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La continuación de la política por otros medios

https://global-strategy.org/la-continuacion-de-la-politica-por-otros-medios/ La continuación de la política por otros medios 2023-04-18 12:04:23 Enrique Fojón Blog post Estudios Globales Europa

La desastrosa retirada de Afganistán, en agosto de 2021, resulto ser el heraldo de otra gran tragedia: Ucrania. En su sentido más básico, la guerra en Ucrania constituye un dramático recordatorio de que el fenómeno social denominado ‘guerra’ está ahí. Sigue siendo, como desde tiempo inmemorial, una forma de ‘relación’ humana, bien entre estados o interna en las sociedades, independientemente de las narrativas que se difundan desde las fuentes de poder políticas sustentadas desde la diplomacia o por ciertos medios, que establecen lo que es el bien y el mal. Constituye una refutación violenta de aforismos electoralistas tales como ‘los estados modernos no se hacen la guerra unos a otros’, ‘las grandes potencias son demasiado interdependientes económicamente para arriesgarse a ir a la guerra’ o que ‘el coste de convertirse en un paria internacional es demasiado alto’.

Es conveniente, en referencia a Ucrania, sacar a colación la descripción que, en ‘de la Guerra’, efectúa Clausewitz en términos holísticos de un fenómeno social que consta de tres elementos centrales o tendencias dominantes. Estos elementos, tríada o trinidad, es una relación humana paradójica, ‘compuesta de violencia, odio y enemistad, primordiales… oportunidad y probabilidad. . . y de su subordinación, como instrumento de política’. Es paradójico porque si bien la guerra es una extensión de la política, al ser racional, normalmente es impulsada primordialmente por la violencia y el odio, o por el azar. La violencia es la fuerza natural ciega, mientras que la naturaleza subordinada de la guerra como herramienta política, es lo que la somete a la razón pura y el azar es un factor que normalmente fuerza la escalada, en condiciones extremadamente violentas y peligrosas. Cada uno de los tres elementos se ‘manifiestan’ por diferentes sujetos dentro de la sociedad: respectivamente, el pueblo, el comandante y su ejército, y el gobierno’. La ‘trinidad’ de Clausewitz es un concepto comprimido de varias ideas centrales que están integradas por una lógica de contrastes que interactúan. La ‘trinidad’ es un sistema social que exhibe interacciones complejas y un comportamiento adaptativo y emergente. El sistema es sensible a las condiciones de la situación inicial, y el azar siempre puede alterar el comportamiento del sistema de manera impredecible, algo destacado dado el altísimo nivel de conectividad propio de la sociedad actual.

Aunque Clausewitz emplea en su manuscrito ‘de la Guerra’ ideas y terminología de su época, sus descripciones de la trinidad, sus atributos y su comportamiento emergente configuran lo que la moderna teoría de la complejidad identifica como un sistema complejo adaptativo. La teoría de la complejidad era originalmente un desarrollo para las ciencias naturales, pero es de gran utilidad para comprender los sistemas sociales. La teoría de la complejidad proporciona el marco de apoyo para entender la naturaleza y las causas fundamentales del fenómeno bélico, pero no reemplaza las teorías tradicionales.

Las guerras son más difíciles de concluir, más caras y mucho más destructivas de lo que asumen la mayoría de los que se enfrentan a la realidad desde su comienzo. A medida que aumenta la complejidad, los gastos y las pérdidas, todos los protagonistas experimentan cambios en sus conductas, buscando cómo controlar el conflicto por temor a la posible escalada.

Algunos países se niegan a seguir las reglas ‘buenistas’ enunciadas por Occidente y tienen otros ideales diferentes de raigambre cultural. Están perfectamente dispuestos a arriesgarse a un daño económico o a crear una percepción internacional desfavorable, si ello significa lograr un objetivo nacional importante, bien de tipo territorial o de poder. En este sentido, el presidente ruso, Vladimir Putin, es muy probable que decidiese invadir Ucrania en virtud de motivaciones históricas o de su percepción de la seguridad para con el pueblo ruso. Lo mismo puede decirse del objetivo de China de poner a Taiwán bajo el control directo de Pekín y del interés claramente demostrado por Irán en convertirse en un estado dotado de armas nucleares con la intención declarada de destruir el estado de Israel. El nuevo protagonismo buscado por Arabia Saudí pretende alcanzar una buena posición en el nuevo Orden. Para alcanzar esas metas se emplea el poder en sus diferentes ‘formas’, incluido el empleo de las ‘reglas’ internacionales.

Tras el final de la Guerra Fría, treinta años, de relativa paz y enorme prosperidad llevaron a Occidente, dirigido por Estados Unidos, a actuar de forma complaciente, ingenua, determinista y miope, tanto en la política exterior como en la económica, entendiendo que todo lo que se haga en nombre del ‘orden establecido’, es lo correcto a nivel internacional, consecuencia de lo que se presenta como una superioridad moral.

Hace solo unos pocos de años era impensable que Europa estuviera en el centro de una crisis como la presente. Pero acontecimientos como el ‘pivot’ estadounidense hacia el Indo-Pacífico, el crecimiento del poder de China, junto con la dependencia europea de la energía rusa y de la incontestable necesidad del poderío militar de Washington para su Defensa, aportaban un notorio y provocativo escenario de debilidad europea para todo aquel dispuesto a aprovecharlo. La guerra de Crimea, en 2014, constató que la política exterior de Estados Unidos se había desplazado estratégicamente hacia Asia, como quedó de manifiesto en la Estrategia de Seguridad Nacional de 2017 con la alusión a la Competición entre Grandes Potencias. Los líderes europeos, si mejorar sus capacidades defensivas, comenzaron a hablar de ‘soberanía’ y ‘autonomía estratégica’ como intentos de establecer su independencia de un imprescindible aliado estadounidense cada vez más orientado hacia lo que percibía como su principal enemigo: China.

Las voces de denuncia procedían principalmente de Francia y de las instituciones bruselenses, que también encontraron eco en países atlantistas como los Países Bajos e incluso ocasionalmente en Europa del Este. En 2019, la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, formó una nueva ‘Comisión geopolítica’, denominación imprecisa, y prometió convertir a la UE en un actor estratégico. Empleando la retórica, los líderes políticos de Bruselas, París y Berlín se habían adherido a la idea de que los europeos tendrían que ser capaces de liderar la respuesta a las crisis en su región. Pero esta opción no se antoja factible, más si Francia y Alemania no están dispuestas a renunciar a su protagonismo nacional.

La invasión rusa a gran escala de Ucrania en febrero de 2022 fue un baño de realidad para la idea de la ‘autonomía estratégica’ europea, que demostró su vacuidad. Si Moscú llegó a dar la orden de ataque es que no percibió elementos de disuasión por parte de Europa. La decidida respuesta de Washington a la invasión rusa y la aceptación que la decisión encontró en la totalidad de los países de la UE, restableció formalmente la Alianza Atlántica a su configuración tradicional de la Guerra Fría con el liderazgo estadounidense. Las decisiones estratégicas se toman todas en Washington, apoyadas en la aportación de la mayor parte de las capacidades militares que defienden a Europa. Las peticiones de adhesión a la OTAN de los ‘neutrales’ Suecia y Finlandia constituyen un acto de realismo, lejos de cualquier veleidad de ‘autonomía estratégica’.

El desafío más significativo para la cooperación en defensa por parte de la UE lo plantean los distintos imperativos soberanos que van en contra de la cooperación. Esta situación de profundas divergencias continentales en todos los dominios de las políticas de defensa nacional, especialmente las percepciones de la amenaza, se conoce como ‘cacofonía estratégica’. Para los Estados miembros de la UE, los factores políticos son un arma de doble filo, ya que trabajan en ambas direcciones: cacofonía e integración. El imperativo político de hacer que el proyecto de europeísta tenga éxito proporciona un poderoso incentivo para cooperar con otros miembros. Al mismo tiempo, la soberanía nacional funciona en la dirección opuesta y marca un techo para la necesaria cooperación, efecto que varía para cada estado miembro.

La guerra de Ucrania es un conflicto en curso cuyas acciones de combate se circunscriben, de momento, espacialmente a territorio ucraniano y los efectos que aporta desde esa limitación ya que el conflicto actúa de catalizador para cambios mundiales y aporta una profunda incertidumbre en la futura configuración de Europa. Pero la guerra en Ucrania no ha cambiado la trayectoria fundamental de la política exterior de Estados Unidos, la gestión de una nueva Guerra Fría con China, ni ha alterado las profundas divisiones internas sobre si seguir invirtiendo en la defensa de Europa. 

Aunque la causa inmediata fue, por supuesto, la invasión rusa de Ucrania, las consecuencias más profundas habrá que buscarlas en las tendencias estructurales de la nueva configuración internacional del poder político y su incidencia en la estructura de las relaciones transatlánticas, incluidas las divisiones internas entre los estados miembros de la UE. Xi Jinping y el Partido Comunista Chino (PCCh) respaldan con entusiasmo el concepto de ‘autonomía estratégica’ europea patrocinado por el presidente Macron y los funcionarios chinos se refieren constantemente a él en sus relaciones con los países europeos. Los líderes del partido y los teóricos en Beijing están convencidos de que Occidente está en declive y China está en ascenso y que el debilitamiento de la relación transatlántica ayudará a acelerar esta tendencia.

Para sobrevivir y prosperar a largo plazo, la Alianza Atlántica necesitaría reforzar su estructura, pues ir hacia un pilar europeo representaría de hecho el fin de una auténtica Alianza y el establecimiento de una Coalición europea, que constituiría un ‘pilar’ carente de capacidad de disuasión a nivel mundial. Pero la respuesta de la Alianza a la guerra en Ucrania ha hecho de la opción europeísta una entelequia.

Oficialmente, la mayor amenaza existencial que enfrenta Estados Unidos hoy en día es la RPC, dirigida y controlada por el PCCh. La situación resultante puede, en líneas generales, asimilarse al periodo histórico de la Guerra Fría, así denominado tras la Segunda Guerra Mundial, aunque la China presente, puede considerarse más peligrosa que vieja URSS. La razón para ello es doble.

Durante la Guerra Fría, Estados Unidos pudo reunir una sólida Alianza de naciones comprometidas para contener y derrotar a la Unión Soviética. Aunque en la actualidad se mantiene la denominación de Alianza Atlántica, en Occidente se mantiene diferentes opciones sobre cómo deben ser las relaciones con China y cómo eliminar la creciente amenaza del PCCh. En el periodo de la Guerra Fría, los Estados Unidos y sus aliados rompieron, en gran medida, sus lazos económicos con la Unión Soviética, aunque Moscú siguió abasteciendo de energía a Alemania. El empleo de la guerra económica junto con todas las facetas del poder estadounidense resultó ser esencial para el colapso de la URSS en 1991. Actualmente China es el mayor socio comercial de muchas capitales y Washington no se encuentra en la misma situación de la Guerra Fría para aislar económicamente a la RPC de la misma manera como lo hizo con la URSS.

En el periodo de globalización Washington pretirió las lecciones de la Guerra Fría, incluso cuando se facilitó a China el acceso a la financiación y a la tecnología estadounidenses para impulsar su ascenso económico y militar. La deficitaria toma en consideración de la amenaza china por parte de Washington, fue ingenua al asumir que podrían guiar a China hacia una mayor apertura económica y, en última instancia, a más libertad política. Esa filigrana fracasó desastrosamente dado que, bajo la estrategia participativa de Estados Unidos, impulsada por las políticas comerciales y manufactureras que empoderaron al PCCh, ha dejado, en gran parte, a Washington dependiente de la economía china. Las cadenas de suministro críticas, desde elementos vitales de tierras raras hasta productos farmacéuticos clave, siguen dependiendo en gran medida o en su totalidad de la República Popular China. 

La política exterior de la RPC es percibida desde Occidente tiende a constituirse como un ‘hegemón’, ‘convenciendo’ a los países del Indo-Pacífico para que se sometan. Parte de sus actividades incluyen bloqueos simulados de Taiwán, enfrentamientos con tropas indias en el Himalaya, el envió de aviones de combate para sondear el espacio aéreo japonés e incluso, el envío de globos aerostáticos al espacio aéreo norteamericano. Se le atribuyen campañas de coerción económica contra Corea del Sur y Australia mientras tomaba como rehenes a ciudadanos canadienses como presos políticos. Respalda la acción de Rusia en Ucrania y soporta al régimen rebelde de Corea del Norte.

El escenario mundial probable configura para la UE una situación especialmente difícil: Europa pertenece al mundo occidental, pero una ruptura con Pekín sería económicamente desastrosa. En 2022, China representó más del 20 % de las importaciones de miembros individuales de la UE, mientras que para Estados Unidos fue alrededor del 12 %. Para 2030, las previsiones de producto interior bruto ascienden a 20,5 billones de dólares para la UE, 30,5 billones para Estados Unidos y 33,7 billones para China. Por su parte, Pekín alienta los deseos europeos de ‘autonomía estratégica’, entendido en China como una forma de distanciamiento de los Estados Unidos. Muestra de ello son las declaraciones atribuidas al presidente Macron, tras su visita a Beijing, en las que afirmó que ‘el gran riesgo’ que enfrenta Europa es que “se vea atrapada en crisis que no son las nuestras, lo que le impide construir su autonomía estratégica”.

Para los estados miembros de la UE, los factores políticos son un arma de doble filo en lo relativo al futuro de la entidad, ya que actúan en direcciones opuestas: cacofonía e integración. El imperativo político de hacer que el proyecto de la UE tenga éxito proporciona un poderoso incentivo para cooperar con actores estratégicos. Al mismo tiempo, la soberanía nacional funciona en la dirección opuesta e impide alcanzar el nivel necesario para una cooperación cada vez más estrecha y autónoma, además, ambos efectos varían en magnitud entre los diferentes estados miembros, produciéndose una complejidad difícilmente gestionable.

La guerra en Ucrania ha confirmado que Estados Unidos tiene un asiento virtual en la mesa de toma de decisiones de la UE. Aunque no sea del agrado de todos, sin el aliado americano Europa no solo estará menos dotada en capacidades militares, sino también más dividida políticamente. La guerra de Ucrania ha demostrado que la política continúa por otros medios.

Enrique Fojón

Coronel de Infantería de Marina (R) y Doctor en Relaciones Internacionales. Ha sido jefe de la Unidad de Transformación de las Fuerzas Armadas y asesor del Ministro de Defensa español.

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