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Las guerras medievales y el arte de la guerra

Al hablar del arte de la Guerra nos referimos, normalmente, a ese saber con el que los estrategas planifican sus altos objetivos globales y cómo conseguirlos exitosamente. Más o menos. Los planteamientos aplicados a la guerra como la conocemos hoy en día, o como se ha estudiado desde el siglo XIX con Clausewitz y Jomini entre otros, no se aplican más que a las guerras de la edad moderna y de ahí en adelante o más concretamente, como aseguró el filósofo francés Michel Foucault[1], a partir del Tratado de Westfalia, cuando surgió el nuevo orden europeo basado en el Estado nación en el que el equilibrio de fuerzas entre las nuevas potencias europeas era la base de la nueva regulación. La nueva Europa, dejando atrás las formas bélicas de la Edad Media, mantenía guerras de carácter público y no privado, donde el empleo de la fuerza era la continuación de la política de los estados.

Aunque bien es verdad, que teniendo en cuenta que en el mundo antiguo las guerras de los imperios también reunían grandes fuerzas armadas, se extendían por inmensos territorios y seguían unas estrategias para cumplir objetivos de gran alcance, sí es posible aplicar los conceptos de estos autores. Así por tanto, entre uno y otro, mundo antiguo y edad moderna, nos queda un tiempo en el que debido a la caída de imperios, migración de pueblos y diferentes invasiones entre otras muchas causas, la guerra toma una forma distinta. De la movilización de grandes ejércitos que se trasladaban a través grandes territorios y servían los intereses políticos de grandes imperios se pasó a una guerra privada en la que dos enemigos se enfrentaban para solucionar sus desavenencias usando la fuerza de la que disponían, fuera mucha o poca.

Las guerras medievales se caracterizaron, en su mayoría, por ser conflictos entre señores (principalmente) y enfrentamientos más o menos locales, enfrentamientos privados de fuerzas reducidas y objetivos limitados donde las partes implicadas buscaban imponerse al enemigo mediante el uso de todo el poder del que dispusiera. Como decimos eran en su gran mayoría, enfrentamientos entre pequeñas fuerzas normalmente moderados por una fuerza superior o un poder hegemónico que controlaba de algún modo el panorama e imponía un marco de “reglas” simplemente por su autoridad, unas reglas a veces escritas y otras solo existentes en el colectivo. No movilizaban por tanto grandes ejércitos ni involucraban a toda la población, aunque esta sí pudiera salir muy perjudicada.

Ahí está entonces la Edad Media, como en paréntesis, un tiempo en absoluto despreciable en cuanto a su duración, pues nada menos que 1000 años de historia en los que a pesar de no desarrollarse esas guerras de “gran expansión” (con ciertas excepciones), no podemos decir que los conflictos, las luchas, la violencia entre distintos poderes estuvieran lejos de ser algo esporádico. Así bien, las guerras en este larguísimo periodo eran diferentes, en cuanto a que siguieron pautas distintas, a las que se dieron posteriormente y que hoy se estudian con planteamientos y conceptos aún en uso. Sin embargo, merece la pena pensar si sería posible, a pesar de estas diferencias y lejos de lo que se ha pensado hasta ahora, aplicar esos conceptos o planteamientos que usamos hoy día, en concreto los expuestos por Clausewitz.

Por ejemplo, Clausewitz dice en su obra De la Guerra que las partes enfrentadas sacaran mayor partido cuantos más recursos aporten y mayor violencia estén dispuestas a aplicar, pero siempre y cuando haya una fuerza moderadora que frene la escala de violencia y no permita una devastación absoluta. Es decir, ganar por ganar o ganar con unos objetivos sin importancia, aportando demasiados recursos que hagan desfavorable la balanza de beneficios no tiene sentido. Si la guerra está dentro de una proporcionalidad será una guerra limitada y esa proporción la da el gobernante político en constante vigilancia que evita el desmadre. Así pues, ¿no es verdad que en esos conflictos locales, se da una moderación (aparte de la ejercida por el poder hegemónico existente) por el mismo que establece los objetivos a lograr? Pues no le vale la violencia desmedida si esta no le va a compensar ¿No podríamos decir que el político que modera es el mismo señor que pretende derrotar a su rival?

Y cuando también Clausewitz apunta que no solo hay que implicar a las fuerzas armadas sino a los gobernantes y a la población, en su llamada “trinidad”, ¿no vemos en los conflictos locales cómo está implicado el gobernante, que como señor es quien gobierna sus tierras, y a la población misma que sigue a su señor y pelea en sus mesnadas o sufre los ataques del enemigo?

En esta “trinidad” y su manifestación: violencia y voluntad del pueblo en conseguir el objetivo fijado, probabilidad y azar con la que debe trabajar el ejército y las fuerzas armadas y finalmente, cálculo o decisión política que emplea la guerra como instrumento político para alcanzar un objetivo que no ha podido alcanzarse sin el uso de la fuerza, está presente también en el conflicto medieval, en la guerra entre señores, entre el obispo y el concejo, entre caballeros con señoríos rivales, laicos o no, entre el señor y el rey que se tiene que imponer, etc.

¿Y no vemos en aquello que el autor llama fricciones como las dificultades e imprevistos que desbaratan los planes e influyen de manera decisiva en la guerra, a todos esos elementos  que en la Edad Media eran más que inciertos e imposibles de estimar, más aún en aquel tiempo?  

La conquista o la toma de una plaza no es lo que finalmente importa en la guerra, según el mismo autor, sino destruir la voluntad del enemigo atacando en el punto en que concentra su fuerza, desbaratándolo y así terminar con su determinación. ¿Y no es esto lo que pretende un señor feudal cuando ataca a su enemigo? ¿Más que la ocupación de una torre o la destrucción de una aldea?

Con estas preguntas planteadas, veamos un ejemplo concreto:

El 7 de junio de 1458 los nobles de Santiago, Muros y Noia, así como de toda la tierra de Santiago, se confederaron contra el arzobispo, y posteriormente hubo enfrentamiento armado. Todo comenzó cuando el arzobispo de Santiago, Rodrigo de Luna, recibió del rey Enrique IV la petición de reunir el 25 de marzo en Écija a toda la gente que pudiese para luchar en Granada. Este hizo un llamamiento a sus feudatarios y vasallos de Santiago el 12 de marzo[2]. Pero reunidos los caballeros dieron una respuesta negativa de modo que tuvo que intervenir el conde de Lemos Pedro Álvarez (no confundir con el conde de Trastámara, también del mismo nombre) a mediar entre las partes[3]. Finalmente, quedaron libres de la obligación mediante el pago de una suma de dinero y el arzobispo se marchó sin ellos a Granada.

Los nobles de Santiago se movilizaron entonces contra el ausente Rodrigo de Luna, en especial Bernal Yáñez de Moscoso quien tenía intereses en Santiago. Uniéndose los concejos de Noya y Muros, los nobles firmaron unos estatutos para confederarse contra el arzobispo y sus malos actos y para defender los intereses de Galicia. Al volver de Granada sobre septiembre u octubre de 1458, encontró el arzobispo que los nobles le habían tomado las tierras y solo le quedaba Padrón, La Rocha y Pontevedra.

El arzobispo se retiró a Portugal y en su ausencia se inició el sitio del castillo de la Rocha Forte con intención de destruir la fortaleza por el conde de Trastámara Pedro Álvarez Osorio, Suero Gómez de Sotomayor y Bernal Yáñez de Moscoso. Así abrieron fosos, pusieron empalizadas, montaron trabucos, etc,. El arzobispo pidió intervención del rey Enrique IV, quien exigió al conde de Trastámara en dos ocasiones (mayo y junio de 1459) el levantamiento del cerco sin éxito ninguno.

Finalmente, viendo imposible la toma del castillo decidieron reunirse ambas partes para firmar un armisticio de 6 meses. El convenio decía que en el plazo de veinte días debía de entregar Álvaro Sánchez de Ávila, alcalde de la Rocha, la fortaleza a García Caamaño, alcalde de la de Barreira, y liberar a los prisioneros. Al cabo de los seis meses establecidos si no se había llegado a un acuerdo se devolvería la Rocha a Álvaro Sánchez de Ávila.

El sitio de la Rocha Forte es un ejemplo de la dificultad que suponían los asedios, por muchas fuerzas que tuvieran los sitiadores si dentro estaban bien pertrechados y podían disponer de víveres y agua, la espera desde fuera podía ser larga y tediosa sufriendo más que los que se hallaban sitiados.

En este conflicto, aunque era el conde de Trastámara quien quería quedarse en Santiago, los dos oponentes fueron principalmente Moscoso y el arzobispo a los que podemos considerar como los “gobernadores o políticos” que moderan el enfrentamiento. Ninguno de los dos se lanzó a una lucha sin cuartel y sin un estudio de la situación.

El objetivo de Moscoso era asegurar sus tierras en el norte y el de Rodrigo de Luna afianzar sus posiciones y recuperar el poder como arzobispo de Santiago. Moscoso pretendía la eliminación del Rodrigo de Luna como señor de Santiago pero no para suplantarle sino para que quedara como arzobispo el hijo del conde de Trastámara, que si bien no permitiría excesivos manejos de los nobles sobre Santiago tampoco les impediría seguir con sus asuntos, algo que parecía más dudoso con Rodrigo de Luna como arzobispo. Luego más que hacerse con el dominio del arzobispado, lo que pretendía Moscoso era debilitarlo para poder continuar él con el suyo propio. A su vez el arzobispo debía recuperar su señorío y sus tierras y hacerse valer como señor imponiendo su autoridad. Ambos tenían objetivos muy claros a alcanzar, primero sin una lucha armada abierta y después cuando ya no había remedio con el empleo de la fuerza. Los objetivos de ambas partes estaban claros y bien definidos buscando cada una de las partes el mayor de los apoyos, los nobles unos, el rey el otro. Es posible entonces asociar este hecho al nivel estratégico.

Para lograr sus victorias encontramos a un lado el ataque a la Rocha por parte de Moscoso, que bien podría ser un teatro de operaciones y de otro lado, la defensa de la torre donde también se dirigía esta operación. Esta actuación podemos asociarla a un nivel operacional donde ambas fuerzas tuvieran un teatro de operaciones desde donde se controlaran las fuerzas, unas para atacar y otras para defenderse.

Y a nivel táctico, pueden asociarse cada uno de los ataques e intentos de aproximación a la torre con los fosos y empalizadas durante la duración del sitio de la fortaleza; así como cada uno de los intentos de resistir el ataque y devolverlo a trabucazos con cada grupo de hombres a los que se les daba la instrucción adecuada.

Vemos entonces que la trinidad de Clausewitz puede encontrarse aquí: hay dos “gobernantes” con sus objetivos claros, que emplean a sus “fuerzas armadas” y donde participan “los ciudadanos” tanto de Santiago como de Muros y Noya. Vemos también cómo Moscoso pudo identificar ese centro de gravedad del enemigo que Clausewitz considera vital y al que aplicó toda la fuerza, en este caso la Rocha Forte. Igualmente deducimos que existieron a su vez una multitud de fricciones, puesto que el asedio al final hubo de levantarse tras una tregua sin haber conseguido la destrucción de la fortaleza.

En cuanto a lo que sucedió después: los confederados pronto comenzaron a comprobar que era peor estar bajo la preponderancia de Pedro Álvarez Osorio, conde de Trastámara, que continuar con la presencia del arzobispo en Santiago. Bernal Yáñez de Moscoso comenzó a escuchar los intentos de Rodrigo de Luna de atraerle a su lado aprovechando la división que se adivinaba entre ellos[4]. En octubre Bernal Yáñez dio poder a su madre para acordar con los apoderados del arzobispo las condiciones de paz.

Regresó el arzobispo a su diócesis a finales de 1459, habiendo estudiado su situación y obteniendo las ayudas de los condes de Lemos y de Benavente que aportarían, el primero 80 lanzas, por lo que recibió en feudo la villa de Cacabelos, y el segundo, 300 hombres a caballo por la tierra de Aguiar[5]. A finales de febrero de 1460 terminaba la tregua firmada y el arzobispo quiso presenciar la entrega de la Rocha a Álvaro Sánchez de Ávila, acompañado de 600 hombres de armas y 3000 infantes acudió a la fortaleza pero el conde de Trastámara estaba bien pertrechado dentro de Compostela sin intención de moverse ni entregar nada.

Se reunieron entonces en la Rochablanca de Padrón para sitiar la ciudad de Santiago las 80 lanzas del conde de Lemos, 40 escuderos de Lope Sánchez de Ulloa, toda la gente de armas de Moscoso, Álvaro Páez de Sotomayor, Gómez das Mariñas, Fernán Pérez de Andrade y Diego de Andrade que se reunió en el real el 30 de junio con 80 caballos con intención de sacar a de allí al conde de Trastámara. Pero Rodrigo de Luna murió repentinamente al día siguiente de comenzar el asedio, el 1 de Julio de 1460, y solo las 80 lanzas del conde de Lemos se mantuvieron en su puesto.

Trastámara seguía dentro de Santiago y, pese a sus intentos de que fuera su hijo Luis Osorio el nuevo arzobispo, llegó Fonseca I a Galicia a ocupar la sede (nota_ el rey Enrique propuso en Roma a Alfonso de Fonseca y Acevedo para ocupar la sede, sin embargo, debido a su juventud y poca experiencia se decidió que fuera su tío Alonso de Fonseca y Ulloa quien ocupara el puesto por un tiempo, permutando con su sobrino en la sede de Sevilla), el conde de Trastámara se negó a abrirle las puertas de la ciudad y, de nuevo en marzo de 1461, reunidas las huestes antes mencionadas más las que traía el nuevo arzobispo, tomaron posiciones alrededor de Santiago. El verano de 1461 murió el conde de Trastámara lo que debió acelerar sin duda la toma de la ciudad[6] y por fin fue ocupada a finales de ese año o primeros de 1462.

Podemos decir que Rodrigo de Luna había fijado ya con anterioridad su objetivo final y en este nuevo punto estableció una nueva estrategia: rodearse de aliados y socavar la lealtad de los aliados del conde, el principal de ellos Moscoso a quien supo atraerse a su lado. Debía dudar el arzobispo de la palabra de Trastámara sobre la entrega de la Rocha cuando había reunido a tal fuerza armada, en este momento Padrón y Santiago se convertían en un teatro de operaciones, y la recuperación de Santiago sacando al conde de Trastámara de ella, en la operación en la que debían controlarse todas las fuerzas que se habían reunido. Debido a los acontecimientos, algunos podríamos identificarlos con las fricciones o “niebla de la guerra” de la que habla Clausewitz, hubo de esperarse a la llegada del arzobispo Fonseca pero, finalmente, se tomó Santiago. Es posible entonces (en vista de lo anteriormente expuesto con el breve relato del conflicto entre los señores de Santiago) decir que -al contrario de lo que sugería Foucault- sí que pudieran aplicarse, en mayor o menor medida y antes del siglo XVII, algunos de los conceptos o ideas que señala Clausewitz en su obra. Seguramente podría ahondarse más en ello, compararse con otros enfrentamientos similares y estudiar esta aplicación sobre otros muchos, pero no debería descartarse sin al menos, haber buscado las similitudes entre las grandes guerras o guerras de gran extensión y los conflictos privados, más locales y menores en alcance e importancia política, pues si fuera del marco histórico de la Edad Media hay planteamientos sobre la guerra, siendo esta una característica principal de este periodo (¡Del hambre, la peste y la guerra, líbranos Señor!), podemos pensar que no sería descabellado introducir esos planteamientos dentro de ese marco temporal y a esa escala.


[1] FOUCAULT, Michel: Security, Territory, Population, Lectures at the college de France, 1977-78, London, Palgrave Macmillan, 2007, p. 388.

[2] LÓPEZ FERREIRO, Antonio: Historia de la Santa A. M. Iglesia de Santiago de Compostela, Santiago de Compostela, Imprenta del Seminario Conciliar Central, 1903-1904, tomo VII, p. 218-239.

[3] LÓPEZ FERREIRO, Antonio: Historia de la Santa A. M. Iglesia…, op. cit., tomo VII, apéndices pp. 115-116.

[4] Rodrigo de Luna le prometió que recibiría tras la celebración de su matrimonio con Juana de Luna, con la que estaba ya desposado, el coto de Jallas, de Rochaforte, el coto de Mugía, ciertos maravedíes de juro y la Pertiguería de Santiago, además de la fortaleza de Rochaforte o Barreira u otro que se concertase, y a Lope Sánchez de Moscoso le prometió Benquerencia y Borrajeiros con sus tierras y vasallos. LÓPEZ FERREIRO, Antonio: Historia de la Santa A. M. Iglesia…, op. cit., tomo VII, p. 230.

[5] Ibidem.

[6] Vasco de Aponte dice que el conde de Trastámara se vio obligado a salir con sus hijos de Santiago y escapar, aunque antes mató a mucha gente. VASCO DE APONTE: Recuento de las casas antiguas del reino de Galicia, Xunta de Galicia, Santiago de Compostela, 1986, puntos 200 y 201. Es posible que salieran los Trastámara de Santiago y aun continuara la lucha un tiempo, muriera el conde y continuara un tiempo más hasta su ocupación.

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Lorena Carrasco

Doctora en Historia, miembro de la Royal Historical Society de Londres, investigadora independiente y tutora en el Programa de Doctorado de la Universidad Francisco Marroquín

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