Global Strategy Report, 11/2023
Resumen: Este trabajo analiza la efectividad de las intervenciones estatales en los conflictos armados con participación de grupos terroristas, resaltando el empleo de los ejércitos como herramienta principal de estabilización. Para conseguir este fin, en primer lugar se describen los fundamentos esenciales para el análisis, mediante el desarrollo de conceptos clave para el estudio de conflictos, aunando elementos como la Guerra Asimétrica y Guerra Híbrida. En segundo lugar, se estudian las respuestas llevadas a cabo por los países occidentales en los escenarios del Sahel (Mali) y Asia central (Afganistán) empleando para ello el uso de los cinco instrumentos de poder del Estado (IdP): militar, político, económico, social y comunicativo. De este modo, a su cierre se valora la inversión en cada IdP, comparando las diferencias entre ambos escenarios, de donde se obtendrán unas conclusiones para determinar cuál debe ser el correcto balance de los mismos, con el objetivo de obtener los mejores resultados en términos de estabilización y pacificación del país objetivo.
Para citar como referencia: Talavera Cejudo, Guillermo (2023), «Las Fuerzas Armadas, nuevas formas de guerra y su papel en la lucha antiterrorista global en el siglo XXI», Global Strategy Report, 11/2023.
El nuevo pensamiento militar y la reestructuración de los ejércitos
El panorama actual de conflictos está restando la importancia que los actores no estatales habían gozado, durante el predominio de los conflictos con implicación de grupos terroristas. Sin embargo, esto no implica que los ejércitos actuales no deban estar preparados para combatir ante tácticas no convencionales, propias de guerrilla. Por esta razón se continúan desarrollando y aplicando los procedimientos originariamente empleados contra Al Qaeda y los talibanes, cuidando de que dichos procedimientos también puedan ser empleados ante emboscadas y hostigamientos de fuerzas militares convencionales. De este modo, el horizonte entre la guerra convencional y no convencional se difumina conformando nuevos conceptos que se detallarán a continuación (WRIGHT, 2017).
Guerra Asimétrica, la rama bélica del terrorismo
Como punto introductorio, es necesario reseñar cual es el modus operandi de estos grupos armados, aunque, si bien es cierto, este tipo de técnicas, basadas en la sorpresa y el engaño, pueden ser empleadas también por fuerzas armadas convencionales. Los grupos terroristas, por su parte, son conscientes de que para obtener los objetivos políticos deseados, y ser capaces de derrotar a un enemigo mayor en número y tecnológicamente superior deben emplear estrategias no convencionales. Si estos grupos apostaran por entablar un combate frontal, no tendrían ninguna opción ante un ejército pertrechado y preparado para tal fin (COOLEY, 2002).
De esta necesidad surge el concepto de Guerra Asimétrica, una forma de enfocar un conflicto armado que pretende incrementar el poder militar del grupo, recurriendo a elementos como la sorpresa, generando confusión, incertidumbre, neutralizando mediante el desgaste progresivo la capacidad militar del enemigo y, al mismo tiempo, tratando de mejorar la eficacia, basando sus ataques en una capacidad logística básica y economizando sus medios. No obstante, el empleo de la asimetría puede tener otros objetivos finales; puede ser una manera de desgastar al enemigo previo a una invasión o ataque mediante medios convencionales. Dicho de otro modo, una manera de generar inestabilidad y miedo en el conjunto de la población objetivo, antes de realizar un ataque, del que se espera que sea rápido y contundente, con el objetivo de sorprender a la población y sus instituciones. Sin embargo, existe una tercera opción: una combinación de tácticas convencionales y asimétricas (ARTEAGA, 2022).
Una cualidad inherente de este tipo de técnica es la vocación estratégica de sus procedimientos. Independientemente del ámbito en que se estén empleando, y apoyados en ocasiones por el denominado efecto CNN[1], los procedimientos asimétricos utilizados por estos grupos terroristas hacia Occidente tienen como objetivo minar la voluntad de continuar el conflicto, una guerra de desgaste (RODRIGUEZ, 2001).
Guerra Híbrida
De esta modificación plausible de la forma de hacer la guerra, nace el concepto de Guerra Híbrida. En la guerra convencional, la importancia principal radica en el componente militar. El objetivo consiste en vencer al adversario y establecer un control territorial, empleando para ello un potencial destructivo mayor que el del enemigo. Para lograr dicho objetivo, existen un conjunto de elementos que rodean a la guerra, como el aspecto comunicativo (capacidad de influencia), psicológico, cultural, civil (apoyo popular), etc. Estos mecanismos apoyan a la acción bélica principal con el objetivo último de desestabilizar social, política y económicamente al adversario (GUTIÉRREZ, 2022).
Figura 1. Comparativa Guerra Convencional frente a Guerra Híbrida


Partiendo de esta base, en lo que respecta a la Guerra Híbrida, los elementos tradicionales de la guerra se convierten en centrales, restando la importancia que en un conflicto convencional se le atribuiría al componente bélico. Esto quiere decir que, el conjunto de componentes cuya función en la guerra convencional consistía en apoyar a la acción bélica, en este tipo de guerra se encuentran al mismo nivel que ella.
Concretamente, un buen ejemplo para poder desarrollar este concepto es el llevado a cabo por el DAESH. Si bien, en su punto más álgido, existía un potencial militar notable entre sus grupos armados, la totalidad de su estrategia iba mucho más allá (MOUBAYED, 2016).
Tras la salida de las tropas americanas de Iraq en 2010, el gobierno de Bagdad consideró aproximarse de manera más pronunciada a la población chií, discriminado a la sunní, algo que provocó considerables adhesiones a la causa del DAESH. Tras el completo desligamiento de Al Qaeda de las actividades del DAESH, comenzó de manera más acuciante su expansión. Su principal potencial se basaba en la guerra psicológica, conforme conquistaba territorios. Aquellos que no se sometían a su voluntad eran coaccionados de manera cruel, exponiendo cabezas decapitadas de personas de diferente edad, así como de cristianos que se habían negado a dar su conversión y apoyo (ALBERT, 2015).
Por otro lado, el armamento con el que el DAESH sometía a la población en los terrenos conquistados, no era tal comparado con el poder comunicativo e informativo, dentro del cual podría encuadrarse este carácter psicológico. Por ello, se puede expresar que el DAESH no sólo conquistó terrenos basándose en el empleo de la fuerza, sino mediante la conquista de voluntades, parte esencial de esta estrategia híbrida, fundamentada en los elementos periféricos de la guerra. Cierto es que un gran número de personas, principalmente de otras creencias, fueron sometidas en contra de su voluntad, pero un gran sector de su población fue consumidor de su propaganda. Muchos de ellos fueron víctimas del contenido que aparecía en redes sociales y diferentes medios de Internet, basado en videos espectaculares, con una gran producción y detalle. Este proceso siempre dispondrá de un ánimo propagandístico, buscando influir en un amplio espectro de actores y generando un fuerte sentimiento de pertenencia al grupo (BAQUÉS, 2021).
Dentro del departamento del DAESH dedicado a la comunicación, se elaboraban diferentes tipos de vídeos. Por un lado existían los dedicados a propaganda externa, dirigidos a Occidente, con objeto de amedrentar a sus acomodadas sociedades. Por otro, se encuentran vídeos enfocados al reclutamiento de combatientes extranjeros, los cuales, mostraban las capacidades militares del grupo terrorista desde una perspectiva similar a la de un videojuego (y, por tanto, enfocado más a los jóvenes). Asimismo, es interesante indicar, que dicho contenido audiovisual, mostraba la existencia de un Gran Califato, en donde se aplicaba la Ley Islámica, resaltando los valores tradicionales. Vislumbraba un Estado, en donde jamás estas personas serían discriminadas por motivo de sus creencias, y en donde podrían vivir junto a sus iguales, disponiendo de todos los servicios básicos propios de una gran nación. Finalmente, también se diseñaban vídeos de propaganda interna o de consumo propio, en los cuales, se motivaba a los combatientes para la lucha y se animaba a ser buen ciudadano y cumplir la sharia[2]. De nuevo, se observa dentro de este marco de la Guerra Híbrida, la gran inversión realizada en disponer de una gran capacidad comunicativa frente a la bélica, con la cual, ser capaces de influir, desde el campo cognitivo, en el conjunto de la población, reincidiendo en el hecho de que el centro de gravedad de ésta guerra, no es el terreno ni la potencia militar, sino la mente del enemigo (BOND, 2007).
Escenarios: Afganistán y el Sahel
En primera instancia, se expondrá la situación general y la respuesta llevada a cabo por la comunidad internacional, analizando, de manera pormenorizada, la inversión de recursos en cada uno de los cinco IdP: militar, político, económico, civil y comunicativo. Se realizarán subdivisiones de cada uno de estos IdP en sus ramificaciones correspondientes, desgranando el enfoque de la resolución del conflicto. Lo que se pretende con este análisis es estudiar la apuesta de los países por un cierto IdP concreto como modo de resolver el conflicto, o bien, si efectivamente se ha actuado de manera multidisciplinar.
También es necesario indicar que cada conflicto presenta intereses cruzados entre las diferentes entidades que en él participan. Por ello, existe cierta dificultad en tratar de exponer cual fue la respuesta de la comunidad internacional ante cada conflicto. Bien se puede hablar de la respuesta de cada país, en mayor o menor medida, acorde a sus intereses, o bien de organizaciones como la OTAN o la UE como respuesta multilateral. Por esta razón, como aclaración, destacar que la respuesta expuesta en cada escenario se corresponde con la respectiva organización multilateral que lo lideró, concretamente: la OTAN en Afganistán y la UE en el Magreb. Debe entenderse, que, dentro de cada organización, hubo distinto nivel de implicación de los países, según su apuesta individual por el uso de un IdP u otro y un liderazgo ejercido por un país concreto, llevado a cabo por EEUU en el primer escenario y Francia en el segundo.
Al Qaeda: escenario de Afganistán
Lo característico de este escenario es que, a diferencia de otros como el sirio, hay muchas menos potencias estatales participantes, lo cual, permite proyectar una operación de estabilización con mayores garantías de la no existencia de injerencias que afecten a los intereses en juego de las potencias occidentales. Ciertamente, este conflicto significó una respuesta de la comunidad internacional, liderada por EEUU frente a la amenaza que suponía Al Qaeda, pero con una fuerte preponderancia del poder militar frente al resto de poderes. Como se expresará a lo largo de este apartado, el inadecuado balance de los IdP supuso un fallo estratégico fundamental, ya que aunque se eliminó la insurgencia en términos generales, no se tuvieron en cuenta las necesidades y la idiosincrasia del pueblo afgano (RUIZ, 2021a).
De igual importancia en este ámbito son los antecedentes históricos. Tradicionalmente, este país siempre ha actuado como “Estado tapón” (CALVILLO, 2013: 7) para contener las influencias los países del este en Asia Central; su heterogénea población y otros factores como el demográfico y el geográfico lo dotan de gran complejidad y lo hacen propicio a acabar convirtiéndose en un Estado fallido[3]. Para entender y desgranar esta complejidad de elementos, se va a comenzar realizando una descripción del escenario, enumerando y evaluando a los actores participantes.
Descripción inicial del escenario. Afganistán
Comenzando por las potencias implicadas, sobresalen esencialmente EEUU y sus aliados de la OTAN. Dichos aliados destacan en mayor o menor medida y con diferente nivel de implicación en el conflicto, pero todos con el mismo objetivo compartido con EEUU, derrocar al régimen talibán y acabar con la amenaza que suponían las bases logísticas de Al Qaeda allí establecidas. Posteriormente, y acorde al nuevo panorama estratégico, se defiende la democratización de la sociedad afgana, modificando sus estructuras y aprobando una Constitución en 2004. El corto espacio de tiempo en el que se produjo este intento de transición y la heterogénea realidad social del país, sumado a los elevados niveles de pobreza y subdesarrollo, propiciarían que todos los esfuerzos cayeran en saco roto (CALVILLO, 2013).
En contraposición, se encuentra el régimen talibán, que gobernaba el país en ese momento, dando protección a Al Qaeda y, el cual, tras los atentados del 11-S, se negó a las prerrogativas exigidas por EEUU para evitar la invasión. Si bien el régimen talibán sobrepasaba con ciertas acciones los límites de los derechos humanos, también es cierto que proporcionaba estabilidad a un país al borde de convertirse en un Estado fallido y con dos principales grupos de poder que buscaban aprovechar la escasa autoridad del gobierno: los señores de la guerra y los traficantes de opio (RUIZ, 2021a).
Figura 2. Esquema de alianzas en la Guerra de Afganistán

La trinidad que conformaban estos dos agentes con el gobierno talibán, era una cuestión de puro interés, negocios y búsqueda de beneficio mutuo, de ahí que una parte importante de la financiación obtenida para el conflicto contra la OTAN, proviniera del narcotráfico. Por su parte, los antiguos líderes tribales, jefes y señores de territorios delegados por la autoridad talibán y reconocidos por la población de su etnia, ante la inestabilidad producida por el conflicto, fueron acumulando poder y reforzando sus capacidades, convirtiéndose en auténticos señores feudales y conformando verdaderas milicias armadas, estableciendo regiones donde no existía autoridad gubernamental, dificultando la acción del nuevo gobierno (RUIZ, 2021a).
Por tanto, el recién creado gobierno afgano debía hacer frente a la insurgencia talibán, luchar para evitar la proliferación del narcotráfico y todo ello en un entorno con un creciente aumento del poder de los señores de la guerra, los cuales, si bien no pretendieron apoyar a los talibanes aparentemente, actuaban al margen del gobierno, propiciando la corrupción de las autoridades regionales y estatales. La peligrosidad de este aumento de poder, también se fundamentaba en que sus líderes más importantes, representaban a etnias diferentes (tayikos, uzbekos y hazaras), por lo que el apoyo de uno de esos grupos de poder a talibanes o gubernamentales hubiera supuesto que el conflicto adoptara peligrosos tintes étnicos (RUIZ, 2021b).
Finalmente, es necesario presentar un factor vital y un instrumento clave en el devenir de la guerra: la población civil. El “polvorín afgano” (GARCÍA, 1977: 16), está conformado por hasta 25 etnias, cada una de ellas fuertemente influenciadas directamente por sus países vecinos, según su localización predominante. Pastunes y tayikos conforman la mayor parte de la población, por lo que en ocasiones ha habido disputas de poder entre ellos, pero igualmente cabe destacar a los hazaras, situados en las provincias centrales, uzbekos, en el norte y turcomanos entre otros. Las citadas etnias se caracterizan por una serie de leyes consuetudinarias, basadas en sus costumbres históricas. Ejemplos de ello, los encontramos en el código pastunwali, por el cual si un pastún deja de tener el sentimiento de pertenencia a la etnia, no sólo dejarán de considerarlo pastún, sino también afgano. Asimismo, cabe destacar el badal, relacionado con el carácter igualitario que adopta para ellos la justicia y la venganza; esto quiere decir que si uno de ellos sufre una afrenta (una burla de algún soldado por ejemplo), este honor que ellos han perdido deberá de ser respondido con sangre o una gran ofrenda, por ejemplo el casamiento con una hija. Este factor se muestra determinante en el apoyo de la población a señores de su propia etnia y a los talibanes, frente a la operación de la OTAN y su apoyo al gobierno (BEHZAD, 2011).
Como conclusión de este apartado, se puede asegurar que la realidad social del país es extremadamente complicada, y, por consiguiente, lo mismo podría decirse de los efectos de una intervención militar convencional. Además de eso, los países fronterizos de Afganistán iban a tratar de incrementar su influencia en sus respectivas regiones: Turkmenistán a los turcomanos, Uzbekistán a los uzbekos, Tayikistán a los tayikos, Pakistán a los pastunes e Irán a los hazara, defensores del chiismo en la región. En suma, esto significa que muchas de estas etnias han tenido más relación con su respectivo país de apoyo que con el gobierno central y otras etnias afganas.
Análisis del uso de los Instrumentos de Poder (IdP). Afganistán.
Comenzando por el IdP militar y en base a lo expresado previamente, en este conflicto la OTAN optó por asignar una gran cantidad de recursos y medios para el empleo de este instrumento, con objeto de garantizar una victoria segura y rápida frente al régimen talibán. La operación fue claramente un éxito, fruto de la abrumadora superioridad logística, operativa y tecnológica norteamericana durante la intervención. El problema vino tras el derrocamiento del régimen, con el proyecto de reconstrucción del Estado, el cual despuntaba tintes próximos a los intereses norteamericanos (CALVILLO, 2013).
En este ámbito, es necesario destacar que se produjeron dos diferentes operaciones militares claramente diferenciadas: Endurance Freedom y la International Security Assistance Force (ISAF). La primera fue una operación militar muy discutida y declarada ilegal acorde al derecho internacional público, al no ser aprobada oficialmente por el Consejo de Seguridad de la ONU. Su objetivo principal consistió en la búsqueda y captura de miembros de Al Qaeda, neutralizando del mismo modo a los talibanes que les estuvieran dando protección. El gobierno americano se amparó en la resolución 1373 y 1368 del Consejo de Seguridad y en la legítima defensa, aunque lo cierto es que debieron de producirse una serie de condiciones para dicha actuación, relativas a la necesidad, provisionalidad y proporcionalidad, las cuales no se cumplieron. Esta operación tuvo importantes daños colaterales en todo el país, debido al potencial bélico desplegado y a la crudeza del conflicto. Los intensos bombardeos y ataques hicieron retroceder rápidamente a los talibanes, los cuales se reorganizaron en Pakistán y, como aspecto positivo, dichos ataques causaron importantes daños a la estructura de Al Qaeda (POZO, 2006).
Por su parte, la ISAF, sin embargo, sí que disponía del paraguas jurídico de la ONU, al ser aprobada por el Consejo de Seguridad, y albergaba un triple objetivo: reconstruir física y políticamente el país, capacitar a las fuerzas de seguridad afganas y contribuir a la buena gobernanza. Con esta operación, se aprecia como una misión puramente militar, se complementa con una de estabilización multidisciplinar y de apoyo a la lucha antiterrorista del país (CALVILLO, 2013).
Es importante destacar, por tanto, esa doble vertiente de respuestas a la actividad terrorista. Si bien una considera el empleo de la fuerza, con indicios claros de represalia, y con objeto de neutralizar una amenaza, la otra busca enfrentar las causas profundas que generan inestabilidad en el país, con ánimo de reconstruirlo y garantizar la seguridad internacional. El problema reside en que dicha reconstrucción se hizo a partir de las cenizas de la primera operación, cuando desde un principio pudo haber sido tratada de manera legal y con mayor asignación de recursos a otros IdP, siendo no pocos los que consideran que dicha operación se realizó para limpiar la imagen creada por la primera.
Relativo al IdP económico, no se refiere únicamente a los millones de dólares invertidos en la reconstrucción del país, sino principalmente a los métodos de coerción y lucha económica que se emplearon para tratar de desactivar la acción terrorista, fuera del ámbito militar. Ejemplo de ello pueden ser embargos, bloqueos económicos frente al régimen talibán y lucha contra la financiación directa de su actividad. Esta disciplina se mantuvo prácticamente inexistente durante los primeros años de la intervención y nunca obtuvo la relevancia que necesitaba.
Durante los veinte años de conflicto, los talibán recibían ingresos económicos de diferentes acciones en el país, tanto legales como ilegales: las cosechas, el opio, el comercio transfronterizo, las minas, etc. También recibían ingresos proporcionando protección a comercios y otros negocios, así como extorsionando a visitantes, viajeros y, principalmente, de las tasas aduaneras que se cobraban a las importaciones de mercancía ilegal. A estos ingresos se les debe añadir las donaciones de simpatizantes. Asimismo, como en las zonas de control talibán los servicios públicos básicos como la educación y la salud eran financiados por el gobierno y distintas ONG, estos ingresos podían destinarse íntegramente a financiar la yihad (RUIZ, 2022).
Escasas fueron las acciones que se tomaron al respecto por parte de la comunidad internacional durante los años de conflicto. Si bien el foco se centraba en la seguridad y la buena gobernanza de la región, los talibanes, en periodos de mayor o menor actividad, fueron acumulando recursos económicos y manteniendo esas fuentes de financiación. Mientras millones de dólares eran empleados en reconstruir las diferentes regiones, gran parte de esas asignaciones eran depositadas de manera inconsciente en manos corruptas, inexpertas o fácilmente manipulables. Consecuentemente, los talibanes mantuvieron el poder y el conflicto cada vez se prorrogaba más (RUIZ, 2021a).
Dentro del nivel político, EEUU impulsó la gobernanza del país afgano, aunque creando unas estructuras demasiado dependientes de sus fuerzas de seguridad y con unos objetivos excesivamente genéricos y que se iban decidiendo ad hoc. Según DE MIGUEL (2021: 201): “En su inicio no se definió un objetivo político claro y alcanzable, siendo cambiado sobre la base de los intereses de los diferentes gobiernos de Estados Unidos”. Frente a este conjunto de objetivos diluidos, conforme se desarrollaba la operación, se mostraba una firme voluntad talibán en lograr sus fines e intereses: volver a implantar la sharia y crear un Estado Islámico, alcanzando finalmente y con paciencia estratégica sus objetivos a medio plazo.
Por ello, si bien es cierto que hubo una considerable inversión en este instrumento, y las relaciones con el gobierno afgano fueron positivas, se trató de buscar un giro político demasiado brusco, impulsando una democratización que posiblemente no tenía cabida a corto plazo en la población afgana, excluyendo de todo este proceso a los talibanes, los cuales recibían un fuerte apoyo de amplios sectores de la población. Asimismo, como se ha reseñado previamente, a nivel político existían gran cantidad de intereses de los países fronterizos, materializados en el impulso al conjunto de etnias afganas, con lo que la coerción mediante instrumentos políticos no se presentaba como una opción sencilla.
Considerando el IdP civil, ésta fue posiblemente la disciplina más decisiva de todo el conflicto, la cual, si bien fue recibiendo inversión de manera progresiva (aunque no toda la que debiera), también fue objeto de graves errores como no disponer de tropas con el conocimiento necesario de la propia idiosincrasia del pueblo afgano, con objeto de decidir correctamente el proceder en las operaciones. Mencionando de nuevo a DE MIGUEL (2021: 201): “En la fase de estabilización, se cometieron errores que fueron provocando el progresivo alejamiento de la población afgana, olvidando el que es uno de los principios básicos de las operaciones COIN (contrainsurgencia) de ganar los corazones y las mentes de la población”.
Consecuentemente, con el paso de los años la población cada vez se encontraba más lejos de las tropas de la OTAN y más cerca de aquel gobierno que simplemente les trajera paz y estabilidad, el cual entendieron que eran los talibanes. Este fue uno de los principales motivos por los cuales la población no se rebeló de manera directa ante el progresivo avance de talibanes frente al gobierno auspiciado por EEUU, ya que aún muy probablemente sabiendo que el auge talibán iba a conllevar una reducción de derechos y libertades, la mayoría prefería vivir en paz que en un periodo de inestabilidad permanente.
El IdP comunicativo se compone de tres dimensiones diferentes, las cuales conviene definir. Dicha división fue la empleada por la estructura de comunicación del cuartel general de la operación ISAF, en ese momento de reciente creación y aún con medios comunicativos precarios comparados con los actuales. Dichos elementos son los siguientes (DE LA GUARDIA, 2012):
- Operaciones de información (Info Ops): Consisten en el conjunto de métodos y técnicas comunicativas enfocadas a ganar la batalla del relato y dirigida a la población local. Por tanto, su objetivo último es obtener el apoyo o consentimiento de la población civil ante la operación, influyendo de este modo en ellas.
- Información o asuntos públicos (PA): Este elemento comunicativo corresponde a la obligación de las fuerzas armadas de informar a la sociedad y a los medios de comunicación del Estado y transcurso de la operación, con la máxima veracidad. Aunque enlazada con la anterior, estas operaciones, concretamente, se encuentran enfocadas hacia la sociedad de procedencia, en este caso la occidental (BUESA, 2012).
- Operaciones psicológicas (Psy Ops): Estas operaciones se encuentra dirigidas hacia el ejército o insurgencia enemiga, con objeto de reducir su moral en el combate y obtener su rendición sin empleo de las armas. Asimismo tiene como objetivo contrarrestar la propaganda adversaria y disuadir que los indecisos tomen las armas.
Como se puede observar, ya entonces existía una robusta estructura en el ámbito comunicativo. Sin embargo, esta disposición quedó establecida a partir del año 2011 y se vio sometida a diferentes modificaciones menores con el transcurso de los años. El principal problema residía en que esta estrategia de comunicación (STRATCOM) llegaba diez años después del comienzo de la operación Endurance Freedom, con lo que fue arrastrando una escasa actividad comunicativa y de influencia, lo que se tradujo, principalmente, en un reducido apoyo civil al gobierno y en un rechazo, no sólo de dicha población local hacia los militares extranjeros, sino también de ciertos sectores de la sociedad occidental, que cuestionaba el conjunto de la misión.
Reflexiones y comparativa de respuestas. Afganistán.
Por todo lo mostrado anteriormente, en este análisis se puede apreciar como en un primer lugar, con la operación Endurance Freedom se apuesta por una respuesta puramente militar apoyada por otros instrumentos de poder, pero cuya función es complementar ese esfuerzo bélico; un concepto propio de la guerra convencional. Con el transcurso de la operación y el impulso de ISAF, se refuerzan otros IdP clave para el conflicto, aunque este refuerzo llega tarde para contrarrestar el sentimiento negativo generado en la población afgana. De todo lo observado, se puede apreciar la principal diferencia entre una operación puramente bélica (Endurance Freedom) y una operación de estabilización propiamente dicha (ISAF).
Consecuentemente, ciertos sectores críticos con la operación realizada en Afganistán, consideran que la ISAF no fue más que un modo de blanquear el exceso de recurso bélico empelado en la primera operación (POZO, 2006), algo, según mi opinión, poco fundamentado, ya que esta reasignación de recursos nace de una nueva estrategia de estabilización. En la operación Endurance Freedom, el esquema de asignación de recursos a cada IdP es propio de un conflicto convencional, no de una operación de estabilización. Este reparto muestra una clara preponderancia al empleo de la herramienta militar con fines bélicos, llevando a cabo una reacción militar convencional ante un enemigo declarado.
En el caso de la operación ISAF, por su parte, se puede apreciar una nueva orientación de la respuesta al conflicto. Si bien, la respuesta militar sigue siendo mayoritaria, debido a que coexiste con Endurance Freedom, la asignación de recursos a otros IdP aumenta con objeto de iniciar una adaptación a los procesos de Guerra Híbrida y Asimétrica llevados a cabo por los talibanes y Al Qaeda. Asimismo, aunque se planteó la nueva estrategia comunicativa en 2011, el IdP comunicativo no se encontraba al nivel de desarrollo actual, ni tenía la misma importancia en la Guerra Híbrida del momento. Por todo ello se puede sacar la primera conclusión: La Guerra Híbrida llevada a cabo por un actor no estatal se solventa con una operación de estabilización multidisciplinar, no con un conflicto convencional.
Por otro lado, ya en los últimos años del conflicto, la estrategia de los talibanes cambia a un enfoque de obtención de objetivos políticos en Zona Gris (ZG); los talibanes, consiguieron trasladar el relato, dentro del mundo rural, de que los soldados afganos no eran más que títeres en manos de un gobierno controlado por los EEUU. Mientras esto ocurría, los principales apoyos del gobierno se atrincheraban en las grandes ciudades, ajenos al problema. A todo ello, se le suma la gran dependencia del ejército afgano de la inteligencia, apoyos de combate, logístico y aéreo y de los contratistas norteamericanos, cada vez más reducidos (MALKASIAN, 2020).
Progresivamente, el grupo insurgente se fue apoderando de más ciudades, en muchas ocasiones, sin encontrar resistencia. Todo ello, con motivo de la reducida moral, deserciones, desgaste, corrupción, diferencias étnicas y una logística deficiente del ejército afgano. En el ámbito político, se enfocaron en la explotación de las vulnerabilidades del gobierno, tratando de generar un conflicto interno, dentro de la fase de desestabilización en ZG (JORDÁN, 2020). Mediante sobornos y violencia, atacaron la voluntad de resistencia y perseverancia de funcionarios, policías y líderes locales, los cuales cada vez deseaban vivir en paz, sin importar el régimen. Asimismo, de manera coordinada con el avance en otros ámbitos, alcanzaron acuerdos con tribus y autoridades locales, aumentando su control territorial.
Por todo ello, finalmente triunfó aquello que la sociedad afgana, de acuerdo al relato aceptado, consideraba legítimo. Esta nueva estrategia de ZG ejercida por los talibanes, no ha tenido una consecuente respuesta de la OTAN, reestructurando los IdP de la misión. Esto, posiblemente, fue debido a la reorientación del esfuerzo de EEUU por contrapesar el auge de China, restando el interés estratégico de Oriente Medio (YUSTE y COLOM, 2009).
Al Qaeda en el Magreb Islámico y sus herederos: escenario del Sahel
El segundo escenario a analizar se trata del conflicto maliense, encuadrado dentro de las pretensiones de grupos terroristas del Sahel como el Movimiento para la Unidad y Yihad en África Occidental (MUYAO) o Al Qaeda en el Magreb Islámico (AQMI). Se considera necesario plantear este conflicto por dos principales motivos: en primer lugar, por tratarse de un conflicto con intereses europeos en juego, y en segundo lugar, porque la respuesta establecida por la UE y la ONU se muestra como un correcto ejemplo de respuesta multidisciplinar, con empleo de la herramienta militar.
Los diferentes actores participantes, representan la complejidad de un escenario, que, si bien tuvo una respuesta militar francesa, bilateral y solicitada por el gobierno de Mali, afecta de modo directo a los Estados del sur de Europa. La permeabilidad de las fronteras de esta región facilita no sólo el cruce de elementos terroristas hacia las puertas de Europa, sino también el paso de narcotraficantes e inmigración ilegal orquestada por las mafias. Por todo ello, el interés estratégico en mantener la estabilidad de la región se convierte en un objetivo esencial, para Europa en general y España en particular (ARTEAGA, 2013).
Descripción inicial del escenario. Mali
A modo de breve contexto histórico, cabe decir, en primer lugar, que las raíces del conflicto provienen de grandes intereses postcoloniales franceses en la región. La rebelión tuareg que tuvo lugar en 2012 es la cuarta en su historia, fruto de un latente sentimiento identitario de las tribus del norte del país. La política francesa se basó en fomentar la división y tensiones internas de las tribus del norte, con objeto de ser más fácilmente sometidas por la autoridad maliense, un elemento combinado con la colocación de líderes sureños en los distritos del norte y fuerzas militares de entidad en la región. De este modo, la región del sur de Mali siempre ha estado ostensiblemente más desarrollada que la región norte. Los tuareg, por su parte, no sólo habitan el norte de Mali, sino también en Libia, Argelia, Níger y Burkina Faso, con lo que las fronteras trazadas durante la época colonial dividen los emplazamientos tribales tradicionales y fomentan las tensiones con los pueblos nómadas (NAVARRO, 2015).
Concretamente, la revolución tuareg de 2012, fue dirigida por el Movimiento Nacional de Liberación de Azawad (MNLA), nombre que recibe la región norte, que clama por su independencia. En este contexto, los actores participantes son los que se muestran en la Figura 3.
En primer lugar, como principal actor occidental se muestra la UE. Su objetivo, en pos de los intereses comunitarios, es velar por la estabilidad de la región, reduciendo la capacidad de los grupos terroristas, evitando así, que la influencia yihadista se extienda a países como Marruecos, Argelia y Mauritania, estableciéndose un “santuario yihadista” (ARTEAGA, 2013: 15) en el norte de Mali. Si bien, para Europa no es vital que el gobierno de Mali se mantenga en el poder, siempre y cuando se garantice la estabilidad en la región, Francia tiene unos intereses muy particulares en apoyar a este gobierno, fundamentados en la minería y el comercio energético con este país.
Asimismo, el gobierno francés no quiere perder la esfera de influencia en la región y el neocolonialismo instaurado, mostrándose como un socio fiable que responderá cuando se le solicite auxilio. Ejemplo de ello es que Francia, en 2015, era el principal proveedor de Mali y Burkina Faso, y el segundo de Mauritania, con una gran cantidad de empresas francesas que se encuentran instaladas en la región. Por último, la ONU creó en 2013 una misión con el objetivo de estabilizar la región, complementando la acción de la UE (LE GOURIELLEC, 2015).
Figura 3. Esquema de alianzas en la Guerra de Mali

El gobierno de Mali, por su parte, combate a los grupos tuareg del norte y su rebelión violenta, habiendo sufrido también un golpe de estado. El apoyo recibido por el gobierno francés le permite hacer frente a los rebeldes, así como a los grupos yihadistas. Su objetivo es mantener el control territorial de la región de Azawad, sofocando la rebelión tuareg y las pretensiones yihadistas. En este contexto, cientos de voluntarios se agrupan para conformar milicias armadas que combaten de manera más o menos coordinada frente a los secesionistas. Si bien, la mayoría de combatientes pertenecen a las regiones del sur, también existen tuareg que combaten a favor del gobierno por la unidad de Mali. En contraposición a los defensores del régimen, se encuentran los rebeldes tuareg, que claman por la independencia de Azawad, argumentando lazos históricos con esas tierras. Dentro de todas las tribus y movimientos rebeldes se puede hacer una primera diferenciación entre los movimientos de corte tuareg y los árabes, ambos agrupados por la Coordinadora de Movimientos de Azawad (CMA), la cual firmó los Acuerdos de Paz de Argel en 2015 (NAVARRO, 2015).
Finalmente, el conjunto de organizaciones terroristas de corte yihadista, cuyo centro de operaciones son los territorios del norte de Mali, se muestran como el último actor participante de este conflicto. Su objetivo: ocupar el vacío de poder generado por la falta de autoridad gubernamental en las regiones del norte tras la rebelión tuareg y el golpe de estado. Su guerra se declara contra Occidente, pero dentro de sus atentados y secuestros no existe discriminación entre bandos, obteniendo la enemistad tanto de rebeldes como de progubernamentales. Estos grupos actúan de manera independiente pero coordinados por dos principales organizaciones: AQMI y MUYAO; siendo éstas las organizaciones terroristas predominantes en el Sahel, apoyadas por las del norte de Nigeria (Boko Haram y Ansaru). Es destacable que debido al carácter radical de estas organizaciones, ambas fueron excluidas de los Acuerdos de Paz de Argel (ALBARES, 2013).
Análisis del uso de los Instrumentos de Poder (IdP). Mali
El poder militar proyectado hacia esta región se pude definir como ponderado y con unos objetivos correctamente establecidos. En el conjunto del país coincidieron de modo más o menos simultáneo tres operaciones militares de entidades diferentes, siendo estas: EUTM Mali[4], por parte de la UE, MINUSMA[5] llevada a cabo por la ONU, y la Operación Serval, iniciada por el gobierno francés tras el golpe de estado en la capital (BUENO, 2019).
Comenzando a hablar de la Operación Serval, éste era el modo en que Francia respondía a la petición de ayuda enviada por el gobierno de Mali, al verse claramente sobrepasados por la situación. La escasa formación y material de sus fuerzas armadas propició una respuesta insuficiente del Estado maliense ante la revuelta tuareg y los grupos yihadistas. Su objetivo era frenar con apoyo militar el avance de los grupos yihadistas del norte de Mali, cuya incursión sobre la capital era inminente. Tras escasas semanas de conflicto y la recuperación por parte del fuerzas malienses del ciudades clave como Konna, la iniciativa fue recuperada. Progresivamente, el avance de la guerra fue detectando asentamientos yihadistas en donde se descubrieron cultivos, arsenales, vehículos y diversa maquinaria, denotando que estaban preparados para resistir largas temporadas. La operación se caracterizó por la velocidad, fluidez, intensidad y el empleo único de medios ligeros además de la participación de una gran coalición integrada por diversos países de África Occidental, destacando el Chad (PÉREZ, 2015).
En segundo lugar, la reacción de la ONU tras la Operación Serval, se materializó en la misión MINUSMA, en la que los cascos azules de la ONU desplegaron una presencia relevante de unidades con objeto de garantizar la seguridad al norte del país y asegurar la presencia de observadores internacionales de la organización. Esta intervención, sumado al apoyo de la Unión Africana, apremió a los insurgentes tuareg y al gobierno a firmar los Acuerdos de Paz, excluyendo a los insurgentes yihadistas del proceso. Es destacable que los mayores contribuidores militares a esta operación fueran países africanos, como se observa en la Figura 4, fruto del notable compromiso de la Unión Africana en garantizar el proceso de paz en el país (DÍEZ, 2017).
Figura 4. Principales contribuidores militares a MINUSMA

Fuente: https://peacekeeping.un.org/es/mission/minusma
Finalmente, analizando la intervención de la UE, dentro de sus objetivos generales de apoyar a países frágiles, en el marco de la reorientación de su política exterior encaminada al continente africano, se encuentran las denominadas misiones de entrenamiento. Estas misiones se han convertido en el principal enfoque de la política exterior de la UE con diferentes despliegues en países como Somalia, la República Centroafricana o escenarios de mayor entidad geográfica como el golfo de Guinea; entre ellos se encuentra la misión EUTM Mali. El objetivo de la disciplina militar en esta misión, consiste en adiestrar a las fuerzas malienses hasta que adquieran una capacidad operativa suficiente para garantizar el control de sus fronteras y la integridad de su territorio, principalmente en la región norte.
Por todo ello, cabe destacar que la principal condición de la operación, reside en la subordinación al ejército maliense, respetando su soberanía y con la confianza en que sus débiles estructuras militares pudieran ser reparadas, siendo ésta una de sus principales diferencias con el caso de Afganistán: la aprobación de la intervención por la nación anfitriona.
En palabras de Alberto Bueno: “la misión no persigue tanto la derrota directa del yihadismo, sino potenciar los mecanismos del Estado maliense para que ellos mismos sean quienes lo enfrenten de manera autónoma” (2019: 33). En ello reside la principal estrategia militar: no centrar los esfuerzos en obtener resultados tácticos y operacionales, persiguiendo a cada célula terrorista, sino generar unas estructuras fuertes y cohesionadas para garantizar una disuasión fuerte y creíble, cimentando las bases para una seguridad duradera, desde una perspectiva estratégica (BUENO, 2019).
En los que respecta al entorno económico, en 2013, el país había recibido una ayuda de 3.200 millones de euros por parte de la UE con objeto de apoyar las diferentes medidas políticas y sociales, además del fortalecimiento de sus instalaciones, recuperando así su economía, devastada por la guerra. Es necesario expresar que Mali, previamente al conflicto, ya era un país empobrecido, con una débil economía fundamentada en la agricultura y ganadería, que lucha por sobrevivir ante la progresiva desecación de los terrenos. Motivo de ello es que existieran escasos recursos económicos que los terroristas pudieran emplear, y menos aún, por tanto, con los que la comunidad internacional pudiera influir o coaccionar para reducir su actividad terrorista (DÍEZ, 2017).
Comparado con Afganistán, por ejemplo, no existe una gran red de tráfico de opio ni unos señores de la guerra con cierto poder adquisitivo que puedan ser determinantes para el transcurso del conflicto. Por otro lado, el ya citado dominio rural en el Sahel tiene otro inconveniente principal y es el enfrentamiento entre agricultores y ganaderos (IZQUIERDO, 2021).
Por otro lado, la misión EUTM Mali, junto con MINUSMA, ha tenido y tiene un importante componente de coordinación y cooperación desde el nivel político. El objetivo es, mediante las relaciones políticas entre los Estados, llevar a cabo una reforma progresiva del sector de seguridad, siendo capaces de garantizar unas fuerzas de seguridad competentes, correctamente adiestradas y subordinadas en todo momento a dicho poder. Esto último es particularmente difícil en muchos estados africanos, al encontrarse el ejército tradicionalmente ligado a la política, y Mali no es una excepción. Por ello, se busca desligar progresivamente al ejército de entornos como el jurídico, evitando, por ejemplo, que civiles sean juzgados por tribunales militares (BUENO, 2019).
Mali, previamente a la revolución tuareg, se mostraba como una democracia notablemente considerada a nivel africano, en términos políticos. Sin embargo, el golpe de estado llevado a cabo tras la revolución tuareg, hizo que fuera necesaria una gran inversión en esta disciplina, reconstruyendo y fortaleciendo gran parte de las instituciones políticas del país. Todo ello se vio reforzado por la fuerte cohesión de los países africanos en la lucha contra el terrorismo en la región y canalizado mediante la influencia de la Unión Africana.
Como se ha mostrado anteriormente, el enfoque de todas las operaciones y misiones que se han producido en el país, han cumplido con la máxima de respetar la autoridad y legitimidad de las decisiones del gobierno maliense; se necesitaba recuperar la imagen internacional transmitida previamente al conflicto. Asimismo, los países intervinientes en el conflicto eran conscientes de que necesitaban un poder político local fuerte para evitar trasladar una imagen de injerencia externa en asuntos del gobierno, como ocurrió en Afganistán. Ante el problema político del país, la respuesta debía de ser política, rechazando frontalmente el golpe de estado llevado a cabo por disidentes del gobierno local (DÍEZ, 2017).
En este punto conviene destacar los principales aspectos positivos de la gestión, en el aspecto de lo civil, ya que se consiguió evitar en gran medida la sensación de invasión extranjera, tan perjudicial en el conflicto de Afganistán. En primer lugar, en la operación EUTM Mali, una de las condiciones del Consejo Europeo para su aprobación, fue que los militares desplegados no pudieran entrar en combate directo por propia iniciativa, más que en situaciones de legítima defensa. Esto permitió justificar la actuación de las fuerzas europeas, prestando un verdadero apoyo el país, excluyendo otros posibles intereses espurios. Las operaciones puramente militares (Operación Serval), por su parte, estaban asimismo acordadas entre el gobierno de Mali y Francia. Su actuación, por tanto, estaba específicamente acotada, legalmente definida y respaldada por la ONU (BUENO, 2019).
Además de ello, en la Operación Serval, se tomaron ciertas precauciones para mejorar la opinión local de las fuerzas francesas. Por un lado se estableció una coalición de países africanos que respaldaban la acción militar, proporcionando mayor legitimidad a la acción. Para la población, no eran extranjeros los que les estaban liberando, sino, en muchas ocasiones, personas que pertenecían a una etnia o tribu afín, aunque de otro país. Chad se presenta como un país ejemplar en este aspecto; cuando los yihadistas abandonaron la ciudad de Kidal, en dirección al norte, debido a que ésta se encontraba habitada por civiles tuareg en su totalidad y con objeto de no generar tensiones con la población local, la ciudad fue liberada por tropas chadianas, seguidas de malienses. De este modo, el ejército local tenía el protagonismo ante su población (DÍEZ, 2017).
Por último cabe destacar que tanto la insurgencia tuareg, como la yihadista tuvieron un fuerte rechazo del entorno internacional africano. No obstante, se determinó verdaderamente la necesidad de intervenir cuando un sector mayoritario de la revuelta tuareg, proclive a la ideología yihadista, se puso a las órdenes de los líderes yihadistas e impartieron la sharia en toda la región. Ante esto, gran parte de la población se vio obligada a huir del extremismo y la violencia impartida por los yihadistas, optando por buscar refugio en las ciudades del sur o en los países fronterizos. Este aspecto reforzó claramente la legitimidad de las actuaciones del gobierno de Mali ya que se encontraba defendiendo a su propia población. Pese a ello, no son pocos los conflictos intercomunitarios que se producen en las regiones del norte, siendo éstos aprovechados por los grupos yihadistas para mantener su influencia en algunas comunidades (NIEVAS, 2018).
En lo que concierne al aspecto comunicativo, en el desarrollo de estas misiones se puede apreciar una STRATCOM militar moderna y muy desarrollada, habiendo incorporado un componente fundamental de las mismas, esencial en la lucha terrorista: las redes sociales. Tras el comienzo del empleo de las redes sociales por parte de grupos terroristas, era necesario, en misiones de este tipo, enfocar la disciplina comunicativa en establecer una contranarrativa eficaz en este medio.
Se comenzaba a emplear por tanto la comunicación como un arma muy poderosa, comprendiendo que gran parte de las batallas se van producir en este nuevo entorno digital y realizando, en consecuencia, una gran inversión económica en estas capacidades. Las fuerzas armadas (FAS), en estas misiones de apoyo y entrenamiento, adaptan su STRATCOM directamente desde el nivel político y la aplican a las necesidades de cada escenario. En el caso concreto de Mali, si bien la diplomacia de defensa y las Psy Ops mantienen un tinte similar al empleado en Afganistán, el avance se puede notar considerablemente en el ámbito de las Info Ops y la Información Pública (URTEAGA, 2017).
Por un lado, las primeras se han enfocado en emplear estos avances tecnológicos para monitorizar por completo las actividades terroristas, así como las de la población local, en busca de posibles apoyos o predicadores. Por tanto, este nuevo enfoque de las Info Ops se centra en el ciberespacio, monitorizando la red, analizando las preocupaciones de la población y obteniendo útiles productos de inteligencia. Sin embargo, tampoco se olvida la necesidad de proteger eventos especiales como procesos electorales o actos oficiales, siendo estos aprovechados para proporcionar una positiva visión de las FAS ante la población de la nación anfitriona.
Por otro lado, también se ha producido una reestructuración completa en el ámbito de los asuntos públicos. Ahora más que nunca la población occidental exige a sus gobernantes ser informados de los objetivos y la finalidad de enviar soldados al extranjero a combatir. Ser capaces de transmitir esa necesidad, es una responsabilidad que recae directamente sobre las denominadas Oficinas de Información Pública, creadas en cada ejército. Cada oficina recibe imágenes y videos proporcionados por canales seguros desde la zona de operaciones. Posteriormente, realizan un filtrado y selección del contenido y son subidos diariamente a las cuentas de Twitter, Instagram, Facebook, etc. De este modo, se multiplica la capacidad comunicativa de los ejércitos, trasmitiendo la dureza del campo de batalla y el compromiso de sus soldados (MENDIGUCHÍA, 2011).
Reflexiones y comparativa de respuestas. Mali
La respuesta de la comunidad internacional ante este conflicto se puede definir como ponderada, desideologizada y sin tener como finalidad la represalia. La información obtenida durante el análisis, denota que se produjo una transición adecuada de un estado de conflicto (contrainsurgencia) a un proceso de defensa y prevención de atentados terroristas (contraterrorismo). Dicho de otro modo, se produjo un proceso de cambio adecuado de una operación militar, cuyo objetivo era derrotar a la insurgencia yihadista, a un proceso de estabilización del país, con la finalidad estratégica de mejorar su estructura de defensa además de las condiciones políticas y sociales. A diferencia de Afganistán, en donde se mantuvo un enfoque contrainsurgente permanente en la totalidad del país, se puede decir que en Mali se ha llevado a cabo un proceso más respetuoso y con mejores resultados, aunque el fenómeno yihadista dista de ser derrotado.
Pese a ello, una muestra del resultado de esta estabilización, es el entusiasmo popular por iniciar la recuperación de la paz, que llevó a los Acuerdos de Paz de 2015 y a unas nuevas elecciones generales en Mali, las cuales, aunque con escasa participación, fueron impulsadas por el gobierno legítimo. Todo ello se pudo llevar a cabo de manera adecuada gracias a que la UE tomó las precauciones necesarias para evitar que la población sintiera que existía injerencia extranjera (BUENO, 2019).
Refiriendo a la estructuración de las inversiones en cada IdP, se observa claramente el enfoque multidisciplinar, objeto de este trabajo. El poder bélico significa un reducido porcentaje del total, enfocado al adiestramiento y la autodefensa, con objetivos estratégicos. Como principales pilares de la estabilización, se alzan la comunicación y el ámbito civil, encontrándose ambos combinados y conformando un fuerte poder para arrastrar voluntades. Finalmente el ámbito político, vital para el correcto funcionamiento del resto, toma mayor importancia debido al enfoque contraterrorista, ya que las FAS pasan de tener una función de contrainsurgencia al ámbito disuasorio y los medios policiales y de inteligencia, aunque precarios, empiezan a cobrar protagonismo. Asimismo, a pesar de que el apoyo europeo supone una ayuda innegable para las fuerzas malienses, en este caso no existe una dependencia de las estructuras de defensa del país a los militares europeos, como en Afganistán (RUIZ, 2021a).
Como cierre de este epígrafe, no considero que el conflicto presentado en la zona del Sahel se pueda catalogar como una Zona Gris, sino una Guerra Híbrida permanente, declarada por grupos yihadistas en la región que mantienen sus actividades latentes en pequeños grupos. Esto se debe a que desde 2012, tras la intervención europea, los diferentes actores no estatales, materializados en los grupos yihadistas e insurgentes tuareg, han superado el umbral de la guerra. Si bien, tras los acuerdos de Paz de 2015, no se ha apreciado en este análisis ningún proceso de configuración del entorno por parte de grupos tuareg para tratar de obtener las condiciones estratégicas necesarias para su independencia.
Figura 5. Grupos terroristas que operan en el Sahel desde finales de 2019

Fuente: Rangel, 2022
Por otro lado, se han dado cambios de entidad en los grupos terroristas, como se aprecia en la Figura 5. Grupos como JNIM (heredero de Al Qaeda) han liderado el proceso yihadista absorbiendo grupos previos desde 2017 y se encuentran enfrentados actualmente a EIGS (franquicia del DAESH), con cuyas pretensiones entran en conflicto. Estos indicios muestran que no ha habido un cese en el empleo de la Guerra Híbrida de estos grupos; ésta ha permanecido aunque con menor intensidad y, por tanto, las doctrinas de Force Protection de los ejércitos permanecen en vigor. Muy diferente sería el escenario si existieran pretensiones claras de Estados limítrofes, como por ejemplo de Libia, aunque el hecho de que las armas de los yihadistas procedieran del arsenal Libio no es una muestra de intenciones en la región norte sino más bien una prueba de la inestabilidad de su gobierno.
Conclusiones finales
Tras el análisis, se ha podido observar la compleja dimensión que adopta el tipo de conflictos del siglo XXI con presencia de grupos terroristas, como así se ha reflejado en las diversas políticas de intervención de las fuerzas armadas occidentales. Cabe señalar la importancia del carácter preventivo de la respuesta ante un proceso yihadista en auge, o los procesos de mejora institucional y de defensa de un Estado Fallido. Por ello, es preferible, que la implicación de las fuerzas armadas en estos conflictos, se lleve a cabo mediante despliegues con menor poder bélico, más prolongados en el tiempo y que permitan obtener el apoyo de la población civil, frente a una respuesta de tipo reactiva, rápida y excesivamente belicosa, la cual, aun venciendo al enemigo en primera instancia, no permitiera obtener objetivos estratégicos a largo plazo.
Asimismo, se ha resaltado la importancia de diferenciar el concepto de contraterrorismo del de contrainsurgencia. Si bien es posible que, previo al despliegue de fuerzas militares, la situación del Estado anfitrión sea inestable y por tanto haya que emplear tácticas contrainsurgentes, conllevando un mayor uso de la fuerza, el objetivo debe ser proceder a una transición hacia un entorno contraterrorista. Es importante que los Estados sean capaces de diferenciar cuando se encuentran ante un grupo terrorista que emplee atentados y técnicas violentas para esparcir el miedo en una sociedad, frente a un grupo insurgente que utiliza el terrorismo como herramienta complementaria de su acción violenta y asimétrica, siendo necesario, en el primer caso, potenciar las fuerzas policiales y servicios de inteligencia. Por tanto, como se ha expresado anteriormente, éste error de diferenciación se presenta como uno de los fallos nucleares de la intervención en Afganistán.
Por otro lado, se ha planteado el estudio de la multidisciplinaridad de la acción militar, en base a los dos escenarios estudiados. Se puede concluir que la complejidad de dichos escenarios, ha sido el factor que ha generado que los estados mayores de los ejércitos hayan tenido que adaptarse a este entorno multidisciplinar, respondiendo mediante el empleo de los citados Instrumentos de Poder (IdP). Los actores estatales y no estatales, que desarrollan las estrategias híbridas y la ZG, emplearán de un modo sincronizado múltiples IdP, dimensionados específicamente para atacar las vulnerabilidades del Estado objetivo. Por todo ello, la única respuesta posible ante esta forma de desestabilización, es la multidisciplinar; los cinco IdP estudiados deberán ser utilizados en forma de pequeños conjuntos de acciones sincronizadas, de modo que se pueda evaluar rápidamente su efectividad y redistribuir la inversión si fuera necesario, traduciéndose en una mayor capacidad de adaptación.
Otra conclusión esencial, es la necesidad imperiosa de entender la idiosincrasia de los pueblos y transmitir ese conocimiento a las tropas desplegadas. Este proceso se ha mostrado nítidamente con la cultura militar africana, más proclive a entenderse con otros militares antes que con políticos o diplomáticos, así como con la gran diversidad de etnias afganas, con costumbres que son ley en muchas regiones del país. Ante ello cabe comparar las dos operaciones de estabilización analizadas: ISAF y EUTM Mali, ambas precedidas por una operación puramente militar de entidad. La diferencia esencial entre ambas es que, en la primera, no se contaba con el apoyo de la población, debido a la excesiva capacidad militar empleada previamente durante Endurance Freedom; una aversión que, a pesar del esfuerzo y la voluntad estabilizadora de ISAF, no se pudo revertir. Por tanto, no se puede garantizar la capacidad defensiva ni apoyar la reconstrucción política, social y económica sin el beneplácito de la población local.
Consecuencia de lo anterior, y relacionado con el porcentaje óptimo de inversión de cada IdP, se deduce que el poder militar no pude superar un umbral determinado. Concretamente, para definir el IdP militar como ponderado y adecuado, determino como conclusión, que éste debe ser inferior a la cuarta parte de los recursos asignados al total de las disciplinas. El IdP militar empleado en Endurance Freedoom e ISAF se ha visto reducido comparado con el desplegado en EUTM Mali, de lo que se puede inferir que para obtener mejores resultados estratégicos largo plazo, es preferible una acción militar focalizada, que proporcione seguridad de manera progresiva y estabilidad a largo plazo. Por su parte, el IdP económico juega un papel más importante en la ZG que en Guerras Híbridas. Las coacciones y embargos económicos pueden ser realmente útiles como elementos de configuración del entorno (JORDÁN, 2020) y para obtener ventajas estratégicas por debajo del umbral de la guerra. Los IdP restantes (político, civil y comunicativo) se tornan los más relevantes y, por tanto, los que necesitarán de una mayor inversión para los conflictos venideros, siempre que no se traten de conflictos convencionales. Esto demuestra la multidisciplinaridad de la acción militar como prueba de que los ejércitos seguirán adoptando un papel muy relevante en estos tres ámbitos, y, principalmente, respecto a proporcionar seguridad a la población civil.
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[1] La teoría del efecto CNN, consiste en que los medios de comunicación tienen la capacidad de producir y emitir historias a un ritmo tal que puede modificar los ritmos de la diplomacia, en tiempo real, obligando a los gobiernos a dar una respuesta rápida ante la situación cubierta (STROBEL, 1996).
[2] Hace referencia a Ley Islámica, la cual consideran que debe imperar como norma política económica y social. El DAESH actualmente ha conformado una red de franquicias regionales con presencia en países del Sahel, norte y centro de África y Afganistán. Asimismo, se ha acrecentado su conflicto con Al Qaeda por el liderazgo del movimiento yihadista a nivel mundial, como el acaecido en el Sahel entre sus dos filiales.
[3] Se define como aquel Estado que no es capaz de mantener el monopolio del uso legítimo de la fuerza y, por tanto, conforma unas autoridades gubernamentales inestables. Esto provoca que diferentes grupos de poder tales como ONGs, empresas multinacionales y organizaciones criminales (también terroristas) vayan ocupando el vacío generado por el Estado, acrecentando la división (BERRIO, 2003).
[4] Del inglés European Union Training Mission Mali.
[5] En este caso, se traduce como Misión Multidimensional Integrada de Estabilización de las Naciones Unidas en Malí.
Editado por: Global Strategy. Lugar de edición: Granada (España). ISSN 2695-8937
