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Los axiomas de la guerra naval, según Mahan

https://global-strategy.org/los-axiomas-de-la-guerra-naval-segun-mahan/ Los axiomas de la guerra naval, según Mahan 2024-07-05 16:18:32 Josep Baqués Blog post Estudios de la Guerra Global Strategy Reports

Global Strategy Report, 11/2024

Resumen: Mahan es más leído como uno de los padres de la geopolítica marítima (yo mismo suelo hacerlo así), elevando el nivel de abstracción, para de ese modo obtener lo mejor de sus lecciones, a la hora de entender qué debe hacer un estado para ser una gran potencia, así como (a contraluz, inevitablemente) qué puede impedir que otros Estados accedan a ese estatus. Sin embargo, esa perspectiva no agota las aportaciones de Mahan. Con fama de mal marinero, era, en todo caso, un teórico de las campañas navales. Algunas de sus lecciones siguen siendo útiles, sobre todo en un nivel operacional. De ahí que haya dedicado este análisis a traerlas a colación. Creo que no haríamos justicia a Mahan si nos limitáramos a las consideraciones geopolíticas o de gran estrategia.

Para citar como referencia: Baqués, Josep (2024), «Los axiomas de la guerra naval, según Mahan», Global Strategy Report, 11/2024.


Puede decirse que hay dos Alfred(s) Mahan: por una parte, el que se dedica a lo que Colin Gray denomina gran estrategia. Es decir, al “análisis de la dirección y el uso hechos de alguno o de todos los recursos de una comunidad, incluido su instrumento militar, para los fines de la política, tal como lo decidan sus responsables” (Gray, 2015: 262). Ese trabajo ya lo he hecho (Baqués, 2018 in toto; Baqués, 2019: 122-124) para descubrir en Mahan es eso, pero también mucho más que eso: en efecto, el estadounidense expone, en realidad, el mejor modo de generar esos recursos, desde todos los puntos de vista: militar, pero también sociológico, pero también económico y, por supuesto, político. Más claramente dicho, si cabe: si Gray define la gran estrategia, Mahan es maestro a la hora de exponer sus condiciones de posibilidad.

No es preciso, pues, que ahora volvamos sobre ello, pues ya está expuesto en otro lugar. Pero es que, por otra parte, también tenemos al Mahan que trata de ofrecer unos principios, a caballo entre los niveles de la estrategia naval y operacional, útiles para ubicar y emplear las fuerzas navales disponibles. Que es, por lo demás, el Mahan más discutido, por diversos motivos, de fondo, y hasta de forma. Los franceses, por ejemplo, con el almirante Castex a la cabeza, no dudan en calificar su obra como “ambigua” y “confusa” (Carpenter, 1995: 123). En España, en fin, no goza de una gran popularidad, quizá porque fue muy crítico con nuestro país, si bien, como tendremos ocasión de comprobar hacia el final de este análisis, lo fue más con los dirigentes políticos que con los militares de la Armada. Lo cual no es óbice para que el almirante Rodríguez Garat documente ese desprecio de Mahan, en las carnes de Luis de Córdova, a pesar del brillante desempeño de nuestro Teniente General (Rodríguez Garat, 2021: 43).

Probablemente, el Mahan más centrado en la geopolítica, así como en las implicaciones del poder naval y, por extensión, del poder marítimo, sea el más celebrado. Unas frases, muy acertadas, de dos militares españoles, pueden ser útiles para comprender cuáles eran las prioridades de Mahan, en su doble faceta de investigador/historiador y docente:

“a Mahan no parecía importarle mucho que sus alumnos fueran capaces de memorizar con precisión los más nimios detalles de la batalla de Trafalgar. Lo que le parece sin embargo trascendental es que supieran por qué el Reino Unido ganó la guerra y los demás la perdieron” (González & Aznar, 2013: 339).

Sin perjuicio de lo cual, conviene, también, conocer sus aportaciones en un ámbito más práctico, operacional. Ya sería útil, por sí mismo, para desvelar esa otra parte de su obra, por pura curiosidad. Pero eso implica desmerecer algunas de sus aportaciones, que tienen un indiscutible valor por sí mismas.

¿Qué nos ofrece, en definitiva, esta segunda versión de la obra de Mahan? Alguno de sus exégetas apunta hacia “el arte del mando que trata con la naturaleza de la toma de decisiones operacionales en la guerra” (Sumida, 1997: 59), mientras otros, yendo muy al grano, destacan sus aportaciones “al estudio de lo que es el poder marítimo” [léase, naval] y de “cómo usarlo” (Fédorova, 2013: 12). Sean cuales sean los detalles, en los que pronto entraremos, ésa sería la segunda gran aportación del profesor del Naval War College.

En busca de los axiomas de la guerra naval

Mahan entiende que las reglas deben ser pocas, pero claras (Mahan, 1914: 3). La más básica, podríamos decir que subyacente al resto de su obra, constituye el fundamento expuesto en su obra fundamental (Mahan, 2007), que uno de los principales intérpretes de su obra recoge del siguiente modo: “la supremacía naval es esencial para toda potencia que desee la preeminencia internacional, y el éxito en la guerra depende de la adhesión a ciertos principios estratégicos” (Sumida, 1997: 4). Por consiguiente, a partir de la experiencia histórica deben obtenerse una serie de principios estables. Tan estables, que sean igualmente útiles para los tiempos de la vela, como para los de la propulsión a vapor, o lo que venga. Por eso, suele decirse que, pese a ser historiador, estaba menos interesado por los precedentes, que por extraer de ellos lecciones potencialmente extrapolables al futuro, que él denomina “verdades fundamentales” (Sumida, 1997: 43).

Habría una suerte de meta principio, que impregna a todos los demás, y que no sería otro que el de la “exclusividad de propósito” (Mahan, 1914: 52). Cabe decir que seguramente sirva también para la guerra terrestre, y hasta para la vida. Pero no está de más empezar por ahí. Enseguida propone algunos ejemplos.

Lo plantea, sin ir más lejos, en el contexto de un debate acerca de las operaciones defensivas u ofensivas, para indicar que, si se confía la defensa de las propias costas a los dispositivos existentes en tierra firme (lo cual ve como deseable) no debe caerse en la tentación de detraer buques de la escuadra para desempeñar esa función, mientras que si se da prioridad a la ofensiva (lo cual se le antoja, asimismo, deseable) debe hacerse con decisión, y siempre con base en buques que, por sus características, estén capacitados para ello[1]. Titubear, en los medios, o en el empuje, es el preámbulo de la derrota. Los casos que puede traer a colación están relativamente cerca del momento en que desarrolla su obra: la derrota británica en la guerra de la independencia de los EE. UU. pendería de la falta de decisión del Reino Unido para concentrar fuerzas y emplearlas en una ofensiva vigorosa (Mahan, 2007: 401-402), llegando a catalogar a Rodney como demasiado “cauteloso”, a diferencia de lo que sí haría Nelson en Trafalgar, y sin perjuicio de su éxito en alguna batalla naval importante, como la de los Santos, en 1782. Pero esto, ciertamente, no impresiona al estratega. Veamos sus razones…

El primer principio de la guerra naval es el control del mar. Y, pese a la reputación alcanzada por Mahan como teórico de la ofensiva y de la batalla decisiva, él insiste en que eso de “ganar batallas” no forma parte de sus axiomas. No, desde luego, como tal, porque no es una finalidad en sí misma:

“¿Por qué existen las marinas de guerra? Obviamente no existen con el mero     propósito de atacarse las unas a las otras para lograr lo que Jomini llama `la     gloria estéril de luchar batallas con el fin de ganarlas´” (Mahan, 1897: 66).

El control del mar tiene por objeto el control de las principales rutas del comercio marítimo, afirmando la seguridad del propio y negándosela al adversario (Sumida, 1997: 45). En palabras del propio Mahan: “considerada la marina bajo este punto de vista, es esencialmente un cuerpo ligero que mantiene abiertas las comunicaciones entre sus propios puertos y obstruye las del enemigo” (Mahan, 2007. 369). Entonces, bueno será que analicemos lo que tal cosa sea para el estratega estadounidense. Mahan establece una definición para el estado deseado, que define como el dominio del mar. Hoy solemos adjetivarlo: el dominio “positivo” del mar. Esa situación se da, cuando “estoy en condiciones de decirle a mi gobierno que puede enviar una expedición por mar a cualquier punto sin tener que vérselas con una escuadra enemiga” (Thursfield, 1914: 52-53). Esa sería, en definitiva, la situación ideal para una marina de guerra que se lo puede permitir.

Pero, siendo así, ¿cuál es la alternativa para otras potencias? Emplear su fuerza para negar la situación descrita en el párrafo anterior a las más fuertes. Si lo anterior puede exponerse como un control positivo del mar, lo que ahora sigue puede serlo como un control o dominio negativo del mar. Aunque la expresión que Mahan emplea es disponer de una Fleet in being, lo que a veces se traduce como una “Flota en su ser”[2], pero que prefiero traducir como Flota en potencia. El caso es que el dominio del mar y la disposición de una flota en potencia serían, a ojos de Mahan, términos mutuamente excluyentes. Pero, para que esa flota en potencia sea útil, Mahan exige algo más, a saber, que no se trate de una escuadra inútil, sino que exista una disposición real de emplearla en caso de necesidad (Mahan, 1914: 76 y 78). Es decir, que exista un auténtico animus pugnandi, lo que opone a su mera contemplación a modo de una “ciudadela flotante defensiva” (Thursfield, 1914: 55).

Entonces, lo fundamental es evitar que el enemigo reciba refuerzos por mar. Así que, volviendo a los axiomas, Mahan dice que el bloqueo de los puertos enemigos es, de hecho, la forma más científica de hacer la guerra” puesto que ahorra muchas vidas. Hasta llegar a afirmar que “la gloria del poder naval es que sus fines sean alcanzados sustrayendo a los hombres sus riquezas, mejor que su sangre” (Mahan, 1914: 106).

Aunque, llegados a este punto, se muestra bastante escéptico con la guerra del corso, sobre todo si se la entiende (como suele suceder) como una concatenación de golpes contra el tráfico mercante enemigo (Peifer, 2013: 83). Se trata de uno de los principios más polémicos, pero también más malinterpretados de nuestro autor. Por eso, conviene que nos detengamos para analizarlo con el máximo rigor posible. Mahan apunta que…

“No se consigue agotar los recursos de una nación capturando buques aislados o           convoyes de los mismos, ya sean pocos o muchos, sino disponiendo de suficiente fuerza en el mar para desterrar de él la bandera enemiga […] este     predominio del mar puede únicamente obtenerse disponiendo de numerosos             buques de combate, que ejercen su acción en el mar” (Mahan, 2007: 194).

Como se deduce de la cita seleccionada, sí es más receptivo cuando detrás de esa guerra del corso también se halla la escuadra, o las escuadras, de las que disponga un país. Si no es así, la guerra del corso puede convertirse en la peor de las ilusiones, porque induce cálculos que resultarán falaces. No menos que un significativo desgaste para el cazador. Por lo tanto, rehúsa pensar en la guerra del corso en términos de enviar a ella unos cuantos cruceros o cruceros auxiliares, sin más. Cuestión distinta es que, junto a ellos (o detrás de ellos) esté la escuadra, presta a intervenir, para darles cobertura, o para, con esa excusa, destruir las fuerzas navales enemigas que traten de oponérseles (Mahan, 1914: 107-108)[3]. Mahan es muy claro, pero hay que leer sus frases enteras, con todos sus matices: “la más vana de todas las ilusiones consiste en creer que es posible reducir a un enemigo sólo con la guerra del corso” (Mahan, 2007: 369; el subrayado es mío). ¿Acaso no se aprecia con claridad el adverbio, que he puesto en cursivas?

Suponemos que fue de su agrado, si no por el resultado, sí por el modo de proceder, el desempeño de la Escuadra de Juan de Córdova, interceptando un doble convoy británico que, zarpando de Portsmouth, en 1780, se dirigía a India y a América. Sorprendido por la Escuadra española, fueron apresadas tres fragatas de guerra, así como medio centenar de buques mercantes, cuyo porte oscilaba entre fragata y bergantín, causando un desaguisado considerable a la Royal Navy y, por extensión, a las posiciones de Albión en la guerra de independencia de los EE. UU.

De esta manera, llegamos a otros axiomas, que solo pueden entenderse conectados a los precedentes. Porque, ciertamente, Mahan privilegia la ofensiva, pero ya sabemos que no como un fin en sí mismo. Sin embargo, si, para proteger a los corsarios propios, o para limpiar el ancho mar de los enemigos[4], debe buscarse el combate decisivo, hay que hacerlo con contundencia, siguiendo ese principio de la unidad de propósito, que todo lo impregna, al que hemos hecho alusión al comienzo de este epígrafe.

Entonces, por el momento, los axiomas a añadir son:

-llegar primero y con más gente (léase, en este contexto, buques). Aunque, a su entender, esto constituye el resumen más sencillo [homely summary] del arte de la guerra, considerado en general (no solo de la guerra en el mar), también tiene su aplicación en el campo de la guerra naval (Mahan, 1914: 82-82).

-siendo lo anterior cierto, merece una aclaración ya que, de no hacerla, puede llevar a una mala interpretación, muy común en la guerra terrestre, pero que podría repetirse en la guerra naval, si no se advierte. Es decir, la velocidad no lo es todo. Por consiguiente, el siguiente axioma podría rezar como sigue: “la fuerza no existe para la movilidad, sino que la movilidad es la que existe para la fuerza” (Mahan, 1914: 83). Dicho con otras palabras: cuidado con enviar al envite fuerzas demasiado ligeras, aunque lleguen antes, al ser más rápidas. Para que quede claro, apostilla que, siempre según su criterio, lo más importante son los cañones y el cerebro y después, solamente después, la velocidad (Mahan, 1914: 84)[5].

 El mar es lo fundamental, pero… ¿Es lo único?

Otra de las críticas que suele recibir Mahan se debe a su nula predisposición a emplear la flota para misiones de guerra anfibia. Demasiado riesgo y desgaste, para poco premio. En esto, choca con Nelson, que sí era más partidario de asumir riesgos en tales empresas. De Mahan se ha dicho que le costaba asumir la necesidad de cooperación inter-ejércitos y que de ahí surgían ulteriores reticencias. Pretendía pues, que “las marinas actúen de forma totalmente autónoma” (González & Aznar, 2013: 345). Ni sería (ni siquiera) muy partidario de extender una amplia red de bases navales, debido a sus costes, pero, sobre todo, a que eso ya sería una forma de inducir la división de la flota (Crowl, 1991: 479-481), ni lo sería de empeñarla en el bombardeo de la costa enemiga ni, como colofón, en asaltos anfibios (Tangredi, 2005: 122). Pero todo eso merece muchos matices. Muchos…

No podemos olvidar que escribe a finales del siglo XIX. Aun así, avala algunas de las pocas operaciones anfibias desarrolladas hasta la fecha. Señaladamente, la toma del Quebec por los británicos, en 1759, preludio de la caída de todo el territorio en manos británicas, al año siguiente (Mahan, 2007: 336). También es notable, por vía de comparación, la preocupación que muestra por el poder terrestre y por los generales, llamados a gestionarlo. Puede que sus argumentos no sean concluyentes, pero son mucho más que lo que cabe esperar, por ejemplo, de Clausewitz respecto al poder naval. Así, en su obra más importante, Mahan se lamenta de que los almirantes de dominen lo suficiente las implicaciones de la guerra terrestre, y todavía menos los generales, las que tiene la guerra en el mar (Mahan, 2007: 165 y 303). No me parece poca cosa, después de tanta crítica, porque, si nos descuidamos, Mahan inventa la ESFAS y hasta las operaciones conjuntas (del aire no cabe hablar, por cuestiones de contexto histórico, y con permiso de los primeros y muy rudimentarios globos de exploración). Al final, es verdad: Mahan nos tenía ojeriza, y escondía algunos de nuestros éxitos. Y nosotros hemos respondido del mismo modo. Sus éxitos, claro, nunca lo fueron como oficial al mando de buques o de agrupaciones navales, sino, más bien, de tipo intelectual.

En lo que se refiere a las bases navales, en fin, ni siquiera sé si es preciso recordar su obsesión con que su país se hiciera con San Juan de Puerto Rico, para esos menesteres. Pero recordado quede, por si acaso. Él veía el Caribe como el mediterráneo de América y San Juan como la Malta del Caribe. Una teoría que, años después hizo suya, a pies juntillas, Nicholas Spykman. Pero las aspiraciones de Mahan en el Caribe iban más lejos, incluyendo Santa Lucía y Martinica; Cuba y Jamaica; así como Puerto Colón y hasta Curaçao (Martínez, 2015: 454), pensando en asumir el control desde la Florida hasta el canal de Panamá, entonces en proyecto y, sucesivamente, en construcción[6]. Tampoco hizo ascos a la presencia de la US Navy en Filipinas, ni a potenciar Hawái como base naval, citándola, sirva como anécdota, como Honolulu. En cuanto a Gibraltar: las palabras con las que describe su utilidad no dejan lugar a dudas, dada su plasticidad:

“Gibraltar significa para las Escuadras de Tolón y Brest, lo que representa un león situado en medio del camino que hay que atravesar” (Mahan, 2007: 368).

En resumidas cuentas, lo más probable es que sus críticos se hayan pasado de frenada. Estas cosas suceden, no pasa nada. Pero, precisamente por ello, también son útiles los ejercicios como el aquí expuesto.

Pero eso no queda ahí. No podemos culminar este repaso a las aportaciones de Mahan sin hacer referencia a un último aspecto. En efecto, todavía falta un aspecto basal de la obra de Mahan, aunque suele pasar inadvertido. Sumida, que sí es consciente de ello, escribe que, para Mahan, tan importante como el principio de concentración de fuerzas lo es la logística (Sumida, 1997: 43). Entonces, no podemos omitir uno de sus axiomas más importantes, que es la necesidad de tener la fuerza preparada, desde tiempos de paz. Lo que equivale a garantizar su logística y su entrenamiento, a partir de las correspondientes maniobras, sin lo cual la más poderosa de las flotas se convierte en una herramienta inútil. Para ilustrarlo, él nos remite a unas palabras del almirante Cervera, pronunciadas en el arsenal de La Carraca poco antes de zarpar hacia Cuba, en 1898, que nos traslada, y que, además, también resultaron ser tristemente proféticas:

“en caso de que la guerra sea declarada, yo debo aceptar, conociendo la situación, sin embargo, que estoy yendo a Trafalgar. Y… ¿cómo podría evitarse este desastre? Permitiéndome gastar antes de zarpar, 50.000 toneladas de carbón en            maniobras y 100.000 toneladas de proyectiles en prácticas de tiro. En cualquier otro caso, me dirijo a Trafalgar. Recuerden lo que estoy diciendo” (Mahan, 1914: 88)[7].

Al fin y al cabo, Mahan no duda en rendir un pequeño homenaje a Cervera, por su entereza y su gallardía, en los peores momentos. Sea como fuere, y más allá del ejemplo propuesto, en términos generales, nos recuerda que los efímeros, pero brillantes momentos de triunfo en la guerra son el signo de largas horas de oscuros preparativos, entre los cuales las prácticas de tiro son solamente una parte” (Mahan, 1914: 88).

Conclusiones

Como colofón del trabajo realizado sobre fuentes, podemos seleccionar un listado de axiomas que recoge bien las principales aportaciones de Alfred Mahan. Son los siguientes:

  1. La supremacía del poder naval para alcanzar la victoria final
  2. Exclusividad de propósito
  3. Preferencia por la ofensiva, sobre la base de no dividir la Flota
  4. Buscar el enfrentamiento decisivo
  5. No ganar batallas por ganarlas
  6. Llegar primero y con más fuerza
  7. Pero recordando siempre que la fuerza no existe para la movilidad, sino la movilidad para la fuerza
  8. No hacer la guerra del corso con base en ataques aislados
  9. Eliminar la flota enemiga, para poder atacar el tráfico mercante enemigo
  10. Ser selectivo en las operaciones anfibias: sí, pero pocas y estratégicas.
  11. Ser selectivo con la adquisición de bases en el extranjero: sí, pero pocas y estratégicas
  12. Afrontar la formación en operaciones conjuntas
  13. Sin logística y entrenamiento en tiempo de paz, no hay flota que valga, por poderosa que sea.

Bibliografía:

Baqués, Josep (2018). “Las lecciones fundamentales de la obra de Mahan”, en Revista del Instituto Español de Estudios Estratégicos, nº 11: 107-130.

Baqués, Josep (2019). “El mar como catalizador de la política: de Mahan al auge chino”, en Revista de Estudios de Seguridad Internacional, 5 (1): 119-139.

Carpenter, Ronald H. (1995). History as Rethoric. Columbia: University of South Carolina Press.

Crowl, Philip A. (1991). “Alfred T. Mahan: el historiador naval”, en Paret, Peter (ed). Creadores de la estrategia moderna. Madrid: Ministerio de defensa, pp. 461-494.

Fédorova, Katerina (2013). “La contribución histórica de A. T. Mahan”, en Universitas. Revista de Filosofía, Derecho y Política, 17: 3-27.

González, Andrés & Aznar, Federico (2013). “Mahan y la Geopolítica”. Geopolítica(s). Revista de estudios sobre espacio y poder. Vol. 4 (2): 335-351.

Gray, Colin (2015). The Strategy Bridge theory for practice Bridge. Oxford University Press.

Mahan, Alfred T. (2007[1890]). La influencia del poder naval en la historia. Madrid: Ministerio de defensa.

Mahan, Alfred T. (1897 [1890-1897]). Interés de los Estados Unidos de América en el poderío marítimo. Bogotá: Universidad Nacional de Colombia.

Mahan, Alfred T. (1914). Lessons of the War with Spain. Boston: Little Brown.

Martínez, Arturo (2015). “El Caribe como concepto de Mare Nostrum en la teoría de Alfred Tayler Mahan”, en Tiempo y Espacio, 64: 441-460.

Peifer, Douglas (2013). “Maritime Commerce Warfare. The Coercive Response of the Weak?”. Naval War College Review. 66 (2): 83-109.

Rodríguez Garat, Juan (2021). “Alfil contra caballo. En defensa de Juan de Córdova”, en Revista de Historia Naval, 151: 9-48.

Sumida, Jon Tetsuro (1997). Inventing Grand Strategy and Teaching Command. The Classic Works of Alfred Tayler Mahan Reconsidered. Washington DC: The Woodrow Wilson Center Press.

Tangredi, Sam J. (2005). “Sea Power: Theory and Practice”, en Baylis, John; Wirtz, James; Cohen, Eliot y Gray, Colin (eds). Strategy in the Contemporary World. Oxford University Press, pp. 113-136.

Thursfield, John (1914). La guerra naval. Barcelona: Imprenta Elzeveriana.


[1] Cuando lo plantea, Mahan está enzarzado en una cruzada contra los monitores, ante el temor a que este tipo de buque de guerra sea incapaz de desarrollar su misión cerca de la costa, pero, sobre todo, ante el miedo -todavía muy fundado a finales del siglo XIX- de que estos buques, lentos y poco marineros, sean enviados a operar como buques de escuadra. Pues en tal caso el fracaso estaría garantizado.

[2] Así lo hace, primigeniamente, en 1914. el teniente coronel de ingenieros de la Armada Juan de Goitia y Gordia. Así procede en la traducción del libro de Thursfield que venimos citando.

[3] Toda una lección para la errática política naval alemana, en la segunda guerra mundial ya que, pese a los esfuerzos de sus submarinos y buques de superficie dedicados a la guerra del corso, carecía de escuadra. Notoriamente, enviar a los escasos acorazados de bolsillo, o a cruceros pesados disponibles a hacer, aisladamente, esa guerra del corso no solo no tiene nada que ver con disponer de una escuadra, sino que constituye, por el contrario, su antítesis.

[4] Alguna de las batallas navales más impactantes de la segunda guerra mundial respondió exactamente a estos parámetros. A finales de marzo de 1941, ante la creciente presión alemana, la escuadra italiana decidió arreciar en la lucha contra el tráfico marítimo británico entre Alejandría y El Pireo, ante el escaso éxito alcanzado hasta la fecha por parte de las fuerzas sutiles ítalo-alemanas en el mediterráneo oriental. Los italianos aproaron hacia esa zona con casi todo lo que tenían: el acorazado Vittorio Veneto (41.000 tons) y dos divisiones de cruceros pesados, con los correspondientes destructores como escolta. Pero, tan pronto como el almirante Cunningham, al frente de la Meditarranean Fleet, tuvo conocimiento de esos movimientos, zarpó de su base en Alejandría con todo lo que tenía: el portaaviones Formidable (22.000 tons y 27 aparatos a bordo), tres acorazados de 32.000 tons (Warspite, Valiant y Barham) y sus escoltas. El choque correspondiente, conocido como batalla de Matapán o de Gaudo-Matapán, fue un éxito rotundo para la Royal Navy, que logró lisiar al Veneto (estuvo más de cuatro meses de baja) y aniquilar a una división completa de cruceros pesados (Zara, Pola y Fiume, a la sazón, los más modernos y capaces de la Regia Marina) además de varios destructores de la escolta (Alfieri y Carducci, hundidos y Oriani, averiado). Esta batalla, unida a los todavía latentes efectos del ataque de noviembre de 1940 a la base naval de Tarento (a consecuencia del cual todavía restañaban sus heridas los acorazados Littorio y Duilio) dejó virtualmente desmantelada a la escuadra italiana, lo que tendría funestas consecuencias para ellos en el otoño siguiente, en el contexto de la llamada “guerra de los convoyes”, que terminó dejando a las fuerzas de Rommel que combatían en Egipto sin combustible, ni municiones.

[5] Proféticas resultaron estas palabras cuando, en 1916, en la batalla de Jutlandia, saltaron por los aires tres cruceros de batalla de la Roya Navy, cuyo blindaje no resistió el empuje de los proyectiles alemanes. También el rápido Hood cazó al Bismarck, en 1941… casi tan rápido como se fue a pique, al no poder soportar los impactos de los cañones de 380mm del acorazado alemán. En cambio, en Jutlandia, los Queen Elizabeth, que no eran cruceros de batalla, sino acorazados muy bien blindados, a costa de 5/6 nudos de velocidad, encajaron muchos impactos de ese mismo calibre, aguantando bien.

[6] Este Canal fue, junto a la base naval de San Juan, la otra gran obsesión de Mahan, que tenía la mala costumbre de salirse siempre con la suya.

[7] En realidad, y pese a algunos tópicos al uso, ya señalados, en la obra de Mahan también podemos encontrar destellos de respeto hacia nuestra Armada. Cuestión distinta, ciertamente, es la que tiene que ver con las decisiones políticas que, inevitablemente, envolvieron el quehacer de la Armada, desde mucho antes del desastre de Cuba, tal como desvelan las palabras de Cervera, que él selecciona con toda la intención. Desde luego, es verdad que Mahan nunca entendió la toma de decisiones políticas en España, y que hasta la repudió, culpándola de la pérdida de un imperio. Entre otras cosas, precisamente, por haber descuidado la Armada.


Editado por: Global Strategy. Lugar de edición: Granada (España). ISSN 2695-8937

Josep Baqués

Profesor de Ciencia Política en la Universidad de Barcelona y director de la Revista de Estudios en Seguridad Internacional

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