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La imagen del infierno en la tierra: el Combate Urbano Litoral

En el pasado, las guerras de guerrillas, así como las guerras híbridas (siendo, como son, cosas distintas) se libraban sobre todo en desiertos, selvas o zonas montañosas de difícil acceso: Lawrence de Arabia, Malasia e Indochina; Tora-Bora… esas eran las contested zones elegidas por la parte débil con la mirada puesta en minimizar la superioridad tecnológica de las principales potencias en cada momento histórico: había que ‘arrastrar’ a las fuerzas armadas de esas potencias a entornos operativos que ofrecieran refugio a los guerrilleros o a los guerreros híbridos, que prometieran una campaña larga, de desgaste (las sociedades más avanzadas sueles ser menos resilientes) y que compliquen el trabajo de los medios ISTAR (inteligencia/vigilancia/adquisición de blancos) del enemigo.

Eso se correspondería con la parte inmutable de la guerra. Lo que no va a cambiar. Lo que cambia es… la socio-demografía. Ésa es la variable que nos está obligando a (re-)pensar el modo de hacer la guerra (warfare). El fenómeno que va a más, como tendencia geopolítica a escala global, está caracterizado por: 1) el crecimiento exponencial de la población mundial; 2) que se produce sobre todo en entornos urbanos (porque ahí hay más natalidad, pero también por crecientes migraciones internas del campo a la ciudad); y 3) que se produce, sobre todo, en grandes urbes costeras.

En efecto, la inmensa mayoría de las megaciudades y de las grandes ciudades ya están en un entorno litoral. Sobre todo, en África y Asia. Eso puede ser debido a que el 85 % del total de mercancías transportadas por el mundo lo son por mar, de modo que se están multiplicando los grandes puertos con capacidad para carga y descarga de portacontenedores, mientras crecen los barrios y suburbios que proliferan alrededor suyo.

Ese crecimiento desbocado, en Estados en vías de desarrollo, con pocos recursos y una mediocre gobernanza interna, contribuye a otra proliferación, paralela, pero todavía más preocupante: la del crimen organizado, los santuarios de grupos terroristas transnacionales, los warlords, los clanes, etc. En muchas ocasiones se produce una combinación de todo ello, incluyendo las típicas alianzas, de geometría más o menos variable, entre unos u otros.

A decir de Frank Hoffman, a la sazón uno de los principales expertos mundiales en el tema, ese es un ingrediente propio de las guerras híbridas. Es uno de los motivos que le llevan a escribir que las contested zones del futuro no serán (o no principalmente) los desiertos, las selvas, o las zonas montañosas de difícil acceso, sino esas zonas urbanas. Entre otras cosas porque, además de esa miscelánea de actores armados no-estatales, la orografía de la ciudad (valga la metáfora) ofrece unas condiciones ideales para cubrir con creces las necesidades de la parte débil: esconderse, alargar la campaña, y dificultar el trabajo de las tecnologías más avanzadas, a disposición de las principales potencias.

Con el añadido de que, ante la masa de civiles ahí presentes, se redoblan las probabilidades de provocar daños colaterales -o, directamente, las de emplear escudos humanos- que en tantas ocasiones son utilizados por esos combatientes híbridos para cargar las tintas contra terceros, generando con ello la consiguiente erosión sociopolítica en sus rivales. De hecho, aunque solo fuera por este último aspecto, las grandes urbes constituyen una opción suculenta para que la parte débil de un conflicto armado decida plantear la batalla en ese entorno.

Eso condicionará los sistemas de armas empleables en el combate urbano. La teoría de las ‘0 bajas’ penaliza no solo las bajas propias sino, cada vez más, también las ajenas. Mientras que sus derivadas extienden su manto protector tanto a los edificios emblemáticos ubicados en el lugar en el que se libran los combates como a las viviendas de los civiles. Todo ello ha dado pie a que expertos de la talla de David Kilcullen adviertan sobre la necesidad de evitar el urbicidio. El precio a pagar por la omisión de esta advertencia será que las guerras que (aparentemente) se ganen en el frente, se pierdan en la propia retaguardia.

De hecho, una de las características más notables del combate urbano radica en que el supuesto ‘frente’ no existe. Se combate a 360 ºC y en todas las dimensiones; la tensión acumulada por el combatiente es máxima, sin apenas descanso; la evacuación de los heridos se complica; cuantos más escombros se acumulen, con más posiciones defensivas contará el rival; las zonas que permiten emboscadas se multiplican; las azoteas constituyen puestos de tiro excelentes desde los que atacar a las fuerzas que operan a ras de suelo; los avances se producen lentamente, edificio por edificio; las unidades de apoyo logístico y de ingenieros, tan necesarias, se convierten en blancos predilectos de los snipers, o de los IEDs; los niveles de ruido, de confusión, y de interferencias acumulados apenas permiten mantener las comunicaciones entre unidades, aunque, de hecho, se termina combatiendo a partir de pequeños núcleos de tropas que constantemente están en peligro de quedar aisladas del resto de sus unidades. Y así un largo etcétera.

Escenas como las narradas en Black Hawk derribado no son ciencia ficción. Pero, si atendemos al diagnóstico básico esbozado al comienzo de este análisis, la tendencia lo será a que se reproduzcan. Eso exige un esfuerzo importante de imaginación, en lo orgánico y en lo doctrinal, además de una adaptación constante de los sistemas de armas ya existentes, a fin de minimizar las bajas propias y ajenas, mientras se cubren los objetivos trazados por las autoridades políticas en cada campaña. La guerra es una mala cosa. De las peores que uno pueda imaginar. Pero, dentro de ese cáustico escenario, lo peor que puede pasar es no librarla con los medios adecuados, en todos los ámbitos señalados (doctrina/orgánica y tecnología). Por consiguiente, esa debería ser la prioridad de los planificadores militares.

Para quien estén interesados en profundizar en la cuestión ofrezco una explicación más detallada en esta videoconferencia.

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Josep Baqués

Josep Baqués es Profesor de Ciencia Política en la Universidad de Barcelona y Subdirector de Global Strategy

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