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Función Conjunta Maniobra

Global Strategy Report, 45/2020

Resumen: De las ocho funciones conjuntas que permiten al comandante dirigir una operación militar, sólo la maniobra carece de una publicación doctrinal específica. Ciertamente  numerosas publicaciones se refieren a esta función al describir diversos tipos de operaciones, pero esas referencias no eximen de una reflexión sobre su esencia, sobre aquello que la constituye como tal y la diferencia de las demás.

En este trabajo afronto esa reflexión al identificar la “posesión relevante” como ese aspecto nuclear e irreductible que genera la función conjunta maniobra. A continuación pongo en relación ese “dominio” o “apropiación” con tres factores que resultan determinantes para que este pueda materializarse: espacio, tiempo, fuerza. Por último, me centro en la maniobra operacional, como perspectiva sistémica o de conjunto que intensifica dichas relaciones hasta modificar su sentido original.

Este fuerte anclaje espacial del concepto de maniobra contrasta con el imaginario imperante sobre el acontecer operativo, reducido a una secuencia de acciones desubicadas capaces de generar una multiplicidad de efectos físicos, virtuales y psicológicos (PDC-01, 2018: 83). Sin embargo, frente a esos efectos que deterioran la operación enemiga poco a poco, la maniobra es la función de los cimientos, capaz de arruinarla como un todo.

Introducción

La estructura conceptual de las funciones conjuntas está orientada a la visualización del comandante (PDC-01, 2018:126), entendida como el proceso mental, continuo y dinámico, de ahondar en el conocimiento de la situación y prever la secuencia general de acontecimientos con los que la fuerza materializará el estado final deseado (FM 3-0, 2008: C1).

Esta visualización implica una cierta unificación cognitiva que sólo puede materializarse cuando se es capaz de reducir una enorme multiplicidad de actividades y capacidades a aquellas categorías fundamentales que conforman el acontecer operativo, a esos aspectos nucleares que sintetizan la operación bélica y que, en tanto esenciales, son irreductibles entre sí.

Las funciones conjuntas se corresponden, precisamente, con estas categorías fundamentales, agrupando capacidades y actividades vinculadas con ese aspecto nuclear o esencial que las identifica. En este sentido, es natural que muchas de esas capacidades o actividades sean comunes a varias funciones conjuntas, en tanto una misma actividad puede coadyuvar a materializar diversos aspectos esenciales, y también que todas ellas estén interconectadas. Esto es, cabe mezcla y confusión entre las actividades y capacidades que se integran en cada una de las funciones conjuntas, pero no entre esos aspectos nucleares que generan a cada una de ellas. En el origen de cada función conjunta hay un aspecto irreductible a otros más elementales, y necesario, de una u otra manera, para que la operación bélica pueda acontecer y ser llevada a término con éxito.  Un aspecto nuclear o esencial único para cada función conjunta, perfectamente delimitado y completamente distinto a los que dan origen a las demás.

El primer paso para entender y profundizar en la función conjunta maniobra es identificar ese aspecto nuclear que la constituye como tal, esa esencia necesaria e irreductible del acontecer operativo que la engendra como categoría autónoma para el planeamiento y la conducción de cualquier operación. Al igual que la dirección es ese aspecto nuclear para la función “mando y control”, el conocimiento para “la inteligencia”, o la destrucción para la función “fuegos”, la esencia de la función “maniobra” radica en la posesión del espacio relevante, que es aquel que nos proporciona una posición de ventaja sobre el enemigo (PDC-01, 2018: 129). En un teatro donde dos enemigos se enfrentan a muerte, la fuerza materializa la posición mediante el apoderamiento de espacios, que se significan como relevantes en cuanto, de forma individual o combinada, multiplican el valor de nuestra potencia de combate en relación con la del enemigo. Esto es, lo nuclear de la maniobra es que no busca incidir sobre el enemigo directamente, mediante acciones de fuego u operaciones de información, sino a través de una intermediación: la de la posición, que implica la ocupación efectiva del espacio por un tiempo determinado.

Conviene insistir en esos dos aspectos que integran el núcleo esencial de esa ocupación efectiva, el del dominio físico: “obtener y mantener una posición”, y el de la relevancia: “de ventaja sobre el enemigo”. El primero de ellos vincula la maniobra con la configuración espacio-temporal del teatro de operaciones y, por tanto, con apropiaciones o apoderamientos del espacio durante un tiempo más o menos prolongado. El segundo relaciona dichas apropiaciones con el acontecer operacional del enemigo, en tanto sólo podemos alcanzar nuestros propios objetivos si, a la vez, frustramos la capacidad del adversario para alcanzar los suyos.

A lo largo de este trabajo, comenzaré por profundizar en el concepto de maniobra, explicitando esas notas esenciales que lo singularizan y distinguen del resto de conceptos operacionales; para a continuación centrarme en la maniobra operacional, como perspectiva sistémica o de conjunto que intensifica el sentido de algunas de esas notas de lo cuantitativo hasta lo cualitativo, esto es, que sin agregar nuevos notas, intensifica algunas de ellas hasta convertirlas en algo más, en algo diferente, a lo que significaban en su origen.

El concepto de maniobra

Si en el núcleo del concepto de maniobra está “la posesión relevante”, todo nuestro esfuerzo de análisis y comprensión debe moverse dentro de los parámetros de ese marco que la origina como función específica. En este sentido, de entre todos los ámbitos físicos y no físicos de actuación, sólo están directamente relacionados con el concepto de maniobra aquellos que pueden ser poseídos o dominados, pues sólo cuando los poseemos (pasan a “formar parte de” nosotros) o los dominamos (nos “están sujetos”)  dan lugar a esa cualidad de “permanencia relativa” que la caracteriza. En este sentido, de entre todos esos ámbitos, la maniobra hace referencia directa a los de carácter físico: aeroespacial-marítimo-terrestre, que son los únicos que pueden ser objeto de una posesión o dominio efectivo.

Este anclaje físico de la posesión, además de una obvia dimensión espacial: área o zona que debe ser alcanzada y ocupada, implica necesariamente otras dos, la temporal implícita en la espacial, y la de fuerza, relativa al enemigo, para que esa posesión o dominio lleguen a ser efectivos y se prolonguen durante el tiempo necesario. Así pues, dicha posesión es el resultado de la combinación adecuada de tres factores bien determinados: espacio, tiempo y fuerza, que es inexcusable analizar y combinar si se quieren alcanzar los objetivos marcados. Una combinación que debe ser armónica pues, como más adelante explicaré, dichos factores guardan entre sí una relación de proporcionalidad o proporcionalidad inversa, que debe equilibrarse para llevar a buen puerto el acontecer de cualquier maniobra conjunta.

En este sentido, no es de extrañar que de entre los innumerables factores que intervienen en cualquier operación militar, estos tres hayan sido tradicionalmente identificados como los más esenciales:

“Por tanto, las fuerzas disponibles deben emplearse con tal maestría que incluso sin gozar de superioridad absoluta, se alcance una superioridad relativa en el punto decisivo. Para ello, el cálculo de espacio y tiempo es el factor esencial […]” (Clausewitz, 1999: 329)

Y que hayan sido adjetivados como “los operacionales” por excelencia:

“El control del espacio, el tiempo y la fuerza, y su interrelación constituyen un supuesto esencial para la ejecución de cualquier operación militar; en su equilibrio radica el núcleo del arte operacional” (Vego, 2009: 88-89).

Una identificación y adjetivación que, sin embargo, puede resultar peligrosa en tanto inductora de un falso reduccionismo: el de equiparar una operación o campaña a una de sus funciones fundamentales: la maniobra, reduciendo es duelo con derramamiento de sangre, esa tragedia reconfiguradora del orden socio-político del teatro de la guerra, implícita en toda operación o campaña, a sus aspectos más físicos o materiales. Así lo expresaba el mismo prusiano, al rechazar esas concepciones bélicas fundadas en cánones o cálculos espacio-temporales:

“la guerra no es ni un arte ni una ciencia […] La guerra es un choque entre grandes intereses que se resuelve con derramamiento de sangre. […] La diferencia es que la guerra no es un ejercicio de la voluntad dirigido hacia la materia inanimada […] En la guerra, la voluntad se dirige hacia un objeto animado que reacciona” (Clausewitz, 1999: 267-269).

Porque en una operación militar o campaña, los factores propios de la función conjunta maniobra, los que se corresponden con los ámbitos físicos de actuación, nunca son los más decisivos por sí mismos:

“[…] esto ha dado pie a la idea de que en la estrategia, el espacio y el tiempo cubren prácticamente todo lo relativo al empleo de las fuerzas. De hecho, algunos han llegado al extremo de atribuir a los grandes generales un órgano especial para tratar con la estrategia[1] y la táctica. Pero aunque la ecuación de tiempo y espacio afecta a todo lo demás y es, por así decir, el pan diario de la estrategia, no es el factor más difícil ni el más decisivo” (Clausewitz, 1999: 229- 230).

Ahora bien, tan erróneo como reducir una operación a sus parámetros espacio-temporales, es desvincular la función conjunta maniobra de esos mismos parámetros. El concepto de maniobra sólo genera una categoría fundamental del acontecer operacional, una función conjunta, cuando se circunscribe a ese núcleo de posesión que lo vincula con el tiempo, el espacio y la fuerza. Enajenado de esa raíz, pasa a ser un concepto gaseoso que por poder significarlo todo, no significa nada. Expresiones tales como: “maniobra de la información”, “maniobra cognitiva” o “maniobra por el fuego”, entre otras, constituyen empleos analógicos del término maniobra que poco o nada tienen que ver con la función conjunta que aquí estoy analizando. Sólo la vinculación entre el concepto de maniobra y el de “posesión relevante” presenta esas características de irreductibilidad y necesidad para el acontecer operativo que justifica su inclusión entre las funciones conjuntas.

En este sentido, considero que el mejor camino para comprender el concepto de maniobra en toda su profundidad es el de poner en relación ese aspecto nuclear de la “posesión relevante” con esos tres factores “esenciales” u “operacionales”: espacio, tiempo y fuerza, que deben tomarse en consideración y ponerse en relación si se quiere alcanzar los objetivos buscados; tarea que afrontaré en los tres próximos apartados.

Un último apunte antes de comenzar este análisis. Frente a la inmediatez de lo táctico, lo operacional tiene un sentido de totalidad que nos introduce en esa perspectiva sistémica o de conjunto que analizaré en el apartado dedicado a ella. Mientras que la maniobra en el nivel táctico se orienta al enemigo en presencia, la operacional se centra en la totalidad del teatro, desde la perspectiva del estado final deseado para esa operación o campaña concreta. Así, la maniobra táctica busca obtener y mantener una posición relevante con la que afrontar el combate, y mantener esa posición durante el acontecer del mismo: el valor del dominio o posesión está fundamentalmente condicionado por el enemigo, y se orienta a su derrota o destrucción. Por el contrario, la maniobra operacional se sitúa más allá de la esfera del combate, para abarcar al conjunto del enemigo desde la perspectiva de la consecución de los propios objetivos: el valor del dominio o posesión está relacionado con las finalidades propias de esa operación, y con el enemigo sólo en tanto se opone a la consecución nuestros propios objetivos.

En este sentido, y tal como he anticipado en la introducción, la maniobra operacional implica ciertas modificaciones en las notas esenciales que caracterizan al concepto de maniobra que, obviamente se reflejan en la relación entre dicho concepto y los tres factores esenciales que voy a considerar. A pesar de estas modificaciones, pienso que es más didáctico presentar como un todo homogéneo el análisis de la relación entre el concepto de maniobra y esos tres factores esenciales, con independencia del nivel de conducción en que nos encontremos, y sólo hacer referencia al mismo cuando ese cambio de perspectiva conlleve una modificación significativa en algún aspecto de dicha relación. En todo caso, es imprescindible tener siempre presente esa distinción entre la inmediatez y la totalidad, y comprender cómo unas mismas relaciones pueden aplicarse de forma distinta en función del nivel en el que se desenvuelva la maniobra.

Maniobra y espacio

La función conjunta maniobra materializa ese núcleo de “posesión espacial” cuando la fuerza se mueve por esos ámbitos de carácter físico: aeroespacial-marítimo-terrestre, que constituyen su campo de actuación, en orden a adueñarse o retener aquellas posiciones que considera relevantes. Comenzaré este análisis sobre la relación entre la maniobra y ese “factor espacial” por su aspecto más nuclear, el de la posesión, para a continuación tratar su otro aspecto, el del movimiento, que siempre tiene un valor instrumental en orden a materializar esos actos de adueñamiento.

Antes de comenzar nuestro análisis, debo significar que el peso específico de esos dos aspectos, el nuclear y el instrumental, varía significativamente entre la perspectiva táctica y la operacional. Mientras en el nivel táctico la posesión se vincula con una interacción dinámica y volátil con el enemigo en presencia, en el operacional está asociado a la consecución de los propios objetivos, y la derrota del enemigo como un todo sólo adquiere sentido en relación con esa materialización del estado final deseado. Esto es, en la táctica, el aspecto espacial del movimiento adquiere relevancia en relación al de la posesión, no porque éste deje de ser nuclear y aquel instrumental, sino porque el valor de cada posesión está condicionado de forma constante por la evolución del enemigo al que nos enfrentamos. Por el contrario, en la maniobra operacional el aspecto espacial de la posesión escapa de los avatares concretos de cada enfrentamiento, y adquiere relevancia en relación al movimiento, pues ese hacer propio o dominar acotado del ámbito físico está orientado tanto a desarticular al enemigo como un todo, como a la consecución de nuestro estado final deseado. Esta orientación, fundada en una comprensión global de lo que acontece en el teatro, otorga a cada acto de posesión un sentido permanente que debe sobreponerse a los avatares temporales del acontecer táctico:

“[…] la guerra es indivisible y las partes que la componen (las victorias individuales) sólo tienen valor en relación con el conjunto” (Clausewitz, 1999: 827).

En definitiva, el vínculo posicional que rige los movimientos durante la maniobra táctica es unidimensional, fundamentalmente vinculado a la fuerza enemiga involucrada en el enfrentamiento, a la que se quiere derrotar o destruir, y que es la que realmente va otorgando o retirando la relevancia a esas posiciones alcanzadas. Sin embargo, ese vínculo posicional en el nivel operacional es bidimensional, por una parte vinculado a la consideración del enemigo como un todo, y por otra relacionado con la materialización de los objetivos perseguidos en una operación o campaña determinada. Un vínculo posicional bidimensional caracterizado por las dinámicas sistémicas que caracterizan al nivel operacional, tal como explicaré en el apartado dedicado a ellas.

El apoderamiento

Como acabo de indicar, la posesión tiene matices distintos para la perspectiva táctica y para la operacional. Para la primera, la posesión está orientada al enfrentamiento con el enemigo en presencia, y su valor es, por tanto, relativo a la actuación del mismo en una porción del teatro y en un momento determinado. Para la operacional, esa posesión queda modulada por factores más generales  y permanentes, en los que, además, la consideración del enemigo como un todo sólo cobra sentido en el marco de las potencialidades reales de mejora que existen en el teatro en orden a materializar el estado final deseado. Unas potencialidades que deben concurrir, junto a la siempre impredecible actuación del enemigo, para determinar y acotar aquellos espacios que deben ser poseídos.

Ahora bien, tanto la maniobra táctica como la operacional comparten la posesión como adueñamiento de los ámbitos físicos. En ambos niveles, la “posesión espacial” significa una forma de pertenencia: “formar parte de”, o de dominio: “estar sujeto a” que concierne a los ámbitos físicos de cualquier operación: aeroespacial-marítimo-terrestre. Además, este apoderamiento y posesión de ámbitos físicos está siempre modulado, cualquiera que sea el nivel de conducción, por parámetros no físicos que, sin ser objeto directo de la maniobra, intervienen de forma significativa en su diseño y ejecución. Esta modulación se materializa en un paradigma o concepto operativo ejemplar: el de “objetivo”, en su dimensión más física o tangible[2], y en otros análogos dentro del mismo género: “punto decisivo”, “terreno clave”, “área dominante”, “posición de flanco o en retaguardia”, “posición de giro”…, en el que una variedad de parámetros físicos y cognitivos: propósito general, misión asignada, medios disponibles, entorno humano, enemigo, o disposición física del teatro, entre otros, dan lugar a la selección de ámbitos físicos bien concretos, delimitados en tiempo y espacio, que aspiramos a poseer o dominar.

Ciertamente, en la maniobra táctica el valor de esos ámbitos físicos varía con mucha mayor rapidez que en la operacional, directamente relacionado con la disposición y actuación del enemigo al que nos enfrentamos; lo que no es óbice para que toda maniobra, cualquiera que sea el nivel de conducción,  esté abocada a dirigirse a la apropiación o dominio de uno de esos espacios: desde una “posición de flanco” dominante respecto a un enemigo que avanza, hasta un área urbana o puerto, identificados como uno de nuestros “objetivos operacionales”. En relación con estas porciones de los ámbitos físicos, lo esencial para la maniobra es que las posee o domina con una potencia de combate suficiente y durante un tiempo determinado. Lo trascendental no es que seamos capaces de hacer sentir nuestros efectos, del tipo que sean, sobre esos espacios acotados, sino que, utilizando la analogía de la alimentación, éstos pasen a formar parte de nosotros, nos pertenezcan y, en tanto propios, proyecten nuestro poder allí asentado durante un tiempo determinado.

En este “hacer nuestro” radica una de las paradojas más significativas de la conducción operativa: mientras las actividades de otras funciones conjuntas, “fuegos”, “información”…,  tienen como objeto propio, o directo, lograr efectos sobre el adversario; las actividades de la “maniobra” tienen como objeto propio la posesión, y no los efectos. Sin embargo, en tanto esa posesión es verdadera y estable, en el sentido antes mencionado de “formar parte de”, o de “estar sujeto a”, la maniobra se nos revela como el auténtico eje de giro capaz de transformar la dimensión física de la guerra en otra de carácter psicológica y moral, esto es, de inducir en el enemigo los efectos más decisivos. Parafraseando a Lidell Hart, se podría decir que mientras el resto de las funciones buscan degradar las capacidades del adversario, la maniobra trata de reducirlas a la irrelevancia, de hacer inviable su empleo como resultado de la propia disposición espacial de nuestra potencia de combate. El verdadero objetivo de la maniobra es procurar una situación tan ventajosa que, si no consigue la resolución por sí misma, es seguro que lo conseguirá a poco que esas otras funciones sean capaces de degradar a un adversario desmoralizado y psicológicamente noqueado (Cfr. Hart, 1989: 212-336).

Este eje de giro capaz de transformar la posición espacial en efectos propios de las dimensión moral o psicológica nos introduce en el segundo aspecto de ese núcleo esencial del concepto de maniobra, el de “la relevancia” entendida como “ventaja sobre el enemigo”. En la maniobra, el empeño por controlar un espacio determinado: un accidente geográfico dominante, un núcleo de población, una infraestructura crítica, un nudo de comunicación, una porción específica del espacio naval o aéreo… está vinculado a la relevancia de ese espacio, entendida como “posición de ventaja sobre el enemigo”. Relevante porque, al modo de una palanca, o bien incrementa la capacidad de aplicar nuestra potencia de combate sobre él, o bien previene, disloca o interrumpe sus operaciones, quebrando su cohesión.

La relevancia de esas posiciones espaciales conforma ese eje de giro que va de lo físico a lo psicológico cuando fuerzan la dislocación del enemigo, una dislocación que multiplica exponencialmente el efecto de nuestra propia potencia de combate. Se trata de alcanzar y mantener el control de una serie de posiciones que obliguen al enemigo a realizar un “cambio de frente repentino”, o a “separar sus fuerzas”, o bien que “pongan en peligro sus abastecimientos”, o “amenacen las rutas por las que puede replegarse”. En realidad, se trata de alcanzar y mantener una combinación de posiciones de ventaja que multipliquen el valor de nuestra potencia de combate en proporción directa al grado de dislocación inducido en el enemigo.

Sólo cuando se entiende la distancia que separa la posesión o el dominio, de un actuar que causa efectos sin posesión, destructivos o de cualquier otra naturaleza, y se cae en la cuenta de la enorme trascendencia moral o psicológica de ese “hacer nuestro”, se entiende ese efecto de giro fundado en la impresión que sobre la mente del mando enemigo ejerce el proceso de dislocación física apuntado. Impresión que se acentúa fuertemente si acaece repentinamente, si el enemigo de forma súbita toma conciencia de su posición de desventaja, de esa disposición espacial que desencadena la sensación psicológica de estar atrapado.

Sólo la posesión hace del enfrentamiento “una estructura efímera siempre a punto de hundirse y quedar sepultada bajo sus propias ruinas” (Clausewitz, 1999: 231). Esa estructura parece robusta cuando se la somete al desgaste directo de diversos efectos, por ejemplo el de los fuegos, que inciden sobre sus muros deteriorándolos poco a poco; pero se manifiesta en un equilibrio inestable, a punto de sucumbir, cuando una serie de posesiones oportunas socavan sus fundamentos. La maniobra es la función de los cimientos, por su capacidad de incidir en esos fundamentos de la operación enemiga hasta derrumbarla. Un derrumbe que no se manifiesta, como el de los efectos, de forma progresiva, sino que se resuelve súbitamente, como síntesis final de la maniobra, cuando el efecto sinérgico de todos sus esfuerzos concurre en un resultado final que, a la postre, es el único que puede dar razón de todas las acciones que integran cada uno de ellos.

El movimiento

Esta aproximación al aspecto de dominio o posesión, dentro del factor espacial, facilita nuestro análisis de su otro aspecto: el del movimiento, que es el que más comúnmente se asocia con la función conjunta que estoy analizando. Un aspecto que, como antes he indicado, tiene un valor instrumental en relación con el de la posesión, al que se ordena. Se podría decir que el movimiento constituye el reverso instrumental ineludible de ese anverso posicional, que he identificado como nuclear de la función conjunta maniobra: Por trascendentes que sean esas “posiciones de ventaja” que culminan cada etapa de la maniobra, no se pueden implementar sin el concurso de esa herramienta del movimiento, necesaria para disponer “de la capacidad de combate en el momento y lugar oportunos” (PDC-01, 2018: 129).

Como ya he indicado más arriba, esta razón instrumental del movimiento no lo minusvalora en relación a la posesión y, sin que se puedan establecer patrones de importancia permanentes, o asociados a uno u otro nivel de conducción operativa, es normal que el aspecto instrumental del movimiento adquiera más relevancia, cuanto más condicionado esté el valor de la posesión por la actuación del enemigo en presencia. Esto es, en el nivel táctico el movimiento adquiere relevancia en relación a la posesión, incluso puede llegar a ser más relevante, sin perder por ello su carácter instrumental. Por importante que sea el movimiento en el conjunto de la maniobra, siempre está ordenado a ganar una posición de ventaja, un espacio físico determinado, aun cuando el valor de esa posesión sea tan variable, que casi pueda identificarse con el movimiento mismo que la va materializando, en función a cómo transcurre la confrontación con el enemigo.

En el ámbito táctico, esos movimientos se producirán durante las batallas o combates, buscando esas posiciones de ventaja que nos permitan enfrentar al enemigo desde direcciones inesperadas, que le fuercen a un cambio de frente, o desde la retaguardia, amenazando sus abastecimientos y el empleo de sus reservas. Mientras en el ámbito operacional esos movimientos se producen antes, después y más allá de esos enfrentamientos, aceptándolos o rehusándolos, disponiendo las fuerzas para afrontarlos en las mejores condiciones posibles, y explotando sus resultados. En todo caso, y cualquiera que sea el nivel de conducción, sólo el movimiento, en combinación con el fuego, permite alcanzar esas posiciones de ventaja con respecto al enemigo que multiplican el valor de nuestra potencia de combate, concentrar en ellas las fuerzas necesarias para asegurar su posesión efectiva, y hacerlo de forma sorpresiva para desencadenar ese efecto de giro de lo físico a lo psicológico al que antes me he referido. Una vez rota la moral y la cohesión física en la que descansa la resistencia del enemigo, esa combinación de fuego y movimiento también será esencial para explotar cada oportunidad, transformando los éxitos parciales en definitivos.

A la unión entre movimiento y potencia de combate que permite materializar esa “posesión del espacio relevante”, que he identificado como esencia de la función “maniobra”, es a lo que comúnmente se denomina como esfuerzo. El esfuerzo añade al movimiento la potencia necesaria para que esa posesión del espacio alcanzado tenga fortaleza suficiente, bien para inducir en el enemigo el efecto deseado, bien para permanecer de forma estable en el espacio del que nos hemos adueñado. Una potencia que no puede considerarse de forma aislada, sino sinérgica, en tanto la consecución de esos efectos en el enemigo, o la materialización de nuestros propios objetivos, suele implicar una combinación de dos o más esfuerzos, que se retroalimentan mutuamente para inducir esos efectos psicológicos de “estar atrapado”, de “inviabilidad” de la posición ocupada, o de su “irrelevancia” en relación a los propios fines del enemigo.

Para materializar esos esfuerzos es necesario asignar a cada fuerza un espacio físico suficiente para que pueda desplegar, operar y combatir, en orden a alcanzar las posiciones previstas; lo que también incluye el despliegue y actuación de los elementos de apoyo necesarios, para que esa fuerza pueda actuar con toda su potencia de combate. Así pues, también el movimiento implica un cierto dominio espacial, que se concreta en la asignación de zonas de acción o áreas de responsabilidad por las que va a discurrir la fuerza hasta materializar esas posiciones de ventaja sobre el enemigo. Del acierto en esta distribución espacial depende, en gran medida, que la maniobra sea capaz de materializar esos actos de posesión a pesar de las actividades del adversario y, por tanto, constituye uno de los fundamentos de nuestra libertad de acción:

“La libertad de acción es la posibilidad de decidir, preparar y ejecutar los planes a pesar de la voluntad del adversario” (PDC-01, 2018: 74).

Por último, en tanto la maniobra concierne a los ámbitos físicos de la operación, los esfuerzos constituyen la expresión gráfica de su ejecución, en la que quedan reflejados el movimiento, los ámbitos físicos concretos que la deben culminar, y la potencia de combate con la que se van a materializar. Esta expresión gráfica muestra la disposición espacial que debe desencadenar la dislocación física del enemigo y, por tanto, el esquema inicial que debe inducir su desarticulación psicológica y su paralización cognitiva. En este sentido, dicha expresión gráfica sintetiza el contenido fundamental de cualquier maniobra, la singulariza, y permite distinguir unas de otras, conformando su tipología más característica.

De acuerdo con esta tipología, las maniobras pueden agruparse según la posición relativa entre sus esfuerzos, y según la posición relativa de todos ellos en relación con los del enemigo.

Por su posición relativa, los esfuerzos pueden ser: paralelos, convergentes, divergentes o distribuidos:

Maniobra de esfuerzos paralelos, en la que desde posiciones centrales las direcciones de los esfuerzos transcurren sensiblemente paralelos. En esta maniobra se concentra la mayor potencia de combate al frente para intentar romper un despliegue lineal y materializar esos actos de adueñamiento o dominio. La maniobra frontal, la de penetración o la infiltración son modalidades de este tipo de maniobra.

Batalla de Madrid. 1936

Maniobra de esfuerzos convergentes, en la que los esfuerzos transcurren por distintas direcciones (ya sea desde posiciones centrales o excéntricas) para concentrarse en una posición crítica para el enemigo. La maniobra envolvente, doble envolvente, desbordante, de cerco o de revés son variantes de esta maniobra.

Grupo de Ejércitos Alemán Centro (Bock), 1941

Maniobra de esfuerzos divergentes, desde una posición central se irradian esfuerzos diversos hacia apoderamientos distantes que permiten proyectar nuestra potencia de combate sobre partes diversas del despliegue enemigo o sobre diversas entidades enemigas de forma simultánea. Esta maniobra sólo es posible cuando se ocupa una posición central segura.

Guerra de los Seis Días, conquista del Sinaí, 1967

Maniobra de esfuerzos distribuidos, desde varias posiciones excéntricas se irradian esfuerzos sincronizados en varias direcciones, bien para converger desde diversas direcciones en orden a adueñarse de posiciones clave o/y bien para proyectar esos esfuerzos en áreas del espacio separadas. Especialmente útil en entornos de confrontación no contiguos o no lineales, contra adversarios deslocalizados y móviles.

Esquema de maniobra del Mando Regional Este, ISAF-Afganistán, 2011

Por su relación con los del enemigo, los esfuerzos pueden materializarse por líneas interiores o exteriores:

Líneas interiores: Los esfuerzos se materializan por líneas interiores cuando prolongan una posición central en una o más direcciones que favorecen la interposición sostenida entre diversos núcleos separados y circundantes del enemigo (Mahan, 1911: 31), en orden a ocupar posiciones que nos permitan concentrar nuestras potencia contra cualquiera de ellos, mientras se mantiene al otro en jaque con una fuerza claramente inferior.

Al operar por líneas interiores es posible lograr la superioridad en el punto decisivo a pesar de disponer de una potencia de combate menor que la del enemigo al que nos enfrentamos, que podría verse obligado a fragmentar sus fuerzas, vulnerables entonces a ser derrotadas de forma secuencial. Sin embargo, el uso efectivo de las líneas interiores requiere un cálculo preciso de los factores espacio-temporales, pues los esfuerzos que la materializan sólo serán capaces de compensar un ataque enemigo desde el exterior, si esas líneas son suficientemente cortas, y si esos ataques del enemigo parten desde núcleos circundantes que están bien separados entre sí.

Batalla de Leipzig, 1813

Líneas exteriores: Los esfuerzos se materializan por líneas exteriores cuando convergen, según direcciones separadas entre sí por los esfuerzos del enemigo, en orden a ocupar diversas posiciones que generen un conjunto de dilemas interconectados, a los que el enemigo deba responder simultáneamente.

Operar por líneas exteriores capacita para elegir qué posiciones relevantes van a ser ocupadas a lo largo de la periferia enemiga y, por tanto, para decidir si se va a amenazar su flanco, su retaguardia, o sus vías de comunicación; como un yugo que amenaza  con desbordar o envolver al enemigo de forma permanente. Por contra, en este tipo de maniobra los esfuerzos se alargan, operando sobre distancias muy superiores a las del enemigo, que aumentan la fricción y complican su sostenimiento. Además, a menos que la potencia de combate de cada esfuerzo sea suficiente para confrontar a una porción significativa de la fuerza del oponente, permiten al enemigo concentrarse sobre cada uno de ellos, para derrotarlos secuencialmente.

Avance de Rommel sobre Tobruk, 1942

Conviene aquí traer de nuevo a colación el error de reducir una operación a sus parámetros espacio-temporales, y no confundir el concepto de “línea de operaciones”, asociado a la operación como un todo, del concepto de esfuerzo por líneas interiores o exteriores, que sólo concierne a uno de los aspectos de esa operación, el relativo a la maniobra. Mientras las líneas de operaciones enlazan “condiciones decisivas”, relativas a todos los ámbitos de la operación (físicos y no físicos), para establecer la secuencia de acciones y efectos, concernientes a todas las funciones de combate, necesarias para alcanzar los objetivos en todas sus dimensiones, tangibles e intangibles; las líneas interiores o exteriores sólo enlazan posesiones de espacios relevantes, mediante esfuerzos materializados al desplazar la potencia de combate por ámbitos físicos bien concretos, necesarios tanto para  frustrar en el enemigo como para habilitar en nosotros la capacidad para alcanzar la dimensión más tangible de los objetivos respectivos.

Así pues, la maniobra, con todas sus posiciones, líneas y esfuerzos, sólo constituye un aspecto dentro del conjunto de acciones y efectos que conforman las líneas de operaciones: el de la conformación espacio-temporal de los ámbitos físicos del teatro. Un aspecto que, como más adelante detallaré, no ocupa un papel primordial a lo largo de toda la duración de la operación, pero sí en cuanto la ejecución se centra en alcanzar, ocupar y mantener una posición realmente relevante, esto es, vital para dislocar o interrumpir las operaciones del enemigo.

Cierro este análisis introduciendo un último aspecto, el de la profundidad, que trataré en detalle en el apartado dedicado a la maniobra operacional. Durante una operación o campaña es normal encontrar una combinación coordinada de varios tipos de entre las maniobras antes indicadas, en la que puede ir variando la importancia relativa de cada una de ellas a lo largo de las diferentes fases que la integran. En todo caso, los conceptos de “posesión relevante”, “esfuerzo” para materializarlo, y “combinación” de los mismos ordenada a la dislocación del enemigo nos introduce en este último aspecto de la relación entre el factor espacial y el concepto de maniobra: el de la profundidad. Una profundidad entendida en una doble dimensión: espacial y temporal; la primera como extensión física necesaria para que esa concatenación de esfuerzos pueda acontecer, y la segunda como duración en la que esos esfuerzos se materializan y sincronizan. Dos dimensiones de la profundidad estrechamente relacionadas con los conceptos de secuenciación, sucesión y sincronización, que entrelazaré como hilo conductor de nuestra reflexión sobre la maniobra operacional.

Maniobra y tiempo

Al igual que con el espacio, el factor tiempo incluye dos aspectos complementarios y hasta cierto punto contradictorios, que coexisten en relación dialéctica: el del momento, y el de la duración, asociados, a su vez, a los conceptos de simultaneidad y sucesión. También en este factor ambos aspectos incumben de modo diferente a la maniobra operacional y a la táctica.  En este sentido, abordo primero los elementos comunes del factor tiempo como duración, dejando los operacionales para más adelante, y entro después en su consideración como elección del momento preciso, de gran relevancia cualquiera que sea el nivel de conducción.

Como he apuntado más arriba, la consideración del tiempo como duración constituye uno de los aspectos de la profundidad, como reverso inseparable de su aspecto espacial: la extensión física, que trataré en al apartado dedicado a la maniobra operacional. Sin embargo, por ser común tanto a la consideración táctica como a la operacional, hay una vertiente de la duración que es necesario analizar para entender de forma cabal esta aproximación genérica al concepto de maniobra, se trata de la distinción entre aquellos periodos de tiempo, a lo largo de la operación, en los que ninguna “posesión decisiva” está en juego, de aquellos periodos en los que la disputa por algún “ámbito físico acotado” se hace acuciante.

Se trata de calar aún más en la relación interna que existe entre ese movimiento que culmina en la “posesión relevante” y su efecto multiplicador sobre la potencia de combate, que no sólo está vinculado a la dislocación del enemigo antes mencionada, sino también al concepto de tensión operativa que Clausewitz vincula a la pugna por cualquier objetivo nuevo y positivo[3]:

“En cuanto uno de los bandos adopta un objetivo nuevo y positivo y empieza a perseguirlo […] la tensión de las fuerzas se incrementa. […] En esa situación una solución siempre tiene un gran efecto; en parte por la mayor fuerza de voluntad y la mayor presión propia de las circunstancias y en parte porque todo está ya preparado para las acciones de envergadura. […] cualquier iniciativa tomada en estado de tensión será más importante y producirá más resultados que si se hubiese adoptado en estado de equilibrio. En momentos de tensión máxima, esta importancia aumenta en un grado infinito” (Clausewitz, 1999: 359-360).

En cuanto la maniobra ordena toda la potencia de combate hacia la posesión efectiva de una posición decisiva, el resultado de cada una de las acciones se multiplica de forma proporcional a esa relevancia. Clausewitz lo explica en razón de la trascendencia más psicológica y moral que material del éxito táctico inmediato. Para el prusiano “la lucha es una prueba de fuerza moral y física que se dirime por medio de la segunda” (Clausewitz, 1999: 241), pero este dirimir físico tiene un carácter paradójico pues mientras “las bajas sufridas por el vencedor en el curso de un combate difieren poco de las experimentadas por el perdedor […] la resistencia moral se ve batida, rota y arruinada” (ibídem: 374).

Es ese impacto psicológico o moral de la derrota táctica, o de los efectos asociados a cualquier acción destructiva, el que aumenta exponencialmente cuando se produce dentro del marco de una maniobra en la que está en juego la “posesión” de espacios fundamentales. Además, es ese abatimiento más intenso el que posibilita una explotación del éxito mucho más decisiva: La “pérdida de moral ha demostrado ser el principal factor decisivo” (Clausewitz, 1999: 375) del que deriva la “pérdida de orden y cohesión” (ídem) que conforma la ocasión para infringirle las “pérdidas verdaderamente incapacitantes, las que el vencido no comparte con el vencedor” (ibídem: 374).

En una nueva paradoja, que se suma a la del efecto de giro antes enunciada, un mismo efecto destructivo o degradante, o un mismo resultado favorable en un enfrentamiento táctico, resulta mucho más eficaz en el marco de una maniobra ordenada a una “posesión decisiva”, que en una sucesión de movimientos en los que ningún apoderamiento crítico está en juego. No sólo más eficaz por la razón obvia del valor asociado a ese espacio disputado, sino por el impacto psicológico y moral de los esfuerzos dirigidos a poseerlo, que abren la puerta a una explotación mucho más profunda de cada uno de ellos.

En este sentido, aunque la maniobra no ocupa un papel primordial a lo largo de toda la duración de la operación, es evidente que todo gravita en torno a ella en cuanto la ejecución se centra en alcanzar, ocupar y mantener esas posiciones de ventaja que, tras dislocar al enemigo, nos permitan alcanzar nuestros objetivos. Es entonces cuando la maniobra pasa a constituirse en el vértice del resto de funciones, que se apoyan mutuamente a su servicio, haciendo de ella un verdadero “primus inter pares”.

Se podría decir que todas las funciones se activan de forma interconectada desde el comienzo de la operación, pero que en cuanto la maniobra pone sus miras en un objetivo especialmente relevante, todas sustentan esa posición de primacía desde la que se marca el ritmo de esa fase de la ejecución. Es como si todas las funciones estuviesen en un estado de equilibrio variable, hasta que la maniobra se pone en acción; entonces la tensión aumenta, y los efectos asociados a las acciones de cada una de esas funciones se multiplican exponencialmente en relación directa con la trascendencia del objetivo perseguido. El efecto físico de cualquier acción: de destrucción, de decepción, de aislamiento… multiplica exponencialmente su valor psicológico cuando se produce en el marco de esa moción que avanza para materializar una posesión que resulta decisiva, bien como posición singular, bien por la sinergia entre aquellas posiciones relevantes que la integran.

Además de esta consideración del tiempo como duración, existe otra perspectiva de este factor que es necesario conocer para entender el concepto de maniobra tanto en el nivel táctico como en el operacional, me refiero al tiempo como elección del momento preciso: “oportunidad” y como velocidad en la que estos momentos se suceden: “ritmo”. Apuntaba más arriba que la maniobra se nos revela como el auténtico eje de giro capaz de transformar la dimensión física de la guerra en otra de carácter psicológica y moral, con tal de que las posiciones ocupadas tengan una “relevancia” tal como para forzar la dislocación del enemigo. Ahora bien, esa “relevancia” no queda sólo determinada por sus características geográficas (físicas o humanas), y la fortaleza de su posesión, sino también por la oportunidad y el ritmo de su materialización. Esto es, en orden a inducir la parálisis del enemigo y alcanzar los objetivos propios, no sólo intervienen “el dónde”: ubicación y “el cómo”: potencia, sino también “el cuándo”: oportunidad y ritmo.

Para materializar ese eje de giro, no basta con alcanzar una combinación de posiciones de ventaja que multipliquen nuestra potencia de combate mediante la dislocación física del enemigo; se precisa, además, que las alcancemos en el momento preciso y con el “ritmo adecuado” para maximizar el efecto psicológico o moral de esa dislocación física. Un “momento preciso” y “ritmo adecuado” capaces de transformar una peculiar distribución espacial de la “posesión” que desarticula físicamente la coherencia sistémica del enemigo, en esa sensación psicológica de estar atrapado que antecede a su parálisis y shock. Esa acertada elección del momento y del ritmo es la clave que transforma la dislocación física en psicológica, que es la que realmente multiplica de forma exponencial el efecto de nuestra propia potencia de combate.

Por una parte, la oportunidad, o elección del momento preciso para materializar esas posesiones relevantes, está estrechamente ligada al concepto de “simultaneidad”, entendido como articulación espacio-temporal de los esfuerzos con intención paralizadora, en tanto esa “ocupación simultánea” es precisamente uno de los factores esenciales para proyectar esa “posesión” dislocadora del ámbito físico al psicológico.

Por otra parte, el ritmo, o sucesión de momentos, está estrechamente ligado al concepto de “tempo”, entendido como comparación entre nuestro acontecer operativo y el del enemigo, en tanto ser capaz de actuar más rápido que el oponente es el otro factor esencial para llevar esa “posesión” dislocadora del ámbito físico al psicológico. Es importante especificar bien esta trinidad: “tempo, posesión de ámbitos físicos, proyección de la dislocación entre estos ámbitos y el cognitivo”, para subrayar que el concepto de tempo que aquí nos interesa es el que concierne a la maniobra, y no a cualquier otro aspecto de la operación, a los que quizás pueda aplicarse de forma análoga, pero no automática. Esto es, el actuar más rápido que el enemigo siempre beneficia a la ejecución de cualquier maniobra, pero no de cualquier operación, donde puede llegar a ser especialmente contraproducente. De nuevo conviene recordar que la maniobra es sólo una parte, y no siempre la más relevante, dentro de un todo mucho más amplio: el de la operación.

En este sentido, el “tempo”, determinado por la comparación entre el ritmo de nuestra actividad y la del enemigo en orden a materializar esas posesiones relevantes, constituye el camino por el que la maniobra posee la iniciativa y dicta los términos del enfrentamiento. Se trata de una aplicación restringida de la conocida teoría del bucle OODA (del inglés: Observe, Orient, Decide y Act)[4], en la que el paradigma conformado por las cuatro etapas del bucle: observar, orientarse, decidir y actuar, se aplica a la interacción con el enemigo durante la ejecución de los esfuerzos de la maniobra, de manera que al recorrerlas a mayor velocidad que el oponente, consigamos que sus reacciones acumulen un desfase que, mediante una reiterada repetición del proceso más rápida, termine convirtiéndolas en irrelevantes o inadecuadas para lo que la situación demanda, lo que le llevará primero a la parálisis, y finalmente al colapso.

Maniobra y fuerza

El último factor con el que debemos relacionar la función conjunta maniobra para hacernos una idea cabal de su concepto es el de fuerza. El hecho de ejecutar una serie de esfuerzos destinados a poseer un espacio determinado, frente a un enemigo volcado en impedir tanto nuestro movimiento como esa posesión efectiva, hace de la distribución de fuerzas una de las claves más importantes de esta función conjunta. El dotar a cada esfuerzo de la potencia de combate necesaria para materializar esas “posesiones relevantes” capaces de inducir en el enemigo el efecto físico y psicológico buscado, constituye la expresión más cumplida del arte[5] de maniobrar. Arte, en tanto esa asignación de fuerzas salva, en buena medida, la distancia que separa una buena idea de maniobra de una maniobra bien ejecutada.

Este arte en el que la maniobra se “reviste” de potencia de combate consiste en una síntesis exitosa de dos principios operativos, el de la “concentración de fuerza”, que “consiste en aplicar la potencia de combate de forma sincronizada sobre un mismo objetivo para lograr efectos decisivos” (PDC-01, 2018: 77); y el de la “economía de medios”, que se funda en “la distribución ponderada de los medios y de los recursos entre las diferentes acciones y actividades de una operación en función de la prioridad asignada” (ibídem: 78). Una síntesis fundada en la importancia relativa de cada esfuerzo y en la combinación sinérgica del resultado de todos ellos, de forma que se logre la “concentración”, entendida siempre como relación ponderada de potencia de combate-espacio-tiempo-enemigo, sobre el/los esfuerzos más importantes, y se “economice” en todos los demás, siempre de forma proporcional tanto a cada esfuerzo como a la combinación de todos ellos.

También en este último factor, ese equilibrio entre concentración y dispersión presenta diferencias significativas entre los niveles táctico y operacional. Cuanto más táctica sea una maniobra, más descansará ese equilibrio en el efecto palanca que se espera de cada posición, en cuanto multiplica nuestra potencia de combate en relación con la del enemigo, tanto por sí misma, como en combinación con todas las demás. Cuanto más operacional sea, más descansará ese equilibrio en el valor objetivo de cada posesión, de la trascendencia que ese “apoderamiento del espacio” tiene, tanto para nosotros como para el enemigo, en el conjunto del teatro.

En la maniobra táctica, el arte de asignar la potencia de combate adecuada a cada esfuerzo tiene mucho más que ver con la capacidad para anticipar como un todo el resultado de esa interacción de esfuerzos, sinérgica entre los propios y dialéctica con respecto a los del enemigo; que con una mera ponderación matemática entre potencias de combate, espacios a recorrer, y tiempo disponible para cada uno de ellos. Una capacidad de anticipación fundada en la comprensión y unificación de todos los factores implícitos en la situación, orientada a esa síntesis exitosa entre los dos principios operativos antes mencionados, y condicionada constantemente por tres aspectos inherentes a la esencia misma de todo enfrentamiento: la atmósfera que lo envuelve, la disimetría en que acontece, y la culminación que hipoteca de forma progresiva a cada esfuerzo.

El factor fuerza en la maniobra operacional asume todos estos conceptos, modificándolos para que encajen en un acontecer de mucha mayor profundidad espacio-temporal. Una profundidad de naturaleza sistémica en la que “todas las partes del todo están entrelazadas” (Clausewitz, 1999: 280), y en la que el desgaste, destrucción o desarticulación del enemigo se subordinan a un empeño mucho más amplio: el de conseguir nuestros propios objetivos. Por una parte, la intensificación sistémica de todo lo que acontece en el teatro incide en su configuración espacio-temporal, en la atmósfera que lo envuelve, y en cómo se concreta esa disimetría inherente al enfrentamiento. Por otra, la sustitución de la unilateralidad destructiva táctica, por ese carácter bidimensional del empeño operacional modifica el sentido y la trascendencia de la posesión de ámbitos físicos y, por tanto, de la potencia de combate que debe empeñarse en cada uno de ellos.

En las líneas siguientes voy a centrarme sólo en esos aspectos comunes que caracterizan o condicionan al factor fuerza en todos los niveles: la síntesis entre concentración y economía, la atmósfera bélica, la disimetría del enfrentamiento, y la debilidad creciente de cada esfuerzo hasta su culminación; y voy a dejar las modificaciones mencionadas para el próximo apartado, dedicado a la maniobra operacional.

Antes de entrar en el análisis de estos aspectos, conviene volver sobre esa cualidad cognitiva que constituye la razón de ser de las funciones conjuntas: la visualización, especialmente necesaria para distribuir la fuerza entre los diversos esfuerzos de la maniobra. Identificar la potencia de combate que debe asignarse a cada esfuerzo, requiere visualizar como un todo el problema operativo al que nos enfrentamos: primero, comprender los factores subyacentes a la situación, para hacerse cargo de las implicaciones espacio-temporales de cada esfuerzo, en el marco de sus posibles confrontaciones con el enemigo; para luego, integrar o unificar esas implicaciones dentro del carácter sinérgico de los esfuerzos, esto es, de las repercusiones globales que esa maniobra tiene sobre el enemigo en cada etapa de su desarrollo.

En este sentido, la potencia de combate de cada esfuerzo dista bastante de una mera comparación secuencial de su valor relativo por separado, y sólo se puede ponderar cuando se incluyen en la ecuación tanto la disrupción física y la parálisis psicológica, como el modo y el ritmo con que se espera vayan aconteciendo. Así, por ejemplo, el esfuerzo de penetración suele estar más relacionado con empeños secundarios capaces de distraer y dispersar el esfuerzo del enemigo, o con acciones súbitas en su retaguardia que lo disloquen y paralicen, que con la propia acumulación de potencia de combate en el punto elegido para la ruptura; por lo que una asignación de fuerzas demasiado focalizada en el punto de ruptura suele resultar equivocada.

Sólo esta visualización hace posible materializar la ponderación de fuerzas como esa síntesis exitosa entre los principios operativos de “concentración de fuerza” y “economía de medios”, a la que antes me he referido. Ciertamente de entre estos dos principios, el de concentración es el que ocupa una posición de primacía:

“Creo que en nuestras circunstancias y en todas las similares, un factor primordial es la posesión de fuerza suficiente en el punto realmente vital. Normalmente este es el factor más importante. La capacidad para concentrar la fuerza en el punto decisivo […]” (Clausewitz, 1999: 328-329).

Esta primacía, sin embargo, no basta para dar razón de un reparto de fuerzas vinculado dinámicamente a la potencia del enemigo, esto es, en el que la concentración depende tanto de nuestra fortaleza como de su debilidad; debilidad provocada por su dispersión o dislocación a consecuencia de una dispersión propia bien estudiada. Es aquí donde entra la “economía de medios”, como dispersión calculada que se utiliza con eficacia para la diversión del enemigo. El objetivo de esa diversión es privar al enemigo de su libertad de acción y debe operar, a su vez, tanto en la esfera física como en la psicológica. En la esfera física, la dispersión debe causar la distensión de las fuerzas del enemigo, esto es, su desviación hacia fines que lo alejen de la trama esencial de las operaciones propias. En la esfera psicológica debe buscar confundir y desviar su atención, para facilitar la esencia de esta dislocación: la sorpresa.

Así pues, el arte de la maniobra radica en concentrar nuestra fuerza y debilitar la del enemigo sobre el eje que nos conduce hacia nuestro objetivo (“punto decisivo”, “terreno clave”, “área dominante”, “posición de flanco o en retaguardia”, “posición de giro”…): concentrar nuestra fuerza frente a la debilidad enemiga en el eje decisivo. A mayor diversión, mayor es la oportunidad de que la concentración consiga su objetivo. Aunque la fuerza se concentre en dirección al objetivo, la asignación de fuerzas en la maniobra busca recorrerla en las condiciones más ventajosas, y cuanto más ventajosas sean esas condiciones, menor, proporcionalmente, será la lucha necesaria para alcanzarlo. En este sentido, también al factor fuerza se aplica esa dualidad que caracteriza a los otros dos factores. Si en el espacial el movimiento se ordena a la posesión, y en el temporal coexisten dialécticamente la oportunidad con la duración, en el de fuerza la relación entre concentración y dispersión sólo puede resolverse mediante una síntesis bien calculada.

Identificado el fundamento y la orientación de esa asignación de fuerzas, sólo queda analizar esos aspectos comunes que la condicionan: la atmósfera bélica, la disimetría de la lucha, y la tendencia a culminar de todos los esfuerzos.

En cuanto a la atmósfera bélica, la “impredecibilidad” constituye el entorno natural de las operaciones bélicas, un entorno menos proclive a una secuencia ordenada de acciones y reacciones, que a un conjunto de interacciones dinámicas y anticipaciones que hace inviable cualquier predicción. En esta atmósfera, la asignación de fuerzas ya no es sólo cuestión de “visualización”, sino que requiere intuición y, sobre todo, determinación en la ejecución capaz de superar los más diversos avatares. También en ese sentido, la maniobra es semejante a ese castillo de naipes a punto de derrumbarse del que antes hablé: hay un punto de equilibrio entre la intuición y la determinación, tan distante del empecinamiento absurdo, como de la inconsistencia ante la incertidumbre o la adversidad. El arte de la maniobra también es un juego sangriento, en tanto nada queda predeterminado por las condiciones iniciales.

En definitiva, el factor fuerza nunca es equiparable a un ejercicio de proporciones matemáticas. Ni en el planeamiento, donde la visualización necesita el complemento del genio y la intuición, para anticipar ese incierto resultado final que justifica a cada uno de los esfuerzos: la “acción nunca puede basarse en nada más firme que el instinto, la percepción inconsciente de la verdad” (Clausewitz, 1999: 219). Ni en la ejecución, donde la fricción y el azar hacen de cada episodio bélico una prueba extrema de voluntad que requiere “el valor moral de tomar decisiones difíciles frente a la incertidumbre” (ibídem: 86). En este sentido, la asignación de fuerzas no pre-determina el éxito, sólo establece las condiciones iniciales para que la sinergia entre todos los esfuerzos acontezca. De nada valen esas condiciones, sin la firme determinación de materializar el propósito asignado a cada uno de ellos, incluso por caminos muy distintos a los inicialmente previstos.

El segundo de esos aspectos que condicionan la asignación de fuerzas, cualquiera que sea el nivel de conducción es la disimetría inherente a todo enfrentamiento. No se trata sólo de que, debido a factores intangibles tales como la moral, las pasiones o el entorno social, los contendientes que se enfrentan nunca son iguales y que, por tanto, no sea adecuado establecer proporciones directas entre sus potencias de combate; sino de entender hasta qué punto el propio enfrentamiento sólo puede articularse en dos formas fundamentales que son disimétricas: “la defensa” y “el ataque”.

Toda lucha es en sí misma desigual, pues sólo puede materializarse como defensa o ataque, y “la defensa es una forma de lucha más fuerte que el ataque” (Clausewitz, 1999: 190). La escalada inherente a todo enfrentamiento violento queda moderada por la oposición neutralizante de la defensa y el ataque: quien no tiene fuerza suficiente para atacar, puede tenerla para defender. De esta forma, la disimetría abre una oportunidad a la debilidad que, al igual que la atmósfera, también dificulta una correlación de fuerzas predecible en su mismo origen.

La asignación de fuerzas incorpora esa relación disimétrica, que conforma la esencia misma de todo enfrentamiento, en la decisión sobre la forma de cada maniobra y de los esfuerzos que la integran: ofensivos o defensivos, y en la combinación entre ellas. Una parte sustancial del arte de maniobrar reside, tanto en la acertada combinación de esfuerzos ofensivos y defensivos, como en el oportuno tránsito entre ambas formas fundamentales dentro de un mismo esfuerzo. De nuevo, el fiel de la balanza depende más de ese equilibrio acertado e inestable entre patrones disimétricos, que de la mera superposición en bruto de las potencias de combate enfrentadas.

Queda un último aspecto que debe tenerse en cuenta para asignar la potencia de combate adecuada a cada esfuerzo, el de la culminación, derivado del desgaste progresivo de todo esfuerzo hasta un límite, el punto culminante, más allá del cual se torna vulnerable a la potencia de combate del enemigo, que es capaz de quebrarlo con su reacción. Un concepto aplicable a la acción ofensiva, como desgaste progresivo del avance hasta que la superioridad del atacante se agota; y a la acción defensiva, como momento en el que las ventajas de la espera cesan, y la amenaza de quiebra se cierne sobre todo el sistema defensivo.

Es evidente la importancia de calcular este punto culminante durante la asignación de fuerzas para cada esfuerzo, un cálculo en el que intervienen innumerables factores: la prolongación de las líneas y su impacto en el sostenimiento, la disipación derivada de la fricción, el desgaste de los enfrentamientos, los reveses del azar, o la presión psicológica de la duración o de la distancia, entre otros; pero que tampoco es posible reducir a meros términos matemáticos. También aquí la visualización, la intuición y la audacia juegan un papel importante.

En todo caso, el concepto de culminación tiene para la acción táctica un sentido eminentemente negativo, el del límite más allá del cual no es conveniente prolongar un esfuerzo, y que tiene que ser bien calculado para asegurar la posesión que lo ha originado. Sólo en el nivel operacional se pueden apreciar todas sus potencialidades: el principio operativo de objetivo y el concepto de punto culminante se combinan, en la profundidad espacio-temporal característica de este nivel de la guerra, para revalorizar la espera como complemento esencial de la acción destructiva implícita a todo esfuerzo de la maniobra, tal como explicaré en el siguiente apartado.

En definitiva, la fuerza maniobra en la niebla, donde el azar acecha a una potencia de combate cada vez más degradada, y en permanente interacción con el enemigo, donde el factor más importante: la reacción del otro, constituye una incógnita que nunca se puede anticipar por completo. Cuando el enfrentamiento acontece, la disimetría abre una oportunidad a lo imprevisible e inesperado en todo enfrentamiento. Además, cada esfuerzo va degenerando hasta un punto, más allá del cual ya no puede continuar con éxito. Tres aspectos que condicionan ese arte en el que la maniobra se “reviste” de potencia de combate y lo alejan, más si cabe, de cualquier cálculo lineal o parcial, y de todo automatismo mecanicista que, basado en unas condiciones iniciales, sea capaz de predecir la secuencia unos resultados finales.

El equilibrio de los factores

En esta relación entre ese aspecto nuclear o esencial de la maniobra; el de “posesión relevante”, y los tres factores que más lo condicionan: espacio, tiempo y fuerza, he identificado diversas relaciones dialécticas internas a cada uno de estos factores que deben equilibrarse para llevar a buen puerto el acontecer de cualquier maniobra. En relación con el factor espacial: extensión y profundidad; con el factor temporal: momento y duración, que también se puede expresar como simultaneidad y secuencia; y con el factor fuerza: concentración y dispersión.

A estos equilibrios “intra-factoriales” se suman los equilibrios entre factores diversos, que también guardan entre sí relaciones dialécticas que deben combinarse de forma sinérgica para que la maniobra alcance los objetivos buscados: tiempo-espacio, tiempo fuerza y espacio-fuerza. Todas estas relaciones “inter-factoriales” adquieren importancia conforme se expande el ámbito de actuación de la maniobra y, por tanto, cuanto más sistémico y global, esto es, operacional, es nuestro ámbito de actuación:

“Commanders and their staffs have to evaluate the influences of time, space and forces when linked to the fourth factor, information. It is a skill to balance the first three factors to set military conditions for success. […] Commanders and their staffs should evaluate an operations area in terms of space and the time necessary to accomplish objectives within that area. A commander can harmonize the factors of time and space by selecting the objectives that lie at short distances; shortening average distances by operating from a central position enhancing speed in execution; changing routes. For attacking forces the objective is to gain space as quickly as possible while the defending forces try to keep control over the space and delay or deny the attacking forces´ achievement of an objective. Any gain of time is an advantage for an actor that wants to maintain the status quo. If a defending force is not decisively beaten, it may retain sufficient space and time to withstand an attack. The less time available for the defending forces the more likely the attacking forces will catch the defending forces unprepared. This is the key to surprise. […] Velocity multiplies the overall striking power of the force. […] the concentration and dispersion of forces within areas and the ability to give up space in order to avoid becoming decisively engaged. […] In general, the more distant the physical operational objective in space, the larger the sources of power needed to accomplish it. A sound force-to-space ratio is one of the most critical factors in planning an operation. A proper evaluation of forces, space and time simply cannot be done without accurate information on the various aspects of the operational situation” (AJP-5, 2019: A1-A2).

La maniobra operacional

Mientras que la maniobra táctica busca obtener y mantener una posición relevante con la que afrontar el enfrentamiento con el enemigo en presencia, la operacional se sitúa más allá de la esfera del combate, para abarcar a todo el enemigo y a la totalidad del teatro. Un sentido de totalidad que sólo podemos abarcar con una perspectiva sistémica o de conjunto que constituye la lógica específica de lo operacional. Esta lógica modifica o connota alguno de los aspectos esenciales del concepto de maniobra, esto es, no introduce nuevas notas a las ya explicadas, pero sí les añade dimensiones distintas que intensifican o modifican su sentido original.

Antes de entrar en esas modificaciones es necesario hacer un breve apunte sobre los principios de esa lógica sistémica, que dese mediados del siglo pasado se concretan en cuatro leyes generales propuestas cuando el biólogo y filósofo austriaco Ludwig von Bertalanffy: interacción, primacía del propósito, segregación progresiva y sinergia. Conforme a la primera ley del paradigma, la clave de un sistema radica en la interacción entre sus componentes, más que en ninguna otra cosa, de la que se deriva su principal virtud, el incremento en el producto resultante cuando esta interacción se intensifica, y su principal peculiaridad, que ese incremento tiene un carácter no lineal.

De acuerdo a la segunda ley, esos componentes no pueden dar razón de la interacción que acontece entre ellos sin el concurso del propósito que genera el sistema y determina el sentido y forma de sus acciones. Este interactuar de las partes en virtud de una finalidad configuran el sistema como una “unidad en la acción” en la que, sin perder la unidad del conjunto, la actividad de la parte puede no ser la del todo como, a su vez, la actividad del todo puede no ser la de sus partes.

Esta diferenciación entre el sistema y sus componentes está en la raíz de la tercera ley: la de segregación progresiva, por la que el conjunto sistémico puede materializar su propósito sólo si se disgrega en el quehacer concreto de sus partes, que pasan a constituirse como cadenas causales independientes. Este proceso de segregación puede también llamarse de “mecanización progresiva” en la medida en que esas cadenas causales separadas marchan independientemente y sus exigencias desvían la atención de los elementos de lo general hacia lo particular, atenuando cada vez más el papel regulador del propósito.

La cuarta y última afirma que el carácter multiplicador de la interacción y la primacía del propósito convergen en la sinergia o el carácter constitutivo de lo sistémico, en la medida en que el todo resultante va más allá, incorpora un incremento, en relación a la suma de lo actuado por sus partes. Este carácter constitutivo estaría en la raíz de la conocida expresión aristotélica de que “el todo es más que la suma de sus partes”.

Referidas estas leyes a un teatro de operaciones o campaña, las leyes primera y segunda se refieren a la intención conformadora o positiva que rige la actuación de la fuerza como un todo en el teatro, generando el sistema operacional. Esta intención positiva o conformadora se concreta en conceptos tales como: “estado final deseado”, “objetivos operacionales”, “operational conditions required to establish an acceptable self-regulating solution” (COPD, 2010: 4-24) o “the Commander’s vision for the transformation of the unacceptable operational situation at the start of the campaign or operation into a series of acceptable operational conditions at its end” (COPD, 2013: 4-52)…; conceptos que contribuyen a verbalizar ese propósito que genera el sistema operacional y provoca la interacción incremental entre sus partes.

Sin embargo, y en relación con la tercera ley del paradigma sistémico, este sistema operacional sólo puede materializar esa dimensión positiva o conformadora de su propósito si se disgrega en el quehacer concreto de su materia prima fundamental: la táctica, mediante la ejecución de acciones ofensivas, defensivas y de estabilización. Por una parte, el quehacer táctico fija a las partes del sistema operacional en el desempeño de esas actividades tácticas, en las que adquieren especial relevancia los combates y batallas. Por otra, el resultado de esas acciones y enfrentamientos sólo cobra sentido en el marco de esa “conformación operacional”, de la materialización de alguno de los aspectos de esa intención positiva hacia la que debe orientarse la actuación del sistema operacional como un todo. Se trata del carácter bidimensional de lo operacional, al que antes me he referido, que sitúa lo operacional más allá de la esfera del combate, para abarcar al conjunto del enemigo en el marco de la consecución de nuestros propios objetivos[6].

En relación con la cuarta y última ley de esta perspectiva sistémica, lo operacional surge como un puente capaz de salvar el vacío existente entre la naturaleza intrínsecamente parcial y sectorial de la acción táctica, y la intención conformadora o positiva que rige la actuación de la fuerza como un todo en el teatro de operaciones. Un puente intensificador de ambas vertientes, en tanto promotor de interacciones enriquecedoras entre el conjunto de las actuaciones tácticas, y en cuanto incrementa el valor total del resultado acumulado de esas actuaciones a lo largo de toda la operación.

Tras este rápido bosquejo en el sentido de lo operacional, voy a volver a centrar nuestro análisis en una de sus partes: la maniobra como función conjunta desarrollada en ese nivel de conducción; o, por expresarlo de otra manera, voy a restringir la analogía del puente, limitando la orilla táctica a su dimensión destructiva, y la operacional a las dimensiones tangibles o físicas del propósito. El puente de la maniobra operacional sólo salva el vacío que existe entre la dimensión destructiva y mecánica de la acción táctica, y la posesión de esos espacios que concretan el propósito general en los ámbitos físicos de operación. La maniobra operacional hace posible la integración deliberada de los múltiples incidentes tácticos de carácter destructivo, en un acontecer continuo y coherente que materialice los apoderamientos operacionales, esto es, la apropiación o dominio de esas porciones de los ámbitos físicos necesarias tanto para desarticular o frustrar al enemigo por entero, como para la consecución de nuestro estado final deseado.

Conviene insistir en que el concepto de operación militar es mucho más amplio que el de maniobra, y que el puente de la maniobra sólo une la orilla destructiva de la acción táctica, con la orilla en la que algunos ámbitos físicos acotados son identificados como operacionalmente relevantes. Para la operación como un todo, ni el aspecto destructivo compendia toda la acción táctica, en ocasiones ni siquiera es el más importante, ni esos ámbitos físicos agotan la relevancia operacional, sino que sólo son una de sus dimensiones, de nuevo no siempre la primordial.

Una vez situados en la vertiente operacional, el marco de cohesión y distribución espacial de esa vertiente modifica o connota alguno de los aspectos esenciales del concepto de maniobra, que se desenvuelve en un teatro en el que todo está interrelacionado, esto es, que presenta una cierta unidad fundada en la materialización de uno o varios objetivos operacionales asociados a un espacio concreto. Ese carácter espacial y esa unidad relativa constituyen la condición necesaria y suficiente para generar un centro de gravedad, en el que el efecto a conseguir “estará determinado y limitado por la cohesión de las partes” (Clausewitz, 1999: 695). En este marco, el sentido y valor de cada posesión se intensifica en proporción directa a la resignificación de su relevancia, que ya no sólo descansa en el acontecer de un enemigo específico, sino en su relación con ese origen de la potencia y libertad de acción de los sistemas enfrentados al que comúnmente se le denomina como centro de gravedad.

Esta relación entre relevancia y centro de gravedad introduce en la ecuación de la posesión toda una serie de ámbitos físicos que deben ser protegidos, usurpados o dominados; y que se suman a aquellos dimensiones físicas de los objetivos operacionales o condiciones decisivas a la que antes me referí, bien por ser parte esencial de la misma entidad física del centro de gravedad, bien por constituir alguno de sus requerimientos críticos[7]. También aquí a la maniobra sólo le interesa una dimensión del centro de gravedad y sus conceptos asociados: capacidades, requerimientos y vulnerabilidades críticas, la de sus aspectos más físicos o espaciales que en absoluto agotan el sentido y alcance de dichos conceptos para el conjunto de la operación.

Esta re-significación de la relevancia vinculada a objetivos operacionales y centros de gravedad, propios o enemigos incide también de forma significativa en el factor tiempo en un doble sentido. Uno ya mencionado, el de la primacía de la función conjunta maniobra cuando se litiga por una de estas posesiones esenciales; y otro el del equilibrio entre la primacía del momento o de la duración. En relación a este equilibrio inestable, la maniobra operacional también se diferencia de la táctica al desplazar el fiel de la balanza del momento y la oportunidad hacia la secuencia y la duración.

El conjunto de apropiaciones que persigue la maniobra en el nivel operación sólo puede conseguirse como resultado de una sucesión de esfuerzos bien escalonados y sincronizados en el conjunto del teatro de operaciones. Por una parte, la vinculación del apoderamiento con la dimensión espacial de los objetivos operacionales o de los centros de gravedad escapa a la presión del momento o a la actuación de cualquier porción del enemigo; es una vinculación más estable, relativa tanto a las potencialidades del teatro como al resultado acumulado de todo lo que en él acontece. Por otra, esas posiciones se distribuyen de forma interconectada a lo largo y ancho de todo el teatro, y sólo se pueden poseer de forma escalonada, en una sucesión de esfuerzos bien calculados, tanto para mantener el impulso en el acontecer dinámico del propio sistema, como para paralizarlo en el del enemigo.

Esta sucesión y sincronización no sólo son esenciales para que la maniobra operacional proteja o materialice la dimensión tangible asociada al centro de gravedad o a los propios objetivos, sino también para frustrar la capacidad del enemigo para  proteger  o materializar los suyos. Si en relación con este enemigo, el momento y la oportunidad marcan la maniobra táctica, que busca ocupar una serie de posiciones espaciales que disloquen al enemigo en presencia, de forma tal que caiga en la cuenta súbitamente de esa posición de desventaja. La sucesión y la sincronización marcan la operacional, que no busca tanto la desarticulación en profundidad del enemigo, como el hecho de reducirlo a la irrelevancia en relación con la consecución de sus propios objetivos.

En la maniobra operacional la penetración en profundidad no es un fin por sí mismo, en busca del envolvimiento o desbordamiento que obliguen al enemigo a realizar un cambio de frente o a separar sus fuerzas, sino un empeño por destruir tanto la interacción sistémica como la vinculación del conjunto de la fuerza enemiga con sus propios objetivos. Es esa quiebra de sus dinámicas sistémicas y de su razón de ser la que acarreará el shock y la desorganización de todo el enemigo.

Ahora bien, ¿cómo hacer compatible esa primacía de la duración sobre el momento con aquella simultaneidad necesaria para transmutar los efectos físicos en psicológicos o cognitivos[8]? Ciertamente, la simultaneidad sigue siendo vital en este nivel para lograr la paralización del enemigo como un todo; pero ese caer en la cuenta súbitamente ya no se refiere a una repentina disposición posicional sostenida con fortaleza, sino a la imposibilidad de que lo sistémico acontezca, bien porque la disposición espacio-temporal del teatro impide la interacción efectiva[9], o bien porque esa disposición convierte a la fuerza enemiga en irrelevante en relación con la consecución de sus propios objetivos. Esto es, la simultaneidad operacional implica una sucesión de maniobras tácticas que configuren el teatro de tal modo que, en un momento dado, la dimensión sistémica del enemigo colapse.

En definitiva, este cambio de acento de la oportunidad y el momento a la sucesión y sincronización debe entenderse como  una apuesta por la profundidad espacio-temporal que permite a la maniobra operacional articular los esfuerzos a lo largo y ancho de todo el teatro. En esta apuesta, la sucesión y sincronización que nos impulsan hacia nuestros objetivos debe resolverse en simultaneidad, crucial para la materialización del shock operacional del enemigo.

Así pues, en el marco de la duración, dos principios un tanto contradictorios sintetizan los pilares de la maniobra operacional. La sincronización como articulación espacio-temporal de lo sistémico con intención conformadora; y la simultaneidad como articulación espacio-temporal de lo sistémico con intención paralizadora. Una síntesis complementaria, en tanto la sincronización que defiende nuestro centro de gravedad y nos impulsa hacia nuestros objetivos coadyuva a esa parálisis y viceversa, generando un valor añadido denominado sinergia operacional.

Por último, la perspectiva sistémica de lo operacional también afecta al factor fuerza al intensificar y resignificar diversos aspectos que, si bien lo condicionan en todos los niveles, en el operacional lo hacen de un modo peculiar. Me refiero a la atmósfera bélica, la disimetría del enfrentamiento, y el sentido de la culminación para cada uno de los esfuerzos.

En cuanto a esa atmósfera bélica, el carácter sistémico de lo operacional suma una nueva fuente de incertidumbre a las de la fricción y el azar ya analizadas. Se trata del carácter no lineal de las relaciones causales inherente a todo lo sistémico. Este carácter no lineal incrementa la probabilidad de que cualquier causa, por pequeña que sea, tenga efectos desproporcionados e inesperados que difícilmente pueden ser asumidos, y menos predichos, por una lógica lineal. Ya no se trata sólo de una retroalimentación mutua entre el desgaste y la casualidad, que obliga a aplicar con prudencia nuestros esquemas analíticos, sino de entender que dichos esquemas son incapaces de racionalizar el carácter no lineal de lo sistémico:

 “One important source of uncertainty is a property known as nonlinearity. Here the term does not refer to formations on the battlefield but describes systems in which causes and effects are disproportionate. Minor incidents or actions can have decisive effects. […] In an environment of friction, uncertainty, and fluidity, war gravitates naturally toward disorder. Like the other attributes of war, disorder is an inherent characteristic of war; we can never eliminate it. […] If we are to win, we must be able to operate in a disorderly environment. In fact, we must not only be able to fight effectively in the face of disorder, we should seek to generate disorder and use it as a weapon against our opponent” (Warfighting, U.S. Marine Corps, 2000: 8-12).

En cuanto a la disimetría del enfrentamiento, cuanto más global es la consideración de las fuerzas y acontecimientos presentes en el teatro, menor es la vinculación simple y directa de la intención de tomar con la maniobra ofensiva y de la de conservar con la defensiva. Como bien explica Raymond Aron, tanto para tomar como para conservar es necesario aguardar y actuar simultáneamente, operaciones ofensivas o defensivas, e incluso dentro del propio aguardar, se puede hacer para desgastar la intención del enemigo o para destruirlo, esto es, que el aguardar también puede constituirse en preámbulo del tomar más decisivo (Aron, T. I, 1993: 244).

En todo caso, quien desea conservar podrá aguardar o actuar, pero siempre deberá resistir, y quien desea tomar podrá igualmente aguardar o actuar, pero siempre deberá conquistar; en ambos binomios, ese aguardar no tiene nada que ver con la pasividad, y siempre implica rechazar el ataque enemigo. Además, tal como ya señalé en el apartado dedicado a la disimetría, tanto la intención de conservar como la forma defensiva siempre gozan de una fortaleza especial. En relación con la intención, el fin negativo de conservar o resistir es menos demandante que el positivo de tomar o conquistar; en lo que se refiere a la forma, el camino de esperar y rechazar es más sencillo que el de actuar y apoderarse.

En lo que se refiere a la intención, cuanto mayor sea la fortaleza de quien quiere conservar, más centrará sus esfuerzos en guardar todo lo que sus fuerzas le permitan y repeler los asaltos del enemigo. Sin embargo, en la medida en que su desventaja aumente, las dimensiones de espera y resistencia ganarán importancia respecto a las de la acción y conservación, cediendo todo lo necesario hasta que quien tiene intención de tomar haya sido desgastado o paralizado:

“Un ejército que ha recibido órdenes de defender su teatro de operaciones. Puede hacerlo de las siguientes formas: Puede atacar al enemigo en el momento en que invada su teatro […] Puede ocupar una posición cerca de la frontera, esperar a que el enemigo aparezca y esté a punto de atacar para atacarle antes […] Puede esperar […] al propio ataque […] Puede retirarse al interior del país para resistir allí. El objetivo de esta retirada es debilitar al atacante […] hasta que sea demasiado débil para vencer la resistencia a la que acabará enfrentándose. […] Como las ventajas de la espera aumentan también en cada fase, cada etapa de la defensa es más eficaz que la anterior y de esta forma el esfuerzo bélico gana en efectividad cuanto más se aleja del ataque […]. Cada etapa sucesiva, lejos de pretender debilitar la acción de resistencia, se concibe simplemente para prolongarla y demorarla […] con cada fase sucesiva de la defensa, el predominio del defensor o más exactamente su contrapeso, se verá aumentado y en consecuencia lo mismo ocurrirá con la fuerza de su reacción. […] en las tres primeras etapas de la defensa […] el mero hecho de que no se llegue a una resolución constituye un éxito para la defensa” (Clausewitz, 1999: 557-560). 

En lo referente a la forma ofensiva y defensiva, esperar y rechazar es más sencillo que actuar y apoderarse, a condición de que el defensor goce de la ventaja de poder elegir la posición más idónea que, al modo de “un escudo compuesto de golpes bien dirigidos” (Clausewitz, 1999: 529), facilite tanto el desgaste creciente del enemigo, como las reacciones eficaces para paralizarlo y desarticularlo.

Esta multiplicidad de combinaciones nos lleva de nuevo al concepto de culminación que, aunque en el ámbito táctico tiene un cariz negativo por identificarse con el mismo borde de un abismo que no se debe cruzar, en el operacional constituye un aspecto esencial para llevar a buen término cualquier maniobra con independencia de su forma ofensiva o defensiva. En el marco de la lógica sistémica que rige lo operacional, la culminación constituye un punto de equilibrio en el que la acción debe convertirse en espera para, a su vez, facilitar de forma sinérgica que la acción continúe. La asignación de fuerzas para alcanzar esos puntos de equilibrio en el lugar y momento oportunos constituye una de las claves para el éxito de cualquier maniobra operacional.

En la defensiva existe una relación exponencial entre el espacio entregado por el defensor al atacante, y la trascendencia de lo puesto en juego en el periodo de espera. Por una parte, el valor del objetivo que el defensor ofrece revaloriza el imperativo de destrucción: ¡hace la apuesta más valiosa!; por otra, cuanto mayor sea su profundidad en el espacio del defensor, mayor será el desgaste del atacante por alcanzarlo. Sin embargo, como ya expliqué, esa revalorización tiene un límite, un punto culminante, en el que las ventajas de la espera cesan, y la amenaza de quiebra se cierne sobre todo el sistema defensivo. Este es el punto culminante de la defensa, en el que debería producirse una reacción que aproveche el máximo grado de desgaste que puede ocasionarse al atacante sin arruinar nuestro propio esfuerzo defensivo: entonces, cuando todas las ventajas de luchar en territorio propio están del lado del defensor y el enemigo carece de ímpetu para continuar el ataque, la reacción de una fuerza incluso inferior a la oponente puede resultar en una victoria decisiva. Clausewitz identifica este momento como la cuarta etapa que remata a cualquiera de las tres de la cita anterior:

“Sin embargo no ocurre lo mismo con la cuarta etapa […] cuando el enemigo nos ha seguido en nuestra retirada hacia el interior del país […] al final tendremos que tomar la iniciativa. De hecho, puede que para entonces el enemigo se haya hecho con toda el área que era objeto de su ataque, pero sólo la posee en préstamo. La tensión sigue existiendo y la resolución todavía no se ha producido. De este modo, cuando la fuerza del defensor aumenta día a día mientras que la del atacante disminuye, la ausencia de una solución beneficia al primero (defensor) […] se llegará necesariamente al punto culminante en el que el defensor deberá buscar una solución y actuar cuando las ventajas de la espera se hayan agotado completamente” (Clausewitz, 1999: 557-560). 

En la ofensiva, las potencialidades del punto culminante entran en juego a la hora de definir los objetivos secundarios que introducen la espera en esta forma de lucha. El propósito genérico de derrotar al enemigo debe leerse en clave de combinación de esfuerzos, de manera que los secundarios hagan posible la conquista de objetivos ineludibles para el defensor en los que culminen, y desde los que facilitarán el esfuerzo principal, al distraer fuerzas significativas del enemigo y reducir su capacidad de resistencia:

“[…] si las zonas conquistadas son lo suficientemente importantes y hay en ellas lugares vitales para las zonas todavía en poder del enemigo, la podredumbre se extenderá por sí misma como un cáncer; […] el conquistador puede disfrutar de una ventaja neta. […] De este modo, el tiempo puede convertirse también en un factor de la fuerza del conquistador” (1999: 844-845).

Toda ofensiva operacional integra múltiples esfuerzos dirigidos a objetivos más o menos importantes. Para los secundarios, su punto culminante significa la ocupación de objetivos que, sin ser vitales para nuestro propósito,  tienen un carácter provocador que incita la reacción del enemigo, que se verá obligada a extender su frente y disminuir su densidad, con lo que facilitará el esfuerzo penetrante del vector principal. El concepto de punto culminante contradice, así, una concepción excesivamente restrictiva del concepto de objetivo, e impone la necesidad de plantear objetivos alternativos o secundarios que, al resultar amenazados o conquistados, contribuyan a esa disgregación del enemigo que haga eficaz nuestra concentración en el esfuerzo decisivo.

En definitiva, La maniobra operacional debe combinar maniobras táctica de carácter ofensivo y defensivo, a modo de esfuerzos secuenciados en toda la profundidad del teatro, transformando ese conjunto de simultaneidades dislocadoras de nivel táctico en un impulso que, a la par que induce una dislocación más radical y definitiva en el enemigo como un todo, nos conduzca a la posesión de esos espacios que concretan el propósito general en los ámbitos físicos de operación. Esto es, la integración de esfuerzos en la maniobra operacional también descansa, al igual que la táctica, en un equilibrio dinámico entre los factores, pero a una escala mayor y modificada por las implicaciones sistémicas del teatro, y también busca la dislocación paralizante del enemigo, pero en este nivel de carácter global y claramente modulada por el principio operativo de “definición de objetivos”:

“La definición de objetivos consiste en que toda operación militar debe estar dirigida a conseguir uno o varios objetivos, que deben ser entendidos como requisito para la consecución de una situación final deseada, y que han de estar claramente definidos y ser alcanzables y trascendentes” (PDC-01, 2018:76).

Referencias:

Aron, Raymond (1993), Pensar la Guerra, Clausewitz, T. I y II, Madrid: Ministerio de Defensa.

Bertalanffy, Ludwig Von (1986), Teoría General de los Sistemas, México: Fondo de Cultura Económica.

Beyerchen, Alan (1992), “Clausewitz, Nonlinearity, and the Unpredictability of War”, International Security, 17 (3).

Clausewitz, Carl von (1999), De la Guerra, Madrid: Ministerio de Defensa.

Hart, Liddell B. H. (1989), Estrategia: La Aproximación indirecta, Madrid: Ministerio de Defensa.

Mahan, A. T. (1911), Naval Strategy, Boston: Little, Brown, and company.

PD-Publicación Doctrinal:

PD AJP-3 EDC V1 (2019), Allied Joint doctrine for the Conduct of Operations, NATO.

PD AJP-5 EDA V2 E (2019), Allied Joint Doctrine for the Planning of Operations, NATO.

PD Allied Command Operations, Comprehensive Operational Planning Directive, NATO, V.1 (2010), V.2 (2013).

PD FM 3-0 (2008), Operations, U.S. Army, edición.

PD MCDP-1 (1997), Warfighting, U. S. Marine Corps.

PD PDC-01 (A) (2018), Doctrina para el empleo de las FAS, España.

Schroedel, J. (1988), “The Art and Science of Operational Maneuver”, US School of Advanced Military Studies.

Vego, Milan N. (2009), Joint Operational Warfare, theory and practice, Naval War College Press.


[1] Clausewitz utiliza el término estrategia con un doble sentido, el propio de la estrategia, y el que ahora conocemos como arte operacional. Obviamente, aquí se refiere a este último sentido.

[2] A military objective can be exclusively or predominantly physical or tangible. This is usually the case with tactical and operational objectives in a high-intensity conflict. A military objective can also be exclusively unquantifiable or intangible. For example, undermining the enemy’s morale and will to fight is an essentially intangible military objective. However, in most cases a military objective is composed of both tangible and intangible elements (Vego, 2009: II-7).

[3] Entiéndase “objetivo” como concepto genérico, que incluye otros análogos tales como: “punto decisivo”, “terreno clave”, “área dominante”, “posición de flanco o en retaguardia”, “posición de giro”, en tanto sean esenciales tanto para dislocar al enemigo como para abrirnos el camino hacia nuestros propios objetivos, ahora sí, en sentido estricto.

[4] Desarrollada en la década de los setenta por el coronel de la fuerza aérea americana John Boyd.

[5] Diccionario de la RAE, Arte: Capacidad, habilidad para hacer algo.

[6] También aquí nos referimos a un concepto muy genérico de objetivo en el que también se incluirían las sucesivas condiciones decisivas a alcanzar.

[7] Ciertamente la protección o el ataque a un centro de gravedad, o a cualquiera de sus requerimientos críticos, puede hacerse desde otras funciones conjuntas, por ejemplo el fuego, pero sólo interesan a la maniobra en tanto una ámbito espacial físico acotado forma parte de ellos, o en tanto la posesión o el dominio de dicho ámbito es el camino elegido para proyectar nuestra potencia de combate sobre ellos.

[8] Tal como se explica en el apartado dedicado al factor tiempo.

[9]La interacción sistémica efectiva depende de la configuración espacio-temporal del teatro en un doble sentido: como espacio y tiempo necesarios para que las partes interrelacionen entre sí, y como espacios asociados al origen de la potencia y libertad de acción en que se funda esa interacción (centros de gravedad).


Editado por: Global Strategy. Lugar de edición: Granada (España). ISSN 2695-8937

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Pedro Valdés Guía

Teniente Coronel del Ejército de Tierra y profesor del Curso de Estado Mayor de las Fuerzas Armadas en el Centro Superior de Estudios de la Defensa Nacional (CESEDEN)

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