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La defensa de Europa. Entre la dependencia estratégica y la asociación transatlántica

https://global-strategy.org/ldefensa-de-europa-entre-la-dependencia-estrategica-y-la-asociacion-transatlantica/ La defensa de Europa. Entre la dependencia estratégica y la asociación transatlántica 2026-05-14 12:58:00 Jesús De Miguel Sebastián Blog post Estudios Globales Global Strategy Reports Europa

Global Strategy Report, 9/2026

Resumen: El presente estudio analiza la evolución del modelo de defensa europeo en el actual contexto de transformación de la seguridad internacional. Partiendo de la relación histórica entre Europa, la OTAN y Estados Unidos, el trabajo examina las limitaciones estructurales que condicionan la autonomía estratégica de la Unión Europea, identificando las principales brechas políticas, militares, tecnológicas y organizativas que afectan a su capacidad de disuasión y defensa. Asimismo, se comparan las visiones estratégicas de la Unión Europea, la OTAN y Estados Unidos, evaluando sus convergencias y divergencias en el nuevo escenario geopolítico caracterizado por el retorno de la guerra convencional, la expansión de las amenazas híbridas y la reorientación estratégica estadounidense hacia el Indo-Pacífico. Finalmente, se plantean tres posibles modelos de evolución de la defensa europea –dependencia estratégica, autonomía plena y asociación transatlántica reforzada– concluyendo que esta última representa la opción más realista y funcional para garantizar la estabilidad y seguridad del espacio euroatlántico.

Para citar como referencia: De Miguel Sebastián, Jesús (2026), “La defensa de Europa. Entre la dependencia estratégica y la asociación transatlántica”, Global Strategy Report, 9/2026.


Introducción

No se puede hablar de la defensa de Europa al margen de Estados Unidos, de hecho, la contribución de este país a las dos guerras mundiales fue determinante en su resultado final. Si bien, no es menos cierto, que después de la Segunda Guerra Mundial la seguridad y defensa de Europa se ha podido mantener gracias al compromiso de ese país. El vínculo transatlántico materializado le permitió, en su momento, a EE.UU alcanzar una ventaja estratégica, materializando un despliegue avanzado de la defensa frente al que era su adversario por el poder mundial en el orden bipolar de la Guerra Fría. Pero también, la convergencia estratégica a ambos lados del Atlántico fue determinante para garantizar la defensa de los países europeos frente a la amenaza que representaba la Unión Soviética (URSS), beneficiándose de la disuasión ejercida fundamentalmente por EE.UU.

En este marco, la OTAN fue consolidando su concepto estratégico fundamental basado en el principio de defensa colectiva, siendo Europa, sin lugar a duda, el gran beneficiario, pues a la postre, con ello adquiría una estabilidad estratégica que nunca había tenido a lo largo de la Historia. Esta cooperación transatlántica se materializaba en una relación caracterizada por una asociación funcional, pero estructuralmente asimétrica, en la que la dependencia europea del poder militar estadounidense resultaba determinante.

El desmoronamiento de la URSS y posterior desmantelamiento del Pacto de Varsovia representó un profundo cambio en el concepto estratégico de la OTAN, el cual, sin dejar atrás la disuasión, el que fuera su principal pilar para sostener las estrategias de contención nuclear basadas en la destrucción mutua asegurada, pasaba a un segundo plano para avanzar hacia un modelo de más acorde con la seguridad colectiva, derivado del nuevo orden unipolar con Estados Unidos como potencia hegemónica. Supuestamente desaparecida la amenaza convencional, la defensa de Europa fue dejando de ser una prioridad para los propios europeos, siendo, en consecuencia, más renuentes a realizar mayores inversiones en defensa. Más aún, según se consolidaba EE.UU. como potencia global se iba viendo comprometida en un mayor número de conflictos, arrastrando en muchos de ellos a sus socios de la OTAN.

Consecuencia de este nuevo orden mundial, esta organización político-militar iba a ir consolidándose como un actor fundamental para la seguridad internacional fortaleciendo el vínculo asociativo transatlántico, en la medida que Washington necesitaba cada vez más a sus aliados europeos en las operaciones de reconstrucción en diferentes partes del Mundo.

Otro punto de inflexión importante en el referido vínculo fue el nacimiento de la Unión Europea en 1992, la entrada en vigor del Tratado de Maastricht, en noviembre del siguiente año, sentaría las bases de su integración política, económica y monetaria. A partir de ese momento se abría una discusión en el modelo de defensa que necesitaba la Unión, algunos Estados miembros liderados por Francia abogaban por una mayor autonomía, mientras que otros mayoritariamente apostaban porque la defensa de Europa siguiera vinculada a la OTAN, siendo esta última opción la que ha prevalecido hasta nuestros días.

Se podría afirmar que en este largo período de tiempo se ha mantenido un cierto equilibrio en el seno de la OTAN entre asociación y dependencia entre los Estados Unidos y el resto de sus Estados miembros, fruto en parte por los conflictos en los Balcanes en los que la OTAN tuvo una participación fundamental. Con el devenir de los años, se iba a abrir una brecha entre Washington y sus socios europeos y canadienses, coincidiendo con el primer mandato del presidente Trump, como quedaría manifestado en la Cumbre de la OTAN de 2018 a raíz de los compromisos en los gastos de defensa. Por otra parte, la creciente implicación en conflictos remotos sin un claro objetivo político, como fueron los de Afganistán e Irak, contribuyó a que el pretendido equilibrio de cargas entre aliados se fuera desplazando hacia una cada vez mayor dependencia de Estados Unidos.

El actual contexto de la seguridad mundial ha alterado más profundamente los factores sobre los que descansaba ese equilibrio, lo que aconsejaría cuestionar si ese modelo de seguridad basado en la protección estadounidense sigue siendo suficiente para garantizar la defensa europea. En lo que respecta a la defensa de Europa, tema central del presente estudio, es necesario prestar una particular atención sobre las consecuencias, directas e indirectas, tangibles e intangibles, del hecho de que la guerra convencional esté de nuevo presente en el territorio europeo. La guerra entre Ucrania y Rusia ha puesto de manifiesto las debilidades de la Política Común de Seguridad y Defensa.

A lo anterior se deben añadir las consecuencias de estar en un entorno de paz sin seguridad en el que la proliferación de fenómenos difusos conforma un amplio abanico de amenazas híbridas que requieren contar con capacidades para su prevención y la adopción de respuestas rápidas y eficientes, pero sobre todo con la determinación de actuar de manera firme y cohesionada. Y como un tercer elemento, se podría citar el hecho de que la atención estratégica del que es el primer contribuyente a la OTAN, Estados Unidos, se encuentra en la región Indo-Pacífico, fruto de su competencia con China en el nuevo orden mundial.

Así pues, cabe plantearse una cuestión atendiendo a estos tres componentes que tienen una influencia determinante para entender la seguridad internacional de nuestros días–el retorno del conflicto entre Estados, la proliferación de las amenazas híbridas y la reorientación estratégica estadounidense–. Asumiendo que la seguridad y defensa de Europa se ve afectada directamente por ella, obliga a determinar hasta qué punto la Unión Europea está en condiciones de ejercer una disuasión creíble, sin la concurrencia estadounidense, así como si los países europeos disponen de las capacidades necesarias y, no menos importante, de la voluntad requerida para actuar de manera cohesionada en un entorno de seguridad cada vez más exigente y volátil.

Con este argumentario de fondo, la apelación a la autonomía estratégica europea ha ido ganando protagonismo en el discurso político e institucional, en los últimos años, lo que no se corresponde con las políticas reales en este campo, abriendo una preocupante brecha entre las declaraciones y la realidad. La fragmentación de las políticas nacionales de defensa podría considerarse un primer factor que ahonda esta brecha, en la medida que condiciona el poder estructural de la Unión, limitando con ello su nivel de influencia y disuasión. Como segundo factor que abunda en la debilidad de las políticas realistas frente a la propaganda es el que se refiere a disponer de un conjunto de capacidades críticas con una menor dependencia externa, no en vano representan uno de los elementos más tangibles del poder. Finalmente, para superar la referida dicotomía entre la realidad y el discurso, habría que considerar un tercer argumento, el cual se centra en cómo se integran, coordinan y emplean poder y capacidades, asumiendo que sin una organización estratégica eficaz no se pueden generar efectos militares. En consecuencia, para avanzar en la necesaria autonomía de la UE en materia de defensa solamente será posible mediante la aplicación de políticas reales en lo que se refiere al poder, a las capacidades militares y a la organización estratégica.

La tesis que sostengo en este trabajo es que la defensa europea, en el contexto de la seguridad internacional actual, no puede alcanzar un nivel creíble de disuasión y defensa autónoma sin el concurso estructural de Estados Unidos, pero sí que puede y debe evolucionar hacia un modelo de asociación más equilibrado. A partir de esta premisa, se examina la posición de la Unión Europea, la OTAN y Estados Unidos como actores clave del sistema defensivo europeo, así como las capacidades, limitaciones y condicionantes que determinarán la evolución de su relación en el corto, medio y largo plazo. En síntesis, la autonomía estratégica europea no debiera plantearse como una alternativa a la OTAN, sino como el instrumento para redefinir la relación con Estados Unidos desde la dependencia hacia una asociación más equilibrada, en la que la UE debería reforzar su liderazgo en la defensa convencional Europa y simultáneamente manifestar un mayor compromiso con sus responsabilidades para sostener el vínculo transatlántico.

Los tres actores del sistema defensivo europeo

Delimitados los antecedentes que explican la actual dependencia defensiva europea, resulta necesario identificar a los actores que configuran su sistema de seguridad y defensa, al objeto de determinar cuál es la aportación específica de cada uno de ellos. La Unión Europea, la OTAN y los Estados Unidos responden a naturalezas estratégicas distintas –estructura supranacional, organización político-militar y Estado soberano, respectivamente– , circunstancia que condiciona tanto sus capacidades como sus límites de actuación. Precisamente por ello, la defensa de Europa no puede entenderse desde una lógica de sustitución entre actores, sino desde la concurrencia funcional de todos ellos dentro de una misma arquitectura estratégica.

En un artículo anterior realizaba un prolijo análisis de los desafíos a los que se enfrentaba la política de seguridad y defensa de la Unión Europea, así como cuáles son los pilares estratégicos en los que se fundamenta.[1] En él establecía tres deficiencias claramente identificadas: la debilidad defensiva europea, su insuficiente autonomía estratégica y la dificultad para construir un modelo propio de generación de capacidades conjuntas. Estas tres anomalías van a ser el hilo conductor de este nuevo artículo desde un enfoque realista, más allá de discursos políticos y alarmistas, en el que se asume el hecho de que para la defensa de Europa se precisa la acción concurrente de los tres actores arriba mencionados, cuyos aspectos más relevantes resumo a continuación.

La Unión Europea: legitimidad política, coordinación institucional y capacidad de influencia.

La Unión Europea constituye un actor singular dentro del sistema internacional, situado a medio camino entre la cooperación interestatal clásica y una estructura de integración supranacional avanzada. Su capacidad de actuación en materia de seguridad y defensa no deriva de una soberanía militar propia, inexistente como tal, sino de su aptitud para generar consensos políticos, articular marcos normativos comunes y movilizar recursos financieros e industriales entre sus Estados miembros. En este sentido, la aportación fundamental de la Unión es su legitimación política que supera con creces el que le corresponde a una organización internacional de seguridad y defensa. Es precisamente esta legitimidad la que le confiere su principal seña de identidad, en la medida que le permite armonizar prioridades estratégicas, promover inversiones conjuntas y estimular una progresiva convergencia en materia de capacidades. De acuerdo con esta visión, se podría identificar como su principal fortaleza la coordinación, en la medida que dispone de la estructura supranacional permanente y de un marco normativo; mientras que su principal limitación se manifiesta en la ausencia de un poder coercitivo centralizado y en la persistencia de intereses nacionales divergentes cuando la seguridad deja de ser un concepto declarativo para convertirse en una exigencia militar.

La OTAN: arquitectura integrada de disuasión y defensa colectiva.

Si la Unión Europea aporta el marco político y económico, la Organización del Tratado del Atlántico Norte constituye el verdadero armazón militar sobre el que descansa la defensa del continente. Su valor diferencial no reside únicamente en la existencia de un compromiso aliado de defensa colectiva, sino en haber desarrollado durante décadas una estructura permanente de mando, planificación, interoperabilidad y adiestramiento conjunto que ningún otro organismo internacional posee. La OTAN proporciona cohesión doctrinal, integración de fuerzas y capacidad de respuesta inmediata frente a amenazas convencionales e híbridas, actuando como un multiplicador de la potencia nacional de sus miembros. A ello se añade que su credibilidad disuasoria se encuentra vinculada principalmente al respaldo estratégico estadounidense, especialmente en el ámbito nuclear, aeroespacial, de inteligencia y de proyección, más que a la suma de capacidades europeas. En consecuencia, la OTAN continúa siendo la única organización capaz de integrar recursos y capacidades militares dispersos en un esfuerzo cohesionado y continuado como es la defensa colectiva.

Estados Unidos: garante estratégico y máximo exponente del poder militar occidental.

La aportación de Estados Unidos trasciende con mucho de la de ser un aliado más dentro de la estructura atlántica, pues sigue representando el núcleo de poder duro que hace viable la disuasión occidental en Europa. Washington aporta la mayor parte de las capacidades estratégicas que resultan decisivas en todo el espectro del conflicto armado convencional y nuclear; a su poder en los ámbitos terrestre, naval y aéreo espacial hay que añadir sus capacidades en inteligencia, mando y control, gestión del campo de batalla y sostenimiento logístico, por citar las más características. Sin esta contribución, el sistema defensivo europeo perdería buena parte de su eficiencia y credibilidad frente a potencias revisionistas y adversarios estatales de cierta entidad. Sin embargo, la actual reorientación de la política exterior estadounidense hacia el Indo-Pacífico, unida a la creciente exigencia de reparto de cargas entre aliados, introduce una variable nueva que está alterando la relación entre los aliados y que puede afectar a la propia defensa de Europa. Si bien Estados Unidos no pareciera dispuesto a abandonar Europa, sí pretende reducir el peso principal de su protección. De acuerdo con ello, el debate debiera orientarse en el modo que debe reorientarse esta asociación estratégica y no a la permanencia del compromiso norteamericano con la defensa de Europa.

De la observación conjunta de estos tres actores se puede colegir que Europa dispone de una arquitectura defensiva compleja, desequilibrada y funcionalmente fragmentada, en la que cada uno de los tres actores que a ella contribuyen aporta un componente que los otros no están en condiciones de sustituir plenamente. La Unión Europea proporciona dirección política y cierta capacidad de movilización; la OTAN, por su parte, constituye la base de la integración estratégica y de capacidades militares, así como el marco de la doctrina operacional; y los Estados Unidos aporta la masa crítica de poder estratégico indispensable para sostener la disuasión nuclear y convencional.

Esta distribución asimétrica nos puede ayudar a comprender las razones por las qué cualquier debate sobre la defensa europea debe partir no de la exclusión de alguno de ellos, sino del análisis del modo que esta concurrencia de esfuerzos debiera superar la relación de dependencia, para evolucionar hacia una asociación más equilibrada, en la que la Unión Europea asumiría nuevas y mayores responsabilidades y compromisos.

Las brechas de la defensa europea

El debate sobre la autonomía estratégica europea suele limitarse a señalar la necesidad del incremento del gasto en defensa y al refuerzo de las capacidades militares de los Estados miembros. Sin embargo, en mi opinión, la principal debilidad del modelo defensivo europeo va más allá de un déficit cuantitativo de medios. El problema tiene un alcance mucho mayor, por cuanto se pueden identificar una serie de brechas estructurales que limitan la capacidad de la Unión para transformar su potencial político, económico e industrial en un poder militar efectivo. Estas limitaciones afectarían tanto al plano político y estratégico como al operativo, tecnológico e industrial, condicionando la credibilidad y eficiencia de cualquier modelo de defensa, con cierto nivel de autonomía, para Europa.

Brecha política.

Como exponía en mi artículo anterior,[2] la principal debilidad de la defensa europea no es exclusivamente militar, sino política, en la medida que continúa sin resolverse la contradicción entre una amenaza que, si bien es cada vez más compartida mayoritariamente por todos los socios europeos, no se corresponde con las posibles respuestas, las cuales se encuentran todavía lastradas por intereses nacionales.

Esta brecha política es el verdadero talón de Aquiles de la defensa europea, problemática que rebasa los aspectos burocráticos, para ser una manifestación de la limitación de su poder estructural. Así, se podría afirmar que si bien la Unión Europea cuenta de las instituciones políticas que le confieren su carácter de organización supranacional, la dirección estratégica de sus políticas de seguridad y defensa tienen notables deficiencias.

Esta debilidad político-estratégica en materia de seguridad y defensa se ve evidenciada en los siguientes aspectos relevantes:

  1. Dificultad para generar consensos. La necesidad de alcanzar posiciones comunes entre veintisiete Estados con prioridades estratégicas distintas dificulta la adopción de respuestas rápidas y cohesionadas ante crisis de seguridad relevantes.
    1. Divergencia de percepciones de amenaza. Mientras los Estados del flanco oriental priorizan la amenaza convencional rusa, otros países mediterráneos concentran su atención en la inestabilidad del Norte de África, el Sahel o los flujos migratorios.
    1. Ausencia de cultura estratégica común. La diferente tradición histórica, experiencia militar y sensibilidad política de los Estados miembros dificulta consolidar una visión compartida sobre el empleo de la fuerza y los intereses estratégicos europeos.
    1. Lentitud en los procesos de toma de decisiones. Relacionado con el punto 1, por cuanto los mecanismos de decisión basados en amplios consensos políticos reducen la capacidad de reacción de la Unión Europea frente a amenazas que evolucionan con rapidez.
    1. Tensión entre soberanía nacional e integración supranacional. Los Estados miembros continúan considerando la defensa como un ámbito vinculado a la soberanía nacional, incluso exclusivo de ella, limitando con ello la cesión efectiva de competencias estratégicas a las instituciones europeas.

Brecha en capacidades militares.

Simplificar la debilidad de la defensa europea al problema de una débil inversión en este campo sería una peligrosa simplificación del problema y no permitiría afrontar su verdadera dimensión. Los grandes retos para la Unión en materia de defensa se podrían resumir en tres grandes grupos: la fragmentación de las inversiones, la duplicidad de sistemas y la ausencia de una verdadera economía europea de la defensa

  1. Fragmentación de las inversiones. Los Estados miembros continúan desarrollando políticas nacionales de adquisición y modernización militar con escasa coordinación, reduciendo la eficiencia del gasto y dificultando la generación de capacidades comunes.
  2. Duplicidad de sistemas. La coexistencia de múltiples plataformas, programas y sistemas de armas similares dentro de Europa limita la interoperabilidad, incrementa los costes de sostenimiento y dificulta la integración operativa de las fuerzas.
  3. Ausencia de una verdadera economía europea de la defensa. La industria militar europea sigue operando con un marcado carácter nacional, lo que dificulta consolidar cadenas de suministro, procesos de producción y capacidades tecnológicas capaces de sostener una autonomía estratégica real.

Causa y efecto de estas vulnerabilidades es la limitación que tiene la UE en relación con las capacidades críticas necesarias para sostener operaciones militares de alta intensidad durante espacios prolongados de tiempo. Aunque los países europeos disponen de un aceptable volumen de fuerzas, medios y recursos económicos, la realidad es que continúan presentando una elevada dependencia de Estados Unidos en capacidades estratégicas esenciales. Entre ellas destacan las relacionadas con la inteligencia, vigilancia y reconocimiento (ISR); mando y control; defensa antimisil; reabastecimiento en vuelo; transporte estratégico; sostenimiento logístico; superioridad aeroespacial; guerra electrónica o disuasión nuclear, ámbitos todos ellos determinantes para la conducción de operaciones militares.

Esta situación pone de manifiesto que la principal debilidad europea no radica exclusivamente en la cantidad de recursos disponibles, sino en la dificultad para integrarlos dentro de una arquitectura militar verdaderamente cohesionada y operativamente eficaz. La fragmentación de capacidades, la persistencia de estructuras nacionales y la limitada integración de los sistemas de defensa dificultan la transformación del potencial agregado europeo en un poder militar efectivo. En consecuencia, la autonomía estratégica de la Unión continúa encontrándose condicionada no solo por la insuficiencia de determinadas capacidades críticas, sino también por las dificultades para coordinar, integrar y sostener el empleo conjunto de las existentes.

Brecha tecnológica e industrial.

La autonomía estratégica europea no puede sostenerse únicamente sobre declaraciones políticas o en incrementos presupuestarios, sino sobre la capacidad real para desarrollar, producir y sostener tecnologías y sistemas de defensa avanzados. En este ámbito, la Unión Europea continúa presentando importantes limitaciones derivadas de la fragmentación de su industria militar, de la dependencia tecnológica exterior y de la ausencia de una estrategia plenamente integrada en sectores críticos para la defensa.

Todo ello limita su capacidad para garantizar el abastecimiento, sostenimiento y modernización de sus fuerzas armadas en un entorno de competencia estratégica cada vez más exigente. Como aspectos más significativos del déficit tecnológico-industrial europeo se podrían citar los siguientes:

  1. Dependencia tecnológica exterior. Europa mantiene una notable dependencia de terceros países, particularmente de Estados Unidos, en ámbitos críticos como sistemas espaciales, semiconductores, inteligencia artificial, capacidades aeroespaciales, ciberdefensa o determinados sistemas avanzados de mando y control.
  2. Fragmentación de la industria de defensa europea. La existencia de múltiples industrias nacionales con intereses frecuentemente divergentes dificulta la consolidación de un verdadero mercado europeo de defensa y limita la generación de economías de escala.
  3. Insuficiente integración de cadenas de suministro y producción. La limitada coordinación industrial entre Estados miembros dificulta incrementar rápidamente la producción de sistemas de armas, municiones y capacidades críticas en escenarios de crisis prolongadas.
  4. Retraso relativo en tecnologías emergentes. La competencia tecnológica global, especialmente en ámbitos como inteligencia artificial, sistemas autónomos, computación cuántica o guerra multidominio, amenaza con ampliar la brecha entre Europa y las grandes potencias militares y tecnológicas.
  5. Dependencia energética y de materias primas estratégicas. La vulnerabilidad europea en determinados recursos críticos condiciona la resiliencia de su industria de defensa y limita su autonomía operativa en situaciones de tensión prolongada.

Brecha doctrinal y de organización.

Otro de los principales problemas a los que se enfrenta la defensa europea viene de la dificultad para integrar eficazmente medios, estructuras y procedimientos dentro de un modelo estratégico común. En este sentido, la cuestión central supera la propia generación de capacidades militares y se orienta a la posibilidad real de coordinarlas y emplearlas de manera cohesionada para generar efectos operacionales y estratégicos. La persistencia de modelos nacionales diferenciados y la ausencia de una estructura europea de mandos permanentes dificultan dramáticamente la eficacia de una defensa europea cohesionada y eficiente.

Posiblemente esto último sea uno de los problemas más determinantes a la hora de diseñar un modelo de defensa europeo con mayor autonomía. A diferencia de la OTAN, la Unión Europea carece un sistema de mando y control integrado, lo que redunda en la dificultad para la conducción de operaciones militares y respuesta a situaciones de crisis.

Dependiendo del Estado Mayor de la Unión Europea (EUMS, por sus siglas en inglés) se cuenta con el Military Planning and Conduct Capability (MPCC), el cual podría ser considerado como la principal estructura de mando estratégico militar, pero con unas capacidades muy limitadas. Este órgano no dispone de capacidad de conducción de operaciones, apoyándose para ello en el Mando Aliado para Operaciones (ACO, por sus siglas en inglés).

Así pues, los cometidos del MPCC se limitan a los de asesoramiento y para alguna misión de entrenamiento lo que genera una gran vulnerabilidad en la aspiración de un modelo defensivo europeo con mayor autonomía. Pero si esta situación es grave, más lo es si cabe el hecho de no contar con una cadena de mandos operacionales, los cuales se generan caso por caso sobre la base de cuarteles generales proporcionados por algunos Estados miembros.

Una de las derivadas de esta carencia de estructura de mando en el ámbito de la PCSD de la UE es su limitada capacidad de planeamiento y de conducción y sostenimiento de operaciones con un cierto grado de autonomía, especialmente si nos referimos a las que tienen un mayor grado de complejidad.

En lo que se refiere a la doctrina cabría hacer una mención a que el cuerpo doctrinal de la UE es limitado, pero que no es menos cierto que se ve compensado por el hecho de que la mayoría de las doctrinas nacionales se basan en conceptos y procedimientos de la OTAN

En conjunto, estas brechas ponen de manifiesto que el principal problema de la defensa europea no es la ausencia absoluta de recursos, sino la dificultad para integrarlos dentro de un modelo estratégico coherente, sostenido y políticamente viable. Precisamente por ello, el debate actual no debería centrarse exclusivamente en la disyuntiva entre autonomía estratégica o dependencia atlántica, sino en cómo redefinir el vínculo transatlántico para avanzar hacia una asociación más equilibrada y funcional.

Redefinición del vínculo transatlántico. Autonomía estratégica o asociación reforzada

Para comenzar este último punto del estudio propongo recapitular las que considero que son las ideas clave del análisis previo. Como punto de partida, se establecía en la introducción tres aspectos capitales. El primero de ellos tiene que ver con el hecho irrefutable que la defensa europea sigue descansando básicamente en la OTAN, lo que supone asumir la dependencia estructural de Estados Unidos. Una segunda consideración es la que se corresponde con la relación transatlántica, la cual se ve profundamente condicionada por la nueva orientación del centro de gravedad de la geoestrategia norteamericana hacia ese continente –“América primero”– y hacia la región geopolítica de Asia-Pacífico.

En el segundo de los puntos se destacaban los aspectos más relevantes relacionados con los tres actores vinculados a la defensa europea. Sobre el primero de ellos, la Unión Europea, se enfatizaba sobre su legitimación política como principal fortaleza frente a la falta de poder coercitivo como su principal debilidad en lo que se refiere a su defensa.  Por su parte la OTAN sigue siendo el esqueleto de la seguridad y la defensa de Europa, siendo hoy en día, el único marco con capacidad para integrar los esfuerzos de la defensa del Continente. Por último, Estados Unidos, primera potencia militar mundial, no parece dispuesta a abandonar a su suerte la seguridad europea, pero sus prioridades estratégicas se orientan en otra dirección.

En el punto anterior abría el debate sobre las brechas europeas en materia de defensa, destacando que el déficit de la PCSD constituye un problema estructural, siendo un error de valoración circunscribirlo al ámbito presupuestario. Por otra parte, el problema de fondo no radica solamente en la necesidad de generar un adecuado sistema de capacidades críticas, sino que la UE precisa dotarse de una estructura de mandos estratégicos y operacionales que le proporcione la capacidad de conducir operaciones militares y garantizar una aceptable autonomía para la defensa de Europa.

Mientras que los epígrafes anteriores se centraban en el análisis de una situación asumida, este cuarto punto tiene un marcado carácter prospectivo, en la medida que se pretende describir hacia donde podría encaminarse la redefinición del vínculo transatlántico. En su desarrollo considero oportuno señalar la idea fuerza que lo preside: la autonomía estratégica europea no puede entenderse como sustitución de la OTAN. La cuestión central no es romper el vínculo transatlántico, sino evolucionar desde una relación de dependencia hacia una asociación más equilibrada basada en mayores responsabilidades europeas en materia de seguridad y defensa.

Ahora ya estamos en condiciones de comenzar a abordar la cuestión de la redefinición de la defensa de Europa. Como ya he expresado anteriormente, para que la pretendida autonomía estratégica europea responda a una necesidad real y no al simple discurso político precisa la comprensión del pensamiento estratégico de los actores comprometidos con ella, y no limitarse a la referencia a las capacidades militares o el reparto de cargas. Es en el ámbito de la estrategia donde se puede apreciar las convergencias y divergencias entre ellos con que potencialmente pueden influir en la evolución de la defensa europea.

La Unión Europea, a través de la denominada Brújula Estratégica, ha asumido una visión de la seguridad caracterizada por una aproximación integral y multidimensional. En el documento se reconoce el deterioro del entorno internacional, el retorno de la competición geopolítica y la proliferación de amenazas híbridas. Por otra parte, se formula una concepción de la seguridad estrechamente vinculada a la resiliencia, la estabilidad regional, la protección de infraestructuras críticas, la ciberseguridad y la gestión integral de crisis. Aunque otorga una atención mayor a la dimensión militar de la seguridad y defensa que en etapas anteriores, la UE continúa proyectando una visión más centrada en el multilateralismo, el marco legal y normativo, las estrategias de seguridad cooperativa, y la gestión multidimensional de las crisis. Sin embargo, asuntos tan determinantes como la disuasión o la propia defensa colectiva apenas se abordan en esta nueva estrategia.

El Concepto Estratégico de la OTAN de 2022 presenta, por el contrario, una orientación mucho más claramente militar y disuasoria. La organización identifica a Rusia como la amenaza más significativa y directa para la seguridad euroatlántica y sitúa nuevamente la defensa colectiva como eje central de su estrategia. Al mismo tiempo, reconoce el desafío sistémico que representa China y concede una importancia creciente a los dominios híbrido, tecnológico, espacial y cibernético. A diferencia de la Unión Europea, la OTAN no pretende constituirse como un actor político integral, sino como una alianza militar orientada a garantizar la defensa colectiva mediante capacidades operativas, integración estratégica y credibilidad disuasoria.

Por su parte, la Estrategia de Seguridad Nacional de Estados Unidos refleja una visión global de la competencia por el poder mundial. Aunque mantiene el compromiso con la defensa de Europa y el vínculo transatlántico, la prioridad estratégica norteamericana se desplaza progresivamente hacia el Indo-Pacífico y la competencia estructural con China, así como a la preeminencia geoestratégica del continente americano. Desde la perspectiva estadounidense, Rusia continúa representando una amenaza inmediata para la seguridad europea, pero China constituye el principal desafío sistémico en el medio y largo plazo en los ámbitos económico, tecnológico, militar y geopolítico. Esta circunstancia condiciona inevitablemente la posición de Washington respecto a Europa, en la medida que impulsa una exigencia creciente para que los aliados europeos asuman una mayor responsabilidad sobre la defensa convencional del continente.

A pesar de estas diferencias de enfoque estratégico, estos tres actores comparten elementos fundamentales de convergencia. Todos ellos reconocen el deterioro del entorno de seguridad internacional; el retorno de los conflictos entre Estados, favorecidos por la competencia de las grandes potencias; la expansión de amenazas híbridas que configuran un entorno de seguridad de zona gris;  y la necesidad de reforzar la resiliencia estratégica. Asimismo, coinciden en la importancia de preservar el espacio euroatlántico como núcleo de estabilidad política, económica y militar frente a actores revisionistas.

Sin embargo, las divergencias resultan igualmente significativas. Mientras la Unión Europea continúa privilegiando una aproximación a la seguridad y la defensa en la que predomina su visión política e institucional y su carácter multidimensional, la OTAN mantiene una lógica esencialmente defensiva y militar. Estados Unidos, por su parte, interpreta la seguridad desde una perspectiva de competición estratégica global, pero con unos intereses marcadamente regionales, en la que Europa constituye un escenario prioritario, pero ya no necesariamente el principal. Precisamente esta diferencia de prioridades explica buena parte del debate actual sobre la necesidad de redefinir el equilibrio de responsabilidades dentro del vínculo transatlántico.

Una vez recapitulado los antecedentes que obran en la actual definición de la defensa europea y analizadas las convergencias estratégicas de los tres actores principales que la conforman, estaremos en condiciones de abordar el pretendido desarrollo que debiera configurar el marco en el que se fundamente la defensa de la UE. Sería pretencioso por mi parte definir un modelo detallado, lo que superaría con creces mis capacidades, además de no corresponderse al objeto de este estudio, por lo que me limitaré a plantear algunas consideraciones sobre tres posibles modelos: la dependencia estratégica, la autonomía plena, y la asociación reforzada.

Dependencia estratégica. Continuidad del modelo transatlántico.

En esta primera opción se asume la continuidad de fundamentar la defensa de la UE bajo el paraguas de la OTAN, o lo que es lo mismo mantener la dependencia de Estados Unidos. La cuestión clave por la que este esquema sería cuestionable viene del hecho de que aún con un incremento notable en los presupuestos de defensa por parte de los Estados miembros de esa organización, a la postre la mayoría de ellos pertenecientes también a la UE, la PCSD de la Unión no estaría en condiciones de alcanzar un nivel de independencia estratégica aceptable. En síntesis, bajo este patrón defensivo la Unión Europea seguiría encontrando serias limitaciones para la generación de las capacidades críticas necesarias para sostener de manera autónoma una disuasión creíble frente a amenazas convencionales de alta intensidad.

Bajo esta lógica, la seguridad europea seguiría descansando sobre la arquitectura militar de la OTAN y, de manera más concreta, sobre la aportación estratégica estadounidense. La disuasión nuclear, las capacidades de inteligencia y vigilancia, el mando y control avanzado, la superioridad aeroespacial, la movilidad estratégica y buena parte del sostenimiento logístico continuarían dependiendo fundamentalmente de Washington. La Unión Europea mantendría un papel complementario centrado en la coordinación política, la resiliencia, la industria de defensa y determinadas capacidades convencionales.

La principal ventaja de este modelo es su estabilidad inmediata. La OTAN constituye una estructura madura, interoperable y plenamente operativa, cuya eficacia ha quedado reforzada tras el retorno de la guerra convencional al continente europeo. Asimismo, la presencia estadounidense continúa siendo el principal factor de credibilidad disuasoria frente a Rusia y frente a cualquier amenaza militar de gran entidad.

Sin embargo, este modelo presenta importantes limitaciones estructurales. La primera de ellas es que perpetúa la vulnerabilidad estratégica europea frente a posibles cambios en las prioridades de Washington. La creciente concentración estadounidense en el Indo-Pacífico y la competencia estratégica con China podrían reducir progresivamente la atención dedicada a Europa. A ello se añade la incertidumbre política derivada de los debates internos estadounidenses sobre el coste de la protección europea y el reparto de cargas dentro de la Alianza.

En consecuencia, mantener un modelo basado esencialmente en la dependencia limitaría la capacidad de la Unión Europea para actuar con autonomía en escenarios regionales próximos y dificultaría su consolidación como actor estratégico relevante dentro del nuevo orden internacional.

Autonomía estratégica. Ambición política estructuralmente limitada.

En el polo opuesto al modelo anterior se posicionan distintos sectores políticos y estratégicos europeos, quienes sostienen la necesidad de avanzar hacia una autonomía estratégica plena, entendida como la capacidad de la Unión Europea para garantizar su propia seguridad y defensa, así como la conducción de operaciones militares sin la concurrencia de Estados Unidos.

Desde una perspectiva puramente teórica, este modelo supondría una profunda transformación de la defensa europea. De acuerdo con ello, la PSCD debería incorporar el planeamiento y generación de capacidades militares integradas, la plena consolidación de la base industrial y tecnológica europea, una estructura de mandos permanentes en los niveles estratégico y operacional,  y contar con estructuras permanentes de mando estratégico y operacional. Desafíos ciertamente difíciles de alcanzar en el medio e incluso en el largo plazo, pero todavía resultaría menos creíble, habida cuenta de la deficiente cohesión interna en la propia Unión, la necesidad de establecer mecanismos ágiles de decisión política y una cultura estratégica compartida entre los Estados miembros.

Sus defensores argumentan como su principal fortaleza de esta propuesta en la reducción de la vulnerabilidad europea frente a cambios en la política exterior norteamericana, lo que permitiría, supuestamente, una mayor libertad de acción estratégica, confiriendo un mayor peso geopolítico y poder estructural de la Unión Europea como potencia relevante del orden mundial. Esta justificación, basada en el riesgo que supone los cambios en la política exterior de Washington, no tiene en cuenta los riesgos similares en algunos de los actuales Estados miembros de la Unión, cuyas políticas exteriores no se armonizan en muchas ocasiones con Bruselas. De acuerdo con ello, esta opción se ajusta más a un discurso político con una fuerte carga nacionalista y populista que a una política real.

Asociación transatlántica reforzada. Equilibrio estratégico

Entre ambas opciones cabe considerar un tercer modelo que pareciera configurar la defensa europea de una manera más equilibrada y realista con el contexto del nuevo orden mundial en un contexto de la seguridad internacional de gran complejidad.

Este modelo no parte de la sustitución de la OTAN ni del alejamiento respecto de Estados Unidos, sino de la necesidad de redistribuir responsabilidades dentro del sistema defensivo occidental. La lógica central sería mantener el vínculo atlántico como núcleo de la defensa europea, pero incrementando significativamente la capacidad de contribución autónoma de los Estados europeos.

En este contexto, la Unión Europea debería asumir una mayor responsabilidad en la defensa convencional del continente y en la gestión de crisis en su entorno regional inmediato y para ello tendría que reforzar prioritariamente aquellos ámbitos en los que presenta mayores vulnerabilidades, en particular en lo que se refiere a las capacidades críticas, la industria de defensa europea y la conducción de operaciones.

Este modelo defensivo europeo permitiría avanzar hacia una mayor autonomía estratégica, pero manteniendo el vínculo transatlántico como eje fundamental en el que se sostendría la defensa europea. Así en los tres pilares en los que sustentar la PCSD, que refería en mi artículo anterior –disuasión, gestión de crisis y seguridad cooperativa–,[3] sería el primero de ellos el que tiene una mayor vinculación con la defensa europea. La OTAN seguiría siendo el marco esencial de la disuasión y la defensa colectiva, pero en el que los países europeos asumirían una mayor carga y responsabilidades en el ámbito de la defensa convencional, mientras que Estados Unidos seguiría siendo el soporte de la disuasión nuclear.

De este modo la asociación transatlántica reforzada superaría el permanente debate de los presupuestos de defensa que ha abierto una importante brecha en el seno de la OTAN, para lograr una integración más equilibrada y una mayor garantía para la defensa de Europa. Las nuevas cargas y responsabilidades europeas deberían fijar como objetivo en el corto plazo la creación de una estructura de mandos permanentes y un procedimiento de generación de fuerzas de respuesta armonizado con los de la Alianza. En el medio plazo el esfuerzo debería orientarse a la creación de capacidades críticas relacionadas directamente con la conducción y sostenimiento de operaciones de alta intensidad: mando y control, ISTAR, proyección estratégica, logística integrada, etc. Por su parte los aspectos relacionados con la industria de defensa europea por su complejidad formarían parte de los objetivos de largo plazo.

Así pues, de las tres opciones planteadas pareciera que es esta tercera la que se ajustaría en mayor medida a los parámetros de equilibrio y eficiencia, siendo su principal ventaja el hecho de dar respuesta tanto al realismo estratégico, como ajustarse a la viabilidad política. Este modelo de asociación entre los aliados de la zona euroatlántica se materializa en dos direcciones, por una parte, se asume que Europa sigue necesitando la concurrencia estadounidense para su defensa y a la vez que tiene que asumir nuevas responsabilidades y liderazgo en la defensa europea. Por otro lado, no menos importante, se manifiesta con mayor claridad el compromiso de Europa para impulsar el vínculo transatlántico cada vez más necesario en un entorno de seguridad de gran complejidad e incertidumbre.

De este modo, la autonomía estratégica dejaría de interpretarse como una alternativa a la OTAN para convertirse en un instrumento destinado a reforzar la propia cohesión y credibilidad de la alianza atlántica. En este contexto el futuro de la defensa europea dejaría de centrarse en un debate vacío entre autonomía o dependencia, para conformar una realidad que pasaría por construir un modelo asociativo entre la Unión Europea y Estados Unidos más acorde con nuevo orden mundial, modelo que mantendría como esqueleto defensivo la Organización del Tratado del Atlántico Norte con una cohesión y funcionalidad mejoradas y con un mayor equilibrio en el reparto de cargas y responsabilidades.

Conclusiones

De una manera sintética se podrían enumerar las conclusiones más relevantes sobre lo expuestos en este estudio.

  • La defensa de Europa continúa descansando de manera estructural sobre la OTAN y, especialmente, sobre las capacidades estratégicas aportadas por Estados Unidos, circunstancia que limita la posibilidad de una autonomía defensiva europea plena en el corto y medio plazo.
  • Las principales debilidades de la defensa europea no se derivan exclusivamente de una insuficiente inversión militar, sino de la persistencia de brechas estructurales de carácter político, industrial, tecnológico y organizativo que dificultan transformar el potencial agregado europeo en un poder militar efectivo.
  • La Unión Europea dispone de legitimidad política, capacidad económica y potencial industrial suficientes para asumir un papel más relevante en la seguridad continental, pero continúa careciendo de una verdadera integración estratégica y de estructuras permanentes de mando y conducción militar comparables a las de la OTAN.
  • El progresivo desplazamiento de las prioridades estratégicas estadounidenses hacia el Indo-Pacífico obliga a los países europeos a asumir mayores responsabilidades en la defensa convencional del continente y en la gestión de crisis en su entorno regional inmediato.
  • En consecuencia, el escenario más viable para la defensa europea no parece orientarse ni hacia una dependencia permanente ni hacia una autonomía estratégica plena, sino hacia una asociación transatlántica reforzada, basada en un reparto más equilibrado de capacidades, responsabilidades y compromisos dentro del espacio euroatlántico.

[1] De Miguel Sebastián, Jesús (2026), “La seguridad y la defensa en la Unión Europea”, Global Strategy Report, 6/2026.

[2] Ibídem

[3] Ibídem


Editado por: Global Strategy. Lugar de edición: Granada (España). ISSN 2695-8937

Jesús De Miguel Sebastián

Coronel (retirado). En sus treinta y cinco años de servicio ha combinado destinos nacionales e internacionales de Mando de Unidades y Estado Mayor. Actualmente desarrolla su actividad profesional como consultor en Inteligencia y profesor universitario en seguridad internacional

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