clérigos y funcionarios civiles– fue espoleada por una partida de doscientos monfíes liderados por Aben Farax, un señor de la guerra débilmente subordinado a Aben Umeya –se había postulado también a ostentar la corona–, que recorrió la Alpujarra en los primeros días del levantamiento.[52] Entre otras motivaciones, cabe pensar que había un elemento estratégico en esas matanzas y torturas: cruzar la línea de no retorno. Después de aquello, la respuesta de las autoridades cristianas sería colectiva e implacable. Sólo quedaba la victoria o sufrir un castigo ejemplar.

Las acciones armadas para expandir y mantener el control del territorio sublevado combinaron lo que a día de hoy se llamaría combate convencional y asimétrico. En el combate convencional los insurgentes lograron desplegar miles de combatientes, en algunos casos como el de Vera y Oria, con asedios en toda regla a poblaciones cristianas fortificadas.[53] También desplegaron formaciones compactas en batallas tanto en el corazón de las Alpujarras como fuera de las montañas, en campo abierto.[54] Sin embargo, en todas esas grandes operaciones los insurgentes acabaron siendo derrotados por unas fuerzas cristianas mejor entrenadas y armadas para el combate convencional. Por ejemplo, en junio de 1569 Aben Umeya intentó destruir el ejército del Marqués de los Vélez en Berja con una fuerza de unos 4.500 moriscos a la que se sumaban unos 400 berberiscos y otomanos pero acabó sufriendo una sangrienta derrota.[55]

La gran ventaja de los rebeldes fue su competencia en el combate asimétrico, mediante emboscadas y golpes de mano contra líneas de suministros y pequeños destacamentos que guardaban las rutas, y contra poblaciones no amuralladas con ninguna o muy reducida guarnición.[56] A lo largo de los años 1569-1570, periodo principal de la insurgencia, se sucedieron centenares de acciones de ese tipo de las que las crónicas dan cuenta pormenorizadas. Una de las más exitosas fue una emboscada contra una columna de bagajes y heridos escoltada por el marqués de la Favara en abril de 1570 en el puerto de montaña de la Ragua (Sierra Nevada) donde los insurgentes mataron a 800 cristianos.[57]

Principales focos de la insurgencia

Fuente: Álvaro Bermúdez Caballero, “La guerra de Granada (II), 1569-1571”, Rea Silva.

La tercera línea de acción estratégica consistió en la búsqueda de apoyos externos. Desde el comienzo, los insurgentes sabían que no había posibilidad de victoria frente a la Monarquía Hispánica si no recibían apoyo desde el norte de África y el imperio otomano. La lucha armada pretendía ganar tiempo y controlar el máximo de territorio hasta que llegase un apoyo sustancial desde Argel o Estambul. Los líderes rebeldes desplegaron una importante actividad diplomática dirigida en especial a la regencia de Argel, al reino de Fez y a la corte del Sultán Selim II. Tanto Aben Umeya como después Aben Aboo apelaron en sus cartas a la solidaridad islámica y de manera explícita a la conciencia del sultán y al juicio negativo de la divinidad si este no atendía la llamada al yihad para liberar la tierra del antiguo Al Andalus.[58] En paralelo, los insurgentes trataron de hacerse sin éxito con un puerto seguro que permitiera el suministro a gran escala de ayuda exterior: en particular con el asedio fallido de Vera (Almería) en septiembre de 1569.[59] En su lugar, tuvieron que contentarse con la que llegaba a través de Castell de Ferro (en la costa de Granada) y con numerosas descargas clandestinas en las playas.[60] La ausencia de una salida permanente al mar fue una de las grandes debilidades estratégicas de los insurgentes.

Y a ello hay que añadir un interés moderado del imperio otomano y de la regencia de Argel. El Sultán Selim II estaba centrado en arrebatar Chipre a los venecianos.[61] En julio de 1570 una gran flota y ejército otomano (unos 350 buques y 60.000 combatientes) desembarcaron en la isla completando su conquista en apenas dos meses.[62] Por tanto, la ayuda de los otomanos prestaron a la rebelión morisca fue relativamente limitada y tuvo como principal objetivo –además del propagandístico, reforzando su imagen de líder del islam en el Mediterráneo– prolongar el conflicto. El objetivo principal era desgastar a la Monarquía Hispánica y distraer su atención de la operación contra Chipre; no consolidar una cabeza de playa para conquistar España. El sultán ejercía su influencia sobre los insurgentes granadinos mediante cuatro otomanos presentes en el consejo de gobierno de Aben Aboo, dos como asesores y otros dos embajadores, que respaldaban al ala dura contraria a la rendición. En cuanto a los piratas berberiscos vasallos del sultán, su interés era por lo general más interesado e inmediato: captura de bienes y personas, no empresas costosas tierra adentro.[63] Por último, el Beylerbey de Argel, Uluj Alí, vasallo también del sultán, aprovechó la distracción de la Monarquía Hispánica para expandir sus dominios atacando al reino musulmán de Túnez, protegido de los españoles, que conquistó a principios de 1570.[64] Esta falta de alineamiento estratégico entre insurgentes y fuentes de apoyo externo es otro factor clave a la hora de explicar el fracaso de la rebelión.

Desarrollo de la guerra de las Alpujarras (1569-1570)

Un análisis detallado del conflicto excede los límites de este trabajo. En su lugar se presentan las líneas maestras del desarrollo de la insurgencia y contrainsurgencia. La guerra tuvo un carácter en cierto modo pendular, con la iniciativa desplazándose sucesivamente a favor de uno u otro de los contendientes. En un esfuerzo de síntesis se pueden distinguir tres grandes fases:

Reacción rápida contrainsurgente y fracaso parcial de la rebelión (enero –marzo de 1569)

La reacción contrainsurgente se inició nada más propagarse la rebelión en la región montañosa de las Alpujarras durante los últimos días de 1568. Dicha reacción se articuló en tres líneas de actuación:

  1. Asegurar el control de las dos principales ciudades en la zona amenazada, Granada y Almería. La primera de ellas tenía un importante valor simbólico por haber sido la capital del último reino musulmán en la Península Ibérica; de ahí que los insurgentes planearan apoderarse de ella como primer paso de la rebelión.[65] La segunda, Almería, había sido otra de las ciudades principales del último reino musulmán y además disponía de puerto, esencial para recibir la ayuda exterior.[66] Los insurgentes habían urdido una trampa para hacerse con Almería que también fracasó.[67] No obstante, el control de ambas ciudades por la Monarquía era inicialmente precario debido a la escasez de tropas profesionales, al elevado número de moriscos que residían en ellas y a que muchos pueblos de alrededor se habían alzado, estando así los insurgentes a menos de un día de camino de ambos núcleos urbanos. Durante las primeras semanas las dos poblaciones se reforzaron movilizando sus propias milicias concejiles y convocando a las milicias concejiles de pueblos y ciudades vecinas al antiguo reino de Granada (principalmente de Jaén, Córdoba, Murcia).[68]
  2. Contener la extensión de la rebelión en las áreas próximas a las Alpujarras, en particular las poblaciones de la costa y los accesos marítimos. En la zona de Almería dicha tarea recayó sobre las huestes señoriales y milicias concejiles lideradas por el Marqués de los Vélez provenientes del reino de Murcia que entraron en acción el 1 de enero; aproximadamente unos cuatrocientos jinetes y seis mil infantes.[69] Con ello también trataban de impedir la extensión de la revuelta a los moriscos de Murcia y Valencia.[70] Durante el mes siguiente estas fuerzas derrotaron a los insurgentes deshaciendo al ejército rebelde en la zona de Almería. Desde la base naval de Cartagena (en Murcia) –que acogía a parte de la escuadra de galeras, bajo el mando de Gil de Andrada– se enviaron suministros y refuerzos a poblaciones costeras de Almería y Granada.[71] Asimismo las galeras comenzaron a patrullar la zona para dificultar la llegada de socorro a los insurgentes. También se trajeron galeras desde Italia bajo el mando de Luis de Requesens que, además de transportar compañías de los Tercios, permanecieron patrullando las aguas limítrofes. Pero esto planteaba a su vez otro problema estratégico a la Monarquía Hispánica. Se sabía que los otomanos estaban preparando una gran armada y con anterioridad, en octubre de 1568 don Juan de Zúñiga y Requesens, virrey de Nápoles, había pedido más tropas españolas para cubrir el hueco dejado por las que habían marchado a Flandes.[72]
  3. Sofocar el núcleo insurgente en el corazón de las Alpujarras marchando contra él desde Granada. El 3 de enero, apenas una semana después de estallar la revuelta, el marqués de Mondéjar dejó a su hijo, el conde de Tendilla, al mando de Granada y partió con una fuerza improvisada de dos mil efectivos para controlar los pueblos del valle de Lecrín –a mitad de camino entre Granada y la costa.[73] Una vez asegurados, el día 9 de enero inició el avance sobre las Alpujarras, comenzando por el pueblo de Lanjarón, puerta de las Alpujarras desde el oeste.[74] De allí pasó a Órgiva, donde liberó a un grupo de cristianos que resistían en una torre fortificada, y siguió recorriendo las Alpujarras hasta llegar al extremo oriental.[75] Los insurgentes no fueron capaces de impedir el avance de la columna de Mondéjar. Evitaron una batalla de encuentro y no lograron emboscar a las fuerzas cristianas ya que estas avanzaban en buen orden y con fuerzas de flanqueo, por lo que las escaramuzas que se libraban en el exterior de su despliegue eran poco eficaces.[76] La mayor vulnerabilidad de los cristianos eran las extensas líneas de suministro que se veían obligadas a discurrir por caminos previsibles y aptos para las emboscadas, así como las guarniciones aisladas que los protegían. De este modo el cordón umbilical que unía la fuerza cristiana internada en las Alpujarras con la vega de Granada sufrió numerosos ataques de insurgentes que conocían y sabían operar en el terreno agreste de las Alpujarras y del valle de Lecrín.[77] No obstante, esas acciones no quebraron logísticamente a la fuerza de Mondéjar aunque sí ralentizaron su avance y mermaron su operatividad.

La rápida reacción contrainsurgente logró contener la extensión de la rebelión y en pocas de semanas plantó una fuerza en el interior de las Alpujarras, santuario inicial de la insurgencia. A consecuencia de ello, numerosos moriscos, incluyendo dirigentes del ala moderada como Hernando El Zaguer, suegro del Aben Umeya a quien este había nombrado capitán general, acogieron la oferta de rendición del marqués de Mondéjar y negociaron su entrega.[78] La insurgencia islámica parecía tener sus días contados.

Sin embargo, hubo dos factores que arruinaron el éxito inicial contrainsurgente:

  1. División política sobre el estado final de la estrategia contrainsurgente: cuál sería el futuro de los moriscos en general y de los insurgentes rendidos.[79] Mondéjar se decantaba por un fin negociado. No era una actitud apaciguadora pues Mondéjar sabía que los insurgentes podían utilizar las negociaciones para ganar tiempo hasta que llegase ayuda exterior. Por eso continuaba el avance militar en las Alpujarras a la vez que mantenía abierta la puerta a la rendición.[80] Pero la visión de Mondéjar no era compartida por el resto de las autoridades de Granada, ni por el marqués de los Vélez –que aplicó una política mucho más dura en Almería–, ni finalmente por la Corte de Felipe II.[81] A las diferencias de visión estratégica se unían las rencillas personales entre ambos comandantes que se volvieron aún más complejas conforme fueron llegando nuevos responsables de la nobleza, con distintos y antiguos agravios familiares y personales.[82] En el mes de abril de 1569 Mondéjar fue relevado del mando de la fuerza desplegada en las Alpujarras y llamado a Granada para actuar de asesor de Juan de Austria, quien tomó el control de las operaciones con una política orientada a la supresión militar de la insurgencia.[83]
  2. Abusos de las milicias concejiles contra los moriscos no insurgentes y contra los rendidos. El grueso del ejército permanente de la Monarquía Hispánica tenía sus bases en Italia y gran parte de él se encontraba desplegado en Flandes con el duque de Alba. La respuesta contrainsurgente recayó mayoritariamente en milicias concejiles, con experiencia y adiestramiento limitado, y sobre todo mal sostenidas logísticamente, deficientemente pagadas y no habituadas a la disciplina militar. Este factor, combinado con los anteriores –la falta de unidad en la estrategia contrainsurgente y la idea generalizada de que todos los moriscos, se hubieran alzado o no, merecían castigo por las atrocidades cometidas– creó una mezcla explosiva. Las milicias empezaron a esclavizar moriscos –práctica aceptada con cautivos de guerra no cristianos–, a saquear sus propiedades, y a desertar, retornando a sus lugares de procedencia con el botín obtenido.[84] Esto se dio tanto entre las tropas desplegadas en el interior de las Alpujarras tras la marcha obligada del marqués de Mondéjar a Granada, como en las fuerzas acantonadas para proteger a los pueblos moriscos no rebelados de incursiones insurgentes, y sobre todo entre las tropas del marqués de Vélez en Almería.[85]

Reactivación de la insurgencia (abril – noviembre de 1569)

La ausencia de una política unificada, los abusos contra los moriscos no rebelados y los recién rendidos, y el debilitamiento de las fuerzas contrainsurgentes como consecuencia de las deserciones masivas y de varias emboscadas efectivas contra partidas de saqueo que se saldaron en la muerte de cientos de soldados y en la captura de sus armas, generó una ventana de oportunidad favorable a los insurgentes y un recrudecimiento del conflicto desde abril de 1569.[86]

Los insurgentes se hicieron de nuevo con el control de gran parte de las Alpujarras y extendieron la rebelión las regiones vecinas. Por el oeste en la Sierra de Bentomiz (Málaga) y por el este a lo largo del valle del Almanzora (interior de Almería) donde sublevaron a la mayor parte de las poblaciones moriscas.[87] Fue en este periodo cuando alcanzaron el mayor número de efectivos gracias al reclutamiento de miles de moriscos autóctonos, de los combatientes extranjeros y de las fuerzas aliadas de Berbería y el imperio otomano. Sintiéndose fuertes, intentaron conquistar la ciudad de Almería –fracasando–, asediar la población de Oria en la frontera con Murcia –lo que obligó a movilizar otra vez las milicias murcianas para socorrerla con éxito– y presentaron batalla campal contra el ejército del marqués de los Vélez en Berja (Almería) en junio de 1569.[88] Pero a pesar de emplear formaciones militares complejas –en escuadrones y con mangas de arcabuceros– el ejército morisco fue de nuevo derrotado en los enfrentamientos convencionales.

Durante esta segunda fase la respuesta contrainsurgente desarrolló dos líneas de actuación:

  1. Una campaña de contención bajo el mando del marqués de los Vélez y de resultados inconclusos. Su ejército fue reforzado con diez compañías traídas desde el Tercio de Nápoles (más una compañía del Tercio de Milán y otra del Tercio del Piamonte), a las que se añadieron tropas reclutadas en la Península.[89] En total doce mil infantes y setecientos jinetes. Frenó los avances de los insurgentes en el valle del Almanzora pero sin recuperar el control de todas las poblaciones. A continuación se internó en las Alpujarras desde el este donde dispersó a los insurgentes sin derrotarlos, ya que sólo ofrecieron batalla cerca del pueblo de Válor, en mitad de la serranía, en agosto de 1569.[90] Con problemas de sostenimiento logístico y nuevas deserciones hubo de retirarse a La Calahorra –al pie de Sierra Nevada– dejando las Alpujarras en manos de los rebeldes.[91] El modo de plantear esta operación recibió las críticas de Rodrigo de Benavides, militar veterano natural de Guadix: “en esta tierra tan áspera no se puede entrar con doce mil hombres en un solo ejército, pues no se maniobra bien y no se puede abastecer. Por eso se le han ido ya tres mil hombres. Esta guerra es muy diferente de todas las que se han visto y se ha de proceder en ella de distinto modo”.[92]
  2. Preparación de una fuerza profesional para llevar a cabo una campaña contrainsurgente sistemática y decisiva. En paralelo a la campaña de contención de Vélez, durante la primavera y el otoño de 1569 se fue preparando en la ciudad de Granada una nueva fuerza bajo la supervisión de Juan de Austria. Entre las medidas adoptadas destacan: 1) la creación de tres nuevos Tercios (bajo el mando respectivamente de Antonio Moreno, Hernando de Oruña y Francisco de Mendoza, todos militares experimentados) donde se encuadró en una estructura militar profesional a los miembros de las milicias concejiles, equiparando su sueldo al de las tropas profesionales traídas de los Tercios de Italia; 2) mejora del sistema logístico para garantizar el sostenimiento de las nuevas operaciones; y 3) profesionalización de la estructura de mando en las diversas guarniciones mediante nombramientos de oficiales veteranos.[93]

D. Juan de Austria

A la vez, la denominación del conflicto pasó de ‘castigo de rebelión’ a ‘guerra’, con consecuencias jurídicas. Se había evitado el término ‘guerra’ para no legitimar a los insurgentes (reino contra reino), pero por la magnitud del conflicto y la necesidad de motivar a las tropas se publicó un bando de guerra a ‘fuego y sangre’, otorgando ‘campo franco’ a los milicianos encuadrados en las compañías del ejército regular, liberando de impuestos (el quinto real) el botín que obtuviesen.[94] Por último, con el fin de asegurar la ciudad de Granada se desplazó a toda la población morisca de la capital dispersándola en el interior de Castilla.[95] Esta medida ya se había barajado al inicio de la rebelión pues las autoridades sabían que la población del Albayzín mantenía un contacto continuo con los insurgentes pero se retrasó por falta de fuerzas en la ciudad que garantizasen la seguridad del proceso.[96]

Los insurgentes mantuvieron la iniciativa durante los meses de preparativos en Granada. Con la fuerza del marqués de los Vélez paralizada en La Calahorra, a comienzos del otoño de 1569 los moriscos llevaron a cabo nuevas incursiones en el norte de la provincia de Granada, en los límites con los reinos de Jaén y Murcia, y nuevamente intentaron apoderarse de un puerto asediando sin éxito la localidad de Vera (en Almería).[97] El asesinato de Aben Umeya, que tuvo lugar en aquellas fechas, y su sucesión por Aben Aboo redobló el empuje de los insurgentes.[98] En noviembre de 1569 lanzaron una ofensiva contra la avanzada cristiana en la Alpujarra occidental –desplegada allí desde la reacción inicial del marqués de Mondéjar– y obligaron a la evacuación de Órgiva y Lanjarón, derrotando a su vez el socorro cristiano comandado por el duque de Sessa.[99]

Reacción sistemática contrainsurgente y fin de la rebelión (diciembre de 1569 – noviembre de 1570)

Cuando se inició esta última fase del conflicto, los insurgentes habían alcanzado su número máximo de efectivos, unos 16.000 combatientes. Un enemigo respetable y en posesión de un terreno difícil. Pero sin apoyo exterior de importancia, y frente a la maquinaria militar de la Monarquía Hispánica lista ya para una campaña sistemática, el destino de los insurgentes estaba sellado. En esta tercera fase se pueden distinguir tres grandes líneas de actuación:

  1. Entre diciembre de 1569 y abril de 1570 el ejército liderado por Juan de Austria recuperó el control de las poblaciones del norte de Granada y Almería una a una, plantándose ante la vertiente oriental de las Alpujarras. La campaña incluyó asedios en fuerza como el de Galera, con una intensa preparación artillera, detonación de minas subterráneas y duros combates en población.[100] La toma de Galera, una plaza muy difícil de expugnar por la orografía del terreno, supuso un duro golpe para la moral de los insurgentes.[101] Las victorias militares facilitaron la acción política, protagonizada por nobles cristianos que anteriormente habían tenido amistad con notables moriscos.[102] En marzo Hernando Al Habaquí, líder de los moriscos en el valle del Almanzora inició conversaciones con Juan de Austria a través de un capitán cristiano amigo de antes de la rebelión.[103] Progresivamente las poblaciones rebeldes de aquella región se entregaron sin combatir, y las que ofrecieron resistencia fueron vencidas. Las fuerzas cristianas iniciaron una campaña contra los cultivos y ganados de los moriscos, capturando lo posible para suministrar las pequeñas guarniciones que iban estableciendo y destruyendo lo demás para rendir por hambre a los insurgentes.[104] En abril la Corona emitió el bando de reducción de los moriscos, ofreciendo el perdón a los que depusieran las armas y a condición de que abandonasen el Reino de Granada para reasentarse en otros lugares de la Península.[105] Hubo numerosas rendiciones y el propio rey Aben Aboo sopesó seriamente esta opción. Pero finalmente rechazó la oferta junto a otros irreductibles. Aun así mantuvo las negociaciones para ganar tiempo a que llegase ayuda exterior, asesinando al propio Al Habaquí por temor a que lo entregase.[106] Hasta el derrumbe completo de la insurgencia, Aben Aboo puso su esperanza en la llegada de socorros de Argel y de los otomanos para revertir la situación.[107] Mientras tanto siguió la presión militar por parte de Juan de Austria contra los núcleos de resistencia en Almería y Granada; así como otra serie de operaciones por parte del duque de Arcos, Luis Ponce de León, en la serranía de Ronda (Málaga).[108]
  2. En paralelo, febrero–abril de 1570, un segundo ejército bajo el mando del duque de Sessa trató de recuperar el control de las Alpujarras, privando así al sector duro de su principal refugio. Aunque las operaciones iniciales encontraron una fuerte resistencia, se reconquistaron las poblaciones de la Alpujarra occidental (Lanjarón y Órgiva).[109] Sin embargo, los insurgentes volvieron a golpear el cordón umbilical del ejército cristiano. Una emboscada contra un convoy en el puerto de montaña de La Ragua causó ochocientos muertos, y privó a las fuerzas cristianas de abastecimiento obligándolas a retirarse desde las Alpujarras a Adra, en la costa.[110] Desde allí fueron embarcadas en las galeras y asaltaron con éxito la población rebelde de Castell de Ferro. Los restos de este ejército se fusionaron con el de Juan de Austria, al que en ese momento se estaban rindiendo gran parte de los moriscos.[111] Entre otras acciones políticas los cristianos difundieron clandestinamente por las Alpujarras un documento escrito por un supuesto sabio árabe anónimo donde se hacía un balance negativo del futuro de la rebelión y se concluía con la necesidad de llegar a un acuerdo con el rey. [112] Una medida que encuentra un paralelismo claro en las operaciones psicológicas (PSYOPS) contemporáneas. En agosto Juan de Austria abandonó el teatro de operaciones con la orden de preparar la fuerza aliada que un año más tarde derrotaría a los otomanos en la batalla de Lepanto.
  3. Por último, una vez quedó claro que Aben Aboo y sus más próximos no pensaban rendirse, el ejército cristiano bajo el mando de Luis de Requesens llevó a cabo, entre septiembre y noviembre de 1570, una campaña de limpieza de los últimos bastiones insurgentes en las Alpujarras.[113] La operación militar de Requesens recorrió de un lado a otro la zona sabiendo adaptarse a las circunstancias del terreno y aplicando una política de tierra quemada para privar a los rebeldes de suministros y cobijo. Aligeró al máximo la impedimenta de las fuerzas para que pudieran operar con flexibilidad.[114] Organizó pequeños destacamentos de búsqueda y destrucción de los insurgentes, construyó puntos fuertes para control de alturas, caminos de montaña y poblaciones, arrasó los cultivos y almacenes, y atacó con humo y fuego las cuevas donde se refugiaban los rebeldes.[115] Simultáneamente una flota de galeras bajo el mando de Sancho de Leiva fue recorriendo la costa y desembarcando contingentes de asalto contra núcleos de resistencia en poblaciones y en cuevas de la Sierra cercanas al mar.[116]

D. Luis de Requesens

Tras asegurar las Alpujarras con una red de guarniciones permanentes, Luis de Requesens licenció al grueso de su ejército en Granada en noviembre de 1570.[117] En paralelo, continuó la dispersión secuenciada de la inmensa mayoría de los moriscos del reino de Granada por el resto de la Península con el fin de impedir nuevos conatos insurgentes.[118] Se tomaron medidas logísticas extraordinarias para atender las necesidades de los exiliados de modo que el desplazamiento y la recolocación fueran pacíficos y no generasen mayores agravios.[119] Sólo quedaron algunas familias seleccionadas para instruir a los nuevos colonos cristianos en las prácticas agrícolas de las Alpujarras.

No obstante, continuaron las bandas aisladas de monfíes, así como moriscos unidos a los corsarios del norte de África que realizaron incursiones periódicas contras las costas. Por último, Aben Aboo logró permanecer escondido con algunos seguidores en el interior de las Alpujarras hasta que en marzo de 1571 una operación de inteligencia, que incluyó el empleo de traidores y agentes dobles, acabó con su vida.[120] Con ello terminaba definitivamente la última insurgencia islámica en la Península Ibérica.

Lecciones militares de la guerra de las Alpujarras

  • Evitar la autocomplacencia. El enemigo puede optar por estrategias aparentemente condenadas al fracaso que consigan victorias iniciales gracias a la sorpresa derivada de esa supuesta irracionalidad. Algunas autoridades de la ciudad y la Corte no creyeron que los moriscos fueran a cometer el gran error estratégico de rebelarse contra uno de los reinos más poderosos de Europa.
  • En paralelo, frente a este error de inteligencia estratégica, el caso de estudio presenta una correcta inteligencia sobre el terreno antes de la revuelta. La guarnición de Granada percibe los ánimos favorables a la rebelión y extrema las medidas de seguridad. Esto posiblemente disuadió a la población del Albayzín de unirse a la insurgencia cuando se inicia precipitadamente la rebelión.
  • Peligro de la sobre-extensión estratégica. El grueso ejército permanente se encontraba atendiendo una emergencia en Flandes. Otra parte protegía los reinos de la Monarquía Hispánica en Italia y actuaba como defensa avanzada frente a la expansión otomana. El carácter limitado de los recursos dejó desprotegido el reino de Granada en un momento de cambio político –asimilación forzada de los moriscos– que requería medios coercitivos sobre en el terreno.
  • Importancia de la capacidad de generación y proyección de fuerzas. A pesar de dicha sobre-extensión la Monarquía Hispánica logró reaccionar movilizando en un primer momento a las milicias concejiles y huestes señoriales, transportando desde Italia compañías de los Tercios y creando nuevas unidades regulares para la campaña contrainsurgente.
  • Necesidad de una reacción inmediata para evitar la extensión de la insurgencia. En este caso se asumió el riesgo de desproteger hasta cierto punto la ciudad de Granada con tal de retomar la iniciativa, asegurando la vega de Granada, el valle de Lecrín, las poblaciones de la costa y gran parte del interior de Almería.
  • Aislar el teatro de operaciones; en particular en casos de guerra por delegación (proxy war) donde los insurgentes reciben apoyo de potencias extranjeras. En la insurgencia de las Alpujarras se privó a los insurgentes de puertos desde los que pudieran operara buques de calado y se desplegó a la flota para interceptar en lo posible la ayuda exterior.
  • Necesidad de una estrategia contrainsurgente con objetivos claros y estructura de mando unificada. En el episodio analizado se logra a partir del nombramiento de Juan de Austria como comandante militar pero una vez consolidada la insurgencia.
  • Importancia del liderazgo de los cuadros de mando, así como la disciplina y moral de la tropa, en el desarrollo de la campaña contrainsurgente. Los abusos de las milicias concejiles reactivaron la insurgencia tras haber sido prácticamente sofocada en sus estadios iniciales. La falta de medios para sostener logísticamente a las milicias socavó aún más la disciplina y moral. Al mismo tiempo, la barbarie inicial de los insurgentes sobre la población cristiana de las Alpujarras polarizó la contienda, justificando aparentemente las represalias por parte de las milicias sobre los moriscos no combatientes.
  • Mantener capacidades de guerra convencional junto a las de guerra asimétrica para derrotar a los insurgentes si estos optan por el combate simétrico. Los insurgentes moriscos fracasaron en todos los enfrentamientos convencionales, lo cual limitó la extensión de la revuelta a los reinos de Murcia y Valencia, y les impidió hacerse con un puerto.
  • Adaptar los despliegues tácticos a la naturaleza del terreno. Este principio básico fue observado por las fuerzas del Marqués de Mondéjar, con unidades de vanguardia y flanqueo para evitar emboscadas sobre el grueso de su ejército.
  • Mantener un ritmo sostenido de operaciones para impedir que la insurgencia recobre la iniciativa. En la insurgencia morisca, el tiempo requerido por los preparativos de Juan de Austria en Granada y la inactividad del marqués de Vélez durante buena parte de 1569 permitió la extensión de la insurgencia a nuevos territorios.
  • Asegurar las líneas de comunicación, el eslabón militar más vulnerable de los contrainsurgentes. En este caso histórico su pérdida limitó la capacidad operativa de las fuerzas cristianas en el interior de las Alpujarras.
  • Combinar la acción militar con la política, manteniendo abiertas vías de comunicación y negociación con el ala moderada de la insurgencia. En apoyo de la acción política, emplear operaciones psicológicas que minen la moral insurgente (ofertas de negociación de Mondéjar en las primeras fases, posteriormente con Juan de Austria y documento falsificado difundido clandestinamente por las Alpujarras).
  • Es necesario contar con unidades especializadas en combate en montaña cuando la insurgencia utiliza como refugio zonas montañosas. Igualmente, fuerzas de operaciones especiales contra reductos insurgentes aislados (fase final de Luis de Requesens en el interior de la Alpujarra).
  • Presencia permanente en los santuarios de la insurgencia para privarle del control del territorio y aislarle de la población (fase final de Luis de Requesens en el interior de la Alpujarra).

Bibliografía

Braudel, Fernand. El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II. Tomo 2, México D.F.: Fondo de Cultura Económica, 1976.

Cañete, Hugo. Los Tercios en el Mediterráneo. Madrid: Ediciones Platea, 2015.

Castillo Fernández, Javier «Las operaciones militares», Desperta Ferro. Historia Moderna, No. 25 (2016): 24.

De Bunes Ibarra, Miguel Ángel, «La ayuda exterior a los moriscos. El Magreb y el Imperio otomano». Desperta Ferro. Historia Moderna, No. 25 (2016): 44-48.

De Mesa Gallego, Eduardo, «A fuego y a sangre». Desperta Ferro. Historia Moderna, No. 25 (2016): 38-42.

Del Mármol Carvajal, Luis. Historia de la Rebelión y Castigo de los moriscos del Reino de Granada (estudio y edición Javier Castillo Fernández). Granada: Universidad de Granada, 2015.


[1] Geoffrey Parker, La gran estrategia de Felipe II (Madrid: Alianza, 1998), 39.

[2] Juan Francisco Giménez Martín, Tercios de Flandes (Madrid: Ediciones Falcata Ibérica, 2000), 67-69.

[3] Antonio J. Rodríguez Hernández, «Las guarniciones africanas durante el siglo XVII», Desperta Ferro, Los Tercios (III). Norte de África ss. XVI-XVII, Especial IX (2016): 50-55; Mercedes García Arenal, «Los españoles en el norte de África (siglos XV-XVII)», Desperta Ferro, Los Tercios (III). Norte de África ss. XVI-XVII, Especial IX (2016): 6-12.

[4] Hugo Cañete, Los Tercios en el Mediterráneo (Madrid: Ediciones Platea, 2005), 345-376.

[5] Luis Del Mármol Carvajal, Historia de la Rebelión y Castigo de los moriscos del Reino de Granada (estudio y edición Javier Castillo Fernández) (Granada: Universidad de Granada, 2015), 86.

[6] Ibid. 90.

[7] Ibid. 91-92.

[8] Ibid. 92-95.

[9] Ibid. 97-99. Luis Suárez, Las guerras de Granada (Barcelona: Ariel, 2017), 279-283.

[10] Luis Del Mármol Carvajal, Historia de la Rebelión, 101-102.

[11] Luis Suárez, Las guerras de Granada, 270.

[12] Luis Del Mármol Carvajal, Historia de la Rebelión, 112-113.

[13] Ibid. 103-107.

[14] Ibid. 114-115.

[15] Ibid. 111.

[16] Ibid. 162.

[17] José Javier Ruiz Ibáñez, «La comunidad morisca de Granada y la situación interna de la Monarquía Hispánica», Desperta Ferro. Historia Moderna, No. 25 (2016): 6-11.

[18] Luis Del Mármol Carvajal, Historia de la Rebelión y Castigo de los moriscos del Reino de Granada,  122.

[19] Ibid. 132-133.

[20] Ibid. 134-135.

[21] Fernand Braudel. El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II. Tomo 2, (México D.F.: Fondo de Cultura Económica, 1976), 547.

[22] Ibid. 123-130.

[23] Ibid. 157-159.

[24] Ibid. 159-160.

[25] Diego Hurtado de Mendoza. Historia de la guerra de Granada (Valladolid: Editorial Maxtor, 2005), 43.

[26] Ginés Pérez De Hita, Guerras Civiles de Granada, Texto preparado por Enrique Suárez Figaredo a partir del de la ‘Selección’ publicada en el nº. 1577 de la Colección Austral, Madrid, 1975, 127.

[27] Luis Del Mármol Carvajal, Historia de la Rebelión, 179-180.

[28] Ibid. 187.

[29] Javier Castillo Fernández, «Las operaciones militares», Desperta Ferro. Historia Moderna, No. 25 (2016): 24.

[30] Ibid. 188-195.

[31] Ibid. 272-275.

[32] Ibid. 522-527.

[33] Luis Del Mármol Carvajal, Historia de la Rebelión, 455.

[34] Peter Partner,  El Dios de las Batallas. La guerra santa desde la Biblia hasta nuestros días, (Madrid: Oberon, 2002), 70-71.

[35] Luis Del Mármol Carvajal, Historia de la Rebelión, 523.

[36] Ibid. 505.

[37] Ibid. 686-687.

[38] Diego Hurtado de Mendoza, Historia de la guerra de Granada, 107.

[39] Luis Del Mármol Carvajal, Historia de la Rebelión, 506; Miguel Ángel De Bunes Ibarra, «La ayuda exterior a los moriscos. El Magreb y el Imperio otomano». Desperta Ferro. Historia Moderna, No. 25 (2016): 44-48

[40] Eduardo De Mesa Gallego, «A fuego y a sangre». Desperta Ferro. Historia Moderna, No. 25 (2016): 38-42.

[41] Luis Del Mármol Carvajal, Historia de la Rebelión, 514.

[42] Ibid. 204.

[43] Ibid. 188-195.

[44] Ibid. 191-192; 279. Ginés Pérez De Hita, Guerras Civiles de Granada, 137; Diego Hurtado de Mendoza, Historia de la guerra de Granada, 69.

[45] Luis Del Mármol Carvajal, Historia de la Rebelión, 254-255.

[46] Ibid. 231: 352-353.

[47] Ibid. 141-154.

[48] Ibid. 156.

[49] Ibid. 251; 276; 289.

[50] Ibid. 205-254.

[51] Ibid. 226; 262.

[52] Ibid. 203-204; 220; 344.

[53] Ibid. 512-514; 546-548.

[54] Diego Hurtado de Mendoza, Historia de la guerra de Granada, 94-97; 102-104.

[55] Luis Del Mármol Carvajal, Historia de la Rebelión, 455-457.

[56] Ibid. 458.

[57] Ibid. 647-649.

[58] Ibid. 600-601. Ginés Pérez De Hita, Guerras Civiles de Granada, 123-124.

[59] Luis Del Mármol Carvajal, Historia de la Rebelión, 512-513.

[60] Ibid. 686.

[61] Miguel Ángel De Bunes Ibarra, «La ayuda exterior a los moriscos. El Magreb y el Imperio otomano». Desperta Ferro. Historia Moderna, No. 25 (2016): 44-48.

[62] Fernand Braudel, El Mediterráneo y el mundo mediterráneo, 563-575.

[63] Diego Hurtado de Mendoza, Historia de la guerra de Granada, 44.

[64] Fernand Braudel, El Mediterráneo y el mundo mediterráneo, 554-556.

[65] Luis Del Mármol Carvajal, Historia de la Rebelión, 179.

[66] Diego Hurtado de Mendoza, Historia de la guerra de Granada, 66-67.

[67] Luis Del Mármol Carvajal, Historia de la Rebelión, 272-275.

[68] Ibid. 265; 282-284

[69] Ibid. pp. 312-314.

[70] Diego Hurtado de Mendoza, Historia de la guerra de Granada, 57.

[71] Luis Del Mármol Carvajal, Historia de la Rebelión, 364-365.

[72] Fernand Braudel, El Mediterráneo y el mundo mediterráneo, 552.

[73] Luis Del Mármol Carvajal, Historia de la Rebelión, 299.

[74] Ibid. 320-325.

[75] Ibid. 325.

[76] Ibid. 325; 338-340; 352.

[77] Ibid. 329-330.

[78] Ibid. 336-338.

[79] Ibid. 315.

[80] Ibid, 342: p. 356.

[81] Ibid. 384-386.

[82] Diego Hurtado de Mendoza, Historia de la guerra de Granada, 100-101.

[83] Ibid. 393-395.

[84] Ibid. 333; 363.

[85] Ibid. 389-390. Ginés Pérez De Hita, Guerras Civiles de Granada, 146-147.

[86] Luis Del Mármol Carvajal, Historia de la Rebelión, 401-411.

[87] Ibid. 467-472.

[88] Ibid. 455-457; 455-457.

[89] Ibid. 495-497.

[90] Ibid. 501-503.

[91] Ibid. 504.

[92] Citado en Javier Castillo Fernández, “Las operaciones militares”, 24.

[93] Ibid. 420-422; 430-432.

[94] Ibid. 520-521.

[95] Ibid. 474-478.

[96] Ibid. 265; Diego Hurtado de Mendoza, Historia de la guerra de Granada, 78-79.

[97] Luis Del Mármol Carvajal, Historia de la Rebelión, 512-515.

[98] Ibid. 522-527.

[99] Ibid. 528-541.

[100] Ibid. 575-587.

[101] Ginés Pérez De Hita, Guerras Civiles de Granada, 196-197.

[102] Luis Del Mármol Carvajal, Historia de la Rebelión, 606-607.

[103] Ibid. 624-625.

[104] Ibid. 639; 681.

[105] Ibid. 41-642.

[106] Ibid. 688-689.

[107] Ibid. 699.

[108] Ginés Pérez De Hita, Guerras Civiles de Granada, 229-234; Luis Del Mármol Carvajal, Historia de la Rebelión, 703-706.

[109] Ibid. 597.

[110] Ibid. 647-650.

[111] Ibid. 660-663.

[112] Ibid. 608-613.

[113] Ibid. 701; 707.

[114] Ibid. 706-707.

[115] Ibid. 708-709; 714-715.

[116] Ibid. 715-716.

[117] Ibid. 722-724.

[118] Ibid. 717-721.

[119] Ibid. 619-621.

[120] Ibid. 725-728.


Editado por: Global Strategy. Lugar de edición: Granada (España). ISSN 2695-8937

Javier Jordán

Profesor Titular de Ciencia Política en la Universidad de Granada y Director de Global Strategy

Ver todos los artículos
Javier Jordán