• Buscar
See also:

Breves reflexiones sobre la evolución del entorno geopolítico global

El entorno geopolítico de 2020 es notablemente distinto al existente hace tan solo una década. La situación de la seguridad global es mucho más compleja y volátil, con un claro aumento de las tensiones entre Estados y de la conflictividad a todos los niveles. El nuevo orden mundial, surgido tras el final de la guerra fría, está sometido a una creciente presión que genera incertidumbre, sin que sea previsible a corto o medio plazo una evolución positiva de esas tendencias.

Años atrás el avance de la globalización parecía imparable, con una creciente interdependencia basada en el flujo de bienes, servicios, capitales, personas e información. Aunque no libre de tensiones, ya que ciertas regiones y colectivos se consideran perjudicados por este fenómeno, lo cierto es que la combinación de la economía de libre mercado con las oportunidades de conectividad que brindan las nuevas tecnologías han servido para, por ejemplo, reducir exponencialmente el número de personas en el mundo que viven en situación de extrema pobreza.

Sin embargo, en el lado negativo de la balanza se encuentra el aumento de las desigualdades como producto de la crisis, que afectó incluso a las sociedades más avanzadas. La frustración derivada de esa injusticia social puede convertirse en un factor de conflicto, en especial si es capitalizada por movimientos exclusivistas. Un ejemplo claro se produjo durante las revueltas árabes, cuando las demandas de la sociedad de un futuro mejor fueron aprovechadas por el islamismo de raíz yihadista para crear inestabilidad y conflicto, como ocurrió en Siria o Libia.

Es en ese entorno de conflicto en el que el terrorismo encuentra el caldo de cultivo para su desarrollo, aprovechando las nuevas tecnologías en sus actividades de propaganda y proselitismo. A la persistente amenaza de Al Qaeda y sus franquicias se vino a sumar, con un grado de barbarie incluso superior, el autodenominado Estado Islámico. Aunque en 2019 perdió por completo su base territorial, su amenaza sigue presente en zonas como el Sahel, donde la fragilidad de los Estados les facilita un santuario, e incluso en nuestro propio territorio donde individuos radicalizados pueden llevar a cabo acciones terroristas con recursos limitados.

La fragilidad de los Estados y la conflictividad no sólo son aprovechadas por los terroristas, sino también por otros actores no-estatales como las redes de crimen organizado, las cuales tienen la capacidad de desestabilizar a los países en los que operan, además de actuar en ocasiones en simbiosis con los terroristas. Esos delincuentes usan las mismas rutas para todos los tráficos ilícitos, desde los de drogas y armas hasta el de migrantes, provocando en este último caso auténticas emergencias humanitarias que derivan en tragedias como la del Mediterráneo.

Si terroristas y delincuentes aprovechan los vacíos de poder en determinados Estados en su propio beneficio, lo mismo corregido y aumentado cabe decir de los espacios comunes globales, como el cibernético, el marítimo, y el aéreo y ultraterrestre. Son ámbitos abiertos a todos los Estados y también a los particulares, sin que a nadie se le pueda excluir de su uso. Se caracterizan por no tener fronteras físicas, la ausencia general de soberanía y jurisdicción por parte de los Estados, la difícil atribución de acciones delictivas, y su débil regulación. La estabilidad internacional precisa garantizar el buen uso de estos espacios.

En resumen, desde la desaparición del enfrentamiento bipolar de la guerra fría la lucha contra esas amenazas transnacionales ha centrado la atención de la comunidad internacional, muy en especial tras los atentados del 11 de septiembre de 2001. Así se ha reflejado en las sucesivas Estrategias de Seguridad Nacional españolas, en las que se valoraba su posible materialización en los espacios comunes globales, y se priorizaba la lucha contra la proliferación de las armas de destrucción masiva por el peligro de que pudiesen acabar en manos terroristas.

Sin embargo, en los últimos años el mundo ha regresado a una competición geopolítica entre Estados que parecía olvidada. La etapa unipolar en la que Estados Unidos fijaba sin oposición la agenda internacional se puede considerar acabada, y se verifica el surgimiento de un orden multipolar con distintas visiones sobre la seguridad y el papel de las instituciones, un nuevo marco en el que Estados Unidos sigue siendo la única superpotencia global, pero en el que hay varias grandes potencias que a nivel regional no dudan en desafiar su hegemonía.

En particular, y dentro de esa dinámica de competición geopolítica, China se configura como el actor clave. Aunque se esperaba que la progresiva integración de su economía en el orden liberal la llevasen a una apertura política, eso no ha ocurrido y el régimen chino es cada vez más asertivo en las relaciones de poder con sus vecinos, y ya plantea abiertamente un sistema político y económico alternativo al occidental. En ese desafío cuenta con el apoyo entre otros de Rusia, que tras la crisis de Ucrania ha priorizado su asociación estratégica con Pekín.

El futuro dependerá en gran parte del modo en que se gestione esa emergencia de China como una superpotencia mundial. El escenario más favorable sería el de una redistribución lenta y pacífica del poder entre Estados Unidos y las potencias emergentes, configurando conjuntamente un nuevo orden mundial, De ese modo se evitaría una rápida transición que pudiese llevar a un enfrentamiento armado, pero no parece que sea el escenario más plausible ya que se avanza en la senda de una confrontación híbrida, en la que se combina la disuasión militar con ataques cibernéticos, campañas de influencia, o elementos de presión económica.

Es precisamente la dimensión económica en la que principalmente se dirime ese enfrentamiento entre potencias, con el auge del proteccionismo y el nacionalismo en abierta contradicción con el carácter global e interconectado de la economía mundial. Se ha recuperado así el concepto de geoeconomía, entendido como el uso de herramientas económicas para obtener réditos geopolíticos, en un juego de suma cero en el que cada Estado busca maximizar beneficios a costa de los intereses ajenos. Esas herramientas económicas incluyen las restricciones al libre comercio, por ejemplo mediante aranceles, o la imposición de sanciones comerciales unilaterales, aprovechando la asimetría del sistema financiero internacional.

Para finalizar esta caracterización del entorno geopolítico actual, se debe hacer mención a otros dos factores con importantes implicaciones para la seguridad. El primero es el ritmo acelerado de la transformación tecnológica, en la que destacan cuestiones como el internet de las cosas, la inteligencia artificial, la ingeniería genética o la robotización. Se trata de una auténtica revolución que puede favorecer el crecimiento económico y el progreso, pero que también pondrá a prueba la capacidad de adaptación de nuestras sociedades a este proceso de digitalización.

El segundo y último factor es la inaplazable lucha contra el cambio climático, con sus importantes repercusiones políticas, económicas y sociales. Factores como la pérdida de recursos naturales tienen un componente de seguridad innegable, ya que afectan a las regiones más desfavorecidas del planeta y a las personas más vulnerables, y pueden provocar desplazamientos descontrolados de población. Para evitarlo se debe seguir impulsando la seguridad humana, con un papel relevante del concepto de mujer, paz y seguridad.

Es en este complejo entorno geopolítico en el España debe alcanzar el objetivo, establecido en la Estrategia de Seguridad Nacional de 2017, de asegurar la defensa de su soberanía e integridad y la protección de su población y el territorio frente a cualquier amenaza proveniente del exterior, de forma autónoma o junto a socios y aliados, así como el de contribuir a crear un entorno internacional más estable y seguro mediante la proyección de estabilidad y el refuerzo de la cooperación con los socios, particularmente en nuestras áreas de especial interés.

Avatar
Francisco José Ruiz González

Capitán de Fragata de la Armada española y Doctor en Seguridad Internacional. Es docente en varios posgrados sobre Seguridad y Defensa

Ver todos los artículos
Avatar Francisco José Ruiz González