La diplomacia de cañoneras, esa práctica decimonónica de proyectar poder naval como instrumento de presión político, nunca ha desaparecido. Durante el siglo XIX fue el recurso favorito de las potencias coloniales para imponer su voluntad a Estados más débiles, recurriendo a la presencia de buques de guerra en aguas sensibles para obligar a concesiones sin necesidad de guerra abierta. Hoy, en pleno siglo XXI, esa lógica sigue vigente bajo formas adaptadas al nuevo entorno estratégico.
Introducción
Estados Unidos y su Marina, la US Navy, han sido el principal heredero y practicante moderno de esta tradición. Su flota mundial, presente en todos los mares, permite proyectar fuerza limitada para objetivos políticos inmediatos. En las últimas décadas, Washington ha recurrido a este instrumento en el Mediterráneo, Oriente Próximo o el golfo Pérsico. El mensaje siempre es el mismo: la mera presencia de destructores, portaaviones o submarinos constituye una advertencia con capacidad de escalar a la acción militar si la otra parte no modifica su comportamiento[1].

El ejemplo más reciente y llamativo de este recurso ha sido el ataque anunciado por Donald Trump contra una lancha atribuida al Tren de Aragua frente a las costas venezolanas. Once personas murieron en un acto que simbolizó el paso de las operaciones de interdicción clásicas al uso directo de fuerza letal contra supuestos narcotraficantes-terroristas[2]. El despliegue de destructores, submarinos y buques anfibios para atacar una simple embarcación ligera parece desproporcionado, pero precisamente esa desproporción es la esencia de la diplomacia de cañoneras.
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El mensaje estadounidense no estaba dirigido solo a los narcotraficantes. Caracas fue el verdadero destinatario. Al emplear medios de guerra pesados contra un objetivo menor, Washington envió un aviso al gobierno de Nicolás Maduro: cualquier intento de tolerar o proteger las redes criminales podía convertirse en pretexto para ampliar operaciones militares. En la práctica, el ataque convirtió al narcotráfico en amenaza estratégica, situándolo al mismo nivel que el terrorismo y abriendo la puerta a intervenciones más agresivas en aguas internacionales.

La narrativa oficial de Washington consistió en elevar a los cárteles a la categoría de organizaciones terroristas extranjeras. Esa redefinición jurídica habilita a la Casa Blanca para emplear poderes excepcionales concedidos tras el 11-S, utilizando todo el aparato militar sin necesidad de autorización del Congreso. La frontera conceptual entre operaciones de policía y acciones de guerra se difumina, y los narcos pasan a ser tratados como enemigos combatientes. Con esa maniobra discursiva, el presidente logró encajar la guerra contra las drogas en la lógica de la guerra contra el terror.
Este cambio de paradigma recuerda mucho al uso clásico de las cañoneras en el siglo XIX, cuando la línea entre represión del contrabando, protección de nacionales y presión política era difusa[3]. La acción en Venezuela fue recibida con escepticismo en algunos sectores, que señalaron lo poco eficiente que resulta movilizar destructores contra lanchas rápidas cargadas de cocaína. Sin embargo, la eficacia de la diplomacia de cañoneras no se mide en kilos incautados, sino en el impacto político y psicológico que produce en el adversario.
Maduro reaccionó con cautela. Mientras sus portavoces denunciaban que el vídeo del ataque era falso y generado con inteligencia artificial, el gobierno venezolano evitaba una respuesta militar directa. La contención era comprensible: cualquier movimiento brusco podía ser utilizado como justificación para escalar la presencia estadounidense en el Caribe. La diplomacia de cañoneras funciona precisamente así: crea dilemas a la parte más débil, que se ve atrapada entre la humillación de no responder y el riesgo existencial de hacerlo.
Más allá del caso venezolano, lo importante es cómo esta práctica revela la persistencia de la lógica naval como herramienta de política exterior. El mar sigue siendo un espacio donde el poder se muestra con facilidad y donde las asimetrías se amplifican. La visión de un destructor o un submarino nuclear frente a la costa genera un efecto disuasorio muy superior al que tendría una operación encubierta o una sanción financiera. Las cañoneras modernas llevan misiles de crucero y radares AEGIS, pero la esencia es la misma que hace dos siglos.
El Estrecho de Gibraltar
El precedente norteamericano resulta especialmente interesante para analizar el caso del Estrecho de Gibraltar y las mafias que lo dominan. Allí no hablamos de un Estado hostil ni de un gobierno revolucionario, sino de redes criminales que han conseguido desafiar al Estado español y a la Unión Europea en uno de los corredores marítimos más transitados del planeta. Las narcolanchas que cruzan entre Marruecos y Cádiz representan un fenómeno de seguridad transnacional que ha puesto en evidencia las limitaciones de los cuerpos policiales.

La diplomacia de cañoneras aplicada al Estrecho supone plantear si la Armada debe asumir un papel más activo. No se trata de bombardear lanchas con fragatas, sino de utilizar la superioridad naval como factor de disuasión y control. La presencia de buques de acción marítima, corbetas y sistemas aéreos no tripulados puede alterar el cálculo de los clanes. Una cosa es desafiar a la Guardia Civil en mar abierto, y otra muy distinta hacerlo frente a la sombra de un buque de guerra con radares y helicópteros[4].
Tabla 1 La diplomacia de las cañoneras en el espectro de la guerra (Fuente: Ghosh, 2001).
| Nivel/Tipo de Guerra | Naturaleza de la Guerra |
| Guerra Nuclear | Interestatal, altamente organizada, uso indiscriminado de armas nucleares. |
| Guerras Convencionales (ilimitadas) | Altamente organizadas, interestatales, de militar a militar, luchadas principalmente con armas mayores y armas ligeras. Sin limitación en objetivos, alcance ni métodos de aplicación del poder militar. |
| Guerras Convencionales (limitadas) | Interestatales, de militar a militar, con limitaciones en objetivos, alcance y métodos. Mínimo daño colateral civil. |
| Guerra No Convencional | Guerra irregular y encubierta: Guerra por poder (Proxy War). Guerra civil e insurgencias, así como las apoyadas externamente. Militancia y terrorismo. |
| Fuerza sin Guerra | Uso a distancia (largo alcance) de poder militar destructivo con fines políticos sin que necesariamente resulte en guerra. |
| Amenaza uso de la Fuerza | Incluye ejercicios/maniobras militares, despliegues demostrativos e implícitos a través de fuerzas permanentes y su postura. |
Algunos críticos podrían señalar que militarizar la lucha contra el narcotráfico conlleva riesgos políticos. Sin embargo, conviene recordar que la propia esencia de la diplomacia de cañoneras es utilizar medios militares de forma limitada, sin llegar a la guerra abierta y es empleada en todo el mundo[5]. La Armada no sustituiría a la Policía o la Guardia Civil, pero sí aportaría un respaldo estratégico en situaciones de alta intensidad. Su misión no sería tanto disparar, sino demostrar presencia y capacidad para hacerlo. La disuasión se construye con credibilidad, no necesariamente con fuego real.
El Estrecho de Gibraltar concentra varias particularidades que justifican un enfoque de este tipo. Es un espacio angosto, de tráfico denso y gran valor geopolítico, donde confluyen rutas energéticas y comerciales globales. A la vez, se ha convertido en puerta de entrada de hachís marroquí y cocaína sudamericana hacia Europa. Las mafias han establecido un ecosistema criminal que combina narcolanchas, redes de distribución y control social en barrios costeros. Romper esa dinámica exige algo más que redadas puntuales: requiere recuperar el control del mar.
La Armada y sus capacidades
La Armada dispone de capacidades que pueden marcar la diferencia. Los buques de acción marítima, diseñados precisamente para misiones de seguridad marítima, ofrecen autonomía, sistemas de vigilancia y helicópteros embarcados. Integrados con drones y satélites, permitirían cubrir amplias zonas y coordinar operaciones con Guardia Civil y Vigilancia Aduanera. Además, la simple visión de un BAM en aguas del Estrecho transmite un mensaje inequívoco: el Estado está dispuesto a utilizar su poder naval para proteger su soberanía y frenar el desafío criminal.

El uso de la Armada también tendría un efecto psicológico sobre los clanes. Estos grupos se han acostumbrado a operar con relativa impunidad frente a medios policiales a los que superan en velocidad. Ver fragatas o corbetas patrullando rompería esa sensación de superioridad. La diplomacia de cañoneras en este caso no se dirigiría contra un gobierno extranjero, sino contra organizaciones criminales que actúan como entidades cuasi estatales. Al igual que Estados Unidos redefinió a los narcos como terroristas, España podría tratarlos como amenazas estratégicas.
Ahora bien, hay que ser conscientes de los riesgos. Militarizar la lucha contra el narcotráfico sin un marco legal y político claro puede generar críticas de excesivo autoritarismo. Es esencial que la Armada actúe en apoyo de las autoridades civiles, bajo coordinación judicial y con transparencia democrática. La diplomacia de cañoneras no es carta blanca para usar cañones, sino un recordatorio de que el poder militar debe integrarse en una estrategia global que incluya prevención, desarrollo social y cooperación internacional.
La cooperación europea también juega un papel clave. El Estrecho no es solo frontera española, sino frontera de la Unión Europea. Las redes de narcotráfico abastecen a mercados de toda Europa y su impacto va más allá de Cádiz o Algeciras. Integrar a la Armada en operaciones conjuntas con otras marinas de la UE podría enviar un mensaje de unidad. Al igual que Estados Unidos muestra bandera en el Caribe, Europa podría hacerlo en el Estrecho, demostrando que considera la seguridad marítima un interés vital compartido.
Es importante subrayar que la diplomacia de cañoneras no pretende resolver el problema del narcotráfico por sí sola. La experiencia estadounidense en el Caribe demuestra que, incluso con grandes despliegues navales, las rutas se adaptan y el flujo de drogas encuentra vías alternativas. Sin embargo, el objetivo principal no es erradicar el 100% del tráfico ilegal, sino recuperar la iniciativa, reducir la impunidad y demostrar capacidad de respuesta. La Armada española puede aportar esa dimensión estratégica que hoy falta en la lucha contra los clanes del Estrecho.
La comparación con Venezuela es reveladora. Allí, el ataque de Trump no ha frenado el narcotráfico de forma sustantiva, pero sí altera la ecuación política. En el Estrecho, la intervención de la Armada no acabaría con la demanda europea de drogas, pero podría quebrar la percepción de invulnerabilidad de los clanes. La presión constante, la vigilancia permanente y la amenaza latente de una respuesta contundente obligarían a los grupos criminales a elevar costes y reducir operaciones. Esa es la lógica de la disuasión naval.
Además, la Armada aporta algo que la Guardia Civil no puede ofrecer: permanencia y proyección. Un BAM en el Estrecho puede patrullar durante semanas con autonomía, desplegar helicópteros, coordinarse con radares costeros y reaccionar con rapidez ante movimientos sospechosos. Esa capacidad de presencia sostenida constituye en sí misma una forma de diplomacia de cañoneras: mostrar que el Estado puede permanecer indefinidamente vigilando y que dispone de recursos superiores a los de los clanes. La paciencia y la persistencia son armas tan poderosas como los misiles.
Conclusiones
El debate sobre el papel de la Armada en el Estrecho debe entenderse también en el contexto de la seguridad nacional. España se enfrenta a amenazas híbridas donde el crimen organizado se mezcla con flujos migratorios, contrabando y presencia de actores externos. La línea entre seguridad interior y defensa se difumina, igual que ocurre en el Caribe con los cárteles. En ese escenario, la Armada ya no es solo un instrumento para la guerra convencional, sino una herramienta flexible de política de seguridad que puede actuar en escenarios grises.
El futuro de la diplomacia de cañoneras en el Estrecho dependerá de la voluntad política. Requiere asumir que la lucha contra el narcotráfico no es un problema policial aislado, sino un desafío estratégico que amenaza la soberanía, la economía y la cohesión social. También exige coordinación con Marruecos, cuyo papel es indispensable en el control de salidas desde sus costas. La Armada, con su experiencia en operaciones internacionales, puede servir de puente para una cooperación más firme entre ambas orillas del Estrecho.
En conclusión, la diplomacia de cañoneras sigue siendo un instrumento vigente en el mundo actual. Estados Unidos la ha reactivado en el Caribe para presionar a Venezuela y redefinir la lucha contra el narcotráfico como guerra contra el terror. España puede aprender de esa experiencia para aplicarla en su propio entorno, donde las mafias del Estrecho han adquirido una capacidad de desafío que supera a los medios policiales. La Armada no debe reemplazar a la Guardia Civil, pero sí reforzarla como garante último de la soberanía marítima.

El desafío es político y estratégico: encontrar el equilibrio entre firmeza y legalidad, entre disuasión y legitimidad democrática. La diplomacia de cañoneras no es un anacronismo, sino una herramienta flexible para escenarios donde la violencia criminal se confunde con la amenaza política. El Estrecho de Gibraltar ofrece un laboratorio idóneo para ponerla en práctica, recordando que el poder naval no solo sirve para la guerra, sino también para proyectar autoridad, proteger el comercio y asegurar que el Estado mantiene el control de sus fronteras marítimas.
[1] Le Mière, C. (2011). The Return of Gunboat Diplomacy. Survival, 53(5), 53–68. https://doi.org/10.1080/00396338.2011.621634
[2] Pérez Triana, J. M. (2025, 4 de septiembre). Las drogas son el nuevo terror: la guerra de Trump que hace rechinar dientes en Venezuela. El Confidencial. https://www.elconfidencial.com/autores/jesus-m-perez-triana-4970/
[3] James, L. (1986). Old problems and old answers: Gunboat diplomacy today. Defense Analysis, 2(4), 324–327. https://doi.org/10.1080/07430178608405268
[4] Ghosh, P. K. (2001). Revisiting gunboat diplomacy: An instrument of threat or use of limited naval force. Strategic Analysis, 24(11), 2005–2017. https://doi.org/10.1080/09700160108455335
[5] Behind recent gunboat diplomacy in the South China Sea. (2011). Strategic Comments, 17(6), 1–3. https://doi.org/10.1080/13567888.2011.631841. Blank, S. (2022). Gunboat diplomacy à la Russe: Russia’s naval base in Sudan and its implications. Defense & Security Analysis, 38(4), 470–489. https://doi.org/10.1080/14751798.2022.2122204
