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¿Está en juego únicamente el futuro de Afganistán?

https://global-strategy.org/esta-en-juego-unicamente-el-futuro-de-afganistan/ ¿Está en juego únicamente el futuro de Afganistán? 2021-11-17 20:26:17 Antonio Ruiz Benítez Blog post Estudios Globales Afganistán

Apenas han pasado unos meses desde la salida de las últimas tropas internacionales de suelo afgano, cuando este acontecimiento prácticamente ha dejado de tener repercusión en los medios de comunicación social. De pronto parece como si nada hubiese ocurrido, aunque de cuando en cuando, noticias horripilantes como la reciente decapitación de una deportista afgana de dieciséis años nos devuelven a la realidad más descarnada de este rincón del mundo.

Los talibanes no han surgido de la nada y su rápida irrupción apoderándose del poder en una carrera vertiginosa, no ha sido improvisada. A pesar de las previsiones y esfuerzos de los países occidentales, los otrora denominados insurgentes no han dejado de luchar a lo largo de estos veinte últimos años, y su rápido avance no habría sido posible de no haber contado con un sólido respaldo económico y un fuerte apoyo social en todo el país.

Lo cierto es que, en pocas semanas, los talibanes han logrado un control sobre el territorio afgano superior al que establecieron tras la proclamación del emirato entre 1996 y 2001, y sin hacer grandes ostentaciones de su poder, evitando así imágenes de ejecuciones o decapitaciones que tanto daño les hicieron, han comenzado a aplicar su estilo de gobierno ancestral basado en la Sharia.

Analistas internacionales y medios de comunicación social de todo el mundo han comparado la situación en Kabul de los últimos días de agosto con la retirada norteamericana de Saigón, en 1975, pese a las promesas del presidente Biden de que estas imágenes no volverían a repetirse. Sin embargo, la apariencia de lo ocurrido en la capital afgana ha hecho rememorar y no solo en los EE.UU. la imagen de una desbandada caótica con el consiguiente descrédito del mundo occidental.

Muchas son las incógnitas e incertidumbres que se abren a partir de ahora con respecto al futuro, algunas de las cuales nos surgen con carácter inmediato:

¿Se han cometido errores de apreciación del escenario post-retirada occidental o es consecuencia de una política errática?

¿La irrupción talibán se circunscribirá exclusivamente a su territorio o producirá un efecto multiplicador en los conflictos adyacentes?

¿La situación ha deteriorado exclusivamente la imagen de los países implicados o estamos asistiendo realmente a un declive del mundo occidental?

A lo largo de este artículo intentaremos responder a estas y otras preguntas que se nos plantean.

A vueltas con la geopolítica y la Historia

Una vez más, las circunstancias acaecidas han hecho recobrar protagonismo a la geopolítica y en el tablero afgano las potencias globales, emergentes y regionales, comienzan a replantear sus estrategias, haciendo bueno el dicho de que la historia no siempre se repite, pero casi siempre rima.

La situación geográfica de Afganistán ha jugado un papel esencial en el devenir histórico de los acontecimientos que le han afectado. Su ubicación estratégica como puente entre Oriente y Occidente le ha conferido un valor fundamental en el desarrollo económico y cultural de los pueblos y civilizaciones que le han rodeado. Sucesivamente a lo largo de los siglos, los imperios indio, mongol y británico han sufrido el azote afgano siendo testigos de lo que se ha dado en llamar <<la tumba de los imperios>> y sufriendo duras derrotas, pero la historia nos ha demostrado que no han sido los únicos.

Así, el obligado tránsito de la Ruta de la Seda china, le otorgó un papel esencial hasta que la apertura del canal de Suez lo condenó al ostracismo.

Pese a su pérdida de pujanza, las pugnas imperialistas entre Rusia e Inglaterra denominadas <<El Gran Juego>>, durante el siglo XIX, le hicieron retomar su viejo papel de territorio en litigio, en el intento de los británicos de impedir el acceso del imperio Ruso a la India.

Nuevamente, durante la Guerra Fría, el territorio afgano volvió a cobrar protagonismo como un elemento más en la dura pugna que ambos bloques mantenían constantemente por la supremacía internacional, hasta que acabó por caer en la órbita comunista, lo que motivó su ocupación por la URSS. Con la invasión soviética de Afganistán en 1979, se trató de promocionar las ciudades en detrimento del entorno rural para impulsar el desarrollo y facilitar la “civilización” del país, objetivo que no solo no se consiguió, sino que se contribuyó a lograr una radicalización aún mayor de la población, dando lugar a la aparición de movimientos extremistas que, con apoyo pakistaní, saudí y norteamericano, lograron la retirada de las tropas soviéticas en 1989, y tras un periodo de “tutelaje” soviético entre 1989 y 1992, provocó la entrada de los talibanes procedentes de Pakistán en suelo afgano en 1994, ocupando inmediatamente una gran parte del territorio y haciéndose con el poder total en 1996.

Tras los atentados del 11-S y la evidencia de su comisión por Al-Queida, los norteamericanos, aunque sin demasiado entusiasmo, decidieron intervenir en Afganistán en 2001, ante el manifiesto apoyo del régimen talibán a la red de Osama Bin Laden. Con la vista puesta en Irak y ante la más que probable invasión futura para derrocar al régimen de Sadam Hussein, se diseñó una intervención “quirúrgica”, rápida y económica, dejando la difícil tarea posterior de la reconstrucción y estabilización a las organizaciones y organismos internacionales. La exitosa operación provocó la caída del régimen talibán en apenas dos meses. La posterior misión de reconstrucción, aunque diseñada aceptablemente, resultaba cara y prolongada en el tiempo, circunstancias en las que ya no estaba tan de acuerdo la opinión pública norteamericana y con ella, la mayoría de la de los países occidentales que han padecido un agotamiento sistemático y, como consecuencia, una pérdida de interés en el desenlace final de la misión.

Finalmente, el anuncio del presidente Obama de que las tropas norteamericanas abandonarían definitivamente Afganistán en 2021, y su consumación por la administración Biden, concretando que lo realizarían antes del 11 de septiembre, pasando por unos acuerdos de paz vistos como una solución apresurada, auspiciados por la administración Trump, han desembocado una vez más en una situación que nos retrotrae a un “deja vu”. A un nuevo afianzamiento del movimiento talibán, que fiel a su paciencia estratégica, ha sido capaz de mantener su beligerancia latente durante veinte años a la espera de que la retirada occidental se consumase.

El imparable impulso con el que se han hecho con el poder y la fuerza de las armas han impedido ni siquiera, establecer un gobierno de transición que facilitase una evolución en las estructuras y estamentos nacionales que les permitiesen seguir conectados al contexto internacional. Pese a los acuerdos firmados unilateralmente con los EE.UU. sin participación alguna del gobierno legítimo afgano, en los que proliferaban las promesas de respeto a los derechos humanos de las minorías y de las mujeres, entre otros aspectos, la realidad ha sido y a buen seguro será en un futuro inmediato, bien distinta.

Dotada de una geografía muy complicada, en la que escasean las vías de comunicación, con zonas prácticamente inaccesibles y con una división administrativa producto de las medidas aplicadas por Gran Bretaña como consecuencia de la liquidación de su imperio, de Afganistán no puede afirmarse que presenta la estructura de un estado consolidado.

Las fronteras artificiales trazadas por los británicos en las tierras de los Pastunes otorgaron la parte oriental a la India tras la independencia, que posteriormente pasó a manos de Pakistán, dejando en ese país a más de 25 millones de pastunes, la etnia mayoritaria en Afganistán y que es a la vez la más numerosa de las que conforman el movimiento talibán, circunstancia que provoca una constante influencia e injerencia de Pakistán en los asuntos afganos.

La estructura tribal, muy cercana a la de un régimen medieval, es otro de los factores que han condicionado la formación y evolución de Afganistán como nación, lo que unido a factores étnicos, raciales y sociales constituyen un complicado mosaico que ejerce una innegable influencia en la situación del país. La heterogeneidad étnica de Afganistán complica grandemente la situación; los pastunes, el grupo dominante, suponen el 42% de la población afgana. Los tayikos son el 27%, los hazaras el 9%, los uzbekos el 9%, los Aimaq el 4%, los turcomanos el 3%, los baluchis el 2% y otros constituyen el 4% de la población total.

Con este legado histórico y estas características, hoy más que nunca, puede asegurarse que Afganistán ha sido y es el claro ejemplo de un estado colchón en el que se juegan los intereses de la mayoría de las naciones que le rodean: Rusia, China, Pakistán, India, Irán y las antiguas repúblicas soviéticas de Asia Central.

El modelo occidental

Aunque realizar un análisis de las causas que han llevado a la situación actual basado en el presentismo, puede ser tildado de inadecuado, es cierto que para afrontar las preguntas que en la introducción nos planteábamos, es necesario analizar con sentido crítico, pero riguroso, algunos de los aspectos que nos han traído hasta aquí.

La sociedad afgana es una difícil mezcla de factores étnicos, religiosos, tribales, lingüísticos y políticos que es necesario tener en cuenta a la hora de intentar establecer cualquier plan sobre su futuro. Estos factores coadyuvan a una supremacía de la identidad del individuo, de su etnia o familia, por encima del concepto de identidad nacional; si a ello añadimos una administración central muy débil, con altas cuotas de corrupción endémica y que no es percibida como tal por el ciudadano, tenemos todos los ingredientes para fabricar un peligro cóctel en el que no cabe un sentido de nación o pertenencia siquiera a un concepto federal o supranacional de estado.

Con estos antecedentes, sin duda, el mundo occidental, ha pecado de arrogancia y etnocentrismo al involucrarse en un conflicto como el afgano. La visión de la cultura y los valores occidentales por parte de los afganos es esencialmente opuesta a la de los países que han pretendido su estabilización y occidentalización durante los últimos veinte años. El intento de exportación e implantación del modelo occidental a una sociedad que en muchos de sus principios básicos se mueve aún en planteamientos medievales es literalmente imposible.

Tras las promesas iniciales que acompañaron a la operación bélica propiamente dicha, las condiciones de atraso ancestral, pobreza y miseria que arrastraba la sociedad afgana no fueron solucionadas por la presencia occidental, ensanchando aún más si cabe la brecha sociocultural entre ambas sociedades. La gestión de las ingentes cantidades de dinero destinadas a la reconstrucción de infraestructuras, instalaciones sanitarias, escuelas, etc, no solo no consiguieron alcanzar sus objetivos, sino que radicalizaron aún más la percepción y la postura de los afganos contra lo occidental. Los en teoría depositarios de unos valores exportables a esta sociedad ancestral, se veían claramente desbordados en la lucha por ganar “corazones y mentes” que tanto se preconizaba en la estrategia de ocupación para derrotar a la insurgencia. La manida postura occidental de que el sistema de valores creado por occidente es universal y que puede y debe ser exportado al resto del mundo, se ha demostrado absolutamente falaz.

Los talibanes

Basada en esta alegada superioridad moral, el desembarco occidental en Afganistán ha inoculado el germen de un renacimiento de la insurgencia, que tiene en la población civil a su principal valedora, y con ello, no se ha hecho otra cosa que extender la alfombra roja para el regreso del movimiento talibán.

Talibanes que tras años de lucha han evolucionado en todos los sentidos, ya no son aquellos estudiantes religiosos pastunes que lograron hacerse con el control total del país en 1994. Hoy en día están mejor armados al poseer un armamento moderno adquirido con la autofinanciación que les aporta el negocio del opio y el capturado al ejército afgano y al norteamericano tras la debacle de la retirada, controlan mayor cantidad de territorio si cabe que en su anterior etapa, han ganado un enorme prestigio entre las filas yihadistas y se encuentran legitimados y con un respaldo creciente entre los países con intereses en la zona.

Tras su nuevo regreso al poder, buscan el reconocimiento internacional amparados en promesas de respeto a los derechos de las minorías y las mujeres; de no servir de amparo a movimientos terroristas yihadistas y de instaurar un gobierno moderado. A pesar del regreso de la mayoría de la cúpula política del movimiento talibán, casi al unísono tras la retirada de las fuerzas occidentales para ponerse al frente del gobierno provisional, los combatientes de a pie tienen otras ideas; se han radicalizado mucho más y no parecen estar dispuestos a hacer ningún tipo de concesiones a la aplicación a la Sharía y las costumbres ancestrales de la sociedad medieval afgana, lo que sin duda representa una amenaza aún mayor de la que constituían anteriormente.

Algunos servicios de inteligencia occidentales han llegado a estimar la entidad de las fuerzas talibanes en unos 100.000 combatientes que, a buen seguro se habrán visto incrementados con las afecciones de gran cantidad de desertores del Ejército Nacional Afgano y de la Policía, además de quintacolumnistas que se habrían ido uniendo a ellos a medida que han ido conquistando zonas del país; bien armados y con una gran moral y voluntad de vencer reforzados con las creencias islamistas radicales, que pregona el establecimiento de un estado integrista o califato, son un duro enemigo a batir.

Su financiación es otra de las grandes incógnitas de este proceso. ¿Cómo han podido acceder a las ingentes cantidades de dinero para la compra del armamento y equipo necesarios para sustentar su poder militar?

A pesar de la presencia occidental durante veinte años, los talibanes no han dejado de controlar una parte importante del territorio afgano, especialmente en la parte este del país, lindando con Pakistán, circunstancia favorecida por el ya reseñado apoyo de este país a través de una permeable frontera; circunstancia que les ha permitido seguir explotando el mayor recurso económico de ese territorio: el cultivo del opio, droga que sitúa a Afganistán en el primer puesto mundial de exportación de heroína, mercado al que gravan con una elevada carga de impuestos en todas las fases de producción y comercio. Además, han tenido acceso al control de zonas ricas en minerales. Finalmente, en los territorios controlados, han ido imponiendo un modelo de impuestos islámicos, que les ha reportado pingües beneficios. En un informe de la OTAN publicado en 2020 se estimaba que los talibanes habían recaudado ese año una cantidad cercana a los 1.600 millones de dólares que, según los analistas, les permitiría autofinanciarse sin necesidad de recurrir a la ayuda de otros países.

La reacción internacional

La victoria tiene muchos padres, pero la derrota es huérfana, esta frase viene a colación acerca de la tendencia a culpar a los EE.UU. de la que puede ser considerada una verdadera huida de Afganistán, pero este planteamiento no hace honor a la realidad, pues el fracaso de esta nueva iniciativa no es imputable en exclusividad a la superpotencia norteamericana; puede y debe hacerse extensivo también a las organizaciones internacionales, la ONU, la UE, la OTAN, que deben reflexionar sobre su futuro de manera profunda. En opinión de Josep Piqué en cuanto a la ocupación de Afganistán: <<Faltó rigor en el análisis, sobró visión occidental sesgada, faltó conocimiento real de las sociedades y circunstancias y sobró mucha soberbia>>. [1]

Bien es cierto que la conducta occidental ha estado en este episodio muy influenciada por la tradicional dicotomía norteamericana entre su tendencia al intervencionismo y al aislacionismo. La política exterior del presidente Obama basculó entre ambas tendencias en Afganistán, reduciendo su compromiso bélico, pero sin rehuir sus compromisos con sus aliados. De ahí su anuncio de que las tropas americanas abandonarían Afganistán en 2021, lo que ha legado una responsabilidad inexcusable a sus sucesores Trump y Biden que, pese a sus palpables diferencias en política exterior, se han visto obligados a cumplir, a pesar de las más que previsibles consecuencias.

Sin duda, una visión pesimista nos llevaría a establecer el fracaso de la acción diplomática y política desarrollada durante años, de una estrategia de combate a la insurgencia que ha dejado miles de vidas de soldados de todos los países participantes; de los organismos internacionales que en sus respectivas competencias no han sabido jugar el papel que les correspondía; de los sucesivos presidentes norteamericanos que con sus estrategias de retirada del escenario han ido abonando el terreno, desde Obama hasta Biden, y que han propiciado una gradual entrega del poder a los talibanes sin apenas contraprestaciones en los acuerdos de paz y que a buen seguro, van a influir en el futuro de millones de afganos de las etnias más desfavorecidas y en las mujeres, cuyos expectativas se verán seriamente comprometidas.

El balance de los miles de millones de euros invertidos a lo largo de todos estos años en tareas de reconstrucción que van, desde la rehabilitación y construcción de infraestructuras, hasta la distribución de una cantidad ingente de ayuda humanitaria, y el análisis de los esfuerzos en inversión encaminados a la organización y formación del Ejército Nacional Afgano y la Policía, nos conminan irremediablemente a una sensación cuanto menos de fracaso, que se agrava aún más cuando el resultado final de las acciones militares nos conducen a una retirada improvisada y urgente de un escenario al que se accedió de la mano de los EE.UU. y que desembocó en una intervención de la OTAN mediante invocación del artículo quinto del tratado, al haber sufrido la potencia norteamericana por primera vez en su historia una ataque a su territorio tras el japonés a Pearl Harbour.

Sin embargo, y en el afán de extraer conclusiones positivas, debe decirse que el Afganistán que deja veinte años de intervención occidental no es el del año 2001. Una generación y media de afganos ha vivido de acuerdo a los parámetros del mundo occidental, con acceso a internet, un incremento considerable en la educación en  escuelas y universidades, mejora en las condiciones de vida de la población, derechos humanos, especialmente los esenciales para las mujeres, sanidad, etc, que sin embargo no parecen haber servido para hacer caer la balanza del lado occidental.

De entre todas las consecuencias que acarrea el repliegue occidental, merecen ser resaltadas tres de ellas:

En primer lugar, el desprestigio del mundo occidental, que a los ojos de los yihadistas y las potencias competidoras ha perdido pujanza, habiéndose involucrado en el país y siendo incapaz de llevar a buen puerto la reconstrucción y estabilización del mismo.

En segundo lugar, la desaparición de este escenario de los EE.UU y con él los vestigios de la civilización occidental han dado carta blanca a los intereses de las dos grandes potencias con intereses en la zona: China y Rusia.

Finalmente, la repercusión que en forma de efecto llamada tendrá en el futuro sobre futuros movimientos terroristas, no solo en la zona, sino en todos los territorios occidentales.

El futuro ya está aquí

El caos político desatado tras la toma del poder por los talibanes ha desbordado todas las previsiones. La estructura estatal levantada tras veinte años de esfuerzos e inversiones gigantescas se ha derrumbado en apenas unos meses. Dotado de una corrupción intrínseca, el gobierno afgano establecido con el apoyo occidental se ha manifestado incapaz de alcanzar la gobernabilidad del país.

¿Cuál será la actitud del régimen talibán a partir de ahora una vez alcanzado el pleno control del país?

Aunque inicialmente el movimiento talibán ha manifestado que no tiene intención de expandirse fuera de las fronteras de Afganistán, ya cuenta con una filial muy importante en el vecino Pakistán nutrida por una importante cantidad de población de la etnia Pastún, a diferencia de lo que les sucede al Daesh y Al Qaeda.

La promesa por parte de la cúpula política talibán a la administración Trump de que el territorio afgano no volvería a ser santuario de ningún movimiento terrorista, fue el principal argumento esgrimido por los norteamericanos para dar carta de naturaleza a unos acuerdos de paz, y con ello poner fin a una presencia que empezaba a ser una carga demasiado pesada para toda la coalición internacional. Sin ánimo de ser profético, estas promesas ya se han hecho en épocas anteriores siendo evidentemente incumplidas.

Es muy probable, por tanto, que los talibanes, manteniendo al principio un perfil bajo e incluso utilizando un tono fingidamente conciliador, se afiancen en el poder y lo mantengan durante décadas.

¿Cuál será la reacción del mundo musulmán y los yihadistas?

Tras la victoria talibán sobre el mundo occidental, los islamistas de todo el mundo se sienten inspirados, considerándola una victoria de la causa global yihadista. Otros grupos islamistas como Al-Qaeda, el ISIS, así como diferentes facciones en Yemen, Siria, Somalia, el Sahel, Chad, Filipinas, o Indonesia, han encontrado una ventana de oportunidad para legitimar sus movimientos y cargarse de moral con la victoria talibán, en su lucha permanente por instaurar el islamismo radical, no solo en el apartado bélico, sino y no menos importante, en el campo diplomático tras cerrar los acuerdos de paz ya referidos con la administración Trump.

¿Qué actitud tomarán las potencias globales y regionales?

Los intereses que se juegan en el tablero afgano son múltiples: fronterizos, religiosos, étnicos, comerciales, económicos, políticos o de seguridad, por citar algunos conforman un complicado mosaico.

En lo que respecta a las potencias globales con intereses en la zona, sin duda China es la más beneficiada y está encantada con la retirada occidental. La percepción política china es mucho más estratégica y a largo plazo que la occidental, circunstancia que se ha visto resaltada tras la llegada al poder del presidente Xi-Jinping, que tras el último congreso del Partido Comunista Chino, ha logrado esquivar los inconvenientes para perpetuarse en el poder. Por lo tanto, su estrategia está concentrada en un horizonte a largo plazo en el que pretende elevarse a la condición de máxima potencia global en 2049.

Aunque el principio de no injerencia chino en la política interna de otros estados sigue estando vigente, China ha encontrado una vía abierta para ganar prestigio y presencia en la zona. Las prioridades del régimen chino siguen siendo mantener la unidad interna y garantizar su crecimiento económico, objetivos que justifican plenamente su actitud en Afganistán.

Por un lado, no podemos olvidar que China mantiene una frontera común con Afganistán, y este país podría convertirse en refugio de movimientos musulmanes extremistas que podrían extender sus acciones a territorio chino, y servir de apoyo a los separatistas uigures que cuentan con numerosos efectivos yihadistas activos en Afganistán.

Por otro lado, con su iniciativa sobre la Nueva Ruta de la Seda, China pretende consolidar su posición en Asia central, y en este sentido, Afganistán es un importante socio comercial, del que puede obtener cobre, litio y tierras raras a cambio de exportar tecnología e inversiones en infraestructuras. De ahí que China haya sido uno de los primeros países en establecer contactos con el nuevo gobierno talibán, reconociéndolos “de facto” mediante conversaciones bilaterales.

Otro de los grandes involucrados en el escenario afgano es Rusia. La retirada occidental ha venido a dar argumentos a la gran nación asiática para seguir extendiendo su esfera de poder al escenario afgano del que un día se vieron obligados a retirarse y con ello iniciar la descomposición de la URSS. El tradicional “orgullo ruso” ha encontrado argumentos para comparar su salida con la que tildan de “debacle occidental”.

Su nivel de influencia se verá incrementado paradójicamente de la mano de las tres repúblicas ex soviéticas con fronteras y factores comunes con Afganistán: Tayikistán, Uzbekistán y Turkmekistán. Radicales yihadistas de los tres países han buscado refugio en Afganistán, estableciendo fuertes lazos con los talibanes, y suponiendo una clara amenaza para la estabilidad de los mismos, amenaza que comparten con Rusia, lo que les ha hecho solicitar ayuda a Moscú estableciéndose fuertes lazos militares, llegando incluso al despliegue de fuertes contingentes de tropas rusas a lo largo de la frontera con Afganistán.

Irán puede ser otro de los grandes beneficiados de la retirada occidental, especialmente la de EE.UU. de la zona. El país de los Ayatollahs comparte una gran cantidad de frontera con Afganistán, y aunque de confesión chií, contraria a los talibanes, los gobernantes iraníes se muestran muy satisfechos de ver alejarse al coloso americano de su territorio. Además estas circunstancias les permiten brindar un apoyo más explícito a la etnia hazara, también de confesión chií, poniendo una vez más de manifiesto sus claras intenciones de seguir compitiendo con Arabia Saudí por la hegemonía de Oriente Medio.

Pakistán es otro actor relevante en esta complicada panoplia de intereses. Los millones de pastunes establecidos en su territorio y sus tradicionales vínculos con el régimen talibán al que durante estas últimas décadas ha servido de santuario, le hacen ser un factor esencial en el equilibrio estratégico de la región. Además, Pakistán necesita tener de contrafuerte a Afganistán en su permanente y conflictiva pugna con la India.

Finalmente, y en el apartado de intereses comunes, aparece de nuevo el papel que la situación estratégica de Afganistán puede jugar en el futuro trazado de la redes de oleoductos, gaseoductos y corredores comerciales que podrían enlazar las zonas productoras de Asia Central e Irán con grandes consumidores como China o India. Dada la necesidad de grandes inversiones, esfuerzos de coordinación y estabilidad política, los posibles beneficiarios de estas transacciones comerciales constituirán un acicate para lograr la definitiva consolidación del régimen talibán como garante de la seguridad de la zona que avale la implicación de los potenciales beneficiarios.

¿Qué actitud adoptará a partir de ahora EE.UU.?

La retirada norteamericana de Afganistán responde sin duda a una mezcla de intereses estratégicos, de política interior, económicos y sociales. Su Estrategia de Seguridad Nacional 2018 establece como primera amenaza la competencia con potencias semejantes, en una clara alusión eufemística a China y Rusia, por lo que sus prioridades con respecto a la presencia en Afganistán pasan a ser secundarias. En la práctica sus prioridades son: contener militar y económicamente a China, contrarrestar la amenaza rusa y controlar a Irán, tras el drástico pivote asiático de la administración Obama hacia Asia-Pacífico y el mantenimiento de estas prioridades por parte de Trump y Biden.

La redefinición del posicionamiento militar norteamericano en la zona ha quedado claro tras la constitución de la nueva alianza entre EE.UU., Reino Unido y Australia (AUKUS), con un notable incremento de la presencia anglosajona, en claro detrimento de la tradicional cooperación euroatlántica, además de propiciar el acercamiento a los tradicionales aliados en la zona: Japón, Corea del Sur, Taiwan, la India e incluso Pakistán.

¿Cuál será la reacción de las organizaciones internacionales?

Pese a las oscuras perspectivas en cuanto al respeto a las libertades y los derechos humanos en Afganistán, es muy probable que un número considerable de países vaya reconociendo paulatinamente al régimen talibán, arrastrados a ello por la influencia de las potencias globales o regionales de la zona. Así no es de descartar que los talibanes tengan relativamente pronto representación legítima en la ONU.

Tras sus fracasos en la misión de ISAF y la posterior Resolute Support, y la decepcionante retirada de territorio afgano, la OTAN, más allá de la pertinente revisión de su estrategia que a buen seguro tendrá lugar en la próxima cumbre de Madrid, no parece que vaya a ser un actor activo en el futuro en el complicado avispero afgano.

Una importante carga de legitimidad le ha venido al régimen talibán de la mano de la UE y más en concreto de su alto representante para asuntos exteriores y política de seguridad, Josep Borrell, al afirmar que <<los talibanes han ganado la guerra>>, lo que supone un reconocimiento implícito al régimen talibán por parte de la diplomacia europea.

Conclusiones

A lo largo de su historia, la geopolítica ha conferido siempre a Afganistán la condición de estado tapón o colchón, en cuyo territorio se han jugado los intereses de otras civilizaciones o estados. La situación actual no es ajena a esa carga histórica y hoy en día en el tablero afgano se desarrolla una complicada partida estratégica de intereses políticos, religiosos y económicos en las que se ven involucradas diferentes potencias globales y regionales.

La intervención occidental ha pecado de desconocimiento del entorno y la cultura afganas, de arrogancia y etnocentrismo a la hora de organizar la reconstrucción y estabilización del país, tratando de implantar una “pax occidental” en una sociedad situada a años luz de este modelo. Su prolongación a lo largo de dos décadas, además de los elevados costes en vidas humanas y en recursos financieros, ha provocado un “agotamiento sistemático” en el mundo occidental, derivando en una solución de compromiso y apresurada, nada deseable para el futuro de la región ni para el prestigio de Occidente.

Afganistán es contemplado como un eslabón más en una larga cadena de fracasos occidentales. Frente al “afán occidentalizador”, los talibanes han opuesto una vez más su “paciencia estratégica”, manteniendo latente su beligerancia durante veinte años de ocupación, y sabiendo sacar partido de los errores estratégicos cometidos en esa dura lucha por ganar los “corazones y mentes” de los afganos, objetivo fundamental de la insurgencia.

El régimen talibán ha querido hacer un “barrido a cero” evitando siquiera la posibilidad de apoyarse en un gobierno de transición, buscando así una desconexión total con el mundo occidental, explotando sus errores y recreando el ambiente social y político necesarios para la reimplantación del régimen.

El triunfo talibán en Afganistán provocará, a buen seguro, un efecto multiplicador en los radicales yihadistas alentando una reafirmación de diferentes movimientos y organizaciones extremistas en sus tesis religiosas radicales, lo que podrá provocar nuevas fuentes de inestabilidad no solo en la región, sino en todos aquellos países donde este tipo de organizaciones tienen cobijo y lo que es más preocupante, atentados en el mundo occidental y una inestabilidad progresiva en todo el mundo musulmán.

Lo que está en juego en el tablero afgano no es únicamente la preponderancia de unas u otras potencias globales o regionales, sino lo que algunos analistas han dado en llamar la  “desoccidentalización del mundo”. La retirada de Afganistán ha provocado múltiples incógnitas sobre la pérdida de influencia de occidente sobre el sistema internacional. Lo acontecido ha provocado, entre otras circunstancias un reforzamiento del eje Pekín-Moscú como forma de debilitamiento de Washington, un acercamiento entre Nueva Deli y Moscú y un repunte de Teherán y Ankara, en un escenario global de claro desplazamiento hacia Asia que ya no mira hacia Occidente como modelo, coincidiendo además con una profunda crisis interna de este manifestada, entre otros factores, por el retroceso en el papel mediador de las organizaciones internacionales, el estancamiento de la UE, el Brexit, los diversos movimientos populistas, la fractura manifiesta de la sociedad norteamericana, la pérdida de fe en las instituciones, el ataque a los símbolos y la cultura occidental, entre otros.

Lo que verdaderamente está en juego no es únicamente el futuro de Afganistán, el mundo se juega más, mucho más. Lo que está en entredicho es su futuro como sistema de valores universales, en una palabra, su supervivencia.


[1] Piqué, Josep. El mundo que nos viene. Deusto, 2018, p. 28.

Antonio Ruiz Benítez

General de División (R) del Ejército de Tierra. Ha sido Director de Investigación, Doctrina, Orgánica y Materiales del Mando de Adiestramiento y Doctrina del Ejército de Tierra (MADOC). Es Master en Estudios Estratégicos y Seguridad Internacional por la Universidad de Granada

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