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Crisis, ¡Qué crisis!

A falta de otro ejercicio, en estos días corremos el riesgo de acabar cansados de oír hablar de la pandemia de la covid-19. Pero este deporte, lejos de ponernos en forma, amenaza con atiborrarnos de informaciones de dudosa procedencia y más que sospechosas intenciones. Tanto correr no nos lleva a ninguna conclusión razonable ni nos permite anclar nuestra pértiga siquiera en los más prestigiosos medios internacionales para elevarnos por encima del ruido ambiental.

Encerrados en nuestros domicilios, nuestro horizonte se ha reducido drásticamente. Nuestro terreno de juego ha menguado de campo de tenis a mesa de ping-pong. Mirando hacia atrás, recuerdo cómo, durante mi estancia en Afganistán, terminó por costarme ver más allá del merlón que nos protegía. Acabas perdiendo la perspectiva global o, lo que es peor, confundiendo el ámbito de lo universal con las vicisitudes del gran hermano interior.

El mundo abarca el espacio que se ve desde la ventana y el ciberespacio que nos mira desde las pantallas de unos ordenadores y teléfonos que estos días echan humo. Vivimos entre lo restringido de nuestro alcance físico y lo engañoso de nuestra percepción virtual. Los días son largos, las noches, más. Y cuando la oscuridad cae al otro lado de la ventana (menos mal que nos ha pillado con el cambio de hora), nos abandonamos en brazos de Morfeo. Pero el de Matrix, no el menos irreal mito griego.

El universo que nos presenta la pantalla se contorsiona de manera inverosímil y deja de responder a las leyes de la física y de la lógica, pero seguimos aceptándolo con el mismo fervor que los griegos a sus oráculos.

La inmediatez está menos justificada que nunca. Tenemos, como dice el meme, siempre una quincena más de cuarentena por delante. Pero la presión no viene de la falta de tiempo sino del exceso de oferta (des)informativa. Tenemos otros treinta mensajes ya en cola (en WhatsApp o, para muchos últimamente, en Telegram) y no perdemos el tiempo en tamizar mínimamente ni los hechos ni las intenciones de lo que difundimos a nuestra vez.

La humanidad es el coto privado de caza de los que pretenden arrimar el ascua a su sardina aprovechando que hemos perdido el olfato físico y el racional. Encerrados, asustados y afligidos por las pérdidas que se van multiplicando, nos movemos torpemente al alcance de los disparos -muchas veces “a bulto”- de tirios y troyanos.

Sometidos a este bombardeo, tenemos la oportunidad de experimentar en carne propia cómo debe ser el mundo de algunos de nuestros hijos, cuya experiencia del mundo está mediada, casi siempre, por una pantalla. Mediada en lo que tiene de físico la expresión, pero también en cuanto a lo que supone para la percepción. Mediada porque los contenidos que fluyen por la pantalla están diseñados a la medida de lo que conocen de cada uno de nosotros.

El problema no es si podemos difundir a uno o a cinco de nuestros contactos aquello que llegue por nuestras redes, es la presión para ser nosotros los que hagamos llegar la noticia a toda nuestra red. Las redes están diseñadas para eso, para repartir el trabajo y la responsabilidad de redundar la información. Están diseñadas para máquinas que discriminen rápidamente si ya conocen ese dato, no para humanos que interpretemos la reiteración como un síntoma de veracidad.

La covid-19 puede haber supuesto una aceleración de los escenarios que veníamos proponiendo para los próximos años, para ese mundo orwelliano de vigilancia y control, de relatos dirigidos de nuevos modelos de convivencia, y de producción y consumo. Con todo y con eso, la pandemia no ha marcado el camino, solo ha dado el pistoletazo de salida.

Por delante, crisis mucho mayores de la actual se abren paso a la vista de quién quiera mirar. Primero, una económica colgada de los hilos de una contracción simultánea de la demanda y de la oferta, de una deuda mundial sin precedentes, de un panorama de competición geopolítica que condiciona mucho la cooperación y de unos liderazgos muy centrados en lo cercano.

La crisis económica dará, probablemente, lugar a una no menos importante social. Por un lado, motivada por el empobrecimiento que afectará a la mayor parte de la población (y, como se vio ya en 2010, en muchos países, no hay margen apenas para una gota más en el vaso) y por la dinámica que afectará a los modelos productivo y de consumo. Esta última está vinculada a lo económico, por un lado, y a lo tecnológico, por otro.

Finalmente, no olvidemos que la marea sigue subiendo. La crisis medioambiental puede haber tenido un ínfimo respiro -nunca mejor dicho- durante el confinamiento y, después, con la desaceleración económica. No obstante, el clima tiene su inercia y no se va a frenar por sí solo. La agenda verde corre el peligro de quedarse aparcada en aquellos países que sientan más de cerca la presión del día a día.

Esas son las tres revoluciones que estamos viviendo y a las que la covid no debería sacar del foco: la digital-tecnológica, la del modelo de producción y consumo, y la medioambiental.

La primera muestra un impresionante potencial para llevarnos a un mundo mucho más feliz (vaya, como el título de la novela de Huxley), hacer que nuestras vidas sean más largas y saludables, y que tengamos un mayor potencial para desarrollar nuestras capacidades individuales y colectivas. Pero también estamos percibiendo el riesgo de que llegue a alienar a los individuos mediante un control exhaustivo de sus actividades y de la información que reciben. Datos de la gente para proporcionar a la gente datos en beneficio de terceros.

La segunda crisis viene apoyada, ¿cómo no?, en esta misma tecnología y en las lecciones -por fin- “aprendidas” de la pandemia. El dónde (relocalización de la industria) y el qué (valor añadido) se produce, el cómo (impresión 3-D) y el quién (robotización) son factores que afectan a la oferta. La demanda también se va a ver afectada. Turismo y automoción, hostelería, y numerosas industrias tardarán o no llegarán a recuperar sus niveles precrisis. La tendencia a corto plazo será “buscar lo más vital, no más” y un modelo de consumo más personalizado.

Por último, la crisis medioambiental, que merecería un artículo para ella sola. Es el rinoceronte gris y no el cisne negro. Solamente que algunos tienen tendencia a olvidar que su progresión es también exponencial. Sigue la misma curva que la de la crisis sanitaria, pero a una escala incluso mayor. Al ojo desnudo, parece estar todavía en la parte “plana” de la curva, pero si empieza a empinarse será muy difícil de contener o de adaptarse a sus efectos.

Las tres revoluciones que tenemos “por la proa” tienen un carácter global. Se ha denostado la globalización por los efectos perversos del modelo concreto que se ha venido aplicando. Sin embargo, para afrontar retos globales hace falta una gobernanza global, una aproximación planetaria. Quizás debamos retomar el Manual de Operaciones para la nave espacial Tierra de R. Buckminster Fuller. Porque la globalización seguirá siendo una realidad y una necesidad. Otro modelo, quizás, pero que permita afrontar estos retos.

No hay infraestructura ni procedimientos que permitan hacer frente a crisis globales y exponenciales. Dimensionamos nuestros recursos y la forma de emplearlos para que resulten eficientes en el día a día. Para episodios en los que es preciso primar la eficacia lo que se requieren son estructuras y estrategias. Estructuras ágiles y flexibles capaces de liderar -que no necesariamente gestionar directamente- todos los recursos disponibles, y planes y estrategias para llevar a cabo la transición entre un periodo y el otro.

En el tablón de mi despacho, en lugar siempre visible, guardo la palabra que un maestro y amigo me dejó escrita hace ya un tiempo. La palabra es “crisis”, está en chino tradicional y en su versión simplificada. Recoge la doble acepción de riesgo y de oportunidad. Nada sería más triste que asumir los costes de esta pandemia sin hacer lo suficiente para aprovechar las oportunidades que abre.

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Ángel Gómez de Ágreda

Coronel del Ejército del Aire. Analista geopolítico y divulgador.

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