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Trump, Netanyahu y los ayatolás. ¿pulso o partida de póker?

https://global-strategy.org/trump-netanyahu-y-los-ayatolas-pulso-o-partida-de-poker/ Trump, Netanyahu y los ayatolás. ¿pulso o partida de póker? 2026-04-21 09:50:01 Javier Mª Ruiz Arévalo Blog post Estudios Globales Irán Oriente Medio

Hace unas semanas se inició lo que podríamos calificar como la segunda entrega de la guerra que enfrenta a Irán con el tándem EEUU-Israel, considerando la denominada “Guerra de los 12 días” como la primera entrega de este conflicto. Desde entonces se han sucedido momentos en los que el diálogo parecía estar a punto de finalizar, o al menos suspender, las hostilidades, con otros en los que el cese de estas se antoja imposible. La montaña rusa en la que se han convertido los índices bursátiles de todo el mundo son una clara muestra de la repercusión que estos vaivenes tienen a nivel global. También el imparable ascenso del precio del petróleo. No es sorprendente que, así las cosas, el mundo observe con atención cualquier señal que pueda interpretarse como un cambio de actitud de unos u otros… particularmente del particularmente imprevisible presidente de EEUU. Ante esta tesitura se hace necesario intentar anticipar cuáles solo los posibles escenarios hacia los que puede desembocar el conflicto. Partiendo de la base de que priorizarlos resulta sumamente arriesgado. Sobre todo, porque no sabemos hasta qué punto el presidente Trump y los ayatolás están echándose un pulso en el que se creen con posibilidades de ganar por la fuerza o están jugando una partida de póker en la que intentan imponerse por la astucia. En el caso de Netanyahu, puede haber pocas dudas sobre sus intenciones, pero no resulta tan claro hasta qué punto va a lograr imponérselas a su aliado.

En el momento actual, partimos de un primer intento de negociación, patrocinado por Paquistán, que ha conseguido sellar un endeble alto el fuego de dos semanas, y un segundo intento que no invita a un optimismo excesivo. La primera duda que se plantea es si el alto el fuego representa un avance sustantivo hacia la resolución del conflicto, o debe inscribirse en una lógica estratégica más amplia, en la que contención, presión y ambigüedad operan simultáneamente. Pulso o póker.

De momento, resulta fundamental, a la vez que complicado, comprender el significado del alto el fuego acordado. Aunque formalmente implica una suspensión de las hostilidades, en la práctica ha estado rodeado de interpretaciones divergentes respecto a su alcance, sus condiciones y sus límites. Las discrepancias sobre qué constituye una violación del acuerdo, así como las acusaciones cruzadas entre las partes, han debilitado su credibilidad desde el inicio. De hecho, da la sensación de que, más que un mecanismo para la resolución del conflicto, la tregua debe entenderse como una “pausa táctica” destinada a permitir la reorganización de capacidades militares y la reevaluación de estrategias. Póker.

Hay que partir de una premisa que, por dolorosa que resulte, parece evidente: las diferencias entre EEUU e Irán, por no hablar de Israel, son profundas y estructurales, lo que hace difícil imaginar un punto de encuentro que permita poner fin a las hostilidades.  Más allá del alto el fuego, todo parece indicar que la situación final deseada por ambos actores, el postconflicto imaginado, se define en términos fundamentalmente incompatibles. Estados Unidos e Israel buscan el desmantelamiento de las capacidades nucleares y de misiles de Irán y del denominada Eje de Resistencia, mientras Irán prioriza la supervivencia del régimen, e mantenimiento de su capacidad de disuasión estratégica y el levantamiento de las sanciones. Los estados del Golfo exigen estabilidad y flujos energéticos. En este contexto, Paquistán se ha erigido como un mediador clave en la búsqueda de la paz y la estabilidad regional. Una solución duradera pasaría por un nuevo acuerdo nuclear y la normalización del tránsito por el Estrecho de Ormuz, sostenidos por una diplomacia multilateral sostenida, en la que el papel mediador de Paquistán seguiría siendo un factor clave.

No podemos olvidar que las diferencias entre los contendientes no son coyunturales, sino que responden a décadas de antagonismo geopolítico, ideológico y estratégico. Esta guerra no ha hecho sino intensificar dichas tensiones, reforzando percepciones de amenaza mutua y reduciendo los incentivos para hacer concesiones. En este contexto, el alto el fuego puede interpretarse como un instrumento funcional para ganar tiempo, más que como un paso hacia la paz.

¿Qué podemos esperar del futuro?

A día de hoy resulta imaginar cuándo y cómo puede cerrarse este conflicto. O, al menos, desescalar hacia la zona gris en la que se ha mantenido en los últimos años, finalizando su fase de enfrentamiento armado abierto.

Una primera hipótesis nos llevaría a pensar que la tregua no sería sino el preludio de una nueva fase de confrontación. En este marco, Estados Unidos podría considerar ataques contra infraestructuras críticas iraníes, tales como centrales eléctricas, puentes o instalaciones energéticas, con el objetivo de debilitar la capacidad operativa y económica del adversario. Trump ha amenazado reiteradamente con esta opción, que no puede descartarse. No obstante, este tipo de ataques acarrearía consecuencias humanitarias y económicas desastrosas, además de un alto riesgo de represalias por parte de Irán. La posibilidad de una escalada regional más amplia constituye, en este sentido, un factor disuasorio relevante, aunque no suficiente para descartar completamente este escenario. Estaríamos asistiendo a una partida de póker que sólo serviría como entretenimiento a la espera de reunir fuerzas suficientes para el pulso definitivo.

Otro escenario plausible sería el del triunfo de la diplomacia. No la “Diplomacia de las cañoneras” que parece prevalecer a día de hoy, sino la versión más tradicional, que podríamos calificar como discreta. El fracaso relativo de las conversaciones en Paquistán no debe llevar a pensar que la vía diplomática ya no es una opción. De hecho, cabe suponer que los diplomáticos seguirán moviéndose entre bambalinas, apoyados muy posiblemente por actores interesados en una pronta resolución del conflicto, como Qatar, Omán, Arabia Saudita o Egipto.

La diplomacia a veces conduce a éxitos inesperados, pero no conviene ser demasiado optimista en este caso. Las propuestas que ahora mismo estás sobre la mesa, los 15 puntos de EEUU y los 10 de Irán, suponen posturas iniciales muy divergentes, aparentemente irreconciliables. De momento, parece que tanto uno como otro tratan de delimitar el terreno de juego según sus premisas, más que buscar un espacio de entendimiento desde el que negociar. Este contexto puede facilitar avances parciales o acuerdos temporales en cuestiones específicas, pero difícilmente puede conducir a un acuerdo integral. Póker en estado puro.

Un tercer escenario podría ser el de escalada controlada. En este modelo, ninguna de las partes busca una guerra abierta a gran escala, pero tampoco renuncia al uso de la fuerza como herramienta de presión. Se trataría de un escenario típico de guerra híbrida, en la que se combinaría el uso de la fuerza militar, en forma de ataques limitados, operaciones encubiertas y uso intensivo de proxies, con otro tipo de instrumentos económicos y diplomáticos. Esta opción obedece a un cálculo racional de costes y beneficios, en el que se busca maximizar la presión sobre el adversario minimizando los riesgos de una escalada incontrolable. De nuevo, póker, evitando el pulso, pero jugando de modo más agresivo.

Sin embargo, se trataría de un equilibrio sumamente inestable. La acumulación de tensiones, la multiplicidad de actores involucrados y la opacidad de las operaciones aumentan significativamente la probabilidad de errores de cálculo. Un incidente menor podría desencadenar una reacción en cadena con consecuencias imprevisibles.

Una última posibilidad consistiría en la prolongación del bloqueo naval por parte de Estados Unidos, encaminada a asfixiar económicamente a Irán y doblegar su capacidad de resistencia. Impedir el tránsito de buques iraníes por el estrecho de Ormuz, una vía clave para el comercio energético global, e incluso atacar buques iraníes en otras aguas, supondría no solo poner contra las cuerdas a Irán, implicaría también presionar a otros actores internacionales, particularmente a China, principal comprador de crudo iraní. El pulso.

Sin embargo, esta opción supone riesgos significativos para EEUU. Fundamentalmente, porque implicaría costes militares y económicos quizás desorbitados y porque supondría exponer a las fuerzas propias a la posibilidad de ataques por parte de Irán o de alguno de sus aliados. Además, las consecuencias de un bloqueo de estas características trascenderían el ámbito bilateral. La interrupción del flujo de petróleo a través del estrecho de Ormuz podría provocar un aumento sustancial de los precios energéticos a nivel global, con efectos negativos sobre la economía mundial. Asimismo, existe el riesgo de que actores como los hutíes en Yemen intensifiquen sus acciones en el estrecho de Bab al-Mandab, agravando aún más la situación.

Por último, no podemos olvidar que, en todos los escenarios, Israel añade complejidad y volatilidad. Es conocida su desconfianza ante cualquier tipo de acuerdo, lo que podría llevarle a “dinamitar” cualquier negociación que pudiera aparecer como fructífera mediante acciones unilaterales que no resultan difíciles de imaginar y que tendrían un efecto demoledor en la evolución del conflicto, al aumentar la incertidumbre y dificultar la construcción de confianza. Israel tiene la posibilidad de convertir la partida de póker en un pulso a muerte.

Conclusión

En conjunto, los escenarios descritos apuntan a una conclusión común: la región se encuentra en una fase de “inestabilidad estructural”. Este concepto hace referencia a un contexto en el que las reglas de juego no están claramente definidas y en el que la distinción entre guerra y paz se vuelve difusa. En lugar de una confrontación abierta o una resolución diplomática clara, predomina una “zona gris” en la que coexisten elementos de ambos.

En este entorno, las decisiones tácticas pueden tener consecuencias estratégicas. Acciones aparentemente menores, que pueden responder a errores de cálculo, pueden tener efectos desproporcionados en la evolución del conflicto, especialmente en un contexto como éste, caracterizado por la desconfianza. El uso paralelo de herramientas militares y canales diplomáticos define la lógica predominante de la interacción entre Estados Unidos e Irán, pero supone jugar al borde del abismo. A ese riesgo hay que añadir la presencia de Israel, capaz de, en cualquier momento, empujar a Estados Unidos al vacío.

En cualquier caso, aunque ambas partes podrían preferir una resolución del conflicto, las condiciones actuales hacen poco probable un desenlace a corto plazo, lo que plantea desafíos significativos no solo para los actores directamente involucrados, sino también para la estabilidad regional y el sistema internacional en su conjunto

Javier Mª Ruiz Arévalo

Coronel del Ejército de Tierra español y Doctor en Derecho por la Universidad de Granada. Ha desplegado en dos ocasiones en Kabul, desempeñando cometidos en el área de la cooperación cívico militar.

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