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La paz, esa bonita entelequia

Resumen: Vivimos en una época complicada. Una época donde los acontecimientos se desarrollan a una velocidad tal que no da tiempo a asimilarlos. Una época donde todo es confuso. Donde, en ocasiones, no te puedes fiar ni siquiera de lo que ves. Donde la paz es más bien un estado deseado que una situación real. Una época en la que, como nos ha mostrado la actual crisis sanitaria, la guerra es más un estado permanente de nuestra convivencia que algo repentino y temporal. Una guerra en la que, al fin y al cabo, todos somos soldados.

Nuevas potencias con sistemas autoritarios emergen y amenazan el viejo orden mundial. Mientras tanto Occidente permanece inmune, como si no fuera con ellos o no pudiesen hacer nada. El nihilismo va ganando terreno en una sociedad cada vez más pusilánime.

Nuestros valores son atacados y criminalizados, creando un desasosiego generalizado. Es necesario, por tanto, corregir el rumbo. Retomar nuestros valores. Fomentar y premiar el esfuerzo.


Es normal definir al periodo de paz[1] como aquel en el que hay ausencia de guerra o conflicto. No obstante, esa definición no deja de ser una errónea acepción de un estado utópico inherente a la realidad de la naturaleza humana.

Según Morgenthau, el mundo “es el resultado de unas fuerzas inherentes al ser humano” y, como Tucídides apuntó, “el miedo (phobos), el interés personal (Kerdos) y el honor (doxa) motivan la naturaleza humana”.

Según (Kaplan, 2012), “la naturaleza humana –el panteón del miedo, el interés personal y el honor de Tucídides– contribuye a la existencia de un mundo en que los conflictos y las coacciones son constantes, y dado que los realistas como Morgenthau dan por sentado dicho conflicto y saben que es inevitable, son menos propensos a reaccionar de manera exagerada que los idealistas cuando éste estalla”.

De esta manera, los realistas aceptan que la tendencia al dominio es un elemento natural en toda interacción humana, y especialmente en las relaciones entre estados.

Fuente: esdeguerevistacientifica.edu.co

Así pues, y puesto que los estados no dejan de ser extensiones físicas de terreno en el cual cohabitan grupos de personas más o menos homogéneos que, en mayor o menor medida, rigen su conducta seducidos por uno o varios de los siete pecados capitales dada su naturaleza imperfecta; la paz solamente es un estado deseado e inalcanzable que trata de complacer la tan ansiada tranquilidad del alma de aquellos que, sabedores o no de la realidad humana, luchan a diario en sus fueros internos por encontrarla. 

No obstante, la historia nos recuerda una y otra vez que ésta se rige por dos únicos periodos bien definidos según el sentido original: el periodo de guerras y el de entreguerras. Este último cada vez más ausente.

Si bien hasta hace poco tiempo estos periodos estaban perfectamente delimitados, en la actualidad existe una permanente neblina que imposibilita ver los límites físicos de uno y otro, e introduce a toda la humanidad en esa especie de zona gris[2] donde queramos o no, lo sepamos o no, participemos directamente o no, estamos permanentemente en guerra. Una guerra que solamente muestra su vertiente más visible, el conflicto armado, en aquellos momentos y lugares perfectamente estudiados por alguna o todas las partes interesadas. Y es que, tanto en el conflicto armado como en la guerra en sí, siempre hay vencedores y vencidos, estos últimos sometidos desde ese momento a la voluntad y los intereses de los primeros.

Y puesto que el ser humano actual está en un estado permanente de guerra, que no de conflicto armado, qué mejor forma de vencerla que aceptando esta realidad inherente a la condición humana. Solamente aceptando esta realidad seremos capaces de concienciarnos y prepararnos para librarla de la forma más beneficiosa y menos dolorosa posible, tanto para nosotros mismos como para nuestros enemigos.

“Los que consiguen que se rindan impotentes los ejércitos ajenos sin luchar son los mejores maestros del Arte de la Guerra” Sun Tzu

Así pues, y ante semejante tesitura, únicamente una adecuada disuasión y contención basada en un  equilibrio constante de fuerzas (soft y hard) es la mejor estrategia para evitar un conflicto que acabe en un uso indiscriminado y excesivo de la fuerza mediante agentes NBQR de incalculables consecuencias.

Y puesto que toda estrategia tiene sus políticas, en este caso ésta debe comenzar por una adecuada política de Cultura de Seguridad y Defensa. Una cultura que debe estar bien estructurada en cuanto a contenidos y objetivos, que debe ser convenientemente difundida, y que debe conformarse como una auténtica política de estado fruto del consenso por parte de todos los grupos parlamentarios. Y dado que, en esta época, la del control del relato, el mensaje es el que debe interiorizarse a nivel cognitivo, podríamos establecer el siguiente:

“La ausencia de violencia, el estado de bienestar, el nivel de desarrollo, y el respeto por los derechos humanos y libertad de la que gozamos en la actualidad son el fruto del mejor legado de nuestros antepasados. Un legado construido a base de esfuerzo y sacrificio constante. Es nuestro deber reconocerlo y agradecerlo, y continuar cumpliendo con esta misión moral y social a fin de asegurar un futuro lleno de esperanza y bienestar a nuestras generaciones venideras. No hay éxito sin esfuerzo.”

Y es precisamente esto, el esfuerzo, lo que cada día se contempla y valora menos. En una época en la que las sociedades más desarrolladas se han vuelto extremadamente cortoplacistas, cada vez más a menudo apreciamos menos aquellos valores tan necesarios e importantes como el esfuerzo, la resiliencia, la disciplina, el honor o la lealtad entre otros.

Los medios de comunicación más sensacionalistas (televisiones, revistas, redes sociales, etc.) nos muestran a diario que el dinero y el éxito (o, mejor dicho, la vanidad) se consiguen sin apenas esfuerzo, sin una adecuada preparación desarrollada a lo largo de toda la etapa formativa (que en la actualidad no se ciñe únicamente a la etapa escolar), y sin la necesidad de construir y respetar unos valores éticos. Estamos en la era del “todo vale”. Porque si no valiese todo, ello significaría que me están coartando mis derechos. Y eso no está bien visto por la mayoría. Esa mayoría organizada, encolerizada y amplificada por las nuevas tecnologías de las comunicaciones y la información que hacen que justamente su objetivo, su esencia, unir a la humanidad, esté sirviendo precisamente para conseguir el efecto contrario, separarla y enfrentarla.

Como bien apuntaba en su obra (Oswald, 1918), La decadencia de Occidente:

Basta con soltar a la gente, convertida en masa lectora, y arrasará las calles en pos del objetivo indicado. […] Es difícil imaginar una parodia más vergonzosa de la libertad de pensamiento. Antiguamente, el hombre no se atrevía a pensar por sí mismo. Ahora se atreve, pero no puede; su disposición no es más que la disposición a aceptar un pensamiento controlado, y eso es lo que llama su libertad.

Así pues, los ciudadanos de las sociedades desarrolladas y los estados de bienestar se enfrentan a una complicada disyuntiva: aceptar que todo vale, que han llegado a la cúspide de la civilización donde pueden y deben contemplar la vida como el momento de su existencia en la que han de disfrutar al máximo de los derechos y libertades que les han sido otorgados por gracia divina, sin que ningún valor u obligación moral pueda perturbar esa felicidad. O, por el contrario, aceptar la propia esencia del ser humano, salir de la “casa de chocolate”, y admitir que únicamente mediante la adopción y el respeto a unos valores morales basados en la cultura del esfuerzo podrán llegar a ser realmente libres. Una cultura cuyo defensor a ultranza, Juan Roig Alfonso, CEO de Mercadona, bien representa[3].

Y es que la libertad, en algunas ocasiones, no es un termino que acabe de comprenderse realmente bien. La libertad no es únicamente la capacidad que tiene el ser humano para tomar sus propias decisiones. La libertad, en un sentido más amplio, es la capacidad que tiene el ser humano para tomar sus propias decisiones conociendo de antemano las causas que las motivan y valorando las consecuencias de éstas. Es, por tanto, un esfuerzo realmente complejo por comprender las fuerzas inherentes al ser humano, tanto individual como colectivamente. Es un esfuerzo por comprender a las personas, a los estados y, cada vez más, a las grandes corporaciones internacionales.

“La libertad sin educación es siempre un peligro; la educación sin libertad resulta vana” John F. Kennedy

Todo ello nos recuerda el modelo descrito por el historiador y geógrafo tunecino del Siglo XIV Ibn Jaldún[4], según el cual, aunque inicialmente el estilo acomodado fortalece el estado al avalar su legitimidad, en las siguientes generaciones este conduce a su decadencia, cuyo proceso de desmoronamiento lo señala el surgimiento de líderes provinciales poderosos, quienes a su vez irrumpen en la escena y crean sus propias dinastías. Un hecho que se ve globalizado y acelerado gracias a la interconectividad y las técnicas de manipulación en la red de las que ya hemos visto algunos tristes ejemplos. Y que nos trasladan, cada vez más cerca, hacia ese periodo tan doloroso de la guerra que es el conflicto armado.

Y ante semejante tesitura, ¿Está todo perdido? ¿Nos vemos abocados hacia ese destino incontestable? En absoluto. El destino no es más que el resultado de cada decisión. Así que estamos a tiempo de tomar decisiones, todos y cada uno de nosotros, que eviten llegar a ese eludible enfrentamiento armado.

Pensará el lector que tales decisiones son única y exclusivamente responsabilidad de nuestros dirigentes políticos, de nuestros jefes, del profesor de nuestro hijo o de cualquier otra persona que pueda influir en un grupo de individuos. Pero nada más lejos de la realidad, esas decisiones son las que tomamos todos y cada uno de nosotros en cada instante, a diario. Cada decisión deja una huella tanto en aquel que la toma como en su legado, pues imprime un carácter que impregna todo cuanto le rodea.

Según (Mahan, 1900), una nación debía expandirse o entrar en decadencia, ya que era imposible defenderse quedándose quieto.  Trasladando tal afirmación  a nuestros días,  en un sociedad global, capitalista, interconectada, dinámica y competitiva, únicamente la capacidad de producción y la posición en la cadena de valor que ocupe un estado será la que determine tanto su bienestar como su futuro.

Así pues, en la era Post-industrial en la que estamos inmersos la capacidad de producción no se mide únicamente en la fabricación de más bienes que poder exportar. Lejos quedan las cadenas de montaje de Henry Ford que supusieron una revolución industrial y comercial a principios del pasado siglo.[5]

Estamos en la era de los servicios, del empoderamiento de las personas frente a las máquinas. Una era en la que toda aquella actividad que se pueda repetir (incluso aquellas que, no siendo repetitivas, puedan ser reemplazadas por los algoritmos de la Inteligencia Artificial) será realizada por robots físicos o lógicos. Una era de un dinamismo frenético que no te permite las pausas necesarias para asimilar los múltiples cambios. La era del transhumanismo, de la búsqueda del aumento de beneficio aún a costa de los valores éticos y religiosos más básicos. La era de la reaparición de los viejos fantasmas del pasado disfrazados en forma de nacional populismos, barreras arancelarias o sanciones, entre otros.

Pero en esta era, la Post-industrial, necesitamos un nuevo Henry Ford adaptado al contexto actual. Necesitamos más ciudadanos como Juan Roig. Necesitamos creer en las personas, y para ello trabajar aptitudes tales como la capacidad y pensamiento crítico, la creatividad y la innovación, la comunicación y la empatía, y la colaboración y el trabajo en grupo. Todas ellas exclusivas del ser humano. Pero para que todas estas aptitudes sean eficaces y eficientes deben estar sustentadas por los pilares inquebrantables de la humanidad, los valores humanos tales como el esfuerzo o capacidad de sacrificio por el bien común, la resiliencia, la disciplina, la colaboración, el compromiso, el honor o la lealtad entre otros.

Características del trabajador del S.XXI (Fuente: Pinterest.es)

Se necesita esfuerzo y sacrificio para afrontar la nueva era tal y como es. Un periodo de gran competitividad entre personas, empresas y estados. Ya no vale formarse durante la etapa escolar para luego poner en práctica esos conocimientos adquiridos durante toda la etapa productiva. El nuevo modelo socioeconómico implica una formación humanística más profunda en las etapas formativas más tempranas, y una formación técnica o específica continua y permanente durante toda la etapa productiva. Una etapa que, gracias a los avances de la biotecnología, nos obligará a retrasar ineludiblemente la edad de jubilación a fin de preservar el sistema de bienestar actual.

Se necesita resiliencia para afrontar las continuas embestidas que, dada la naturaleza del ser humano y las consecuencias derivadas de la interacción con su entorno, como el cambio climático, éste va a sufrir a lo largo de su vida. Resiliencia para afrontar no un cambio de época, sino una época de cambios. Continuos, acelerados y, en ocasiones, dolorosos.

Se necesita disciplina para, a pesar del gran esfuerzo y sacrificio, y de las piedras en el camino, no abandonarnos a merced del libre albedrío. Disciplina para seguir rigiéndonos por los valores éticos y religiosos que nos han sido conferidos durante la historia de nuestra existencia. Unos valores en consonancia con el respeto al prójimo y al entorno a pesar de competir con éste.

Se necesita colaboración para poder crear entornos de trabajo multiétnicos, multirraciales, internacionales y, quizás lo más complicado, multigeneracionales. Porque dados los grandes y rápidos avances motivados principalmente por las nuevas tecnologías, las generaciones van a ser más cortas y van a coexistir un mayor número de ellas. Y haciendo una reflexión sobre lo expuesto por (Harari, 2018), “no confíes demasiado en los adultos. La mayoría tiene buenas intenciones, pero no acaban de entender el mundo. En el pasado , seguir a los adultos era una apuesta segura, porque conocían el mundo muy bien y el mundo cambiaba muy despacio. Pero el S.XXI va a ser muy diferente”, se van a requerir grupos de trabajo de nivel directivo con una edad media más reducida. Las decisiones van a ser tomadas, cada vez con más asiduidad, por personas más jóvenes. Pues son éstos las que están mas en contacto con las nuevas tecnologías, y con las amenazas y oportunidades que suponen.

Se necesita compromiso para vincularse con un proyecto y llevarlo a buen término. Aún cuando los problemas aparecen y se recrudecen, o cuando otras ofertas más tentadoras se vislumbran en el horizonte. Compromiso con los que te precedieron y con los que te sucederán. Compromiso con el entorno, con el medio ambiente, con el prójimo.

Se necesita honor para no abandonar la senda regida por los valores éticos y religiosos, a pesar de las sutiles “facilidades” que se nos puedan presentar por el camino. Facilidades que, dada nuestra naturaleza humana y el conocimiento que el grupo GAFA (Google, Amazon, Facebook, Apple) obtiene de cada uno de nosotros, serán de una enorme sofisticación y difícil rechazo como sostiene (Peirano, 2019)

Por último, se necesita lealtad con uno mismo, con aquellos que nos han precedido, con nuestros competidores y también, como no, con nuestras generaciones venideras. Pues son éstas, nuestros hijos , nietos y descendientes nuestra verdadera razón de ser. Hemos de aceptar que somos un eslabón más de la cadena de la humanidad a la que la historia nos ha otorgado la enorme responsabilidad de entendernos y sobrevivir como especie, o enfrentarnos y, dado el potencial destructivo a nuestro alcance que proporcionan las diferentes armas desarrolladas hasta la fecha, eliminar la especie humana y cualquier tipo de vida sobre la faz de la tierra.

Si algo debemos aprender del Covid-19 es que las buenas palabras de poco sirven en la guerra. Son los valores, la preparación y los hechos los que se imponen.

Como bien decía el Jefe del Estado Mayor de la Defensa, el General Miguel Ángel Villarroya, en una de las mejores alocuciones que he presenciado últimamente, con motivo de la crisis sanitaria del Covid-19: «esta es una guerra de todos los españoles», y ha añadido que «desde mi experiencia, en este momento de contienda bélica son muy importantes los valores militares: disciplina, espíritu de sacrificio, moral de victoria».

Conclusiones

Nos encontramos en una época de cambios. Cambios en todos los aspectos. Cambios que van a resultar dolorosos en algunas ocasiones. Un dolor que, como nos ha enseñado el Covid-19, no tiene por qué ser únicamente físico, puntual. Un dolor que nos irá debilitando sin darnos cuenta; que erosionará aquellos valores menos férreos; que acabará, al fin y al cabo, con minando nuestra moral de victoria. Y después de eso, la nada.

El Orden Mundial creado tras la finalización de la II Guerra Mundial se está resquebrajando. El fin de la historia que predijo Francis Fukuyama tras la caída de la URSS no ha dado paso a una paz duradera e indefinida ausente de conflictos armados. Estos, sin embargo, se han multiplicado. Ya no existe una lucha de ideologías, sino una lucha de intereses entre grandes corporaciones empresariales internacionales. Corporaciones que obtienen el respaldo de los estados en los que se basan.

Europa ya no es el polo tecnológico, industrial y económico de referencia en el mundo. Una mirada a la reputada lista Forbes muestra como, por ejemplo, no existe ninguna empresa europea entre las quince más grandes del mundo.

Fuente: Forbes.es

Y muestra, también, como las empresas tecnológicas y financieras han tomado el relevo de las energéticas o automovilísticas entre otras.

En la nueva era Post-industrial el valor competitivo de un estado está marcado, principal pero no únicamente, por la capacidad innovadora de sus empresas. Y esta capacidad innovadora es el resultado de las personas que las conforman. Personas que adecuadamente formadas, motivadas y organizadas son el factor clave del éxito.

Muestra, de igual manera, cómo el valor de los bienes de consumo se ha trasladado hacia los servicios. Los bajos costes de producción y el acceso a las materias primas, entre otros factores, han permitido que un país rural como China haya pasado en menos de 40 años a ser una potencia económica y tecnológica, y un referente en I+D. Liderando algunos de los sectores tecnológicos con más potencial de crecimiento en un futuro a media plazo como son el 5G o las energías renovables, entre otros.

Un hecho sin precedentes que, dada su población de más de 1.300 millones de habitantes y su creciente ritmo de consumo hacia estándares occidentales, representa una amenaza no solo para sostenibilidad del planeta, sino también para las instituciones y reglas emanadas de Bretton Woods y el viejo Orden Mundial.

Baste solo echar la mirada atrás para ver cómo China ha conseguido semejante hazaña y los hechos que han llevado a este sorprendente crecimiento.  Lo que empezó siendo un muro de contención ante la vieja URSS, ha acabado en una nueva amenaza, incluso mayor que lo que representaba el ideal comunista soviético.

China ha sabido conjugar ambos sistemas, comunista y capitalista, para conseguir, a partir de la apertura de Deng Xiaoping, el “Gran Salto Adelante” que en su día llevó a cabo sin éxito el líder comunista chino, Mao Zedong. Este nuevo salto adelante ha sabido establecer un liderazgo comunista de corte dictatorial, que descansa en el PCCh, sobre una estructura económica e industrial de corte capitalista en su extremo más voraz[6]. Se trataba, pues, de dotar al estado en un corto periodo de tiempo de las herramientas necesarias para competir en los sectores clave y de alto valor añadido a costa de los derechos fundamentales de su propia población. La “Estrategia 2049” es la clara muestra de tales intenciones.[7]

Y para ello ha sido necesario valerse de los arraigados valores confucianos de la población china. Todo ello conjugado con un firme liderazgo ejercido por parte del PCCh que ha sabido apostar decidida y adecuadamente por la educación y la I+D, pilares del desarrollo económico sostenible.

Como bien apuntaba Roig durante su alocución en la presentación de resultados de Mercadona en 2012: «no tienes que hacer un trabajo que te guste, sino que tienes que hacer de tu trabajo algo que te guste hacer». Y para ello es necesario compromiso, vocación, esfuerzo y formación. Valores, todos ellos, que puestos a disposición del grupo multiplican el resultado reflejando una mejora productiva y, por ende, una victoria estratégica ante los competidores.

La era Post-industrial nos ha traído nuevas amenazas y oportunidades. Ha incorporado nuevos actores a la “Champions League” del Orden Mundial. Las nuevas tecnologías han permitido que ciertos gaps estratégicos hayan disminuido o, incluso, desaparecido. Una nueva línea de partida en sectores claves y de gran valor añadido en la que Europa no está del todo bien posicionada.

No obstante, las raíces europeas son firmes. Hemos conseguido desarrollar el periodo de paz y prosperidad más sorprendente de la historia de la humanidad. A pesar de ello, una nueva corriente nihilista atraviesa la vieja Europa. Una corriente que nos aparta de los valores necesarios para mantener los niveles de bienestar adquiridos por nuestros antepasados.

Es necesario, por tanto, regresar a la senda de los valores y la cultura del esfuerzo. Es necesario explicar sin vacilaciones que el futuro de nuestra sociedad lo escribimos todos y cada uno de nosotros, no solo unos cuantos. España no necesita unos cuantos Juan Roig. España necesita que todos sean, o al menos pretendan ser, como Juan Roig. Tan importante es para nuestra imagen y nuestro desarrollo productivo actual un camarero que atiende a sus clientes, o un barrendero que se levanta cada mañana para dejar limpias las calles de su localidad, como el CEO de una empresa del IBEX 35.

Es necesario apostar por una educación inclusiva, continua, permanente, basada en la excelencia y adaptada las necesidades del mercado, no solo actual sino también futuro.

Es necesario apostar por el empoderamiento de las personas, por los valores y por la responsabilidad social, tanto de las personas, como de los estados o corporaciones.

La historia nos demuestra una y otra vez que la única forma de evitar un conflicto armado en la permanente guerra por la supremacía es mediante un adecuado equilibrio de fuerzas. Y para ello es necesario obtener ventajas tácticas en viejos y nuevos sectores que se traduzcan, a su vez, en ventajas estratégicas. Y estas ventajas tácticas son fruto del esfuerzo de las personas que libran la contienda. Un esfuerzo que contempla tanto la formación como la experiencia, ambas alineadas con los valores fundamentales.

En el nuevo escenario Post-industrial no hay espacio para el conformismo, el nihilismo o la falta de esfuerzo. La supervivencia se libra a diario en todas las capas sociales a nivel global. La predominancia de occidente se ha diluido, y nuevos actores internacionales, gubernamentales y no gubernamentales, luchan por una posición clave de poder. Es necesario establecer una estrategia consensuada que vaya más allá de una o dos legislaturas. Es necesario más sentido de estado por parte de ciudadanos y dirigentes para, sin acabar convirtiéndonos en una dictadura nacional populista, establecer mecanismos ágiles y competitivos en este nuevo entorno.

El Covid-19 nos ofrece una nueva oportunidad. Porque como en toda crisis, siempre puedes salir reforzado si sabes adaptarte mejor y más rápido a los cambios. Solamente es necesario hacer una buena reflexión, humilde y profunda, para extraer las mejores lecciones aprendidas y tomar decisiones adecuadas. Porque si algo sabemos, es que el día de mañana ya no va a poder ser como el de ayer. Únicamente de nosotros depende que sea mejor o peor.

Hace falta más compromiso con el esfuerzo. Un esfuerzo en ocasiones incómodo, pero necesario. Hace falta, al fin y al cabo, sustituir la visión cortoplacista e individualista por una visión largoplacista y de conjunto. Únicamente de esta manera podremos, en un futuro, llegar a acercarnos a esa bonita entelequia conocida como Paz.

“Nada puede venir de la nada” William Shakespeare


[1] Raffino, M. (2019, 25 enero). Paz: Concepto, Características, Paz interior y Paz social. Recuperado 16 noviembre, 2019, de https://concepto.de/paz/

[2] Raine, J. (2019a, 3 abril). War or peace? Understanding the grey zone. Recuperado 16 noviembre, 2019, de https://www.iiss.org/blogs/analysis/2019/04/understanding-the-grey-zone

[3] Olivares, M. (2011, 20 octubre). «Del maná a la cultura del esfuerzo». Recuperado 16 noviembre, 2019, de https://elpais.com/diario/2011/10/20/cvalenciana/1319138281_850215.html

[4] Jaldún, I. (1377). Introducción a la historia universal: (al-Muqaddima). Madrid, España: Almuzara.

[5] Coriat, B. (1993). El taller y el cronómetro: Ensayo sobre el taylorismo, el fordismo y la población en masa. Madrid, España: Siglo XXI.

[6] Paulson Jr., H.M (2016). Dealing with China: An insider unmasks the new economic superpower. USA: Twelve.

[7] Cordesman, A. (2019, 24 julio). China’s new 2019 Defense white paper: An Open Strategic Challenge to the United States, But One Which Does Not Have to Lead to Conflict. Recuperado 16 noviembre, 2019, de http://english.www.gov.cn/archive/whitepaper/201907/24/content_WS5d3941ddc6d08408f502283d.html

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Jesús Abraham Fernández

Oficial de la Armada Española. Especialista en Tecnologías de la Información y las Comunicaciones. Innovador. MBA por la Universidad Internacional de la Rioja y Máster en Paz, Seguridad y Defensa por el Instituto Universitario General Gutiérrez Mellado

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