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La relación estratégica entre Rusia y China: una mirada geopolítica

https://global-strategy.org/la-relacion-estrategica-entre-rusia-y-china-una-mirada-geopolitica/ La relación estratégica entre Rusia y China: una mirada geopolítica 2018-06-12 18:59:24 Josep Baqués Blog post Estudios Globales Ártico Asia Pacífico Geopolítica Rusia
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China y Rusia son dos Estados clave para la geopolítica de los próximos lustros. Distintos entre sí, y con no pocas oportunidades de fricción, los dos lideran de consuno una de las organizaciones internacionales más importantes del mundo. A su vez, ambos mantienen unas relaciones complejas con los EEUU, con especial relevancia para las económicas en el caso chino. Pero en los dos casos se avizora una confrontación, cuanto menos potencial, con los intereses que Washington defiende.

En el contexto de la ampliación de la OTAN, tanto el Este de Europa como el Cáucaso han sido escenario de tensiones entre los EEUU y Rusia. Los Estados bálticos también son considerados por Rusia como parte de su “extranjero próximo”, de manera que los socios de la OTAN contribuyen a la disuasión de Rusia en ese sector. A su vez, una China pujante económica y demográficamente está muy activa en el mar homónimo, incluyendo renovadas pretensiones sobre archipiélagos, islas e islotes en disputa con los países vecinos. La presión ejercida por los EEUU desde sus bases de Singapur, Filipinas (Subic Bay; Palawan) y Okinawa no ha sido suficiente para frenar la creación del Collar de Perlas. Más bien parece que lo ha estimulado. De modo que la tensión entre estas potencias puede ir a más en los próximos años.

Pero el objetivo de este análisis no es reiterar lugares comunes al respecto ni ensayar nuevas polémicas acerca de la relación entre los EEUU, Rusia y China. En este caso el foco se sitúa en otro objetivo, cual es el de las relaciones entre Rusia y China. Aunque, lógicamente, las que ambas potencias mantienen con Washington también influyen -como veremos- en las que mantienen entre sí.

De Rusia a China: de Makinder a Spykman…

Mientras China permanecía sumida en una larga crisis existencial, de la que sólo comenzó a salir a partir de 1978 con la llegada de Deng Xiao Ping al poder, Rusia se estaba consolidando como una gran potencia. El imperio ruso conoció un gran impulso desde los tiempos de Pedro el Grande, llegó a dominar Alaska (hasta su venta a los EEUU, en 1867) mientras que sus tentáculos llegaron a las costas de California (en la época en que era española y luego mexicana) donde dispuso de facilidades para establecer pequeñas fortificaciones y estimular el comercio… e incluso a Hawai (con tentativas de incorporación al gobierno de los zares a principios del s. XIX).

Pero Rusia ha sido, por encima de cualquier otra tentación, el gran imperio del Heartland. Cuando Mackinder desarrolló su célebre teoría, lo hizo pensando que Rusia ostentaba la mejor posición posible desde un punto de vista geopolítico y geoestratégico. A su entender, quien dominara la “tierra corazón” podría dominar el resto del mundo. Se trataba de un territorio relativamente fácil de defender (entre otras cosas, por ser difícil de atacar desde el mar) desde el que se podía irradiar poder hacia el resto de Europa e incluso hacia China. En realidad, asumiendo que las salidas al mar serán siempre limitadas, el auténtico potencial del Heartland radica en la capacidad para integrar sus inmensas riquezas minerales y agropecuarias en el seno de un mismo proyecto político. Gengis Khan lo había intentado, llegando desde Oriente. Pero, en los albores del siglo XX, el Estado mejor posicionado para lograr tal cosa era la Rusia de los zares.

Su dominio sobre Bielorrusia, Ucrania y parte de Polonia; sobre Moldavia y Valaquia; sobre Finlandia y los Estados del Báltico; sobre Georgia, Armenia y Azerbaiyán; o sobre los extensos kanatos de Asia Central, impresionaron al geógrafo británico hasta el punto de considerar que el rol de Rusia estaba llamado a superar en importancia al de las grandes potencias marítimas. La construcción del transiberiano, con sus más de 9.000 kms de vía férrea, así como las posibilidades de integración de esos vastos territorios que ese medio de transporte prometía, acabo por convencer a Mackinder de las bondades de su aproximación a la disputa por el poder mundial.

China, en cambio, no forma parte del Heartland. Aunque eso es una verdad a medias. Es decir, en la versión definitiva de la “tierra corazón” (1919), parte de China, en la zona de Sinkiang, sí quedaba integrada en esa suerte de epicentro del poder mundial. Sin embargo, el resto del territorio quedaba en lo que Mackinder definía como inner crescent y que, de un modo bastante exacto, se corresponde con lo que pocos años más tarde Spykman definió como Rimland. De esto modo, teniendo en cuenta que la zona más próspera de China, la más poblada y la que contiene sus centros de poder, forman parte de ese borde que envuelve al Heartland, lo pertinente es ubicar al gigante asiático en el Rimland, mientras que su proyección hacia Mongolia y Sinkiang denotan que China no sólo se integra bien en esa lógica, sino que cumple con su finalidad, habida cuenta de que el sentido último del Rimland no es otro que el control de las tierras interiores. En efecto, a ojos de Spykman, la relevancia geopolítica del “borde de la tierra” deriva de la capacidad que confiere a las potencias que lo controlan para luego dominar el Heartland y, con él, dominar el mundo.

Estas primeras reflexiones contienen una primera noticia para Moscú y para Pekín. Incluso al margen de debates más concretos acerca de los límites exactos que en cada etapa histórica tengan sus dominios formales[1]. Se trata de una de esas noticias que algunos calificarían de buenas-malas a la vez. La buena noticia para ambos es que, si están unidos en la empresa de dominar el mundo, y si unidos perseveran en el camino señalado por Mackinder y retocado por Spykman y lo hacen reforzando las vías de comunicación que comunican su inmenso territorio y generando mercados interiores… será muy difícil frenarles. La mala noticia es que, precisamente porque su ubicación es privilegiada y porque cada Estado suele regirse por sus propios intereses, cada uno de ellos se arriesga a hacerle el juego al otro, en detrimento de las propias expectativas de liderazgo, creando a su vera y con su inopinada cooperación, un poder al que subordinarse.

…con permiso de Mahan…

Sin perjuicio de lo anterior, conviene recordar que una diferencia relevante entre Rusia y China radica en que el área de influencia económica china va mucho más allá que la de Rusia. El éxito del “modelo Angola”[2], más o menos adaptado a las vicisitudes de cada Estado, ha permitido al gigante asiático una rápida penetración en mercados a los que nunca antes había tenido acceso. La puesta en marcha del FOCAC (Foro de Cooperación China-África), el establecimiento de la base militar en Djibuti (más facilidades en Port Sudán) y la integración de ese conjunto de políticas -una nueva vía férrea unirá Djibuti con Addis Abeba (Etiopía) con la mirada puesta en otro macroproyecto que comunique diversos Estados africanos con el mercado de importaciones y exportaciones chino- auguran un futuro dorado para la nueva potencia al sur del Sáhara. Mientras que, en el Magreb, China está potenciando sus relaciones económicas (también, por cierto, de venta de armas) con Marruecos y con Argelia. En este segundo caso, lo que está por llegar son unas magníficas infraestructuras portuarias en Cherchel (a 70 kms de Argel), que podrán operar como terminal de la Nueva Ruta de la Seda (Este-Oeste), pero también, visto lo visto, como terminal hacia el interior de África (Norte-Sur). Para China, Cherchel será el equivalente a El Pireo en el mediterráneo occidental.

Asimismo, China tiene muy presente el mercado latinoamericano. Lo utiliza para importar materias primas y forrajes: mineral de hierro, cobre, lana, soja, maíz, harina de pescado… mientras exporta productos manufacturados, textiles (incluyendo calzado), electrodomésticos y maquinaria semi-pesada. China es miembro observador de la OEA y participa en los mecanismos de diálogo de las principales organizaciones sub-regionales que, en realidad, son las que están dinamizando el continente: Pacto Andino, Mercosur y Caricom. Esto último quizá sea la mejor muestra de que China ha llegado para quedarse. Tanto es así que ya trabaja en la potenciación de las relaciones con Perú, país con el que ya tiene firmado un TLC desde 2009 (en vigor desde 2010) para que sea la principal puerta de entrada de las manufacturas chinas. A su vez, éstas podrán ser distribuidas al resto del continente por tierra y por mar. Y la segunda opción está ligada a las obras del Canal de Nicaragua, tan cerca (geográficamente) y tan lejos (geopolíticamente) de los intereses de los EEUU en la región (y en el mundo).

Todo ello va a obligar a China a reforzar de un modo exponencial su marina de guerra, mucho más allá del ámbito del Collar de Perlas y de la lógica A2/AD (Anti-Access; Area-Denial) que preside buena parte de su estrategia. Lógica poco mahaniana, por cierto, si no es acompañada de la construcción de una potente flota de alta mar. Pero sabemos que ya ha iniciado ese camino, aunque el tiempo requerido para construir una marina de guerra no se mide en años, sino en lustros, de modo que le queda mucho trabajo por hacer.

El problema, en clave mahaniana, es que las salidas al mar de China son limitadas (con acceso a sólo un mar y con tantas fronteras terrestres que vigilar a sus espaldas, no se corresponde con el ideal de Mahan). En cambio, China ha potenciado mucho su poder marítimo comercial desde los tiempos de Deng Xiao Ping y lo ha convertido en el prerrequisito de su poder naval. Algo que, planteado en este orden y con esta profundidad, Mahan sí hubiera bendecido. Así que la relevancia del comercio chino (volumen; latitudes) puede impulsar a este Estado del Rimland a convertirse, no-sólo-pero-también, en una gran potencia naval, emulando, mejorando y consolidando las hazañas de Zheng-He.

Por su parte, la URSS ya tuvo dificultades para hacer tal cosa en su época dorada, pese a los esfuerzos de Gorshkov (muchas veces enfrentado a la política de “submarinos y misiles” preferida por Kruschev). Sus principales problemas derivan de su posición geográfica (con pocos puertos libres de hielo en el norte y el este, así como con angostas salidas meridionales al mar), no siendo menores los que afectan, por mor de comparaciones, a su menor mentalidad comercial.

Es verdad que la guerra de Siria la ha incentivado a potenciar la hasta hace poco casi abandonada base de Tartus. El Kremlin también ha firmado un convenio con Guinea Ecuatorial para que sus buques de guerra empleen los puertos de Malabo y Bata. Por otro lado, habrá que estar atentos a los efectos de la apertura del Ártico en la política de defensa rusa. Pero, con los datos disponibles a día de hoy, estos esfuerzos se antojan escasos y dispersos. Por lo demás -y esto es decisivo- el plan de rearme naval chino es más ambicioso que el ruso, tanto a nivel cuantitativo como cualitativo.

La Organización para la Cooperación de Shangai (OCS) como catalizadora

Por definición, los catalizadores pueden impulsar o retrasar los procesos en marcha. La OCS fue creada en el año 1996, con la mirada puesta en dotar a las relaciones chino-rusas de una agenda específica, de escala tanto regional como planetaria, aunque con aparente preferencia por la primera. Así, la OCS se afana en luchar contra el terrorismo, el extremismo y el separatismo. Como también se afana en tejer una importante red de relaciones económicas y comerciales entre sí y con las ex repúblicas soviéticas de Asia Central[3]. Pero a nadie se le esconde que uno de los objetivos de la OCS es frenar la influencia de los EEUU en Asia. Ambas cuestiones confluyen en un interés evidente por hacerse con el control del Heartland, ora sea desde dentro (Rusia); otrora sea desde el Rimland, aunque con parte del trabajo ya hecho, a través de Sinkiang (China).

Las ventajas recíprocas parecen evidentes desde el punto de vista geoeconómico, por cuanto Rusia y varias ex repúblicas soviéticas son exportadoras de los hidrocarburos que tanto necesita China para continuar progresando económicamente. Precisamente, el bloqueo en potencia al que los EEUU pueden someter a las importaciones chinas de hidrocarburos llegadas (sobre todo) desde Irán, Arabia, Angola y Sudán a través del estrecho de Malaca[4], constituye un incentivo para Pekín a la hora de estrechar lazos en el seno de la OCS, así como, a fortiori, para convertir en realidad el viejo proyecto esbozado por Mackinder.

Pero la OCS nunca ha funcionado a pleno rendimiento. Oficialmente se debe a que no desea ser una alianza militar que las demás potencias -obviamente, sobre todo los EEUU- puedan interpretar como rival. Aceptémoslo. Pero la pregunta sigue vigente, debidamente adaptada a esas nuevas exigencias de la discusión: ¿por qué no se aprovecha el impulso dado para constituir de una vez esa gran alianza militar? ¿Por qué no se desea crear una “OTAN” euroasiática que sería, sin duda, una gran pesadilla para Washington?[5] La respuesta a esta pregunta (o, al menos, una de las respuestas más plausibles) pasa por traer a colación algunos recelos entre ambas potencias. Veamos algunos ejemplos:

Kazajstán forma parte de la Unión Económica Euroasiática, junto a la propia Rusia y Bielorrusia; contiene una importante minoría rusófona (y rusófila) -que es mayoría en el noroeste del país- y es una pieza fundamental de la política exterior rusa. Pero China está haciendo grandes avances que son bien vistos por el gobierno kazajo, precisamente para no depender tanto de Moscú. En los próximos años Kazajstán será uno de los Estados más cortejados del mundo. Aunque Turquía tendrá cosas que decir[6], Rusia y China parten con ventaja y serán quienes más directamente rivalizarán por sus favores.

Asegurar el suministro de hidrocarburos constituye, con razón, una de las obsesiones chinas. De hecho, Rusia contribuye a la seguridad energética de su vecino, al facilitar la entrada de su petróleo, a través de un ramal del oleoducto conocido como ESPO (East Siberian-Pacific Ocean), concretamente desde Stovorodino hasta Daqing. Sin embargo, China tiene sus propios planes, entre otras cosas para obtener crudo a precios más baratos que los ofrecidos por las empresas rusas. De este modo, Kazajstán se ha convertido en un nudo de vital importancia para Pekín. Por un lado, siendo el eje de las relaciones entre otras exrepúblicas soviéticas y China; por otro lado, siendo en sí mismo un proveedor principal de China.

En el primer aspecto, destaca una de las obras más impresionantes de los últimos años: la construcción del gasoducto que arranca de Gedaim, en la frontera uzbeko-turkmena, se prologa hacia Saman-depe (este de Turkmenistán) y desde ahí alcanza Khorgos (frontera kazajo-china) para penetrar en territorio chino, teniendo un recorrido total de cerca de 9.000 kilómetros hasta alcanzar las prósperas urbes de la costa china. En el segundo aspecto, el oleoducto que conecta directamente Atyrau (Kazajstán) con la región de Sinkiang y, de ahí, se prolonga también hasta la costa este de China. De este modo, China se garantiza el suministro del crudo del Caspio, ese mar interior, el mar del Heartland por antonomasia, ese mar -en definitiva- que tanto refleja el espíritu último de las tesis de Mackinder. Espíritu que refleja también Khorgos, ese puerto terrestre (“puerto seco”, en el argot) de crucial importancia que, paradojas de la vida, es el punto habitado más alejado de cualquier océano.

Eso tiene que ver con algunas de las importaciones más necesarias para China. Pero, si nos fijamos en las exportaciones de productos manufacturados, ocurre exactamente lo mismo (en sentido contrario). De nuevo, el interés chino arranca del bloqueo en potencia del estrecho de Malaca. Y, de nuevo también, la alternativa pasa por rescatar a Mackinder del baúl de la historia. Incluso en lo que se refiere al formato: empleando el ferrocarril. Tanto es así que en lo que China está inmersa es en una alternativa al transiberiano que cubra la ruta Sinkiang-Kazajstán-Rusia (al menos, de momento)[7]-Europa y que transcurre por una ruta de más de 12.000 kms.

Otros escenarios potencialmente conflictivos

Si Asia Central volverá a la centralidad política, lo que ocurra en el norte de Asia será también importante. Por ejemplo, la situación en Siberia será complicada de gestionar. Porque una inmensa región tan escasamente poblada, pero tan repleta de importantes reservas de recursos (agua potable, petróleo, gas natural, madera, tierras raras…) está siendo objeto de creciente atención de ciudadanos chinos que cruzan la frontera para establecerse en suelo ruso con facilidad y complicidades locales, ya que por el momento son una mano de obra más barata que la nativa. El desajuste demográfico podría confirmarse en pocos años, habida cuenta de la tremenda desproporción de habitantes a ambos lados de la extensa frontera, así como de la tendencia de los jóvenes siberianos mejor cualificados a buscar trabajos mejor pagados en la Rusia más urbana e industrializada.

A su vez, la ruta noreste del Ártico, que poco a poco va siendo una realidad gracias al calentamiento global y el consiguiente deshielo, pasa en buena medida por la zona de influencia rusa, que vería como muchos puertos que hoy por hoy son escasamente operativos adquirirían una gran importancia estratégica. Pero China se ha autoproclamado como un “Estado casi Ártico” (a pesar de que carece de territorios dentro del Círculo Polar). Toda una declaración de intenciones, jalonada por una bien orquestada política de penetración en la zona, merced a una combinación de aprovechamiento de vulnerabilidades y de alianzas comerciales con los Estados del Consejo Ártico. China necesita los recursos allí ubicados, pero también piensa en una nueva ruta marítima que una su costa Este con Europa ahorrando distancias, tiempo y costes, en relación con la ruta de Suez[8]. Sea como fuere, en esta fase de la “colonización” ártica, aún incipiente, China coopera con Rusia y Rusia se deja querer.

Conclusiones

El peor escenario para China es una alianza (improbable -máxime a corto plazo- pero no imposible) entre Rusia y los EEUU. El mejor escenario es el que consolida la “colaboración” rusa en el empeño de Pekín por ser una gran potencia, al nivel de los EEUU, en el año 2050. Lo que está en juego es que la práctica totalidad de las rutas de exportaciones e importaciones chinas hacia Europa y África estén amenazadas (por los EEUU y/o por Rusia; vía Suez; vía Kazajstán, o a través del Ártico) o, por el contrario, que varias de ellas aparezcan libres de cualquier obstáculo.

Cuando Medvedev aludió, en el año 2008, a que Rusia era el tercer pilar de la civilización cristiana[9], estaba tendiendo un puente hacia occidente que hubiera sido fatal para China y que fue volado por la presión de los EEUU y de la OTAN tanto en Georgia como en Ucrania. Varios teóricos realistas (Kissinger, Brzezinski, Mearsheimer) han criticado esa postura de Washington ya que, en la medida en que la principal potencia mundial persevere, arrojará definitivamente a Rusia a los brazos de China. Lo que, teniendo en cuenta que la OCS ya existe, estaría incentivando la potenciación de un bloque de poder alternativo.

Sea como fuere, el papel de Rusia es más complicado ya que se encuentra entre la espada occidental y la pared china. Es decir, ninguna de las apuestas posibles será inocua para sus intereses. A corto plazo, subirse al carro chino le reportará grandes beneficios económicos y geopolíticos, no siendo el menor de los cuales la capacidad para seguir plantando cara a los EEUU y la OTAN sin tener que preocuparse de otros frentes. A la larga, sin embargo, servirá para encumbrar a un competidor directo por el poder en Eurasia lo que, unido al diferencial demográfico, económico y militar entre Moscú y Pekín, augura un futuro poco menos que gregario para Rusia.

El “óptimo paretiano” entre Rusia y China pasa por un gran acuerdo en el que se repartan áreas de influencia, de modo que Kazajstán opere como buffer entre ambos; en el que compartan la explotación de los recursos árticos; en el que China obtenga parte del negocio de Siberia, a cambio de no violentar su soberanía y en el que los dos consoliden posiciones en sus respectivos “extranjeros próximos”, apoyándose mutuamente en los foros internacionales (versión china de la doctrina Monroe en el Mar de China y control ruso del Cáucaso y Ucrania -o parte de Ucrania-). Siendo así que, en última instancia, China se convertiría (no-sólo-pero-también) en una gran potencia marítima (aunque desde el Rimland), mientras Rusia podría apuntalar sus trincheras, ubicada en un más placentero (si se dan el resto de condiciones) epicentro del Heartland.

Académicamente hablando, los próximos años serán útiles para comprobar si las relaciones ruso-chinas basadas en la OCS triunfan sobre, o son derrotadas por, la doctrina de las ganancias relativas (Grieco, Huntington). Es decir, sumaremos un estudio de caso más al debate entre neo-institucionalistas (Keohane, Nye) y neorrealistas (Waltz, Mearsheimer). Más allá de ello, también asistiremos a la solución del dilema referente a la estructura del sistema político mundial. En efecto, la larga transición iniciada tras la caída del muro de Berlín está llegando a su fin. Los elementos distintivos de dicha transición habrán sido, contra toda previsión inicial, la resiliencia de una Rusia que parecía hundida en 1989-1991; la fulgurante aparición como super-potencia de una China que a duras penas comenzaba a levantar la cabeza en 1989-1991; así como las crecientes dificultades de unos EEUU que aparecían en el horizonte de 1989-1991 como único vencedor, indiscutido e indiscutible, en la pugna por el poder mundial. Pero la historia continúa (por cierto) y tanto China como Rusia (aunque una más que la otra) serán piezas decisivas en el gran tablero mundial, hasta el punto de terminar con la ilusión de un mundo unipolar (si es que aún se puede hablar de tal cosa).

Publicado por el autor en la Revista General de Marina.


[1] Porque partimos de la base que en nuestros días no es necesario “conquistar” militarmente nuevos territorios para incorporarlos a los nuevos hinterlands económicos y comerciales.

[2] En esencia. China llega a África en busca de hidrocarburos y materias primas, pero, una vez allí, construye infraestructuras de transporte y comunicaciones, escuelas, concede becas de estudios, etc, de modo que, al final, algunos de esos Estados contraen una deuda con la propia China. Pero Pekín les permite pagar en especie (normalmente, petróleo) o bien ofrece condiciones más favorables que las del FMI/BM.

[3] Kazajstán, Tayikistán y Kirguistán son miembros fundadores, mientras que Uzbekistán se adhirió en el año 2001. Sólo Turkmenistán queda al margen de los miembros de pleno derecho. Por otro lado, en el año 2016 ingresaron también India y Pakistán. Aunque las relaciones con estos Estados deberían ser objeto de otro trabajo, no deja de ser sintomático que la OCS, cuya esencia es mackinderiana, avance por el Rimland…

[4] La conciencia de lo que podría suponer este cuello de botella para China puede rastrearse en PENG GuangqianG & YAO YOUZHI. The Science of military strategy. Pekin: Military Science Publishing House, 2005, pp. 233-234.

[5] Recordemos las reflexiones de Brzezinski acerca del peor escenario posible para los EEUU, esto es, la unión de los Estados díscolos con el statu quo vigente, que él ya califica de bárbaros (BRZEZINSKI, Z. (1997). El gran tablero mundial. Barcelona: Paidós, p. 48 y 63). Por su parte, Huntington creía que sería muy complicado que se unieran de un modo tan firme dos Estados pertenecientes a distintas civilizaciones (HUNTINGTON, S. (1999). “La superpotencia solitaria”, Política Exterior, Vol. 13, nº 7, p. 50). Pero los dos apuntaron lo precaria de la situación de EEUU si Rusia y China daban ese paso.

[6] Esto debería ser objeto de otro análisis, ya que extrapola los objetivos de éste. Pero conste que Kazajstán es un Estado musulmán turcómano y que Ankara tiene como política pública, entre otras, la de fomentar su cultura entre las ex repúbicas soviéticas de Asia Central (todas, excepto Tayikistán -que es de influjo persa-, son turcómanas).

[7] El transporte de mercancías chinas por ferrocarril conecta con Europa a través de líneas como la Chongqing-Duisburg, la Chengdu-Lodz, la Suzhou-Varsovia, la Zengzhou-Hamburg, la Yiwu-Madrid o la Wuhan-Lyon. Todas abiertas a partir del año 2011. Son una alternativa (conocida como “ruta sur”) al transiberiano (“ruta norte”) y ofrecen un considerable ahorro en el recorrido hacia Europa, discurriendo por suelo kazajo, sin necesidad de desviarse hacia Vladivostok. De momento, deben pasar por la Rusia blanca. Pero en el futuro, podrían desviarse hacia el Caspio, a través de Turkmenistán, para terminar en el eje Azerbaiyán-Georgia-Turquía, de modo que ni siquiera sería imprescindible pasar por suelo ruso (vid. BAQUÉS, Josep (2017). “Análisis de tendencias geopolíticas a escala global”, en Documento de Investigación del IEEE, 18/2017, pp. 14-19).

[8] BAQUÉS, Josep (2018). “La Geopolítica del Ártico: una nueva pieza en el gran tablero chino”. Revista General de Marina, Tomo 275 (marzo), pp, 307-313.

[9] Siendo los EEUU el pilar protestante; la UE el católico y Rusia el ortodoxo. Nótese que se trataba de una reinterpretación de las conocidas tesis del Choque de Civilizaciones de Huntington. En el año 2008 Medvedev llegó a reiterar en varias ocasiones la conveniencia de crear una gran asociación estratégica que uniera Vladivostok con Vancouver, sin tener parada en Pekín (LUKYANOV (2009). “El replanteamiento de la seguridad en la Gran Europa”, en KRASTE, Iván, LEONARD, Marc y WILSON, Andrew (eds). ¿Qué piensa Rusia? Barcelona: CIDOB, pp, 77-82. Pero eso parece haber caído en el olvido.  

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Josep Baqués

Josep Baqués es Profesor de Ciencia Política en la Universidad de Barcelona y Subdirector de Global Strategy

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