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Nadar y guardar la ropa: la estrategia de Rusia y China en Afganistán

El pasado 29 de febrero, Estados Unidos y los Talibán firmaron un principio de acuerdo que, de prosperar, concluirá con la firma de un acuerdo de paz entre el grupo insurgente y el gobierno afgano que pondría fin a un conflicto que, en su fase actual, ha durado ya casi dos décadas. Para que las negociaciones que ahora se inician acaben desembocando en este final feliz, deben concurrir muchas condiciones. Una de ellas es el apoyo de las potencias regionales; o, al menos, su abstención. Un posible acuerdo entre el Gobierno de Kabul y los Talibán difícilmente podrá llevar a una paz duradera si no cuenta con el respaldo de los actores regionales que, en mayor o menor medida, tienen intereses en Afganistán.

De todos los actores regionales implicados, hay dos que podríamos calificar como grandes potencias y que, en Afganistán, combinan sus intereses globales, con los regionales: se trata de Rusia y China, cuyos intereses en este conflicto parecen ser más coincidentes de lo que podría imaginarse y gira en torno a dos grandes objetivos comunes: frenar la influencia de Estados Unidos en Asia Central y evitar la expansión del terrorismo yihadista.

Cuando miran hacia Afganistán, la mayor preocupación de ambos es que no se convierta de un foco de expansión de extremismo yihadista hacia sus territorios. Rusia teme el contagio transfronterizo hacia las Repúblicas centroasiáticas, e incluso hacia las zonas de la propia Rusia en la que habitan minorías musulmanas. China, por su parte, tiene problemas con los uigures, la minoría musulmana de Xinjiang, próxima a Afganistán. En ambos casos, temen que un Afganistán sin un gobierno fuerte, o bajo control de los Talibán, pueda servir de santuario para grupos yihadistas internacionales. Este temor explica que, aunque ninguno de los dos vea con buenos ojos la presencia de fuerzas militares estadounidenses en Afganistán, prefieran un gobierno afgano sostenido por estas fuerzas a los riesgos de un gobierno Talibán. Algo que nunca confesarán en público, pero que resulta plausible. A pesar de que los Talibán hayan reiterado que su interés se centra solo en Afganistán y en ningún caso se convertirán en foco de tensiones para los países vecinos.

Tanto Rusia como Pekín son conscientes de lo incierto del futuro de Afganistán, especialmente tras el anuncio de retirada de Estados Unidos. Por ello han adoptado una posición pragmática. Además de mantener su apoyo al gobierno de Kabul, han establecido contactos con los Talibán. En términos populares, han decidido «nadar y guardar la ropa».

Aunque los intereses y la implicación de Moscú y Pekín en Afganistán son diferentes en muchos planos, ambos comparten una preocupación principal respecto al país centroasiático: evitar que encuentren cobijo en su territorio fuerzas islamistas con una agenda «internacionalista». Y un triunfo de los Talibán podría provocar ese resultado, exportando inestabilidad a las repúblicas de Asia Central, las regiones de mayoría musulmana de Rusia, y la provincia china de mayoría musulmana de Xinjiang. Es esta preocupación la que llevó en su momento a los dos gigantes asiáticos a apoyar la intervención estadounidense en Afganistán, a pesar de las muchas diferencias que mantenían con su agenda internacional. Moscú incluso apoyó activamente esta presencia militar de Estados Unidos en Afganistán, en la idea de que favorecía sus propios objetivos. Hay que recordar que Moscú ha sido siempre más activo en Afganistán que Pekín.

Las relaciones ruso-afganas

La Unión Soviética mantuvo buenas relaciones y proporcionó una ayuda significativa a la monarquía afgana. Y siguió apoyando a los distintos regímenes que se sucedieron tras su caída en 1973. De hecho, fue el apoyo al régimen comunista afgano del momento lo que llevó a la URRS a intervenir militarmente contra la insurgencia anticomunista que amenazaba con derribarlo. Finalmente, incapaces de imponerse a la insurgencia afgana en medio de su propia crisis, las fuerzas soviéticas se retiraron en 1988-1989, pero la URSS continuó apoyando al régimen marxista de Kabul hasta la caída de la propia URSS en 1991.

El régimen marxista de Kabul no sobrevivió demasiado sin al apoyo que le brindaba la URSS y fue pronto reemplazado por una República Islámica dominada por los muyahidines del norte que habían luchado contra la ocupación soviética. Cuando este régimen fue derrocado por los Talibán, un movimiento dominado por los pastunes del sur de Afganistán, Moscú hizo causa común con sus antiguos adversarios del norte, principalmente tayikos y uzbecos, para evitar que los Talibán controlaran todo el país.

De hecho, hasta la intervención liderada por Estados Unidos en 2001, Rusia e Irán eran las dos potencias externas que brindaban apoyo militar a los opositores internos a los Talibán. Y Rusia tenía buenas razones para hacerlo: además de ser el anfitrión de Al-Qaida, los Talibán permitieron que el Movimiento Islámico de Uzbekistán operara desde el norte de Afganistán y lanzara incursiones en la antigua Asia Central soviética en 1999 y 2000. Tras los atentados del 11-S el nuevo presidente de Rusia, Vladimir Putin, apoyó a Estados Unidos en su intervención en Afganistán, permitiendo incluso que empleara bases militares de apoyo en territorio de Uzbekistán y Kirguistán. También permitió emplear su territorio para el establecimiento de la denominada Red de Distribución del Norte, que permitiría que las líneas de sostenimiento de las operaciones en Afganistán pudieran eludir Paquistán, única ruta de apoyo hasta ese momento y que se estaba demostrando problemática por la actitud ambigua de Islamabad, que estaba ayudando simultáneamente los Talibán.

Esta actitud de apoyo comenzó a variar en 2005, como consecuencia del deterioro general de las relaciones entre ambas potencias. Este cambio propició que Rusia acabara forzando el cierre de las bases de Estados Unidos en Uzbekistán y Kirguistán y de la Red de Distribución Norte. Y que, poco a poco, dejara de ver Afganistán como un problema que debía dejar en manos de Estados Unidos y sus aliados.

La estrategia china en Afganistán

La implicación China en Afganistán ha sido siempre mucho más modesta. Antes de la intervención soviética en Afganistán, China tenía vínculos preferenciales con Paquistán. Tras la invasión, siendo la URSS su principal rival en la región, China optó por intensificar su apoyo a Paquistán, lo que, a la larga, acabaría por convertirla en aliada circunstancial de los Talibán. Con el tiempo, Pekín acabó por llegar a la conclusión de que los Talibán, por su apoyo a los movimientos islamistas de China y Asia Central, eran una amenaza para su propia seguridad. Su apoyo a los islamistas en Xinjiang, donde había un creciente movimiento de oposición musulmana contra el dominio chino, constituía una amenaza suficientemente seria como para que China cambiara su postura en el conflicto afgano y se viera, finalmente, alineada con Moscú.

Si bien China no formó parte de la coalición internacional liderada por Estados Unidos desde 2001, parecía ver su presencia en Afganistán como un obstáculo para que Afganistán se convirtiera en un refugio seguro para los movimientos islamistas de Xinjiang. Los intereses de China en Afganistán son más bien pragmáticos. Además de garantizar su seguridad frente a grupos yihadistas uigures, su Estrategia de El Cinturón y Ruta de la Seda necesita un Afganistán estable que permita dar continuidad a las comunicaciones terrestres que desde Asia Central y las provincias chinas del interior llegan hasta Paquistán. y, a la larga, espera poder explotar las enormes reservas minerales que encierra el subsuelo afgano.

De acuerdo con esta visión, China ha venido brindando asistencia de seguridad al gobierno de Kabul. Incluso ha establecido una pequeña base militar en territorio afgano cerca de su frontera común.

Rusia y China ante la retirada de Estados Unidos

Las estrategias rusa y china sufrieron un giro radical a partir del anuncio de la retirada, para 2014, del grueso de las fuerzas estadounidenses y aliadas de Afganistán. Conscientes de que se trataba sólo de un primer paso hacia una retirada total, ambas potencias comenzaron a prepararse para prevenir sus efectos. Esta tesitura se produce en un momento en que todos los poderes presentes en Afganistán se estaban realineando. A la vez que Estados Unidos y sus aliados occidentales comenzaban a dar un paso atrás en su implicación, China e India asumían un papel económico cada vez más hegemónico en la región y Rusia volvía a aparecer como un actor interesado en la seguridad de la zona. Podemos decir que el conflicto comenzaba a regionalizarse. Rusia comenzó entonces un acercamiento a los actores regionales, Irán, Paquistán, China e India, que no se ha interrumpido desde entonces. Paralelamente, este proceso ha llevado a Rusia a ampliar sus relaciones dentro de Afganistán. En los últimos años ha tratado de no limitarlas a sus tradicionales aliados de la Alianza del Norte, abriendo contactos con todos los grupos afganos, incluidos los pastunes.

A todo ello había que añadir el ascenso del Estado Islámico en Jorasán (IS-K) y su propagación en Afganistán y la creciente vulnerabilidad del gobierno de Kabul. Esta situación les llevó a valorar las consecuencias de las posibles alternativas a un triunfo militar del gobierno afgano apoyado por Estados Unidos que parecía cada vez más improbable. Y a empezar a ver a los Talibán como una alternativa preferible al IS-K: Mientras el IS-K tiene una agenda internacionalista diseñada para difundir la yihad en Asia Central, los objetivos de los Talibán se limitan a Afganistán, lo que les hace mucho menos peligrosos desde la perspectiva sino-rusa.

En el ámbito internacional, no faltan quienes consideran que Rusia exagera su preocupación por la posible expansión del yihadismo e instrumentaliza a su favor esta amenaza, tratando de llevar a los Estados de la zona a una mayor dependencia de Rusia en el ámbito de la seguridad y a reforzar el pilar de la seguridad de la CSTO. Es cierto que la amenaza real procedente a día de hoy de Afganistán es muy limitada. Rusia tendría más que temer del retorno de miles de combatientes rusos del ISIS que han luchado en Siria e Irak que de los pocos miles de combatientes de este grupo que combaten, a duras penas, en el Este de Afganistán. Aun así, tampoco puede minimizarse el efecto contagio que la presencia de grupos islamistas asentados en Afganistán puedan tener en sus vecinos del norte y la posibilidad de que esta influencia acabara generando choques interétnicos en sus vecinos del norte.

De acuerdo con la estrategia de regionalización del conflicto, Rusia se ha aproximado a Paquistán a través de la venta de material militar, a la par que sha estrechado una alianza con Irán que le proporciona un peso especial en el contexto regional. Entretanto, pugna con Estados Unidos para ejercer su influencia sobre las antiguas repúblicas soviéticas centroasiáticas. La aproximación rusa podría ser una réplica de la estrategia que ha desarrollado en Siria, donde ha obtenido importantes beneficios de la debilidad de Estados Unidos. De manera análoga, la participación en unas conversaciones en las que ve a Estados Unidos bajo presión por necesitar obtener resultados a corto plazo, puede permitirle asegurar que el resultado le sea favorable y, a largo plazo, aumentar su influencia en la región.

Este nuevo panorama ha llevado a Moscú y Pekín a continuar trabajando con el gobierno de Kabul, pero compaginando este apoyo con la apertura de contactos con los Talibán, considerados en el nuevo escenario, más que como una amenaza, como un posible aliado contra movimientos más radicales como el IS-K y el Frente de Liberación del Este de Turquestán. A diferencia de Pekín, el Kremlin ya había mantenido conversaciones en el pasado con líderes Talibán y se había unido a ellos para pedir la partida de las fuerzas estadounidenses y aliadas del país. Ahora ha incrementado su implicación y se ha ofrecido como mediador para llegar a un acuerdo entre Kabul y los Talibán.

Rusia niega cualquier otro tipo de colaboración, pero Estados Unidos le ha acusado de proporcionar ayuda a los Talibán, por ejemplo, dejando depósitos de armas mal asegurados después de realizar ejercicios militares en Tayikistán, una táctica que ya utilizó para armar a los rebeldes en el este de Ucrania. Los rusos sostienen que la ineficacia de las fuerzas de seguridad afganas no les deja más remedio que establecer vínculos con los comandantes locales para proteger las fronteras de Asia Central, que Moscú considera vitales para su propia seguridad. Moscú afirma que esos comandantes son «señores de la guerra», no verdaderos Talibán. Kabul, por su parte, ha

La muestra más clara de la intención de Rusia de regionalizar el conflicto, aparte de su apertura de relaciones con los Talibán, ha sido la puesta en marcha de iniciativas propias en la búsqueda de un acuerdo de paz, al margen de los esfuerzos de Estados Unidos en el mismo sentido. La primera ronda de este tipo tuvo lugar en diciembre de 2016 e implicó a Rusia, China y Paquistán e identificó al ISIS como la mayor amenaza para la paz en la región y apostó por un acuerdo intra-afgano para poner fin al conflicto. La segunda ronda, en febrero de 2017, incluyó también a la India e Irán, así como a representantes de varios grupos políticos afganos. La tercera ronda, en abril del mismo año, ya fue bautizada como Conferencia de Moscú para el Acuerdo en Afganistán, y reunió a diez países, al incluir a las Repúblicas Centroasiáticas. La ausencia de Estados Unidos, que declinó su presencia, hizo que el gobierno afgano bajara el nivel de su representación pero, aun así, mantuvo su presencia. El intento de celebrar una conferencia mucho más amplia en Kabul, en junio de 2017, fue imposible por la crisis política que vivía Afganistán, así como por una serie de atentados y el incremento de las tensiones fronterizas entre Afganistán y Paquistán. El principal logro de la iniciativa Rusa lo constituye el hecho de que, por primera vez, logró que se alcanzara un consenso regional sobre la necesidad de involucrar a los Talibán en cualquier tipo de conversaciones de paz. En la Conferencia de Kabul de febrero de 2018, por primea vez, el presidente Ghani reconoció la necesidad de dialogar con los Talibán para alcanzar la paz.

De acuerdo con la necesidad de buscar un acuerdo intra-afgano que incluyera a los Talibán, ese mismo año Rusia puso en marcha una mesa de diálogo entre el grupo insurgente y diversos grupos afganos, denominado Consejo de la Sociedad Afgana. En el Consejo había amplia representación de grupos de la oposición y de actores, como Karzai, muy críticos con el papel de Estados Unidos en Afganistán. Estos contactos de Moscú con los Talibán han sido duramente criticados por Estados Unidos, que ha acusado a Moscú de apoyar a los Talibán. También se han criticado desde Kabul, que los define como un obstáculo al proceso de paz liderado por Estados Unidos con apoyo del gobierno afgano. También se critica desde Kabul la relevancia otorgada por Moscú, en el diálogo con los Talibán, a líderes opositores, lo que socava la autoridad del gobierno afgano.

El reparto de papeles entre Rusia y China

En el desarrollo de esta nueva estrategia, Moscú y Pekín parecen haber encontrado un reparto de papeles satisfactorio para ambos: Rusia proporciona seguridad en la región, mientras China se enfoca en el desarrollo económico, de acuerdo con sus propios intereses, centrados en la explotación de las riquezas minerales afganas y la disponibilidad de corredores comerciales a través de Afganistán. China tiene mayores intereses económicos que Rusia, pero ambas grandes potencias regionales tienen vínculos comerciales y de inversión muy modestos con Afganistán. El interés de China está más relacionado con la seguridad que con la economía: evitar la amenaza de grupos yihadistas que amenacen a China desde su territorio. Y considera que la política rusa en Afganistán satisface esa necesidad, por lo que apoya el doble juego de Moscú de apoyar a Kabul y trabajar con los Talibán. Para Rusia, Afganistán no es importante per se, sino por su posible influencia en Asia Central. Por ello no tiene interés alguno en competir económicamente con China y ve con buenos ojos la contribución del gigante asiático a la estabilidad económica afgana.

Este doble juego de Moscú tiene una explicación sencilla: Un estancamiento del conflicto es una de las posibles evoluciones; y no es la peor de las posibles. Pero, en caso de que el conflicto finalice, sea quien sea quien se imponga, Moscú necesita mantener buenas relaciones con quien acabe gobernando en Kabul, para asegurarse de que se mantiene bajo control al IS-K. Los Talibán ya no suponen una amenaza para Rusia, ni para China, y son uno de los posibles vencedores del proceso en curso, aunque su triunfo se limitaría a participar del poder, no a monopolizarlo. Para ambos puede ser preferible que continúe el estancamiento entre Kabul y los insurgentes, pero si éstos llegan al poder, es necesario mantener abiertas las puertas a una relación que permita mantener bajo control a los grupos yihadistas que amenazan tanto a China como a Rusia.

A primera vista, pudiera parecer que Moscú y Pekín han dado los pasos necesarios para garantizar que ninguna de los desenlaces posibles les convierta en perdedores. Pero la realidad es que las cosas no son tan sencillas y todos los escenarios plantean riesgos. Un estancamiento del conflicto podría permitir que el IS-K y otras fuerzas similares aprovecharan el vacío de poder para fortalecerse y servir de base para atacar a los Estados vecinos. Por otro lado, si los Talibán lograran un acuerdo que les concediera cuotas importantes de poder, podrían volver a apoyar a todo tipo de grupos yihadistas, como lo hicieron entre 1996 y 2001. Es posible, por supuesto, que cumplieran su palabra y, como sus representantes han estado asegurando, impidieran la actuación de grupos terroristas desde Afganistán. Y puede ser que esa fuera su intención; otra cosa es que pudieran imponer su decisión a sus elementos más radicales, que podrían optar por apoyar al IS-K o grupos similares.

Ante tanta incertidumbre, que se prolongue la situación de estancamiento que ha vivido el conflicto en los últimos años no parece una mala opción. Aunque la situación de seguridad se haya deteriorado, ni los intereses rusos ni los chinos han sufrido mucho hasta ahora. Moscú y Pekín se benefician del hecho de que todas las partes sean demasiado débiles para imponerse, pero lo suficientemente fuertes como para mantener a sus oponentes bajo control. Paralelamente, Moscú puede ver con buenos ojos la prolongación en el tiempo de la asistencia militar estadounidense a Kabul, incluso si las fuerzas de la coalición abandonan el país. Esto cubriría los riesgos que conlleva una victoria Talibán y mantendría el apoyo económico de Estados Unidos a Kabul para que pueda continuar comprando armas rusas y otros bienes que de otra manera no podría pagar y que Moscú no quiere subsidiar

Conclusiones

El futuro del proceso de paz iniciado en Afganistán tiene un futuro incierto. Su fracaso llevaría, con toda seguridad, a la reanudación del conflicto armado en el que ninguna de las dos partes lograría imponerse, como se ha demostrado en los últimos años. Un final negociado implicaría que los Talibán alcanzaran ciertas cotas de poder. Rusia y China están dando todos los pasos necesarios para que ninguna de estas opciones les perjudique más de lo estrictamente necesario.

De entrada, la reducción de las fuerzas estadounidenses y aliadas presagia un cambio de responsabilidades a la hora de combatir a las fuerzas yihadistas. Kabul deberá asumir un mayor protagonismo. Su capacidad para hacerlo, a falta de un acuerdo con los Talibán, es más que dudosa. Este escenario obligaría a Rusia y China a asumir una parte de la responsabilidad a la hora de mantener su propia seguridad frente a amenazas provenientes de territorio afgano.

Un acuerdo que otorgara un papel importante a los Talibán plantea ciertos temores. La disminución de la presencia militar estadounidense y aliada unida al temor a un fortalecimiento del IS-K ha ayudado a potenciar la imagen de los Talibán como una organización que sólo busca el cambio interno y comparte el interés de sus vecinos en derrotar al IS-K. Sin embargo, persisten las dudas sobre la sinceridad de este compromiso y la capacidad de imponerlo a todas las facciones que integran el movimiento talibán.

Rusia y China podrían tener que enfrentarse a serios problemas si Estados Unidos y sus aliados se retiran dejando que los Talibán ocupen cuotas importantes de poder; o si dejan una situación en la que nadie pueda evitar que el IS-K se vuelva lo suficientemente poderoso como para hacerlo.

Estas situaciones obligarían a Pekín y Moscú a asumir un esfuerzo mucho mayor para garantizar su seguridad. La forma más probable de compartir esta carga supondría que China proporcionara el apoyo económico necesario para que Rusia gestionara de alguna manera la situación de seguridad. Aun así, los términos de tal acuerdo podrían causar fricción entre ellos, especialmente si Moscú considerara que Pekín proporciona asistencia económica en términos desfavorables para Rusia.

La situación es demasiado incierta para predecir cuál es el resultado más probable. Este es precisamente el planteamiento que está llevando a los dos gigantes asiáticos a mantener sus lazos con Kabul, acercarse a Paquistán y abrir contactos con los Talibán. Sea quien salga triunfante, será uno de sus aliados. Si el conflicto se reanuda, pueden tener la seguridad de que ninguno de los contendientes lograra imponerse, por lo que también se han preparado para un conflicto prolongado, en el que apoyarían de forma calibrada a los dos bandos para mantener la situación bajo control.

En cualquier caso, el proceso en curso ha supuesto ya un triunfo para Rusia que, frente a un Estados Unidos menguante, va recuperando paulatinamente su papel de potencia regional. Lo mismo puede decirse de China, aunque en este caso, su papel se limite al campo económico.

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Javier Mª Ruiz Arévalo

Coronel del Ejército de Tierra español y Licenciado en Derecho. Ha desplegado en dos ocasiones en Kabul, desempeñando cometidos en el área de la cooperación cívico militar.

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