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El liderazgo chino tras el Covid-19: ¿sueño o realidad?

Global Strategy Report 24/2020

Resumen: Cuando el nuevo coronavirus comenzó a extenderse en China llegó a hablarse de «el principio del fin» del Partido Comunista Chino. Al poco tiempo, cuando China parecía contener la epidemia, al tiempo que se extendía por Estados Unidos y Europa, comenzó a extenderse la idea de que el coronavirus provocaría un reordenamiento geopolítico que dejaría a China como vencedora. La realidad es que se han exagerado tanto las capacidades de China como la supuesta incapacidad de Estados Unidos para el liderazgo global y, por tanto, los efectos que está crisis tendrá en la posición relativa de China y Estados Unidos en el escenario internacional.


En los últimos años hemos asistido a un paulatino enconamiento en el enfrentamiento entre China y Estados Unidos. Posiblemente, las personalidades de sus respectivos presidentes, Trump y Xi Yinping, tienen mucho que ver con esta situación. Este enfrentamiento está viviendo un episodio llamativo con ocasión de la crisis del coronavirus, en la que la torpeza de la administración de Estados Unidos a la hora de afrontarla, tanto en el plano doméstico como en el global, ha permitido a China sacar pecho en cuanto a su respuesta interna y su capacidad de apoyo exterior. A pesar de sus manifiestos errores a la hora de afrontar inicialmente la crisis, China ha sido capaz de rectificar y, mediante una potente campaña de información, aparecer ante el mundo como una potencia eficiente y responsable, tanto en el plano interno como en el internacional.

En las opiniones públicas occidentales se está imponiendo la percepción de que esta crisis tiene un claro vencedor, China. Y esta tesis tiene un corolario «lógico»: los Estados autoritarios están mejor preparados que los democráticos para hacer frente a cris de ese envergadura. Sin embargo, es posible que lo que estemos presenciando sea una masiva campaña de información, y que la recesión económica y los cambios que presenciaremos en los próximos años expongan la fragilidad que subyace bajo las demostraciones de solidez y fuerza de Pekín.

La respuesta china: realidad y propaganda

En los momentos iniciales de la crisis, cuando el nuevo coronavirus comenzó a extenderse en China, se llegó a hablar del «momento de Chernobyl» de China, e incluso de «el principio del fin» del Partido Comunista Chino. En un momento de creciente tensión entre Estados Unidos y China, las consecuencias geopolíticas de la crisis del coronavirus parecían otorgar una victoria inesperada a Estados Unidos. Pero, al poco tiempo, los análisis dieron un giro de 180 grados. Cuando China parecía contener la epidemia, al tiempo que Estados Unidos y Europa occidental sufrían con violencia sus efectos, los augurios pasaron a profetizar que la pandemia y la recesión global resultante marcarían un reordenamiento geopolítico que dejaría a China como vencedora.

Pekín vio su oportunidad y lanzó una campaña internacional en la que subrayaba los fracasos de la gobernanza democrática y se autoproclamaba líder de la respuesta mundial a la pandemia.

Visto con cierta perspectiva, parece poco probable que el resultado de la pandemia vaya a ser un ascenso de China en la esfera internacional. Aunque sea capaz de combinar una campaña de propaganda perfectamente orquestada con una acción exterior eficaz, China se enfrenta a límites reales para sus ambiciones. La realidad es que se han exagerado tanto las capacidades de China, como la supuesta incapacidad de Estados Unidos para el liderazgo global. A pesar de la nefasta respuesta inicial de Estados Unidos, no podemos olvidar que el poder de los Estados Unidos, al margen de quién sea el presidente, se basa en una combinación duradera de capacidades materiales y legitimidad política, y hay pocas señales de que la pandemia esté causando cambios al respecto a favor de China.

Propaganda china

La combinación de propaganda y ayuda material fue increíblemente agresiva en su fase inicial, pero parece que ha perdido fuelle y es poco probable que funcione. La narrativa del Partido Comunista Chino (PCCh) está limitada por el simple hecho de que los orígenes de la pandemia y la respuesta inicial al mismo son de dominio público. Sus esfuerzos por silenciar el brote, incluida la expulsión de periodista estadounidenses, o las acusaciones al ejército de Estados Unidos de introducirlo en China, muestran el nerviosismo de las autoridades ante su mala gestión. Tampoco ayuda a China el escepticismo generalizado sobre la validez de los datos oficiales sobre contagios y muertes.

En el ámbito internacional, hay líderes políticos que están aceptando la narrativa china. Pero se trata de Estados como Camboya, Irán, Paquistán y Serbia, alineados con China y con un largo historial de aceptación de sus narrativas políticas y de recepción de asistencia económica. Al margen de ellos, hay pocos ejemplos de aceptación de esa narrativa. Y también la ayuda material está generando reticencias: en muchos casos se está rechazando por su baja calidad. Mientras, surgen cada vez más voces que, como el Alto Representante de la Unión Europea para Asuntos Exteriores, Josep Borrell, critican la actuación china acusando a Pekín de emplear una ‘política de generosidad’ para ganar influencia. Los líderes en Brasil e India han criticado a China y rechazado su ayuda. En África, la atención pública se ha centrado en el racismo generalizado contra los expatriados africanos en el sur de China. Y Pekín ya se enfrentaba un gran déficit de confianza entre sus vecinos asiáticos, entre los que la popularidad de Estados Unidos parece ser muy superior a la de China, según las encuestas. No parece que la campaña de propaganda esté cosechando los frutos deseados.

La narrativa china de triunfo contra el coronavirus debe comparase no sólo con la actuación de Estados Unidos, sino también con las de vecinos asiáticos democráticos, como Singapur, Taiwán o Corea del Sur, cuyos resultados han sido mucho mejores que los de China o Estados Unidos. Su actuación refleja tanto la calidad de su gobernanza, como su capacidad para aprender de la experiencia. Quienes busquen ejemplos de cómo reaccionar ante este tipo de eventos, es fácil que se sientan más atraídos por estos ejemplos que por la alternativa autoritaria y los esfuerzos draconianos de contención de China, cuyos costes reales aún se desconocen.

Además, la economía de China no está en condiciones de liderar un gran rescate, como hizo durante la crisis financiera mundial. Aunque las fábricas chinas vuelvan a incrementar la oferta, la demanda tardará en recuperarse. Y la economía de China depende demasiado de la demanda externa de Estados Unidos y Europa como para convertirse en el salvador de la economía global en un escenario de demanda reducida. Los 12 países más afectados por el virus representan alrededor del 40 por ciento de las exportaciones de China. Y muchos son sus principales proveedores de bienes de consumo. A ello que habría que añadir, con toda probabilidad, el proceso de relocalización que seguirá a esta crisis y que debilitará aun más la economía china. En un escenario así, la economía de China no podrá volver a la trayectoria de crecimiento anterior y tendrá que frenar algunos de sus estímulos internos, que tendrían un impacto limitado si la demanda global disminuyera.

Los peligros de la predicción

En medio de una crisis global, pronosticar las implicaciones estratégicas a largo plazo es una exigencia imperiosa, pero con escasas posibilidades de éxito. Sin duda, ha habido un fracaso político y diplomático de Estados Unidos, que, en los próximos meses, pagará sus errores con vidas e influencia internacional. Pero comparar la situación de Estados Unidos con el «momento de Suez» que, en 1956, marcó el fin del Imperio Británico, parece exagerado. Ni “Momento Chernobyl” para China, ni “Momento Suez” para Estados Unidos. Ni Estados Unidos es la potencia de segundo orden que ya era Gran Bretaña en 1956; ni China es la potencia económica que ya era Estados Unidos en esas fechas. El coronavirus podrá provocar reajustes geopolíticos, pero no va a convertir a China en líder global, porque ni su situación política, ni su peso económico, se lo permiten.

Aunque Estados Unidos haya tropezado en la crisis actual, Pekín enfrenta desafíos internos y externos que surgen de propia gobernanza económica y política. Hay poca evidencia de que el modelo autoritario de China tenga más atractivo que las formas democráticas adoptadas por muchos de sus vecinos. No parece que el siglo XXI vaya a ser «el siglo chino»; en todo caso, es más probable que sea asiático, dadas las muestras de gobernanza efectiva y eficiente demostradas por países como Singapur, Taiwán y Corea del Sur en las últimas semanas, además de las contribuciones sustanciales y crecientes de la región a la innovación global, la productividad y el crecimiento.

China: ¿un gigante con pies de barro?

Desde que asumió el poder en 2012, el presidente Xi ha reemplazado el liderazgo colectivo que caracterizaba hasta entonces al PCCh, por un gobierno fuerte, de carácter unipersonal. El sistema anterior mostraba un alto grado de flexibilidad ideológica y pragmatismo político. Su proceso de toma de decisiones era lento y burocratizado, pero incorporaba puntos de vista de diversos grupos políticos y lograba decisiones consensuadas. En el exterior, evitaba inmiscuirse en temas «espinosos», como el conflicto de Oriente Medio, y atacar intereses vitales de Estados Unidos. Era un régimen lleno de imperfecciones, corrupto y poco eficiente, paro su pragmatismo y prudencia lograron que el nivel de vida de los chino mejorara de modo ininterrumpido durante años.

Bajo el nuevo liderazgo, ese sistema ha sido reemplazado por otro muy diferente, caracterizado por una vuelta al comunismo clásico: rigidez ideológica, políticas represivas hacia las minorías y los disidentes y una política exterior agresiva, bien representada por la iniciativa del Cinturón y Ruta de la Seda, que ha levantado suspicacias en Occidente porque su dudoso potencial económico no parece justificar un programa de infraestructuras de miles de millones de dólares.

Un gobierno autoritario tiene la ventaja de facilitar la toma de decisiones difíciles en plazos reducidos. Pero también aumenta el riesgo de cometer errores basados en ideas arriesgadas o radicales. Y de ligar el futuro del país al interés personal de su líder.

Un componente clave de la confrontación estratégica entre Washington y Pekín es lo que se ha venido en denominar el «desacoplamiento» económico, que no es otra cosa que la reducción de las relaciones comerciales entre ambos. Trump defiende esta política, iniciada en 2018, porque cree que cortando los lazos entre ambos, cercena las posibilidades de crecimiento económico en China. El acuerdo alcanzado en 2020 fue, posiblemente, un cese de hostilidades temporal en una guerra económica que continuará en el futuro. De momento, son muchas las empresas de Estados Unidos que están abandonando China a favor de otros países del sudeste asiático, en un proceso que muchos ven irreversible y que puede tener consecuencias económicas muy graves para el gigante asiático.

Sin embargo, la China de hoy no es la de hace hace una década. La aportación de las exportaciones a su PIB ha descendido en ese plazo del 32,6% al 19,5%, lo que quiere decir que la guerra comercial lanzada por Estados Unidos puede no tener un efecto tan desastroso. Aunque será un factor negativo que se sumará a otros, como el volumen creciente de la deuda, el agotamiento del crecimiento impulsado por la inversión y el rápido envejecimiento de la población. El tradicional recurso a inversiones en infraestructuras faraónicas y las mayores facilidades para el endeudamiento no parece que vayan a ayudar a solucionar estos problemas.

En el ámbito interno, el debilitamiento económico puede conducir a una pérdida de apoyo popular al PCCh. Y podría afectar también a la extensa red de patrocinio en la que se apoya. Hasta ahora, la bonanza económica ha proporcionado los recursos necesarios para mantener el apoyo popular de la naciente clase media china, poco dada a “meterse en política”. Esta actitud de apoyo pasivo, basada en una mejoría ininterrumpida en sus condiciones de vida, puede cambiar en un entorno de desaceleración económica. Entorno que también hará difícil mantener el apoyo incondicional de los cuadros intermedios del régimen, “alimentados” con beneficios económicos que garantizan su lealtad. En el futuro, esto va a resultar más difícil. Sobre todo si se siguen priorizando la asistencia internacional y macroproyectos como la Ruta de la Seda. Además, en territorios como Tíbet, Xinjiang o Hong-Kong los efectos de la desaceleración económica pueden alimentar las tensiones preexistentes.

Aunque el descontento de la clase media, la resistencia étnica y las protestas a favor de la democracia no serían suficientes para obligar a Xi a abandonar el poder, ese malestar general erosionaría aún más su autoridad y arrojaría dudas sobre su capacidad para gobernar de manera efectiva. La debilidad económica y la desmoralización de la élite podrían llevar a Pekín al límite. Además, podría conducir a una escalada en la represión, con la secuela de descrédito y sanciones internacionales ante previsibles violaciones de los derechos humanos. En este contexto estaría más cerca de materializarse la mayor pesadilla de China, una alianza internacional anti-China, en la que estuvieran presentes Estados Unidos y Europa.

A pesar de la dificultades económicas que afronta, China podría mitigar los efectos de la desaceleración, priorizando el gasto y abandonando sus proyectos expansionistas y sus programas de asistencia internacional. Sólo así podría ser capaz de afrontar con éxito la guerra comercial con Estados Unidos, evitar los peligros de la «extralimitación imperial» y preservar fondos para recapitalizar su sistema bancario, agotado por la excesiva liberalidad en los préstamos en la ultima década.

En el plano internacional, China debería acercarse a los aliados de Estados Unidos, para evitar la formación de una amplia coalición anti-China. Para ello, tendría que hacer concesiones como abrir el mercado chino a Japón, Corea del Sur y Europa; garantizar la protección de la propiedad intelectual; mejorar su actuación en el campo de los derechos humanos y abandonando ciertas reclamaciones territoriales.

También serían necesarias reformas económicas que hicieran a la economía china más eficiente. Empezando por adelgazar el sector público. Las empresas estatales, muy ineficientes, consumen aproximadamente el 80 por ciento del crédito bancario disponible, pero solo contribuyen con el 25 por ciento al PIB. Su privatización supondría un ahorro enorme para el sistema económico chino y una segura mejora en su eficiencia.

Sin embargo, el presidente Xi no parece la persona adecuada para este tipo de reformas. Su perfil comunista altamente ideologizado no parece llevarle en esa dirección. Las iniciativas chinas en política exterior y de seguridad llevan su sello personal y abandonarlas sería como admitir su fracaso, con el enorme precio político que ello podría acarrear. Xi podría asumir algunas reformas parciales, pero no un cambio de rumbo radical, por muy necesario que pueda parecer. Podría desregular ciertos sectores o reducir el gasto público, pero no conseguiría con ello un incremento significativo en los ingresos, ni serían suficientes para los aliados de Estados Unidos.

La alternativa para Xi, como suele ocurrir en estos casos, puede ser apelar al nacionalismo. Desde las protestas de la Plaza de Tiananmen el PCCh ha aprendido a explotar el sentimiento nacionalista para apuntalar su legitimidad y deslegitimar a la disidencia. En caso de desaceleraciónn económica, es probable que el partido vuelva a aplicar esa misma política, que se vería facilitada por el hecho de que la mayoría de los chinos están convencidos de que la actual guerra comercial surge de una ofensiva de Estados Unidos para debilitar a China.

Pero, ante una desaceleración importante, el recurso al nacionalismo no será suficiente parta evitar tensiones internas que, con toda probabilidad, implicarían un mayor control social y represión política. Los costes económicos y, sobre todo, políticos, de este tipo de medidas serían importantes. Alienación de la clase media, radicalización de las tensiones territoriales, alejamiento internacional, especialmente europeo,…

La falsa fortaleza china

La sensación de fortaleza y eficiencia que parece mostrar Pekín en estos momento pueden llevar a pensar que todos estos escenarios son pura fantasía y que el régimen goza de una salud envidiable que le permitirá mantener el control en el interior y aumentar su influencia en el exterior. De hecho, la situación puede no ser tan idílica para china como puede dar a entender la brillante campaña de imagen que está orquestando alrededor de su reacción ante el coronavirus. Conviene recordar la torpe reacción inicial y el malestar que generó entre la población china. A pesar de la experiencia acumulada con el brote de SARS de 2003, el Estado chino no ha sido capaz de reaccionar adecuadamente en la fase inicial de la epidemia y, además, ha mostrado unos tics autoritarios que no conviene pasar por alto.

Es posible que la lentitud de la reacción china se debiera, al menos parcialmente, a las limitaciones que supone un sistema de gobierno centrado en una sola persona, que produce una cierta parálisis en los niveles subordinados, incapaces de tomar ninguna decisión sin su aprobación previa. Esta situación puede producir la sensación, en las fases iniciales, de que no hay nadie gestionando la situación, todos a la espera de que «el gran líder» tome su decisión.

Curiosamente, durante dos semanas, el sistema de censura chino falló, lo que permitió a la sociedad civil apreciar la mezcla de incompetencia y mentiras que caracterizó la reacción inicial y dejó entrever el nivel de malestar popular existente. La muerte del doctor Li Wenliang, el médico que a fines de diciembre alertó a las autoridades chinas sobre el peligro del COVID-19 y fue silenciado por la policía, marcó el punto máximo en las críticas al gobierno. La lección para el PCCh es clara: la mala gestión de una crisis de esta naturaleza puede tener un coste muy elevado en términos de apoyo popular.

A modo de conclusión podemos decir que los acontecimientos de los últimos meses demuestran que el PCCh no tiene un control del país tan sólido como pudiera parecer a primera vista, ni el plano económico, ni en el político. Y que su situación no le permite asumir el liderazgo global que, en determinado momento, ha parecido tratar de asumir. Pese a la tendencia al aislacionismo de Estados Unidos, no hay a día de hoy otra potencia que puede asumir el liderazgo global que, de momento, ha dejado vacante. A día de hoy, la única alternativa al liderazgo global estadounidense es la ausencia de liderazgo, no el liderazgo chino. Y la crisis desatada por el COVID-19 no va a alterar sustancialmente esta realidad.

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Javier Mª Ruiz Arévalo

Coronel del Ejército de Tierra español y Licenciado en Derecho. Ha desplegado en dos ocasiones en Kabul, desempeñando cometidos en el área de la cooperación cívico militar.

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