La competición estratégica en la que estamos inmersos incorpora una miríada de actores, marcando el regreso de alguna forma de multipolarismo, asimétrico, que pone fin al debate lanzado tras el final de la Guerra Fría. La tan citada etapa de transición ha terminado. No ha sido un camino lineal. Del mundo bipolar pasamos al unipolar (claramente, la última década del siglo XX y, probablemente, buena parte de la primera década del siglo XXI). Y de ahí, como señaló en su día (1999) Huntington, a un mundo uni-multipolar en el cual los EEUU siguen jugando un papel preponderante, pero ya no hegemónico.
La agenda de Biden ha puesto de manifiesto la necesidad que Washington tiene de (re-)tejer algunas alianzas de las que su país forma parte… antes de que sea demasiado tarde. Asimismo, el tono más asertivo empleado contra China destaca a contraluz con la incipiente tendencia a mejorar las relaciones con Rusia, consciente de que el papel de estas dos grandes potencias será decisivo para dirimir la partida en el horizonte del 2050.
En la actualidad (desde hace 25 años) China y Rusia han estrechado lazos, no tanto por unas supuestas afinidades que brillan por su ausencia, como por aplicar las tesis de Kenneth Waltz, acerca del equilibrio de poder. Dicho con otras palabras, lo hicieron para contrapesar el poder de los EEUU, logrando que el mundo dejara de ser unipolar y consolidando una lógica crecientemente multipolar.
Pero en el plazo señalado (2050), China se ha propuesto ser el nuevo hegemón mundial. Es lógico. Los Estados, como la inmensa mayoría de los seres de la Creación, tienden a maximizar sus opciones. No es una cuestión de voluntad (que es consustancial a su naturaleza) sino de capacidad. Es decir, el día que China pueda convertirse en hegemón mundial, no se va a conformar con otra cosa. Y defenderá sus posiciones, como ahora lo hacen los EEUU. Atrás quedará el discurso del ascenso pacífico, el de la no injerencia en los asuntos internos de los demás Estados, o el de la relación sur-sur, con los Estados más pobres. Cuestión distinta es que opte (o no) por el multilateralismo. Son cosas diferentes, en la medida que la noción “polar” se refiere a detentar (o no) poder y la “lateral” al modo en el que se ejerce ese mismo poder. Porque en muchas ocasiones, el multilateralismo no ha sido otra cosa que el merchandising del unipolarismo.
El mundo es dinámico, pero no impredecible. En un Report reciente, hablé de técnicas de análisis, como el Net Assessmet. Así como de la necesidad de ampliarlo a ámbitos no militares (sin olvidarnos de los militares). En otro Report, también reciente, planteé el debate en torno a la necesidad de ampliar el DIME clásico. De ampliarlo, digo, por “abajo” (considerando aspectos internos de carácter institucional y social), por “arriba” (considerando el soft power) y en cuanto a la profundidad de su enfoque (no limitándonos a levantar acta notarial del instrumento de poder empleado, para de ese modo considerar el pool de instrumentos de poder empleables, por cada actor).
El veredicto para los EEUU es el propio de una gran potencia en decadencia. Lenta, sí. Como suele suceder (cuando el Imperio romano cayó, llevaba un siglo y medio en franca decadencia; y algo similar le sucedió al británico, aunque hacia el final de sus días, lejos ya de su época dorada, todavía tuviera arrestos para jugar un papel decisivo en la 2GM). Lenta, pero… difícilmente reversible… porque opera en función de causas estructurales, demográficas, económicas, sociales y, en última instancia -solamente en última instancia- militares.
El problema que pueda tener el lector al tener noticia de este hecho es que se tiende a confundir decadencia con caos, o con desaparición (sic) de la escena geopolítica. Nada de eso. El Reino Unido sigue siendo uno de los actores más importantes del mundo, un siglo y medio después de que diera los primeros síntomas de decadencia y más de medio siglo después de practicada la autopsia a su Imperio. En realidad, el declive de los EEUU está más que insinuado por autores que operan a lo largo de todo el espectro ideológico, desde Wallerstein a Paul Kennedy, pasando por Huntington y el mismísimo Brzezinski. Los más inteligentes entre ellos, como el último citado, orientan su obra al policy making: ¿Qué hacer para que Washington pueda gestionar lo mejor posible su 3ª edad? ¿Y qué hacer para que los demás le sigan reservando un lugar importante en el “Senado” mundial?
Pues bien, en esa competición estratégica al más alto nivel, Rusia está cada vez más lejos de China. Y, ni contando con la evanescencia del poder estadounidense, logra acercarse a los estándares norteamericanos. El análisis de la tendencia de los últimos 20 años lo demuestra. Así como cualquier ejercicio elemental de prospectiva, que podría basarse en los instrumentos analíticos reseñados en los párrafos anteriores. Soy consciente de los esfuerzos que Rusia está haciendo en la última década para fomentar su I+D (más allá de lo militar). Pero arrastra demasiados problemas estructurales.
Por consiguiente, Rusia tendrá que tomar sus propias decisiones. En clave geopolítica es fácil de entender: si China será el nuevo hegemón o, incluso, si ya se prepara para serlo… ¿Optará el Kremlin por el cálculo racional auspiciado por Waltz y se aliará con los EEUU para frenar el auge de Pekín? Sería una jugada lógica. Máxime cuando una todopoderosa China amenace, de manera más palmaria de la que ya lo hace hoy, con dar al traste con el proyecto político ruso, mediante el control de Siberia y de Kazajstán. Porque, sin esas dos referencias, Rusia se va al garete. No es una cuestión de opiniones, sino de demografía, de recursos naturales y de fuentes de energía.
No en vano, este es un tema que preocupa a autores como Duguin. Y es, a fortiori, uno de los motivos por los cuales este intelectual es tan renuente a integrar a China en la ecuación rusa, pese a su enfoque euroasiático y pese a que China no sería tan difícil de alinear en el marco de los valores por él defendidos. Aunque, como él sostiene, hay dos Chinas, y la costera, la más próspera y poblada, posee estándares de vida (y valores) cada vez más parecidos a los occidentales.
Ahora bien, la lógica de Waltz no siempre ha dominado. Si lo hubiera hecho, al final de la 2GM, la URSS y toda Europa se hubieran alineado contra los EEUU, por tratarse de la potencia prominente. Pero no lo hicieron. ¿Por qué? Porque entró en juego otra lógica, a saber, la del equilibrio de amenazas, teorizada y defendida por Stephen Walt. En ese caso, los Estados de Europa occidental se sentían amenazados por la URSS, lo cual, sumado a su mayor proximidad geográfica (en relación con los EEUU) favoreció que el cálculo fuese de otro tipo: una alianza, no contra el más fuerte, sino contra la potencia cuyas intenciones son más sospechosas.
Entonces… ¿Qué frena el cálculo racional de Rusia? Que en Moscú sienten a los EEUU (y, por extensión, claro, a la OTAN) como la mayor amenaza a su integridad. Ello deriva de la política auspiciada por Washington cuando el mundo era claramente unipolar (expansión hacia el Este), cuando quizá todavía lo era, pero no tan claramente (Báltico) y cuando ya no lo era, pero en Washington todavía no lo sabían (el noviazgo con Ucrania y Georgia para entrar en la OTAN). Y eso (esa percepción rusa) seguirá siendo la misma, aunque China alcance el estatus hegemónico que busca. Al menos, si las cosas no cambian.
La única posibilidad de que las cosas cambien pasa por el hecho de que en Moscú hagan sus propios cálculos y de ellos se deduzca, por una parte, que los EEUU (y la OTAN) respetan los espacios rusos de influencia tradicionales en el Este de Europa. Los términos del acuerdo concreto al que se pueda llegar deberán reconocer algunos hechos consumados… por ambas partes (Crimea debería quedar en manos rusas, por ejemplo; mientras que el Báltico quedaría del lado occidental y Ucrania acabaría convertida en un buffer).
Por otra parte, esa eventualidad también exige que una China ensoberbecida (no es tan raro, cuando se alcanza el estatus que se pretende, sea cual sea el discurso oficial) apriete las tuercas a Rusia al Este de los Urales, a partir de la doble tentación geopolítica ya expuesta. Si Rusia siente al aliento chino a sus espaldas… todo puede cambiar.
Solo entonces, Rusia tendría incentivos para replantearse su actual política exterior. A Putin no le costaría mucho aceptarlo porque es, en esencia, un realista (aunque para entonces ya no estará en el poder). A Duguin, sí le costaría bastante más, porque su postura atiende a otros parámetros. Aunque los chinos traigan problemas, le cuesta asimilar que Rusia pueda pactar con un “occidente” moralmente hundido en un mar de hedonismo sin freno, que él identifica como la peor de las decadencias… y en buena medida origen de la decadencia de los EEUU. No le falta buena parte de razón, si atendemos a lo sucedido con otros Imperios. Así que, aunque probablemente el neorrealismo gane la batalla interna rusa, no se puede obviar el peso del argumento cultural. Lo cual nos remite a la tesis del realismo neoclásico de Schweller. Una corriente que se puede sintetizar a través de una pregunta: ¿Por qué algunos actores no hacen lo que deben, de acuerdo con los cálculos racionales al uso?
Ya se sabe, los políticos pasan (incluso aunque se trate de uno como Putin) pero los académicos perduramos (incluso más allá de nuestras vidas). En todo caso, ése el dilema (o los dilemas, cruzados) y planteado(s) queda(n).
