• Buscar

Las misiones de espionaje en el proyecto estratégico del Marqués de la Ensenada

https://global-strategy.org/las-misiones-de-espionaje-en-el-proyecto-estrategico-del-marques-de-la-ensenada/ Las misiones de espionaje en el proyecto estratégico del Marqués de la Ensenada 2022-02-16 17:50:00 Santiago A. Cabello Berdún Blog post Estudios de la Guerra Global Strategy Reports Guerra siglos XVI - XIX

Global Strategy Report, 6/2022

Resumen: Hacia la mitad del siglo XVIII, el cese de hostilidades en Europa parecía abrir una nueva época de entendimiento, un espejismo entre las rivalidades de las grandes potencias. En España, Zenón de Somodevilla, Marqués de la Ensenada, supo analizar finamente la situación política y trazar un plan de acción que devolviese al Reino sus glorias pasadas. En este Plan se contemplaban medidas militares, financieras y comerciales tendentes a hacer efectivo un rearme del Ejército y de la Armada. Para llevar a cabo este proceso era fundamental contar con las tecnologías más modernas y los últimos conocimientos científicos; ya que España seguía arrastrando la inercia propia de una ciencia anquilosada durante siglos. El marqués de la Ensenada no dudó en lanzar diversas misiones de espionaje sobre centros y territorios considerados de interés, formadas por hombres que conjugaban la ambivalencia ejército-ciencia. Este trabajo se centrará en el análisis de sus resultados y de la implicación que ello tuvo en los planes estratégicos de España.

Para citar como referencia: Cabello Berdún, Santiago A. (2022), «Las misiones de espionaje en el proyecto estratégico del Marqués de la Ensenada», Global Strategy Report, No 6/2022.


Introducción

El Tratado de Aquisgrán significó un respiro para las potencias europeas que se habían desangrado, tanto en la contienda continental de la Guerra de sucesión de Austria como en su proyección americana del conflicto, la Guerra de Asiento. El surgimiento del binomio Ensenada-Carvajal (Gómez Urdañez, 2002) muy en consecuencia con la actitud pacifista del nuevo rey Fernando VI, diseñó una nueva política exterior española, que, a pesar de sus visiones divergentes en cuanto a la ejecución, logro de objetivos y elección de aliados, ofrecía un factor común que aunaba esfuerzos: el fortalecimiento de la Real Armada y la Marina Mercante en el entorno de revitalización de la preeminencia colonial (Amor-Martín, 2020).

Zenón de Somodevilla
Marqués de la Ensenada

Era obvio que España había quedado un paso por detrás en el campo de las transformaciones económicas operadas en Europa desde la segunda mitad del siglo XVII; cien años más tarde aparecía la Monarquía Hispánica como un Estado poco desarrollado comercialmente frente a Gran Bretaña, Francia o las Provincias Unidas, que escasamente podía aspirar a conservar sus territorios, pero que distaba mucho de ejercer el liderazgo en al mundo del comercio. Conocedor de esta circunstancia el Secretario de Estado José de Carvajal optó por vincular su política y repartir beneficios con una estas potencias hegemónicas: Gran Bretaña, la más poderosa. El acercamiento de posturas con la corona inglesa y Portugal quedaría reflejado en la firma de los Tratados de 1750 en los que se plasmaba la impronta atlántica y antifrancesa y el deseo iusnaturalista de búsqueda de una paz perpetua en la que el comercio ejercería como piedra angular.

Como el propio Carvajal, Zenón de Somodevilla marqués de la Ensenada y titular de la Secretaría de Hacienda, Marina, Guerra e Indias, también realizó ingentes esfuerzos por el logro de la paz a finales de la cuarta década del XVIII, pero una vez alcanzada ésta, sus objetivos divergieron de los del Secretario de Estado. No podían ser el comercio distendido y la diplomacia las únicas garantías de la prosperidad y desarrollo del reino, sino que la mejor garantía para el desarrollo pasaba por fortalecer tanto el músculo militar como el financiero. Por lo tanto, se hacía necesario la vuelta al punto de partida de la ‘reforma militar’ que había iniciado en 1749 (Andújar Castillo 2004)[1]. Ya no era fiable la Paz de Aquisgrán y las relaciones diplomáticas se tensaban hasta no hacer ya dignos de confianza los acuerdos alcanzados en un entorno de tirantez creciente.

En su Representación de 1751 [2] dirigida a Fernando VI, el marqués de la Ensenada, traza las bases de su visión de lo que debía ser la política exterior española, de hecho, cuando el rey es informado llevaban ya varios años activos los mecanismos responsables de la ejecución de las líneas maestras de su proyecto. Amor-Martín (2020) destaca cinco líneas de actuación:

a) Defensa del estatus de las posesiones borbónicas en Italia y reorientación fuera de la península itálica de los centros de interés de la diplomacia española.

b) Recuperación de los territorios nacionales usurpados por Gran Bretaña después de Utrech. Menorca y Gibraltar.

c) Reconstrucción del reino y recuperación comercial y económica

d) Neutralidad externa no exenta de una recuperación política de rearme

e) Reforzar el control económico y militar sobre las Indias, recuperando la preeminencia sobre Gran Bretaña y Países Bajos, cuyas naves campeaban a placer los territorios hispánicos.

En el ánimo de cualquier estratega militar estaba la idea de que la pugna por ser la primera potencia en el Atlántico llevaba irremisiblemente a un enfrentamiento entre Gran Bretaña y Francia, en el que España tendría bastante que decir, bien como fiel de la balanza o como parte activa contra el rival comercial americano. Ensenada lo hace patente en su Representación de 1751

     Por antipatía y por interés serán siempre los franceses e ingleses enemigos, porque unos y otros aspiran al comercio universal, y el de Francia, y el de España y el de América, es el que más les importa.

     Seguiríase a esto que estén pocos años en paz y que V.M. sea galenteado de la Francia, para que unida su Armada con la de España, sea superior a la de Inglaterra y pierda ésta el predominio del mar, y de la Inglaterra, porque si V.M. con 100 batallones y 100 escuadrones ataca a la Francia al mismo tiempo que los ingleses y sus aliados por las Flandes, no admita duda de que la Francia no podrá resistir y perderá la superioridad de fuerzas de tierra con que se hace temer en Europa [3]

Así que el rearme debería hacerse a marchas forzadas sin levantar sospechas, por ello, la “paz discreta” (Gómez Urdañez, 1995) se centró en una carrera contra reloj en pro del fortalecimiento de la Real Armada

Como ministro de Hacienda, Guerra Marina e Indias, su proyecto implicaba un efectivo control de las Indias, para lo que necesitaba una potente Marina, y puesto que lo más probables es que se viese inmersa en una Guerra, era de capital importancia contar con una Hacienda más que saneada. A fin de lograr sus objetivos no dudó en ocultar sus actuaciones al Rey o a Carvajal, Secretario de Estado y responsable por lo tanto de la Primera Sección.

Partidario de postulados mercantilistas de naturaleza francesa, Somodevilla era consciente de que el sistema económico, considerado como motor del desarrollo, debía de adaptarse a los nuevos tiempos de reestructuración política y financiera y fomentar la licencia de registros individuales de pabellón neutral, marginando la obsoleta vía mercantil de convoyes. El predominio de estos registros fue un acicate para la renovación y ampliación de la flota mercante (con la subsiguiente incidencia sobre los astilleros periféricos) que el marqués de la Ensenada supo desagregar de la militar. Amor-Martín (2020) aporta que entre los años 1717 y 1778 la flota se multiplicó por cinco pasando a ser la tercera del mundo, a la vez que el presupuesto de Real Hacienda en el sector naviero aumentó 16 puntos entre la segunda y quinta década del siglo, incremento importante pero no lo suficiente para llegar al mínimo exigible a una potencia con tal amplitud de territorios, por demás está el dato que el aumento de la flota básicamente se había realizado en astilleros foráneos[4], la necesidad de suministros obligaba a completar la insuficiente producción nacional.

Independiente de las dispares apreciaciones que tanto Carvajal como Somodevilla (pacifismo a ultranza versus pragmatismo) tenían acerca de la política exterior española, existía un común acuerdo en priorizar el rearme la flota. En 1745 ya se había diseñado el proyecto. Se contemplaron tanto los detalles propios de la maestranza, velamen y jarcia, como los humanos de oficialidad, marinería y técnicos propios de la ingeniería naval (estrategia, diseño y gestión de los recursos forestales necesarios para la construcción) siendo además conscientes que España necesitaba la tecnología necesaria que no era capaz de producir.

Al término de la Guerra de Asiento, la Real Armada apenas podía alinear 16 u 18 navíos, 5 fragatas y 15 embarcaciones menores (Ozanam 1980) muchas de ellas con necesidades urgentes de carenado, en el proyecto de rearme se contemplaba disponer al menos 60 navíos de línea, 65 fragatas y las unidades de menor porte complementarias, incluso en el caso de que se consiguiesen los objetivos la flota española sería solo el 43% de la Royal Navy.

Aún a pesar de seguir el proyecto[5] armamentístico diseñado por el Secretario de Estado, conforme se iba perfilando el panorama internacional después de Aquisgrán, como ya se ha comentado, la confianza del marqués en la vía diplomática era cada vez más endeble, por lo que ideó secretamente un programa de rearme naval a seis u ocho años vista[6] a espaldas tanto de Carvajal como de Fernando VI. Ensenada quería una monarquía poderosa, militarmente respetada y por demás con los suficientes recursos financieros como para serlo. Desconfiaba el panorama feliz de Paz universal en el que se estaba sumergiendo la Monarquía tras los tratados perfilados en el inicio de la segunda mitad del siglo[7]

Para alcanzar los objetivos previstos en este plan a largo plazo era necesaria una actualización tecnológica en España tanto de carácter civil (fomento de la industria nacional y refuerzo del comercio) como militar. El afianzamiento del primero implicaba el fortalecimiento del segundo tanto en cuanto podría asegurarse así el flujo de mercancías y dineros entre la metrópolis y su Indias.

La mejora de la Real Armada en sus aspectos más técnicos cobró por lo tanto una especial relevancia dado que se pretendía acortar la distancia (la cuantitativa era una realidad palpable, aunque la cualitativa era menos de la que se pensaba) que Gran Bretaña llevaba a España en cuanto a poderío naval. La consecución de este posicionamiento no admitía demoras ni controles por lo que se priorizaron los aspectos propios de la ingeniería naval (más veloces, más operativos, más baratos, mejor artillados, más potentes en ataque y en defensa). Estas transferencias, más o menos transparentes, de tecnología no podían hacerse por los canales habituales por lo que se acudió a la labor del espionaje industrial con fines muy concretos.

Por lo tanto, puede hablarse que dentro del proyecto político del marqués (Gómez Urdañez, 1995; 2002) existía un plan general para la consecución de objetivos estratégicos orientados a un rearme más o menos soterrado. En él contaban tanto el factor tecnológico como el humano. El primero debía mejorar la potencia militar de la Real Armada en sus vertientes de ingeniería (diseño y empleo de nuevos materiales) y de calidad y cantidad del artillado de los buques, el segundo, sobre el que habría de sustentarse, debía el factor humano.

Obviamente el personal responsable de llevar a buen puerto todos los requerimientos debía poseer conocimientos tanto de carácter militar como científico, capaz de reconocer y jerarquizar las informaciones a la que podrían acceder; debían ser por lo tanto científicos y soldados.

Las principales misiones, de éxito desigual, serían las protagonizadas por Jorge Juan de Santacilla, Antonio de Ulloa, (entre 1748 y 1751); Enrique Enriqui (1750-1751) y los tándems formados por Latre-Hurtado (1751-1755) y Manes-Estachería (1751-1761) [8]. Más tardíamente Sebastián de Eslava, sucesor del marqués de la Ensenada tras su alejamiento de la Corte, continuaría con la figura de “observador militar” ya iniciada por los componentes de las últimas misiones y comisionaría a Juan José de Vértiz y Martín Álvarez de Sotomayor (1758)[9] y Alejandro O’Reilly (1759) ya en plena contienda de los Siete Años. Algunas de las misiones ensenadistas llegarían a solaparse en el tiempo[10]

Esquema de objetivos

Misiones, objetivos y logros

El marqués de la Ensenada era conocedor de la nula validez ética de los tratados firmados con Gran Bretaña, la voracidad pirática de los ingleses se imponía sobre cualquier acuerdo político firmado. Además, era conocedor de la deficiencia tecnología de España tanto en construcción naval como en fundición de artillería, elementos estos indispensable para asegurar una flota más o menos respetable que mantuviese intactas las posesiones americanas y a la vez que asegurase el flujo comercial entre la metrópolis y ultramar. Contrapunto evidente de la política probritánica y pacifista de Carvajal[11], Somodevilla tomó la decisión de montar una red de información paralela a las estructuras controladas desde la primera Secretaría de Estado (Taracha, 2011), de ahí que acudiese a jóvenes oficiales del Ejército y la Marina (núcleo científico por excelencia de la época) para recabar la información tecnológica que necesitaba la Real Armada.

Las misiones en el exterior fueron preparadas con sumo cuidado como demuestra el detalle con el que se describen en las Instrucciones dadas a los agentes. Dentro de esta planificación estaba en primer lugar la adecuada selección de los responsables de las mismas. Los criterios importantes de selección eran la capacidad de sacrificio, el nivel y formación intelectual y, obviamente, la lealtad.

El Marqués de la Ensenada, como ministro de Guerra, conocía las habilidades que tenían sus oficiales, así como el nivel de formación que podían haber adquirido en los diversos centros de enseñanza, siendo determinantes sus saberes científicos en matemáticas, química, física, medicina o los específicos militares sobre armas de fuego, artillería y navegación. Eran por lo tanto oficiales del ejército y la marina con especialización en algún arma en concreto y un profundo compromiso para con la ciencia.

A mediados de siglo la milicia era prácticamente la única depositaria del conocimiento científico, los ideales ilustrados de búsqueda de la verdad y de la razón en base al estudio de los fenómenos naturales apenas tenía cabida en una universidad lastrada por polvorientos estudios de teología y derecho que a duras penas pervivirán bajo la larga mirada de la Inquisición. A medio plazo sólo las académicas o instituciones de formación relacionadas con la milicia podían garantizar la difusión de los avances más significativos por lo que son objeto de financiación prioritaria.

Como expresión significativa de la mentalidad ilustrada, a mediados de siglo se multiplica la aparición de centros de investigación, la mayor parte de ellos vinculados al Ejercito y de carácter periférico (Cádiz, Barcelona, Cartagena, El Ferrol), sin echar en el olvido a Madrid. Los numerosos intentos y solicitudes de creación de academias militares existentes entre 1730 y 1750 tomarán cuerpo entre los años 1750 y 1751[12]. Todos los establecimientos debían tener unas características muy similares y estar enfocados a la mejor preparación en matemáticas, ciencias naturales y física, siendo ideados como futuros centros de referencia en ingeniería y cartografía. Para ejercer este rol necesitarán un amplio plantel de profesorado muy formado (dentro o fuera de España) y de una buena dotación de libros e instrumental científico, cuya adquisición también forma parte de las Instrucciones dadas a los agentes españoles en misión exterior.

Jorge Juan de Santacilla

En el siglo XVIII se asiste a la consolidación de los ejércitos permanentes. A partir de ese momento los enfrentamientos bélicos sumarán a su contienda la tecnología y las personas de formación especializada (Lafuente y Peset, 1981). Hay una clara distinción entre la marina de guerra y la comercial, a la vez que son relegados los galones en pro de los navíos de vela, auténticas fortalezas sobre el mar. Por demás, la revolución industrial empieza a perfilarse y se intensifica una lucha por los mercados que desencadenará una auténtica carrera armamentística. El cañón de bronce es sustituido por el de hierro y se desencadena una auténtica fiebre metalúrgica, los bosques son masivamente explotados y la madera cobra creciente importancia como material indispensable para el desarrollo de los países, a la vez que se buscan fuentes alternativas de energía a las ya conocidas. La cartografía pasa a ser una fuente de conocimiento estratégico. La Ilustración dirigente asume el conocimiento científico como fuente de poder.

Debida a las carencias nacionales de construir un corpus tecnológico sólido de acuerdo a las necesidades de la época del desarrollo nacional se intentó sin éxito la transferencia de tecnología basada en la inmigración de técnicos y artesanos pero que bien ellos no tuvieron la habilidad de enseñar o sus discípulos la de aprender, puesto que los conocimientos se perdían irremisiblemente en cuanto se alejaban las fuentes. Es por ello que los gobiernos consideraron la alternativa de becar o formar en el extranjero a jóvenes científicos, fundamentalmente oficiales de la marina, que además de recibir las enseñanzas previstas tuviesen la capacidad de aumentar su formación e información por vías menos claras (Helguera Quijada, 2015).

Jorge Juan de Santacilla

Cuando Zenón de Somodevilla conoció a Jorge Juan de Santacilla, este joven oficial tenía ya adquirida una amplia experiencia científica que había forjado a lo largo de nueve años en Misión geodésica llevada a cabo junto a los científicos franceses La Candamine y Borgier con la intención de medir el arco del meridiano en la proximidad de Quito. La formación, el rango, sus habilidades y conocimientos científicos lo hacían la persona idónea para llevar a cabo una misión especial en Gran Bretaña.

Con fecha 27 de octubre de 1748[13] se le entregan unas amplias instrucciones en las que se especifican los objetivos de la misión. Bajo la apariencia de un estudiante de matemáticas y acompañado de dos ayudantes, José Solano y Pedro de Mora, deberá intentar contratar a varios constructores navales y expertos en la fabricación de jarcias e instrumental marino. Igualmente, informará sobre las características de la armada inglesa, tipología de buques, artillado, bases, logística, y materiales que se emplean en la producción naviera. No quedan fuera de la relación las informaciones de carácter socio-económico.

Desde el primer instante de su llegada a Londres en 1749, Jorge Juan comenzó a establecer los contactos pertinentes y la recogida de los datos solicitados. Contrató a más de cincuenta técnicos especialistas entre los que destacaban los constructores navales W Rooth, E. Bryant y M. Mullan, D. Howell y A. Hill[14] , algunos acompañados de sus familias (Helguera Quijada, 2015) y de dos maestros de Jarcia y Lona (Elías Sayer y Patrick Lathey) y recopiló tal cantidad de información que años más tarde podía hablarse ya del “sistema inglés” como una nueva categoría de ingeniería naval.

De vuelta a España, en 1752 es nombrado director de la Academia de Guardiamarinas, [15] e implantará las enseñanzas más avanzadas de su época, a la vez que se rodea de un claustro de profesores más que competente. Fundará también el Observatorio Astronómico de Cádiz, dotándolo del mejor instrumental de la época, y será asesor científico del marqués la Ensenada y de algunos de sus sucesores en el cargo.

Este nuevo método (empleado entre 1750 y 1765) utilizaba planos más elaborados y exigía delinear los elementos constructivos antes de labrarlos, lo que permitía construir en serie varios buques (navíos iguales en astilleros diferentes), además utilizaban piezas de menor tamaño resultaban mucho más económicas, (aunque incorporaban más cuadernas) equilibrando la relación eslora/manga y disminuyendo por lo tanto el riesgo de quiebra en detrimento de la velocidad punta.

La simbiosis entre los planteamientos incorporados por los ingenieros ingleses, las ideas de Jorge Juan y la experiencia de los astilleros españoles originaría un “sistema mixto”.

Nuestra Señora de la Santísima Trinidad, construido por el sistema inglés. Botado en los astilleros de la Habana en 1769

Las propuestas técnicas que aporta a la arquitectura naval española son las siguientes: buques de tamaño más reducido, técnicamente mejor ligados y ensamblados, menor obra muerta, madera más seleccionada para las distintas piezas, así como mejor tratamiento a la misma, circunstancia esta que no siempre se dará

No obstante, las dimensiones del navío de 70 cañones propuesto por Rooth coincidían casi idénticamente con las del navío de este porte del Establishment de 1745 [16] y que determinaba una ajustada relación eslora/manga. Ello significa que se estaba transfiriendo la tecnología del más reciente modelo de ingeniería naval. Pero resulta que el navío del Establishment de 1745 no es sino la adaptación inglesa de las medidas del Princesa, capturado y llevado a Gran Bretaña en 1740 en el marco de la Guerra de Asiento. De esta manera, los técnicos ingleses más avanzados estaban planteando como novedosa una construcción que se llevaba practicando en España más de veinte años atrás.

La adopción de este sistema trajo consigo la necesidad de readaptar el artillado de los buques. García Torralba (2010) comenta que sobre el papel la aplicación del sistema inglés implicaba una menor esbeltez, pero la mayor curvatura hacia dentro a la altura de las cubiertas artilleras dificultaba el manejo de las piezas de mayor longitud. En base a esta consideración el Reglamento de Piezas de 1752 eliminó de su plan de construcción los modelos “largos” de los cañones de 18 y 12 libras y acortando aún más la restante tipología.

Otro aspecto a considerar, además del diseño de los buques, era el de los materiales y entre ellos, más que ninguno las maderas con las que se habrían de construir. Tanto Carvajal como el Marqués de la Ensenada eran conscientes de la importancia de la gestión de los recursos forestales y del procesado de las maderas, de su buen corte, buena curación y también adecuación a los mares en los que tendrían que navegar. La toma en consideración del medio bioclimático caribeño era fundamental dado el carácter corrosivo de la salinidad de sus aguas y la proliferación de fauna parásita. Como quiera que los materiales americanos presentaban una notable ventaja a la hora de su comportamiento marino la Marina tomó bajo su jurisdicción los bosques y montes de América que pudiesen ser de interés para los astilleros. En el año 1747, Francisco Cagigal de la Vega, gobernador de la Habana, pretendió hacer extensible a todos los árboles de la isla el control que ya se tenía sobre la caoba, roble y cedro (Amor-Martín, 2020)

La Real ordenanza de 31 de enero de 1748 para la conservación y aumento de los Montes de la marina (analizada por De Aranda y Antón, 2003)[17] determina los criterios de selección, corta y curado de las maderas, a fin de encontrar en el árbol la pieza o ligazón que posteriormente se las adaptase mejor al diseño de la embarcación. Sin embargo, prevaleció la preferencia de las maderas nórdicas y bálticas para la arboladura que se mantenía desde los tiempos de Ciprian d’Autran. A partir de 1752 se regulariza el empleo de maderas del Báltico en palos, vergas y masteleros, incluso para aquellos navíos construidos en los astilleros de La Habana, que tras cualquier revisión o mantenimiento llevado a cabo en La Carraca veían su arboladura sustituida por las maderas de procedencia no europea. Era por lo tanto indispensable para la Secretaría de Marina y Guerra tener pleno conocimiento de las reservas, explotación, tratamiento y laboreo de los bosques daneses, suecos y noruegos, tal como lo hicieron figurar en las instrucciones de los agentes enviados.

Antonio de Ulloa

Compañero de Jorge Juan en su expedición americana[18] fue Antonio de Ulloa y de Latorre-Giralt, teniente de fragata en aquellos años y con inquietudes y preparación muy similares. Al igual que el alicantino, fue seleccionado por el marqués de la Ensenada para llevar a cabo una misión exterior casi coetánea, pero con destino en Francia.

Con instrucciones fechadas el 28 de junio de 1749 [19] y acompañado de su hermano Fernando, alférez del Regimiento de Infantería de Castilla, y los guardiamarinas Salvador de Medina y José Azcarrati, Antonio de Ulloa dio comienzo a su periplo europeo. Visitaron el sur de Francia, Ginebra[20] y fundamentalmente París, recogiendo información sobre el canal del Languedoc, las nuevas técnicas de tejer[21] y sobre todo sobre la fundición de artillería del Arsenal, donde tuvo ocasión de presenciar el funcionamiento de las máquinas de barrenar la fundición en sólido de cañones; de las que envió un plano detallado a España. El viaje continuó por Normandía, y Bretaña en Francia y por los Países Bajos donde se volvió a comprobar que también habían implementado la técnica del barrenado de la fundición en sólido, a la vez que aprovechó para contratar a diversos maestros de jarcia y lona. Antes de regresar a Madrid, a comienzos de 1752, visitó también Copenhague, Karlskrona (Suecia) y Potsdam (Prusia) prestando una especial atención al beneficio de la industria maderera destinada a fines navales. Todos los informes recogidos sirvieron a Antonio Ulloa para escribir posteriormente La Marina. Fuerzas navales de la Europa y costas de Berbería, manuscrito conservado e inédito en el Archivo General de Simancas durante casi dos siglos, y editado en 1996 por J. Helguera.[22]

Antonio de Ulloa

En el siglo XVIII se había perfilado ya la sustitución definitiva del bronce por el hierro en los materiales de la artillería naval. A final de la centuria la presencia de esta tecnología había hecho que los cañones de aleación fuesen meramente testimoniales salvo en algunos obuses o en piezas de pequeño calibre, denominadas “miras”.

Las razones principales de esta evolución radican en optimizar un balance entre técnicas de fabricación y eficacia de las piezas frente el coste de los materiales. Las grandes ventajas del bronce eran el control sobre el proceso de fundido, y la mayor resistencia, durabilidad y seguridad de las piezas; por el contrario, la cadencia de tiro que podía lograrse con piezas de este material era inferior. En el plano de coste hay que mencionar que la unidad de peso de artillería en bronce era diez veces superior a la de hierro, situación poco ventajosa en un escenario internacional de demanda continua de armamento para las marinas en expansión. (Sanjurjo Jul, 2007; García-Torralba, 2010).

La fundición de hierro se llevaba a cabo en altos hornos donde los elementos principales eran el mineral de hierro y el carbón vegetal con las limitaciones propias que estos componentes implicaban, la calidad del mineral base, el gran consumo de carbón vegetal y la complejidad del control del proceso. El uso de esta fuente de carbón limitaba de manera importante la temperatura y volumen de las coladas por lo que la experimentación y trabajo con carbón mineral, de mayor poder calorífico, con el que era posible de aumentar el volumen de producción llegó a constituir una técnica por la que todos los almirantazgos se interesaban.

El gran dilema que surgió a mediados de siglo era si las piezas debían de construirse según la manera tradicional de moldeado o bien lograr una fundición en sólido. Esta última operación implicaba la obtención de un cilindro macizo de hierro para después configurar el ánima mediante un barrenado vertical u horizontal. La fundición sólida implicaba la obtención de piezas de calidad superior o menos defectos, una disminución de las tensiones que se generaban en las piezas durante el proceso de moldeado y mejor operatividad de tiro tanto en cuanto pieza y ánima eran concéntricas. En definitiva, una mejor artillería producida en un menor tiempo y a un coste inferior. Por todas estas razones no es de extrañar que esta tecnología fuese objeto de deseo de los ejércitos además de objetivo fundamental de las misiones de espionaje industrial de la época.

A pesar de los esfuerzos de Ulloa esta técnica no se implantaría en España hasta 1767, cuando Jean Maritz, hijo del diseñador de las primeras taladradoras, desarrolló el proyecto en los ingenios de Liérganes y la Cavada con un resultado no especialmente óptimo.

Los aparentemente buenos resultados obtenidos con estos viajes informativos sirvieron de acicate a que el Marqués de la Ensenada considerase ampliar las misiones de espionaje hacia la actualización de la industria militar, sobre todo después de la revolución técnica que había supuesto el método de fundición en sólido y su posterior barrenado.

Enrique Enriqui

El teniente de minadores Enrique Enriqui fue especialmente recomendado al marqués por Antonio de Ulloa por poseer una sólida formación en la fundición de cobre para usos en la artillería; por lo que podía ser de gran utilidad bien viajando al Virreinato de Perú para auditar las minas que suministraban dicho material a la Corona, o bien viajando a Europa en misión netamente captadora de métodos y técnicas metalúrgicas.

Se decantó Ulloa por asignarle esta segunda orientación a su viaje la de “imponerse en cuanto fuese conducente a perfeccionar los metales como el cobre de hierro para la fundición de artillería” [23]

En principio el viaje diseñado para Enriqui (por Antonio de Ulloa) comprendía una primera visita a las minas de cobre y fundiciones artilleras de Estrasburgo y Metz; como continuación de su inspección minera iría a los enclaves suecos de Falun y Copperberg y al complejo metalúrgico de Afsta en Suecia y terminaría en la San Petersburgo.

De la permanencia en suelo francés solo se ha conservado una referencia muy leve a la fundición de artillería en sólido, y concluyendo en unas breves reseñas que la calidad tanto de la materia prima como de la fundición eran equiparables, sino inferiores a las españolas, por lo que la diferencia la marcaba solo la formación del personal artillero responsable. En 1751 se modifica la agenda de viaje y parte para Londres con la misión de informar (nuevamente) sobre la manufactura artillera de fundición de cañones en sólido; en Holanda se extravían extrañamente todos los informes elaborados, y en Inglaterra opta por elaborar un proyecto propio de barrena de perforación; que tras ser examinado por los expertos fue descartado de inmediato. Después de su regreso jamás volvió a ser requerido por el equipo del marqués.

A finales de 1750 ya era patente el fracaso de la misión de Enriqui por lo que el teniente general Juan del Rey responsable del Cuerpo de Artillería en la Secretaría de Guerra empezó a preparar unas misiones específicas de espionaje industrial vinculado especialmente a la metalurgia y a la fundición de utillaje artillero. A fin de ganar operatividad se estableció que debía actuar por parejas, la primera estaría formada por Dámaso Latre y Agustín Hurtado, que viajaría por el norte de Europa, y la segunda por José Manes y Francisco de Estachería, a Europa Central.

Dámaso Latre y Agustín Hurtado

En los primeros meses de 1751 Dámaso Latre y Agustín Hurtado partían hacia Inglaterra con la misión concreta de recoger cuanta información fuera posible acerca de una nueva aleación que se estaba experimentando en Chelsea de cara a aligerar el peso de las piezas de artillería manteniendo a su vez la resistencia del arma, posteriormente marcharían hacia el norte de Europa, con visitas programadas a Dinamarca, Suecia y Rusia (Helguera Quijada, 1986).

En una primera estancia permanecieron dos años en Londres donde además de conseguir los planos de una barrenadora vertical de ánimas de cañón[24], establecieron contacto con Moore y Stark conocedores del secreto de la aleación. Las altas sumas emanadas por los ingleses para la transferencia tecnología, así como la duda sobre la fiabilidad de las pruebas efectuadas sobre el nuevo material motivaron la ruptura de las conversaciones. Las siguientes informaciones remitidas por los agentes españoles son de interés desigual y responderán más a iniciativas propias que a las directrices recibidas, así que enviarán procedimientos de refino del cobre, métodos para la refundición del hierro colado de desecho, características de la marina británica, ocurrencias de un pseudoalquimista llamado Conde Baldini y planos de diferentes máquinas que no motivaron el interés de Jorge Juan ni de Antonio de Ulloa por su viabilidad.

Se les ordenó continuar su viaje a mediados de1752, pero permanecieron en Londres sin razón aparente hasta 1753. Después comienzan a deambular por diversos países de Europa del norte, Dinamarca, Suecia, Rusia con escasos resultados y una creciente enemistad entre ellos que los llevarían a emprender el regreso. Latre en marzo de 1755 y Hurtado en agosto del mismo año. El primero sentaría plaza como oficial en la Mesa de Partes de la Secretaría de Guerra y el segundo sería destinado a Alburquerque. En cualquier caso, ninguno de los dos volvería a emprender misión de información alguna

José Manes y Francisco Estachería

La última misión exterior programada por Ensenada fue la que se les asignó a los oficiales de artillería José Manes y Francisco Estachería en 1751 con los objetivos bastante parecidos a los que ya tuvieron Latre y Hurtado, la fundición de artillería en sólido, ello sin que artillería fuese en detrimento de observar e informar de cualquier otra técnica o artilugio capaz de contribuir a la ampliación de conocimientos de los científicos militares.

Se estableció desde el primer momento un cierto paralelismo, cuando no una redundancia, de lo ya observado por Latre y Hurtado; el primer informe remitido fue la refundición y afinación del hierro colado que, como en la vez anterior, fue evaluado negativamente por Jorge Juan y A. Ulloa. No ocurrió así con la segunda información que recabaron, esta vez fue un informe detallado con acompañamiento de maquetas y planos de las taladradoras de artillería del arsenal de París. A instancias del marqués viajaron hacia finales de 1751 a las fundiciones de artillería en bronce de Estrasburgo donde hacía relativamente poco tiempo que se había implementado la tecnología de Jean Maritz, en un completísimo informe detallaron el funcionamiento de las barrenadoras horizontales complementado con un estudio comparativo de la artillería española y la francesa, concluyendo que la ventaja de la segunda radicaba en su menor peso [25].

Tras una visita al norte de Italia, solicitaron permiso para acudir a las clases de la escuela de Minería y Metalurgia de Freiberg, donde aseguraron que se podían adquirir enseñanzas muy valiosas para futuros desarrollos militares. Durante los años que permanecieron en la ciudad su correspondencia fue mínima por temor a una intervención de esta por parte de los servicios de seguridad de Sajonia. En 1754 era destituido el Marqués, sin embargo, no fue óbice para que Manes y Estachería solicitasen a su sustituto en la Secretaría de Guerra, Sebastián de Eslava, una ampliación de su misión para complementar los conocimientos adquiridos con la observación directa de diversos complejos mineros en Alemania y Suecia. Aceptado y hecho el recorrido volvieron a solicitar otra ampliación, esta vez con destino a Inglaterra a fin de observar el empleo de carbón mineral en la industria siderúrgica. Terminada su estancia en Gran Bretaña, sin los más mínimos deseos de regresar a España, solicitaron a través del embajador en París, Jaime Masones de Lima, incorporarse como observadores neutrales a los ejércitos contendientes en la Guerra de los Siete Años, incorporándose en la campaña de 1758 Francisco Estachería al ejército austríaco del mariscal Daum y José Manes al ejército francés del Bajo Rhin[26]. El periplo continuo después de su experiencia bélica por diversas instalaciones artilleras francesas. Recibidos en Madrid con todos los honores después de tan largo periplo, la secretaría de Guerra le envió al complejo industrial militar por excelencia, las fábricas de La Cavada a fin de poner en marcha el proceso de la fundición en sólido. La experiencia fue un rotundo fracaso ya que no lograron ninguna fundición apropiada a los usos de la artillería, tan profundo fue el malestar del mando que fueron degradados y apartados a destinos convencionales, sin nada que ver con los desarrollados hasta esa fecha. Su viaje había durado diez años.

Conclusiones

El balance de las misiones encomendadas por el Marqués de la Ensenada es muy desigual, tanto como lo son la formación seriedad y capacidad de sus protagonistas. Jorge Juan puso el listón tan alto que ninguno de sus continuadores puedo alcanzar, incluyendo también en este grupo a Antonio Hurtado. Consiguió sus objetivos en un tiempo récord a la vez que posteriormente fue capaz de llevar a poner en práctica todos los conocimientos adquiridos; Ulloa, actuó de manera más dispersa por el contenido y alcance de la información aportada, pero fue capaz de detectar la necesidad de una actualización de las técnicas metalúrgicas tendente a la mejora de las piezas de artillería. El viaje de Enriqui, fue un fracaso absoluto, ni era la misión ni la persona adecuada para los objetivos que le marcaron.

A pesar de todo lo comentado anteriormente, el sistema ingles de Jorge Juan fue desechado después de quince años en ejecución y de no pocas controversias entre los ingenieros ingleses y los españoles, lo sustituiría el sistema francés de François Gautier que se mantuvo hasta 1782.

La nacionalización de los ingenios de Liérganes y la Cavada en 1762 y la puesta en marcha de la fundición en sólido no fue sino una continuación de los fracasos anteriores, entrando en una espiral de caída de la producción y falta de calidad que llevó al extremo de tener que importar de la factoría escocesa Carron 4.498 cañones entre 1773 y 1775

Los resultados de los tándems Latre-Hurtado y Manes-Estachería tampoco pueden considerarse exitosos, no consiguieron los primeros las formulaciones sobre las aleaciones que iban buscando y se dispersaron en noticias de baja calidad, los segundos. Aunque lograron ser pensionados en la Bergakademie de Freiberg, no justificaron de ninguna de las maneras los diez años que emplearon en su periplo, más, después del rotundo fracaso de la puesta en marcha de la fundición en sólido.

No puede deducirse que las misiones supusieran el impulso que la industria militar española estaba demandando como inicio del programa más amplio de actuació., Aun así, de los 34 navíos, 9 fragatas y 16 modelos variados que componían la Real Armada en 1735, después de la caída en desgracia del Marqués ya en 1755 se tenían 45 navíos de línea, 21 fragatas y 26 barcos diversos, entre los que se encontraban 12 jabeques; más aún y según datos aportados por Ulloa en su obra La Marina: fuerzas navales de la Europa y costas de Berbería escribe que la Real Armada había crecido entre 1755 y 1772 en diez navíos de línea, siete fragatas y dos embarcaciones menores, y era palpable la recuperación del prestigio comercial y militar, además de ser un importante enemigo a considerar entre las grandes potencias europeas.

Casi se habían conseguido los objetivos, pero para su logro, y según los datos que disponemos, la contribución de la ‘transferencia’ de tecnología vía servicios de inteligencia fue escasa, se miró más a lo externo que a lo interno sin considerar que existían potencialidades nacionales capaces de igualar, sino superar, a las vanguardias científicas y militares continentales

Referencias

Abían Cubillo, D. (2013). “Guerra y ejército en el siglo XVIII”. Trabajo Fin de Máster, Universidad de Cantabria, Santander. Obtenido de https://repositorio.unican.es/xmlui/bitstream/

Abián Cubillo, D. (2017) “La instrucción de la oficialidad de infantería y caballería. Las academias militares en los reinados de Fernando Vi y Carlos III”. Revista Universitaria de Historia militar, Vol. 6 (12), pp. 85-103

Andújar Castillo, F (2004) ” La reforma militar del Marqués de la Ensenada”. En El Equilibrio de los Imperios: de Utrech a Gibraltar A. Guimerá y V. Peralta (coords.) Madrid. Fundación española de Historia Moderna.

Amor-Martín, F. (2020). “La cuestión marítima en la estrtegia geopolítica de Carvajal y Ensenada”. Espacio, tiempo y forma. Serie IV. Histria Moderna (33), 245-268. Obtenido de http://revistas.uned.es/index.php/ETFIV/article/view/23778/22304

Andrío Tarongi, L. (2019). “Información, espionaje e inteligencia de la Monarquia Hispánica siglos (XVI-XVIII)”. Trabajo Fin de Grado Facultad de Filosofía y Letras. Zaragoza.

Astrain Gallart, M. (2016). “Ciencia y Ejército”. En B. Frieyro de Lara, Nueva guía para la investigación sobre los ejércitos de la España contemporánea pp. 147-170. Madrid: I.U. General Gutiérrez Mellado.

Baudot Monroy, M., Díaz-Ordóñez, M., & Valdez-Bubnov, I. (2019). “Política Imperial y Administración de industrias estratégicas: La armada española en el siglo XVIII”. Espacio, Tiempo y Forma. Serie IV. Historia Moderna (32), pp. 13-17. doi:http://dx.doi.org/10.5944/etfiv.2019.24381

Calvo Poyato, J. (2017). “España en el siglo XVIII. los espías de los Borbones”. La aventura de la Historia (225), pp. 36-41.

Castillo, F. (1990). “Militares e Ilustración. El pensamiento militar de Manuel Aguirre”. Revista de historia moderna de la Universidad de Granada (18), pp. 37-50.

De Aranda y Antón, G. (1999) “La carpintería y la industria naval en el siglo XVIII”. Cuadernos Monográficos del Instituto de Historia Naval (33) Madrid

De Aranda y Antón, G. (2003) “Relaciones documentales de los bosques y los montes marítimos peninsulares en los archivos históricos españoles durante el siglo XIII y comienzos del XIX” Ecología, (17) , pp. 359-379

García-Torralba Pérez, E. (2010) La Artillería Naval española en el siglo XVIII. Madrid. Ministerio de Defensa

Goberna Falque, J. (2005).” Los servicios de inteligencia en la historiografía española”. Arbor, CLXXX, 709, pp. 25-74.

Gómez Urdáñez, J.L. (1995) “El Proyecto político ensenadista en la polémica sobre el despotismo ilustrado en España. Notas sobre el proyecto de investigación Ensenada 2002” Brocar (19) pp. 85-129

Gómez Urdáñez, J.L. (2002) “Carvajal y Ensenada un binomio político”. En J.L. Gómez Urdáñez y J. M. Delgado Barrado (Edits). Los ministros de Fernando VI. Córdoba. Servicio de Publicaciones de la Universidad de Córdoba

Helguera Quijada, J. (1986) “Las misiones de espionaje industrial en la época del Marqués de la Ensenada y su contribución al conocimiento de nuevas técnicas metalúrgicas y artillera a mediados del siglo XVIII”. IV Congreso de la Sociedad Española de Historia de la Ciencias y de las Técnicas. Valladolid

Helguera Quijada, J. (2015) “Jorge Juan y las transferencias de tecnología a mediados del siglo XVIII. La máquina de vapor”. En Jorge Juan Santacilia en la España de la Ilustración A. Alberola-Romá, C. Mas Galvañ , R. Die Maculet (coords.) Alicante. Servicio de publicaciones de la Universidad de Alicante.

Ibáñez ibero, C. (1965). “El Marqués de la ensenada y su política exterior”. Revista de Historia Militar (18), pp. 143-156.

Lafuente, A. y Peset, J. L. (1981).” Política científica y espionaje industrial en los viajes de Jorge Juan y Antonio de Ulloa (1748-1751)”. Mélanges de la Casa de Velasquez Paris., (17), pp. 233-261.

Lafuente, A y Peset, J.L. (1982) “Las Academias militares y la inversión en ciencia en la España Ilustrada (1750-1760)” Acta Hispanica ad Medicinae Scientiarumque Historiam Illusttandam (2) pp. 193-209

Lafuente, A. y Peset, J.L. (1985) “Militarización de las actividades científicas en la España Ilustrada (1726-1754)” en Jose Luis Peset (edit.) Las Ciencias Modernas y el Nuevo Mundo. Madrid. CSIC

Martinez Valverde, C. (1988). “Sobre la dilatada y compleja Batalla de Atlántico Española en los siglos XVIII y XIX”. Revista de Historia Militar (64), pp. 111-140.

Olaechea, R. (1987). “Información y acción política: el conde de Aranda”. Investigaciones históricas: época moderna y contemporánea (7), pp. 81-130.

Ozanam, D. (1980) .” Representación del Marqués de la ensenada a Fernando VI (1751)” Cuadernos de investigación histórica, (4), pp.. 67-124

Palacios Alcalde, M. (1988). “Espias, aventureros y comerciantes en la España ilustrada según el Manifiesto del Coronel Thürriegel”. En M. Peñalver (Ed.), Carlos III dos siglos después: IV Encuentro de la ilustración al romanticismo, (2), pp.. 13-22. Cádiz.

Pradells Nadal, J (2006) “La formación de la Marina española en el siglo XVII”I Canelobre 51, pp. 44-58

Peña Blanco, J. (2020). La real Armada contra la Royal Navy. Alicante: Hoplón.

Petit, D. (1984).” El espionaje español a través de la historia (siglos XV al XX). Los cuadernos del Norte”. Revista cultural Caja Ahorros de Asturias (25), pp. 21-27.

Recio Morales, O. (2016) “Innovación militar en la España del siglo XVIII: la producción científica de la Real Escuela Militar de Àvila (1774)”. Cuad. hist. mod. 41 (2)

Redondo Díaz, F. (1983) ” Los observadores militares españoles en la guerra de los Siete Años” Primer Congreso de Historia Militar Vol 1. Estado Mayor del Ejército Servicio de Publicaciones

Torrejón Chaves, J. (1997).” La Artillería en la Marina española del siglo XVIII”. Militaria. Revista de Cultura militar (10). Madrid. Servicio de Publicaciones, UCM

Quintero González, J. (2003).” La artillería naval. Apuntes sobre el suminstro al arsenal de la Carraca”. Tiempo y Forma, Serie IV, Hª Moderna, (16), pp. 341-357.

Sanjurjo Jul, J. (2002). “La artilleria Naval en el siglo XVIII”. Cuadernos IHCN (41), pp. 59-104.

Taracha, C. (2001). “El Marqués de la Ensenada y los servicios secretos españoles en le época de Fernando VI”. Brocar (25), pp. 109-122.

Taracha, C. (2011). Ojos y oidos de la Monarquía Borbónica. Madrid. Ministerio de Defensa.

Torrejón Chaves, J. (1997). “La artillería en la Marina española en el siglo XVIII”. Militaria: revista de cultura militar (10), pp. 291-324.


[1] Andújar Castillo cifra en un 20% la disminución total de efectivos terrestres llevada a cabo conforme el informe del Marqués de Bondad Real “La reforma militar del marqués de la Ensenada” en El equilibrio de los Imperios: de Utrech a Gibraltar pp..520-523

[2] Estudiada profusamente por Didier Ozanam en Representación del Marqués de la Ensenada a Fernando VI Cuadernos de investigación histórica, (4), 1980, pp..67-124

[3] Representación dirigida al Rey, en 1751, por el marqués de la ensenada citado por Antonio Rodríguez Villa (1878) en Don Cenón de Somodevilla, Marqués de la Ensenada: ensayo biográfico formado con documentos en su mayor parte originales, inéditos y desconocidos Madrid. Librería Murillo consulta digital (17/05/2021) en http://bibliotecavirtual.larioja.org/bvrioja/es/consulta/registro.cmd?id=378; Ozanam (1980) Op. cit.pp.. 84

[4] Cuando se publicó en 1778 el Reglamento sobre Libre Comercio, el 75% de los navíos mercantes que hacían la travesía de la Indias habían sido fabricados en el extranjero

[5] José Luis Gómez Urdañez (1995) habla del gran proyecto ensenadista como ejemplo del proyecto político ilustrado que se intenta llevar a la práctica

[6] De hecho, habían comenzado ya desde 1748

[7] El hispano-portugués de Permuta en 1750; el hispano-inglés de Madrid y el de Aranjuez o Tratado de Italia en 1752

[8] Helguera Quijada (1981,1986); Lafuente y Peset (1981); Taracha (2001, 2011); Andrío Tarongui (2019).

[9] Redondo, F. Los observadores militares españoles en la Guerra de los siete Años (1983)

[10] Véase Eje cronológico del Anexo

[11] El “equilibrio armado” del marqués de la Ensenada frente al “equilibrio astuto” de Carvajal. (Gómez Molleda, 1955)

[12] Lafuente y Peset (1985) citan Academia de Guardiamarinas de Cádiz, Academia de Ingenieros de Barcelona, Colegio de san Telmo de Sevilla, Escuela de pilotos de la Armada de Cádiz, Real Academia Médica Matritense, Colegio de Cirugía de Cádiz, Academia de Guardias de Corps de Madrid, Academias particulares del ejército de Ceuta y Orán, Academias de Artillería de Cádiz y Barcelona y la Academia Physico-Matemática de Madrid en Militarización de las actividades científicas en la España Ilustrada (1726-1754)

[13] Museo Naval, mss 2162 ff.2-4 referenciado por Lafuente y Peset (1981) Política Científica y espionaje industrial en los viajes de Jorge Juan y Antonio de Ulloa

[14] Los maestros y oficiales ingleses fueron distribuidos por los distintos arsenales: Rooth fue a Ferrol, Bryant a Cartagena, Howell a Guarnizo y Mulan y Hill a Cádiz.

[15] Para la que escribiría en 1771 Examen marítimo theórico práctico: ó, Tratado de mechanica aplicado á la construcción, conocimiento y manejo de los navíos y demás embarcaciones

[16] Reglamento de construcción y artillado de la Royal Navy

[17] De Aranda y Antón, G. (2003) Relaciones documentales de los bosques y los montes marítimos peninsulares en los archivos históricos españoles durante el siglo XIII y comienzo del XIX pp.360

[18] Y coautor junto con Jorge Juan del libro Observaciones astronómicas y phisicas hechas de en Los Reinos del Perú 1748

[19] AGS, marina, leg 712 referenciado por Lafuente y Peset (1981) Op.cit.

[20] Donde convencieron al relojero Jacques François de Luc a que se trasladase a España (Helguera Quijada, 2005)

[21] Lanzadera Kay

[22] Lafuente y Peset (1985) opinan que dicho manuscrito fue censurado por Gonzalo Cañas, que interpreta que el autor denuncia el gravamen que para la Real Hacienda suponen los programas de construcción naval.

[23] AGS, Secretaría de Marina, leg 712, referenciado por Helguera Quijada (1986)

[24] La fundición sólida es la incuestionable protagonista de la misión

[25] Ventaja estaba evaluada desde el punto de vista de un artillero terrestre, puesto que uno naval hubiese apreciado ese menor peso, que contribuiría a un mayor retroceso, más como un inconveniente. (García-Torralba, 2010)

[26] Redondo Diaz, F Op.cit


Editado por: Global Strategy. Lugar de edición: Granada (España). ISSN 2695-8937

Santiago A. Cabello Berdún

Doctor en Ciencias. Licenciado en Geografía e Historia y Antropología. Especialista universitario en Historia Militar.

Ver todos los artículos
Santiago A. Cabello Berdún