Los combates en el desierto norteafricano resultan sumamente interesantes desde el punto de vista de la evolución doctrinal de los contendientes, por muchos motivos. Algunas de las consecuencias de esa evolución doctrinal excedieron con mucho el marco de los combates del Note de África, conformaron la doctrina británica (y, posteriormente, norteamericana) para el resto de la SGM e incluso se extendieron durante casi la totalidad de la Guerra Fría.
Como hemos visto a lo largo de estas páginas, los alemanes aplicaron desde el principio de su intervención en los combates del Norte de África su concepto de ‘guerra de movimiento’, de manera incluso más depurada de lo que habían podido hacerlo en las campañas anteriores. No en vano, el Afrika Korps era una unidad completamente motorizada, mientras que el 90% de la Wehrmacht se movía a pie o a caballo. Esto permitió a Rommel desde el principio aplicar la doctrina de movimiento desarrollada en el periodo de entreguerras y perfeccionada en Polonia y en Francia. Además de ello, el carácter del General Rommel marcó en gran medida – para bien y para mal – el desarrollo de la campaña. Como demostró en la PGM y en su periodo de mando de la 7ª División Panzer en la campaña de Francia, Rommel era un jefe muy independiente, muy seguro de su juicio táctico, poco disciplinado, pero extraordinariamente audaz. Además de ello, Rommel no había recibido formación de Estado Mayor (durante la PGM era demasiado joven, y, al terminar la guerra, la Escuela de Estado Mayor desapareció por imposición del Tratado de Versalles; cuando Hitler la recreó, Rommel ya era coronel, demasiado mayor para el curso de Estado Mayor, reservado para capitanes y comandantes). Como consecuencia de su experiencia en combate, su carácter y su desconocimiento de los procedimientos de Estado Mayor, Rommel tenía una cierta tendencia a minusvalorar algunos factores objetivos estudiados por su Estado Mayor, cuando estos iban en contra de sus juicios tácticos, fundamentalmente intuitivos. Ése fue el caso de la logística, un factor determinante – como hemos visto – en el resultado de la campaña. De hecho, Rommel no tenía una experiencia logística destacada: las operaciones en las que había participado siempre habían sido de corta duración y se habían desarrollado a distancias relativamente próximas de sus bases logísticas, por lo que, hasta su llegada a África, nunca había experimentado limitaciones relacionadas con la falta de suministros. Tampoco tenía experiencia en operaciones conjuntas, y su conocimiento de la forma de acción de las fuerzas aéreas, de sus posibilidades y limitaciones y de su forma específica de contribuir a las operaciones de las fuerzas terrestres alemanas (incluso en el marco de la ‘guerra de movimiento’ de las fuerzas acorazadas alemanas) era relativamente reducido. Este desconocimiento era aún mayor en el caso de las fuerzas navales. A lo largo de la campaña, Rommel fue adquiriendo experiencia en estos campos y confianza en su competente Estado Mayor. Sin embargo, fiel a su experiencia, siempre consideró que la moral y la fuerza de voluntad podían superar todos los obstáculos ‘objetivos’ que le presentaba su Estado Mayor.

Por parte británica, la campaña del desierto libio y egipcio se caracterizó fundamentalmente por el intento inicial de poner en ejecución la doctrina ‘solo carros’ de Fuller, a la que, de forma absolutamente incorrecta, atribuían el éxito alemán en Francia y en Polonia. Esta creencia se vio reforzada por la espectacular victoria de Beda Fomm, sobre una fuerza italiana muy numerosa, pero apenas motorizada y dotada de carros y de armas contracarro completamente inútiles contra los carros británicos. Así, la llegada del Afrika Korps y los sucesivos reveses recibidos por parte de Rommel, se atribuyeron más a la mayor calidad de los carros alemanes que a una aproximación defectuosa al combate. En realidad, en los compases iniciales de la campaña alemana en ese teatro, los carros alemanes (Panzer-I, armado solo con ametralladoras, Panzer-II, dotado de un pequeño cañón de 20 mm., Panzer-III con cañones de 37 mm. y Panzer-IVD, con cañón de 75 mm. de baja velocidad), eran inferiores a los británicos (Crusader y Matilda-II, armados con cañones 2-pounder). Sin embargo, los alemanes emplearon sus carros de forma perfectamente coordinada con sus potentes cañones FlaK de 88 mm., atrayendo regularmente a los británicos a emboscadas organizadas sobre la base de estas armas (prácticamente las únicas de que disponían entonces los alemanes capaces de destruir uno de los pesadamente acorazados Matilda-II). De forma sorprendente, los británicos contaban con un cañón antiaéreo de características similares al eficaz FlaK 35/36 de 88 mm. alemán, el QF (‘quick fire’) 3,7’ AA, de 94 mm. de calibre. Sin embargo, nunca se plantearon su empleo en modalidad contracarro.

En los meses iniciales de la campaña, la práctica británica de los jefes de las Divisiones Acorazadas de dejar atrás a su Artillería de apoyo y a su escasa Infantería (un solitario Batallón Motorizado en cada una de las dos Brigadas que formaban la División), hacía que los carros británicos no tuvieran otra opción frente a una de estas emboscadas contracarro de los alemanes que ‘cargar’ contra ellas con sus carros. Esta forma de ataque era coherente con la idea ‘solo carros’ (que consideraban la clave del éxito) pero resultó inevitablemente en una enorme cantidad de bajas sin resultados efectivos: en los largos campos de tiro del desierto, el mayor alcance de los FlaK alemanes hacía que los carros británicos fuesen destruidos antes de llegar a la distancia suficiente para emplear sus pequeños cañones 2-pounder. Además, incluso en ese caso, sus cañones solo podían disparar proyectiles perforantes, no explosivos, por lo que eran muy poco eficaces contra las dotaciones de los FlaK, contra sus vehículos tractores o contra los Infantes alemanes que los protegían. La llegada al teatro norteafricano de versiones más avanzadas de los Panzer-III (como la ‘J’, con cañón de 50 mm.) y del Panzer-IV (a partir de la ‘F2’, con cañón de 75/42 mm. de alta velocidad) pusieron a los británicos en clara desventaja de alcance frente a sus adversarios alemanes, lo que hacía que los alemanes venciesen regularmente en los combates de carros con los británicos, independientemente de la relación de fuerzas. Fueron en estos meses cuando Rommel alcanzó sus victorias más famosas. En realidad, hasta la llegada de los carros norteamericanos Grant, Lee y Sherman, dotados de cañones de 75 mm. capaces de disparar proyectiles explosivos y de las últimas versiones de los Crusader y Valentine, con cañones 6-pounder, la capacidad real de los carros británicos de enfrentarse a los carros alemanes era muy escasa, como demostraron los combates de Gazala y Mersa-Matruh.

Por su parte, la Infantería británica, al inicio de la campaña, se componía de unidades adecuadamente llamadas ‘de fusileros’: la mayoría de sus componentes no disponía de más armas que los fusiles Lee-Enfield, la ametralladora ligera Bren y, en cada Batallón, dos morteros ligeros con granadas fumígenas. Al inicio de la campaña libia, el número de morteros se aumentó a seis por Batallón, y se proporcionaron granadas explosivas. Sin embargo, los Batallones de Infantería carecían de ningún arma contracarro. Y las Brigadas de Infantería – compuestas de tres Batallones iguales – estaban en la misma situación. La capacidad contracarro aparecía con el Grupo de Artillería Contracarro de la División, compuesto por tres Baterías, cada una con ocho cañones 2-pounder. Además de lo inadecuado de esta arma (apenas era capaz de destruir a los carros alemanes más ligeros y a distancias muy cortas), el empleo que los británicos hicieron de ese Grupo Contracarro fue erróneo desde el principio. En lugar de emplear ese Grupo como una especie de ‘equipo de bomberos’, manteniéndolo reunido y en reserva, con el fin de detener las penetraciones acorazadas enemigas cuando se produjeran, la práctica habitual era la de asignar una Batería a cada una de las Brigadas, que, a su vez, la distribuía como estimaba oportuno a cada uno de sus Batallones. Puesto que la Batería estaba diseñada para operar reunida o, como mucho, dividirse en dos, siempre había algún Batallón que no recibía ninguna defensa contracarro. Esta ‘atomización’ de las defensas contracarro implicaba además que, puesto que los carros alemanes atacaban reunidos en un solo punto (o en dos, como mucho), los pocos cañones presentes en el lugar elegido por los alemanes para la penetración se encontraban irremediablemente superados en número, y eran rápidamente destruidos. Esto dejaba a la Infantería británica a merced de los carros alemanes, y se tradujo en la pérdida de gran número de unidades. Para mejorar en la medida de lo posible la capacidad de defensa contracarro de su Infantería, en la parte media de la campaña del desierto, el General Ritchie tomó la decisión de emplear sus piezas de Artillería de Campaña 25-pounder, como armas contracarro, deshaciendo los Grupos de Artillería y repartiendo las piezas a las Brigadas de Infantería. Esta decisión tuvo como efecto hacer desaparecer prácticamente a la Artillería de Campaña británica (que, a juicio de sus adversarios alemanes, era el Arma mejor mandada y mejor empleada por los británicos), sin más efecto que aumentar ligeramente (pero de forma insuficiente) la relación numérica entre carros alemanes en ofensiva y armas contracarro británicas en defensiva. La llegada de Auchinleck a la jefatura del 8º Ejército revirtió esa decisión, devolviendo a la Artillería a su papel tradicional (y lógico), que hizo que contribuyese decisivamente a la victoria de El Alamein.

El intento británico de poner en ejecución la teoría de ‘solo carros’ y las propias limitaciones de sus vehículos con relación a los alemanes hicieron a los carristas británicos muy prudentes en el empleo de sus medios, hasta el punto de dejar ‘abandonadas’ a las unidades de Infantería en varias ocasiones. Lógicamente, esto no contribuyó a crear relaciones de confianza entre las unidades de carros y las de Infantería, por lo que, hasta los últimos compases de la batalla de El Alamein, la cooperación entre la Infantería y los carros británicos fue muy defectuosa.
Por comparación, la doctrina alemana subrayaba el carácter interarmas de cualquier acción, por lo que el combate de la Infantería se encuadraba siempre en el marco más amplio de la operación. Rommel pronto fue consciente de que, en los largos campos de tiro del desierto, la eficacia de los fusiles y ametralladoras de su Infantería era muy reducida. Puesto que el combate en el desierto se basaba en el empleo de carros de combate, Rommel hizo un gran esfuerzo en dotar a su Infantería de medios contracarro. El ejemplo de la 90ª División Ligera es instructivo: la División se componía en la primavera de 1942 de cuatro Batallones de Infantería, dos Grupos contracarro y un Grupo de Artillería. Los cuatro Batallones de infantería debían actuar tanto como infantería motorizada convencional, como en el papel de medios contracarro. Para la primera misión se reforzó su composición inicial con numerosas ametralladoras, morteros y cañones de infantería. Para la segunda de sus misiones, cada Pelotón fue equipado con uno de los abundantes cañones de campaña de 76,2 mm. capturados a los rusos en 1941. Este cañón equipaba también uno de los dos Grupos contracarro y se le entregó también al Grupo de Artillería de Campaña, adicionalmente a sus obuses de 105 mm. Puesto que el segundo Grupo contracarro estaba equipado con PaK-38 de 50 mm., en realidad, las siete unidades de entidad Batallón de la 90ª División Ligera eran Grupos Contracarro.

La capacidad de los alemanes de organizar muy rápidamente (incluso de forma improvisada) unidades interarmas muy flexibles de pequeña entidad (los kampfgruppen eran, en general, unidades de entidad Batallón o Regimiento, que integraban medios muy diversos, desde carros, cañones FlaK y PaK, Infantería, Artillería de Campaña…), con un carácter fundamentalmente interarmas, permitía a Rommel organizar unidades ‘hechas a medida’ para cada situación táctica, o bien, reaccionar de forma rápida ante situaciones imprevistas. Esta capacidad nunca pudo ser igualada por parte británica, e, incluso las Brigadas reforzadas con medios contracarro que defendían las ‘boxes’ en Gazala o Mersa-Matruh fueron organizaciones interarmas, pero de orgánica fija y bastante inflexible, que se pretendía que fuese eficaz en todas las situaciones tácticas (al estilo de un vestido de ‘talla única’, y como ellos, nunca quedaban totalmente bien).
A lo largo de la campaña, los británicos fueron abandonando su idea de ‘solo carros’ y llegando a una mejor cooperación interarmas, si bien esta evolución vino acompañada por la renuncia a competir con los alemanes en el combate móvil, y, en consecuencia, a una reversión a la ‘methodical battle’ de la PGM, si bien los carros se pretendía que se empleasen en profundidad en la explotación de las brechas (como preconizaban Fuller en su ‘plan 1919’ o el Coronel francés D’Estienne, en los años finales de la Gran Guerra), algo, que, sin embargo, solo ocurrió cuando el Panzerarmee había perdido totalmente su capacidad de combate. La batalla de Alam Halfa es un ejemplo de este empleo limitado de los carros en el marco de una batalla esencialmente estática, y el final de la tercera batalla de El Alamein muestra el intento de explotar la ruptura de la Infantería con una penetración de carros.

En realidad, esta evolución es lógica: como decíamos al tratar el nacimiento de la ‘guerra de movimiento’, este tipo de combate lo adopta generalmente el bando más débil, pues implica correr grandes riesgos. Por comparación, la ‘methodical battle’, bien aplicada, ofrece ciertas garantías de victoria al bando industrialmente más poderoso, con riesgos mucho más limitados. En la campaña del Norte de África, éste era el caso del 8º Ejército, con acceso regular a los casi ilimitados recursos aportados por los Estados Unidos.
En el caso de los alemanes, la escasez de combustible en las fases finales de la campaña tuvo unas consecuencias mucho más profundas de lo aparente. La superioridad táctica de los alemanes se basaba precisamente en su dominio del combate interarmas, y la falta de combustible hizo que Rommel priorizase el movimiento de sus carros, en detrimento de la Infantería, la Artillería o, incluso, los FlaK. Así, los kampfgruppen que actuaron en las fases finales de la batalla de El Alamein carecían del apoyo de fuegos (Artillería) o de Infantería necesarios para superar a las defensas contracarro británicas, mucho más sólidas tras la sustitución del ineficaz 2-pounder por el mucho más potente 6-pounder. En consecuencia, las posibilidades de los carristas alemanes de superar estas defensas no eran mejores que las de sus homólogos británicos frente a las temidas barreras de FlaK y PaK alemanes, como mostraron los repetidos fracasos de los contraataques del Panzerarmee frente a ‘Supercharge’ y a las operaciones ofensivas británicas posteriores.

La evolución de la campaña de África del Norte implicó en ambos bandos la necesidad de un planeamiento conjunto, casi ausente al inicio. En efecto, como hemos visto, la capacidad de combate terrestre del Panzerarmee dependía completamente de los suministros que llegaban a África desde Italia por vía marítima. Las vías de comunicación marítima entre Italia y Libia pasaban necesariamente por las proximidades de Malta, en manos británicas. Y, a su vez, la capacidad defensiva y ofensiva de la isla de Malta dependía del abastecimiento de armas, municiones y combustible que llegaban por vía marítima. Es decir, el resultado de las operaciones en Libia o en Egipto dependía casi completamente de la batalla aeronaval que se desarrollaba alrededor de Malta. Consecuentemente, ambos bandos tuvieron que adoptar un enfoque absolutamente conjunto de las operaciones, algo que era una (relativa) novedad para ambos (los alemanes ya habían realizado con éxito operaciones conjuntas en Noruega en 1940 y en Grecia en 1941, y los británicos también en Noruega y en Dunkerke en 1940 y en Grecia en 1941). En cualquier caso, ni Rommel, ni Kesselring, ni Alexander, Auchinleck o Montgomery tenían experiencia previa en este tipo de operaciones, por lo que la evolución hacia la integración de los escenarios terrestre aéreo y naval fue lenta, lo que explica en parte la relativa ‘tranquilidad’ con la que el Panzerarmee recibía suministros en los compases iniciales de la campaña, pero también el papel secundario que Rommel concedió a la toma de Malta en su avance hacia Egipto. De la misma forma, la cooperación entre las fuerzas terrestres y las aéreas fue mejorando con el tiempo. En el lado alemán, la Luftwaffe desarrolló desde el principio su forma de operar habitual, la operativ luftkrieg, en la que apoyaba el esfuerzo terrestre en profundidad (atacando a las reservas y a la logística británica), con acciones puntuales de apoyo cercano en momentos críticos a las fuerzas terrestres y mediante el reconocimiento aéreo. Pese a ello, Rommel no era plenamente consciente de la importancia de la aviación hasta que se vio forzado a combatir en situación de inferioridad aérea, en las etapas finales de la campaña. Por su parte, los británicos, que se vieron enfrentados inicialmente a la eficaz actuación de la Luftwaffe fueron bien pronto conscientes de la necesidad de integrar las operaciones aéreas y terrestres, lo que llegó a un planeamiento progresivamente más integrado entre el 8º Ejército y la Desert Air Force, y al desarrollo de procedimientos de coordinación cada vez más eficaces.

El escenario de la campaña era muy particular: el desierto. Aparentemente, el desierto, como el mar para los buques, parecía ofrecer una completa libertad en el diseño de las operaciones y en el movimiento de las unidades. Sin embargo, ésta era una impresión equivocada: como hemos visto a lo largo de la campaña, accidentes del terreno casi imperceptibles (escarpaduras de Sidra, Rigel, Miteiriya o Ruweisat, las ‘alturas’ de Tel el Eisa o el ‘punto 29’, por ejemplo) cobraban una importancia desmesurada, al proporcionar los únicos observatorios disponibles para la Artillería (y de los que dependía completamente su eficacia). De la misma forma, los puertos de Tobruk, Bengasi o Trípoli, la carretera costera, el terreno apto para la defensa (el paso de Halfaya, las alturas de Ain el Gazala) o los pozos de agua (caso de Mechili), condicionaban completamente las operaciones. De la misma forma, incluso sin presentar relieve, la consistencia del terreno en cada zona del desierto facilitaba, retardaba o impedía el movimiento, especialmente el de los vehículos de ruedas. En consecuencia, la libertad de los jefes de ambos bandos para diseñar sus operaciones era mucho menor de lo aparente.
Los amplios y despejados campos de tiro del desierto condicionaron completamente los combates, dando siempre ventaja al bando dotado de mayor alcance: mientras los carros británicos solo estuvieron equipados del ineficaz 2-pounder, la ventaja en alcance fue casi siempre de los alemanes. Con la llegada de los cañones contracarro 6-pounder y de carros dotados de cañones con mayor alcance (las últimas versiones de los Crusader y Valentine y los norteamericanos Lee/Grant y Sherman), la ventaja del Eje desapareció, lo que fue uno de los elementos decisivos de la victoria británica. Además de ello, esto implicaba que la Infantería dotada solo de armas ligeras estaba indefensa frente a los carros, lo que la descartaba como ‘Arma principal del combate’ en favor de las unidades acorazadas (o de cualquier unidad dotada de armas de mayor alcance, como ocurre hoy con los Toyota armados con ametralladoras pesadas que emplean los grupos yihadistas en el desierto del Sahel). Así, la Infantería queda relegada en el desierto a papeles secundarios, operando siempre en beneficio de las unidades de carros. Solo la existencia de los citados puntos clave en el terreno permiten que la Infantería tenga un papel relevante en los combates en el desierto.

La Artillería de Campaña también tenía muchas dificultades para operar en el desierto, por la falta de observatorios (ya comentada), pero también por la carencia de referencias de tiro o de cartografía. Así, el empleo de la Artillería en grandes masas estaba limitado a zonas del terreno muy específicas (caso de los alrededores de Tobruk o El Alamein, por ejemplo, que estaban correctamente cartografiados). Fuera de estas zonas muy concretas, el carácter fundamentalmente móvil de los combates limitaba también su eficacia, obligando al desarrollo de procedimientos específicos para conseguir proporcionar un apoyo de fuegos muy rápido, con datos topográficos muy escasos. Ambos contendientes desarrollaron estos métodos, si bien los británicos dedicaron mayor esfuerzo en mejorar la eficacia de su Artillería, lo que se tradujo en la superioridad de fuegos de que disfrutaron en las semanas finales de la campaña.
La guerra electrónica jugó también un papel fundamental, especialmente la interceptación de comunicaciones radio. Como hemos visto, por parte alemana la actuación de la 621ª Compañía de Guerra Electrónica era, junto con el reconocimiento aéreo, un elemento fundamental para que Rommel pudiese planear con éxito sus operaciones. La destrucción de esta unidad en los combates de Tel el Eisa en julio de 1942, junto con la pérdida de la superioridad aérea por parte de la Luftwaffe hacia la misma época, ocasionaron que, a partir de entonces Rommel perdiese los dos elementos más eficaces de que disponía para conocer el despliegue y las intenciones de sus adversarios. A partir de ese momento, la calidad del planeamiento del Panzerarmee fue muy inferior a la de los combates precedentes. Simultáneamente, los británicos comenzaron a explotar la desencriptación de las comunicaciones alemanas mantenidas a través de la máquina Enigma, lo que les proporcionaba un conocimiento muy preciso de la situación e intenciones del Panzerarmee.
En conjunto, los combates en la campaña del Norte de África permiten estudiar a pequeña escala la evolución de los procedimientos de combate de alemanes y aliados durante el resto de la guerra, caracterizados por la progresiva erosión de la capacidad de combate interarmas del Ejército alemán, la pérdida de la superioridad aérea (y con ella, de un elemento clave de su ‘guerra de movimiento’), la inferioridad de fuegos con respecto a sus adversarios y las dificultades logísticas, mientras que los británicos (y, a imitación de ellos, los norteamericanos) ejecutan una versión actualizada de la ‘methodical battle’, rompiendo el frente alemán gracias a su potencia de fuego y avanzando posteriormente con sus unidades de carros en la retaguardia enemiga, aunque, en general, con penetraciones relativamente ‘tímidas’ y poco profundas.
