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El conflicto entre Rusia y Ucrania… lo que el viento no se llevó

https://global-strategy.org/el-conflicto-entre-rusia-y-ucrania-lo-que-el-viento-no-se-llevo/ El conflicto entre Rusia y Ucrania… lo que el viento no se llevó 2022-03-02 13:20:21 Enrique Fojón Blog post Estudios Globales Guerra Rusia - Ucrania Rusia

Todas las Grandes Potencias necesitan un principio rector de su estrategia; surgen y se desvanecen por la dinámica de la Historia. No existen pautas que determinen si ha comenzado el declive irreversible de una Gran Potencia o, simplemente, se encuentra en una retirada temporal. Los períodos de transición están plagados de graves riesgos de guerra enraizados en errores de cálculo de las relaciones de poder. Una de esas situaciones se desarrolla en Ucrania.

El denominado orden unipolar, centrado en los Estados Unidos, lleva tiempo en acelerado declive hasta hacerse irreconocible, como se deduce de su decreciente influencia en la configuración e implementación de la política, la economía y las relaciones internacionales globales. La situación mundial soporta un cambio continuo y profundo en los aspectos estratégicos y geoeconómicos, con sus repercusiones políticas, hasta el punto de ser irreconocible comparada con la del anterior decenio. Tales cambios y transformaciones tienden a crear inestabilidad y tensiones, debido tanto a la resistencia del ‘Hegemón’ a perder su status como al impulso de otras Grandes Potencias para arrebatárselo. Los medios y procesos para gestionar los cambios y regular las relaciones internacionales se ejercen a través de la lente de la geopolítica, que está destinada a garantizar y maximizar los intereses propios y reducir las oportunidades para los competidores y oponentes.

Una ‘Victoria Fría’

En 1948, Estados Unidos comprobó que la ambición expansionista de Moscú en Europa era ilimitada, como demostró el golpe de Praga y el bloqueo de Berlín. Europa Central se convirtió en un espacio político, económico y militar soviético. En 1949 los aliados occidentales firmaban el Tratado del Atlántico Norte, creando una alianza militar antisoviética.

En la década de 1950, Estados Unidos promovió brevemente la restauración de la independencia nacional para los estados de detrás del denominado Telón de Acero, pero la disuasión nuclear soviética y la reticencia de los países de la Europa Occidental hicieron que esa política fuera demasiado peligrosa para seguirla. Se constataba así a la URSS como Gran Potencia que, basada en la Doctrina Brezhnev, promovía que la Unión Soviética se reservase el derecho del empleo de la fuerza militar para defender el sistema comunista en los estados del Pacto de Varsovia, que  que operaban como el glacis de la URSS.

La situación de seguridad cambió en 1989. Los procesos de reforma de Gorbachov para los estados satélites soviéticos crearon una nueva oportunidad para reorganizar este espacio estratégicamente crucial. La OTAN y los Estados Unidos no estuvieron dispuestos a explotar el vacío de poder emergente y poner fin a la Guerra Fría, sino que fueron los europeos del Este quienes rechazaron el acuerdo ofrecido por Gorbachov y optaron por un “nuevo orden”.

Con Alemania ya reunificada en 1990 se creaba en el Este de Europa un vacío de poder que se expandió hacia el Este con la implosión de la Unión Soviética en 1991. La soberanía fue devuelta a los antiguos satélites y, además, surgieron las repúblicas exsoviéticas sobre las ruinas de la propia URSS. Gorbachov aceptó la nueva Alemania dentro de la OTAN, creyendo que obtenía como contrapartida que la OTAN no se ampliaría hacia el Este.

La independencia de la exsoviética Ucrania implicaba un revés estratégico para Moscú, entre otros factores como población y recursos naturales, la perdida de los pasos de los Cárpatos, uno de los frutos más importantes de la victoria soviética en la Segunda Guerra Mundial y puerta de paso hacia las llanuras húngaras, y al corazón de Europa.

La OTAN sin la URSS

El 1 de marzo de 1991, Richard Haas publicaba en Brookings un análisis sobre la ampliación de la OTAN en la que los, entonces, dieciséis miembros de la Alianza, bajo la dirección de Washington, pronto invitarían a Polonia, Hungría, la República Checa y posteriormente a otros a unirse a ella. Expresaba que había sólidos argumentos para ampliar la Alianza, principalmente “para asegurar la orientación democrática y occidental de los estados seleccionados del antiguo Pacto de Varsovia y protegerse contra la incertidumbre política en Rusia”. [1]

Entre los argumentos en contra de la ampliación citaba: la limitación de la capacidad para lograr consensos, la debilidad de la seguridad de los estados que no participasen, el aumento de las demandas sobre los presupuestos de defensa cuando ya partían de una sobrecarga y la alienación de Rusia. Deducía que el proceso podría debilitar la seguridad de Europa.

Según Haas, la seguridad europea dependería de la colaboración de Estados Unidos, Gran Bretaña, Alemania, Francia y Rusia, pero este escenario se vería socavado por la ampliación de la OTAN, impulsada desde la política interna de los Estados Unidos. En ese caso preconizaba que las principales amenazas a la seguridad serían: el colapso de la estabilidad política y económica; la proliferación nuclear no intencionada y/o el fracaso del proceso del Tratado de Reducción de Armas Estratégicas (START), así como el renacimiento de las aspiraciones políticas y territoriales de Rusia. Los tres riesgos serian marginales mientras Rusia se comprometiese constructivamente con Occidente.

La expansión de la OTAN amenazaba ese compromiso de colaboración. Todos los sectores de la opinión rusa lo consideraron una violación del acuerdo alcanzado en 1990 y que probablemente conduciría al fracaso de la cooperación. Las invitaciones a Polonia, Hungría y la República Checa no podían anularse, pero las consecuencias podían haberse mitigado, por ejemplo, valorando la posibilidad de abstenerse de integrarlas en la estructura militar de la OTAN, dejando de propagar que la pertenencia a la OTAN está abierta y perpetuando la zona libre de armas nucleares que, de facto, existe actualmente en Europa Central y Oriental.

La estrategia estadounidense tras la Guerra Fría tuvo que decidir si la Federación Rusa era una Gran Potencia en retirada temporal o en declive permanente. La independencia de Kosovo y otros sucesos motivaron la falsa asunción contenida en la segunda opción. Las declaraciones y acciones del presidente Vladimir Putin indicaban su convicción de que Rusia debía dejar de retroceder. La política exterior de Washington “sobrada” tras la Guerra Fría perdió el marco analítico de tratar a Rusia como un par cuyos intereses y sensibilidades debían ser valorados, aunque no necesariamente siempre asumidos. Todo esto condujo a un catastrófico error de juicio en la decisión de apoyar activamente el derrocamiento del presidente ucraniano prorruso, pero electo, en 2014 y reemplazarlo por otro dócil y antirruso.

Cuando en 2014, tras el Euromaidan, con intervención americana, Moscú optó por la acción directa en Ucrania para oponerse abiertamente a la incorporación a la OTAN de más exrepúblicas soviéticas, cambió el panorama estratégico en Europa del Este y, por ende, de toda la península europea y sus approaches. El hecho invalidaba las narrativas políticamente correctas apoyando las bondades del liberalismo y dejaba al descubierto “inadecuaciones” estratégicas consecuencia de la ampliación abierta de la OTAN. El “enlargement” del último cuarto de siglo no ha supuesto el fortalecimiento de la Alianza, más bien se ha ido configurando algo parecido a una coalición “ad hoc”. Hechos como la Guerra de Libia, a los pocos meses de la Cumbre de Lisboa de 2010, y el incumplimiento de la referencia presupuestaria del 2% del PIB establecido en Gales en 2014, así lo confirman.

En términos de capacidad militar de la Organización, la ampliación no ha supuesto su refuerzo ni el aumento de su cohesión, al contrario, ha creado nuevas necesidades y discrepancias. El hecho palmario es que la actual “área” OTAN se encuentra rodeada de inestabilidades por diferentes amenazas no sincronizadas. Es difícil configurar una amenaza o riesgo que sea percibida por igual en Polonia y Portugal, así como negar, u omitir, la existencia de un Frente Sur. El ambiente benigno en Europa tras la Guerra Fría facilitó que la “visión” ocultase los peligros que constituía la acción. Mientras la situación en el escenario mundial se mantuvo bajo control, dada la hegemonía americana, los desacuerdos se abordaron diplomáticamente. Cuando se trataba de actuaciones militares, siempre era el mismo grupo de naciones el que tomaba la iniciativa, mientras que el apoyo de otros era, en muchos casos, meramente simbólico.

Además, la pretensión de la UE de poseer lo que se denomina ‘autonomía estratégica’ aumentó la confusión, pues la superposición en el mismo espacio de una alianza militar y otro ente de naturaleza poco definida, compartiendo actuaciones de poder, constituye una contradicción estratégica en términos.  

Al término de la efímera hegemonía norteamericana tras la Guerra Fría, se configuró la situación conocida como Competición entre Grandes Potencias, la multipolaridad tendencialmente sustituía al multilateralismo. Los viejos esquemas mentales ya no son válidos en la presente situación. El cambio de paradigma es necesario, pero primero hay que identificar las causas y dirección del cambio real que permita concebir y desarrollar la necesaria innovación. Actualmente los actore competidores no son autónomos, el alto grado de conectividad invalida mitos como el de un flat world, ya que los competidores dependen unos de otros más que durante Guerra Fría. El enfrentamiento Moscú-OTAN afecta a los mismos estados objeto de la ampliación del bloque, cuyo cometido primario era el de servir de “buffer” para la seguridad europea, cuando en realidad se aumentaba el riesgo de producir ocasiones susceptibles de aplicación del Art.5.

Sin embargo, aquí es donde la diversidad de intereses nacionales entra en juego como un factor determinante, ya que varios aliados no consideran la situación como una amenaza inminente para ellos, aunque apoyen formalmente la causa común. Para algunos, la situación en la Europa del Este está demasiado lejos y en un contexto no inmediato. En otras palabras, cuando la OTAN procedió al enlargement, no contemplaba la posibilidad de estar creando una situación potencialmente favorable al uso del artículo 5.

A lo largo del periodo bipolar, la OTAN proyectó una imagen e influencia muy positivas. Tras la reunificación de Alemania y posterior implosión de la URSS, se apartó de su naturaleza defensiva y se promocionó como una institución para la estabilidad y la transformación política con operaciones de gestión de crisis, aspecto que la alejaba de su carácter de alianza. La actuación militar en Bosnia fue exitosa, pero considerarla como un actor en las guerras de Irak y Libia, o en Afganistán, no se corresponde con la realidad ya que, de facto, fueron operaciones lideradas por Estados Unidos. Además, esa narrativa deformaba la finalidad del contenido del Tratado del Atlántico Norte. Actualmente, con la crisis ucraniana, se ha configurado una situación acorde con la finalidad primigenia del Tratado, la defensiva, pero en otras circunstancias.

La visión de los ungidos

En su famosa obra, The vision of the anointed, Thomas Sowell afirmaba: “Los peligros de una sociedad pueden ser mortales sin ser inmediatos. Uno de tales peligros es la visión social prevalente en una época determinada y el dogmatismo con la que las ideas, fundamentos y actitudes que forman esa visión se mantienen”. [2]

Desde 1992, la idea dominante en los Estados Unidos es que había vencido en la pugna geopolítica, conocida como ‘Guerra Fría’, contra la Unión Soviética, a pesar de que, en realidad, la Unión Soviética no sufrió ninguna derrota militar.

Tras la reunificación de Alemania y la implosión de la Unión Soviética, gran parte de las élites políticas y académicas occidentales concluyeron que la aplicación de doctrinas realistas en Relaciones Internacionales estaba obsoleta y que los ideales neoliberales deberían guiar la conducta de la política exterior de la indiscutible hegemonía occidental personificada en Estados Unidos. Las élites estadounidenses y europeas creían que la democracia liberal, el libre mercado, el estado de derecho y otros valores liberales podían materializarse y que la implantación de un orden liberal global estaba al alcance. El entonces candidato presidencial Bill Clinton en 1992, expresó que: “el cálculo cínico de la política de poder puro” no tenía lugar en el mundo moderno y que un orden liberal emergente produciría muchas décadas de paz democrática.

Si esta visión optimista hubiera sido contrastada con la realidad histórica, difundir la democracia y extender las garantías de seguridad de Estados Unidos a la esfera tradicional de influencia de Rusia, habría puesto de manifiesto no pocos riesgos. Los opositores a la ampliación de la OTAN se apresuraron a advertir que Rusia, inevitablemente, la consideraría como una amenaza y sería difícil evitar un futuro enfrentamiento con Moscú. Personalidades importantes, se opusieron a la ampliación desde el principio, entre ellas el diplomático George Kennan, el politólogo Michael Mandelbaum y el que fuese Secretario de Defensa William Perry; otros fueron más “flexibles”, como el entonces subsecretario de Estado Strobe Talbott y el ex Secretario de Estado Henry Kissinger.

La visión de la expansión se impuso basada en que ayudaría a consolidar nuevas democracias en Europa Oriental y Central y crear una “amplia zona de paz” en toda Europa. No importaba que algunos de los nuevos miembros de la OTAN no aportasen capacidades militares a la Alianza o, lo que es lo mismo, que aportasen vulnerabilidades. Se negó la evidencia al pensar que la paz sería tan robusta y duradera que cualquier promesa de proteger a esos nuevos aliados nunca tendría que ser honrada. Pero lo que realmente importaba era lo que los líderes de Rusia pensaban, incluida la posibilidad de aceptar que la OTAN, entiéndase su líder, no tuviese intenciones perversas. Sin embargo, no se tuvo en cuenta que las circunstancias geopolíticas tienen sus propias inercias.

Aunque en su día Moscú no tuvo más remedio que admitir el ingreso de Polonia, Hungría y la República Checa en la OTAN, las preocupaciones rusas crecieron al comprobar que la intención ampliatoria era ilimitada. La alarma rusa aumentó cuando Estados Unidos invadió Irak en 2003, una decisión que mostró una interpretación laxa del derecho internacional, confirmándose con hechos como cuando el Reino Unido, Francia y la administración Obama circunvinieron la autoridad de la Resolución 1973 del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas y colaboraron en el derrocamiento del líder libio Muammar al-Gaddafi en 2011. Rusia se había abstenido en la resolución, que autorizaba la protección de civiles, pero no apoyó el cambio de régimen.

El enfoque realista de las Relaciones Internacionales, preconiza que las Grandes Potencias tienden a ser extremadamente sensibles al entorno de seguridad en sus vecindarios inmediatos, algo inadmisible ideológicamente tanto por el neoliberalismo y como por el constructivismo. El Tratado del Atlántico Norte cumplió su objetivo a finales del 1991 y su interpretación al finalizar la bipolaridad tiene una gran carga de voluntarismo. Una interpretación laxa es la insistencia repetida de que la ampliación es un proceso abierto y que cualquier país que cumpla con los criterios de membresía es elegible para unirse. El artículo 10 se limita a decir: “Las Partes podrán, por acuerdo unánime, invitar a cualquier otro Estado europeo que esté en condiciones de promover los principios del presente Tratado y contribuir a la seguridad de la zona del Atlántico Norte a adherirse al presente Tratado”. El concepto clave está contenido en la palabra “puede” lo que excluye el derecho a unirse a la OTAN. Quizás la aplicación del Artículo 12 hubiese sido de utilidad[3].

Cualquier alianza militar, si mantiene su carácter, puede incorporar nuevos miembros si las partes así lo acuerdan, y la OTAN lo había hecho en varias ocasiones. Pero proclamar abiertamente un compromiso activo e ilimitado para avanzar hacia el Este, no era la finalidad de la Alianza y la postura estaba destinada a aumentar aún más los temores rusos. Otro episodio de difícil encaje en el Tratado fue la decisión de la administración Bush de nominar a Georgia y Ucrania para su ingreso en la OTAN en la Cumbre de Bucarest de 2008[4].

Ya en 2014, meses después del ataque ruso a Ucrania, provocado por los sucesos de Maidam, Mearsheimer describía la situación en los siguiente términos: “De acuerdo con la visión prevalente en Occidente, la crisis de Ucrania puede atribuirse casi por completo a la agresión rusa. El presidente ruso, Vladimir Putin, según el argumento, anexó Crimea por un deseo a largo plazo de resucitar el imperio soviético y “eventualmente” podría ir tras el resto de Ucrania, así como otros países de Europa del Este. Desde este punto de vista, el derrocamiento del presidente ucraniano Viktor Yanukovich en febrero de 2014 simplemente proporcionó un pretexto para la decisión de Putin de ordenar a las fuerzas rusas que se apoderaran de parte de Ucrania. Pero este relato se considera erróneo: Estados Unidos y sus aliados europeos comparten la mayor parte de la responsabilidad de la crisis.

La raíz principal del problema es la ampliación de la OTAN, como una finalidad y el elemento central de una estrategia más amplia para sacar a Ucrania de la órbita de Rusia e integrarla en Occidente. Al mismo tiempo, la expansión de la UE hacia el Este y el respaldo de Occidente al movimiento prodemocrático en Ucrania, comenzando con la Revolución Naranja en 2004, también fueron elementos críticos. Desde mediados de la década de 1990, los líderes rusos se han opuesto firmemente a la ampliación de la OTAN y, en los últimos años, han dejado claro que no se quedarían de brazos cruzados mientras su vecino estratégicamente importante se convirtiera en un bastión del oeste.

Para Putin, prosigue Mearsheimer, el derrocamiento del presidente democráticamente elegido y prorruso de Ucrania, lo calificó con razón de “golpe de Estado”, fue la gota que colmó el vaso. Respondió tomando Crimea, una península que temía que albergara una base naval de la OTAN, y trabajando para desestabilizar Ucrania hasta que abandonara sus esfuerzos para unirse a Occidente. El rechazo de Putin no debería haber sido una sorpresa. Después de todo, Occidente se había estado moviendo hacia el patio trasero de Rusia y amenazando su núcleo.

Las élites en los Estados Unidos y Europa han sido sorprendidas por los acontecimientos porque suscriben el discurso de una visión idealista de la política internacional. Tienden a creer que la lógica del realismo tiene poca relevancia en el siglo XXI y que Europa puede mantenerse entera y libre sobre la base de principios liberales como el estado de derecho, la interdependencia económica y la democracia. Pero este gran plan salió mal en Ucrania.

“La crisis allí muestra que la realpolitik sigue siendo relevante, y los estados que la ignoran deben afrontar los riesgos que conllevan. Los líderes estadounidenses y europeos arriesgan mucho al querer convertir a Ucrania en un bastión occidental en la frontera con Rusia. Ahora que las consecuencias han quedado al descubierto, sería un error aún mayor continuar con esta política mal concebida.”[5] Esta actitud condujo a un catastrófico error de juicio en la decisión de participar activamente en el derrocamiento del presidente ucraniano prorruso, pero electo en 2014, y reemplazarlo por uno  antirruso”[6].

El apoyo estadounidense a favor de los manifestantes y su participación activa en el esfuerzo por elegir al sucesor de Yanukovich, dio crédito a los temores rusos de que se trataba de una revolución de color patrocinada por Occidente. La sorpresa se concretó cuando el presidente ruso, Vladimir Putin, ordenó la ocupación de Crimea y respaldó los movimientos separatistas de etnia rusa en las provincias orientales de Ucrania, sumiendo al país en un conflicto congelado que ha persistido hasta la intervención en febrero.

Se articula una postura común en Occidente: defender la expansión de la OTAN y culpar de la crisis de Ucrania únicamente a Putin. Rusia ha transgredido el Memorándum de Budapest de 1994, que proporcionó garantías de seguridad a Ucrania a cambio de que renunciara al arsenal nuclear que heredó de la Unión Soviética. Estas y otras acciones han planteado preocupaciones legítimas sobre las intenciones rusas, y la ocupación de Crimea ha creado animadversión hacia el Kremlin.

Aparentemente, se debe comenzar con el hecho de que el conflicto que se desarrolla ante nuestros ojos tiene todos los signos de una situación revolucionaria clásica: una de las grandes potencias, por razones internas, ya no puede hacer frente al orden internacional, que limita la realización de sus intereses básicos y la protección de los valores. Las demandas que Rusia hizo a fines de 2021 se dirigen simultáneamente a los aspectos sustantivos y de procedimiento de todo el sistema de sus relaciones con Occidente. Aunque la insistencia de Moscú en el compromiso de Estados Unidos de abstenerse de expandir la base institucional y militar-tecnológica de su presencia en las fronteras rusas apunta a un territorio específico, el hipotético cumplimiento de estos requisitos significaría una nueva interpretación de las reglas que determinan el orden europeo posterior a la Guerra Fría. Rusia insiste en un cambio de énfasis en la Carta de París de 1990 como una forma de traer los cambios políticos necesarios para deshacerse del desdén mostrado contra Moscú. Los Estados Unidos, a su vez, se han negado a tomar decisiones formales sobre esta cuestión, aunque es muy probable que se ofrezcan a adoptar compromisos sustantivos, lo que aliviaría muchas de las preocupaciones de Rusia en términos prácticos.

Reconstruir Occidente

A medida que se desarrolla la crisis en Ucrania, Occidente no debe subestimar a Rusia. No debe apostar por relatos inspirados en ilusiones. La victoria rusa en Ucrania no será “autonomía estratégica”, o sea, ciencia ficción, será un revulsivo geopolítico.

Si Rusia gana el control de Ucrania o logra desestabilizarla a gran escala, comenzará una nueva era para Estados Unidos y para Europa. Un nuevo Telón de Acero se elevará en el Este de Europa y la seguridad europea tendrá que reconsiderarse para no verse arrastrados a una guerra mayor con Rusia. Todas las partes tendrían que considerar el potencial de los adversarios con armas nucleares en la confrontación directa. Estas dos responsabilidades —defender enérgicamente la paz europea y evitar prudentemente la escalada militar con Rusia— no serán necesariamente compatibles. Estados Unidos y sus aliados podrían encontrarse profundamente desprevenidos para la tarea de tener que crear un nuevo orden de seguridad europeo como resultado de las acciones militares de Rusia en Ucrania.

Una visión rusa la proporciona Andrey Sushentsov.[7] Admite que tras el fin de las hostilidades y el enfriamiento, las negociaciones inevitablemente se reanudarán. Pero, en cualquier caso, será en otro escenario, el objetivo ruso es “alejará la frontera de seguridad de sus fronteras, más profundamente hacia Occidente”. Ucrania recibirá un nuevo gobierno títere y será desmilitarizada. Se preconiza una unión entre Rusia, Ucrania y Bielorrusia. Si la amenaza hibrida estadounidense de crear un sistema de apoyo para la clandestinidad ucraniana desde bases en territorio de los estados de Europa del Este comienza a materializarse, Rusia tendrá en mente una respuesta simétrica: una fuerte presión sobre los países de Europa del Este.

Añade Sushentsov que en el nuevo escenario, Rusia no tolerará las violaciones de los derechos de las personas con identidad rusa, dondequiera que vivan: los defenderá con dureza y persistencia. El intercambio de ataques cibernéticos se convertirá en una rutina donde un conflicto militar directo entre Rusia y Occidente es imposible. “En caso de despliegue de armas ofensivas en países de la OTAN en las fronteras rusas, por ejemplo, en el territorio de los estados bálticos o Polonia, Rusia desplegará contramedidas en lugares inesperados de Europa y el hemisferio occidental.”


Preconiza que: “el proceso clave de este nuevo mundo será la llamada confrontación administrada entre Rusia y Occidente, evitando una escalada espontánea hacia la guerra”. El objetivo de Rusia permanece sin cambios: crear un sistema de seguridad más justo en Europa que tenga mejor en cuenta los intereses rusos. “La interdependencia entre Rusia y los países de Occidente se debilitará, pero no se romperá por completo. Las entregas de recursos energéticos rusos a cambio de tecnologías occidentales estarán en demanda. Tampoco es posible excluir completamente a Rusia del sistema financiero global. Sin embargo, las sanciones impuestas por Estados Unidos y la UE acelerarán la retirada del dólar en los acuerdos internacionales”.

Alude a la desinformación cuando hace referencia a los medios de comunicación al señalar que la percepción de la crisis actual es la indicada a través de los ojos de Occidente, aunque los actores importantes en la situación actual son los estados de Oriente: China ha elegido una línea cautelosa en relación con lo que está sucediendo, y está enviando señales de que es una de las partes que están interesadas en crear un orden mundial policéntrico.

Una alianza OTAN es el medio lógico por el cual Estados Unidos puede ofrecer garantías de seguridad militar a Europa para disuadir a Rusia. La guerra en Ucrania reviviría a la OTAN como la alianza militar defensiva insuperable que fue diseñada para ser. Aunque los europeos exigirán un mayor compromiso militar con Europa por parte de Estados Unidos, la contraprestación europea debe ser ejemplar.


[1] https://www.brookings.edu/research/enlarging-nato-a-questionable-idea-whose-time-has-come/

[2] https://www.amazon.es/Vision-Anointed-Self-Congratulation-Social-Policy/dp/046508995X/ref=sr_1_1?__mk_es_ES=%C3%85M%C3%85%C5%BD%C3%95%C3%91&crid=2Y69IKGCG2XIF&keywords=the+vision+of+the+anointed&qid=1645197475&sprefix=the+vision+of+the+anointed%2Caps%2C137&sr=8-1

[3] Artículo 12: Cuando el Tratado lleve diez años de vigencia, o en cualquier fecha posterior, las Partes se consultarán, si una de ellas lo solicita, con vistas a revisar el Tratado teniendo en cuenta los factores que en dicho momento puedan afectar a la paz y la seguridad en la zona del Atlántico Norte, incluyendo el desarrollo de acuerdos tanto de ámbito mundial como regional, concluidos de conformidad con la Carta de las Naciones Unidas para el mantenimiento de la paz y seguridad internacionales.

[4] La ex funcionaria del Consejo de Seguridad Nacional de los Estados Unidos, Fiona Hill, reveló recientemente que la comunidad de inteligencia de los Estados Unidos se opuso a este paso. El presidente George W. Bush ignoró sus objeciones por razones que nunca se han explicado completamente. El momento de la medida fue especialmente extraño porque ni Ucrania ni Georgia estaban cerca de cumplir con los criterios para la membresía en 2008 y otros miembros de la OTAN se opusieron a incluirlos.

Citado en https://www.belfercenter.org/publication/liberal-illusions-caused-ukraine-crisis

[5] https://www.mearsheimer.com/wp-content/uploads/2019/06/Why-the-Ukraine-Crisis-Is.pdf

[6] https://www.washingtonpost.com/opinions/us-diplomat-victoria-nuland-needs-to-resign/2014/02/10/8b5c551c-91a3-11e3-b3f7-f5107432ca45_story.html

[7] https://valdaiclub.com/a/highlights/russia-ukraine-quo-vadis-/

Enrique Fojón

Coronel de Infantería de Marina (R) y Doctor en Relaciones Internacionales. Ha sido jefe de la Unidad de Transformación de las Fuerzas Armadas y asesor del Ministro de Defensa español.

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