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Rusia y el conflicto en zona gris en la región Báltica

Rusia es la ‘amenaza híbrida’ por excelencia en los documentos y declaraciones públicas de la Alianza Atlántica y de la Unión Europea. En este trabajo vamos a centrarnos en las estrategias multidimensionales empleadas por Moscú en la región Báltica; una falla geopolítica donde colisionan las placas tectónicas de Rusia y OTAN.

Antes de nada recordemos a qué se refiere el término zona gris, preferible en opinión de este autor al mucho más difuso de ‘hybrid warfare’. La zona gris es el espacio intermedio en el espectro de conflicto político que separa la competición acorde con las pautas convencionales de hacer política (blanco) del enfrentamiento armado directo y continuado (negro). El conflicto en la zona gris gira en torno a una incompatibilidad relevante para al menos uno de los actores. Las estrategias utilizadas son multidimensionales, de implementación gradual y con objetivos a largo plazo (Jordán, 2018: 133). En términos generales, recurre al conflicto en la zona gris quien no puede o no quiere resolver sus problemas estratégicos mediante la diplomacia o la guerra. Como veremos a lo largo de estas páginas, Rusia protagoniza actualmente un conflicto de estas características en la región del Báltico.

La estructura del artículo es la siguiente. Comenzamos analizando los intereses rusos y las incompatibilidades objetivas o percibidas con el resto de países de la zona. A continuación se examinan las acciones llevadas a cabo por Rusia en el marco de ese conflicto en la zona gris, tanto de carácter militar como no militar.

Intereses y objetivos de Rusia en la región del mar Báltico

La región Báltica posee una destacada importancia geopolítica desde la perspectiva de Moscú. Los objetivos de la acción exterior rusa en la región son los siguientes:

  • Ocupar una posición ventajosa desde el punto de visto político o, dicho de otro modo, convertirse en la potencia más poderosa de la región: la que establece las reglas del juego, la que decide en último término sobre las controversias sustanciales (Cohen & Radin, 2019: 8-9). La política exterior rusa considera que el sistema internacional debe ser regido por grandes potencias que mantengan el orden y equilibrio entre ellas, y donde cada una respete las esferas de influencia del resto (Mankoff, 2012: 12). Moscú considera que la región Báltica forma parte de su área de influencia. La distribución de poder relativo favorece a Rusia en la relación país – país pero la pertenencia de los Estados de la región a la Unión Europea o a la OTAN, o en los casos de Polonia, Dinamarca y Países Bálticos a ambas a la vez, limitan la influencia de Moscú. De ahí se deduce, que todo aquello que evite nuevos solapamientos –ingreso de Finlandia o Suecia en la Alianza Atlántica o de Noruega en la UE– o debilite la cohesión de esas estructuras supranacionales resulta favorable a los intereses rusos. La fragmentación de las coaliciones vecinas mejora la posición de Moscú en múltiples ámbitos: desde la negociación en las ventas del gas a la presión política sobre decisiones contrarias a sus intereses.
Mapa de la región Báltica

  • Proteger las minorías rusas en los países vecinos, a quienes Moscú denomina “compatriotas” aunque no posean la nacionalidad rusa sino la de su respectivo país. Se trata de un interés declarado oficialmente y fuente de potenciales fricciones con los Países Bálticos, donde residen porcentajes relevantes (25% en Estonia, 27% en Letonia y 5.8% en Lituania). De hecho, sus políticas de asimilación lingüística y las desigualdades socioeconómicas han generado controversias con reverberaciones en los medios de comunicación rusos. Moscú intenta mantener vivo el vínculo con esas comunidades mediante el programa compatriotas que abarca actividades de carácter educativo, social y religioso, y que son contempladas con cierta desconfianza por las agencias de seguridad de la región por temor a que sean empleadas como instrumento de influencia en su política interna (Persson, 2014: 22-29). En un escenario de peor situación la protección de las minorías rusas podría servir de excusa para una intervención militar de Moscú; justificación que ya ha sido utilizada en los casos de Georgia, Crimea y Donbass (Iasiello, 2017: 54)
Distribución de población ruso-parlante en los Países Bálticos. Fuente: Radin, 2017: 15

  • Protegerse de intromisiones externas. No existen amenazas contra la integridad de Rusia desde la región Báltica pero los decisores rusos no olvidan que su país ha sido invadido en tres ocasiones desde 1812 por su frontera occidental (Napoleón, Primera y Segunda Guerras Mundiales). Hace treinta años la distancia entre San Petersburgo y su potencial enemigo –la OTAN– era de más de mil kilómetros. Ahora mismo es de menos de ciento cincuenta (con Estonia). Para un país con fronteras tan extensas como indefendibles y con una arraigada percepción de inseguridad, dicho cambio resulta cuanto menos perturbador. También se explica el interés ruso en la neutralidad de Finlandia, pues de lo contrario habría fuerzas OTAN en ese lado de la frontera (Putin, 2016). Desde esa lógica, el presidente Putin (2007) sostuvo en la Cumbre de Seguridad de Múnich que la ampliación de la OTAN al este suponía “una seria provocación que reducía el nivel de confianza mutua”. No era una idea nueva. Antes de que Putin llegase a la jefatura del gobierno en 1999, el Concepto de Seguridad Nacional de 1997 identificaba la ampliación de la OTAN como “una amenaza a la seguridad nacional” (Bugayova, 2019: 13). Además, en las élites políticas rusas tiene tanta importancia la defensa de las fronteras del país como la seguridad del régimen (Cohen & Radin, 2019: 5-6). En un escenario hipotético de revueltas internas, la proximidad geográfica facilitaría el apoyo a los opositores al Kremlin. Un antecedente remoto fue el conocido viaje de Lenin en 1917 desde Zúrich, atravesando Alemania y Suecia –así como la en ese momento rusa Finlandia– hasta llegar a San Petersburgo con el consentimiento y respaldo de dichos países. Una repetición análoga de la historia en el contexto de revueltas similares a la ‘revolución naranja’ de Ucrania –entre finales de 2004 y principios de 2005– entrañaría una amenaza existencial para el régimen de Vladimir Putin. El temor a que Estados Unidos se sirva de movimientos de oposición como ‘caballo de Troya’ (según la propia terminología de los estrategas rusos) para desestabilizar el país se encuentra firmemente arraigado en la valoración que estos hacen del entorno estratégico (Gerasimov, 2019).
  • Proteger las conexiones internacionales a través del Báltico. Hasta que el deshielo del Ártico amplíe las rutas marítimas rusas desde los puertos del norte, el área en torno a San Petersburgo constituye uno de los principales puntos de entrada y salida por mar con más de la mitad del tráfico de contenedores del país (en 2017, 2.230 de un total de 4.429, según Global Ports). Por el lecho del Báltico discurren también las canalizaciones del actual Nord Stream, y del Nord Stream 2 que a lo largo de este año doblará la capacidad de transporte de gas a un total de 110.000 millones de metros cúbicos (Murphy, Hoffman, & Schaub, 2016: 7). El interés de Rusia por mantener abiertas estas conexiones externas constituye un factor estabilizador ante potenciales crisis. También contribuyen a ello las relaciones comerciales con Europa, esenciales para la prosperidad económica de Rusia

Para ganar en perspectiva conviene enmarcar estos cuatro grandes objetivos asociados a intereses en otros dos factores:

  1. La percepción de las élites rusas –que a su vez transmiten a su sociedad– de estar inmersas en un conflicto comenzado por Estados Unidos y sus aliados. Rusia no sería por tanto la agresora sino la víctima, la ‘fortaleza asediada’, que se defiende legítimamente mediante estrategias del conflicto en zona gris. Según algunos autores (Solovey, 2019; Bugayova, 2019: 12-14), en el caso de Putin y sus colaboradores esta visión se agudiza por el pasado de varios de ellos en los servicios de inteligencia, que les lleva a ver conspiraciones norteamericanas contra el régimen o contra intereses vitales rusos donde quizás no existan. A la vez, conviene recordar que la mal llamada ‘doctrina Gerasimov’ proviene de un análisis que realizó el jefe del Estado Mayor General, Valery Gerasimov, sobre el entorno estratégico y las implicaciones que se derivaban de él para las fuerzas armadas rusas con una atención particular a las revueltas árabes, las ‘revoluciones de los colores’ y otras supuestas estrategias multidimensionales empleadas por Occidente contra los regímenes aliados de Moscú en Georgia (2003), Ucrania (2004) y Kirguistán (2005). A partir de ahí se articularía la respuesta rusa que básicamente consiste en defenderse de nuevas agresiones con estrategias similares (Gerasimov, 2013; Kofman, 2016a; Galeoti, 2018).
  2. Los dirigentes rusos consideran su país una gran potencia que debe ser tenida en cuenta en las grandes decisiones internacionales pero a la vez son conscientes de la debilidad de Rusia en comparación con Occidente. Esta dicotomía identitaria agudiza su percepción de inseguridad (Morales, 2018). Por un lado, la economía rusa sigue dependiendo en exceso de las exportaciones de hidrocarburos, y su tejido industrial y tecnológico se encuentra en desventaja frente a los competidores norteamericanos, chinos o europeos. De hecho, la creciente asertividad de la acción exterior rusa se ha sostenido en los elevados precios del petróleo entre 1999 y 2014 (Giles, 2016: 4); lo que permitió que el presupuesto de Defensa prácticamente se duplicase en el periodo 2005-2015 (Oxenstierna 2016:133). Por otra parte, aunque en los últimos años ha aumentado la tasa de fertilidad y disminuido el número de muertes en edad joven, Rusia sigue afrontando desafíos demográficos que afectarán tanto a su economía como a la disponibilidad de recursos humanos para sus fuerzas armadas. El crecimiento se espera mayoritariamente en las áreas urbanas cuyos jóvenes están menos predispuestos a servir en las fuerzas armadas en comparación con los de áreas rurales donde el crecimiento demográfico es menor. Lo cual explica la apertura del reclutamiento a extranjeros, provenientes en su mayoría de países de Asia Central pertenecientes a la Comunidad de Estados Independientes (Svynarenko, 2016: 76-82). Aunque el presupuesto de Defensa es hoy elevado –el sexto a nivel mundial pero muy por debajo de los de Estados Unidos y China–, su base económica no se corresponde con semejante nivel de gasto a largo plazo. Según el Banco Mundial, el PIB de Rusia (1.578 billones de dólares) es inferior al de Italia (1.935 billones), y algo superior al de España (1.311 billones). Esto genera serias dudas sobre su sostenibilidad, y sobre los efectos nocivos que podría tener para el régimen la continuidad de un gasto desproporcionado en Defensa: recordemos que los sistemas zarista y soviético terminaron cayendo entre otros motivos por excesos continuados en gasto militar.

Las fuerzas armadas rusas han mejorado sustancialmente desde la guerra de Georgia de 2008 en modernización de materiales, elevado nivel de disponibilidad de algunas unidades, entrenamiento, y experiencia en combate en Ucrania y Siria. En Ucrania han realizado un buen empleo de armas combinadas con carros, vehículos de combate de infantería, artillería de largo alcance y drones. Siria ha sido también un campo de pruebas de drones, guerra electrónica, sistemas de comunicación, municiones guiadas, etc. No obstante, comparado con el conjunto de las fuerzas armadas OTAN, Rusia sigue estando en seria desventaja (Giles, 2017).

Esta debilidad estructural explica por un lado el recurso a esas estrategias multidimensionales en la zona gris –un enfrentamiento militar abierto con la OTAN sería catastrófico para todos, incluida Rusia. También permite entender los alardes del supuesto poderío militar ruso, su calculada actitud beligerante, y las cada vez más frecuentes alusiones al armamento nuclear en sus documentos estratégicos y en las declaraciones públicas de sus líderes, que es en último término lo que garantiza el estatus de Rusia como gran potencia militar. A partir del año 2000 la doctrina nuclear rusa contempló su empleo como respuesta a agresiones militares a gran escala de carácter convencional, no necesariamente nuclear (Schneider, 2006: 20). Una década más tarde, en la actualización de 2010, el umbral de empleo se bajó a todo aquello que amenazase la existencia del Estado, sin excluir guerras locales. Finalmente, en 2014 el componente nuclear perdió protagonismo frente a otras herramientas de coerción de carácter económico, político y militar convencional (Pulido, 2019). Aunque muy probablemente no estén dispuestos a recurrir –salvo en circunstancias verdaderamente excepcionales y graves– a su arsenal nuclear, sí es comprensible desde dicha lógica que traten de convertirlo en un instrumento político (Giles, 2016: 22-23).

Líneas de acción estratégica rusas de carácter no militar en la región Báltica

Rusia trata de incrementar su influencia sobre los países de la región mediante el conflicto en la zona gris con el fin de defender los intereses y alcanzar los objetivos expuestos en el epígrafe anterior. Para ello se sirve distintas líneas de acción estratégica. Pero antes de pasar a analizarlas es importante resaltar lo siguiente. En opinión de algunos autores (Cohen & Radin, 2019: 13-14), la estrategia rusa no se basa en una lógica causal clara. No conoce de antemano los efectos exactos de sus acciones; y por tanto estas no siguen una hoja de ruta detallada con metas intermedias y objetivos finales bien definidos. Por el contrario, la estrategia rusa adopta un enfoque no lineal, llevando a cabo múltiples acciones de manera simultánea, confiando en que algunas de ellas, en combinación con hechos fortuitos, generen oportunidades que puedan ser aprovechadas por Moscú. Es decir, el apoyo ruso a un partido de extrema derecha en Francia o en Hungría no va a socavar la cohesión de la OTAN o de la Unión Europea, pero esa acción combinada con otras medidas y coincidiendo por ejemplo con la aparición de una figura carismática extremista en otro país, puede acabar generando ventanas de oportunidad favorables a los intereses rusos. Michael Kofman (2017) lo compara por analogía al enfoque empresarial de muchas startups: “falla rápido, falla barato y ajusta”. Priorizando la adaptación al entorno sobre la implementación de estrategias estructuradas. Moscú tiene claro los fines y medios, y prima la flexibilidad en los modos: los logros generan nuevas oportunidades para alcanzar otros éxitos; a su vez los fracasos no son completos y permiten maniobrar y adaptarse. En paralelo este enfoque se combina con la ‘paciencia estratégica’ de las élites rusas. Afrontan los costes del presente con la expectativa de que a largo plazo alcanzarán sus objetivos (Solovey, 2019).

Este modo de entender la estrategia rusa es sugerente porque se ajusta a la complejidad real de los procesos sociales y a la imposibilidad de crear modelos teóricos que incluyan todas las variables clave, y que en consecuencia permitan predecir el desenlace de los acontecimientos (Taleb, 2008: 58-59). A partir de esta premisa, la estrategia plantea múltiples acciones en diversos registros con la expectativa de que alguna –o una combinación de ellas– generen acontecimientos altamente improbables por senderos difíciles de predecir. Cuantos más caminos se abran, más probabilidades de que ocurra lo inesperado. Pero el problema en lo relativo a la estrategia rusa es que no contamos con documentos oficiales, u otro tipo de evidencias, que prueben que esta es la lógica subyacente en el modo de proceder de Moscú. Tampoco existe la llamada ‘doctrina Gerasimov’, pues Rusia no ha oficializado las ideas que planteaba su Jefe de Estado Mayor General como respuesta a las estrategias multidimensionales de Occidente (Colom, 2018).

No obstante, las estrategias de los Estados se pueden inferir a partir de patrones de conducta, no necesariamente de documentos explícitamente estratégicos (Silove, 2018: 43-45). Y en este caso las acciones rusas parecen encajar con una estrategia no lineal, oportunista y adaptativa. Pero esta interpretación es por el momento meramente especulativa. Para complicar más las cosas, la naturaleza ambigua y gradual de las acciones propias de la zona gris, así como la opacidad de los procesos de planeamiento y de toma de decisiones relacionadas con este tipo de conflicto plantea serios problemas metodológicos a la hora de discernir si un determinado evento forma parte de dichas estrategias o no. A menudo su adscripción a un patrón de conducta y a una intencionalidad hostil es una inferencia sin base empírica. Dicho de otro modo, existen evidencias y argumentos suficientes para hablar de estrategias multidimensionales (híbridas) de Rusia en la zona gris en la región Báltica. Estrategias que se retrotraen a las ‘medidas activas’ de la era soviética con las que Moscú trataba de influir de manera encubierta sobre los procesos de toma de decisiones adversarios en una dirección favorable –o lo menos perjudicial– a los intereses del Kremlin (Kragh & Åsberg, 2017: 738). Pero, al mismo tiempo, numerosas acciones en teoría atribuibles a ese marco de actuación no tienen necesariamente por qué responder a él. De ahí la conveniencia de evitar tanto la inflación de la amenaza rusa como su negación sistemática.

Y, por último, existe otro problema metodológico a la hora de discernir si un determinado acontecimiento es consecuencia de la influencia de Moscú o de otras variables que correlacionan con aquel. Que el gobierno ruso lleve a cabo distintas medidas hostiles no significa que estas sean necesariamente efectivas. Tampoco desde la lógica no lineal que se acaba de apuntar. Por tanto, la eficacia real de las acciones rusas en la zona gris es a menudo cuestionable (Cohen & Radin, 2019: 57).

Teniendo esto presente, las principales líneas de actuación no militares en esa estrategia no lineal son:

  1. Operaciones de influencia sobre la opinión pública de los países rivales. Las operaciones en la dimensión informativa son un elemento fundamental la política de seguridad nacional rusa, tanto para influir sobre otros como para defenderse de intromisiones extranjeras (Cohen & Radin, 2019: 6-7). Su finalidad no es tanto que prevalezcan metarelatos favorables a Moscú, como sembrar desconfianza hacia los gobiernos y medios de comunicación de las sociedades oponentes (Giles, 2016: 37). Como afirma General Nikolay Bordyuzha, secretario general de la organización militar que da cobertura a la Comunidad de Estados Independientes y antiguo miembro del KGB, “en la guerra de la información, quien dice la verdad pierde” (Giles, 2016: 27). Al complicar los procesos de toma de decisiones de sus rivales se equilibra el balance de fuerzas a favor de Rusia (Bugayova, 2019: 22). Para ello Moscú se sirve de canales de comunicación convencionales como RT o Sputnik en diferentes idiomas donde cualquier lector ilustrado puede constatar el sesgo de numerosas noticias relacionadas con OTAN, Estados Unidos o la Unión Europea. Existen sospechas fundadas de que Rusia utiliza además otros medios menos convencionales, como trolls (humanos) y bots (automatizados) para potenciar la difusión de su propaganda a través de internet (Splidsboel-Hansen, 2017: 22; Barrancos, 2018). Por razones obvias, la desinformación plantea serios problemas de atribución. Por ejemplo, en 2017 se difundió el rumor falso de que una adolescente lituana había sido violada por un soldado del ejército alemán desplegado en el país en el marco de la OTAN. Todo procedía de una fuente anónima que envió dicha información a un parlamentario y a varios medios de comunicación lituanos. Hubo diversas acusaciones contra Rusia pero no pudieron ser probadas (Caryl, 2017). En 2017, esta vez en Letonia, hackers anónimos insertaron noticias negativas falsas sobre el comportamiento de soldados norteamericanos en la web de la agencia ‘Servicio de Noticias Báltico’. Igualmente, medios de comunicación rusos y de Países Bálticos se han hecho eco de afirmaciones disparatadas de un militar de alta graduación ruso sobre presuntas pruebas psiquiátricas del US Army en ruso-parlantes letonios (Goble, 2017). Este tipo de noticias son amplificadas en las redes sociales por la sinergia con otros individuos y grupos que comparten un adversario común o una causa semejante, como es el caso de grupos de extrema derecha y extrema izquierda en Suecia (Kragh & Åsberg, 2017: 779-800).
  2. Exacerbando problemas internos, instrumentalizando asuntos problemáticos con fines coercitivos. Aquí también nos movemos en el terreno de las conjeturas. A principios de esta década diversos medios de comunicación rusos acusaron a las autoridades finlandesas de inclinar la balanza a favor de los progenitores finlandeses en las batallas legales por la custodia de niños de parejas mixtas. Helsinki lo interpretó como un intento de generar tensiones entre la población finlandesa y la minoría rusa en el país (Weinger, 2018). El gobierno finlandés también consideró una acción hostil el incremento del número de personas de terceros países que solicitaron asilo a través de la frontera ruso-finlandesa en el invierno 2015-2016. Aunque su número era reducido –no llegó a las dos mil– y la cuestión se arregló mediante un acuerdo posterior, fue un cambio de pauta por parte del FSB, la agencia de seguridad interior. Se interpretó como un mensaje ruso de que las buenas relaciones no debían darse por descontadas y que Moscú tenía capacidad para crear problemas al respecto, con once millones de extranjeros residiendo en su territorio (Pynnöniemi & Saari, 2017). En los Países Bálticos, Moscú podría tratar de instrumentalizar a las minorías ruso-parlantes en un contexto de conflictos sociales; y tiene a su favor que los medios de comunicación rusos son la principal fuente de noticias de las minorías ruso-parlantes (Cohen & Radin, 2019: 58). Sin embargo, no da la impresión de que sea una herramienta efectiva a día de hoy: no existen tensiones graves, ni las minorías ruso-parlantes parecen dispuestas a obedecer los dictados de Moscú (Kasekamp, 2015).
  3. Ciber-ataques contra entidades públicas y privadas. En 2007 Estonia sufrió el conocido ciber-ataque contra su sistema bancario y diversas instituciones del gobierno, que fue más disruptivo que destructivo (Kramer & Speranza, 2017: 8-9). Las agresiones en el ciberespacio no son tanto herramientas coercitivas como medios que configuran el entorno a favor de la coerción: ponen a prueba la respuesta y determinación del adversario, advierten de los riesgos de una escalada y respaldan operaciones de influencia (Jensen, Brandon & Maness, 2019: 216). Además de intimidatorios, los ciberataques son muy difíciles de atribuir. En el caso de las acciones ‘hack and leak’ son además operaciones de influencia y de instrumentalización de problemas políticos internos (hackeo de servidores de correo electrónico de partidos políticos contrarios a los intereses de Moscú, y difusión de contenidos embarazosos mediante terceras partes). En fuentes abiertas, no se constata el empleo del ‘hack and leak’ en los procesos electorales de los Países Bálticos pero sí existen precedentes en las últimas elecciones de Estados Unidos y Francia, con sospechas fundadas de autoría gubernamental rusa, aunque como es habitual sin posibilidad de confirmarlas con absoluta certeza (Greenberg, 2017).
  4. Acciones agresivas de inteligencia. En el conflicto en zona gris las actividades normales de inteligencia se intensifican e incluso se tornan más agresivas. La contrainteligencia de los tres países bálticos ha denunciado en diversas ocasiones las actividades de la inteligencia militar rusa (GRU), de su servicio de inteligencia exterior (SVR) e incluso del FSB tanto dentro de sus respectivos países, como entre los nacionales que visitan Rusia, tratando de reclutar informadores entre estos últimos (Piotrowski & Raś, 2016). Según las agencias de inteligencia de Lituania, Letonia y Estonia las actividades rusas van desde la obtención de inteligencia sobre las fuerzas OTAN desplegadas en estos países, a la infiltración de sus propios servicios, pasando por el reclutamiento de miembros de las minorías rusas y de nacionales que en el futuro puedan actuar como agentes provocadores (Goble, 2018). Por otro lado, diversos grupos de crimen organizado rusos vinculados al narcotráfico, robo de coches, contrabando de tabaco y blanqueo de capitales tienen presencia en los Países Bálticos (Juska & Johnstone, 2004; Loskutovs, 2016). Aunque podrían convertirse en un activo para los servicios de inteligencia rusos, y se ha constatado la relación de estos con redes de crimen organizado, de momento su empleo como fuente de información e instrumento de influencia no va más allá de la sospecha (Galeotti, 2017).

Finalmente, la dependencia económica y energética de los Países Bálticos respecto a Rusia es una vulnerabilidad que potencialmente podría condicionar su política exterior. Sin embargo, constituye más un riesgo hipotético que un problema real. Salvo algunas acciones aisladas durante la crisis de la estatua del soldado soviético en Estonia en 2007, donde algunas empresas rusas se negaron a comprar productos estonios, Rusia se ha abstenido de utilizar la compra o venta de productos –incluyendo los suministros de petróleo, gas o electricidad– como herramienta de presión política. Son varias las razones: los Países Bálticos tratan de ser cada vez menos dependientes del mercado ruso; los gasoductos que suministran Kaliningrado pasan por ellos –al igual que las redes de suministro eléctrico procedentes de Rusia; y, por el último, el empleo coercitivo dañaría los intereses económicos rusos, tanto en la región como en el resto de Europa, perjudicando la reputación de sus empresas (Kudors, 2014: 100-110; Murphy, Hoffman, & Schaub, 2016: 14-15; Cohen & Radin, 2019: 51-54).

El componente militar en el conflicto en zona gris

Habitualmente en el conflicto en zona gris los aspectos militares ceden protagonismo a otros instrumentos de poder. Pero en el caso del Báltico la actividad intimidatoria rusa por medios militares es particularmente visible. No es fácil determinar qué ganancias directas obtiene Moscú de estas actividades de presencia, postura y perfil, salvo que se contemplen desde la óptica de la comunicación estratégica, enviando un mensaje de determinación y capacidad. De hecho, corren el riesgo de ser contraproducentes, generando como respuesta una mayor presencia aliada y norteamericana en la región. Dichas acciones consisten en:

  1. Violaciones del espacio aéreo, y tránsito por espacios de identificación sin activar los transpondedores ni comunicar el plan de vuelo, suponiendo un riesgo para la aviación civil. En los últimos años se han producido numerosos incidentes de este tipo (Kearns, Frear, & Kulesa, 2014; Associated Press, 2019). Algunos considerados especialmente graves, como el acaecido en marzo de 2015 cuando un bombardero ruso TU-22 pasó por la zona de identificación del aeropuerto de Riga a velocidad supersónica (Cenciotti, 2015).
  2. Interceptaciones de aviones pertenecientes a la OTAN –en su mayoría norteamericanos– sobrevolando aguas internacionales en el Báltico. El Pentágono ha denunciado la ‘conducta poco profesional’ de algunos pilotos rusos al ejecutar maniobras peligrosas cerca de sus aparatos (Cenciotti, 2019).
  3. Intromisiones en las aguas territoriales con submarinos navegando en superficie. En otros casos se sospecha que la intromisión se ha producido con el submarino en inmersión. En abril de 2014 la marina de guerra finlandesa lanzó varias cargas de profundidad de aviso contra un submarino de nacionalidad desconocida en las proximidades de Helsinki. En octubre de ese mismo año, Suecia estuvo buscando durante una semana otro submarino de nacionalidad desconocida en el archipiélago de Estocolmo (Oliphant, 2015).
  4. Acoso puntual de buques que navegan en aguas internacionales. Los dos casos más conocidos han tenido como protagonista al destructor USS Donald Cook –con base en Rota– y aviones SU-24M desarmados que pasaron junto él a cierta distancia en abril de 2014 (a unos mil metros) y de 2016 (mucho más cerca, ver figura 3), practicando posiblemente ataques simulados, y en cualquier caso como demostración de fuerza. En torno al episodio de 2014, algunos medios de comunicación rusos difundieron el rumor falso de que los equipos de guerra electrónica del S-24 habían apagado los sistemas del destructor norteamericano, incluyendo el sistema Aegis (McDermott, 2017: 12). Un ejemplo de la combinación del instrumento militar e informativo.
  5. Empleo de buques militares para molestar el desarrollo de actividades económicas. En 2015 los gobiernos de Suecia y Lituania denunciaron la interferencia de buques de guerra rusos en los trabajos de instalación de una línea submarina de suministro eléctrico que disminuía la dependencia lituana del mercado ruso (Zander, 2015).
  6. Publicitación del despliegue de sistemas de misiles Iskander en Kaliningrado o en la proximidad de las fronteras con Polonia y Países Bálticos. Son despliegues programados con antelación pero a los que Rusia da publicidad –y encuentra eco alarmista en medios de comunicación occidentales– cuando coinciden con aspectos de las políticas europeas o norteamericanas que desagradan a Moscú (Giles, 2016: 23).
  7. Ejercicios militares a gran escala en el Distrito Militar Oeste ruso. En realidad el supuesto del Zapad 2017 simuló una defensa y posterior contraataque a una agresión proveniente de los Países Bálticos, por lo que no son explícitamente intimidatorios. No obstante, esas maniobras –al igual que otros ejercicios estratégicos anuales– hacen patente la mejora sustancial de las capacidades militares rusas, incluyendo la de despliegue y sostenimiento de una fuerza de varias decenas de miles de efectivos. Lo pretenda o no, Moscú muestra una herramienta creíble y efectiva con la que en un momento dado puede influir sobre otros países (Norberg, 2018: 15, 48-49). Son un show of force, cuya intención estratégica última queda en el terreno de lo especulativo. Otro aspecto a señalar es la confusión generada por Moscú sobre el número de efectivos que realmente toman parte en lo que Rusia llama ejercicios estratégicos. Cuando estos tienen lugar al oeste de los Urales, la cifra que da Moscú suele ser menor de la estimada por los expertos internacionales; posiblemente con el fin de evitar observadores oficiales contemplados en los acuerdos de la OSCE. Sin embargo, cuando tienen lugar al este de los Urales –como los Vostok 2018– el ministerio de Defensa ruso tiende a inflar la cifra, transmitiendo una imagen superior a la real y sin tener que sujetarse por ello a lo estipulado en las medidas de fomento de confianza y seguridad militar con la OTAN (Johnson, 2018).
Un SU-24 volando a muy baja altura sobre el destructor USS Donald Cook en abril de 2016

Conviene subrayar la cobertura mediática rusa –replicada por medios occidentales– que amplifica la imagen resolutiva e intimidatoria de Moscú. A la vez, este conjunto de actuaciones cuenta con el respaldo de la disuasión militar rusa, tanto nuclear como convencional. El propio General Gerasimov (2017) ha reconocido que los misiles de largo alcance y alta precisión desplegados en el Báltico –entre otras regiones– permiten ejercer la disuasión estratégica sin necesidad de recurrir al armamento nuclear. Una disuasión robusta proporciona control (teórico) de la escalada en los registros más elevados de la zona gris, próximos al empleo de la fuerza.

A favor de la disuasión convencional rusa juegan tanto sus capacidades militares como la geografía, muy singularmente las fuerzas del área de San Petersburgo y del enclave de Kaliningrado, que pueden generar un A2/AD que cubra parte de los accesos terrestres, navales y aéreos a los Países Bálticos (Murphy, Hoffman, & Schaub, 2016: 8). En Kaliningrado hay desplegados sistemas de defensa aérea S-300 y S-400 (según los rusos con un alcance de 400 km de distancia y 30 km de altitud), sistemas antibuque K-300P Bastion-P (350 km) y sistemas de largo alcance contra objetivos terrestres (misiles balísticos Iskander en sus variantes M y K que con 400-750 km de alcance –según el peso de la ojiva elegida– podrían batir puertos, bases aéreas y terrestres en Países Bálticos y Polonia en apenas unos minutos; así como misiles de crucero Kalibr con un alcance de 1.650 km).

No obstante, la amenaza A2/AD se encuentra un tanto sobrevalorada en lo que a sistemas antiaéreos y antibuque se refiere. En realidad el S-400 no cuenta todavía con misiles que le permitan alcanzar 400 km, mientras que su alcance efectivo contra aviones o misiles de crucero que vuelen a baja altitud no supera los 25-30 km. Sí supondría un problema para aviones de transporte, tanqueros o AWACS que vuelen a altitud media a unos 200-250 km de distancia (Dalsjö, Berglund & Jonsson, 2019: 28-29). Respecto al sistema antibuque Bastion-P, el alcance máximo de 350 km requiere de radares aerotransportados, actualmente en helicópteros Ka-32. De lo contrario el radar de tierra del sistema no puede apuntar más allá del horizonte (unos 40 km) (Dalsjö, Berglund & Jonsson, 2019: 33-34).

A la vez, la posición de Kaliningrado es tanto una ventaja como una debilidad. En caso de conflicto armado con la OTAN su neutralización y eventual ocupación serían objetivos prioritarios de la planificación aliada, salvo que Rusia se abstuviese de emplear la fuerza desde él para no perderlo y limitar la escala del conflicto (Frühling, & Lasconjarias, 2016: 107-108). Kaliningrado alberga además a la Flota del Báltico, que se encuentra a tiro tanto de las unidades costeras polacas dotadas con Naval Strike Missiles adquiridos a Noruega, como de la artillería de cohetes High Mobility Artillery Rocket System (HIMARS) con un alcance de 300 km que Varsovia está adquiriendo actualmente; lo cual hace vulnerables a los buques en puerto o saliendo de él. Otra posibilidad, en un escenario de conflicto a gran escala, es que las fuerzas rusas se abrieran paso a través de Bielorusia por el ‘Suwalki Gap’ –la franja de territorio que conecta Polonia con los Países Bálticos– y a su vez enlazasen con Kaliningrado y aislaran a las fuerzas OTAN en los Países Bálticos (Kofman, 2016b). En cualquier caso, en un escenario de guerra hipotético la mera presencia en Kaliningrado de capacidades A2/AD convierten el enclave en una espina en el costado que hipoteca recursos y obliga a contemplar planes de contingencia.

Por otra parte, la geografía del Báltico también fortalece la disuasión por represalia de Moscú. En un conflicto armado en la región –aunque fuese de carácter limitado, no una guerra Rusia-OTAN a gran escala y con escalada horizontal en otros escenarios– las fuerzas rusas podrían dañar gravemente las conexiones externas navales de sus vecinos: los puertos, las rutas marítimas e incluso los cables submarinos de fibra óptica, que en el caso de Polonia, Letonia y Lituania apenas cuentan con redundancia (Murphy, Hoffman, & Schaub, 2016: 17).

De este modo, aunque Rusia se encuentra muy por detrás de la OTAN en capacidades militares en términos globales, en lo que se refiere a la región Báltica las fuerzas armadas rusas gozan de ventaja para imponerse con elevada probabilidad –dentro de la incertidumbre que entraña toda guerra– en un conflicto armado limitado (Blank, 2016). Esta posibilidad de escalar el conflicto a unos niveles difícilmente asumibles por sus adversarios (control de la escalada) amplía el margen de maniobra de las estrategias de Rusia en la zona gris.

Conclusión

Los dirigentes rusos han optado por estrategias multidimensionales propias del conflicto en zona gris para aumentar su influencia en la región Báltica. Con ello tratan de conseguir lo que consideran que no pueden obtener mediante la diplomacia ni la guerra. En este caso de estudio destaca el componente militar, con comportamientos más visibles y cuantificables que las operaciones de influencia, las de coerción política los ciberataques, o las de inteligencia.

La gran incógnita es si estas estrategias son en último término efectivas para los intereses de Moscú. A falta de un análisis contrafactual –cuál sería la influencia rusa en la región sin recurrir a la zona gris– la conclusión tentativa de este trabajo es que su eficacia resulta dudosa. Es más, probablemente los efectos están siendo contraproducentes para los intereses de Moscú.

En Suecia y Finlandia, dos países que durante la Guerra Fría mantuvieron su neutralidad, se ha debatido públicamente el ingreso en la Alianza como consecuencia de la agresividad de Moscú. Los Países Bálticos, a pesar de su posición geográfica, son actores débiles militarmente que no representan una amenaza contra la integridad territorial rusa. Pero, de nuevo, la desconfianza generada por el conflicto en zona gris, ha llevado a la OTAN a reforzar el despliegue de la NATO Baltic Air Policing desde la crisis de Crimea y Ucrania, y a estacionar permanentemente fuerzas terrestres de la NATO Enhanced Forward Presence en su territorio. Por su escasa entidad, ni uno ni otro suponen una amenaza. Pero las intimidaciones de Moscú podrían inclinar la balanza a favor de quienes sobredimensionando la amenaza rusa aconsejan un refuerzo sustancial de la presencia militar norteamericana en la región, incluyendo el estacionamiento permanente de una división acorazada del US Army en Polonia (Kofman, 2018). Por tanto, las estrategias de zona gris están alimentando un dilema de seguridad donde las medidas defensivas de un bando son percibidas como amenazantes por el otro, que responde en consecuencia. Mientras esta espiral de desconfianza no se supere en favor de políticas más conciliadoras, el conflicto en la zona gris seguirá estando vigente en el Báltico.

Este artículo fue publicado por el autor en la  Revista General de Marina, No 276, Junio 2019, pp. 913-930.

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Javier Jordán

Profesor Titular de Ciencia Política en la Universidad de Granada y Director de Global Strategy

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