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Afganistán… el retorno del mito del eterno retorno

https://global-strategy.org/afganistan-el-retorno-del-mito-del-eterno-retorno/ Afganistán… el retorno del mito del eterno retorno 2021-08-16 17:58:57 Josep Baqués Blog post Estudios Globales Afganistán Asia Central
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La redundancia del título es intencionada. Pero no recurriré al tópico, aunque esté bien para enmarcar estos comentarios. El caso es que hace bastantes años que, en el contexto de mi actividad docente, vengo desarrollando ejercicios de simulación del conflicto afgano. Los alumnos aprenden poniéndose en la piel de los actores afganos. Bueno, y porque antes los he ‘taladrado’ con horas de clase sobre la historia y la sociedad afgana. Elementos sin los cuales lo demás no tendría el menor sentido. 

Una de las cuestiones que más me ha llamado la atención es la insistencia de cierto grupo de estudiantes (de máster) a la hora de afirmar que la solución al problema afgano debería comenzar con la retirada de las tropas estadounidenses. Si yo les interpelo aduciendo algo así como… “¿a cambio de qué otras tropas?”, y añado cosas como… “¿Creéis de verdad -tras lo que os he contado- que las fuerzas locales son autosuficientes? La dúplica suele ser… “Da igual, pero tienen que salir de ahí todas las tropas extranjeras”. ¡Ah, ya! Pues eso, les digo, es “pensamiento Alicia (en el país de las mil maravillas)”, para luego aportar sucesos históricos similares (la retirada de Vietnam ha salido curso tras curso). Algunos de ellos se acordarán de esos debates, ahora que se han consumado las peores previsiones.

Una parte del problema de fondo estriba en considerar que, si los Estados Unidos están de por medio, eso es ‘imperialismo’ y que nada bueno puede acarrear. Una afirmación de enjundia, pero falaz. En parte, es falaz porque la sociedad internacional, liderada por los Estados Unidos (aunque a veces con la pantalla protectora de la ONU) ha hecho muchos esfuerzos en Afganistán, en los últimos 20 años que, en el mejor de los casos, casan mal con dicho ‘imperialismo’. En parte, también es falaz porque, aun suponiendo que eso sea imperialismo (no hay problema, aceptaremos pulpo como animal de compañía para poder seguir con el argumento), no podemos olvidar (aunque esté de moda hacerlo) que los imperialismos suelen traer cosas muy buenas. Nosotros, en España, solemos seguir agradeciendo el influjo del Imperio Romano, así como del imperialismo árabe (o todos pulpos, o ninguno). Incluso el (fallido y de menor recorrido temporal) imperialismo francés de principios del siglo XIX dejó algunas cosas buenas que todavía perduran (y otras, no tan buenas, claro, no lo negaré nunca de cualquier imperialismo -o de cualquier pulpo-).

El problema estriba en tirar de discursos cicloestilados. Recientemente, Gil Barndollar, uno de los principales adalides de la retirada de los Estados Unidos de cualquier parte del planeta que no sea su propio territorio (y ya veremos) argumentaba que la “fuerza militar no es la respuesta a los desafíos de la Región”. ¡Caramba! Eso podría haberlo planteado cualquiera de esos alumnos… Pero esos eslóganes son demasiado fáciles.

Cuestión distinta es que alguien pretenda que esos desafíos se pueden resolver solamente con el concurso de las fuerzas armadas (no soy de esos, y no creo que sean muchos quienes piensan así). Ahora bien… ¿Cuántas cosas pueden hacerse sin su concurso? Dando por sentado que ese concurso puede ser disuasorio, aunque también se puede mover en la amplia horquilla de opciones de empleo de la fuerza. ¿Hay que recordar por enésima vez a Max Weber? O, a sensu contrario, ¿hay que recordar la Conferencia de Munich y las consecuencias de pedirle a Hitler sin levantar la voz que, por favor, se portara bien?

Lo que está claro, en el terreno de las lecciones aprendidas (aunque ya lo estaba desde Vietnam… al menos en teoría) es que:

  • Los talibanes nunca fueron derrotados militarmente. En 2001, ante la presión de los Estados Unidos, se retiraron a sus aposentos. Clausewitz decía que no puedes cantar victoria hasta que la otra parte renuncia a su voluntad de seguir combatiendo. Lástima que (casi) nadie lea a los clásicos. Hubiera sido más interesante ser más contundente en ese momento dulce de la intervención en suelo afgano. Pero se optó por mirar hacia otro lado y confiar en que cambiarían (sic).
  • En Occidente pecamos de etnocentrismo (unos más que otros) cuando hacemos nuestros análisis. De ese modo, tendemos a pensar que everywhere and everyone está de acuerdo con el mundo ‘ideal’ de democracia liberal, derechos humanos y, ya puestos, federalismo. En fin… Sociedades como la afgana (y no hablo solo de los talibán) tienen otro criterio, ampliamente arraigado en sus tradiciones (ojo con el pashtunwali). ¿Que no nos gusta? Ya. Pero eso no quita dos cosas, a saber: no están a la defensiva contra Occidente, sino a la ofensiva. Detestan nuestros valores, porque ellos tienes otros (los tienen) que creen mejores. Y, a consecuencia de ello, amplias capas de la población afgana los prefieren, no tanto a las tropas de los Estados Unidos (ese no es el problema, aunque los críticos con la intervención sepan reconstruirlo de ese modo en el imaginario colectivo) como a las costumbres que vienen tras de sí. Matamos al mensajero, pero lo que escuece es el mensaje: muchos afganos (incluso no talibán) consideran que nuestras sociedades son entre libertinas y depravadas, además de estructuralmente perversas (hedonismo, renuncia a la ética del deber, ataque a la lógica familiar, por ejemplo).
  • Los sistemas liberal-democráticos ‘se cansan’ de mantener conflictos híbridos/de baja intensidad cuando están muy lejos de sus fronteras e implican un desgaste notable (también político/electoral). A ver, que Sun Tzu ya nos cuenta que una campaña demasiado larga no conviene ni a quien la domina militarmente, precisamente por el desgaste que conlleva. Pero eso se agrava en un contexto de diferencias sociales tan profundas como las que existen entre Afganistán y Occidente. Quienes tienen otras culturas políticas (menos ‘cívicas’, como dirían Almond y Verba) gozan de cierta ventaja y saben que les puede salir a cuenta desarrollar una guerra híbrida contra una potencia económica y militarmente superior. Porque el tiempo y el desgaste juegan a su favor. Por consiguiente, es mejor no comenzar si presumes que no vas a poder terminar y si asumes los gastos que el ínterin se llevará con él al éter. Obviamente, eso no excluye la eventualidad de uno o varios ataques preventivos contra instalaciones que sirven de santuario a terroristas, por ejemplo. Pero una operación a gran escala de state-building exige más compromiso. Es factible, pero no de este modo. Si no se tiene ese compromiso pues… perfecto, no se desarrolla la operación y punto.
  • Si el esfuerzo de lustros para forjar unas fuerzas armadas y unas fuerzas de seguridad locales dignos de tal nombre ha sido estéril en el antiguo Vietnam del Sur y en Afganistán… pues… cualquiera puede cerrar la frase. El matiz sería que las fuerzas locales podrían funcionar bien si siguieran gozando de la tutela de las fuerzas armadas de los Estados Unidos (o de otras potencias) a pleno rendimiento. Para lo cual es preciso emplear la fuerza. Pero eso no encaja en el cuento de Alicia en el país de las mil maravillas (véase el párrafo anterior) ni les gusta a las mentes más ‘progresistas’ de nuestra sociedad (y ya no digamos a los pacifistas). No, no, “¡demasiada testosterona!”, dicen (veremos qué harán ahora sin ella). Pues nada… asumiendo los costes de la intervención, así como la presencia de tantos ‘alicios’, solo queda poner una alfombra roja a los talibanes, mientras les pedimos perdón por las molestias que les hayamos podido causar en estos años (que han sido muchas) a cambio de que sean condescendientes con los desdichados colaboracionistas. Eso sí, nos quedará el ‘derecho a la indignación’ (menudo engendro), en el que somos maestros.

En los años venideros, los talibán se moderarán un poco (no mucho, ni a corto plazo, pero sí un poco) porque a estas alturas conviven diversas sensibilidades en su seno; porque la otra vez (1996-2001) les fue fatal con su dogmatismo aplicado; y porque gozar o no de reconocimiento internacional no es poca cosa. Pero quienes, tras haber actuado de buena fe al lado de la amplia coalición internacional pensando en un mundo mejor para sus mujeres e hijos, sobrevivan a las primeras vendettas, les explicarán a sus nietos que no se tienen que fiar de los occidentales. Máxime si esos occidentales son ‘alicios’ (‘progresistas’, pacifistas, etc). De modo que lo sucedido en suelo afgano pesará como una hipoteca sobre el futuro de las intervenciones en el extranjero: ¿quién se la va a jugar para apoyar a las fuerzas internacionales, frente a los radicales de casa, a sabiendas de lo que sucederá cuando sean abandonados a su suerte?

En conclusión, nos hallamos ante un nudo gordiano. ¿Qué hacer en el futuro próximo? ¿Promovemos activamente la democracia liberal por el orbe? Pues… creo que la época dorada del liberalismo hegemónico está tocando a su fin, incluso si atendemos a la recomposición de las alianzas en el interior de los propios Estados Unidos. Detrás de ello hay un debate intelectual (Mearsheimer y Walt, siguiendo la estela de Gilpin, versus Ikenberry) y otro social. Ahí convergen la mejor tradición realista (poco amante de esas intervenciones, aunque la gente -sobre todo, los ‘alicios’- no sea consciente de ello) con los ‘progresistas’ de turno que son más partidarios de intervenir en el extranjero, sí, pero a través de Netflix y Cía, para que el resto del mundo vaya ‘interiorizando’ los valores occidentales (de hoy). Supongo que eso no cuela como pulpo. Aunque Zizek, que no es precisamente de derechas, diría que sí cuela, porque detrás de esas series vienen nuestra lógica y nuestras multinacionales.

Mientras tanto, a las mujeres y niños afganos, llamados a sufrir la represión de un modo más intenso (aunque muchos hombres afganos tampoco lo van a pasar demasiado bien) les diremos que nosotros somos buena gente, que no nos gustan los ejércitos, ni las armas (aunque a algunos les gustan las que no están en manos de los ejércitos) y que tienen que agradecer a todos los ‘alicios’ de Occidente (que son legión) su incansable esfuerzo por librarles de los siempre imperialistas soldados de los Estados Unidos. Al menos, así no engañaremos a nadie. Aunque algunos tecnócratas de los ministerios de asuntos exteriores del mundo occidental y de la ONU se autoengañen, con sus bonitas y siempre tan educadas palabras invocadoras del buenrollismo frente a quien quiere destrozar cualquier atisbo de legalidad y de estado de derecho por doquier.

Lo que no se puede es estar en misa y repicando. No hay varitas mágicas. Encender una vela a San Miguel y otra al Diablo tiene sus riesgos. Cuando el pulpo es ahuyentado, aparecen otros depredadores. Quizá peores. Depredadores que ya estaban allí, sin control, antes de la llegada del pulpo. Y esa es, más allá de otras consideraciones, la principal lección aprendida… hasta que se nos olvide… dentro de nada. Por eso el mito del eterno retorno es tan real.

El problema será que alguien llame a la cueva del pulpo y este nos diga que está cómodo parapetado en su trinchera (ellos la llaman arrecife) y que, para sobrevivir en este mundo traidor, solo saldrá de la misma cuando haya un problema muy, muy gordo, y por el tiempo justo que dure esa situación. ¿Les suena la teoría del off-shore balancer de Mearsheimer? Mientras tanto, que cada palo aguante su vela (si es la del Diablo… mala suerte).

Josep Baqués

Josep Baqués es Profesor de Ciencia Política en la Universidad de Barcelona y Subdirector de Global Strategy

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