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De la Guerra Hispano-Sudamericana (1865-1871) a la Guerra de Ucrania (V). Esbozo de una teoría de los conflictos posimperiales

https://global-strategy.org/de-la-guerra-hispano-sudamericana-1865-1871-a-la-guerra-de-ucrania-v-esbozo-de-una-teoria-de-los-conflictos-posimperiales/ De la Guerra Hispano-Sudamericana (1865-1871) a la Guerra de Ucrania (V). Esbozo de una teoría de los conflictos posimperiales 2024-11-07 10:43:00 Rodrigo Escribano Roca Blog post Estudios de la Guerra Guerra Rusia - Ucrania Historia militar de España

La humareda ennegrecida que despidieron las aduanas de Valparaíso el 31 de marzo de 1866 se diluyó en las alturas atmosféricas casi 140 años antes de que otros humos beligerantes cubriesen los cielos de Donetsk. El escenario histórico en que España bombardeó los principales puertos de Chile y de Perú y aquel otro en que las fuerzas rusas hacen lo propio con las ciudades del este ucraniano son muy distantes y distintos entre sí. La Monarquía española perpetró su agresión militar con los cañones de una flota de vapor que se hallaba aislada en aguas muy alejadas de la Península; la Rusia putinista hace lo propio contando con misiles hipersónicos y centenares de miles de soldados bien equipados desplegados en un territorio contiguo a sus fronteras.  Las diferencias no podrían ser más palmarias. La intuición inmediata que acude a la mente al pensar en la guerra hispano-sudamericana (1865-1871) y la guerra ruso-ucraniana (2022-hasta hoy) es que son acontecimientos muy alejados en sus dimensiones cronológicas, tecnológicas y geoestratégicas. Por ende, son incomparables. La reflexión histórica, dirán algunos, ha de centrarse en comprender lo que es particular a cada evento, de modo que refleje las transformaciones que separan nuestro presente de épocas superadas.[1]

Pero he aquí un error de diagnóstico. La historiografía no solo se ocupa de aquello que cambia, de aquello que es irrepetible. El tiempo humano no consiste en una línea en que todo lo pasado se desvanece. Es más bien, como lo han sugerido pensadores de la talla de Braudel, Koselleck y Turchin, un haz enmarañado de espirales y de estructuras de repetición.[2] Es decir, la historia no solo da cuenta de aquello que cambia. También puede pesquisar los contornos, a priori invisibles, de patrones que se repiten en épocas y espacios alejados entre sí. El pensamiento histórico puede proponerse escrutar aquello que permanece, rastreando, por ejemplo, ciertas trayectorias geopolíticas que han discurrido por cauces similares. De acuerdo a Lawrence Freedman, tal quehacer intelectual puede tener usos estratégicos de primer nivel. Según su juicio, “la estrategia requiere de la habilidad de ver más allá del corto plazo y de lo trivial para escrutar el largo plazo y lo esencial; requiere de analizar las causas más que los síntomas, de avizorar los bosques más que los árboles”.[3] De acuerdo a su planteamiento, que converge con el de Koselleck, los pronósticos capaces de anticipar el comportamiento de los actores estratégicos son sólo posibles porque hay estructuras formales en la historia que se repiten, aun cuando su contenido concreto sea en cada caso único y sorprendente para los afectados.[4]

Los artículos que han compuesto esta serie, así como esta clausura que el lector tiene ante sí, se han propuesto hallar los lazos invisibles que conectan entre sí a dos guerras que, en principio, no exhiben ninguna conexión aparente. Mi objetivo no ha sido la exhaustividad. Más bien he intentado un ejercicio intelectual lúdico que, tal vez, podría ser un primer paso para forjar una teoría de los conflictos posimperiales que permita anticipar algunos de sus desarrollos. Y es que, como ya avisé en el primer texto de la serie, mi intuición es que más allá de las distancias siderales en materia de tecnología, recursos humanos y contextos internacionales, las guerras hispano-sudamericana y ruso-ucraniana comparten ciertos patrones propios de eso que llamo “conflictos posimperiales”. Tal categoría hace referencia a una intervención o guerra que deriva de las tensiones geoestratégicas que le siguen a procesos súbitos de desintegración de un Estado imperial o compuesto. Si bien podríamos identificar una serie bastante nutrida de enfrentamientos que responden a esta tipología —por ejemplo, guerra anglo-norteamericana (1812), guerras de los Balcanes (1912-1913), intervenciones francesas en África (1960-2013)—[5] no existe un intento de teorización sistemática en torno a la misma, ni en el ámbito de los estudios estratégicos, ni la teoría de las relaciones internacionales o la sociología histórica de la guerra.

Hasta aquí, hemos narrado los procesos que condujeron de la desintegración de los imperios español y soviético a la decisión de España y Rusia posimperiales de realizar una intervención armada en dos de sus antiguos dominios más importantes: Perú y Ucrania. El artículo II sugirió que tanto la pérdida de los virreinatos continentales de América como la implosión de la URSS afectaron de forma muy profunda a la España peninsular y a Rusia. La reducción de poder económico, demográfico y geoestratégico se hizo notar de forma dramática en los dos viejos núcleos imperiales. Sendas descomposiciones trajeron consigo la desvertebración de los sistemas políticos metropolitanos y de las ideologías que les daban cohesión.

El artículo III narró cómo una buena parte de las élites de la España liberal, así como las de la Rusia post-soviética, asociaron su recuperación interna a la posibilidad de establecer una esfera pacífica de influencia en los dominios perdidos. España y Rusia apostaron por organizar comunidades posimperiales basadas en el internacionalismo liberal, la afinidad cultural y el poder blando, pero ambos proyectos se mostraron fútiles en el transcurso de una década. La falta de estabilidad política interna, la debilidad económica y la pujanza de rivales geoestratégicos del calado de los Estados Unidos impidieron que proyectasen de manera eficaz su influencia sobre sus antiguos imperios territoriales. Los procesos súbitos de desintegración imperial que se dieron en ambos casos dejaron tras de sí conflictos congelados que tensionaron las interacciones entre España y las repúblicas hispanoamericanas, así como entre la Federación de Rusia y las antiguas repúblicas soviéticas. Tales factores impidieron el establecimiento de relaciones bilaterales o multilaterales pacíficas que fueran ventajosas para los antiguos núcleos imperiales.

En el artículo IV traté de esbozar el modo en estos fracasos a la hora de establecer comunidades posimperiales vía la negociación y la instrumentalización del internacionalismo liberal dieron lugar a procesos análogos, en virtud de los cuales tanto la Rusia putinista como la España dominada por el Partido Moderado apostaron por una política intervencionista. El panhispanismo liberal adquirió una pátina de militarismo, mientras que el putinismo apostó por revivir las doctrinas confrontacionales del euroasianismo. Concluí que las iniciativas militares de España en el Pacífico sudamericano y de Rusia en Ucrania respondieron a patrones similares. Las dos, como potencias posimperiales muy venidas a menos, percibieron que su seguridad territorial —ya fuera en las colonias remanentes como Cuba o en sus fronteras nacionales— se veía amenazada por la potencial injerencia de los Estados Unidos —o de la OTAN en el caso ruso—. La reexpansión posimperial —ya fuera formal o informal— en Hispanoamérica y el “extranjero cercano” se postuló como necesaria para asegurar la existencia misma de España y de Rusia como entidades soberanas.  

Por añadido, tanto el gobierno español como el ruso comenzaron a recibir solicitudes de protección por parte de una diáspora de súbditos/ciudadanos nacionales que habitaban en los territorios escindidos de sus imperios. Estas dinámicas coincidieron con momentos de estabilización política y crecimiento económico, insuflando cierto optimismo en las élites de Madrid y Moscú. Tamaña concatenación de incentivos coincidió con otro estímulo decisivo: cuando las intervenciones en Perú y en Ucrania se pusieron en marcha (1862 y 2022), los Estados Unidos ofrecían síntomas manifiestos de debilidad —debido a su guerra civil en el primer caso (1861-1865) y a su retirada de Afganistán y declive hegemónico en el segundo—. Tampoco hay que obviar que tanto España como Rusia habían estrechado sus relaciones con potencias poderosas con las que compartían el interés por mermar la influencia anglosajona en el mundo: principalmente el II Imperio francés en el primer caso y China en el segundo. Cerramos el artículo en las antesalas de sendas intervenciones: con la flotilla de vapor comandada por el almirante Luis Hernández Pinzón partiendo de Cádiz de camino a Sudamérica en julio de 1862 y con las tropas rusas apostadas en las fronteras ucranianas a punto de iniciar la “operación militar especial”. ¿Cómo discurrió la expedición naval de España en Sudamérica y su posterior intervención en Perú?, ¿qué similitudes y diferencias podemos detectar respecto del enfrentamiento entre Rusia y Ucrania?

El periplo de la Escuadra del Pacífico por Brasil, Montevideo, las Provincias Unidas del Río de la Plata, Chile, Perú, Ecuador, Centroamérica y California tuvo lugar entre octubre de 1862 y abril de 1864.[6] La expedición logró importantes resultados diplomáticos en esta primera circunnavegación de las costas americanas. La exhibición de músculo naval pareció promover la idea de la regeneración de España entre los públicos hispanoamericanos. Todo cambió cuando, en 1864, justificándose en los malos tratos reiterados que recibían los residentes españoles en Perú, el Comandante Pinzón decidió ocupar las islas Chinchas, reserva guanera por excelencia de la república. La acción del almirante era congruente con el plan inicial. La Unión Liberal esperaba emplear la diplomacia de las cañoneras para forzar a Perú a firmar un tratado desigual que garantizara la penetración de la influencia española. Tras el reforzamiento de la Escuadra con nuevas fragatas de guerra, así como varios vaivenes diplomáticos que motivaron la sustitución de Pinzón por José Miguel Pareja, en mayo de 1865 se logró la firma de un acuerdo con el gobierno de Juan Antonio Pezet. El Tratado Vivanco-Pareja colmó muchos de los objetivos geoestratégicos de la Monarquía. Forzaba a Perú a indemnizar a España por sus gastos navales, a reconocer la deuda virreinal, a devolver cuantiosos bienes incautados durante la guerra de la independencia, a garantizar franquicias comerciales e incluso a aceptar ciertas formas de justicia extraterritorial ventajosas para los emigrados y comerciantes españoles. Coyunturalmente, parecía que una intervención naval con reducidos costes había conseguido colmar las expectativas españolas.

Sin embargo, la toma de las Chinchas provocó la alarma en la opinión pública y el gobierno de Chile. Este último, a pesar de haberse declarado inicialmente neutral, se vio presionado por una campaña antiespañola y anti-intervencionista espoleada por el radicalismo democrático. Este movimiento contribuyó subrepticiamente a bloquear la venta de carbón y otros enseres necesarios para el aprovisionamiento de la flota española. La escalada de tensión culminó en una declaración de guerra a Chile por parte de España y, tras la deposición del gobierno de Pezet por parte del general Mariano Prado, también a Perú.

A estas alturas, la Monarquía española se hallaba reducida en sus capacidades militares y presupuestarias. La caída del gobierno de O´Donnell en 1863 había abierto una sucesión inestable de ejecutivos moderados y unionistas que trataban de paliar una aguda crisis económica y mantener el orden público. Todo ello en un clima insurreccional promovido por un sector del Partido Progresista y por el Partido Democrático. En este escenario, los objetivos de la Escuadra, mal surtida y sin posibilidades de atracar en un puerto seguro, se centraron en buscar un enfrentamiento con su homóloga chileno-peruana. El fin era claro: ya incapaz de lograr la ganancia de una base naval o de ventajas comerciales, la Escuadra debía al menos dejar en evidencia la capacidad punitiva de España. La intención era que la opinión pública de las repúblicas la tuviese por una potencia capaz de forzar sus demandas diplomáticas y proteger a sus súbditos por medio de una fuerza naval disuasoria.

Tras una serie de combates poco concluyentes en Papudo y Abtao y la pérdida de la goleta “Covadonga” —hecho este que motivó el suicidio de Pareja— la oficialidad de la Escuadra, ahora comandada por el Capitán de Navío Casto Méndez Núñez, convino en que los bombardeos de Valparaíso y el Callao eran el único medio de dejar patente el poderío español. El cañoneo de la primera, acaecido el 31 de marzo de 1866, no colmó el objetivo de prestigio, puesto que el gobierno chileno optó por no ofrecer resistencia. El ataque a un puerto comercial desarmado debía verse compensado por un genuino duelo de honor que escenificase la determinación de la Real Armada. El bombardeo del Callao, sucedido el 2 de mayo de 1866, pareció acercarse más al anhelo de Méndez Núñez: las torres artilladas del puerto fueron en buena parte destruidas, si bien la flota quedó muy maltrecha y sin municiones.

Cuando el grueso de sus unidades regresó a la Península, la prensa, el gobierno y las administraciones municipales y marítimas del país hicieron un magno esfuerzo propagandístico para presentar los bombardeos como una victoria bélica. La narrativa oficial aseveraba que, una vez castigados los puertos de las Repúblicas, quedaba en evidencia el renacimiento de España como potencia hemisférica. En adelante, y en la medida en que esta continuase su curva ascendente, los gobiernos de sus antiguos dominios respetarían el pabellón español y, con él, a los agentes comerciales y diplomáticos venidos de la Península. La Monarquía estaba en aras de regenerarse como una suerte de imperio informal. Sin embargo, por más esfuerzos que hicieron los representantes de España para verter este relato a la opinión pública internacional, Chile y Perú ganaron la batalla propagandística a nivel mundial. Los daños ocasionados por la Escuadra a las mercancías que europeos y estadounidenses tenían depositadas en Valparaíso y el Callao bastaron para que los bombardeos se interpretasen como un atentado contra el estándar de civilización y las leyes de la humanidad.[7]

Por si esto fuera poco, una oleada de hispanofobia recorrió Sudamérica, provocando ataques perpetrados por la población civil, incautaciones gubernamentales y nacionalizaciones forzosas que dieron al traste con la prosperidad de las colonias españolas en los Andes y el Cono Sur. De haber sido España capaz de enviar una nueva flota expedicionaria que demostrase que su poderío naval estaba para quedarse, tal vez el resultado hubiera sido distinto. Pero el régimen coronado por Isabel II se hallaba en una fase terminal. La llamada Revolución Gloriosa de 1868, con el consiguiente sexenio de inestabilidad, obstruyó todo viso de continuidad en la política exterior española hacia sus antiguas posesiones ultramarinas. En 1871 los países beligerantes firmaban un armisticio que dejaba muy mal parada a la vieja metrópoli.[8] La Escuadra y la intervención en Perú habían dado lugar a una guerra que terminó por menoscabar el poder y el estatus de los españoles residentes en las repúblicas, a la par que demostraba las limitaciones logísticas y estratégicas de España, mermando su prestigio. El intervencionismo posimperial dio al traste con las esperanzas regeneradoras del panhispanismo.

¿Son comparables estos resultados con los cosechados por Rusia en Ucrania? Todavía sería muy prematuro emitir un juicio a este respecto. La “operación militar especial” orquestada por Putin y su gabinete en febrero de 2022 provocó, al igual que la intervención española, una guerra posimperial indeseada. Si los agentes militares y diplomáticos de la Monarquía creyeron que la debilidad de Perú permitiría imponer su influencia a muy bajo coste, los rusos hicieron cálculos similares. Una Ucrania debilitada tras la pérdida de Crimea en 2014 y tras la descomposición efectiva de su autoridad en los óblasti rusófonos del Donbás no parecía susceptible de resistir la acometida relámpago del ejército ruso. De hecho, el gobierno ruso, al igual que el de España cuando ocupó las islas Chincha, nunca declaró la guerra. La “operación militar especial”, del mismo modo que la captura del archipiélago peruano, adoptó el lenguaje legal de la intervención humanitaria. Es decir, al no emitir una declaración formal de guerra, no se reconoció la igualdad jurídica del agredido como beligerante. El despliegue de fuerzas militares en territorio ajeno se postuló como un correctivo a los crímenes que se estaban cometiendo en suelo peruano y ucraniano.[9] De acuerdo a sus propios relatos, España y Rusia usaban de su poder coactivo para proteger a los españoles y rusos que sufrían vejaciones en el territorio de sus antiguos dominios, impeliendo a estos a cumplir con los estándares del mundo civilizado. Las potencias agresoras se presentaban como leviatanes prestados, que se veían obligadas a ejercer su autoridad extraterritorialmente para corregir las “anarquías republicanas” de Perú o las agresiones “nazis” que el nacionalismo ucraniano perpetraba contra la población rusófona.[10]

En ambos casos, como ya he adelantado, estos discursos legitimadores no ocultaban que otros intereses geoestratégicos estaban detrás de la agresión. En el caso de España, la contención de los Estados Unidos en el Caribe y Sudámerica, el acceso a los mercados guaneros y el establecimiento de una estación naval en el Pacífico.[11] En el caso de Rusia, ponerle freno a la expansión de la OTAN hacia el este, asegurar las líneas de abastecimiento energético con Europa occidental y expandir su influencia en el ”extranjero cercano”.[12] España pretendió expandir su poder posimperial en Perú por medio de la firma de un tratado desigual con tan solo una escuadra de guerra. Había aprendido de las técnicas de imperialismo informal y diplomacia de las cañoneras que habían aplicado Francia y Reino Unido en la región en las décadas previas.[13] Casi alcanza sus fines con el tratado Vivanco-Pareja. Rusia proyectaba, en el mejor de sus escenarios, descabezar al Estado ucraniano para situar en su lugar un régimen satélite homologable al bielorruso, y todo ello también a partir de un esfuerzo militar muy limitado. No debemos obviar que, en un principio, Putin solo envió 120.000 soldados a suelo de Kiev.

Pero, como decía, los dos casos estudiados terminaron en intervenciones fallidas, dando lugar a guerras que excedieron con mucho las previsiones realizadas por las potencias agresoras en materia de duración, logística y costes económicos y humanos. Ya he descrito el desenlace desastroso que tuvo la guerra hispano-sudamericana para España. Dados los paralelismos apuntados, ¿es posible prever un resultado igualmente negativo para Rusia? Un primer vistazo a la situación actual nos dice que no. Por más que la resistencia ucraniana sorprendiera a los altos mandos rusos, las veleidades se han dilatado durante casi tres años y la Federación Rusa lleva la delantera. Su ocupación de Crimea y de la franja oriental del país parece en vías de consolidación y expansión. Ahora bien, al haberse convertido en un conflicto por agotamiento, es aventurado adelantar en términos tajantes cuál será su resultado final. El contraste con el caso hispánico puede ayudarnos a reflexionar sobre el asunto.

A fin de abordar con garantías teóricas esta comparación entre contextos tan distantes, recurriré a la teoría estructural de los procesos de re-expansión imperial elaborada por el historiador y politólogo Alexander John Motyl en su libro Imperial Ends: The Decline, Collapse, and Revival of Empires. Esta obra, poco conocida y citada, tuvo por objetivo identificar patrones sistémicos que equiparaban entre sí a las comunidades políticas imperiales, así como tendencias estructurales que tendían a presidir sus procesos de descomposición. La más relevante de estas tendencias era la que el autor denominó imperial revival o re-imperialization. Según su juicio, aquellos imperios que no se descomponen progresivamente sino que sufren un colapso súbito son  proclives a dejar tras de sí escenarios posimperiales conflictivos. Ello en tanto que, una vez superado el desastre bélico, político o natural que provoca la desintegración repentina, el antiguo núcleo imperial puede recuperar elementos de poder interno que le permiten restablecer total o parcialmente su antigua autoridad.[14]

El accidentado final del sistema virreinal español en el continente americano y de la Unión Soviética responden a esta tipología del colapso. Ninguno de estos imperios experimentó un proceso progresivo y orgánico de desintegración territorial. Los dos, si bien se hallaban debilitados, no ofrecían visos de desmantelamiento hasta que “reventaron” como consecuencia de un fenómeno disruptivo: las guerras napoleónicas en el caso español y el reformismo de la perestroika en el caso soviético.[15] Motyl sostuvo que, en tales situaciones, si el núcleo imperial lograba un grado suficiente de recomposición interna tendía a tratar de recuperar su autoridad en los viejos dominios, como fue el caso, por ejemplo, de la Alemania Nazi o del Imperio Bizantino del siglo VII. La narración comparativa que he elaborado hasta aquí refrenda la teoría de Motyl. En cuanto España y Rusia se recupusieron de los ciclos de anarquía y descomposición interna que comportaron sendos colapsos geopolíticos implementaron estrategias de regeneración posimperial que condujeron a las guerras estudiadas. Ni la captura de las Chinchas ni la invasión de Ucrania fueron improvisaciones ministeriales, sino la expresión de patrones estructurales de lo que Motyl llamaría re-imperialization y yo llamaré irredentismo posimperial. En ambos casos, importantes grupos de poder en el seno del Estado y las clases mercantiles tenían muchos incentivos para soñar con el restablecimiento de las redes de poder imperial.

Ahora bien, más allá de la simetría estructural que podemos conjeturar en sus causas, la guerra hispano-sudamericana y la ruso-ucraniana presentan variaciones importantes si atendemos al esquema de Motyl. El politólogo estadounidense sostuvo que los irredentismos posimperiales tendían a ser exitosos cuando se daban una serie de condiciones coincidentes. El escenario más proclive a la re-expansión se producía cuando un antiguo núcleo imperial bien institucionalizado, estabilizado y poderoso trataba de reconquistar o controlar indirectamente a una antigua dependencia que no había logrado estabilizar su soberanía posimperial, que se hallaba en un estado de anomia jurídica y división interna y que no se encontraba en la esfera de influencia de otra potencia importante.[16]

Me atrevo a conjeturar que el caso de España y las repúblicas hispanoamericanas se alejaba más de este supuesto modélico que el de Rusia-Ucrania. Ciertamente, tras el fin de la primera guerra carlista la Monarquía española había vivido un período de estabilidad relativa, parapetado tras la hegemonía política primero del Partido Moderado (1844-1854) y luego de la Unión Liberal (1858-1863). Pero no hay que llamarse a engaño, el sistema constitucional censitario y centralista consagrado por la Constitución de 1845 dio lugar a la conformación de camarillas clientelares que gestionaron el poder de forma excluyente, marginando a la oposición política y sin lograr las cotas necesarias de respaldo social. Esto sometió a los gabinetes de la Monarquía a verse constantemente amenazados por la posibilidad de un pronunciamiento militar o una insurrección popular. La apariencia de normalización que trajo consigo el “Gobierno Largo” (1858-1863) liderado por Leopoldo O´Donnell resultó ser un espejismo y las divisiones crónicas reemergieron con su caída, hasta que el propio régimen de la Constitución de 1845 y la Monarquía isabelina colapsaron con la revolución de 1868, dando al traste con la continuidad institucional del Estado.[17] Los abruptos ciclos políticos tuvieron su correlato económico. El gobierno de O´Donnell coincidió con un ciclo de euforia derivado del auge de las exportaciones agropecuarias y las inversiones anglo-francesas. Sin embargo, las bases de ese primer boom del capitalismo español se revelaron pronto endebles e insuficientes. En cuanto el ciclo inversionista se refrenó y el comercio mundial se ralentizó en la década de 1860, llegó una crisis económica que impidió que los gobiernos españoles continuaran insuflando recursos presupuestarios a la renovación de la Real Armada y a la proyección de su poder ultramarino.[18] Esta debilidad del viejo centro imperial explica que, más allá del acto punitivo que supusieron los bombardeos de Valparaíso y el Callao, España no pudiera mantener su esfuerzo bélico, haciendo aparecer sus agresiones como simples expresiones de impotencia y no como demostraciones prácticas de una diplomacia de las cañoneras que podía prolongarse en el tiempo.

Por añadidura, los diplomáticos y ministros españoles erraron a la hora de evaluar la fortaleza de las repúblicas del Pacífico sudamericano. Es cierto que el objeto inicial de intervención, Perú, no aparentaba mucho poderío a las alturas de 1864. Su crecimiento económico era reseñable tras 1848, pero estaba basado casi íntegramente en la exportación guanera.[19] Esto hacía a la República particularmente vulnerable a un ataque naval que le privase de sus reservas de este fertilizante, las más importantes de las cuales se encontraban en archipiélagos como las Chinchas. La flota de guerra peruana palidecía frente al número y a la capacidad de combate de las unidades de la Real Armada que España pudo desplegar en sus costas. Además, las conflagraciones civiles y pronunciamientos que habían enfrentado a las facciones liberales y conservadoras durante la década previa hacían que los marinos y diplomáticos españoles previesen encontrarse con un gobierno débil, sobre todo si se le privaba de los ingresos derivados del gravamen de la exportación guanera.[20]

Tales cálculos no fueron errados del todo y, de hecho, la firma del Tratado Vivanco-Pareja en enero de 1865 apuntó a refrendarlos. El error de la gran estrategia española tuvo que ver con otro país: Chile. Los planificadores ministeriales de la Monarquía habían previsto que la república del sur no intervendría en ninguna disputa internacional que le fuese perjudicial a Perú.[21] Al fin y al cabo, Valparaíso y el Callao se disputaban la hegemonía como entrepuerto hegemónico del Pacífico Sur. La Guerra de la Confederación (1836-1839) había dejado en claro la rivalidad que enfrentaba geoestratégica a ambos países, consolidando la imagen de Hispanoamérica como una región desunida, en la que toda tentativa de alianza o confederación se veía frustrada por los intereses particularistas de sus líderes republicanos.[22] Atendiendo a estas premisas, nadie en Madrid esperaba que Santiago apoyase a Lima.

A este respecto, las élites españolas cometieron dos faltas interpretativas fatales. En primer lugar, no previeron que la reciente oleada de intervencionismo europeo en América había enervado al radicalismo democrático del continente, comprometiendo a un sector de las élites intelectuales y políticas de Chile con la causa del americanismo.[23] En segundo lugar, no anticiparon que la clase dirigente de Chile concebía a su Estado como una potencia regional, que ambicionaba mantener un equilibrio de poder favorable a su posición como epicentro comercial de las costas andinas.[24] La entrada de Chile en la contienda contribuyó a un cambio de gobierno en Perú, al estallido de la guerra y a la conformación de una alianza con Ecuador que le cerró a la flota española las líneas de abastecimiento y toda posibilidad de adquirir una base portuaria. Si bien la superioridad militar de la Real Armada era manifiesta, chilenos y peruanos ganaron en los terrenos logístico y diplomático, impidiendo el intento de regeneración geopolítica.[25] Un ex-núcleo imperial más débil de lo que aparentaba se vio derrotado por dos antiguas dependencias imperiales más sólidas y estratégicamente ambiciosas de lo que se podía colegir a simple vista. El fracaso de la gran estrategia española trajo consigo veinte años de estancamiento de los vínculos comerciales y migratorios con ambos países y, además, contribuyó a fortalecer la hegemonía regional de Chile, que solo 15 años más tarde lograría anexionarse importantes territorios de Bolivia y Perú y establecer el control naval de la zona.

A este respecto, el caso de Rusia es muy distinto. Desde que Putin llegara al poder, sus procesos de estabilización política y de consolidación económica se adivinan bastante más sólidos que los de la España isabelina. El putinismo ha logrado sacar a la Federación del estado de total descomposición y declive que la aquejó durante los años 90. La democracia autoritaria que se ha impuesto ha logrado subordinar los proyectos de la oligarquía económica a los imperativos del Estado, a la par que se ha granjeado el apoyo de amplios sectores de las clases medias y populares, cuya calidad de vida ha aumentado cualitativamente de forma clara en estos 20 últimos años. Si bien la economía del gigante ruso es altamente dependiente de la exportación de materias primas energéticas, el país ha logrado despuntar también en la producción agrícola, conservando a su vez autonomía en sectores tecnológicos como el armamentístico o el informático.[26] Por consiguiente, si bien la Rusia putinista se ha incorporado a los circuitos mercantiles y financieros de la globalización, lo ha hecho desde un proteccionismo calculado y desde una pluralización de sus socios comerciales que la sustraen de la hegemonía del Occidente geopolítico. Esto explica el efecto insuficiente de las sanciones impuestas por la UE y los Estados Unidos después de 2022. La democracia autoritaria controlada por Putin ha logrado procurarse altos niveles de respaldo popular que, aliñados con la promoción ideológica del eurasianismo anti-occidental y con la eficaz represión de toda disidencia, le dan un grado de control sobre el sistema político muy superior al que tuviera la Unión Liberal de Leopoldo O´Donnell. La gran debilidad de la Rusia post-soviética sigue siendo la demografía. Ya explicamos en artículos anteriores cómo el descenso continuado de la natalidad está conduciendo a una reducción inevitable de la población rusa. Pero debemos tener en cuenta que este factor no ha supuesto un desincentivo para el intervencionismo posimperial del putinismo; más bien ha jugado el papel de acicate, en tanto que Moscú prefiere actuar militarmente antes de que sus recursos humanos se vean mermados por el envejecimiento de la población.

Ucrania, por su parte, se ha revelado un hueso más duro de roer de lo que era previsible para los planificadores rusos. Al contrario que Perú, no ha contado con aliados inesperados en sus fronteras, pero sí con el nada desdeñable apoyo armamentístico de la OTAN. Sea como fuere, su errática historia post-soviética, ya esbozada en los artículos anteriores, hacía vaticinar que no tendría ni la resiliencia militar ni la política para resistir el primer embate de las tropas enviadas por Moscú. Al fin y al cabo, ningún gobierno ucraniano, ni mucho menos el de Volodímir Zelenski, había impuesto un nivel de control de las oligarquías homologable al del putinismo. El cisma en términos de militancias partidistas e identidades étnicas que desde los años 90 ha separado al este rusófono del centro-oeste del país no ha hecho más que agravarse tras la pérdida de Crimea y la implementación de políticas antirrusas de asimilación. Ahora bien, es cierto que esta última debilidad terminó por jugar a favor de la resistencia bélica tras la invasión de 2022. La cohesión de las élites económico-políticas y de las poblaciones de los sectores central y occidental del país se ha acentuado gracias a un intenso nacionalismo antirruso y a la propia guerra. Ello ha propiciado la organización de una resistencia eficaz, que ha terminado por prolongar el conflicto.[27]

Ahora bien, Ucrania cuenta con ciertas desventajas manifiestas si comparamos su situación con la de Chile y Perú en la guerra hispano-sudamericana. Para empezar, los ucranianos tienen a su némesis ad-portas. Es decir, el conflicto está teniendo lugar en la extensa frontera territorial que comparte el país con Rusia y es precisamente en las regiones que colindan con la potencia agresora donde se sitúa la diáspora rusófona que le brindó apoyo a la intervención. Esto le permite a Moscú desplegar con facilidad sus unidades terrestres, realizar bombardeos continuos del territorio ucraniano y contar con líneas logísticas de abastecimiento. No es tampoco baladí que Bielorrusia, como Estado satelital del putinismo, permita que el ejército invasor opere desde su espacio soberano.

He aquí un punto clave que diferencia ambos conflictos posimperiales. La España isabelina no podía contar con el despliegue de sus tropas en el Cono Sur. Carecía de los medios navales y logísticos para realizar una operación anfibia en un espacio tan remoto de Cuba y Filipinas. Tampoco contó con aliados que pudieran proporcionarle una base territorial y de abastecimiento. Este era el plan inicial con Ecuador, cuyo gobierno le había dado algunas garantías a la Unión Liberal de que le brindaría apoyo para establecer una base naval en Guayaquil.[28] Sin embargo, la entrada de Chile en lid cambió los equilibrios iniciales de poder e hizo que el gabinete ecuatoriano de Gabriel García Moreno se alinease con la causa americanista. Privada de puntos de abastecimiento en la costa occidental de Sudamérica, la solitaria escuadra española no pudo sostenerse. De ahí su búsqueda desesperada de un combate rápido y su recurso final a los bombardeos portuarios.

La Unión Soviética era un imperio continental territorialmente compacto, la Monarquía española, al contrario, un imperio ultramarino separado por distancias oceánicas. Estos determinantes geográficos jugaron un papel protagonista en los irredentismos posimperiales que estamos narrando. Rusia puede proyectar su poder sobre el “extranjero cercano” de manera mucho más rotunda que España sobre los inmensos y distantes países que se escindieron de su Corona. Si jugamos con el pensamiento contrafactual, y nos imaginamos un escenario de contigüidad entre la Península Ibérica y Sudamérica, es fácil suponer que el gobierno de la Unión Liberal habría desplegado sus nada desdeñables fuerzas terrestres sobre Chile y Perú, por no mencionar que habría tenido los medios para sostener en el tiempo su agresión naval. Tal orden de cosas habría alterado el resultado.

Más allá de los imperativos geográficos, el contexto internacional que encuadró ambas conflagraciones fue muy distinto. Es cierto que la pasividad de las potencias rivales, en este caso Estados Unidos y el Imperio Británico, fue muy acentuada en la guerra hispano-sudamericana. El gobierno chileno de Álvaro Covarrubias esperó que, cuando la escuadra de Méndez Núñez se aprestase a bombardear Valparaíso en marzo de 1866, las flotas estadounidense y británica estacionadas en el puerto lo defenderían en nombre de los intereses del comercio y de la legalidad internacional. Sin embargo, los Estados Unidos se encontraban en el momento más crudo de su posguerra civil y Gran Bretaña recelaba de inmiscuirse en un conflicto que podía generar fricciones con sus aliados europeos. Las repúblicas sudamericanas del Pacífico se encontraron solas frente a España, pero lograron urdir una alianza sólida entre sí. La cultura política del americanismo, heredada del carácter continental e imperial, que no nacional, que habían tenido las guerras de independencia, sirvió como catalizadora para la adhesión de Chile, Ecuador y Bolivia a una causa que en principio solo concernía a Perú. Es cierto que hay motivos para apuntar a intereses más particularistas de sus gobiernos, cada uno de los cuales tomó la decisión estratégica que más beneficiaba en potencia sus aspiraciones de poder en el continente. Sea como fuere, la Escuadra española del Pacífico debió vérselas con un sólido bloque de Estados que le cerraron el acceso al continente y a sus puertos.

Ucrania, a pesar de lo que pueda parecer, se ha topado con un teatro internacional más hostil a su propia defensa. Es cierto que las potencias del Occidente geopolítico le han brindado su apoyo declarativo, así como armamentos esenciales para su resistencia. Los Estados Unidos han adoptado una postura más asertiva que en la guerra hispano-sudamericana, pero sin prestarse a una alianza o a la movilización total de la OTAN. Incluso el apoyo en términos de ayudas armamentísticas y económicas se ve sujeto al carácter volátil de la política norteamericana y a los sempiternos desacuerdos y limitaciones estratégicas que se producen en el seno de la Unión Europea. El gobierno de Zelenski, al contrario que el peruano o el chileno en su momento, carece de aliados comprometidos en sus fronteras. Es más, el enfrentamiento entre España y las repúblicas sudamericanas del Pacífico acaeció en un momento de letargia estadounidense, pero su guerra civil fue solo un paréntesis tras cuyo cierre continuó su imparable ascenso a la hegemonía continental. Este culminó, precisamente, con la guerra hispanoamericana de 1898. Al mismo tiempo, la fortaleza del régimen portaliano en Chile también condujo a que este viejo dominio periférico se consolidara en las décadas de 1870 y 1880 como la potencia marítima y militar más fuerte del Pacífico sudamericano.[29]

Es decir, los objetivos estratégicos de España con su intervención en Perú resultaron ir a contrapelo de las tendencias geoestratégicas de la región y de la nueva estructura en el reparto del poder mundial que había de eclosionar en la segunda mitad del siglo XIX. En el caso ruso-ucraniano no contamos con la ventaja de la retrospección. Es difícil predecir lo que sucederá, pero todo apunta a que la hegemonía estadounidense en el mundo, más que en un período de letargia, se halla en franca recesión. El orden multipolar que se abre paso merced al ascenso de China y a la asertividad de poderes regionales como Turquía, la India e Irán, ha permitido que la agresión rusa haya contado con la aquiescencia de una parte no desdeñable de los países ajenos a la OTAN. Es posible que, al contrario que la guerra hispano-sudamericana, el conflicto posimperial que ha enfrentado a Rusia y a Ucrania sea sintomático de un fenómeno más basto de reconfiguración de la geopolítica mundial, en este caso en el sentido de una merma de la influencia global de los Estados Unidos y del mundo anglosajón.

En conclusión, las guerras hispano-sudamericana y ruso-ucraniana se ajustan a la tipología histórico-política de los conflictos posimperiales, compartiendo muchos patrones definitorios. En ambos casos fueron el resultado de las tensiones congeladas devenidas de sendos procesos de colapso imperial. Comenzaron como intervenciones que tenían la pretensión de expandir la esfera de influencia del viejo núcleo imperial sobre una ex-dependencia que se percibía débil. El fracaso de las intervenciones condujo en los dos casos a una guerra. Esta concatenación paralela de eventos nos da una pista sobre las tendencias estructurales que siguen a la ruptura súbita de sistemas imperiales duraderos y complejos, como lo era el caso de la Monarquía imperial española y la Unión Soviética.

Como ya lo sugiriese Motyl, los procesos de re-imperialización o irredentismo imperial constituyen un fenómeno geopolítico recurrente y predecible a lo largo de la historia. Lo interesante es que la comparación entre ambos conflictos nos ha permitido evaluar similitudes y diferencias. Factores como la contigüidad territorial y la inestabilidad del sistema internacional han favorecido la iniciativa re-expansiva de Rusia. La España isabelina, enfrentada a una distancia oceánica y a un bloque sólido de Estados sudamericanos, se vio abocada a sostener una guerra naval cuyos resultados fueron estériles. Ahora bien, el elemento diferencial decisivo que hemos identificado tiene que ver con la fortaleza interna de los viejos núcleos metropolitanos. La Monarquía constitucional española mostró dinámicas de inestabilidad política, faccionalismo y volatilidad económica homologables a los de las repúblicas hispanoamericanas en el mismo período. Incluso se puede afirmar sin muchos ambages que Chile tuvo niveles superiores de cohesión entre sus élites y de ordenamiento interno. La crisis imperial de comienzos de siglo descompuso de forma tan rotunda el sistema de poder virreinal como el que operaba al interior de la Península. El liberalismo español no consiguió generar los consensos suficientes entre las facciones moderadas, progresistas, unionistas y demócratas. Como consecuencia, sus iniciativas geopolíticas se vieron lastradas por los pronunciamientos y movimientos revolucionarios que cortocircuitaron las estrategias elaboradas en Madrid. España no perdió la guerra hispano-sudamericana en los bombardeos del Callao y Valparaíso, sino en los años subsiguientes, cuando su crisis interna le impidió enviar nuevas expediciones, hasta que la revolución de 1868 dio al traste con toda idea de re-expansión imperial por medio de la fuerza.

En definitiva, las élites políticas de la Monarquía isabelina carecieron de aquello que Peter Turchin, tomando prestado el concepto de Ibn Jaldún, ha denominado asabiya, es decir, la capacidad de cooperación de los grupos dirigentes de poder en aras de fines compartidos.[30] Este factor marca una diferencia decisiva con el putinismo, cuyo autoritarismo nacionalista ha logrado un control suficiente de las oligarquías y un respaldo notable de la población civil. Si la España de Isabel II gozaba de un grado menor de estabilidad que su contraparte chilena, la Rusia de Putin ha logrado niveles de crecimiento económico y articulación del poder político netamente superiores a los de Ucrania, hecho que le ha dado ventajas competitivas evidentes en un choque de por sí desigual.

Aquí cierra esta comparación conscientemente superficial y experimental. Mi objetivo no ha sido, como ya he apuntado antes, la exhaustividad, sino sondear la posibilidad de proponer una teoría política comparativa de los conflictos posimperiales. Las conflagraciones que hemos diseccionado son solo dos exponentes de esta tendencia estructural de la geopolítica mundial. Una tendencia que hoy cobra importancia. Ello en un contexto internacional que ve cómo se reactivan tensiones que remiten, precisamente, a colapsos imperiales que dejaron tras de sí cuestiones no resueltas, como el irredentismo chino en Taiwán, la inconformidad serbia con sus fronteras o las violencias que cotidianamente se presentan en los antiguos dominios del Imperio Otomano. Esta serie de artículos ha sido solo un esbozo prematuro y torpe, pero que tiene por vocación identificar claves para comprender los patrones de conflictividad que siguen a la caída o al descuartizamiento de los imperios. Esta es la meta que nos hemos marcado en el proyecto POST-EMPIRE Marie Curie Action 101148590, financiado por Horizonte Europa. Mi esperanza es que las lecciones que arroja la fascinante historia del mundo hispánico decimonónico sirvan para pensar con mayor profundidad los desafíos a los que nos arroja este presente nuestro de imperios redivivos y decadencias preocupantes.

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[1] Sobre la cuestión de la “distancia histórica”: Mark Salber Phillips, On Historical Distance (New Haven: Yale University Press, 2013), https://www.jstor.org/stable/j.ctt32bncp.

[2] Fernand Braudel, El mediterraneo y el mundo mediterraneo en la época de Felipe II (México: Fondo de Cultura Económica, 1953); Reinhart Koselleck, «Repetitive Structures in Language and History», en Performing the Past: Memory, History, and Identity in Modern Europe, ed. Karin Tilmans, Frank van Vree, y Jay Winter (Amsterdam; Manchester: Amsterdam University Press ; Manchester University Press, 2010), 51-65; Peter Turchin, Dinámicas históricas: Por qué surgen y caen las civilizaciones y los estados (Almuzara, 2022).

[3] Sir Lawrence Freedman, Strategy: A History (Oxford University Press, 2013), 28.

[4] Reinhart Koselleck, Aceleración, prognosis y secularización (Valencia: Pre-Textos, 2003).

[5] J. P. D. Dunbabin, The Post-Imperial Age: The Great Powers and the Wider World (Routledge, 2014); Marc R. DeVore, «Preserving Power after Empire: The Credibility Trap and France’s Intervention in Chad, 1968–72», War in History 27, n.o 1 (1 de enero de 2020): 106-35, https://doi.org/10.1177/0968344518758359; Aymeric Durez, «El intervencionismo militar de Francia en África: una europeización limitada (1960-2019)», Foro internacional 60, n.o 1 (marzo de 2020): 5-59, https://doi.org/10.24201/fi.v60i1.2569; Domitilla Sagramoso, Russian Imperialism Revisited: From Disengagement to Hegemony (Routledge, 2020).

[6] Este párrafo y los tres que siguen están adaptado de otros extraídos de un artículo previo en una revista académica. Para más información y referencias: Rodrigo Escribano Roca y Felipe Orellana Pérez, «Masculinidades imperiales y procesos de nacionalización en la guerra hispano-sudamericana. El caso de España (1865- 1867)», Intus – Legere Historia 17, n.o 2 (2023): 26-50, https://doi.org/10.15691/%x.

[7] Fernando Pérez Godoy, «Localisation of International Law Narratives in the Nineteenth Century: The Spanish Bombardment of Valparaíso and the Occupation of Araucanía (1864–1867)», The International History Review 44, n.o 6 (2 de noviembre de 2022): 1173-92, https://doi.org/10.1080/07075332.2022.2029752.

[8] Sobre la posguerra: Edmundo A. Heredia, El imperio del guano: América Latina ante la guerra de España en el Pacífico (Córdoba [Argentina]: Alción, 1998).

[9] Sobre el lenguaje de la intervención humanitaria: Fabian Klose, The Emergence of Humanitarian Intervention: Ideas and Practice from the Nineteenth Century to the Present (Cambridge University Press, 2016).

[10] Mikhail Komin, «Late-Stage Putinism: The War in Ukraine and Russia’s Shifting Ideology», ECFR, 18 de junio de 2024, https://ecfr.eu/publication/late-stage-putinism-the-war-in-ukraine-and-russias-shifting-ideology/; Rodrigo Escribano Roca y Pablo Guerrero Oñate, «Diplomacia de las cañoneras a la española. Los orígenes de la Escuadra del Pacífico (1833-1863)», Illes i imperis, n.o 25 (21 de diciembre de 2023): 209-38, https://doi.org/10.31009/illesimperis.2023.i25.10.

[11] Rodrigo Escribano Roca y Pablo Guerrero Oñate, «El movimiento de rearme naval en tiempos de la Unión Liberal. Opinión Pública, cultura estratégica y navalismo (1858-1863)», Hispania 84, n.o 276 (2 de octubre de 2024): e005-e005, https://doi.org/10.3989/hispania.2024.005.

[12] Carlos Taibo, Rusia frente a Ucrania: Imperios, pueblos, energía (Los Libros De La Catarata, 2022), 220-22.

[13] Andrew Graham-Yooll, Imperial Skirmishes: War and Gunboat Diplomacy in Latin America (Signal Books, 2002).

[14] Alexander J. Motyl, Imperial Ends: The Decay, Collapse, and Revival of Empires (Columbia University Press, 2001).

[15] Brian R Hamnett, The End of Iberian Rule on the American Continent, 1770-1830, 2017; Roberto Breña, El imperio de las circunstancias: las independencias hispanoamericanas y la revolución liberal española (Marcial Pons, 2013), http://www.jstor.org/stable/10.2307/j.ctt14jxnsk; Robert Strayer, Why Did the Soviet Union Collapse?: Understanding Historical Change: Understanding Historical Change (Routledge, 2016).

[16] Motyl, Imperial Ends.

[17] Angel Bahamonde y Jesús Martínez, Historia de España en el siglo XIX (Cátedra: Madrid, 2015).

[18] Albert Carreras y Xavier Tafunell, Between Empire and Globalization: An Economic History of Modern Spain, Palgrave Studies in Economic History (Cham: Springer International Publishing, 2021), https://doi.org/10.1007/978-3-030-60504-9.

[19] Gregory T Cushman, Guano and the Opening of the Pacific World: A Global Ecological History (Cambridge: Cambridge Univeristy Press, 2014).

[20] Alberto Wagner Reyna, Historia marítima del Perú: La intervención de las potencias europeas en Latinoamérica, 1864 a 1868 (Lima: Instituto de Estudios Histórico-Marítimos del Perú, 1977).

[21] Escribano Roca y Guerrero Oñate, «Diplomacia de las cañoneras a la española. Los orígenes de la Escuadra del Pacífico (1833-1863)», 209-38.

[22] Rodrigo Escribano Roca y Viñuela Pérez, «Teatro de desorden perenne. Hispanoamérica en los imaginarios antirrepublicanos del moderantismo español (1834-1854)», Ayer. Revista de Historia Contemporánea, n.o 9 (2023): 1-20, https://doi.org/10.55509/ayer/1273.

[23] Juan Carlos Arellano, «Del americanismo al nacionalismo: el discurso bélico chileno durante la Guerra del Pacífico (1879-1884)», Journal of Iberian and Latin American Research 22, n.o 3 (1 de septiembre de 2016): 215-30, https://doi.org/10.1080/13260219.2016.1263356.

[24] William F. Sater, Chile and the United States: Empires in Conflict (University of Georgia Press, 1990).

[25] William Columbus Davis, The last conquistadores: the Spanish intervention in Peru and Chile 1863-1866 (Georgia: University of Georgia Press, 1950).

[26] Richard Sakwa, Advanced Introduction to Russian Politics (Edward Elgar Publishing, 2023).

[27] Emmanuel Todd, La derrota de Occidente (Ediciones AKAL, 2024).

[28] Leoncio López Ocón y Miguel Angel Puig Samper, «Los condicionantes políticos de la Comisión Científica del Pacífico: hispanoamericanismo y nacionalismo en la España bajoisabelina( 1854-1868)», en Estudios sobre historia de la ciencia y de la técnica (IV Congreso de la Sociedad Española de Historia de las Ciencias y de las Técnicas, Valladolid: Junta de Castilla y León, 1988), 615-30, https://dialnet.unirioja.es/servlet/articulo?codigo=577391.

[29] Sater, Chile and the United States.

[30] Peter Turchin, War and Peace and War: The Rise and Fall of Empires (Penguin Publishing Group, 2007).

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