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La estrategia rusa en Ucrania: cómo resistir al borde del abismo

https://global-strategy.org/la-estrategia-rusa-en-ucrania-como-resistir-al-borde-del-abismo/ La estrategia rusa en Ucrania: cómo resistir al borde del abismo 2023-01-23 21:49:13 José Luis Calvo Albero Blog post Estudios Globales Guerra Rusia - Ucrania Rusia

Ahora que se aproxima el primer aniversario del inicio de la invasión rusa de Ucrania, cuando Occidente redobla sus esfuerzos para apoyar militar y económicamente a Kiev y Rusia intenta mostrar que la guerra será larga y brutal, es un buen momento para reflexionar sobre la evolución de la estrategia rusa a lo largo del conflicto. Una historia que comienza con entusiasmo y que va adquiriendo tonos progresivamente más grises, hasta llegar a la resistencia a ultranza como única salida aceptable.

Rusia perdió la guerra en febrero de 2022, si no la había perdido ya en 2014. La derrota lo fue no tanto en términos tácticos como de gran estrategia. La aspiración de la Federación Rusa a recuperar el espacio postsoviético como un área de influencia privilegiada, murió definitivamente con las abigarradas columnas mecanizadas atascadas en su avance hacia Kiev. Ucrania giró inevitablemente hacia el Oeste y se cumplió la vieja predicción de Zbigniew Brzezinski: sin Ucrania, toda la mitología imperial rusa se vendría abajo.

La culpa del desaguisado recae en gran medida sobre Vladimir Putin que, después de jugar con aparente habilidad las malas cartas que Rusia tenía en su poder, cometió un error de cálculo garrafal. Hay culpa, no obstante, más allá de Putin. Cabría señalar la pésima imagen que Rusia ha cultivado tradicionalmente de sí misma y que ha hecho que los antiguos satélites rusos miren ahora hacia Europa o hacia China. El poder que Rusia ha mostrado ha sido siempre el del palo, el tirano y el gulag. Los intentos por desarrollar un poder blando, mostrar una imagen atractiva y convertirse en polo de atracción, económico, tecnológico y cultural han fracasado, no tanto por falta de condiciones como de voluntad. Los propios dirigentes rusos han creado una imagen de país bajo constante amenaza, hosco, violento y con necesidad de unas sesiones de terapia.

Las razones para el fracaso de febrero se han comentado ya en múltiples ocasiones. El paso del tiempo permite conocer detalles adicionales que apuntan a una operación concebida como rápida, con muchos componentes asimétricos o híbridos (quintas columnas, ciberataques, penetración súbita por múltiples ejes de progresión). Se buscaba un colapso psicológico ucraniano que hubiese permitido alcanzar el Dniéper y probablemente colocar un gobierno títere en Kiev, siguiendo una estrategia de hechos consumados.

La estrategia falló por dos enormes errores de inteligencia y planeamiento. No se esperaba una fuerte resistencia y no había gran cosa preparada para una guerra convencional de larga duración. Muchas unidades rusas de calidad sufrieron bajas masivas y las fuerzas armadas regulares no se han recuperado todavía de ese revés.

El desastre era ya evidente en marzo incluso para Putin, que ordenó a finales de ese mes la retirada desde los ejes de avance sobre Kiev. Hubo en ese momento una sólida esperanza de finalizar el conflicto en la mesa de negociaciones, pero la retirada rusa dejó en evidencia un panorama desolador, con crímenes generalizados contra la población civil. Probablemente, esos crímenes fueron más consecuencia del propio caos en las filas rusas que de una intención real de atacar a los civiles, pero el daño ya estaba hecho. En esas condiciones, las negociaciones se difuminaron.

Desde entonces, la estrategia rusa se orientó a buscar una salida airosa al conflicto que permitiese salvar la cara al régimen de Vladimir Putin ante su opinión pública. No era solo el egoísmo de unas elites gobernantes lo que estaba en juego. El colapso del régimen construido durante más de veinte años por Putin y sus colaboradores podría tener consecuencias imprevisibles para la estabilidad de Rusia, e incluso para su integridad territorial. En Ucrania no se jugaba solo el destino del presidente ruso, sino el futuro de todo el país.

La primera medida fue lógica: concentrar esfuerzos. El abandono de los ejes de progresión en el norte y el noreste permitía al mando ruso concentrar fuerzas en el Donbás, donde contaban además con la presencia de las milicias locales del DNR y LNR y las líneas de comunicaciones con territorio ruso eran cortas y estaban bajo control. Se tomaron otras medidas razonables, como nombrar un único jefe operacional de teatro y se planteó la operación para obtener la máxima ventaja posible de la superioridad rusa en fuegos, especialmente en artillería.

Las nuevas operaciones se resintieron de las bajas sufridas en la primera fase de la campaña y, aunque las fuerzas rusas fueron ganando impulso a lo largo de mayo y junio, lo hicieron a costa de un considerable número de bajas y un enorme consumo de munición. A principios de julio lograron ocupar Severodonetsk y Lysychansk, los últimos reductos ucranianos en la provincia de Lugansk, pero eso marcó el final de la ofensiva del Donbás. La llegada de los lanzacohetes HIMARS y M270 y las demostradas capacidades del sistema de localización y adquisición de objetivos ucranianos, causaron una sangría en los depósitos logísticos situados cerca del frente durante los meses de julio y agosto.

Desde el primer momento, Ucrania demostró que poseía un instrumento militar más eficiente que el ruso, aunque modesto en número y capacidades modernas. La llegada de grandes envíos de armas occidentales, la movilización temprana y el fracaso ruso a la hora de establecer la supremacía aérea sobre territorio ucraniano, permitieron la reorganización de sus unidades. Durante la batalla del Donbás, las fuerzas ucranianas se vieron abrumadas por la potencia de fuego rusa y sufrieron bajas considerables, pero su táctica de resistencia flexible, causando a su vez un gran número de bajas al enemigo, funcionó relativamente bien y, sobre todo, dio tiempo, para generar nuevas unidades y capacidades en la retaguardia.

Esas capacidades comenzaron a ponerse en juego a partir de agosto, con el inicio de una ofensiva doble, en Jersón y Jarkov, que puso al ejército ruso en defensiva y le obligó a abandonar decenas de miles de kilómetros cuadrados de territorio ucraniano. La situación alcanzó tal gravedad que Putin accedió por fin a poner en marcha la movilización que se resistía a ordenar. La “operación especial” ucraniana se convertía así en el mayor conflicto armado en el que Rusia se veía envuelta desde la Segunda Guerra Mundial.

Sobre el terreno, el nuevo comandante de teatro, Surovikin, planteó de nuevo una serie de medidas correctoras. Ordenó alejar los centros logísticos fuera del alcance de los HIMARS, dedicó un gran esfuerzo a construir fortificaciones y decidió emplear el arsenal de misiles balísticos y de crucero en el ataque contra infraestructuras críticas ucranianas, una petición cada vez más repetida por el sector de las elites rusas más duro en su actitud hacia la guerra.

En realidad, se trataba de una tarea con pocas expectativas de éxito real. La destrucción de las infraestructuras energéticas ucranianas hubiese requerido una prolongada campaña que la fuerza aérea no estaba en condiciones de emprender y las existencias de misiles no permitían sostener. No se paraliza un país como Ucrania con el lanzamiento de unas docenas de misiles a la semana. No obstante, la campaña permitió mostrar que Rusia mantenía la iniciativa al menos en algunos aspectos y acalló en cierta medida las protestas de los sectores más belicosos en Moscú. Lo peor es que Rusia agotó aún más su arsenal de misiles, que necesitará desesperadamente cuando se reanuden las ofensivas ucranianas en 2023.

En enero, la actividad ofensiva rusa, que en marzo abarcaba un frente de 2.000 kilómetros, se veía reducida a unas decenas de kilómetros en torno a Bakhmut, un nudo de comunicaciones en Donetsk. Paradójicamente, el esfuerzo no lo llevaban allí las fuerzas regulares sino el ejército de mercenarios y proscritos de la compañía militar privada Wagner Group. Material humano considerado más sacrificable que los reclutas regulares, utilizado para desgastar a las fuerzas ucranianas y dar tiempo así a la reorganización de unidades con vistas a reanudar las operaciones ofensivas en algún momento de 2023.

Tras casi un año de guerra, la estrategia rusa sobrevive a base de medidas cosméticas y de la esperanza en que Occidente termine por cansarse del conflicto y reduzca su apoyo a Ucrania. Putin sabe que para ello tiene que dar una imagen de determinación y fortaleza, dejando claro que se prepara para una guerra larga. La reanudación de las operaciones ofensivas a lo largo de 2023 ayudaría a consolidar esa narrativa, pero no está claro hasta qué punto las fuerzas armadas rusas podrán sostener una dinámica ofensiva por largo tiempo. Una actitud defensiva, con ataques limitados aprovechando las oportunidades que puedan surgir, sería una estrategia probablemente más realista.

Rusia cuenta, no obstante, con una ventaja: su arsenal nuclear.  No es que sea probable la utilización de un arma nuclear en el conflicto y la retórica rusa en este aspecto se ha debilitado progresivamente, pero persiste la amenaza de que una ofensiva ucraniana sobre territorio ruso (y existen razonables dudas sobre Crimea) pueda desencadenar una respuesta nuclear.

Eso hace que los ucranianos tengan que mantener guarnecida una larga frontera, por la que los rusos pueden penetrar en cualquier momento, mientras que las fuerzas rusas no están sujetas a la misma limitación. Kiev no va a arriesgarse a una respuesta nuclear penetrando en fuerza en territorio ruso. Se trata de una ventaja notable en términos de economía de fuerzas y explica algunas de las dificultades ucranianas para sostener el ritmo de sus ofensivas. Cada nuevo avance implica guarnecer sólidamente nuevas porciones de frontera y empeñar en ello considerables contingentes.

Los rumores sobre la implicación de Bielorrusia en la guerra van también en ese sentido. Es muy poco probable que un régimen tan cuestionado internamente como el de Lukashenko se involucre directamente en el conflicto. Las capacidades militares bielorrusas son limitadas y lo que pudiera aportar en el campo de batalla no compensaría el riesgo de una desestabilización interna, que privase a Moscú de su aliado más incondicional, con una situación geográfica inmejorable de cara al conflicto. Con toda probabilidad, las actividades rusas en Bielorrusia tienen como objeto forzar un dispositivo defensivo ucraniano en la frontera bielorrusa, distrayendo así fuerzas de otros sectores.

El frente interno parece todavía relativamente seguro para Vladimir Putin, aunque los reveses militares del otoño hicieron que arreciasen las críticas de los sectores más duros del régimen contra la cúpula de las fuerzas armadas y, más tímidamente, contra el propio Putin. El papel destacado de fuerzas irregulares como los contratistas de Wagner o los combatientes chechenos de Ramzán Kadirov es una fuente de problemas. Ya lo fue, de hecho, en 2014, cuando se sucedieron las tensiones y los cambios de liderazgo en las filas separatistas, alimentadas por la naturaleza irregular y con frecuencia imprevisible de esas formaciones armadas. El Kremlin confía en que su naturaleza problemática quede compensada por su valor como “carne de cañón”, evitando el sacrificio de reclutas rusos que sería mucho más impopular. No obstante, la experiencia histórica demuestra que el recurso a mercenarios y milicias independientes no suele resultar especialmente positivo en el largo plazo.

En este sentido, la última reforma en la jefatura del teatro de operaciones, colocando al frente al propio Valeri Gerasimov, Jefe del Estado Mayor General, se interpreta como un golpe a favor de las fuerzas armadas regulares. Pone así de manifiesto la inquietud que el conflicto está causando en las elites rusas y el creciente papel desestabilizador de los grupos irregulares. El problema es que obtener más recursos humanos de la ciudadanía, tras la movilización de otoño, puede resultar también problemático. No está muy claro cómo se tomará la opinión pública rusa una segunda movilización.

La estrategia económica de Moscú ha tenido éxito en evitar el colapso propio, pero no ha conseguido producir la crisis de suministro energético que pretendía en Europa. Putin debe hacerse ahora a la idea de que ha perdido, quizás definitivamente, su lucrativo mercado europeo. Rusia se encamina progresivamente hacia una economía de guerra, algo que, incluso en el caso de que consiga evitar una clara derrota, va a condicionar muy negativamente el progreso económico para la próxima década. En 2022, y pese a las grandes ganancias que ha dejado el alza de los precios de la energía, el presupuesto estatal ha terminado con un inusual déficit de casi 50.000 millones de dólares. Rusia apenas tiene deuda (menos del 20% de su PIB) pero tiene también muy difícil salir a los mercados, con una calificación de las agencias de rating por debajo del “bono basura” y múltiples sanciones que convierten la deuda rusa en un activo tóxico. De momento, el Kremlin echa mano del fondo nacional para pensiones, pero no parece que esa medida vaya a ser especialmente popular. El caso es que quien no tiene acceso a financiación no gana guerras, y menos todavía guerras largas, o sea que si Putin no es capaz de activar un apoyo financiero exterior sólido, su causa tiene pocas perspectivas de éxito.

Por si fuera poco, los aliados occidentales parecen tener prisa por terminar el conflicto, e inundan Ucrania con nuevos equipos militares a tal ritmo que están creando, de hecho, un serio problema logístico. La estrategia occidental, que intenta demostrar que no cesará el apoyo a Ucrania hasta la victoria final, contrasta así con la estrategia rusa, que intenta demostrar que resistirán, que esa victoria no será tan fácil y que supondrá costes inasumibles. Se trata de un juego de impresiones, narrativas y pulsos psicológicos en el que, de nuevo, Putin juega con malas cartas. El poder económico y militar de Occidente es muy superior al ruso y en el medio y largo plazo el resultado será inevitable, salvo que el presidente ruso consiga movilizar a una parte significativa de la comunidad internacional a su favor con algo más que declaraciones y silencios, algo en lo que tampoco se ha demostrado especialmente eficiente.

En otras ocasiones, Vladimir Putin ha mostrado bastante habilidad para sacar partido de una mano mejorable de cartas, pero parece difícil que pueda salir indemne de la crisis ucraniana, que él mismo ha creado, jugando de farol. Salvo un golpe de suerte inesperado, todo apunta a un futuro más bien oscuro para el tahúr del Kremlin. Si consigue sobrevivir, lo hará al mando de una Rusia aislada, agotada y empobrecida, que probablemente verá multiplicarse sus problemas internos. El problema para Occidente a la hora de diseñar el final de la guerra no es ya tanto que Rusia pueda ganarla, algo cada vez más improbable, sino que su derrota no llegue a suponer la descomposición del mundo ruso y la activación permanente de una frontera caliente en el Este de Europa.

José Luis Calvo Albero

José Luis Calvo es Coronel de Infantería del Ejército de Tierra

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