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Llevando la zona gris al límite: un ejercicio de backcasting en el Báltico

https://global-strategy.org/zona-gris-ejercicio-de-backcasting-baltico/ Llevando la zona gris al límite: un ejercicio de backcasting en el Báltico 2019-06-23 19:22:30 Javier Jordán Blog post Análisis y Estrategia Docencia Prospectiva Rusia Zona gris y estrategias híbridas
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Nota introductoria: Este post iba a formar parte de un artículo del autor en la Revista General de Marina sobre Rusia y el conflicto en la zona gris en la región Báltica publicado en junio de 2019. Pero finalmente tuve que omitirlo por limitación de espacio. Lo reproduzco en este post con fines didácticos, para ilustrar con un ejemplo un ejercicio de backcasting y como posible escenario de partida para una Matrix Game sobre zona gris.


Rusia ha empleado la fuerza militar en varias ocasiones a lo largo de la última década: guerra de Georgia en 2008, ocupación de Crimea en febrero de 2014, intervención directa a favor de los separatistas ucranianos en agosto del mismo año en Donbass, y despliegue de una fuerza expedicionaria para evitar la caída de Assad desde otoño de 2015. Se ha tratado de operaciones efectuadas con agilidad y –en algunos de ellos– con un volumen de fuerza relativamente limitado. Dicha práctica tiene precedentes en la historia cercana, como el inicio de la intervención soviética en Afganistán con un golpe de mano protagonizado por Spetsnaz en Kabul en diciembre de 1979, o el despliegue rápido en el aeropuerto de Pristina en 1999 (Giles, 2016: 19). Las capacidades de movilización y despliegue son aspectos particularmente destacados de la reciente modernización de sus fuerzas armadas (Blank, 2016). Los estrategas rusos son conscientes de las ventajas que esto entraña, y potencian la creación de grupos de fuerzas autosuficientes, susceptibles de ser empleados más allá de las fronteras rusas en el marco de una ‘estrategia de acciones limitadas’ (Gerasimov, 2019).

Los episodios de Georgia y Ucrania han sentado un mal precedente (Baqués, 2015). Presentan el uso unilateral de la fuerza como herramienta válida para la consecución de objetivos políticos. Estados Unidos propuso la entrada de ambos países en la cumbre aliada de Bucarest de abril 2008. Petición que no fue aceptada por algunos aliados ante las objeciones rusas, emitiéndose en su lugar una vaga invitación de cara al futuro. Después de lo acontecido, el ingreso de Ucrania y Georgia en la Alianza queda descartado. En Siria, la intervención rusa inclinó la balanza a favor de Assad en un momento desesperado: con los rebeldes fuertemente asentados en Alepo y otras áreas al norte y sur del país, y con el Daesh prácticamente a las puertas de Damasco. Rusia se ha convertido desde 2015 en una potencia con capacidad de influencia efectiva en Oriente Medio, capaz de socorrer a aliados en situación límite.

El Báltico es una región geopolítica mucho más estable que Ucrania, Georgia u Oriente Medio. Sin contenciosos territoriales de importancia, y con Suecia y Finlandia neutrales. Un escenario de guerra allí sería un ‘cisne negro’: altamente improbable y de gran impacto estratégico. En caso de producirse un conflicto armado lo más plausible es que tuviera como centro los Países Bálticos. Si Finlandia o Suecia pretendieran unirse a la OTAN, Rusia tendría muy difícil repetir lo ocurrido en Georgia o Ucrania. No existen disputas territoriales ni minorías rusas de entidad que justifiquen un casus belli.

Aunque como decimos un choque en fuerza en los Países Bálticos es hoy por hoy altamente improbable, existen opciones intermedias, situadas entre la zona gris y el conflicto armado, plausibles y que en circunstancias extremas podrían resultar atractivas en los cálculos de Moscú. En las siguientes líneas vamos a ilustrarlo con un ejercicio de backcasting.

Pero de entrada aclaremos qué no sería un escenario propio de esa zona gris ‘al límite’. En 2016 la RAND Corporation llevó a cabo un wargame donde simulaba una invasión rusa de los Países Bálticos. Los resultados fueron desalentadores. En apenas 72 horas las fuerzas rusas ocupaban el territorio de los tres países sin apenas oposición: tiempo insuficiente para que la OTAN reaccionase enviando refuerzos. Moscú lograba un hecho consumado cuya respuesta militar pasaba por el desalojo de sus fuerzas, próximas a sus líneas logísticas y protegidas por sus capacidades A2/AD (Shlapak & Johnson, 2016).

Wargame de la RAND Corporation. En este caso el supuesto era una guerra convencional, no un conflicto en la zona gris

El supuesto de partida de aquel ejercicio ha cambiado desde el despliegue de tres batallones multinacionales de la NATO Enhanced Forward Presence, que incluye un subgrupo táctico mecanizado español en Letonia. Esos contingentes no bastarían para frenar un ataque en fuerza ruso pero sí le obligarían a cruzar la línea roja de combatir directamente –y causar bajas– a unidades de varios ejércitos aliados, elevando sensiblemente los costes políticos de la acción y haciendo menos predecible y más grave la severidad de la respuesta por parte de la OTAN.

En cualquier caso, y sin entrar en las críticas que este wargame ha recibido (Kofman, 2016), este tipo de escenario supondría una ruptura con el conflicto en zona gris pasando a la confrontación armada, y es esencialmente diferente por tanto al escenario que proponemos. Lo mismo sucedería con otros ejercicios de simulación posteriores, como el de Wermeling (2018), donde se plantean cinco escenarios de conflicto armado entre Rusia y la OTAN en los Bálticos, y en el que en uno de ellos unas fuerzas reforzadas de la Alianza sí lograrían frenar el hipotético avance ruso.

Nuestro backcasting de zona gris tiene como epicentro la ciudad estonia de Narva, en el condado de Ida-Virumaa al noreste del país. Aproximadamente el ochenta por cien de los habitantes del condado son ruso-parlantes.

En Narva la proporción llega a casi el noventa por cien, siendo la mitad de ellos ciudadanos rusos y casi una quinta parte personas desprovistas de ciudadanía al no haber superado los exámenes de estonio necesarios para obtener la nacionalidad. Por Narva transita el río del mismo nombre que sirve de frontera con Rusia y desemboca pocos kilómetros más al norte en el Báltico. Justo al llegar a Narva el río alimenta el Lago Peipus.

Vista satélite de la ciudad de Narva, en la frontera entre Estonia y Rusia (línea amarilla)

El escenario es el siguiente: a primeras horas del 12 de marzo de 2024 el ejército ruso se hace con el control de todos los accesos y puntos clave de Narva. Moscú justifica la acción como una medida para proteger a los ciudadanos rusos y a los estonios ruso-parlantes. El hecho consumado ha estado precedido por meses de protestas de la comunidad de origen ruso en Estonia, que lograron un importante respaldo en las redes sociales, tanto en los Países Bálticos como en Rusia. Los medios de comunicación rusos amplificaron su magnitud y se hicieron eco de presuntos abusos policiales.

El gobierno estonio desmintió las acusaciones y responsabilizó a Moscú de interferir en la comunidad ruso-parlante mediante agentes provocadores. La cobertura ofrecida por los medios de comunicación rusos trascendió al resto de países de la Unión Europea recabando apoyos en las redes sociales y otros canales de comunicación alternativos de extrema derecha y extrema izquierda. En el Parlamento Europeo los grupos parlamentarios Identity and Democracy y European United Left–Nordic Green Left, acusaron al gobierno estonio de pisotear los derechos de la minoría rusa y plantearon una declaración de condena que fue rechazada por mayoría en la Cámara. A través de este conjunto de acciones el gobierno ruso fue configurando el entorno informativo (shaping the information environment) con el fin de dificultar la reacción aliada. Podría considerarse la fase cero de la operación militar que vino a continuación.

En la noche del 11 al 12 de marzo se produjeron diversos ciberataques anónimos con éxito parcial contra los sistemas de comunicaciones de Estonia. En paralelo, en los alrededores de la ciudad de Narva dejaron de funcionar las conexiones a internet, telefonía móvil y control de drones, interferidos todos ellos por equipos militares de guerra electrónica estacionados en las proximidades. El éxito de la acción militar rusa se basó en la sorpresa y rapidez. En un asalto nocturno fuerzas de operaciones especiales capturaron los puentes sobre el río y neutralizaron las instalaciones policiales, reforzadas las semanas previas, sin apenas víctimas mortales. Ni en la ciudad ni en los alrededores había unidades militares estonias. El gobierno había desestimado desplegarlas para no agravar las protestas pro-rusas y evitar una escalada con Moscú.

Por la mañana del 12 de marzo tropas rusas pertenecientes a una división de asalto aéreo (VDV) patrullan la ciudad y establecen controles de carreteras en el exterior. Al otro lado de la frontera se despliega una división acorazada protegida por varias capas antiaéreas, con un anillo exterior generado por los S-400. El ayuntamiento de Narva, gobernado desde hace años por un partido estonio votado en su mayoría por ciudadanos de origen ruso, anuncia la celebración de un referéndum para integrar Narva en Rusia. La mayor parte de la población se mantiene en la ciudad, haciendo que cualquier contraofensiva militar corra el riesgo de causar víctimas civiles. El hecho consumado pone en una situación incómoda tanto al gobierno estonio como a la OTAN. Si la Alianza no responde con firmeza, se abrirá un largo y amargo debate sobre las garantías reales de la defensa colectiva pero ¿qué gobierno occidental va a arriesgarse a una guerra abierta con Rusia por una ciudad hasta hace poco desconocida?

Este escenario es altamente improbable. El Artículo 5 del Tratado del Atlántico Norte ha disuadido a Rusia desde hace décadas. Tendrían que darse condiciones excepcionales para que Moscú se arriesgase a un enfrentamiento directo con la alianza militar más poderosa del planeta. Por otro lado, aunque perduran las desigualdades socioeconómicas entre la minoría ruso-parlante y el resto de la población –así como entre el condado de Ida-Virumaa y el resto del país–, lo cierto es que dicha minoría disfruta en términos generales de una situación económica superior a los rusos del otro lado de la frontera, y tampoco hay movimientos separatistas que aspiren unirse a Rusia (Cohen & Radin, 2019: 30-31). Los países Bálticos son las exrepúblicas soviéticas que han experimentado un mayor crecimiento económico, con una renta per cápita que supera ampliamente a las de Rusia, Bielorrusia y Ucrania. La fractura social entre la población autóctona y la de origen ruso no llega hasta el extremo de que estos deseen un golpe de mano ruso en Narva al estilo de Crimea. La minoría rusa sería instrumentalizada en este escenario hipotético pero para llegar a él los acontecimientos deberían discurrir por uno –o una combinación de– los siguientes itinerarios:

1. Grave crisis política en Rusia. La nueva victoria de Vladimir Putin en las elecciones presidenciales de 2024, envuelta en serias sospechas de fraude y en un contexto de crisis económica, genera una oleada de protestas y valoraciones cada vez más negativas en las encuestas de opinión. Los medios occidentales de inspiración liberal apoyan abierta y decididamente el cambio político en Rusia. Los dirigentes del Kremlin están convencidos de que los servicios de inteligencia de Estados Unidos y otros países europeos financian y respaldan a los opositores. Los gobiernos en la región Báltica muestran cautela en sus declaraciones públicas pero en sus sociedades prevalece la actitud favorable a los opositores democráticos rusos. En el resto de Europa los movimientos y partidos políticos de extrema derecha y extrema izquierda recelan de Estados Unidos y de la Unión Europea y se hacen eco de las teorías conspiratorias que apuntan a la injerencia extranjera en las protestas. Culpan a sus respectivos gobiernos de desestabilizar irresponsablemente a Rusia.

2. Diversos acontecimientos en la política interna de Estonia provocan un deterioro de la convivencia con la minoría rusa y un incremento de la polarización política al respecto. Los movimientos pro-rusos –hasta hacía poco prácticamente inexistentes– ganan apoyos. Se suceden las protestas con miles de manifestantes que degeneran en episodios de violencia con destrozos urbanos, múltiples heridos, y tiroteos entre manifestantes y la policía que causan una docena de muertos. El gobierno estonio acusa a Rusia de alimentar los disturbios. Moscú lo niega y exige el fin de la represión de sus compatriotas en el país báltico. Mientras tanto los medios de comunicación rusos y las cuentas de redes sociales favorables a la minoría ruso-parlante difunden imágenes impactantes de la represión policial.

En refuerzo de uno de estos itinerarios se pueden añadir las siguientes circunstancias:

3. La OTAN pasa por una seria crisis de credibilidad. En Estados Unidos los dos candidatos a las elecciones presidenciales de 2024 priorizan el contrapeso a China y acusan a los europeos de financiar su defensa a costa de los contribuyentes norteamericanos. Más de la mitad de los aliados siguen sin alcanzar el objetivo del 2 por cien de gasto en Defensa establecido en la cumbre de Gales de 2014, cuyo plazo expira este año. Como consecuencia de este incumplimiento la opinión pública norteamericana contempla de manera creciente a la OTAN como una carga de la que se benefician los países de la Unión Europea.

4. En paralelo al punto anterior, los países de la Unión Europea sufren los efectos de una nueva crisis económica. Altas tasas de desempleo, pérdida de competitividad tecnológica respecto a Asia Pacífico y Estados Unidos, estrés de los sistemas de bienestar por los recortes sociales y los problemas estructurales derivados del paulatino envejecimiento de la población. Pese al declive económico se mantienen los flujos migratorios procedentes de África y la retórica xenófoba tiene eco en las distintas capas de la sociedad. Los sistemas políticos se ven cada vez más desbordados a la hora de responder con eficacia a las demandas de la ciudadanía. La fragmentación política, la polarización y las distorsiones creadas por los partidos de extrema izquierda, extrema derecha y nacionalistas con representación parlamentaria dificultan los consensos necesarios para implementar políticas de Estado con perspectiva a largo plazo. El proyecto de construcción europea queda relegado por los problemas internos de sus miembros.

Los itinerarios 1 y 2, por separado –y en especial si se combinan– elevarían las probabilidades de acabar en el escenario propuesto. En el primer itinerario los dirigentes rusos recurrirían a la clásica distracción externa y con la confianza de que el hecho consumado les proporcionase una baza para forzar el fin del supuesto apoyo exterior a la oposición en Rusia. El itinerario 2 afectaría a uno de los intereses declarados de la acción exterior de Moscú y, de no reaccionar, Rusia perdería credibilidad como gran potencia. Pero para conducir al escenario ficticio las probabilidades de los itinerarios 1 y 2 aumentarían significativamente con las condiciones 3 y 4, y ambas ofrecerían una ventana de oportunidad al Kremlin para dar un golpe de gracia a la credibilidad de la OTAN –y de la defensa mutua europea– con la expectativa de que el hecho consumado no iría seguido una respuesta militar aliada. Respuesta que debería enfrentarse a las ventajas geográficas y capacidades militares rusas comentadas en el epígrafe anterior.

Resulta imposible conocer con certeza el futuro, y la construcción de escenarios no aspira a predecirlo. Se trata de una herramienta analítica que ayuda a comprender mejor la realidad proponiendo situaciones hipotéticas, algunas sorprendentes y otras contraintuitivas, pero plausibles a tenor de las fuerzas de cambio identificadas. Como hemos señalado, a priori este escenario es altamente improbable si se mantienen las circunstancias actuales. Las intervenciones rusas en Crimea y en el este de Ucrania tuvieron lugar en contextos muy distintos al de los Países Bálticos, y además han ido acompañados de costes severos para Moscú en sanciones económicas y deterioro de su imagen internacional, lo que en principio desincentiva la repetición de acciones similares (Radin, 2017: 11). No obstante, los itinerarios señalados harían plausible su materialización; y la historia nos demuestra que muchos acontecimientos parecen imposibles hasta que suceden.

Referencias

Baqués, Josep (2015): “El papel de Rusia en el conflicto de Ucrania: ¿La guerra híbrida de las grandes potencias?”, Revista de Estudios en Seguridad Internacional, vol. 1, nº. 1, pp. 41-60

Blank, Stephen (2016): Can Russia Sustain Its Military Capability?, The Jamestown Foundation, September 13.

Cohen, Raphael S. & Radin, Andrew (2019) Russia’s Hostile Measures in Europe Understanding the Threat, Santa Monica: RAND Corporation.

Gerarimov, Valery (2019): “Векторы развития военной стратегии”, Krasnaya Zvezda [Estrella Roja], 4 de marzo. Disponible en: http://redstar.ru/vektory-razvitiya-voennoj-strategii/

Giles, Keir (2016): Russia’s ‘New’ Tools for Confronting the West Continuity and Innovation in Moscow’s Exercise of Power, Research Paper, Chatam House. The Royal Institute for International Affairs.

Kofman, Michael (2016): “Fixing NATO Deterrence in the East or: How I Learned to Stop Worrying and Love NATO’s Crushing Defeat by Russia”, War on the Rocks, May 12.

Radin, Andrew (2017): Hybrid Warfare in the Baltics. Threats and Potential Responses, Santa Monica: RAND Corporation.

Shlapak, David A. & Johnson, Michael (2016): Reinforcing Deterrence on NATO’s Eastern Flank. Wargaming the Defense of the Baltics, Santa Monica: RAND Corporation.

Wermeling, Ben S. (2018): “Fighting Russia? Modeling the Baltic Scenarios”, Parameters, vol. 48, nº 2, pp. 63-75.

Javier Jordán

Profesor Titular de Ciencia Política en la Universidad de Granada y Director de Global Strategy

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