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A U.S. flag is lowered as American and Afghan soldiers attend a handover ceremony from the U.S. Army to the Afghan National Army, at Camp Anthonic, in Helmand province, southern Afghanistan, Sunday, May 2, 2021. (Afghan Ministry of Defense Press Office via AP)

Las opciones de Estados Unidos en Afganistán

https://global-strategy.org/opciones-estados-unidos-en-afganistan/ Las opciones de Estados Unidos en Afganistán 2021-06-23 09:00:00 Javier Mª Ruiz Arévalo Blog post Estudios Globales Afganistán Asia Central Estados Unidos
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La decisión adoptada por Estados Unidos de abandonar unilateralmente Afganistán en septiembre de este mismo año obliga a plantear, de forma realista, cuáles son las opciones que tiene Washington respecto a su implicación con el futuro del país asiático, si es que puede y quiere mantener esa implicación. En el momento actual, parece que deben descartarse dos opciones: la de la continuidad de su presencia militar y la de una retirada que vaya precedida de un acuerdo de paz: Podemos dar por descontado que, a finales de septiembre, Estados Unidos habrá abandonado militarmente Afganistán, sin que se haya producido un acuerdo previo entre el gobierno de Kabul y los talibán.

Esta situación deja abiertos muchos interrogantes: La actitud que va a adoptar Washington ante el hecho de que los combates entre las fuerzas gubernamentales y los insurgentes continúan y que estos últimos parecen estar consiguiendo victorias significativas; las posibles líneas rojas de Washington respecto a un hipotético acuerdo de paz; el modo en que, en estas circunstancias, se pretende garantizar que Afganistán no vuelva a convertirse en santuario del terrorismo internacional; la actitud a adoptar en el futuro en caso de que se produjera una clara violación de un eventual acuerdo de paz, y sobre el modo e intensidad con que se va a continuar apoyando a las fuerzas de seguridad y defensa afganas más allá de septiembre de 2021.

A día de hoy no resulta posible encontrar una respuesta clara, por parte de la administración estadounidense, a ninguna de estas cuestiones.

Es cierto que la amenaza de que Afganistán se convierta en santuario del terrorismo internacional no resulta a día de hoy demasiado convincente. A pesar de que ha sido la principal condición exigida por Washington y de que la promesa por parte de los talibán de evitarlo haya sido la principal baza conseguida en el Acuerdo de Doha. Además, no existe ninguna definición oficial sobre el tipo de apoyo al terrorismo o de acción terrorista realizadas con el beneplácito talibán que justificarían una intervención estadounidense en el futuro: ni la naturaleza que tendría esa reacción. Parece que en la mente de todos está que se limitaría al desencadenamiento de acciones aéreas selectivas, pero no hay ninguna declaración oficial que lo confirme. El caso es que, a día de hoy, no hay indicios que permitan detectar ningún interés por parte de los talibán en apoyar a grupos terroristas que, desde su territorio, ataquen intereses estadounidenses. Y este posible interés será aun menor, con toda seguridad, una vez que haya finalizado el repliegue militar estadounidense, ya que la presencia militar en territorio afgano es la fuente principal del antagonismo existente entre ambos.

Tampoco se ha producido ningún debate oficial sobre lo que Estados Unidos consideraría un acuerdo de paz aceptable o sobre la actitud a adoptar ante el hecho, más que probable, de que el 11 de septiembre, fecha en la que el repliegue de Estados Unidos ha debido finalizar, no se haya alcanzado ningún tipo de acuerdo. No faltan en el seno de la administración estadounidense quienes abogan por que Estados Unidos mantenga una cierta presencia militar activa en este caso. O que sean contratista del Departamento de Defensa quienes asuman este papel. Pero se trata de meras especulaciones: la realidad es que Estados Unidos no ha definido ni lo que considera un acuerdo de paz aceptable, ni cuál sería su respuesta en caso de no alcanzarse ese resultado. Por el contrario, se ha limitado a condicionar su retirada a ciertas garantías, bastante difusas, frente a una amenaza que resulta, cuanto menos, exagerada.

De hecho, lo que se viene denominando “Proceso de Paz” no es, de hecho, sino la continuación de la guerra civil en unos términos diferentes, que benefician claramente a los talibán. Washington debe reconocer que el acuerdo firmado en Doha en febrero de 2020 no ha producido un cese de las hostilidades. Desde entonces, los talibán vienen conduciendo una guerra de desgaste contra las fuerzas del gobierno afgano, que dosifican adecuadamente para no rebasar el umbral de los aceptable por Estados Unidos. Mientras tanto, van consolidando su control territorial y desgastan al gobierno afgano. Salvo que un error de cálculo llevara a los talibán a ocupar alguna población importante o a realizar alguna acción que rebasara el umbral de lo tolerable, la actual escalada controlada puede mantenerse hasta que se haya producido la retirada total de Estados Unidos. Además, se estima que a partir de mediados de julio, Estados Unidos habrá perdido la capacidad de reaccionar militarmente si lo considerara necesario. Entre Estados Unidos y sus aliados se extiende el temor de que, a partir de ese momento, los talibán se sintieran tentados de atacar a las fuerzas internacionales que aun queden en Afganistán, para mostrar una última victoria sobre ellos. Es por ello que muchos de los aliados presionan a Estados Unidos para que dosifique su repliegue para garantizar la seguridad del suyo.

En este escenario, no es demasiado arriesgado predecir cuál va a ser la actitud talibán durante los próximos meses: continuar con la guerra de desgaste contra las fuerzas de seguridad afganas, mantener congeladas las conversaciones de paz y tratar de no provocar una reacción de Estados Unidos mientras aun conserve capacidades militares relevantes.

Si algo se ha demostrado en los últimos meses es la capacidad de los talibán de convertir el “proceso de paz” en una batalla política para evitar cualquier avance que pueda reforzar la posición del gobierno. Mientras tanto, Estados Unidos carece de la capacidad necesaria para forzar al grupo insurgente a abordar seriamente las conversaciones de paz. La combinación de ambos factores confirma la hipótesis de que, finalmente, la retirada de Estados Unidos se producirá sin que se haya llegado a ningún tipo de acuerdo. No es la primera vez que un proceso de paz se convierte en la continuación del conflicto en otros términos. Este parece ser el caso afgano, como confirma el hecho de que, desde la firma del acuerdo de Doha, no se ha producido ningún avance significativo en el proceso de paz.

El gobierno, por su parte, está dividido en cuanto al modo de afrontar las negociaciones; no controla grandes áreas del país; está afectado por altas dosis de corrupción e ineficacia, y sigue dependiendo económicamente de la ayuda internacional. Su debilidad e incapacidad a la hora de articular un consenso entre los grupos anti-talibán está llevando a algunos de de ellos a movilizar milicias armadas, por si el gobierno acabara cediendo ante los talibán más poder del tolerable. Además, las fuerzas de seguridad y defensa distan mucho de ser autosuficientes. A pesar de los avances en el campo táctico, siguen mostrando serias carencias logísticas, principalmente en el campo del mantenimiento de materiales, que hacen que sea altamente improbable que puedan mantener los actuales niveles de operatividad sin ayuda externa. Esta situación es particularmente grave en el caso de la Fuerza Aérea, cuya capacidad de formación de pilotos y de mantenimiento de aeronaves sin ayuda exterior es muy limitada. Cuando se barajan los números del personal militar, tanto estadounidense como aliado, presente en Afganistán, suele pasarse por alto el hecho de que, actualmente, hay casi 17.000 contratistas del Departamento de Defensa trabajando para las fuerzas afganas. No puede asegurarse que vayan a abandonar Afganistán junto con el contingente militar, pese que así lo haya asegurado el Jefe del CENTCOM, General McKenzie, al Congreso de Estados Unidos, pero resulta preocupante el hecho de que gran parte de las capacidades logísticas de las fuerzas armadas afganas descansan en ellos.

Pero los problemas en Afganistán no se limitan, ni mucho menso, al plano militar. El problema más preocupante reside en la escasa fiabilidad del propio gobierno afgano, cuya debilidad intrínseca se ve agravada por la amenaza talibán. Desempleo y pobreza lastran las posibilidades del país, sin que la mayoría de los afganos, al igual que las organizaciones internacionales, confíen en que los líderes políticos afganos vayan a ser capaces de afrontar adecuadamente problemas de semejante magnitud. Por desgracia, las recetas económicas propuestas por los talibán no representan una alternativa esperanzadora.

Resumiendo: posiblemente es ya demasiado tarde para que Estados Unidos pretenda salvar la situación en Afganistán. Ni en el plano político, ni en el militar, una reducida presencia militar va a permitir enmendar esta realidad. Tampoco la retirada va a hacerlo. Es posible que empeore la situación para millones afganos, pero ahondar en una estrategia que se ha demostrado fallida no parece que sea la mejor opción.

Pare el presidente Biden resulta meridianamente claro que condicionar la presencia militar en Afganistán a que se materialicen determinadas condiciones convierte a Estados Unidos en rehén de una clase política que no ha sabido encontrar una salida razonable al conflicto, ni parece que vaya a hacerlo ahora. La decisión parece irreversible y sitúa en manos de los afganos el futuro de su país. Un futuro con el que el compromiso de Estados Unidos es muy limitado. Sin presencia militar propia, para Washington desaparece la principal fuente de preocupación respecto a un país sin valor estratégico para una superpotencia que tiene sus ojos en otros escenarios y para la que Afganistán sólo supone una hipoteca en recursos militares y económicos y una fuente de desgaste político, tanto en el plano interno, como en el internacional. Aunque cueste reconocerlo así, la falta de criterios políticos claros sobre la futura implicación de Estados Unidos en Afganistán responde a una sola razón, el desinterés derivado del convencimiento de que no hay una solución plausible a un conflicto al que no se ve fin. Lo que faltan no son criterios sobre cómo abordar esa implicación, sino voluntad política para implicarse.

Javier Mª Ruiz Arévalo

Coronel del Ejército de Tierra español y Doctor en Derecho por la Universidad de Granada. Ha desplegado en dos ocasiones en Kabul, desempeñando cometidos en el área de la cooperación cívico militar.

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