El Ejército francés en 1940
Hasta cierto punto, el Ejército francés de 1940 podía ser el ejemplo de la afirmación de Fuller:
“En el pasado, muchos ejércitos han sido destruidos por discrepancias internas, algunos han sido destruidos por el enemigo, pero la mayoría han perecido por adherirse a dogmas nacidos de sus éxitos pasados – esto es, autodestrucción o suicidio por inercia mental”.
El Ejército francés se había anclado en la experiencia de 1914-18, por muchas y diversas razones, tanto militares, como económicas, políticas y sociales. Era un Ejército que había renunciado a la ofensiva, y que concebía el combate como una acumulación de batallas de desgaste en la que la superioridad económica e industrial de los aliados se impondría sobre una aislada Alemania.
Para ejecutar ese tipo de combate, el Ejército francés precisaba constituir un frente fortificado lo antes posible, de forma que se impidiese la maniobra en el campo de batalla. Una vez constituido ese frente, se comenzaría la larga serie de batallas de desgaste que culminaría en la victoria aliada. El Estado Mayor francés era consciente de la necesidad alemana de un conflicto corto, por lo que asumía que serían los alemanes los que iniciarían los ataques. Este planteamiento era coherente con la renuncia a la ofensiva que habían asumido el Ejército y la sociedad francesa en su conjunto.
El concepto defensivo francés se basaba en la línea Maginot. Por razones políticas, esta línea terminaba en la frontera luxemburguesa: no era admisible construir fortificaciones en la frontera de países amigos (caso de Luxemburgo y Bélgica); la construcción de estas fortificaciones reforzaría además la posibilidad de que Francia “abandonase a su suerte” a belgas y luxemburgueses en caso de un nuevo ataque alemán, lo que impulsaría a ambos países a buscar algún tipo de acomodo con Alemania, debilitando su vínculo con los aliados. Sin embargo, Francia no podía permitirse perder, como en 1914, los departamentos del Norte – 40% de la producción industrial francesa -, por lo que era imperativo que el frente estático que se preveía se mantuviese al Este de la frontera franco-belga. La línea Maginot constituía el núcleo de la estrategia militar francesa, y el principal empeño del Ejército francés desde la PGM. Consecuentemente, la oficialidad francesa había desarrollado una cierta tendencia a considerar la construcción de búnkers como la principal actividad de un Ejército en defensiva, mucho más que ninguna otra. Cualquier unidad de Infantería francesa recibía instrucción para construir búnkers, mientras que otras acciones similares – como el tendido de campos de minas, por ejemplo – recibía mucha menos atención.
De acuerdo con la doctrina francesa de la época, en caso de una penetración en el frente, la forma de ejecutar un contraataque era coherente con su forma general de actuar, y se realizaba en dos fases; “colmater et contra-attaquer”. En la primera fase, el jefe de las fuerzas que ejecutaban un contraataque asumía además el mando de las fuerzas francesas presentes en la zona donde se ejecutaría (y que se consideraban “derrotadas”): con éstas y con las disponibles en la fuerza de contraaataque se reconstituía el frente defensivo (“colmater”) en la nueva línea. Una vez conseguido un nuevo frente estabilizado, la Artillería batiría al enemigo el tiempo necesario para anular su capacidad de combate, y posteriormente, se ejecutaría un ataque “tipo 1918”, con una barrera móvil de Artillería y con los carros distribuidos entre las unidades de Infantería que avanzarían a pie, hasta expulsar al enemigo y reconstituir el frente (“contra-attaquer”).
Esta forma de actuar requería tiempo: el planeamiento detallado, el redespliegue de la Artillería, la acumulación de munición, el cálculo de los datos de tiro de la barrera móvil… eran actividades que requerían largo tiempo). No obstante, el espíritu de la “bataille conduite” se basaba en “evitar errores”, por lo que se confiaba que el planeamiento detallado y minucioso y el apoyo masivo de fuegos eran imprescindibles para alcanzar el éxito, mucho más que fiarlo a la improvisación de un contraataque improvisado.
Una característica importante de la doctrina francesa era la lentitud en la toma de decisiones: puesto que una ofensiva enemiga sería precedida de actividades fácilmente detectables (redespliegue de fuerzas, acumulación de municiones, preparación artillera…) y que, incluso en caso de obtenerse una penetración, el avance del enemigo, que se realizaría a pie, requeriría esperar al lento redespliegue de la Artillería, la velocidad de reacción no era un aspecto crítico. Para los franceses, la guerra “moderna” era una cuestión lenta, susceptible de ejecutarse mediante la aplicación de un “método”, aunque ello precisara un cierto tiempo.
A cambio, sí era importante la seguridad: desde que se concebía un plan (al nivel más alto) hasta que se ejecutaba (después de que todos los niveles intermedios hubiesen planeado a su vez sobre la base del plan del escalón superior), pasaba un tiempo relativamente largo. Este largo proceso daba tiempo al enemigo a prepararse para contrarrestar el plan propio, si era capaz de descubrirlo. En consecuencia, era importante preservar la seguridad de la información. Puesto que, durante la PGM, ambos bandos habían sido capaces de penetrar en las comunicaciones radio y telefónicas enemigas, los franceses dedicaron un esfuerzo importante a hacerse con protocolos de codificación en su mensajería.
El inconveniente de esta política era que hacía falta un tiempo relativamente largo para codificar las largas y prolijas órdenes de operaciones en el Cuartel General que las emitía, y un tiempo aún mayor para decodificarlas en el que las recibía (una orden de cierta extensión podía necesitar unas dos horas para encriptarse en origen y otro tanto para decodificarse en destino; como ejemplo, un informe de una División tendría que pasar por su Cuerpo de Ejército, después por su Gran Unidad Ejército y posteriormente por el Grupo de Ejércitos para alcanzar el Alto Mando francés, por lo que podría tardar en llegar a ese nivel más de catorce horas, sin retrasos adicionales a los de encriptación) No obstante, puesto que el tiempo no se consideraba un factor crítico, el Ejército francés no entendía que esto fuese un inconveniente fundamental. Se preferían las comunicaciones en código Morse, más fáciles de encriptar que las de voz, pero muy poco apropiadas para vehículos en movimiento (aviones o carros de combate). En cualquier caso, la escasez de equipos radio y la propia doctrina francesa hacían que tampoco hubiese mucha prisa por dotar a esos vehículos de comunicaciones radio.
El Ejército francés en 1940 se organizaba en 117 Divisiones, con unos efectivos totales de 6,1 millones de hombres. De ellas, 104 Divisiones (incluyendo diez de reserva) desplegaban en la frontera Este de Francia.
Pese a su doctrina de la “bataille conduite”, el Ejército francés disponía de un número importante de carros de combate (sólo por detrás de la Unión Soviética), estimado en mayo de 1940 en 4.111 (más 250 en África del Norte), de ellos 3.254 se encontraban desplegados frente a los alemanes. Los carros franceses eran de modelos variopintos, abarcando desde 315 añosos Renault FT17, hasta los modernos y pesados Char de Bataille B-1 bis (274 ejemplares), junto con algunos ejemplares del enorme y pesado Char de Bataille D.
El Renault R-35 (900 de ellos disponibles) y modelos similares como los AMR y AMC-130 (450 ejemplares), armados con el cañón Puteaux de 37 mm, tenían características intermedias entre las de los Panzer II y Panzer III alemanes; la versión de este vehículo dotada de la torre FCM (100 de ellos disponibles en mayo de 1940) armaba un cañón S-38, más largo y con mayor poder de penetración (similar al 37 mm de los Panzer III) que el Puteaux original. Estos modelos se construyeron para reemplazar a los viejos FT17 como carros ligeros de acompañamiento a la Infantería (su velocidad no superaba los 20 km/h en carretera, ni los 14 km/h en todo terreno, y su autonomía era de 130 km). Con esta finalidad, se organizaban en Grupos de Batallones de Carros de Combate (Groupements de Bataillons de Chars de Bataille o GBC), asignados a las Grandes Unidades Ejército. La idea era que estos carros se distribuyesen entre las Divisiones de Infantería situadas en primera línea de estos Ejércitos en operaciones ofensivas, o se asignasen a las que ejecutasen contraataques en defensa. En ningún caso se preveía un empleo independiente de estos carros. Las primeras versiones no llevaban radio, pero posteriormente algunos modelos recibieron equipos de radio ER 54, que debía manejar el Jefe de Carro.
Los Hotchkiss H-35 y Hotchkiss H-39 (770 ejemplares entre ambos) nacieron de la misma necesidad que el Renault R-35: carro ligero de acompañamiento de la Infantería. La amenaza de una nueva guerra europea hizo que el Ejército francés decidiese adquirir ambos modelos (Hotchkiss y Renault), para dotarse con suficientes carros en poco tiempo. Sus características y su empleo fueron muy similares a los descritos para el R-35. No obstante, su blindaje era notoriamente superior al de los modelos equivalentes alemanes (un H 39 tenía un blindaje máximo de 45 mm de espesor, mientras que un Panzer IV se quedaba en 30 mm).

Carros Hotchkiss H-35. Los carros franceses estaban mucho mejor protegidos que sus equivalentes alemanes, como pronto experimentó la Wehrmacht.
Además de estos carros, Francia desplegaba en 1940 unos 300 ejemplares del carro SOMUA (Société d´Outillage Mécanique et d´Usinage d´Artillerie) S-35. Este carro estaba armado con un cañón de SA-35 47 mm, dotado de un poder de penetración considerablemente superior al del Panzer III (o al del Panzer IV). Con una velocidad de 40 km/h y una notable protección, el S-35 era superior a los carros alemanes. Solo la funesta tendencia francesa de emplear torres en las que solo cabía el Jefe de Carro (mucho más económicas que las grandes torres de los Panzer alemanes) hacía al S-35 inferior a sus oponentes alemanes. A diferencia de los Renault R-35 y de los Hotchkiss H-35, el S-35 desplegaba en el seno de las Divisions Légères Mécaniques (DLM), en misiones de Caballería (reconocimiento, seguridad, persecución…). Estas DLM combinaban elementos de movilidad tan diferente que hacía que ni siquiera en ejercicios en tiempo de paz llegasen a actuar reunidas.
El B-1 bis (274 ejemplares en 1940) era un carro pesado de acompañamiento a la Infantería. Sus características lo hacían mucho más eficaz en este papel que los citados R-35 o H-35: Su armamento principal consistía en un cañón de 75 mm en montaje de barbeta en el frontal del casco, y la omnipresente torre monoplaza con un cañón SA-35 de 47 mm. Estaba fuertemente acorazado (como pronto comprobarían los alemanes) y pesadamente armado, mucho más que ninguno de sus oponentes alemanes. Sin embargo, la escasez de equipos de radio y las dificultades que implicaba la torre monoplaza limitaban sus capacidades reales. A diferencia de los R-35 y H-35, que se agrupaban en los GBC de las Grandes Unidades Ejército, los Batallones de B-1 bis se integran en las nuevas Divisiones Acorazadas de Reserva (Division Cuirasée de Réserve – DCR).
Una característica que tuvo un impacto mucho mayor en el conflicto de lo que podría suponerse antes de la guerra era la escasa autonomía de los carros franceses, especialmente del B-1 bis. Concebidos para proteger a la Infantería a pie mientras cruzaba los diez o quince kilómetros de profundidad de la posición defensiva enemiga, su autonomía se reducía a dos horas de marcha campo a través, periodo tras el cual requerían repostaje.
Los medios para repostar a disposición de los Batallones de Carros franceses eran limitados (unos pocos camiones cisterna de 2.500 litros – en muchos batallones, solo uno -, que debían desplazarse hasta la posición de todos los carros uno tras otro, repostando por gravedad), lo que hacía que el reabastecimiento de un Batallón durase varias horas. Nuevamente, a principios de 1940, para la guerra esencialmente estática que se preveía, no parecía un problema relevante.
Como se ha citado anteriormente, a finales de los años 30, el Ejército francés comenzó a organizar sus DCRs, compuestas de una Media Brigada de carros pesados, con dos Batallones de Carros (B-1 bis), a 34 carros por Batallón, otra Media Brigada de carros ligeros (en general, H-39, procedentes de los GBC de los Ejércitos), con 45 carros cada uno de sus dos Batallones, un Batallón de Infantería Motorizada, tres Grupos de Artillería con obuses de 105 mm, dotados de tractores semioruga, una Batería Antiaérea y otra contracarro, dos Batallones de Zapadores, transmisiones y apoyo logístico.
Sin embargo, las DCRs nunca recibieron su dotación de Artillería al completo (se tuvieron que arreglar con un solo Grupo, reforzado hasta contar con 24 piezas de 105 mm), ni recibieron medios antiaéreos de ningún tipo. Las dos primeras se completaron, con las deficiencias citadas, en enero de 1940 y la tercera en marzo de ese año. La idea de estas DCRs era la de cerrar alguna posible penetración alemana en el frente fortificado francés (de ahí su denominación “de reserva”). Como se ha comentado, la reducida autonomía de los carros franceses (especialmente la del pesado B-1 bis), hacía que estas DCRs necesitasen frecuentes repostajes, lo que las hacía más lentas en su operación de lo necesario para el papel que se esperaba de ellas. Pese a las apariencias, debido a la necesidad de parar con frecuencia a repostar, las DCRs eran mucho menos móviles que sus equivalentes alemanas. Una cuarta DCR estaba en curso de organización al inicio de la ofensiva de 1940.
A diferencia de los GBCs, las DCRs estaban concebidas para operar de forma autónoma con respecto a las Divisiones de Infantería que constituían el grueso de las Grandes Unidades Ejército. Sin embargo, en mayo de 1940, su instrucción era muy precaria, no tenían una doctrina clara de empleo y, como se ha comentado, sus carros no estaban diseñados para ese papel, sino para el acompañamiento de la Infantería. La composición de sus elementos de maniobra (cuatro Batallones de Carros por uno solo de Infantería) era muy desequilibrada, muy en línea con las ideas británicas de preponderancia del carro de combate, y solo las hacía aptas (con limitaciones) para la función para la que fueron diseñadas: en efecto, en un contraataque en terreno propio no se esperaba que el enemigo hubiera tenido tiempo de organizar ninguna posición tan fuerte como para que el solitario Batallón de Infantería Motorizado de la División no pudiese superarla, teniendo en cuenta la abundancia de carros que lo apoyarían.
Sin embargo, si se pretendiese un uso ofensivo de estas Divisiones, su carencia de Infantería las haría incapaces de superar una resistencia medianamente organizada, si estuviera dotada de armas contracarro. Tampoco disponían de un elemento de reconocimiento, lo que dificultaba aún más su empleo ofensivo (carecían de información sobre lo que ocurría en su inmediata vanguardia). Se consideraba que incluir una unidad de reconocimiento sería superfluo, dado que se esperaba operar en terreno propio (y por ello, conocido) y contra un enemigo localizado por las fuerzas que mantenían el frente y muy poco organizado, lo que descartaba en gran medida ninguna sorpresa.
A diferencia del uso intensivo de la radio que hacía la Wehrmacht, el Ejército francés seguía confiando en los tendidos telefónicos. Los escasos equipos de radio disponibles se reservaban para los Cuarteles General de nivel alto (en general, de División y superiores), y, cuando se decidió la organización de las DCRs, para los carros de estas unidades. Sin embargo, la disponibilidad de equipos radio era muy escasa, por lo que ni siquiera todos los vehículos de estas DCRs disponían de radios (de los ocho Batallones de Carros Ligeros asignados a las cuatro DCRs, solo uno disponía de radios en todos sus carros, encuadrado en la última de las Divisiones organizadas, todavía no operativa en mayo de 1940), y los equipos eran principalmente ER 52 y 53, que empleaban el código Morse y claves cifradas.
El uso de señales Morse y de claves las hacía muy poco útiles para las comunicaciones inmediatas entre carros, imprescindibles para coordinar la maniobra en situación de combate. Por otra parte, la carga de baterías para las radios en los carros era un problema importante (se cargaban con los vehículos en marcha, lo que agudizaba la problemática de los repostajes), por lo que en muchas ocasiones (especialmente tras detenciones largas), se encontraban frecuentemente inoperativas durante periodos prolongados.
La Caballería francesa se organizaba sobre dos tipos de unidades: por un lado, las citadas DLMs, y por otro en Divisiones Ligeras de Caballería (DLCs), de las que había cinco en mayo de 1940. Además, cada División de Infantería tenía su propio elemento de Caballería con funciones de ocupar anticipadamente el sector de frente asignado a la División.
Las DLCs eran una reconversión apresurada de las Divisiones de Caballería francesas “modèle 1932”, que eran esencialmente unidades a lomo. En mayo de 1940, las DLCs mantenían una Brigada de Caballería con dos Regimientos a dos Grupos de Escuadrones, a lomo, y una Brigada Ligera Mecanizada (Brigade Légère Mécanique), con un Regimiento de Autoametralladoras con un Grupo con Panhard-Schneider-Kégresse P-16, semiorugas, y Citroën-Kegresse P-28 y Laffly 50 AM, y otro Grupo con carros Hotchkiss H-35. El otro Regimiento de las BLCs era de Infantería motorizada (Dragons Portés), con un Grupo dotado con semiorugas Citroën-Kegresse P-19 y otro con camiones. Las BLM incluían además un pequeño Escuadrón contracarro, con 12 cañones de 25 mm.

Cañón contracarro francés de 25 mm. En 1940, era efectivo contra la práctica totalidad de los blindados alemanes. No obstante, la doctrina francesa tendía a distribuirlos uniformemente por el frente, en lugar de concentrarlos en las principales avenidas de carros enemigos, lo que limitó su eficacia.
La Artillería de la División se reducía a dos Grupos con doce piezas cada uno, con obuses de 105 mm, con tractores (camiones o semiorugas). Estaba previsto incluir una Batería Antiaérea con cañones ligeros de 25 mm., pero solo dos de las DLCs llegaron a recibirlas. Además de ello, se incluyó en cada División una Compañía de Defensa Contracarro con los excelentes cañones de 47 mm.
Las DLCs tenían una potencia de fuego muy escasa, especialmente en el aspecto de la defensa contracarro, aspecto más acusado en la Brigada de Caballería a lomo, y, combinaban elementos de movilidades muy distintas, defectos que explican en gran medida su pobre actuación en mayo de 1940.
A diferencia de la alemana, la Caballería francesa se concebía como el elemento que debía contener la maniobra enemiga para permitir la constitución de un frente estabilizado. Su papel como elemento de reconocimiento era muy secundario y su misión era la desplegar lo antes posible en la línea elegida para constituir ese frente, y mantenerlo hasta la llegada de las unidades de Infantería. En consecuencia, las misiones “tradicionales” de la Caballería (reconocimiento, seguridad, explotación del éxito) quedaron postergadas en su organización y también en su espíritu. Las unidades de Caballería no se sentían mucho más responsables de obtener información o de cubrir al grueso de sus tropas que los Batallones de Infantería que las seguirían en su despliegue. En consecuencia, una de las misiones típicas de la Caballería – la de proporcionar seguridad, patrullando las zonas menos guarnecidas – rara vez se ejecutaba y se había perdido mucha práctica en ella. En realidad, la Caballería francesa precedía los despliegues avanzados de su Infantería, pero, si no había previsto un despliegue de Infantería para cubrir un frente que todavía no se había constituido, la Caballería francesa tampoco desplegaba en esa zona (y por ello, no obtenía información en esas zonas “abandonadas”). Por otro lado, su escasa potencia de fuego hacía difícil que las DLCs – la mitad de la Caballería francesa – pudiesen enfrentarse con mínimas posibilidades a unidades acorazadas.
La Artillería francesa disponía de 10.700 piezas. A diferencia de la situación de 1914, los franceses contaban con un importante número de obuses pesados: más de 2.000 obuses de 155 mm (de cuatro modelos diferentes), 372 obuses de 105 mm (dos modelos diferentes), 4.500 cañones Schneider de 75/28 y 700 cañones contracarro de 47 mm (junto con 7.000 cañones contracarro de 25 mm, operados por las pequeñas unidades de Infantería y Caballería). Además de estas piezas, la línea Maginot contaba con 1.400 piezas de diversos calibres en montajes fijos. Aproximadamente la mitad de la Artillería francesa era todavía hipomóvil. Su doctrina y procedimientos eran esencialmente los de 1918, y tenía merecida fama por su eficacia.
Otro aspecto interesante del enfoque francés del combate era su política de rotar frecuentemente las unidades desplegadas en los diferentes sectores defensivos. Las unidades en línea alternaban periodos de cubrir las fortificaciones con otros dedicados a construir o mejorar otras, o con permisos para que las tropas colaborasen en tareas agrícolas. Terminado el periodo de trabajos de fortificación o los permisos, eran redesplegadas en las líneas, pero no retornaban al sector que ocupaban previamente, sino que guarnecían las fortificaciones que dejaba libre la unidad que las sustituía en los trabajos de fortificación.
Esta política hacía que los soldados franceses apenas tuvieran tiempo de familiarizarse con su sector defensivo, pues solo lo ocupaban durante pocos días o alguna semana, antes de volver a realizar trabajos de fortificación, para ocupar después un sector defensivo nuevo. Además de ello, en la mayoría de los casos las rotaciones se producían a nivel Compañía (la mínima unidad que, en la doctrina francesa, podía ejecutar acciones independientes), lo que hacía que los Batallones siempre tuviesen alguna de sus Compañías realizando trabajos de fortificación, y alguna de sus posiciones defensivas ocupadas por Compañías pertenecientes a diferentes Batallones. Con el tiempo y los sucesivos relevos, esto provocaba una mezcolanza de Compañías que hacía casi imposible el mando de los Batallones. Como consecuencia, periódicamente se veían forzados a reorganizar su despliegue, para recuperar en lo posible la coherencia de las estructuras jerárquicas.
El Ejército francés también tenía la política de reemplazar individualmente las bajas: cuando un soldado dejaba una unidad por cualquier motivo, un recluta lo reemplazaba lo antes posible. Esta práctica garantizaba que las unidades siempre tuviesen suficiente personal, pero rompía la cohesión interna: las unidades francesas amalgamaban soldados veteranos con reclutas recién llegados, desconocidos para sus nuevos camaradas, que desconfiaban de ellos, lo que dificultaba la correcta ejecución incluso de las acciones más básicas de combate de pequeña unidad. Los alemanes y los británicos, por su parte, preferían mantener en el frente sus Batallones mientras conservasen una cierta potencia de combate, sin reponer sus bajas. Cuando el número de éstas comprometía la eficacia de la unidad, la retiraban del frente, cubrían todas las bajas que se habían producido en el periodo y efectuaban un programa de readiestramiento, enfocado a la integración de los nuevos reclutas, con vistas a reconstituir la cohesión de la unidad.

Caza francés Dewoitine-520. Este avión era el único caza francés capaz de medirse con los Messerschmitt Bf-109 alemanes, pero en mayo de 1940 los franceses solo disponían de 75 de ellos.
La Aviación francesa también se encontraba en una situación compleja. Mientras que su creación como entidad independiente se había basado en las teorías del “Poder Aéreo Estratégico”, el pacifismo imperante de la sociedad francesa impedía aplicar el enfoque eminentemente ofensivo imprescindible para ejecutar ese tipo de doctrina. Por otro lado, el Ejército francés no valoraba en mucho el concurso de la Aviación en el combate terrestre: su potente Artillería colmaba sus necesidades de fuegos y su idea de combatir en frentes estáticos hacía poco necesarias acciones aéreas como el reconocimiento (con la excepción de la observación del tiro de Artillería) o la interdicción. Básicamente, se necesitaban cazas para proteger a las fuerzas terrestres propias, pero, para los franceses, las fuerzas terrestres atrincheradas se consideraban poco vulnerables ante la acción aérea enemiga, por lo que tampoco había una excesiva presión sobre l’Armée de l’Air para proporcionar ese apoyo… Así, la función de l’Armée de l’Air parecía reducida a proteger a las ciudades e industrias francesas de los bombardeos alemanes (no olvidemos que Alemania había bombardeado ciudades polacas pocos meses antes). Esta función tenía la ventaja añadida de que los cazas eran notoriamente más económicos que los caros bombarderos polimotores, pero implicaba la dispersión de los cazas franceses por todo el territorio nacional.
El Ejército británico en 1940
La concepción estratégica británica en el caso de una nueva guerra con Alemania se basaba en las mismas premisas que el Reino Unido había empleado frente a Napoleón o frente a la Alemania Imperial: un bloqueo naval que ahogase el esfuerzo de guerra continental, al privar a su enemigo del acceso a las materias primas esenciales para la producción de armas y municiones. La participación de una fuerza terrestre se concebía como un elemento que auxiliase a sus aliados continentales (fundamentalmente, Francia) a resistir el empuje alemán y obligase a Alemania a mantener un elevado esfuerzo industrial que acelerase el efecto del bloqueo naval. Una repetición de la Gran Guerra, en suma.
Sin embargo, la incorporación de Rumanía al Eje ponía a disposición de Alemania los yacimientos petrolíferos de Ploesti, y el pacto germano-soviético de 1939 daba a Hitler acceso a los inmensos recursos de Asia Central sin depender de las vías de comunicación marítimas, en cuyo control se basaba la eficacia del bloqueo británico. En esta situación, destacados estrategas británicos defendían que el Reino Unido no podía derrotar a la Alemania nazi, y, que, en consecuencia, no era aconsejable entrar en una nueva guerra europea. Liddell-Hart fue el más destacado autor que defendía esta idea, lo que le costó una enorme pérdida de influencia y popularidad durante el conflicto. Al final, la decisión de enviar nuevamente una fuerza militar al teatro de operaciones europeo no se tomó antes del principio de 1940, lo que dejó muy poco tiempo al Ejército para adaptarse a las condiciones de combate esperadas en el escenario europeo (y que suponían que no serían diferentes de las experimentadas en la Gran Guerra).
En realidad, hasta el inicio de la guerra, el Ejército británico, como en 1914, era una fuerza completamente profesional, dedicada fundamentalmente a labores de “policía colonial”. La decisión de desplegar en Europa forzó a expandir el Ejército con la incorporación de los reservistas del “Ejército Territorial”, lo que aumentó su tamaño, a costa de una cierta disminución de la calidad.
Como se ha explicado, el debate sobre la experiencia de la PGM y sobre la motorización llevó a posturas muy extremas sobre el papel del carro de combate, que se saldaron sin un vencedor claro. En 1940, el Ejército británico estaba completamente motorizado, pero carecía de una doctrina oficial sobre el empleo de unidades acorazadas, lo que hacía su transformación más aparente que real. En consecuencia, el despliegue en suelo francés llevó a desempolvar los procedimientos empleados en 1918 (más aún dada la preponderancia del Ejército francés en el campo aliado), con un gran protagonismo de la Artillería de Campaña. Una activa minoría de oficiales defendía la necesidad de dar un mayor protagonismo al carro de combate, pero los resultados de los experimentos realizados en el periodo de entreguerras y la poco concluyente experiencia de la Guerra Civil española, no parecían respaldar esas pretensiones.
Vehículos portacarros británicos en 1940. El Ejército británico era el único completamente motorizado en 1940, pero carecía de ideas claras sobre el empleo de sus medios acorazados

Uno de los factores que más afectaron – desfavorablemente – a la eficacia combativa del Ejército británico nacía de su organización sobre la base de Regimientos independientes. Si bien el sistema regimental daba identidad y espíritu de cuerpo a sus miembros, también hacía a los Regimientos entidades muy cerradas y muy celosas de sus prerrogativas (un ejemplo se vio al tratar de la motorización de la Caballería). Por ello, las diferentes Armas – que, al final, representaban los intereses comunes de sus Regimientos – tenían una gran influencia sobre la organización, que llevó a que el Ejército británico tuviera la tendencia a atribuir a cada Arma el monopolio de un determinado tipo de medios. Así, la Infantería británica, organizada en Regimientos “de fusileros” estaba pobremente equipada en ametralladoras pesadas (que pertenecían orgánicamente al Cuerpo de Ametralladoras y estaban centralizadas a nivel Brigada) o en morteros. Un Batallón de Fusileros británico en 1940 sólo tenía ametralladoras ligeras Bren y dos morteros de 76 mm (número ampliado en 1942 a seis). En consecuencia, la Infantería británica dependía completamente del apoyo de la Artillería cuando se enfrentaba a una resistencia decidida o para defenderse frente a un ataque organizado. Además de ello, carecía completamente de capacidad contracarro. Por estos mismos motivos, el adiestramiento interarmas era muy escaso, puesto que las Armas (o, incluso, los Regimientos individuales) tenían una enorme libertad para decidir su programa de adiestramiento, por lo que la ejecución de ejercicios de carácter interarmas pasaban por una imposición desde el Estado Mayor Imperial de Londres, o bien era necesario que los Regimientos llegasen entre ellos a “acuerdos” más o menos formales. Las Armas y los Regimientos individuales – compuestos de soldados profesionales – funcionaban en general, muy bien (destacaba la Artillería, en opinión de sus adversarios alemanes, la más eficaz de las Armas británicas), pero en niveles superiores aparecían importantes problemas de coordinación. Además de todo lo anterior, esta organización hacía que la generación y la difusión de procedimientos comunes no fueran sencillas, lo que dificultaba la unificación de la doctrina.
La competencia profesional de las pequeñas unidades británicas era lógicamente muy inferior en las formadas sobre la base del “Ejército Territorial”.
Durante la Batalla de Francia, el infante británico demostró ser un soldado duro y físicamente resistente. Sin embargo, la eficacia de la Infantería británica no fue destacable, principalmente por la mencionada defectuosa colaboración interarmas que dominaba el Ejército británico. La Infantería británica operaba a partir de Pelotones, considerados indivisibles, y consideraba la Compañía como la mínima unidad capaz de ejecutar una operación con cierta independencia.
La Artillería británica conservaba el elevado nivel técnico alcanzado durante la Gran Guerra. Como en ese conflicto, su especialidad era el apoyo de fuegos planeado y sistemático, aunque mantenía procedimientos de tiro que le permitían reaccionar en caso de precisar fuegos no planeados. Como los alemanes, los artilleros británicos, podían destacar observadores a las unidades de combate, proporcionando fuegos sin planificar de nivel Batería o, excepcionalmente, Grupo, a las unidades apoyadas. Sin embargo, para ello dependían de comunicaciones basadas en el tendido de teléfonos de campaña, lo que hacía imposible prestar este apoyo a unidades mecanizadas o acorazadas. En 1940, tampoco las unidades de combate estaban habituadas a contar con apoyo artillero fuera del marco de un ataque planeado con mando centralizado (lo que se había hecho entre 1916 y 1918), por lo que no siempre se aprovechó esta capacidad de proporcionar fuegos sin planificar.
La Artillería británica era particularmente eficaz, pero seguía con los procedimientos de la Primera Guerra Mundial

En cualquier caso, el Ejército británico asumía que, como en la Gran Guerra, tendría un papel secundario, subordinado al mucho más numeroso Ejército francés, que lideraría el esfuerzo terrestre aliado.
Por su parte, la RAF centraba su doctrina en el “Poder Aéreo Estratégico”, y la prioridad concedida al apoyo a las fuerzas terrestres era muy baja. Consecuentemente, no existían procedimientos detallados para ejecutar ese apoyo, ni las características técnicas de los aviones de la RAF favorecían ese tipo de acciones: el arsenal aéreo británico (y sus esfuerzos de producción) se centraban en bombarderos polimotores de largo alcance, diseñados para bombardear a gran altura (lo que implicaba baja precisión, haciéndolos muy poco adecuados para el apoyo cercano a las fuerzas terrestres) y cazas aptos para defender las industrias y ciudades británicas de un ataque similar por parte de la Luftwaffe. Consecuentemente, el grueso de la RAF se mantenía desplegado en suelo británico, con pocos aviones (y relativamente anticuados) desplegados en la Europa continental.
El Armstrong Whitworth Whitley era uno de los bombarderos pesados de la Royal Air Force al inicio de la SGM. Pronto fue sustituido por modelos más pesados y de mayor alcance. Este tipo de aparatos eran la clave para aplicar las doctrinas del “Poder Aéreo Estratégico”

La flota británica seguía siendo la primera del mundo en número de buques, pero su composición mostraba una deficiente comprensión del papel de la Aviación en la guerra naval: seguía basada en grandes acorazados pensados para mantener el dominio del mar frente a una armada compuesta de buques similares, y la batalla de Jutlandia de 1916 seguía siendo su paradigma de batalla naval “moderna”. En cualquier caso, la diminuta Kriegsmarine no era rival para la Royal Navy, lo que parecía asegurar a los aliados el dominio de las rutas de comunicación navales, y con ellas la participación de los recursos de sus enormes imperios coloniales en su esfuerzo de guerra, al tiempo que esperaban ahogar económicamente a Alemania como en la Gran Guerra. Como se ha comentado, el inesperado pacto germano-soviético suponía un duro golpe a la eficacia del bloqueo marítimo aliado, pero la rápida evolución del conflicto tampoco permitió a los británicos buscar una estrategia distinta, y, al final, la invasión de la Unión Soviética por Alemania devolvió la situación a su estado inicial, validando la eficacia del bloqueo naval aliado.
Acorazado británico King Georges V. En 1940, la Royal Navy disponía de 17 acorazados modernos, por solo dos de los alemanes (el Bismarck y el Tirpitz, sin terminar). La capacidad marítima de la Alemania nazi parecía irrelevante

Preludio: La drôle de guerre
Tras la invasión de Polonia, el 9 de octubre de 1939, Hitler ordenó a la Wehrmacht el inicio inmediato de una ofensiva en el Oeste, con fecha de inicio el 25 de noviembre. Sin embargo, las Fuerzas Armadas alemanas no podían cumplir esa orden de ninguna forma: las existencias de munición no lo permitían, pero, además, las Divisiones móviles – que eran la columna vertebral del Ejército – habían sufrido tales pérdidas de vehículos (en combate, pero, sobre todo, por averías y accidentes) que difícilmente hubieran podido emprender una ofensiva (las pérdidas alcanzaban en algunas de ellas casi el 50% de los vehículos con los que habían iniciado las operaciones el 1 de septiembre). Sin embargo, las objeciones de los generales alemanes tuvieron muy poca influencia en Hitler, y solo la necesidad de ocupar Noruega para preservar los vitales suministros de hierro sueco que llegaban a través del puerto noruego de Narvik, y el mal tiempo (que reducía enormemente la eficacia de la Luftwaffe) forzaron a Hitler a retrasar la ofensiva en el Oeste.
Por su parte, el enfoque estratégico aliado reflejaba su experiencia de la Gran Guerra: esperaban un largo conflicto en el que los respectivos potenciales industriales y humanos serían la clave de la victoria. Dada la relación de población y recursos entre los contendientes, los aliados consideraban que el tiempo jugaba a su favor. Además de ello, el curso de la Gran Guerra parecía demostrar que la entidad de los enormes Ejércitos que las naciones industrializadas eran capaces de desplegar hacía imposible destruirlos en una batalla decisiva. Para los aliados, el nuevo conflicto europeo sería – como en la PGM – una sucesión de batallas de desgaste cuyo efecto acumulativo llevaría a la victoria del bando industrial y humanamente más poderoso, que era el suyo. Puesto que el tiempo les favorecía, los aliados esperaron pacientemente a que los alemanes iniciasen una ofensiva, cediendo la iniciativa. Las únicas acciones ofensivas que ejecutaron fueron bombardeos “estratégicos” de la RAF sobre objetivos alemanes, iniciados casi desde el principio de la guerra. Sin embargo, las cuantiosas pérdidas y los escasos resultados obtenidos llevaron a que se cancelaran a partir de diciembre de 1939.
Por su parte, para los alemanes, la declaración de guerra aliada les ponía en una situación estratégica desesperada. En efecto, en 1939, la Wehrmacht no estaba preparada para un conflicto, y, además, el generalato alemán (especialmente el más conservador) compartía el análisis estratégico aliado: la guerra la ganaría el bando industrial y humanamente más poderoso, que no era el suyo… Consecuentemente, las prisas de Hitler por atacar en el Oeste no eran absurdas: cada día la ventaja militar aliada crecía (o eso pensaba el alto mando alemán, a nivel político y militar), por lo que no había tiempo que perder. Alemania no podía mantenerse a la defensiva, pues esa actitud equivalía a aceptar la derrota en un futuro más o menos cercano.
Coherentemente con su enfoque estratégico, los franceses ocuparon sus posiciones y se mantuvieron en ellas, dedicados a guarnecerlas frente a la (entonces, inexistente) amenaza alemana, mientras que los británicos transportaban su fuerza expedicionaria British Expeditionary Force (B.E.F.) a territorio francés. Esta era una fuerza compuesta de un núcleo procedente del Ejército Regular (profesional) de cinco Divisiones, que fue reforzada con Divisiones de reservistas del Ejército Territorial (hasta ocho, pero de ellas, tres carecían de instrucción de combate real, y solo eran aptas para servicios de retaguardia). La B.E.F. estaba completamente motorizada (tenía más de 25.000 vehículos). Se integró en el 1er Grupo de Ejércitos francés, en la frontera franco-belga, donde se dedicó a preparar posiciones fortificadas (en la denominada Línea Maginot “extendida”). Además, sus Divisiones iban rotando una tras otra en posiciones de la línea Maginot, a efectos de mejorar su adiestramiento en el combate desde posiciones fortificadas, lo que da una idea del enfoque aliado de la guerra en 1940.
En 1939, Bélgica intentaba todavía evitar verse envuelta de nuevo en un conflicto con Alemania (que había supuesto enormes destrucciones en la PGM), por lo que no se unió a los aliados ni autorizó el despliegue de fuerzas aliadas en su territorio, evitando provocar a Alemania. Sin embargo, los aliados esperaban que, como en 1914, Alemania invadiría Bélgica, lo que permitiría el despliegue aliado en suelo belga. Así, las tropas aliadas situadas en la frontera franco-belga estaban preparadas para avanzar rápidamente sobre territorio belga, para ocupar una línea defensiva ya coordinada previamente – en estricto secreto y solo al más alto nivel – con las fuerzas armadas belgas.
Con el tiempo y ante la falta de acometividad por parte de los alemanes, los franceses comenzaron a conceder permisos a la tropa para ayudar en labores agrícolas o se empleó a los soldados en la construcción o mejora de fortificaciones. Sin embargo, poco o nada se hizo de instrucción de combate.
En consecuencia, la guerra entró en un periodo de calma que contrastaba fuertemente con el violento inicio de la PGM. La prensa francesa bautizó a esta etapa como la drôle de guerre o “guerra de broma”. La prensa alemana la llamó Sitzkrieg o “guerra sentada”.
En contra del periodo de calma que describía la prensa, este paréntesis de siete meses entre el final de la campaña en Polonia y el inicio de la ofensiva en el Oeste fue un periodo de actividad febril en las Fuerzas Armadas alemanas. Las deficiencias detectadas en la campaña polaca debían ser subsanadas, al tiempo que se creaban nuevas unidades en un acelerado proceso de movilización.
El principal esfuerzo alemán se dedicó a la formación de sus mandos de pequeña unidad. Es importante tener en cuenta que el Tratado de Versalles autorizaba a Alemania a disponer de un máximo de 4.000 oficiales, de los que 450 eran médicos y veterinarios y 500 se destacaron para crear la Luftwaffe. Esto dejaba un total de 3.050 oficiales formados para unas Fuerzas Armadas que llegarían a los 4,5 millones de hombres en abril de 1940. En consecuencia, en el centro de adiestramiento de Königsbrück se organizó una División de Adiestramiento, que organizó cursos intensivos de tres a cuatro semanas de duración, cada uno para 300 nuevos Jefes de Pelotón y de Sección, dirigidos por instructores veteranos de la campaña de Polonia. Por su parte, las unidades emprendieron un programa de adiestramiento extraordinariamente exigente, centrado en el ataque a posiciones fortificadas y en las operaciones de paso de ríos.
Pese a que la movilización industrial alemana dejaba mucho que desear, la producción de carros se aceleró, pasando de 151 carros Panzer III operativos en octubre de 1939 a 349 en mayo de 1940, los Panzer IV pasaron de 143 a 278 y los carros checos de 247 a 334. Este aumento en el número de carros disponible permitió convertir a las Divisiones Ligeras en Divisiones Panzer. En mayo de 1940, la Wehrmacht disponía de 2439 carros, pero de ellos 1478 eran los débiles y anticuados Panzer I y II). Frente a ellos, Francia alineaba 4111 carros – de ellos, 3254 en su frontera oriental -, mas 640 carros británicos de la B.E.F. (310) y de la 1ª División Acorazada británica (330), enviada posteriormente al continente (su despliegue se completó al final de mayo, en plena ofensiva alemana).
En el caso de la Aviación, como se ha citado, las Fuerzas Aéreas francesas y británicas habían centrado su doctrina de entreguerras en las teorías del “Poder Aéreo Estratégico”: la victoria se alcanzaría mediante la destrucción del poderío industrial enemigo, más que en el campo de batalla terrestre, que se esperaba tan indeciso y estático como en la PGM. Para poder iniciar esta campaña de bombardeos, era necesario alcanzar la superioridad aérea sobre cielo alemán, destruyendo a los cazas alemanes. Sin embargo, como se ha comentado, las cuantiosas pérdidas y los magros resultados obtenidos en los primeros ataques de la RAF sobre suelo alemán al inicio del conflicto llevaron a que se cancelaran a partir de diciembre de 1939, y a que se reconsiderase la viabilidad de una campaña de bombardeo sobre Alemania (que, sin embargo, había sido la orientación estratégica de la RAF y de l’Armée de l’Air desde los años 20).
Como ocurre muy frecuentemente en el mundo militar, británicos y franceses esperaban que la Luftwaffe actuaría igual que ellos. De hecho, los bombardeos de las ciudades polacas (con amplio eco mediático) parecían apuntar en el mismo sentido. Así, mientras incrementaban el número de sus aeronaves para la campaña que se avecinaba (Francia realizó importantes compras de aviones – especialmente norteamericanos – y potenció su producción propia en ese tiempo), dispersaron a su Fuerza Aérea por todo el territorio nacional francés y el sur de las Islas Británicas, con el fin de evitar que un ataque sorpresa alemán destruyese a la Aviación aliada, al tiempo que protegían sus ciudades y centros industriales. Como se ha comentado, la RAF solo desplegó una pequeña fracción de sus aviones con su B.E.F. El resultado final de todo ello, es que el esfuerzo aéreo que los aliados podían efectuar en la zona donde se produjo el ataque alemán era sólo una pequeña fracción del que realmente tenían disponible.
El caso alemán era diferente: la misión de la Luftwaffe era alcanzar la superioridad aérea en la zona donde se produjera el combate terrestre, y, en esa zona, asegurar el apoyo aéreo a las Fuerzas Terrestres, aislando a las unidades aliadas atacadas, impidiendo la llegada de las reservas operacionales y abortando posibles contraataques sobre las fuerzas que hubieran roto el frente enemigo. Consecuentemente, la Luftwaffe desplegó la práctica totalidad de sus medios en la zona elegida para el ataque. No es sorprendente que, pese a su inferioridad numérica, los alemanes fueran capaces de operar libremente en la zona donde ejecutaron su ataque, sin interferencias importantes por parte de las más numerosas, pero localmente más débiles, fuerzas aéreas aliadas.
Durante este periodo, la principal actividad aérea alemana en el frente del Oeste fue el reconocimiento. La observación aérea alemana de los ensayos y ejercicios aliados permitió al mando alemán tener una idea bastante exacta de cómo pensaban operar las fuerzas aliadas.
En lo concerniente a procedimientos, tras la experiencia polaca, los alemanes desarrollaron un sistema pionero en su época para gestionar el apoyo aéreo a sus fuerzas terrestres. Este se basaba en el despliegue de destacamentos de enlace del jefe de la unidad de la Luftwaffe encargada de ejecutar el apoyo (una Luftflotte, equivalente aéreo a una Gran Unidad Ejército terrestre) a los puestos de mando de los Cuerpos de Ejército y de los Ejércitos a los que tenía que apoyar. Estos destacamentos tenían dos partes: por un lado estaba el Kommandeur der Luftwaffe, o, abreviadamente, Koluft. El Koluft estaba a cargo de gestionar la actuación de las unidades aéreas de reconocimiento que apoyaban a la Gran Unidad terrestre en la que estaba destacado (un total de unos 450 aviones de la Luftwaffe estaban asignados a misiones de reconocimiento, bajo la autoridad del Ejército de Tierra). El Koluft podía ordenar misiones a esas unidades aéreas de reconocimiento. Estos aviones ejecutaban también misiones de corrección de tiro de Artillería, para lo que enlazaban vía radio con las Baterías en tierra.
Además del Koluft y su equipo, existía un segundo sistema de enlace, consistente en un número variable (dependiente de la prioridad concedida a la unidad terrestre en el plan de operaciones y de sus necesidades previstas de apoyo aéreo) de Fliegersoffizieren, o Flivos, cada uno de ellos apoyados por un pequeño equipo de auxiliares. Los Flivos estaban encargados de asesorar al mando terrestre sobre las capacidades aéreas disponibles, asesorar sobre la prestación de apoyos de fuego aéreos y canalizar las peticiones de la unidad terrestre para operaciones en curso. Una Luftflotte destacaba un equipo de Flivos a una Gran Unidad Grupo de Ejércitos, un Fliegerkorps lo hacía a una Gran Unidad Ejército, y una División Aérea o Ala (Geschwader) a un Cuerpo de Ejército y (excepcionalmente) a alguna División.
Los Flivos se movían en vehículos terrestres acorazados, inicialmente proporcionados por las unidades del Ejército de Tierra a las que apoyaban, para permitirles mantenerse en contacto con los jefes de las Grandes Unidades terrestres (que tenían el hábito de “liderar desde el frente”, manteniéndose muy cerca de la primera línea de combates en los sectores críticos del frente). En 1940, los Flivos no tenían medios de enlace con los aviones, por lo que su función era de asesoramiento y enlace. Más adelante en el conflicto fueron dotados de equipos de radio que les permitían mantenerse en contacto con el puesto de mando de su unidad terrestre, y con las unidades aéreas. En 1940 las disponibilidades de personal eran muy escasas, por lo que solo había un Flivo por Cuerpo de Ejército, y no en todos. Los Flivos se desplazaban hacia las zonas donde estaba prevista o era más probable la ejecución de acciones de apoyo aéreo directo, y, con sus observaciones y las solicitudes del mando terrestre en beneficio de quien se realizaba el apoyo, coordinaban su ejecución directamente con el Nahkampffuehrer (oficial jefe de apoyo cercano) del puesto de mando de la unidad de la Luftflotte encargada de prestar el apoyo. Los Flivos no tenían autoridad para ordenar la ejecución de ninguna operación aérea, y su función era esencialmente de asesoramiento y coordinación en la ejecución del apoyo.
Un problema importante es que, en este sistema, no había relación formal entre Kolufts y Flivos. Como consecuencia, la coordinación entre los aparatos de reconocimiento asignados al Ejército de Tierra (dependientes del Koluft) y los cazas y bombarderos (cuyo enlace con las fuerzas terrestres se hacía a través del Flivo) era lenta y poco eficiente.
La falta de autoridad de los Flivos sobre las unidades aéreas y el aislamiento de los Kolufts (y de los aviones de reconocimiento que dependían de ellos) del resto de la Luftwaffe reflejaba las reticencias de Göring (y de la Luftwaffe, en general) a quedar subordinada al Ejército de Tierra.
Además de estas cuestiones organizativas, en 1940 el Ejército de Tierra y la Luftwaffe empleaban generalmente equipos de radio que operaban en bandas de frecuencia distintas, por lo que la coordinación en tiempo real entre ambas organizaciones no era factible.
Sin embargo, a pesar de los problemas explicados, el grado de coordinación entre la Luftwaffe y el Heer era muy superior al existente en ningún otro país en aquellos años.
En realidad, ésta es una de las diferencias más importantes entre la doctrina alemana y las ideas de los teóricos de los carros aliados: los alemanes contemplaron siempre la integración del apoyo aéreo en la maniobra terrestre como un elemento clave (quizá el más importante) de su doctrina, mientras que los aliados se enzarzaron en un estéril debate sobre las posibilidades “revolucionarias” del carro de combate. En gran parte por esa cortedad de miras, la imitación de la blitzkrieg alemana por parte británica y norteamericana tras la caída de Francia resultó mucho menos exitosa de lo esperado.
En resumen, la aparente inactividad alemana durante esta drôle de guerre enmascaraba una activísima preparación para una ofensiva. La desesperada situación estratégica alemana obligaba a la Wehrmacht a asumir riesgos enormes en el diseño de sus operaciones: Alemania necesitaba más que nunca vencer en una “batalla decisiva” que la mayoría de los profesionales de la milicia – de ambos bandos – consideraba imposible.
La caída de Francia
Por su importancia en la evolución doctrinal de la Segunda Guerra Mundial, con la aparición de la blitzkrieg, analizaremos la ofensiva alemana de 1940 en Francia con cierto detalle. Este análisis pretende exponer las tensiones doctrinales internas en la Wehrmacht, pero también permite comprender el primer enfrentamiento a gran escala entre las dos concepciones doctrinales que habían surgido tras la PGM: la ‘guerra de movimiento’ alemana (y soviética), frente a la ‘bataille conduite’ francesa. También quedará patente el acierto de los alemanes en su aproximación al combate como un ejercicio ‘interarmas’, frente a opciones maximalistas, como la aproximación ‘solo carros’ de los británicos. Finalmente, se pondrá de relieve la necesidad del concurso de medios aéreos en la batalla terrestre, o, más propiamente, ‘aeroterrestre’.
La derrota francesa de 1940 se atribuyó desde el primer momento al empleo de una doctrina ‘tipo 1918’ frente a un Ejército (la Wehrmacht) ‘tipo 1940’ (Bloch, 1940). Efectivamente, la doctrina de la ‘bataille conduite’ – y sus consecuencias en términos de cultura militar, organización y materiales – fue uno de los principales factores (si no el principal) que explican la caída de Francia en 1940. Consecuentemente, tras la victoria alemana de 1940, la ‘bataille conduite’ debería haber pasado al desván de la Historia… Sin embargo, como veremos posteriormente, la doctrina de la ‘bataille conduite’ goza de excelente salud todavía hoy, con otros nombres y convenientemente ‘disfrazada’. Las razones para ello son muy variadas, pero la principal es que ofrece una serie de características extraordinariamente atractivas para la mayoría de los militares y también para el nivel político. En realidad, la ‘bataille conduite’ parece ofrecer una solución a un enojoso problema militar casi tan antiguo como la Historia: poner orden en el caos de la guerra. Las personas tendemos a buscar el orden, característica aún más acusada en las organizaciones militares, y, pese a ello, la guerra es una situación caracterizada precisamente por el caos. La ‘bataille conduite’ parece imponer un orden lógico en ese caos, haciendo que todo lo que ocurre en el campo de batalla sea previsible y responda a un plan concebido y controlado al más alto nivel. Para el nivel político, la ‘bataille conduite’ promete la victoria del bando industrialmente más fuerte, lo que la hace muy atractiva para los Estados occidentales, cuya economía es la más desarrollada: la ‘bataille conduite’ es la forma de traducir de forma inmediata el poderío económico (principal rasgo de nuestra sociedad occidental) en poderío militar. En consecuencia, la clave de la victoria está en mantener una economía fuerte, de forma que el esfuerzo necesario para mantener un instrumento militar poderoso no compite con el resto de demandas de la población, sino que va en la misma línea.
Sin embargo, la ‘bataille conduite’ tiene varios inconvenientes importantes. El primero es que, – como demuestra la caída de Francia en 1940 -, no es una ‘garantía’ real de victoria. Y ello es debido en gran parte a la mentalidad particular que desarrolla esta doctrina. Recordando al Tcol Lucas Pascal:
‘El mando (…) tendía a la excesiva centralización; no se podía hacer nada sin sus órdenes, y asumía toda la iniciativa y la responsabilidad… Nuestros cuerpos de oficiales y de suboficiales perdieron en esa escuela el gusto por la iniciativa y la responsabilidad…’
La ‘bataille conduite’ implica la necesidad de planeamiento detallado. Como consecuencia, los tiempos necesarios para alcanzar una decisión son necesariamente largos: con esta doctrina es muy difícil reaccionar rápidamente ante los imprevistos en combate (precisamente porque se basa en que no existan ‘imprevistos’ de ningún tipo). Como, además, anula la iniciativa y la responsabilidad de los mandos subordinados, los Ejércitos que aplican esta doctrina son muy poco reactivos ante las circunstancias cambiantes del combate: nadie reacciona sin órdenes, y los mandos a los diferentes niveles son reacios a tomar ninguna iniciativa sin autorización superior.
Estas características del Ejército francés – que no son parte necesariamente de la doctrina de la ‘bataille conduite’, pero son consecuencias casi inevitables de ella – explican en gran medida la derrota de Francia, especialmente en los días cruciales de la ruptura de la línea aliada en Sedán, entre el 13 y el 15 de mayo de 1940. Y, por estos motivos, estudiaremos esta operación con algún detalle.
Los planes de operaciones alemanes en la campaña de Francia
Desde el punto de vista de los planes de operaciones para la ofensiva sobre Francia, la mayoría del generalato alemán resultó ser muy poco original. En realidad, el plan de operaciones propuesto era una nueva versión del famoso “Plan Schlieffen”, que ya había sido puesto en ejecución en 1914: una pinza sobre territorio belga para envolver el ala izquierda de los aliados.
Las únicas diferencias reales eran el uso de las Divisiones Panzer para abrir brechas en el frente francés (al estilo de las operaciones realizadas en Polonia pocos meses antes), el empleo de paracaidistas para ocupar puentes y cruces ferroviarios, y para destruir las fortificaciones belgas más importantes (como el famoso fuerte Eben Emael, que guarnecía el canal Albert) y la invasión de los Países Bajos (como contemplaba el plan original de Schlieffen) para obtener más rutas de avance a través del territorio belga. En realidad, el plan era mucho más modesto que el original, previéndose como un “mal menor” un resultado que terminase en la ocupación alemana de la costa belga y de parte del país.

El “Plan Schlieffen” buscaba envolver el ala izquierda del Ejército aliado. En esencia, se había intentado – sin éxito – en 1914
Para ejecutarlo, se preveía la organización de tres Grupos de Ejércitos, denominados, de Norte a Sur, Grupo de Ejércitos B, situado al Este de los Países Bajos, que sería el responsable de ejecutar el esfuerzo principal (el envolvimiento del ala norte franco-británica, a través de Bélgica y también de los Países Bajos), Grupo de Ejércitos A (situado en el centro de la línea, en el sector de frente comprendido por la frontera belga y luxemburguesa), cuya misión sería apoyar desde el sur al Grupo de Ejércitos B, atacando el flanco sur de las tropas aliadas en Bélgica, y Grupo de Ejércitos C, desplegado frente a la Línea Maginot, con el fin de evitar un posible ataque francés desde esa línea.

Este plan no convencía a todos los generales. El más crítico era el general Von Manstein, Jefe de Estado Mayor del Grupo de Ejércitos A. Dado que descartaba que se pudiera conseguir ningún tipo de sorpresa, Manstein pensaba que el resultado de la ejecución de ese plan sería el choque frontal del grueso del Ejército alemán contra el grueso del Ejército aliado, en un terreno favorable a la defensa (dada la gran cantidad de importantes vías fluviales transversales al eje de avance alemán). Por ello, Von Manstein estaba convencido de que la ejecución de este plan llevaría a un estancamiento como el de la PGM, pero sobre suelo belga o, en el mejor de los casos, sobre la línea de los ríos Somme-Aisne. Y este estancamiento implicaba, a largo plazo, la derrota alemana, como había ocurrido en 1914-18.
Von Manstein era partidario de un plan radicalmente diferente: el Grupo de Ejércitos B iniciaría el ataque a través de Bélgica y los Países Bajos, con el fin de hacer creer a los aliados que, como esperaban, los alemanes estaban repitiendo el “Plan Schlieffen”. Cuando se iniciase el ataque, Bélgica solicitaría auxilio a los aliados, que, para evitar que los alemanes alcanzasen suelo francés, desplegarían el grueso de sus fuerzas en territorio belga, tan a vanguardia como fuera posible, apoyándose en alguno de los cursos de agua que cruzaban Bélgica. El Grupo de Ejércitos A concentraría las Divisiones Panzer y Motorizadas, llevando el esfuerzo principal: cuando los aliados entrasen en suelo belga, avanzaría a través de las débilmente defendidas Ardenas, rompería el frente en Sedán y avanzaría hacia los pasos sobre los ríos Somme y Aisne y sobre el canal de la Mancha, con el fin de aislar al grueso de las fuerzas aliadas, que ya habrían desplegado en el Este de Bélgica. Para proteger el flanco izquierdo de las fuerzas que penetrarían en la retaguardia enemiga por Sedán, una vez cruzado el Mosa, se ejecutaría simultáneamente un ataque hacia el suroeste, mientras que el esfuerzo principal se dirigiría hacia los pasos sobre los ríos Somme y Aisne y hacia el canal de la Mancha. Este plan se denominó “corte de hoz”.

El plan de Manstein se encontró con una fuerte resistencia por parte del alto mando alemán: se estimaba que era excesivamente arriesgado. En efecto, el plan implicaba el cruce de miles de vehículos a lo largo de más de 150 km por la precaria red de carreteras de las Ardenas, bosque mjy denso y escarpado en el que era imposible salir de los pocos caminos existentes; en consecuencia, una fuerza muy pequeña podría detener a las largas columnas de carros alemanes, que quedarían inmóviles alineados en las carreteras, a merced de la Aviación o de la Artillería aliada. Incluso si esta fase tenía éxito, la configuración de la red viaria de las Ardenas (con seis carreteras principales de sentido Este-Oeste, que discurrían en paralelo, desembocando la situada más al Sur en Sedán y la más al Norte en Dinant, con una distancia entre los dos extremos de casi 100 km., y con muy pocas vías transversales que permitesen a las unidades cambiar su despliegue) hacía que solo pudieran avanzar simultáneamente seis Divisiones (una por ruta), y que, al final de ese avance, las Divisiones alemanas quedasen distribuidas en un frente de casi 100 km, lo que daba una muy pobre concentración de fuerzas (en la PGM, el frente asignado a una División en ataque era de unos 4 km.; en el plan de Manstein, esta distancia se multiplicaba por cuatro…).
En esta situación, las Divisiones móviles alemanas tendrían que tomar al asalto de la ciudad fortificada de Sedán y cruzar el río Mosa al paso por esa ciudad, y por las ciudades belagas de Monthermé y Dinant (las carreteras de las Ardenas llevaban inevitablemente a esas ciudades), en un terreno favorable a la defensa y con un frente fortificado y guarnecido por fuerzas francesas y belgas, las que se suponía una calidad muy superior a las polacas. Las Divisiones alemanas estaban equipadas y adiestradas para operaciones móviles, pero no para asaltar un frente fortificado guarnecido por tropas preparadas y dispuestas a defenderlo. Incluso si también tenían éxito allí, posteriormente, las vanguardias acorazadas tendrían que penetrar trescientos kilómetros en la retaguardia enemiga con sus flancos al descubierto, antes de llegar a las costas del canal de la Mancha… Demasiados riesgos. Más aún teniendo en cuenta que, si Alemania perdía sus Divisiones móviles, la guerra estaría irremisiblemente perdida. El propio jefe del Grupo de Ejércitos A, Von Rundstedt, descartó la idea de Manstein, como hizo igualmente el General Halder, jefe del Ejército alemán. Consecuentemente, los Estados Mayores alemanes continuaron trabajando sobre la opción de una repetición del “Plan Schlieffen”.
Sin embargo, dos factores inesperados alteraron el curso de los acontecimientos: el 10 de enero de 1940, un avión alemán se estrelló accidentalmente cerca de Mechelen (Bélgica). En él viajaba un oficial alemán que llevaba un mapa con el plan de ataque, que cayó en manos belgas. Por si quedaba alguna duda, ahora era evidente que la sorpresa en una segunda edición del “Plan Schlieffen” era imposible. De hecho, tras el incidente de Mechelen, los aliados obtuvieron permiso de los belgas para iniciar los reconocimientos previos al previsto despliegue de sus Ejércitos en territorio belga, movimientos que fueron detectados por los aviones de observación alemanes, y que confirmaban las predicciones de Manstein: el plan alemán llevaría al choque del esfuerzo principal alemán contra el grueso de los Ejércitos aliados, lo que llevaría a la temida parálisis de la maniobra, como en la PGM.
Quizá igual de relevante fue que Hitler estaba muy descontento con las ideas de su Estado Mayor: consideraba (no sin razón) que el plan carecía de originalidad y que tenía muy pocas garantías de obtener una victoria decisiva, lo que originaría un estancamiento como el de la PGM. Por razones casi totalmente fortuitas, Manstein tuvo la oportunidad de exponer sus ideas a Hitler: el “corte de hoz” de Manstein era justo lo que Hitler quería y su Estado Mayor no le daba, un plan osado y original que ofrecía la posibilidad de una victoria decisiva. Consecuentemente, Hitler comenzó a presionar al OKH de Halder en ese sentido. El propio Halder, tras el incidente de Mechelen, comenzó a valorar positivamente el plan de Manstein, que fue el que finalmente se aprobó. Halder era consciente de los riesgos, pero la desesperada situación estratégica alemana justificaba correr riesgos igualmente desesperados a nivel operacional. Pese a ello, y como “venganza institucional”, Manstein fue ascendido y enviado como jefe de un Cuerpo de Ejército en formación localizado en Pomerania, junto a Polonia, siendo relevado del puesto clave en la ejecución del plan que había concebido en contra de sus superiores.
Pese a su impulso político, la mayoría de los generales alemanes en puestos decisivos desconfiaban de la viabilidad del “corte de hoz”, comenzando por el jefe del Grupo de Ejércitos A, Von Rundstedt, quien estaba llamado a ser su principal ejecutor, y aún más escéptico era el sucesor de Von Manstein como Jefe de Estado Mayor del Grupo de Ejércitos A, Von Sodenstern. Estos generales no creían que las Divisiones Panzer fuesen capaces de romper las defensas francesas en Sedán, ni de cruzar el Mosa y pensaban que, incluso si lo consiguiesen, sufrirían tal desgaste que no podrían realizar ninguna explotación en la retaguardia enemiga.
En consecuencia, entendían que la ruptura de la línea defensiva deberían ejecutarla las Divisiones de Infantería a pie, atacando de forma similar a como se había hecho en la PGM, y que sólo después podrían penetrar en la retaguardia enemiga las Divisiones móviles alemanas. Esta variación del plan tenía muchos inconvenientes: cualquiera de los Ejércitos “de Infantería” del Grupo de Ejércitos A debería recorrer al menos 150 km desde su base de partida frente a Luxemburgo (zona de despliegue del 2º Ejército, el más próximo a Sedán) hasta el punto de ruptura planeado, lo que requería no menos de cinco días de marchas a pie. La acumulación de municiones para proporcionar el apoyo artillero necesario para la ruptura en Sedán implicaba que las escasas carreteras de las Ardenas estarían ocupadas por la logística del 2º Ejército, impidiendo su uso por parte de las Divisiones móviles hasta que consiguieran despejarlas, lo que llevaría varios días. En consecuencia, el plan preferido por Von Rundstedt implicaba dar a los aliados casi diez días para reaccionar a la amenaza sobre su flanco derecho, lo que hacía casi imposible una explotación con éxito hasta el Somme o, aún menos, hasta el Canal de la Mancha, excepto en el improbable caso de que los aliados fueran absolutamente incompetentes.
Los recelos de Von Rundstedt estaban más fundados de lo que el resultado final de la Batalla de Francia sugiere. Como todos los generales (alemanes y aliados) de la “vieja escuela” de la PGM, Von Rundstedt era muy escéptico acerca de las posibilidades reales de las formaciones acorazadas y mecanizadas. El éxito alemán en Polonia lo atribuía a las limitaciones de las fuerzas armadas polacas, y consideraba que los atrevidos avances de las vanguardias acorazadas de Guderian y Von Reichenau no serían posibles ante un enemigo infinitamente más competente, como se percibía al Ejército francés. En efecto, en 1940, el Ejército francés tenía fama de ser “el mejor Ejército del mundo”: las ideas doctrinales y organizativas y las armas francesas eran imitadas por casi todos los Ejércitos, en todos los continentes.
Y el plan de Manstein era ciertamente osado: para convencer a los aliados de que la Wehrmacht intentaba repetir el “Plan Schlieffen”, era necesario que el Grupo de Ejércitos B ejecutase un ataque muy potente sobre Bélgica y los Países Bajos, para que los aliados creyesen que éste era el esfuerzo principal del ataque alemán, como lo fue en 1914. Sin embargo, el grueso de las formaciones acorazadas estaría asignado al Grupo de Ejércitos A: de las dieciséis Divisiones Panzer y Motorizadas disponibles, el Grupo de Ejércitos B disponía solo de tres (3ª y 4ª Panzerdivisionen en el XIX Cuerpo, y la 9ª en la reserva del Grupo de Ejércitos). Para suplir esta carencia, en los momentos iniciales del ataque, el Grupo de Ejércitos B recibiría la práctica totalidad del apoyo aéreo que la Luftwaffe podía proporcionar, incluyendo las espectaculares acciones de los paracaidistas. Esto implicaba que, durante el cruce de las Ardenas, las Divisiones móviles alemanas apenas podrían contar con apoyo aéreo: si eran descubiertas y los franceses concentraban sus aviones sobre las columnas de vehículos, incapaces de salir de las escasas carreteras, la operación alemana fracasaría, y la Wehrmacht perdería a sus divisiones de elite, y, con ellas, la guerra…
En efecto, en el denso bosque de las Ardenas, los vehículos no podían salirse de los caminos. Consecuentemente, una fuerza aliada muy reducida, si defendía tenazmente los numerosos puntos de paso obligado de esas carreteras, podía detener a una fuerza atacante muy superior, dejando a los vehículos alemanes inmóviles y atrapados, alineados a lo largo de las carreteras, a merced de la Aviación y la Artillería enemigas. Sin poder salir de los caminos, tampoco era posible desplegar la Artillería de Campaña, por lo que el apoyo de fuegos imprescindible para vencer una resistencia, incluso moderada, debería correr a cargo de la Luftwaffe. Sin embargo, durante el cruce de las Ardenas por las Divisiones acorazadas y mecanizadas, el esfuerzo de la Luftwaffe estaría en el norte, en apoyo del Grupo de Ejércitos B. Poca ayuda podría esperarse de ella.
Suponiendo que todo fuera bien, si los franceses habían fortificado los pasos del Mosa y estaban alerta (lo que era previsible, dada la dificultad de ocultar el movimiento de las Divisiones Panzer a la fuerza de cobertura, que, presumiblemente, desplegarían los aliados en las Ardenas), para romper la línea francesa serían necesarios unos fuegos que la Artillería de las Divisiones acorazadas y mecanizadas difícilmente podría proporcionar (no se podía hacer acumulación previa de munición, ni el número de piezas disponible era remotamente comparable ni siquiera al de una operación menor de la PGM), lo que dejaba el apoyo de fuegos una vez más en manos de la Luftwaffe (que en ese momento sí estaría disponible: una vez los aliados hubieran sido atraídos a suelo belga, el Grupo de Ejércitos A tendría la prioridad en el apoyo aéreo)… Sin embargo, los efectos de los bombardeos aéreos eran, en gran medida, desconocidos en 1940: la única experiencia alemana reciente era la de la Legión Cóndor en la Guerra Civil Española, donde solo en los últimos meses se habían probado (con éxito, pero en muy escasas ocasiones) armas clave como los bombarderos Junker-87 Stuka. El éxito de la Luftwaffe ante las fortificaciones polacas de Modlin se atribuía también (como los éxitos de la Aviación republicana frente a los italianos en Guadalajara o los de la Legión Cóndor ante el Ejército Popular de la República en la Guerra Civil) a la baja moral de las tropas de tierra, más que al efecto real de los bombardeos. Nuevamente, frente a un enemigo de primera clase como el Ejército francés, había lógicas dudas sobre la eficacia del apoyo aéreo.
Incluso superando el cruce del Mosa, a partir de allí, las Divisiones acorazadas y mecanizadas debían comenzar un largo avance de casi 300 km a la máxima velocidad posible (lo que implicaba que, tras la larga marcha a través de las Ardenas y el cruce del Mosa, estas unidades debían estar completamente repostadas y municionadas, sin existir ninguna zona donde hacerlo, ni tiempo para ello). Este ataque se realizaría con los flancos al descubierto, y con la presencia de un fuerte contingente francés en el flanco sur (el 7º Ejército, la reserva operacional francesa, desplegaba en el área de Reims), lo que daba a los aliados excelentes posibilidades para un contraataque. Nuevamente, el plan de Manstein confiaba en la Luftwaffe para “aislar” la zona de avance, en coordinación con una “defensa activa” consistente en un ataque secundario hacia el suroeste, con el fin de neutralizar al 7º Ejército francés. Una vez más, los generales alemanes más veteranos dudaban de que fuese suficiente.
En cualquier caso, las ideas sobre qué hacer tras el cruce del Mosa no dejaban de ser muy vagas, fuera de la idea de asegurar los pasos del Somme y el Aisne y avanzar hacia el canal de la Mancha.
En otro orden de cosas, el plan de Manstein implicaba un tipo de operación muy diferente del ejecutado en Polonia. Como se ha comentado, en suelo polaco las Divisiones Panzer, Ligeras y Motorizadas alemanas actuaron en el marco de Grandes Unidades Ejército, compuestas fundamentalmente de Divisiones de Infantería. Con las excepciones del XIX Cuerpo de Ejército de Guderian y del 10º Ejército de Von Reichenau (y por voluntad personal de estos generales, no como una decisión doctrinal) estas Divisiones móviles se emplearon para abrir paso o explotar las acciones de las unidades a pie. En ningún caso se planeó una penetración independiente de grandes unidades acorazadas o mecanizadas (pese a que el XIX Cuerpo y el 10º Ejército operaron de esa forma, pero en un teatro de operaciones tan pequeño que apenas se separaron del grueso de Divisiones de Infantería). Lo que proponía Manstein era una operación en la que las Divisiones Panzer y Motorizadas operarían de forma independiente, en la retaguardia enemiga, seguidas a mucha distancia por las Divisiones de Infantería. En esas condiciones, las unidades acorazadas y mecanizadas alemanas no tendrían quien les asegurase las vías de abastecimiento logísticas, ni quien protegiese sus flancos, ni dispondrían del potente apoyo artillero que era imprescindible en la guerra moderna desde la PGM. Todas las comunicaciones, a todos los niveles, tendrían que hacerse vía radio (otro medio relativamente nuevo; solo los alemanes y solo en ejercicios habían basado alguna vez sus comunicaciones entre Grandes Unidades únicamente en el empleo de la radio). Incluso teniendo éxito, las trece Divisiones acorazadas y mecanizadas que constituirían la punta de lanza del ataque alemán se encontrarían cada vez más separadas de las Divisiones de Infantería a pie que las seguirían y estarían operando en la punta de un saliente con 65 Divisiones aliadas en su flanco Este y otras tantas en el Oeste (si bien orientadas hacia la frontera alemana). Si los aliados eran capaces de redesplegar solo una fracción de estas fuerzas, podrían aplastar la vulnerable penetración alemana…
Como puede verse, las objeciones de Von Rundstedt (y de casi la totalidad de los altos mandos alemanes) al plan de Manstein no carecían de fundamento. Sin embargo, los argumentos en defensa del plan tampoco eran menores. Por un lado, Guderian (en la época, el mayor experto alemán en el uso de carros) estimaba que el cruce de las Ardenas era posible, actuando con celeridad y en secreto, si se reservaba para las Divisiones móviles toda la red de carreteras disponible. Por otra parte, no había razones para que los aliados guarneciesen en fuerza una zona que ofrecía tantos inconvenientes para las operaciones. Aún más, para los Ejércitos con “doctrinas de fuegos” (caso de los aliados), las Ardenas eran una zona donde no podían operar, puesto que la red viaria era insuficiente para alimentar a las masas artilleras en las que basaban sus operaciones: no había ferrocarril y las carreteras eran escasas, estrechas (en su mayoría solo permitían un sentido de circulación) y sin pavimentar, por lo que se deteriorarían rápidamente por el paso constante de las columnas de municionamiento. Y los aliados no tenían motivos para pensar que los alemanes operarían de manera distinta a la marcada por la ortodoxia de la PGM. La derrota polaca la atribuían (como los propios altos mandos alemanes) más a errores polacos que al empleo de nuevos medios o nuevas doctrinas por parte alemana.
En cuanto a la posibilidad de que los aliados descubriesen a las largas columnas de vehículos alemanes en las Ardenas, Manstein estimaba que era poco probable: la Aviación francesa era poco propensa a colaborar con su Ejército (recuérdese la teoría del “Poder Aéreo Estratégico” dominante en las Fuerzas Aéreas aliadas), por lo que los reconocimientos aéreos en beneficio de las fuerzas terrestres eran escasos; lógicamente, el mando francés los concentraba en las zonas de frente más prioritarias, y las Ardenas no lo eran. Además de ello, durante el cruce de las Ardenas, los medios disponibles de la Luftwaffe en apoyo del Grupo de Ejércitos A centrarían su acción en vuelos de caza, encargados de evitar la observación aérea aliada, a fin de evitar que estas Divisiones fuesen descubiertas. Por otra parte, la fuerza de cobertura aliada estaría compuesta fundamentalmente de unidades de Caballería a lomo, dotadas de armamento muy ligero, cuyas posibilidades de detener a las vanguardias acorazadas alemanas eran muy escasas. Por ese mismo motivo, es difícil que pudieran valorar la verdera entidad del despliegue alemán, pues se verían forzadas a retirarse ante la primera línea de unidades acorazadas alemanas, sin poder saber qué venía detrás.
En cuanto al paso del Mosa en Sedán (donde se iba a ejercer el esfuerzo principal de la ofensiva), Manstein estimaba que estaría poco defendido: Sedán se encontraba a 170 kilómetros de la frontera alemana, en un sector en el que no se esperaba actividad militar alemana. Consecuentemente, allí no se desplegarían tropas ni muy numerosas ni de primera línea, y, si se obtenía la sorpresa, tampoco esperarían la llegada de los alemanes. Por ello, no creía que fuera necesario organizar un ataque deliberado como los ejecutados contra las líneas fuertemente fortificadas de la PGM, y confiaba en que las Brigadas de Infantería Motorizada de las Divisiones Panzer fuesen suficientes para romper las defensas francesas. Puesto que no esperaba encontrarse con tropas de primera fila, también confiaba en que los bombardeos aéreos, combinados con la sorpresa, quebrarían la moral de los defensores franceses.
La parte más compleja era justificar que el avance en la retaguardia enemiga hacia el canal de la Mancha y los pasos del Somme no suponía un riesgo excesivo. Manstein propuso un ataque hacia el suroeste desde Sedán, como esfuerzo de apoyo, para neutralizar al 7º Ejército francés y proteger así el flanco sur de la penetración acorazada hacia Abbeville (ciudad francesa sobre el Somme en la costa del canal de la Mancha, centro ferroviario fundamental para las comunicaciones entre Francia y Bélgica, esencial para el abastecimiento logístico de las fuerzas aliadas que operasen en Bélgica), uno de los principales objetivos de la operación.
Sin embargo, y puesto que no creía en el plan de Manstein, la organización operativa que preparó Von Rundstedt para ejecutar el “corte de hoz” introducía una serie de “elementos de seguridad” por si el plan de Manstein fallaba, como preveía… Estos “seguros” estuvieron a punto de causar el fracaso de la operación y de cambiar la Historia.
La parte fundamental del “corte de hoz” corría a cargo de las Divisiones Acorazadas y Motorizadas que tan buen resultado habían dado en Polonia. En términos ortodoxos, para la ejecución del “corte de hoz”, estas Divisiones deberían haber sido agrupadas en Cuerpos de Ejércitos, y estos Cuerpos de Ejército en una Gran Unidad Ejército. La Gran Unidad Ejército es la que se organizaba para ejecutar una acción independiente de nivel operacional. Claramente, el envolvimiento del grueso de los Ejércitos aliados era una acción de nivel operacional (casi estratégico), y dada la velocidad necesaria, solo la podrían ejecutar las Divisiones Panzer y Motorizadas, lo que la hacía una operación “independiente” de éstas. Sin embargo, Von Rundstedt decidió agrupar los Cuerpos de Ejército que reunían a sus Divisiones Panzer y Motorizadas en una organización nueva, llamada Panzergruppe Kleist (“Grupo Acorazado Kleist”; Ewald von Kleist era el jefe de esta unidad, un general de Caballería que nunca había mostrado un interés particular en el empleo de carros de combate), compuesto de cinco Divisiones Panzer y tres Motorizadas. Puesto que no era una Gran Unidad Ejército, el Panzergruppe Kleist no recibió una Zona de Acción propia (una zona de terreno reservada para las operaciones de esa unidad y puesta bajo la autoridad de su jefe), sino que el Panzergruppe desplegaba y se movía dentro de las Zonas de Acción asignadas a los Ejércitos que formaban parte del Grupo de Ejércitos A (compuestos esencialmente de Divisiones de Infantería). Consecuentemente, el Panzergruppe tenía que “competir” con los Cuerpos de Ejército que formaban estos Ejércitos por las mejores zonas de despliegue, por las rutas de abastecimiento o de avance, y siempre bajo la autoridad del Jefe de la Gran Unidad Ejército “propietaria” del terreno (que tendía a favorecer a sus propias unidades, en perjuicio del Panzergruppe, que, al fin y al cabo, era una unidad “ajena”…).
El plan de Manstein que fue aprobado contemplaba que el ataque lo encabezarían las Divisiones Panzer y Motorizadas, so pena de perder la sorpresa y permitir la intervención de las reservas operacionales aliadas: la velocidad era un factor clave. Von Rundstedt no podía modificar el plan, pero adoptó una posición intermedia: asignó al Panzergruppe Kleist solo una porción de la red viaria que atravesaba las Ardenas, haciendo que uno de sus Ejércitos (el 4º, en el que incluyó dos Divisiones Panzer no asignadas al Panzergruppe y destinadas a cooperar con las Divisiones de Infantería) avanzase paralelamente al Panzergruppe al Norte de éste, con el fin de poder cruzar por asalto el Mosa en el previsible caso de que el Panzergruppe fracasase en ello. Sin embargo, para validar su concepto, Manstein había consultado previamente con Guderian si era posible que las Divisiones Panzer atravesaran las Ardenas, y el juicio de Guderian había sido que, efectivamente, el cruce de la zona era posible… siempre que se utilizase para ello toda la red viaria disponible y que se llegase a Sedán por sorpresa. La decisión de Rundstedt de asignar solo cuatro de las seis rutas disponibles al Panzergruppe invalidaba en gran medida el concepto original de Manstein (de hecho, creó un monstruoso atasco de tráfico que casi hizo fracasar la operación).
Puesto que Von Rundstedt esperaba que las Divisiones Panzer se detuviesen como muy tarde en el Mosa, ordenó que, si el Panzergruppe Kleist era alcanzado en su avance por los Ejércitos “de Infantería”, el Panzergruppe desaparecería como organización independiente y sus unidades pasarían a integrarse en estos Ejércitos “normales”, para continuar la ofensiva con un uso “ortodoxo” (es decir, “tipo Polonia”) de los carros (una consecuencia inesperada de esta disposición es que las Divisiones Panzer se esforzaron por mantenerse tan a vanguardia como fuera posible de las Divisiones de Infantería que las seguían, incrementando aún más la velocidad de su avance).
Los planes de operaciones aliados en la campaña de Francia
Pocos jefes militares en la historia han recibido críticas más duras que el Comandante en Jefe de los Ejércitos aliados en 1940, el General francés Maurice Gamelin. Y, sin embargo, con la perspectiva de la época, su plan de operaciones era perfectamente lógico. El esquema defensivo francés descansaba sobre algunos elementos fijos y que gozaban de amplio consenso:
- La consideración de que el tiempo jugaba a favor de los aliados, al permitir la movilización para el esfuerzo de guerra de los superiores recursos industriales y humanos de sus imperios coloniales. Consecuentemente, se asumía que una defensa fuerte del territorio continental aliado sería suficiente para alcanzar la victoria, lo que excluía la necesidad de una costosa ofensiva sobre territorio alemán, actitud además perfectamente coherente con el pacifismo dominante en la sociedad francesa de la época.
- La línea Maginot se consideraba un obstáculo suficientemente sólido como para garantizar la seguridad de la frontera francesa a lo largo de su trazado. Esta obra fortificada permitía además liberar tropas para constituir una masa de maniobra apta para proteger el resto de la frontera francesa.
- La línea Maginot terminaba en la frontera entre Bélgica y Francia, en el espeso bosque de las Ardenas (aunque se extendía con obras de fortificación menores a lo largo de la frontera entre Francia y Bélgica, formando la ‘línea Maginot extendida’). Las Ardenas carecían de ferrocarriles y contaban con una limitada red viaria, compuesta de carreteras sin asfaltar y en su mayoría aptas para la circulación en un solo sentido. La espesa vegetación hacía casi imposible salir de las carreteras, lo que impedía ningún despliegue de combate. Además de ello, la escasa red viaria y sus pobres características hacían imposible la alimentación logística de un Ejército ‘moderno’ (concepto que los aliados entendían como los desplegados al final de la PGM, basados en un enorme apoyo artillero, y por ello necesitados de un constante flujo de municiones). En consecuencia, ninguna operación de gran envergadura podía emprenderse en esa zona. Un jefe militar del prestigio de Pétain, el ‘vencedor’ de Verdún, había declarado en la Asamblea Nacional francesa en 1934 que las Ardenas eran ‘impenetrables’, y el General Gamelin también consideraba que el Mosa – que constituye el límite Norte del macizo de las Ardenas – era ‘el mejor obstáculo contracarro de Europa’ (Frieser, 2015, pág. 241). En cualquier caso, los franceses calculaban que los alemanes necesitarían no menos de dos semanas para cruzar el Mosa por el sector de las Ardenas, si se decidiesen a atacar por allí, lo que les daba tiempo suficiente para reorientar su despliegue defensivo: los alemanes necesitarían entre cinco y nueve días para atravesar las Ardenas y en torno a una semana más para preparar el cruce en fuerza del Mosa, lo que implicaba desplegar una masa suficiente de Artillería, acumular la munición necesaria y batir las posiciones francesas (los tiempos calculados por los franceses eran solo ligeramente más largos que los que hizo el OKH alemán para el caso de una ofensiva encabezada por sus Ejércitos ‘de Infantería’: Halder consideraba que en ese caso el paso del Mosa podría iniciarse no antes del noveno día de ofensiva).
- El trazado de la línea Maginot dejaba a los alemanes como única opción de invasión el cruce de Bélgica, como en el ‘plan Schlieffen’ aplicado en la PGM.
- La preservación de las zonas en las que se concentraba la industria era crucial para una guerra como la que se esperaba, en la que el potencial económico y productivo constituía la clave para alcanzar la victoria. El 40% de la industria francesa se concentraba en los departamentos fronterizos con Bélgica, por lo que era necesario evitar que los alemanes alcanzasen esas regiones. En consecuencia, era imperativo detener a los alemanes en suelo belga, lo más lejos posible de la frontera francesa.
- Para los británicos, era fundamental evitar la caída de la costa belga en manos alemanas. Desde allí, los submarinos y los aviones alemanes podrían cerrar al tráfico marítimo los principales puertos británicos, situados en la costa sur de las islas británicas. Las vías de comunicación marítimas eran esenciales para el esfuerzo de guerra británico, por lo que debían ser preservadas a toda costa. Esto suponía otro poderoso argumento para detener a los alemanes en territorio belga.
- Bélgica – intentando preservar su neutralidad a toda costa – impedía el despliegue aliado en suelo belga antes de que se produjese una agresión alemana. Sin embargo, como se ha explicado, el Estado Mayor aliado consideraba que la invasión de Bélgica era la única posibilidad con la que contaban los alemanes, por lo que era inevitable. En consecuencia, la ‘masa de maniobra’ aliada, compuesta finalmente por 65 de sus mejores Divisiones, desplegaba en la frontera franco-belga, esperando el momento del ataque alemán para ocupar posiciones defensivas en suelo belga.
A partir de estas premisas, la principal decisión a tomar era dónde establecer la línea defensiva en suelo belga. Las opciones consideradas fueron tres, basadas en las líneas defensivas ya preparadas por los belgas:
- La línea del río Escaut. Esta opción era ‘minimalista’ en el sentido de que dejaría la línea del frente muy próxima a la frontera francesa, preservando exclusivamente una estrecha banda costera y algunos puertos. Esta opción era difícilmente admisible por los belgas, pues dejaba la mayoría del territorio belga en manos alemanas. Consecuentemente, fue rechazada.
- La línea del canal Alberto, basada sobre el río Mosa hasta su confluencia con el canal Alberto en Maastrich. Esta opción, al contrario de la anterior, era ‘maximalista’: el canal Alberto está situado muy al Este del territorio belga. Indiscutiblemente era la preferida por el gobierno belga, pero era difícilmente realizable: implicaba que los belgas debían ser capaces de resistir la potente ofensiva alemana el tiempo suficiente para que las 65 Divisiones aliadas cruzasen la práctica totalidad del territorio belga y llegasen a tiempo de establecerse en defensiva en la línea del canal. El mando aliado dudaba de la capacidad belga para ganar el tiempo necesario, pese a las importantes fortificaciones construidas a lo largo del canal por los belgas (como el fuerte Eben Emael, que se consideraba el mejor de Europa), por lo que esta opción se consideraba poco realista.
- La línea del río Dyle. Esta era una opción intermedia, que se apoyaba en el Mosa hasta su confluencia con el río Dyle en Namur, y que seguía el curso de este último hasta Anvers. Esta opción aportaba numerosas ventajas: por un lado, era la línea defensiva más corta de las tres opciones consideradas, lo que permitía una mayor densidad de tropas; por otro, alejaba suficientemente la línea del frente de la costa (exigencia británica) y de los departamentos industriales franceses, dando además profundidad a la defensa; finalmente, Bruselas y la mayoría del territorio belga quedaban fuera de la zona ocupada por los alemanes. Estas ventajas y la aceptación del gobierno belga, determinaron que ésta fuese la opción aceptada.
Originalmente, la línea del Dyle solo sería ocupada por diez Divisiones francesas y las cinco británicas que componían inicialmente la B.E.F., mientras que otras veinte Divisiones guarnecerían el Mosa y actuarían como reservas.
El 20 de marzo de 1940, como consecuencia de la información obtenida en el mencionado incidente de Mechelen, este plan se modificó para incluir la variante ‘Breda’: en caso de un ataque alemán a los Países Bajos, el 7º Ejército francés (el núcleo de la reserva operacional aliada) avanzaría más allá de Anvers, para desplegar en la parte occidental de los Países Bajos, enlazando con las defensas holandesas, completando la línea defensiva aliada en su sector norte. Esta variante tenía el importante inconveniente de debilitar decisivamente la reserva operacional aliada, lo que tendría consecuencias nefastas durante la ofensiva alemana. La variante ‘Breda’ implicaba aumentar hasta 65 el número de Divisiones aliadas que desplegarían en territorio belga, y requería además el despliegue de la práctica totalidad de las unidades francesas más rápidas, con el fin de alcanzar la zona de Breda y constituir un frente antes de la llegada de las tropas alemanas.
El avance aliado se iniciaría con el rápido despliegue de las tres DLMs francesas más allá de la línea del Dyle, donde constituirían un frente al abrigo de cual desplegaría el grueso de las Divisiones de Infantería francesas y británicas.
La pérdida de la reserva operacional (enérgicamente protestada por el Jefe del Grupo de Ejércitos Noreste aliado, general Georges) dejaba la labor de rechazar posibles penetraciones aliadas en manos de las cuatro Divisiones Acorazadas de Reserva (DCRs) francesas y de la todavía no desplegada 1ª División Acorazada británica. En ningún caso se esperaba más que alguna posible penetración local a cargo de alguna de las Divisiones Panzer alemanas, siguiendo el esquema empleado por los alemanes en Polonia. Si conseguían penetrar el sólido frente aliado, estas Divisiones Panzer sufrirían tales pérdidas que no deberían constituir un adversario real para las Divisiones acorazadas aliadas, dotadas de más carros, más potentes y mejor armados. En consecuencia, Gamelin consideraba que perder la reserva operacional era un riesgo asumible.
Como Manstein esperaba, el frente de Sedán se asignó a tropas de segunda categoría (el 2º Ejército del general Huntzinger), y la labor de detectar y en su caso, retardar una posible ofensiva alemana por esta zona se dejó en manos de los belgas… Sin coordinarlo con ellos.
Para los belgas, las Ardenas eran un problema muy secundario en comparación con la necesidad de proteger la zona de Amberes-Lieja, mucho más valiosa industrialmente y más próxima a los ejes de avance previstos de las fuerzas alemanas. Consecuentemente, solo se asignó a las Ardenas un Cuerpo de Ejército denominado ‘Groupe K’ (por el nombre de su jefe, el General Keyaerts), compuesto de la 1ª División de Caballería, la 1ª División de chasseurs ardennais o ‘Cazadores de las Ardenas’ (infantería ligera) y un puñado de unidades menores, fundamentalmente de Ingenieros. La misión del ‘Groupe K’ se reducía a construir una serie de obstáculos previamente planeados sobre las carreteras de las Ardenas y a continuación replegarse rápidamente a las posiciones defensivas establecidas al Norte del Mosa, en el sector comprendido entre Lieja y Namur. Este plan defensivo implicaba que los belgas pensaban bloquear las carreteras que atravesaban las Ardenas en el sentido general Sur-Norte (hacia la frontera belga), pero prestarían poca atención a las rutas Este-Oeste, hacia Sedán y la frontera francesa, precisamente las que resultaban vitales para el avance previsto por los alemanes. En otro orden de cosas, desde la PGM era una realidad conocida que los obstáculos no defendidos por el fuego tienen una eficacia muy limitada (o nula), por lo que el esfuerzo de los ingenieros belgas sería necesariamente muy poco fructífero. Las fortificaciones francesas de Sedán eran mucho más débiles de lo que los alemanes temían: el doble obstáculo del bosque de las Ardenas y del Mosa hizo que el mando francés asignase a la fortificación de ese sector de frente una prioridad muy baja, por lo que se dedicaron muy pocos medios a mejorar las añosas defensas de la ciudad y de sus alrededores, que databan de finales del s. XIX.
La adopción del plan Dyle-Breda dejaba un total de 65 Divisiones aliadas desplegadas al Este de Sedán, el punto de ruptura previsto por Manstein. Además de ello, la variante ‘Breda’ hacía desaparecer una de las principales amenazas al plan de Manstein: la reserva operacional aliada ya no podría desencadenar un contraataque desde Reims contra el flanco izquierdo de la punta de ataque alemana, al tiempo que incrementaba en quince Divisiones la fuerza aliada que quedaría embolsada en territorio belga.
La búsqueda desesperada de neutralidad de los belgas (y de los holandeses) de se tradujo además en una pobre colaboración entre los jefes de los Ejércitos aliados y los jefes belgas y holandeses: la coordinación entre los Estados Mayores se produjo al más alto nivel y en absoluto secreto, por lo que no hubo lugar a un planeamiento detallado, más allá de una idea general sobre el plan de defensa. Por ello, conforme era necesaria una coordinación más estrecha, mayores disfunciones fueron apareciendo, que se manifestaron especialmente al establecer los límites del despliegue previsto franco-británico y coordinarlo con las defensas belgas y holandesas. Una de las más graves consecuencias de esta falta de coordinación se produjo precisamente en la zona de las Ardenas, donde el frente defensivo belga propiamente dicho comenzaba en Namur, mientras que el frente francés acababa pocos kilómetros al Este de Sedán. Para los belgas, la defensa de las Ardenas en el tramo entre Sedán y Namur era tarea del Ejército francés, mientras que los franceses pensaban que ese tramo sería defendido por los belgas… Además de ello, los obstáculos y destrucciones previstos por los belgas no habían sido comunicados a los franceses, por lo que éstos desconocían que determinados puentes y carreteras no estarían disponibles para ellos, en caso de querer operar en la zona de las Ardenas. Y, en cualquier caso, los belgas planeaban acciones muy limitadas para retardar a los alemanes en la dirección general Sur-Norte, mientras que los franceses estaban interesados en retardar la progresión alemana en dirección Este-Oeste. En consecuencia, las acciones belgas resultaban muy poco útiles para los franceses y viceversa.
Pese al desastroso resultado final, el plan aliado no carecía de lógica – si se asumían como ciertas las premisas de las que partía -, y, en realidad, gozó de amplio consenso entre los generales aliados. De hecho, el ‘corte de hoz’ de Manstein era una operación que hubiera sido imposible para los Ejércitos aliados de 1940, e incluso para el propio Ejército alemán si hubiese operado como en Polonia pocos meses antes.
Sin embargo, una de estas premisas fundamentales se reveló incorrecta: las Ardenas no eran ‘impenetrables’. Y, además, los aliados contaban con opiniones autorizadas que apuntaban a ello: en 1928, Liddell-Hart visitó las Ardenas y manifestó al Ministerio de la Guerra británico su estupefacción por que los franceses lo considerasen ‘impenetrable’. Peor aún, en junio de 1938, el General francés Prételat realizó un ejercicio sobre plano, en el que reproducía el esquema de ataque que Manstein planeó en 1940. Sus conclusiones fueron que los alemanes podrían alcanzar el Mosa en 60 horas y atravesarlo en un día… Prételat solo se equivocó en tres horas, con respecto al ataque alemán de 1940 (las vanguardias alemanas alcanzaron el Mosa en 57 horas). El resultado del ejercicio de Prételat contradecía las afirmaciones categóricas de Pétain y de Gamelin. Este último desdeñó las conclusiones de Prételat, al que acusó de ‘ponerse en lo peor’ y ordenó mantener en secreto todo el ejercicio, a fin de ‘evitar inquietudes’.
La derrota aliada tuvo muchas causas, y no fue consecuencia solo de un mal planeamiento operacional ni de una mala ejecución táctica. Quizá la causa principal radicó en las decisiones doctrinales tomadas – por los aliados y por los alemanes – durante el periodo de entreguerras. A esta diferente evolución doctrinal se unieron la falta de visión de los aliados sobre la viabilidad de las Ardenas (consecuencia en gran parte de esa evolución doctrinal – o falta de ella) y los problemas de coordinación de una coalición levantada apresuradamente, y organizada en medio de una potente y bien planeada ofensiva enemiga.
