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Los posibles efectos geopolíticos del COVID-19

Que las grandes pandemias pueden tener efectos geopolíticos considerables es algo bien sabido, con numerosos ejemplos a lo largo de la Historia. La “plaga de Justiniano”, que asoló el Mediterráneo y Oriente Medio entre el siglo VI y el VIII d.C. desbarató los intentos de reconstrucción del Imperio Romano y facilitó la expansión del Islam. La gran epidemia de Peste Negra en Europa en el sigo XIV desequilibró completamente las estructuras sociales de la Edad Media, contribuyendo a dar paso a la Edad Moderna. A la vista de los efectos económicos y sociales que la actual pandemia de COVID-19 está provocando, es muy probable que también termine por producir cambios geopolíticos de entidad.

La pandemia se produce en un momento de tensión geopolítica entre una potencia emergente, China, y otra consolidada, Estados Unidos, con muchos actores secundarios como Rusia, Turquía, Irán o Arabia Saudí aprovechando el momento de incertidumbre para mover sus piezas. Es difícil decir quién llevaba ventaja en esa pugna a múltiples bandas, y existía la impresión de que en realidad casi todos estaban perdiendo. Y entonces llegó el coronavirus.

China fue el origen de la enfermedad y quien sufrió inicialmente todo el impacto de las medidas radicales que se adoptaron para atajarla, pero se da la circunstancia de que, salvo recaída, ha sido también la primera en superar la crisis. Con la moral de su población muy alta por la victoria, y el régimen consolidado pese a sus errores iniciales en la gestión de la crisis, China se dispone a reanudar la competición, y no se encuentra en mal lugar para hacerlo.

Estados Unidos no se ha mostrado en absoluto como el líder mundial que se supone que es; algo por otra parte esperable de la administración Trump. Las medidas norteamericanas se han limitado a minimizar primero el riesgo, para después echar la culpa a otros y aislar al país aún más de lo que ya estaba. Las imágenes de equipos y suministros médicos chinos llegando a Europa, si bien esencialmente simbólicas, contrastan con el egoísmo y la inacción que parece haberse apoderado de la superpotencia norteamericana, que antaño hizo del liderazgo mundial su carta de presentación.

Evidentemente, China sigue siendo el estado autoritario, controlador y no demasiado apegado al respeto de las normas internacionales que ya conocíamos, pero ahora se le presenta una oportunidad de oro para limpiar su imagen. El liderazgo mundial pertenece a quién lo ejerce, y Xi Jinping lo sabe perfectamente. De la misma forma que Rusia y Turquía están ocupando el vacío dejado en Oriente Medio por Estados Unidos, China tiene ante sí otro vacío más grande que ocupar, y ahora que surge de la crisis con fuerzas renovadas no le faltarán recursos para hacerlo.

Las pandemias pueden romper los equilibrios de poder al debilitar a unas potencias más que a otras, y abrir paso a los oportunistas. En estos momentos resulta inevitable pensar en el oportunista por antonomasia, Vladimir Putin, y preguntarse qué puede estar maquinando ahora que oportunidades no le faltan. De momento, junto con Arabia Saudí, ha vuelto a lanzar un órdago sobre el petróleo, aumentando la producción y bajando precios en la esperanza de mantener su cuota de mercado y hundir la producción de shale oil estadounidense. Como todas las jugadas del dirigente ruso se trata de una apuesta muy peligrosa para un país cuya maltrecha economía depende en gran medida de las exportaciones de productos energéticos, pero Putin es así. Siempre en la cuerda floja, esperando que el otro se desequilibre primero. Con muy pocos casos de coronavirus en Rusia y una Europa agonizante, el futuro (que Putin se ha encargado de que sea todavía largo para él como dirigente) aparece prometedor.

Precisamente, Europa se presenta como el gran perdedor de esta crisis, pero esto no supone ninguna novedad. Antes de que se empezase a hablar del COVID 19 se vaticinaba que Europa no estaría entre los ganadores del orden mundial que está naciendo en esta década. Con una Unión Europea cada vez menos unida, y con problemas demográficos, de deuda y de descontento popular crecientes, el coronavirus aparece como un clavo adicional en el ataúd del ocaso europeo. Afortunadamente, el peligroso movimiento del presidente turco Erdogan utilizando de nuevo a los refugiados sirios como chantaje contra la Unión Europea ha quedado en crisis menor. Una situación de pandemia combinada con una llegada masiva de refugiados hubiera supuesto un escenario de pesadilla. La experiencia, no obstante, no debe caer en vacío, y conviene mantener presente que el imprevisible dirigente turco puede convertirse en un serio problema para Europa, especialmente si percibe debilidad al otro lado de la mesa de negociación.

Una incógnita del COVID 19 es su efecto en países en desarrollo. De momento las infecciones en ellos han sido muy limitadas, con la excepción de Irán. Los vulnerables países africanos, con sistemas sanitarios muy rudimentarios, o prácticamente inexistentes, se han visto muy poco afectados, tan poco que cabe la sospecha de que el virus esté circulando sin ser detectado. Desgraciadamente, para algunos de estos países decenas de miles de muertos por un brote epidémico no serían una novedad especialmente destacable. No obstante, si el virus se propaga sin control sería un factor debilitador más para estados que ya no pueden garantizar ni la seguridad ni los servicios básicos de su población. Tanto el colapso total como la necesidad de echarse en brazos de alguna gran potencia serían elementos desestabilizadores en regiones ya de por si desestabilizadas.

Por último, la pandemia de COVID 19 puede provocar una preocupante crisis en el sistema democrático. La idea de que las democracias son débiles y no pueden competir con dictaduras y sistemas autoritarios ya circulaba por Europa, especialmente de la mano de grupos radicales a la derecha y la izquierda del espectro político. El éxito de China en la lucha contra la pandemia puede reforzar esa idea, especialmente si Europa no es capaz de ejercer una conducción enérgica y eficaz de la crisis.

Que las dictaduras gozan de algunas ventajas en situaciones de crisis es algo ya conocido, y esas ventajas podrían resumirse en un sistema de mando unificado, decisiones rápidas y fácil movilización de recursos. Pero, frente a eso, las democracias siempre han utilizado la gran iniciativa individual de ciudadanos que se saben libres y, sobre todo, la enorme superioridad moral que se deriva de la legitimidad de un sistema consensuado. Libertad y legitimidad son armas tremendamente poderosas, pero necesitan de voluntad para blandirlas y utilizarlas adecuadamente. En una Europa en plena crisis de valores ciudadanos esa voluntad aparece hoy débil, aunque aún cabe algo de esperanza cuando se comprueba cómo la pandemia está haciendo renacer las muestras de solidaridad, responsabilidad y capacidad de sacrificio que constituyen los pilares fundamentales de la ciudadanía en una sociedad democrática. Esperemos que ésta pueda ser al menos una consecuencia positiva de estos días difíciles.

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José Luis Calvo Albero

José Luis Calvo es Coronel de Infantería del Ejército de Tierra y profesor del Máster on-line en Estudios Estratégicos y Seguridad Internacional de la Universidad de Granada

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