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Suiza… ¿Piel de cordero… sin duda; pero… un lobo? Probablemente

https://global-strategy.org/suiza-piel-de-cordero-sin-duda-pero-un-lobo-probablemente/ Suiza… ¿Piel de cordero… sin duda; pero… un lobo? Probablemente 2023-12-01 13:27:09 Josep Baqués Blog post Estudios Globales

Suiza es un país tradicionalmente neutral, en el que tiene origen la Cruz Roja, a la sazón una de las ONGs más importantes del mundo. Con una larga tradición de amparo a refugiados, a los que concede asilo. Pero, como el otro día dije a mis alumnos en clase: “si hacéis crónicas de buenos y malos y os las creéis, os arriesgáis a una gran decepción, al descubrir que ni los malos son tan malos, ni los buenos, son tan buenos”. Pues Suiza, que va de “buena”, es un caso claro de ello.

Autoaislada durante décadas de casi todo el mundo, en buena medida por voluntad propia, solo inició una membresía con la ONU ya entrado el siglo XX. No es miembro de la UE, ni de la OTAN. Porque renuncia por principio a serlo de organizaciones internacionales que impliquen algún tipo de compromiso militar. Lo cual es confundido por algunos legos en la materia con ser un Estado pacifista. Muy al contrario, al aplicarse a sí mismo, la lógica de la defensa no provocativa, tan claramente expuesta por Barry Buzan, es un país fuertemente militarizado (con una gran tradición, que se mantiene, de servicio militar obligatorio), y dotado de un complejo militar-industrial propio, del que han surgido vehículos blindados tan vendidos como los Piranha, en servicio en muchos países del mundo, incluyendo los EE. UU. o nuestro propio país, cuya patente es de la empresa suiza Mowag. Y lo mismo habría que decir de los afamados cañones Oerlikon, en sus diversas variantes, usos y calibres. Son solamente pequeños ejemplos de lo que hay. No pasa nada. Hasta aquí todo normal. Pero que no nos vendan gato por liebre, y, sobre todo, que los lectores no se crean lo que no es. Nada más, de momento. Más bien, que asuman los costes, tan elevados, de ser neutral.

En efecto, según Buzan, este modelo de defensa, que también define como ‘defensa defensiva’ exige un gran esfuerzo en la materia, así como una implicación tal de su sociedad, que bien se podría reservar el polémico término ‘militarismo’ a este tipo de países, paradójicamente, neutrales. Que no pacifistas. Eso ha quedado claro. Entonces, estos países habrían conseguido, de esta manera, “mantenerse al margen de las rivalidades más importantes” entre las grandes potencias (Buzan, 1991: 381). Pero, sin negar que eso influya, pues la disuasión, aunque lo sea por mera negación, como es el caso, es un asunto poliédrico. La pregunta es… ¿Será solo por eso? Quizá no. Merece la pena explorarlo.

En la Segunda Guerra Mundial, la Alemania nazi no la invadió, a diferencia de lo que pasó con muchos otros Estados de Europa. ¿Tuvieron que ver los costes que debería asumir el aparato militar del III Reich para proceder a la invasión? No lo pongo en duda. Pero los nazis eran maestros en combinar estrategias grises y blacks. Lo habían hecho en Austria, en los Sudetes y, en el fondo, lo hicieron en Croacia y en Ucrania, pues se encargaron de fortalecer los respectivos nacionalismos anti yugoslavo y anti ruso, respectivamente, para combinarlo con su esfuerzo militar y asegurarse de ese modo ambas retaguardias de su avance por toda Europa. Entonces no alcanzaron su objetivo, pero, décadas más tarde, los herederos de Pavelic y de Stephen Bandera, han logrado lo que comenzó entonces, de la mano del III Reich. En el caso de Suiza, eso sería todavía más claro, si cabe. Al menos, sobre el papel. Ya que hay cantones germanófonos que quedaban integrados, de facto (por la teoría Volkgeist del nacionalismo), en la pretensión expresada en el primer artículo del programa del partido nazi, esto es, del Partido nacionalsocialista obrero alemán (NSDAP), que aspiraba a reunificar a todos los alemanes alrededor de una ‘Gran Germania’, basada en bases raciales,  siempre con apoyo de un principio que gustaba sobremanera a Hitler y a Rosenberg, y que dicho artículo menciona expresamente: el derecho de autodeterminación de los pueblos[1], aunque fuera a costa de romper Estados ya existentes.

Así que, como suele decirse, de esos polvos, estos lodos, como no podía ser de otro modo. A mayores, en esa época (años 20 y 30 del siglo XX), en Suiza también había un partido nazi, que podía haber facilitado las cosas, con la estrategia adecuada. Pero Hitler optó por otra cosa. Solamente hay que buscar las razones. Y quizá no haga falta ser un lince de las relaciones internacionales para comprender que la causa estriba en que Suiza podía ofrecerle, desde su neutralidad (es decir, desde la ventaja que le confiere el respeto que en ese caso también le debían los aliados, enfrentados al Eje) grandes ventajas a la Alemania nazi. Es una hipótesis razonable de partida. Pero… ¿Qué cosas?

Pues bien, tras no pocos indicios acerca del apoyo prestado por Suiza en plena Segunda Guerra Mundial, sobre todo (¿cómo no?) indicios de índole bancaria (como cuentas ‘durmientes’ de alemanes vinculados a la jerarquía nazi, de las que se contabilizaron hasta 54.000, todas ellas vinculadas al Holocausto), en la propia Suiza se abrió una comisión oficial de investigación, ya muy avanzado el siglo XX, pero antes de que fuera demasiado tarde. Fue la que dirigió un historiador económico local, y a la que se suele aludir por su nombre (Bergier), aunque también tomaron parte historiadores de otros países, desde israelíes a estadounidenses.

Los resultados vieron la luz hacia 1996, y fueron publicados en el año 2000. Son estremecedores. Suiza fue, en definitiva, y resumiendo, la principal máquina de blanqueo de dinero del III Reich, sobre todo para convertir el oro robado por los nazis en divisas, indispensables para que los de Hitler pudieran continuar con su esfuerzo bélico, y con la maquinaria de expolio a los judíos de toda Europa. Claro que Suiza también fue el país elegido para esconder miles de obras de arte igualmente robadas por los nazis durante el período bélico. En general, los judíos fueron la minoría étnica más perjudicada por la complicidad (si bien, en terminología de la teoría general del derecho penal, estaríamos más cerca de la ‘cooperación necesaria’, ya que, como señala Bergier… “without the foreign workers, the German economy would have ceased to function long before then” (Bergier, 2002: 312). En todo caso, la palabra “complicidad” es la que he podido encontrar al respecto, partiendo de esas constataciones. Eso sí, asociada, sin tapujos, al Holocausto (Drozdiak, 1999). Pero los judíos no fueron los únicos: también los gitanos lo pasaron muy mal en Suiza. Sin embargo, el expolio de los judíos era el más lucrativo para Suiza. Eso sí, buenos abogados (también de Estado) tendrían, de modo que optaron por considerar que “From the Swiss point of view, the acquisition of Jewish property was an affair of civil law which did not involve the state at all” (Bergier, 2002: 324). Pues eso… no todo era responsabilidad de Suiza qua estado: también lo era de su sociedad, y de sus empresas y bancos, a título particular. Casi peor nos lo pone la Comisión suiza encargada de investigar esas actitudes. OK, pero… ¿Problema resuelto? ¿De verdad? ¿Acaso el Estado no podía elaborar leyes para fiscalizar eso? Por supuesto que sí, pero no lo hizo. Todo, claro, a gusto de Hitler, cuando el Führer más lo necesitaba.

Si bien, el informe Bergier añade que, para más inri, Suiza no fue tan generosa al administrar el derecho de asilo a gente que huía de las persecuciones del III Reich. Citaré un párrafo extraído directamente del muy extenso informe elaborado por la Comisión Bergier, para ir al grano:

“Foreign money, of course, protected by the principles of client protection and banking secrecy, was very welcome; desperate people attempting to flee from the threat of deprivation and persecution by the Nazi regime were often refused entry. The results contained in this report on the whole endorse the findings of earlier research: measured against its previous stand in terms of humanitarian aid and asylum where its refugee policy was concerned, neutral Switzerland not only failed to live up to its own standards, but also violated fundamental humanitarian principles” (Bergier et alt, 2002: 499; subrayado mío).

Bergier y su equipo ya habían denunciado, en otros capítulos de su libro que, si bien los acuerdos a los que Suiza había llegado con Alemania solo admitían que los suizos devolvieran a quienes buscaban refugio, provenientes de Alemania, si todavía no se habían establecido en el interior de Suiza, en la práctica, hasta eso fue violado por Suiza, a requerimiento del III Reich, de modo que, a la hora de la verdad, “repatriated, not systematically but in many individual cases, refugees from Germany (and from 1938 on, from Austria) who were arrested not at the border or in the immediate vicinity of the border, but well inland” (Bergier, 2001: 165). Poco menos que una cacería selectiva de enemigos del nazismo, contra todo principio jurídico (derecho de gentes) y contra el escaso (pero existente) derecho positivo de la época. Los alemanes y austríacos de origen judío lo pasaron especialmente mal, si bien los autores recuerdan que, en esa época, hubo otros casos lacerantes, como la negativa cerrada de la “provincia del Quebec” a aceptar refugiados de origen judío (Bergier, 2001: 166). Otro caso digno de estudio de territorios que van de “progres” en la actualidad y de defensores de no-sé-cuántos-derechos, reales o inventados por ellos mismos. Pero que no se atienen a las reglas más elementales del derecho de gentes. En todo caso, atención a la siguiente frase, ciertamente lapidaria, del libro que estamos analizando: “It must be noted that Switzerland (like Sweden until the end of 1942) seems to have been the only country to openly apply racist selection criteria according to the Nazi definition” (Bergier, 2001: 168; énfasis mío). Creo que sobran ulteriores comentarios: es el veredicto de un historiador suizo, sobre los desmanes cometidos por su propio gobierno, unas décadas (no tantas) antes. Las razones suizas eran las mismas, de corte explícitamente racista, que abanderaban Hitler y sus secuaces. En todo caso, Bergier no está solo en esta denuncia. Otros historiadores apuntan en la misma dirección, incluso con mayor detalle, en la definición de las etapas y de los modos y maneras de actuar de las autoridades suizas. Así, desde 1933, Suiza negó, sistemáticamente, el derecho de asilo a refugiados provenientes de la Alemania nazi. Luego, a partir de 1938, que es el año en el que los nacionalsocialistas alemanes arreciaron en sus persecuciones racistas, las medidas antijudías se extremaron, ya que, a decir de otros historiadores, “una ignominiosa J fue estampada por funcionarios alemanes y/o suizos en los documentos de todos los que tenían origen judío” (Chevallaz, 2001: 181).

Y valga añadir que Suiza también empleó a algunos emigrantes que no fueron deportados como esclavos (trabajadores forzados, si se prefiere), suministrados por la Alemania nazi. En realidad, esos no fueron deportados, porque también hubo, paralelamente, tráfico de esclavos, a ambos lados de la frontera común germano-helvética. Entre otras cosas porque muchas empresas suizas no eran más que filiales de sus homólogas alemanas, todo ello en plena guerra (Bergier, 2002: 311), como si nada estuviera sucediendo. Luego, claro, ¡viva la Cruz Roja! Ya… pero… lo dicho… no siempre los buenos son tan buenos… Y es que ser neutral, de verdad, es una tarea harto complicada. Pero una cosa es eso, y otra muy diferente ser apenas un lacayo de los nazis. No solo -que también- en su apoyo económico, sino que, asimismo, en su política racial, que hoy llamaríamos, razonablemente, como ‘supremacismo blanco’.

Lo que sucede es que en Suiza llueve, además, sobre mojado. Uno de los principales expertos académicos del mundo en materia de terrorismo recoge como, años ha, Suiza también fue un Estado capaz de dar cobijo a algunos de los personajes más indeseables del momento. El experto es David Rapoport, quien no duda en recoger en su obra algunos de los principales manifiestos del personaje, y ese personaje (puesto) en cuestión es Karl Heinzen. Heinzen animaba a matar en nombre de la democracia (eso sí…), y tan contradictorio era que tituló su principal manifiesto como “asesinato y libertad”, pero lo subtituló “una contribución a la liga de la paz de Ginebra”. En todo caso, legitimó el envenenamiento masivo, a modo de precuela del empleo de armas biológicas; así como todo tipo de atentados, incluyendo el equivalente a los IEDs de nuestros días y el empleo de minas antipersona (Heinzen, 2006: 111-112). Pero, más allá de Rapoport, otros expertos no dudan en señalar que Heinzen es el autor que le aporta un carácter “doctrinal” (full-fledged doctrine) al ‘terrorismo moderno’ (Laqueur, 1977: 26), irritado como estaba por el hecho de que las revoluciones democráticas de 1848 no habían llevado al poder a los líderes que él deseaba. Otros autores, en fin, subrayan que las aportaciones de Heinzen no se ceñían a la mera especulación teórica, siendo como era un apologista dl terrorismo, sino que destacó, asimismo, por sus “aportaciones prácticas” (Vertigans, 2011: 26), tanto como inductor de magnicidios, como al plantear métodos concretos con los que cometer atentados terroristas. Menuda contribución a la paz (como decía ese subtítulo), la de este angelito que sí fue recibido con los brazos abiertos por Suiza… Nótese, eso sí, todos los caminos conducen a Suiza, porque el subtítulo hace referencia a la ciudad que también alberga, algunos años después, la segunda sede de la ONU, la primera de la Cruz Roja, etc.

El caso es que Heinzen, el promotor de los asesinatos a jefes de Estado y de gobierno, y, en ese sentido, claro precursor del anarquismo, halló refugio en Suiza. El mismo refugio que no hallaron los perseguidos por los nazis a los que alude Bergier. De modo que el criterio helvético para los ‘refugiados políticos’ deja mucho que desear… todo ello ateniéndonos a los precedentes que operan como evidencias históricas. Desde luego, que Suiza te acoja no es, necesariamente, señal de nada bueno, visto lo visto. Pues todo lo que se ha expuesto en este análisis ha sido minuciosamente documentado.

Referencias bibliográficas:

Bergier, Jean-François (2002). Switzerland, National Socialism and the Second World War Final Report. Zurich: Pendo.

Buzan, Barry (1991). Introducción a los estudios estratégicos. Tecnología militar y relaciones internacionales. Madrid: Ediciones Ejército.

Chevallaz, Georges-André (2001). The Challenge of Neutrality. Diplomacy and the Defence of Switzerland. New York: Lexington Books.

Drozdiak, William (1999). “Panel Finds Switzerland Complicit in Holocaust”, Washington DC: Washington Post Foreign Service.

Heinzen, Karl (2006). “Murder and Liberty: a contribution of the `Peace League´ of Geneve”, en Rapoport, David (ed). Terrorism. Critical Concepts in Political Science (Vol I), pp. 97-114.

Laqueur, Walter (1977). Terrorism. Boston: Little Brown.

Vertigans, Stephen (2011). The Sociology of Terrorism. People, places, and processes. London & New York: Routledge.


[1] El a-1 del NSDAP decía que “1. We demand the unification of all Germans in the Greater Germany on the basis of the right of self-determination of peoples”.

Josep Baqués

Profesor de Ciencia Política en la Universidad de Barcelona y director de la Revista de Estudios en Seguridad Internacional

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