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La doctrina de Infantería antes de la Primera Guerra Mundial

https://global-strategy.org/doctrina-de-infanteria-antes-de-la-primera-guerra-mundial/ La doctrina de Infantería antes de la Primera Guerra Mundial 2018-03-14 11:47:09 Carlos Javier Frías Sánchez Blog post War Studies
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Hasta la Primera Guerra Mundial la Infantería se articulaba en unidades a pie y dotadas de armamento homogéneo: fusiles con bayoneta. De ahí lo acertado de las denominaciones de sus unidades como ‘de fusileros’.

Todavía en los años inmediatamente anteriores a la Gran Guerra, los Ejércitos europeos seguían considerando que la Infantería actuaría de un modo básicamente similar al que había empleado en tiempos de Napoleón: desplazándose en columnas y desplegando en formaciones más o menos abiertas para el ataque.

La organización general de las unidades de Infantería en ataque contemplaba dos tipos de fuerzas distintas: unas avanzadillas compuestas de tiradores (la ‘Infantería ligera’ tradicional) que avanzaba en formaciones muy abiertas a vanguardia del grueso de las unidades, con la misión de hostigar a la fuerza enemiga, desorganizarla en lo posible y obstaculizar su despliegue. Tras esta pantalla de cobertura avanzaba el grueso de la Infantería (la ‘Infantería de línea’, llamada así por la formación tradicional en la que atacaba), con formaciones mucho más cerradas, encargadas de ejercer el papel resolutivo en la acción. Estas fuerzas se denominaban a veces ‘soportes’.

En defensiva, la Infantería contaba con la gran capacidad de fuego de sus fusiles, pero se esperaba mantener la formación y disparar en descargas al unísono, como medio de controlar el consumo de munición. Además de la línea, se contemplaba el despliegue en ‘cuadros’, para defenderse de la Caballería. Para facilitar el despliegue en cuadros, las unidades de Infantería se organizaban en cuatro elementos: las Compañías tenían cuatro Secciones (cada una de las cuales desplegaba en uno de los lados del cuadro) y los Batallones se organizaban a cuatro compañías, por idénticos motivos. No se contemplaban los cuadros por encima del nivel del Batallón. La fortificación apenas se trataba, pues se esperaba que la movilidad fuera un factor clave de la victoria.

Pese al enorme desarrollo del armamento individual, todavía se consideraba valido el adagio de Suvorov de que ‘el fuego es la locura, las bayonetas la sensatez’: todos los Ejércitos que estaban a punto de iniciar la guerra seguían contemplando el choque a la bayoneta (o la amenaza de éste) como el elemento decisivo en el combate de la Infantería. Para llegar a emplear la bayoneta, y ante la eficacia demostrada de los nuevos fusiles, era necesario que la Infantería se moviese con rapidez (para estar menos tiempo expuesta al fuego enemigo) y que los infantes tuviesen las condiciones morales necesarias para proseguir el avance hasta la distancia de asalto, pese a las bajas sufridas.

Como ejemplo, el Reglamento de Infantería alemán de 1899 establecía que:

‘Cuando el jefe decida iniciar el asalto, el corneta tocará ‘fijar las bayonetas’ (…) Tan pronto como se haya formado en línea para el asalto, el corneta tocará ‘de frente, paso ligero’, los tambores harán sonar sus cajas y toda la fuerza se lanzará con la mayor determinación contra el enemigo. Será un punto de honor para los tiradores avanzados no dejar que los soportes los alcancen antes de que hayan penetrado en la posición enemiga. Cuando se encuentren inmediatamente frente al enemigo, los hombres cargarán a la bayoneta, y, con un grito, penetrarán en la posición’.

Todavía en 1910, el General Sir Lancelot Kiggle, muy próximo al futuro jefe británico en Flandes, Sir Douglas Haig, escribía que:

‘La victoria se alcanza en realidad mediante la bayoneta o el miedo a ella, lo que al final es lo mismo a efectos de la ejecución del ataque’.

Y uno de los protagonistas de la Gran Guerra, el Mariscal Foch, mantenía en 1911 que:

‘Cualquier mejora en las armas de fuego solo añade fuerza a la ofensiva’.

Esta percepción sobre el combate de Infantería se traducía en una cierta resistencia a introducir cualquier ‘novedad’ que pudiese dificultar el rápido avance de los infantes por la zona sometida al fuego enemigo. En este sentido, una de las armas que protagonizaron el conflicto, la ametralladora, era muy poco apreciada en vísperas de la Gran Guerra.

En efecto, en los Ejércitos de principios del siglo XX, las ametralladoras eran, en general, escasas, (con la excepción del Ejército alemán, explicada más adelante), pues eran pesadas y su consumo de munición era (relativamente) alto, lo que imponía exigencias en la cantidad de munición a transportar. Puesto que se consideraba que el combate se basaría esencialmente en la movilidad, se juzgaba que las pesadas ametralladoras limitarían la velocidad de movimiento de la Infantería, por lo que no parecían tener una función que no fuese defensiva. De hecho, en 1914 la dotación habitual de estas armas era de solo una Sección de dos ametralladoras por unidad tipo Batallón.

La ‘excepción alemana’ no se debía a que considerasen un uso distinto de la ametralladora, sino del hecho de que su posición geográfica entre dos enemigos poderosos (Francia y Rusia) hacía inevitable adoptar la defensiva en uno de los frentes, mientras se derrotaba ofensivamente al otro adversario. Los alemanes consideraban que el fuego de una ametralladora en defensiva equivalía al de varias docenas de infantes, mientras que era más sencillo adiestrar a la dotación de una de estas máquinas que a las docenas de infantes equivalentes. Pese a disponer de numerosas ametralladoras, tampoco los alemanes tenían una doctrina clara de empleo, especialmente, en ofensiva.

No obstante, el principal objeto de las discusiones tácticas acerca del empleo de la Infantería en los años previos a la Primera Guerra Mundial se centró, con gran diferencia, en la cuestión del empleo de formaciones en ‘orden abierto’ o en ‘orden cerrado’.

Carlos Javier Frías Sánchez

Carlos Javier Frías Sánchez es Coronel Jefe de la Secretaría Técnica de la División de Planes Estado Mayor del Ejército español

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