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De Hawkins a Derry: El terror paranormal como metonimia de la Guerra Fría

https://global-strategy.org/de-hawkins-a-derry-el-terror-paranormal-como-metonimia-de-la-guerra-fria/ De Hawkins a Derry: El terror paranormal como metonimia de la Guerra Fría 2026-02-02 10:08:00 Gonzalo Serrano del Pozo Blog post Estudios Globales

A través de los fenómenos de streaming Stranger Things y Bienvenidos a Derry, este análisis explora cómo el terror fantástico actúa como una representación de la paranoia estratégica, la carrera tecnológica no convencional y el control social durante el enfrentamiento entre las superpotencias del siglo XX.

2025 cerró con dos series que fueron furor en las plataformas de streaming: Bienvenidos a Derry y Stranger Things. Esta última, creada por los hermanos Duffer, concluyó luego de un largo y tortuoso camino que se inició en 2016 y que incluyó cinco extensas e intermitentes temporadas. La primera es una precuela inspirada en el universo del payaso It, una de las tantas criaturas del famoso escritor Stephen King.

A simple vista, para un adulto promedio, ambas series son cuentos de terror tan fantásticos como intragables, respecto de los cuales no vale la pena perder el tiempo ni viéndolos, ni menos leyendo esta columna. Sin embargo, a veces la realidad supera a la ficción y los monstruos que vemos en pantalla pueden resultar menos terroríficos que aquellas amenazas que existían por aquellos años, sobre las cuales escribiré más adelante.

La geografía del miedo: El frente interno en los pueblos pequeños

¿Qué pueden tener en común ambas producciones además de su nacionalidad? La verdad es que mucho más de lo que pudiésemos imaginar. Y es que, si hacemos un repaso, tanto Bienvenidos a Derry como Stranger Things están unidas por un mismo espacio temporal que les da sentido: la Guerra Fría.

Aunque separadas por dos décadas, los personajes representan la misma sensación que vivieron los norteamericanos desde el fin de la Segunda Guerra Mundial hasta la caída del Muro de Berlín: un terror constante frente a lo desconocido. Asimismo, las dos series transcurren en pueblos pequeños, alejados de los centros urbanos. Mientras que la precuela de King ocurre en Derry, Stranger Things está situada en Hawkins. Más allá de que las locaciones facilitan la trama (todos van a la misma escuela, al cine o a las tiendas, y se pueden recorrer en bicicleta de un extremo a otro), representan el diario vivir de la mayoría de los estadounidenses de la época bajo la sombra de la vulnerabilidad estratégica.

La génesis del mal: Amenazas asimétricas y dimensiones paralelas

No me quiero detener mayormente en el origen del mal y sus respectivas representaciones. En el caso de Bienvenidos a Derry, el pueblo es víctima de una maldición milenaria que habría llegado a través de un meteorito. Tras varios siglos, este ente se apoderó del payaso Pennywise, quien, ni en sus mejores momentos, resultaba gracioso ni amistoso. En el caso de Hawkins, el mal proviene de otra dimensión —un mundo paralelo tremendamente hostil— al que se accedió a través de un portal que nunca debió ser abierto por la experimentación estatal.

Lo relevante no radica en el origen, sino en que ambos antagonistas, Pennywise y Vecna, se alimentan y fortalecen a través del miedo, siendo los niños los más vulnerables. Los habitantes de ambos pueblos son víctimas de un terror físico y, peor aún, psicológico. Si algo caracteriza a Hawkins y a Derry es vivir con miedo frente a lo desconocido.

Esto se hace todavía más angustiante cuando sus protagonistas se dan cuenta de que ninguna de las armas convencionales resulta útil. Las pistolas, metralletas, tanquetas y todo el poderío militar de los Estados Unidos pueden distraer o enfurecer a sus enemigos, pero jamás acabar con ellos. Esto deja una lección importante: es mejor contar con estas armas que prescindir de ellas, pero nunca son suficientes ante amenazas de naturaleza no convencional.

La doctrina nuclear: Entre Hiroshima y “Duck and Cover”

¿Qué hay detrás de ambas historias? Nada menos que un relato ficcionado de lo que fue vivir en EE. UU. durante la Guerra Fría. Tras la caída del nazismo, el enfrentamiento entre el capitalismo y el comunismo parecía inevitable. Esto explica por qué Estados Unidos, al evaluar opciones contra Japón para acabar la guerra, desechó la simple advertencia en el Pacífico para optar por la opción más radical: lanzar las bombas en Hiroshima y Nagasaki.

Aunque la justificación oficial fue evitar la muerte de cientos de miles de soldados norteamericanos, lo cierto es que ambas bombas atómicas se lanzaron pensando más en la Unión Soviética de Stalin que en el Japón de Hirohito. La prueba de fuego de esta superioridad ocurrió cuando Estados Unidos mantuvo el puente aéreo con Berlín Occidental a pesar de las advertencias soviéticas.

La hegemonía estadounidense recibió una pésima noticia cuando el director de la CIA, el almirante Roscoe Hillenkoetter, informó al presidente Harry Truman sobre contaminación radiactiva anormal en el Pacífico, atribuida a pruebas atómicas en Asia. Desde ese entonces, el mundo nunca volvió a ser el mismo.

Ambas potencias comenzaron una carrera nuclear que duraría décadas. A más de algún espectador de Bienvenidos a Derry le habrá llamado la atención un hombre disfrazado de tortuga en la escuela entregando panfletos. Bert, la tortuga, fue un personaje creado por la Defensa Nacional para educar a la población, en especial a los niños, sobre qué hacer en caso de un ataque nuclear. Aunque se sabía que el impacto directo sería fulminante, se promovía la esperanza de salvarse siguiendo el consejo de Bert: “Duck and Cover” (agáchate y cúbrete).

A esto se sumaba una “cultura atómica” marcada por refugios, comida en lata, sirenas y trajes especiales, etc. Desde los cincuenta hasta los ochenta, los estadounidenses vivieron con el miedo permanente de que la locura de un líder soviético desencadenara una guerra de suma cero que haría retroceder siglos de avance humano. Ese miedo es el que se refleja en Derry y Hawkins: un terror selectivo, mucho menos dañino que una bomba atómica, pero igualmente paralizante.

Guerra psicológica y el uso de activos no convencionales

Paralelo a la carrera atómica, fue necesario que ambas potencias buscaran otros medios no convencionales para derrotar al oponente. Aquí entra la guerra psicológica. Mientras que en Derry el payaso se mete en la mente de los niños, en Stranger Things el personaje de Eleven posee poderes psíquicos para enfrentar a Vecna.

Aunque parezca ficticio, se inspira en hechos reales de la inteligencia militar. Además de enfrentarse en Corea, Vietnam o Afganistán, se invirtieron millones de dólares para intentar “meterse en la cabeza” de los enemigos. La idea de que los comunistas podían “lavar el cerebro” fue interpretada como una capacidad que rozaba lo paranormal. Los soviéticos también priorizaron el control mental, buscando manipular la conciencia para que las decisiones del rival fueran favorables al régimen.

Una de las primeras incursiones de la inteligencia estadounidense fue el Proyecto ARTICHOKE a inicios de los cincuenta, cuyo objetivo era doblegar la voluntad de un individuo para cometer actos como el asesinato, usando LSD, electroshocks y torturas. Fueron casi veinte años de abusos sin consentimiento y con resultados paupérrimos. Esta falta de ética se ilustra bien en ambas series a través de científicos y militares que actúan amparados en la “seguridad nacional”.

La Unión Soviética no se quedó atrás e invirtió en comunicaciones telepáticas y telequinesis. Ambos países anhelaban la “visión remota”: espiar a miles de kilómetros usando activos con supuestas capacidades psíquicas. Aunque nada se logró, el miedo a ser observado alimentó una psicosis colectiva.

El problema de la Guerra Fría era que requería presupuestos astronómicos para mantenerse en la vanguardia. La única forma de justificar este gasto era aterrorizando a la población, haciéndoles creer que detrás del muro se urdían los peores planes y que solo sus elevados impuestos podían protegerlos. Bienvenidos a Derry y Stranger Things nos muestran ese miedo permanente y nos recuerdan que el peor enemigo muchas veces no está al otro lado del muro, sino en nuestra propia casa.

Gonzalo Serrano del Pozo

Doctor en Historia. Profesor del Tecnologico de Monterrey. Escuela de Humanidades y Educación

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