La configuración del contexto internacional es resultado de una dinámica continua. Las sinergias que le afectan son variadas y el producto de ese proceso es la conformación de actores estratégicos. Cuando se produce un cambio geopolítico global, como es el denominado Competición entre Grandes Potencias, se tiende a aplicar conceptos y procedimientos de épocas anteriores, que la mayoría no son practicables
En este contexto es interesante el análisis de lo ocurrido en la Cumbre de la UE del 24 de junio en que fue rechazada una propuesta franco-alemana para el establecimiento de una interlocución permanente con Rusia.
Como antecedente hay que reseñar el viaje del Presidente Biden a Europa, del 14 al 17 de junio, que sirvió para exponer el diseño de su política exterior basada en la rivalidad entre Estados Unidos y China, forma parte de una contienda más amplia entre “Estados autocráticos y las democracias” en el siglo XXI, en alusión a un proceso que cambia de configuración rápidamente. Biden ha argumentado repetidamente que el mundo ha alcanzado un “punto de inflexión” que determinará si este siglo marca otra era de dominio democrático o, por lo contrario, una de naturaleza autocrática. Vaticinó que los historiadores de mañana basarán sus tesis doctorales sobre el tema de quién triunfó: autocracia o democracia.
Así como los contornos de una estrategia norteamericana están siendo presentados, también lo están los desafíos y las deficiencias. Lo más obvio es que el encuadre de Biden se admitirá mejor por algunas audiencias que con otras. La estrategia se basa en la idea de que Estados Unidos puede controlar mejor el avance autoritario a través de una solidaridad más profunda con las democracias establecidas.
Por su parte, los grandes enunciados estratégicos de China son:
- Mantener un entorno externo no hostil.
- Reducir la dependencia de Estados Unidos mientras aumenta la dependencia mundial de China.
- Ampliar el alcance de la influencia china en el extranjero controlando la innovación.
El Presidente Biden durante el viaje a Europa materializó en su programa el esquema de su política: relación privilegiada con el Reino Unido, el G7+ como instrumento geoeconómico, la OTAN como palanca geopolítica, apaciguamiento europeo y restablecimiento de contactos con Rusia. El objetivo de Biden en su reunión de Ginebra con el Presidente Putin, era tratar de gestionar el comportamiento disruptivo del Kremlin para que Washington pudiese concentrarse en lo que considera su principal amenaza: China.
Desde Asia la respuesta recibida ha sido receptiva, Japón, Corea del Sur y Australia adquieren compromisos. En Europa las cosas son de otra manera, pues los intereses económicos y estratégicos de sus miembros son diferentes entre sí y con las estadounidenses, son un hecho que supera la supranacionalidad y es susceptible de materializarse en cualquier momento.
Francia y Alemania intentaron el jueves 1 de julio, en la Cumbre de la UE, persuadir a los otros socios de la UE para que se acordase con Moscú el establecimiento de reuniones periódicas como parte de una estrategia de reinicio de contactos para que no fuese Estados Unidos el “controlador”. Al rechazarse, se puso de manifiesto las diferencias de sensibilidades geopolíticas de los miembros de la UE. Una cosa es el constructo de la Autonomía Estrategia y otra los intereses nacionales que, aunque no publicitados, para la mayoría de los socios son irrenunciables, como la inviolabilidad de sus fronteras. Hasta que no se innove el concepto, la soberanía es la que materializa los intereses nacionales y estos son las finalidades de la estrategia. La supranacionalidad ha demostrado que al carecer de soberanía es contingente.
El intento franco-alemán de interlocución geopolítica con Rusia abre un escenario que siempre ha estado preterido en la UE: la lógica del poder.
Si empleamos la ciencia política, la UE es una creación posmoderna y liberal en su cultura política, centrada en valores, procesos y negociaciones con perspectivas de superioridad. Rechaza la política de poder y la amenaza o el uso de la fuerza. Es un ente sin protección geopolítica, no sólo porque carece de los medios para su defensa, sino también porque padece atrofia de los instintos básicos necesarios para tratar con los actores que operan de acuerdo con un conjunto diferente de valores.
Es posible que, como han declarado sus respectivos líderes, Alemania y Francia continuarán presionando por un compromiso con Rusia que afectaría los intereses de los estados miembros de Europa Central y Oriental. El desacuerdo puede ser esencial.
Además, hay que tener presente que las personalidades de los socios europeos vienen modeladas por el devenir histórico de las respectivas naciones, no por la Unión. Tómese como ejemplo el proyecto del gasoducto Nord Stream 2, que unirá Rusia y Alemania y establecerá la dependencia de Berlín del suministro energético ruso lo que, entre otros efectos, posibilitará que Moscú siga ejerciendo presión política sobre Ucrania. El Presidente de Alemania, Franz-Walter Steinmeier, interpretó la Historia al identificar el oleoducto no solo como un “puente entre Rusia y Europa”, sino también como una forma de compensación por la invasión nazi de la Unión Soviética. Qué diferencia había entre Alemania y el nazismo en 1941.
La versión oficial de Berlín de que el proyecto es “puramente comercial”, no es compartido por los aliados más próximos de Alemania, a los que hay que añadir los Estados Unidos, que no admiten esta afirmación. Geopolíticamente, el oleoducto forma parte de las cadenas de abastecimiento alemanas.
El Presidente Macron, por otro lado, enfatizó la necesidad de llegar a un ‘acuerdo’ con Rusia para mantenerla alejada de una alianza con China. Esta afirmación es un tanto pueril, pues Europa no representa un factor desequilibrante en las relaciones de poder entre Rusia y China, en todo caso algo muy distinto, el debilitamiento de la relación trasatlántica.
El hecho de habilitar estrategias para las Grandes Potencias de la Competición, dejará sin sentido buzzwords que otrora han sido considerados como faros de futuro. Basarse en la “autonomía estratégica europea” como elemento de política exterior de sus miembros es muestra de su carencia a nivel nacional. Es cierto que algunos socios europeos, sin personalidad estratégica, recurren al Servicio Exterior y a FRONTEX para resolver problemas estrictamente nacionales.
La propuesta franco-alemana venía provocada por la necesidad de ambas potencias de no ser excluidas del juego de la Competición, que era de su interés nacional. Habrá que estar al hecho de que tanto franceses como alemanes “continúen la política de otra forma”, o sea, empleándose hasta donde llegue su propia “autonomía estratégica nacional”. Este razonamiento puede aplicarse a lo referente a OTAN.
El panorama de seguridad del espacio europeo ha cambiado drásticamente en la última década por el resurgimiento ruso, crecientes dudas sobre la vigencia a largo plazo del compromiso atlántico de los Estados Unidos, el protagonismo de Turquía y la anunciada aspiración de la UE de disponer de “autonomía estratégica”. Si se concreta este escenario, la cuestión sería: ¿Quién será el actor estratégico que sustituiría a la OTAN? ¿Sería fruto de un Tratado o un actor estatal? La Defensa de una Europa autónoma sería consecuencia de la existencia de un actor estratégico europeo, cualidad que solo sería otorgada por sus antagonistas.
En los países de Europa Central y Oriental, estos hechos son recordatorios permanentes de que gobiernos consecutivos en París y Berlín han considerado sus vínculos con Rusia demasiado importantes como para dejarlos en otras manos, sin perjuicio de negar la contribución que tanto Alemania como Francia han hecho a la seguridad en toda Europa, pero los resultados no avalan las buenas intenciones.
París y Berlín no necesariamente se equivocan al plantear la cuestión del diálogo con Rusia. Sin embargo, para hacerlo con éxito, sería conveniente que comenzaran por establecer su finalidad estratégica y que debería incluir este diálogo. Si Francia y Alemania desean no provocar sospechas sobre sus motivos, no deben lanzar este tipo de iniciativas en el último momento, sin consulta previa con el resto de socios. Tal enfoque solo puede provocar hostilidad instantánea y garantía de que fracasará.
Parece que el único ganador de este debate europeo será el inquilino del Kremlin.
