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Evolución de la doctrina militar: Orden abierto y orden cerrado

https://global-strategy.org/orden-abierto-y-orden-cerrado/ Evolución de la doctrina militar: Orden abierto y orden cerrado 2018-03-17 12:13:42 Carlos Javier Frías Sánchez Blog post War Studies Doctrina militar Guerra siglos XVI - XIX
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A lo largo del siglo XIX el mencionado incremento de la potencia de fuego fue un proceso progresivo, paralelo al desarrollo general de la tecnología. De hecho, mucho antes del cataclismo de 1914, ya hubo claras ‘advertencias’ de la situación que se avecinaba, como la Guerra Civil norteamericana, los efectos del empleo de las ametralladoras Maxim en Sudán por los británicos (en la batalla de Omdurmán, el 2 de septiembre de 1898, una pequeña fuerza expedicionaria británica derrotó a un contingente cinco veces superior de sudaneses; estos fueron incapaces de acercarse a más de 50 m. de las líneas británicas, gracias en gran medida al empleo por los británicos de ocho ametralladoras Maxim) o los efectos de la artillería de tiro rápido y de las ametralladoras en la Guerra Ruso-Japonesa de 1905.

Sin embargo, antes de 1914, las ametralladoras eran armas muy escasas. En realidad, se consideraban casi como piezas de Artillería, apreciación que derivaba de sus elevados peso y volumen, que forzaban su transporte en montajes similares a los de las piezas ligeras. Sin embargo, su limitado alcance (en comparación con los cañones) y la escasa potencia de sus proyectiles, hacían que los artilleros mostrasen muy poco interés en ellas. Solo cuando los avances técnicos permitieron aligerar estas armas – ya a principios del s. XX –  comenzaron a ser suministradas a las unidades de Infantería, que no se mostraron muy entusiasmadas con ellas, debido a su todavía elevado peso, a su previsiblemente elevado consumo de munición y a su falta de precisión en el tiro. Estas características parecían hacer a estas armas aptas únicamente para acciones defensivas, una modalidad de combate muy poco apreciada.

En conjunto, en términos de potencia de fuego, el ejemplo siguiente resulta ilustrativo:

  • En 1800, un fusilero bien adiestrado podía disparar 2 disparos por minuto, con un alcance de unos 200 m. La Infantería atacante necesita aproximadamente 1 minuto para cubrir 200 m. a paso de carga. En consecuencia, una unidad en ataque sólo recibía dos descargas de fusilería enemigas, hechas con mosquetes de ánima lisa (muy poco precisos). Resultado: bajas limitadas.
  • En 1914, un fusilero podía disparar diez o más disparos por minuto, con un alcance de 1000 m. La Infantería atacante necesita no menos de 5 minutos para cubrir 1000 m. a la carrera. En consecuencia, una unidad en ataque recibía no menos de cincuenta descargas enemigas, hechas con fusiles rayados (muy precisos). La cantidad de fuego recibida se había multiplicado por 25, sin tener en cuenta el enorme incremento de la precisión. Si a eso le añadimos el fuego de las ametralladoras (300 dpm de cadencia media en 1914) y el de la Artillería, resulta evidente que los ataques de Infantería se enfrentaban a un escenario mucho más peligroso que el de principios del siglo XIX. Este cálculo es ‘conservador’: ya en 1862, Moltke calculaba que la Caballería recibiría cien descargas antes de llegar al choque, y la Infantería, un millar.

La primera consecuencia de este hecho fue el abandono progresivo de las formaciones de ‘orden cerrado’, que presentaban excelentes blancos al fuego enemigo, y su sustitución por las de ‘orden abierto’ u ‘orden extendido’, buscando reducir los efectos del fuego mediante la dispersión. Estas nuevas formaciones implicaban un marco organizativo y psicológico completamente diferente del ligado al ‘orden cerrado’. La transición hacia el ‘orden abierto’ no fue ni universal, ni inmediata, ni exenta de críticas.

El ‘orden cerrado’ se caracteriza por la densidad de las formaciones, por la adopción de movimientos regulados y que se ejecutan por la unidad de forma simultánea. En este tipo de formaciones, el soldado no tiene que pensar por sí mismo: basta que obedezca fielmente las órdenes recibidas. El ‘orden cerrado’ proporciona al soldado sensación de pertenencia a una Unidad y la compañía de sus iguales le da seguridad.

La forma de combatir en las formaciones de ‘orden cerrado’ permite que un número reducido de Oficiales y Suboficiales controle a una gran cantidad de tropa. Los deberes de los Oficiales y Suboficiales (especialmente de éstos últimos) se limitan a vigilar el exacto cumplimiento de las órdenes, y a mantener en todo caso la formación. Mientras la unidad mantenga la formación, seguirá combatiendo. De la tropa y de sus mandos directos no se esperan ni iniciativa ni profundos conocimientos tácticos o técnicos, sino disciplina y valor.

En cambio, en las formaciones en ‘orden abierto’, el soldado es un combatiente mucho más individual: no siempre recibirá órdenes sobre lo que tiene que hacer en cada momento, sino que se espera que él sea capaz de adoptar sus propias decisiones, en el marco de las órdenes recibidas. De la misma forma, los Oficiales y Suboficiales no pueden limitarse a vigilar el cumplimiento de las órdenes, sino que deben estar en condiciones de mantener la cohesión de su Unidad cuando ella está inherentemente dispersa. Esto obliga a que tengan un mayor grado de iniciativa y unos conocimientos tácticos superiores. Además de ello, la dispersión destruye el sentimiento de seguridad que proporciona al soldado el ‘orden cerrado’, por lo que éste tiende a verse en un campo de batalla ‘vacío’, en el que se siente solo frente al enemigo.

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Carlos Javier Frías Sánchez

Carlos Javier Frías Sánchez es Coronel destinado en la División de Plantes del Estado Mayor del Ejército de Tierra español

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