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Rusia y la zona gris: el caso de Chequia

https://global-strategy.org/rusia-y-la-zona-gris-el-caso-de-chequia/ Rusia y la zona gris: el caso de Chequia 2021-03-24 07:35:00 Josep Baqués Blog post Estudios Globales Europa Rusia Zona gris y estrategias híbridas
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Mucho se viene hablando de las injerencias rusas en Estados de la OTAN y de la UE, ya sea en el campo electoral o en otros, más o menos sutiles. Siempre con la mirada puesta en obtener ventajas geopolíticas sin forzar un conflicto armado. Normalmente orientadas a debilitar al “otro”, erosionando sus alianzas o a sus aliados, o ambas cosas a la vez. No pocas veces alegando que, al fin y al cabo, han sido los Estados Unidos (y, por extensión, sus aliados -esos vasallos y tributarios de los que hablara Brzezinski) quienes les han conducido a esta situación.

No entro ahora en la cuestión, siempre espinosa, de la atribución. Básicamente porque la “gracia” de la zona gris es precisamente ésa: dificultar la atribución. Algo que puede lograrse de diversas maneras, pero, sobre todo, cultivando la ambigüedad, ya sea en relación con los actores empleados (proxies, caballos de Troya), en relación con los espacios y métodos de divulgación (ciberespacio, redes sociales, bots…) e incluso en la vocación que subyace al empleo de herramientas más clásicas, aparentemente inocuas (o hasta beneficiosas para el receptor) como las relaciones comerciales… que pueden llegar a ser un importante mecanismo de chantaje (algo que ya tuvieron en cuenta tanto Kenneth Waltz, como John Mearsheimer, por cierto).

Claro que la zona gris no es tal (o no es completa) si no combina esas actividades con el empleo de la fuerza militar del Estado que la genera. Lo cual no es incompatible con lo dicho en el primer párrafo de este post. Porque, lo que pretende la zona gris no es iniciar una guerra interestatal. Es más, pretende no hacerlo. Sin embargo, el cinético no es el único modo de empleo de unas fuerzas armadas. Por el contrario, las que tenemos, todos los Estados, son empleadas cada día, a todas horas (24/7, como suele decirse en nuestros días), como mecanismo disuasorio. Claro que, para que la disuasión exista, debe ser creíble (de hecho, la credibilidad es parte de la definición misma de la disuasión… y lo otro es pleonástico). Y el problema es que la credibilidad no se compra en las tiendas. Ni siquiera en las de armas. De manera que surge de la combinación de varios factores, incluyendo la percepción que el disuadido tenga del disuasor. La cuestión es que el “círculo de la zona gris” se cierra cuando las fuerzas armadas del Estado que la configura es capaz de disuadir a quienes se ven afectados por ella de que traten de contrarrestarla.

Ahora bien, en no pocas ocasiones, el foco se ha puesto en las injerencias en los países de Europa occidental, o en los propios Estados Unidos. Es natural que cada uno mire, sobre todo, a su alrededor, ya sea a su “alrededor físico” (en nuestro caso, Europa, pero sobre todo lo que antes era denominado Europa occidental) o a su “alrededor mental” (en nuestro caso, los Estados Unidos). Es razonable que así sea, digo, pero eso no debería ser óbice para analizar también lo que acontece algo más allá de nuestros marcos mentales ordinarios. Porque, si en algún punto la disuasión rusa es más creíble, es -por los motivos que deja bien claros Stephen Walt a través de su teoría del equilibrio de amenazas- en los países que tienen más cerca a Rusia. Más cerca, de nuevo, como “alrededor físico” o como “alrededor mental”. Máxime cuando, hasta no hace tantos años, estaban integrados entre los satélites de la URSS (no por ello menos vasallos o tributarios, claro).

Uno de esos Estados es Chequia, a la sazón, uno de los territorios componentes de la extinta Checoslovaquia. Actualmente, es miembro de la OTAN y de la UE, pero tradicionalmente esos territorios y sus gentes habían sido protegidos de la influencia alemana por la propia Rusia, al margen de cual fuera el marco estatal en el que ellos se movieran (Checoslovaquia solamente surge como Estado al final de la Primera Guerra Mundial). Todo ello sin perjuicio de que esas mismas gentes se mostraran un tanto díscolas en los años más grises de la Guerra Fría (recordemos la Primavera de Praga), porque con toda probabilidad no entendieron nunca que su celo para protegerse de la influencia teutónica exigiera una servidumbre tan grande, que convirtiera el remedio en algo bastante peor que la propia enfermedad.

Finalmente, la presión rusa se ha dejado notar también allí. O, quizá, allí se ha dejado notar con más ahínco. Como quiera que hablar de pruebas es difícil en estos casos (es lo difícil, por definición) conviene avanzar por suma de indicios. Pero los indicios que se pueden recoger son muchos y variados, constituyendo un elenco que, de modo bastante aproximado, se corresponde con los principales instrumentos de la zona gris. La batalla por la narrativa, en este caso centrada en la interpretación del vínculo de Chequia con la URSS, con el comunismo, o con Rusia, es plato habitual, hasta el punto de que expresiones como el Brexit… quiero decir… el Czexit… son familiares en dicho país. Se trata de una hipótesis de trabajo (y de presión) manejada por elites políticas locales con dilatados y reconocidos vínculos con Moscú. La actividad desarrollada en el ciberespacio, con motivo de las elecciones y con ánimo de desacreditar a los candidatos pro-europeístas y pro-atlantistas en beneficio de los prorrusos, forma parte del mismo escenario. Mientras que tirar del hilo para identificar el origen de esas maniobras contribuye a engrosar el saco de los indicios a los que antes hacía alusión. Además, en la ecuación no han faltado ni las presiones económicas, ni las amenazas militares.

A pesar de esos esfuerzos, no parece que la sociedad checa esté por la labor de romper la baraja. E incluso comienza a movilizarse en sentido opuesto a este tipo de presiones. Esto genera dudas acerca de los niveles de éxito en el establecimiento de una zona gris. Y, como quiera que la movilización de civiles es tan importante en estas lides, quizá pueda hablarse de una zona gris incompleta o limitada. Cuanto menos en sus efectos. En este sentido, el caso checo también puede ser tomado como un supuesto -uno más- en el que los promotores de una zona gris tratan de cotejar los niveles de respuesta, resistencia, o al menos resiliencia, de las sociedades sobre las que se aplica esta lógica.

Sea como fuere, el pulso promete ser tan dilatado en el tiempo como de incierto desenlace. Algo que, en sí mismo, ya constituye un primer legado de las zonas grises, a modo de inestabilidad interna (para quien la sufre).

Quien quiera profundizar más en este ocasión puede hacerlo en nuestro artículo recién publicado: Josep Baqués-Quesada & Guillem Colom-Piella, “Russian Influence in the Czech Republic as a Grey Zone Case Study”.

Josep Baqués

Josep Baqués es Profesor de Ciencia Política en la Universidad de Barcelona y Subdirector de Global Strategy

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